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El gran pez

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No había terminado de rezar aún sus oraciones cuando en el otro extremo de la caña de pescar de Monsieur Alain picó en el anzuelo la que entonces supuso sería, con toda probabilidad, la mayor carpa que había capturado alguna vez en toda su vida.
Esa por la que siempre había esperado, que al parecer nunca había llegado, que por siempre se le había escabullido de entre los dedos de manos y pies y que al final, de forma más que merecida, debía de conseguir apresar en estipendio por tanta devoción.

Persignándose apresuradamente, mientras con la zurda sostenía la carísima caña profesional de acción rápida, dio un tirón tan fuerte que el sonido de sus vértebras cervicales asustaron a unos cuantas perdices allá, en una lejana orilla, que alzando el vuelo se perdieron en algún lugar distante hacia el oeste.

Big fishYa se sabe que a las carpas se las conoce por peleonas, por cabezotas y por zalameras. Justa recompensa a la valentía de la que se sabe presa y no cesa de luchar antes que rendirse y al final, cobra fuerza aún más para pelear otro ratito, aun cuando lo cree todo ya perdido. La carpa es pues un pescadito singular, al ser uno de los últimos siempre en rendirse, dándote un buen susto si no te andas con cuidado.

Ésta en particular era de abuelo tozudo y madre nerviosa, padre tragón y longeva ascendencia por vía paterna, siendo prima hermana por parte de madre de una que escapó siete veces de bailar en la sartén con un tomate enano entre la quijada y el cielo del paladar, rodeada de cebollitas; una que escapó de unas cuantas y muchas más e incluso, llegó a dar un salto que de tan grande pudo contemplar un poco el paisaje circundante allá en las alturas, privilegio aquel sólo dado a los más fuertes y tenaces, dejando tras de sí una hermosa estela plateada de preciosas gotitas centelleantes, así, como a cámara lenta; tan hermosas como ese brillo tuyo que muy segura que estoy que anda siempre en el fondo de tu mirada.

Nada más salir del huevo se escurrió de un lucio que de tan gordo debía pensarse muy bien cuando dar la vuelta yendo rio arriba o rio abajo cada vez.  Y escapó siempre de milagro, de pura suerte o más bien debido a sus altas capacidades perceptivas; no lo tengo muy claro. Los que unos llaman olfato, para otros es simple cuestión de supervivencia.

Pero Monsieur Alain poco sabía de la filosofía de los seres que nadan en todas las aguas del mundo. Para él los peces eran algo que el Todopoderoso había puesto allí para que colgara de los anzuelos de sus caras cañas de fibra de carbono, para deleite y regocijo del hombre en sus largas y anchas horas de tedio fuera y durante la jornada laboral.

Una carpa como aquella no iba a rendirse tan fácilmente, por lo que comenzó a dar guerra; tanta que con sus piernas nuestro pescador tuvo que luchar por afianzarse en el bote, no fuese a suceder un desgraciado accidente.

Pero ese día estaba escrito en tinta china en alguna parte con caracteres Comic Sans que Monsieur Alain perdería el equilibrio o que reventaría la tablilla que recientemente había tratado de encolar en el fondo de su bote con total negligencia; alguna de las dos cosas. Lo de la tablilla en verdad no era del todo culpa suya pues siempre suspendió en el colegio la asignatura de trabajos manuales cuando era algo más chiquillo.

El destino eligió por él en la ruleta de la suerte. Entre todas las aspirantes resultó ganadora la tablilla que, calzada con algunos trapos en el fondo de la barca, recibió tan fuerte patadón que saltó despedida rebotando contra las cuadernas en la proa.

Un magnífico surtidor de agua se elevó entonces hasta, más o menos, la altura de su nariz; lo que produjo que en ese preciso instante Alain empezase a entender mejor el tópico ese de comenzar a ver tu vida pasar como quien lee la etiqueta de una lata de tomate, así como todo seguido y dando círculos; y que por experiencia te aseguro resulta completamente cierto.

La barca se hundió tan rápido que por unos instantes su sombrerito Québécois quedó suspendido en el aire antes de caer sobre las frías aguas del lago St. Anne. El mismo lago donde una especie de Madame Bovary local decidiera poner fin a los días de su vida en aquellas mismas aguas, entrando en ella con absoluta parsimonia sin dejar de lado toda una vida de estilo y elegancia en sus gestos y en todos sus movimientos; sin perder en lo más mínimo caros años de sensualidad. Pues si de morir se trata, más vale que sea al menos con algo de distinción.

El hundimiento de Monsieur Alain, sin embargo, estuvo muy lejos de ser elegante. La única distinción en todo aquello se encontraba en los ondulantes vaivenes de las aguas reflejando un cielo cuajado de nubes como en un cuadro Prerrafaelita. Pues ya se hundía agitando los brazos bajo la oscura superficie ―ya que de nadar ni tenía ni idea ni había tenido interés alguno en hacerlo alguna vez― cuando en su rostro se cruzó una expresión de absoluto horror e incomprensión ya que, en su mente cada vez más inundada, no alcanzaba a comprender cómo el creador podía hacerle aquello, a él, que siempre fue un devoto católico y un padre ejemplar. Que siempre asistió hasta el final de la misa sin la excusa de salir a medias para fumarse un pitillo y que a su querida esposa siempre mantuvo exenta de peligros cuando visitaba algún burdel, no fuese a pegarle alguna porquería de esas a la madre de sus hijos.

Que de tan horrible que resultaba todo aquello era incapaz de aceptar cómo era posible. Si él siempre pensó que tendría una vida larga y tranquila, sin hacer caso de nadie ni meterse en vidas ajenas, él siempre a lo suyo y ya está: sin molestar, sin ser molestado; y que más parecía todo aquel sin sentido una prueba para su fe o una broma sin gracia alguna, ni acertaba a entender ni concebía ni se sabía si se reía dios o qué o él o quién... El caso es que allí, "ni dios" sabía quién se reía de quién...

Viajar no es que hubiese viajado mucho, salvo aquella vez que recorrió en sandalias, pantalones cortos y camisa Hawaiana una Roma envuelta en un calor que de tan grande más se parecía a un baño Turco. Protestar había protestado siempre lo justo y bastante paciencia había tenido siempre en un mundo repleto de incompetentes e inútiles.

Y bueno, algún negocio que otro pero ya se sabe que en este mundo hay que andar listo y ser siempre el primero en todo “o te comerán”, como suele decirse. Si así no lo haces es que lo que eres es muy pero que muy tonto quieras o no quieras, algo muy común en todos los seres y él, en lo que eres, no se había de quedar atrás. “Anda siempre listo y adelántate, que los demás no van a velar por ti”, le repitió siempre su padre una y otra vez, una y otra vez, una y otra y otra, y otra…, hasta que lo memorizó que de tan bien que jamás le faltó aceite ligero para mantener siempre bien engrasadas cerraduras y candados, bien cerradas puertas y ventanas, y mandando a tomar viento a todos los indeseables.

Pero poco a poco, mientras se hundía en las aguas, comenzó a darse cuenta entonces de algunas cosas que hizo mal…, de otras que hizo bien…, y de alguna que estuvo más bien regular… Cayó en la cuenta entonces de que no tenía que haberse olvidado del cumpleaños de algunas de las personas a su alrededor; que habría sido mejor tener en cuenta los aniversarios con su esposa y que tenía que haberse detenido a escuchar mucho más a menudo; que en realidad no es tan difícil, y si te administras siempre hay tiempo para todo. Pues resulta que es aquí cuando entonces se comprende mejor que nunca el auténtico significado del modo subjuntivo.

Se dio cuenta entonces, tan humillado y tan indescriptiblemente inundado más que de agua, de pura e infinita tristeza, mientras el frío líquido penetraban a raudales entre sus cavidades pulmonares, que aquel amigo que siempre andaba en la familia, en realidad se había estado acostando desde hacía ya tiempo con su esposa y que él ni había sido capaz de verlo ni había sido capaz de hacer algo al respecto, pues ver no había querido ver nada más que a sí mismo y en algunos casos, era mejor ni saber ni estar en ninguna parte pues más fácil resulta estar siempre en otro lugar. Y que ella, no dejó de buscar siempre su felicidad, con o sin él.

Fue cuando comprendió entonces que lo que en realidad más deseaba era morir allí mismo, en aquel lago, en aquellas aguas y aquel mismo día, aquel minuto y bajo aquellas nubes, y que ya todo daba lo mismo; que daba igual una mañana que otra, una lluvia u otra, que ya allí jamás volvería a soplar la brisa ni a escuchar al viento entre los árboles, y que ya todas las estrellas del cielo le parecían iguales, y que daba igual donde fuese; en todo momento, ya siempre estaría perdido, ausente y completamente humillado por y de sí mismo.

Ya no había descanso. Ni lo hubo. Ni lo habría. Jamás. Jamás… Pues nadie merece más, el que lo tuvo todo, y no fue capaz de nada más que de sí mismo.

Amén de todas otras muchas cosas que mejor no mencionar pues cuando un barco se hunde lo más adecuado es mantener un respetuoso silencio. Así pues, mantengamos la compostura y guardemos respeto,  meditando al mismo tiempo  sobre todas las cosas buenas que nos ha dado la vida y por las que no debemos emitir ni una sola queja, no vaya a confundirse con que albergamos, “un talante negativo”. Habrá todavía quien piense que la culpa del ahogamiento del pobre y desdichado Alain es debido a la ya tan famosa “Ley de la atracción”, resultando la fortuna un producto entonces de tanta negatividad. Resulta que estupideces hay tantas como demasiadas, por lo que yo sostengo otra teoría. Teoría que no mencionaré aquí…, por el momento. Bien, para ser honesta contigo, en realidad no dejo de hacerlo.

No sé si sabrás, que las desgracias como la que hemos visto siempre visten un magnífico vestido de color burdeos, pues sólo fue ocurrencia de las criaturas del altísimo vestir de negro ante las penurias y las calamidades, singular rasgo de la humanidad que en su perenne simbolismo gusta de asociar la incertidumbre con la carencia de cualquier color. Y color burdeos fue el tono que adquirió una pequeña porción de las aguas pues, nuestra otra protagonista, mediante tesón, envergadura en ideas y talante luchador, consiguió desprenderse al final del anzuelo de la mejor forma que conoce un pez: dando tirones y aguantando lo que venga sin emitir ninguna queja. Algo que sólo sucede cuando cada minuto del día, cuenta.

Y nadó y nadó, furiosa, cruzando las aguas como un rayo atraviesa la atmósfera, dando bramidos de cólera en ese silencio suyo tan propio del reino de los peces, en tanto por el desconsuelo por haber sido apresada y humillada a su manera y en otro, por tanta felicidad de tener una segunda oportunidad. Es la ley del cazador, si juegas, atente a las consecuencias.

Tanta fue su felicidad que, moviendo la aleta con todas sus fuerzas, saltó sobre la superficie del lago dejando tras de sí una espléndida estela de gotitas centelleantes, así, como a cámara lenta; y de tan alto pudo contemplar cada una de las orillas en los extremos y hasta los bosques que se extendían más allá, en lejanas tierras que a buen seguro alguna vez cruzaría, empleando para ello todas las corrientes secretas y subterráneas que cruzan el mundo a lo largo y a lo ancho; algunas muy rectas y otras en zig-zag; algunas alegres y otras más tristes; pero siempre, vestidas también de color burdeos, el color de la aventura.

Azul pues para el conocimiento, burdeos para descubrir el mundo y tenemos un hermoso vestido para nuestra carpa; atuendo que se llevó consigo a partir de aquel día por todas las aguas del mundo. Pues aquella carpa ya jamás volvería a caer en anzuelo, red o trampa; recorriendo en soledad rincones que de tan hermosos algunos de los seres conscientes pierden el aliento, en ocasiones, para siempre. Pero aquella carpa en realidad era muy especial aunque ella no fuese consciente de ello; y más que un asunto de consciencia se trataba de un asunto de memoria ya que aquella carencia, en realidad, había sido su auténtica recompensa.

Pues, según cuentan los indios al norte de esta maravillosa parte del mundo, si un ser humano ha sido una gran persona, si fue capaz de amar, ayudar y cuidar de todos los suyos ganándose así todo su amor y todo su respeto, si ha sido capaz de ser una gran mujer o un gran hombre,  al llegar el momento de su muerte no tiene nada que temer pues, cuentan, al final de tu vida te transformarás en un enorme pez que, internándose en las aguas, será capaz de nadar libre por todos los ríos y lagos que existen, por todos los cursos de agua y por todos estanques de la tierra, inmortal, viviendo así libre y feliz, allí, donde jamás llega hombre alguno, hasta el final de los días del mundo...

El “Big Fish”, el gran pez, que los nativos respetan y protegen ―o que respetaban y protegían en un tiempo donde no nos habíamos vuelto aún todos locos―, no permitiendo que sea capturado jamás, pues saben que podría ser uno de ellos alguna vez o un antepasado o su prima hermana o su tío o lo que es peor, su abuelo o su padre mismo; ya que, sí, casi todos ellos aspiran o al menos aspiraban a ser amados, respetados y admirados como grandes seres, y no a ser valorados por la cantidad de objetos que guarden en la penumbra neblinosa, allí, bajo las oscuras lonas de sus tiendas.

Aquella carpa, en algún momento del distante pasado, había sido alguien que decidió no conformarse y seguir caminando, aprendiendo y lo más importante, no dejando nunca de buscar estímulos; pues algo muere en nosotros cuando nos rendimos, cuando nos abandonamos y dejamos que el sol cruce en espiral sobre nuestras cabezas de forma tan ridícula que parece escucharse, cada vez que lo hace, el pitido de un flautín en ascendente. Algo que siempre me recuerda a una de mis novelas más amadas, Dune, donde en la letanía contra el miedo se habla de “esa pequeña muerte que nos conduce a la extinción total”, producto del miedo en aquel caso, pero que yo entiendo se extiende mucho más allá, pues soy consciente que del miedo brotan muchos de los males del mundo, entre ellos quizás, la ira, el peor de todos ellos.

Pues no hay nada peor que estar muerta en vida; y lo que es peor aún, no ser consciente de ello.

Edanna
24 de julio

 

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