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Tag: soledad

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Interestatal 327

Hay un cruce, a treinta kilómetros. Hacia un lado, el este; hacia el otro, el oeste.

Bordeado de abetos y renacido el manto de esmeralda, desapareció la nieve de este año y vuelven a brotar los nenúfares en todos los estanques hasta el horizonte, allí donde el frío habita durante todo el año.

Una vez quise caminar hasta allí y dejarme llevar...

 

Intimidad... en muchos lugares y como se comenta en tantos otros, ahora “extimidad”, la intimidad se ha hecho pública. La intimidad ya no se conserva, se exhibe.

Por eso creé de una niña que jugaba a ser dos personas diferentes, como hacía la pequeña Alicia, un manto que cubriera mi propio mundo.

Una cámara de aire entre un mundo y otro.

Una forma de protegerme.

Y comencé a reconstruir Lavondyss, con ilusión, con ánimo nuevo de vivir una nueva vida, de dar todo cuanto pensaba le debía a otros y también cuanto me debía a mí.

Pero todos estos meses... Los meses del más constante horror, de la más absoluta desesperación.

Todos estos meses atrás, los peores de toda mi vida, los peores, la más absoluta de las pesadillas.

Y todo en nombre del amor...

Me quebré, me destruí, ardí en llamas, cenizas y devoción por ser cenizas.

Nada más que llanto. Un llanto continuo y despiadado.

Porque esa es la única expresión, despiadado.

Y exhibo mi pena, en este lugar público. ¿Por qué? ¿Por qué?

¿Qué sería un blog sin embargo? ¿No es un diario de vida?

Hoy día un blog es cualquier cosa, ya lo es todo menos un diario. Desde el advenimiento de Facebook, muchas cosas que se hacían en los blogs, se hacen ahora en las redes sociales orquestadas por un sistema.

Migraciones, modas y el llamamiento de que allí está el ambiente son sus principales fuentes de energía.

Pero aún queda el propósito de compartir para aprender. Por el instinto de que compartir la experiencia nos puede ahorrar aprender una y otra vez la misma lección. No se trata de extimidad por afán de exhibirse, aún queda la esperanza de llegar a alguien para compartir y demostrar que existe la pureza de la enseñanza mutua.

Me pregunto si esto puede servir, aún, en la locura de cada día. Si esto le puede servir a alguien que aún crea en los firmes propósitos y en las utopías del conocimiento y de las experiencias compartidas.

Me pregunto si todos pierden la esperanza de una forma tan horrenda y desesperada como yo la he perdido. Sólo me queda este sitio, tras todo cuanto fui y pude haber sido...

Ahora siempre voy por la interestatal, una vieja carretera secundaria por la cual apenas pasa nadie.

Es extraño, es una carretera muy hermosa. Bordeada de bosques, de lagos y estanques. Casas sacadas de los sueños más deliciosos crecen a lo largo de las distancias.

Pero apenas pasa nadie, apenas hay vehículos, ni personas a la vista.

Es un lugar muy hermoso, repleto de rincones mágicos.

Y el viento, el viento entre los árboles. Siempre presente, siempre testigo de la templanza que habita en un reino propio, allí donde brota la dignidad y nace para el mundo.

Destruí mi dignidad en el nombre del amor. Destruí mi pureza y toda mi templanza. Siempre en el nombre del amor. Por tanto, tuve que ir a buscarla por los viejos caminos del mundo.

El amor, que todo lo construye y que a su vez deja arrasados todos los paisajes si se vuelve caprichoso y estalla de furia.
Es la fuerza que construye y que tras ella, no queda más que destrucción.

Todo cambia después, ya nada es igual. Hay que hacerlo todo desde el principio, todo nuevamente. Poco se puede aprovechar.

Recuperar la dignidad significa volver a renacer para ser otra persona, una persona nueva, lo anterior queda aniquilado. Aniquilado de tristeza, pena y desesperación.

Ahora tengo que acudir a mi propio sitio para recordar quién era. Aquí, donde deposité un poco de mí, un trozo que me sirva de patrón y con el cual pueda reconstruirme.

Resultó útil, sirvió de algo. Me ayudó a pensar, a reflexionar en voz alta, transformando sonidos en palabras. Pero hay muchas cosas que se han perdido. No tengo patrones que me permitan reconstruirlo todo.

Puede que estén diseminados por el resto de este vasto mundo digital de conocimiento. Puede que tenga que realizar un largo peregrinaje por cada rincón, para buscar todo lo que fui, lo que pude ser, lo que puede haber sido, lo que seré.

Puede que tenga que aprender de todos los demás, de todos vosotros. Pues de eso se trata, de vivir interconectados en una amplia red de experiencias con el fin de trascender.

Y alcanzar un día las estrellas, quizás, sólo quizás. Habitar allí, hasta el fin de los días.

En soledad.

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Lugares antiguos

Las aguas de muchos ríos confluyen en la ciudad de piedra que no es piedra. Uno de tantos lugares antiguos, que se levantan con la osadía de la ingenuidad y del deseo de existir. La fortaleza de los mil escondrijos le decían algunos la última vez que la visité, y eso, fue hace ya mucho tiempo.

Llegamos al crepúsculo, cuando ya estaban cerrando las puertas de la ciudad-fortaleza. Un agujero de civilización en medio de valles y montañas, de vientos gélidos que se clavan eficazmente en cada hueso de mi cuerpo. Los guardias de la puerta me reconocieron, pero no dijeron nada, tan solo un leve movimiento de la cabeza me indicaba que podíamos pasar a través del arco semiderruido.

Me sacudí algunas agujas de pino prendidas en la capa de lana a lo largo de la jornada. Casi me daba lástima abandonarlas en aquel suelo entre piedras y fango, desechos de animales y de seres civilizados. El olor, como no, no se hizo esperar. Suspirando lo acepté, una vez más. El olor inconfundible de los elegidos de los dioses, por lo visto.

Caerdwen, la solitaria. Caerdwen, la de los mil escondrijos, la de las diez mil ratoneras, ante mí la larga pendiente empedrada. Las casas amontonadas una sobre otra, en peligrosas y osadas formas. ¿Acogedor? Puede ser, si todo tu equipaje estrujado alberga un par de barreños de agua, probablemente sí que se trate de un lugar acogedor.

Pero en mi interior siento que realmente, me da lo mismo. La propia aceptación me sorprende. La aceptación pienso, es tirana. Te condena a un cierto tipo de destierro, que no te queda más remedio que aceptar humildemente, o a regañadientes. Según qué día y qué momento.

La larga pendiente gira en un recorrido que nos lleva hasta las partes altas de la antigua fortaleza amurallada, hoy aprovechada por los refugiados de la zona y que en la actualidad, son los habitantes del asentamiento. Casas y casas se han apilado, aprovechando cada resquicio, cada palmo de pared, suelo, basamento, muralla y conjunto de escalones. La gente aprovecha las migajas de una ruina, y lo convierten en un nuevo hogar. Me sorprende la capacidad de aprovechar cualquier oportuno espacio para construir un refugio en el que malviven de entre cuatro a catorce personas. No me parece mal, la verdad. Es el deseo de sobrevivir lo que da el coraje de ciertas decisiones y la valentía para aceptar lo que puedes conseguir y aprovecharlo.

Sobrevivir, pienso. Sobrevivir a toda costa. Si alguien me volviera a preguntar ¿Cuál es el sentido de la vida? Creo que ya no tendría tanta paciencia. Me limitaría a mostrarle lo que se encuentra a mi alrededor, tan solo me molestaría en responder: sobrevivir.

La gente en Caerdwen es pobre. Muy pobre. Aprovechan lo que les da una tierra fría entre las montañas. Se cobijan en una vieja fortaleza que han convertido en pequeño refugio, punto de encuentro, lugar de comercio, ciudad en algunos aspectos. Un asentamiento extraño verdaderamente. Y a su vez, tan triste. La tristeza es como la herrumbre. Lo cubre todo, lentamente y en un instante a la vez, no es nada fácil de quitar, y le encantan los días de lluvia.

La gente nos contempla al pasar, dejan por un momento lo que están haciendo y nos dirigen miradas inexpresivas. En silencio, sin hacer comentarios. Guardándose los pensamientos para las esquinas de sus momentos en la intimidad. Esas miradas, las recuerdo, de otras veces. De otros momentos. De ayer y de anteayer, del año pasado y del anterior. Cuando me limito a devolver la mirada, no la evitan. No esperan nada, ni tienen miedo.

Los techos están cubiertos de pájaros negros. Los viejos cuervos, las urracas canturrean entre las tejas, los aleros y el alféizar con la manta y sus pulgas aprovechando las últimas luces de la jornada. Van desapareciendo tras las ventanas, mantas y brazos fuertes que tiran de ellas, despidiéndose con el crujir de contraventanas que se cierran. Pocos metros más arriba, al fin nuestro destino, la destartalada hostería donde espero podamos pernoctar. Mis compañeros están muy cansados. Salta a la vista con un leve vistazo. Hoy llegamos a tiempo, antes que cerraran las puertas, hoy tuvimos suerte.

Con la noche llegan los temores más profundos, los que tenemos más profundamente arraigados. Por hoy tenemos un muro sobre el que apoyar la espalda. Y eso hoy es un banquete para el instinto. Me gustan las piedras que tengo a mi espalda, aunque musgosas, son cálidas. Un momento de intimismo nos envuelve, la paz de estar en el destino. El refugio amurallado no cobija en uno de sus escondrijos, y en estos momentos, es el lugar más acogedor de toda la tierra. Aquel que te permite compartir con tus amigos, las sonrisas que guardamos dentro, animándoles a su vez, a compartir las suyas.

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