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El son de tus alas (I)

Dyss, sello general

            A Erynn la conocí, como no podía ser de otra manera, tras el comienzo de la primavera; a mediados de la primera estrofa, durante el mes de Kaleth “el grande”.

Aquella nueva estación prometía ser un año repleto de ilusiones por todas las cosas nuevas, y de buenos recuerdos por tantas otras cosas que ya quedaban atrás.

Mist womanFue esa una primavera anunciada de forma prematura por las aves de toda la región que, exhalando los aromas de la tierra, se percataron antes que nadie de la llegada de la buenaventura. Siempre mis preciosos pájaros, portadores de noticias, predecesores de lo que el viento se lleva consigo hacia las esquinas del mundo.

Tras dejar un año de codiciosos fríos y gélidas ventiscas, la fatiga se había extendido hasta los rincones más oscuros resguardados bajo las oquedades del mundo. Por todo aquello, la llegada de una “narradora de vida” significó en aquel momento un gran acontecimiento.

Yo había pasado todo aquel frío año en el refugio, al sur, allí donde las formidables esfinges vigilan el canal. Y sólo de forma reciente había comenzado a buscar mi fortuna por todos los puestos civilizados, mucho más allá del límite del país de los hombres-caballo.

El invierno había sido especialmente duro por todas las regiones, dejando su huella por todas partes. La población de los asentamientos había menguado en un dos de cada diez en algunos sitios y de manera especial en las localidades más pobladas. En estos casos la dispersión parecía favorecer las posibilidades de supervivencia.

Así pues pude percibir, mientras deambulaba con mi laúd ofreciendo mis canciones y poemas, lo que muchos demostraron como agradecimiento; unas veces de forma torpe y brusca, y otros en cambio, con una exquisita galantería que en alguna ocasión incluso resultó ser del todo sincera.

Recuerdo que estaba en un campamento frente a las murallas de Caer Cruachan, “la ciudad de los diez mil bastardos”...

A las gentes, en Dyss, les encanta fijar cantidades y así hacer montoncitos. Aparentemente, ello constituye una pista útil para saber a qué atenerse... Lo cierto es que yo no recordaba el porqué de la puntualización, más bien fruto de las manías, y no me apetecía mucho ni recordarlo ni indagar sobre el tema.

Por el campamento rondaba gente de la peor calaña con la que había que trazar una raya y ponerse a esperar, con un palo en la mano, a que la cruzaran; todo ello sin caer dormida durante la espera, porque si no, estabas muerta. En cualquier caso yo tenía siempre a mano las dos hojas afiladas que siempre llevo conmigo —baste decir que una es más corta que la otra—, y su visión servía para disuadir a la mayoría.

Pero, por desgracia, las minorías y los temerarios eran siempre el problema. Con éstos, el problema era siempre el instrumento musical y el sexo femenino —no sé muy bien en qué proporción—, que parecía hacerlos actuar como por resorte y anhelar la muerte tras pretender corregirles los malos modales. Sobre esto tengo que añadir que algunas hembras no eran mucho mejores.

Por todo esto no albergo ninguna alegría pues, detesto la visión de la sangre.

Aún así, no me encontré con serios problemas durante aquellos días. Incluso entablé amistad con una gran familia de campesinos que habían vendido sus tierras para marcharse al norte, a las regiones cálidas. A mí el proyecto me pareció una alternativa razonable. Sus hijos me tomaron cariño —y yo a ellos—, mientras las agujas del dolor volvieron a aflorar en mi corazón al volver a ser consciente de mi incapacidad de tener descendencia propia.

Por lo tanto, ya fuera en aquel entonces por el despiadado invierno que finalmente había quedado atrás, por las duras condiciones de vida en toda la región, o simplemente, por el debilitamiento de la fuerza de las ilusiones —en el siempre arduo propósito de salir adelante—, sucedió que la llegada de la narradora significó para aquella gente todo un acontecimiento. Un acontecimiento que fue recordado largo tiempo y que significó mucho para buena parte de los corazones que allí compartían las frías noches de todos sus temores.

Vino del oeste, no recuerdo de qué lugar en concreto y como ya comenté, se llamaba Erynn.

Alta y delgada, con una trenza larga y negra que le llegaba a la cintura, marcó un paso dueño de toda la elegancia que el mundo dispone sobre cada individuo para tomarlo o dejarlo. Ella, había optado por tomarla y hacerla suya;  inaudita en aquellos parajes y sentida, por muchos, como un don sobrenatural de la tierra. Un don que sólo se concede a unos pocos elegidos.  

He de decir que me impresionó profundamente la prestancia de aquel talante, y de la importancia de su cometido en el mundo que me rodea. La narradora de vida es un símbolo en Dyss, una esperanza y, siempre, un regalo de bienvenida.

Entre los miembros de su orden, la distinción era un rasgo muy característico, que las diferenciaba desde el primer instante en el que tomabas contacto con cualquiera de ellos. La narradora pertenecía a la orden de “Las hijas de Edith”, como se las conoce, en honor a la centinela dueña del conocimiento y de todas las historias que han de ser contadas. Hasta en los rincones más oscuros son las encargadas de llevar todo cuanto se conoce, a fin de no olvidar. Pues resulta que el olvido..., es esa pequeña y única muerte que existe en el mundo, si no se hace algo para remediarlo.

Mediante un semblante de aspecto serio, algo grave, y a través de unas facciones redondeadas, de finas cejas y boca pequeña, se revelaba un cutis delicado, resaltado por unos profundos ojos negros. En su mirada había reflexión, inteligencia y la templanza que caracteriza a las narradoras, grandes conocedoras de los caminos del alma de muchas criaturas.

Sus manos eran pequeñas y refinadas, tan finas como el conjunto de todas sus facciones y siempre, aquella mesura en todos sus gestos, en la exquisitez de todos sus movimientos. Tan importante era el control de su cuerpo que más que andar parecía estar danzando.

Portaba dos bolsas de cuero propias de la orden: una escarcela, donde llevan algunas de sus pertenencias, y la tabana, la funda para el arma tan característica que utilizan; una extraña cadena reforzada en forma de estrella que esgrimen con suma pericia.

Completaba su atuendo con un largo vestido de viaje de color azul —que en todos los lugares se asocia con el del conocimiento—, de larga falda y un corpiño sobre el que llevaba un capote de amplia capucha, ribeteada de piel de zorro. Negociaba los andares con unas largas botas que probablemente desaparecerían por encima de sus rodillas y de las cuales, por lo que pude apreciar, un serio desgaste me reveló que habían recibido un buen uso.

Tengo que admitir que me sentí torpe y poco agraciada si me empeñaba en compararme con ella.  Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde para eso; me sentía como una vulgar mujerzuela sin demasiadas luces y peores maneras, carente de las cualidades de una gran dama—lo que en parte era del todo cierto— y desprovista de atractivo; pues pese a que no me consideraba fea, tampoco es que deslumbrara por mi belleza. Pero me repuse, me reprendí durante un buen rato —más bien un rato bastante prolongado—, y acto seguido, aguardé a que encontrara el lugar adecuado para comenzar su labor.

Continuará...

 

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna

 

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Las tierras de Dyss (canción de amor)

Dyss, sello general

Canción de amor

(Versión íntegra revisada)

De ti tan solo me quedé con los pedazos. Trocitos menudos que guardé en una caja de recuerdos.
El prisionero en el roble se encerró en sus telarañas de oro, un invierno donde una vez más guardé todos mis tesoros, bordados de lilas oscuros, dorados meticulosos y cadenas, que no adornaron más que las esquinas olvidadas del fondo de este arcón.

Donde ya no había ni arriba ni abajo, sólo me llegaron rumores cuando aparecías por los lados, pinchándome el alma con los aguijones del recuerdo. Silenciosos golpes que acogía con cuidado, cuando me recordabas que añorarte era inevitable, y olvidaste tan pronto todo lo que escribimos juntos en aquel cuaderno de esos días de verano.

No sé cuánto tiempo pasó desde aquel otro invierno, en el que la lluvia nos dio tantos momentos de ternura. Qué intensos fueron los besos que cubrieron aquella tierra con tus versos, y despojaron la hierba de sonrisas inútiles, de dolor y de pesares... Peticiones inútiles, palabras apresuradas y versos que quedan en el silencio de una caja de roble. Dulce momento que no tiene quien lo lea, es papel mojado que discurre por la calle del adiós.

Yo no sé que tengo que sentir, para que mis días sean de alegría.  Por tener algo tengo el silencio, y las promesas de que no hubiese olvido ni tristeza.

El tiempo es un enemigo largo y tendencioso, que nos supera en el examen más estricto.

Si en los bosques no oigo tu sonido, desespero, cuando no escucho más que el susurro de las horas, lentas, y los momentos que estuvieron bordeados con el rosal de tu triunfo.

Como empecé esto quiero abandonarlo. Con tanta ilusión como derrota de no existir más que en comentarios. Esta tristeza me mata, este dolor me desmorona. Por sentir no siento más que el silencio de mi deshonra.

Una vida herida y dolorosa de cuerpos destrozados ante la ignorancia, la mente rota, la vista clavada en esa araña que corretea por la pared de la memoria; pintada de blanco, del azul y del violeta. El lila que fue mi pasión no es más que yeso desmañado. Por un sollozo tuyo entre mis brazos... Quiero terminar todo esto, y no me lo permito.

Te veo andar por los pasillos, y cierro los ojos por no ver cuando al cerrarlos, veo más que en la vigilia. Coger tu mano, dejarme dormir. Soñar contigo, en el tacto de ese susurro. De aquel adiós. De los silencios. De la espesura de los recuerdos.
La maleza de estos días se funde con las sombras, trayendo pesadillas. Pesadillas y recuerdos. Olvidos y melancolías.

No hay más lluvia que ésta, no hay más. Y más no quiero contestar, no tengo respuestas más que de mi locura. De mis días y mis noches. De este abandono. De esta sustancia de la que me disuelvo.
Me diluyo en los charcos de madrugada, soy la gota que resbala por el cristal.
No quiero seguir pero quiero amar.

Y sin la ayuda de mi otro viento, en todo esto no hay más, no consigo continuar...

***

Volvieron los brillos a llevarme de vuelta a mis tierras del sueño.
Dyss prodigiosa que no quiso nunca ni amo, ni dueño.
Allí quiero morir, acurrucada en la llanura. De hierbas verdes y altas.
Con el Viento del Oeste, cantándome canciones de cuna.

Las luces que surgieron de esa tierra me llevaron,
de vuelta al lugar que nunca debí haber descuidado,
pues Dyss fue la tierra que me vio nacer.
Allí morí, allí moriré. Y todo, sin haber logrado,
no hacer más que amar y yacer, desesperada por mis fracasos.

Quiero darle forma a mi país, para renacer en forma de árbol silencioso.
Ver pasar las estaciones y esperar, por una lluvia u otra, la llegada del ocaso.
Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, y estar allí, donde se arrullan sus ramas.
Y no tener más que raíces, hojas al viento y ramas, para cubrirte.

Que mi sombra sea tu sereno reposo, que mis palabras sean tu descanso.
Este cuaderno está lleno de esbozos de mí, pero hay más, que no he contado.

Una tierra que no tiene ni dios ni mapas. No hay caminos, ni vallas.
Ni hombres ni fronteras.
Tan solo marcas en un horizonte al que llegar, lugares distantes que explorar.
Desiertos inacabados, bosques frondosos y valles lejanos.

Yo te ofrezco un río, un campo, un pueblo de hombres caballo.
El vaivén de mis ramas, el rocío en tus pestañas.
Este mundo es tuyo, no le impongas leyes ni nombres.
Yo te lo doy, pero no lo adores, ni lo ames, ni lo odies...

Porque es todo cuanto queda de mí, y no ha hecho más que empezar.
Está hecho de ti, y de ti. Está hecho de pedazos, que guardo en el fondo de una caja.
Todo cuanto fuiste está aquí. Gracias por haber estado ahí, pues tú le diste forma,
a la tierra donde sembré el árbol, que ahora te regala su sombra... 

Edanna

 

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De la bóveda celeste

Dyss, sello general

Enmarcadas en una majestuosa bóveda celeste, Dyss tiene el privilegio de albergar, como ya he descrito, dos lunas además de un sol que ya conocemos como Lugh, y que no anda solo en el transcurrir de la jornada pues mantiene siempre a su “Jareth” muy cerca, como un manto que se extendiese a través del firmamento.

Pero en los cielos existen otra infinidad de detalles que precisan de un poco más de tu tiempo para ser enumerados. Esos detalles los clasificaré como: los cuerpos errantes y las estrellas con sus constelaciones.

Las estrellas salpican la bóveda celeste de brillos titilantes, describiendo un movimiento siempre fijo y que sólo varía dependiendo de la época en la que se encuentre cada estación durante la cual veremos las diferentes constelaciones con mayor o menor facilidad variando su posición con respecto a la tierra y su altura en relación con el horizonte, según el momento.

Un concepto ya familiar para muchos, o al menos para la mayoría.

Sin embargo, existen una serie de cuerpos que parecen describir un movimiento “errático” a través de los cielos, comportándose cada uno de una forma determinada. Dotados de individualidad, estos cuerpos mantienen unas trayectorias complejas de describir, manteniendo cada uno sus particularidades. A los cuerpos errantes, nos referiremos en primer lugar, para después terminar nuestro viaje a través de los cielos describiendo las caprichosas formas que adoptan las estrellas y sus constelaciones, y lo que éstas significan para la existencia.

 

Los cuerpos errantes

En la noche estrellada además de las lunas y durante el día, por supuesto, del sol Lugh y su Jareth, existen otros siete cuerpos celestes de relevancia que conviene tener muy en cuenta.

Los siete los dividiremos a su vez en cinco cuerpos errantes lejanos y dos errantes cercanos o “Gemelos”.

 

Errantes lejanos

Los errantes lejanos son también pedazos de realidad, como lo es Dyss, que se encuentran a grandes distancias. Se perciben como estrellas muy brillantes de diferentes tonalidades. Desconozco si albergan su propia consciencia, aunque en el mundo se tiene la certeza de que así es dados los juegos que mantienen en los cielos y que traen de cabeza a todo estudioso que quiera describir sus movimientos. Los cinco le dan sus nombres a cinco días de la novena que en su honor los recuerdan en el transcurrir del árbol del tiempo.

Describen trayectorias independientes muy diferentes entre sí además de una serie de movimientos, o más bien de comportamientos muy concretos, a lo largo de toda la estación, manteniendo cada uno unos rasgos característicos que los definen.

Sus trayectorias suelen variar dependiendo de la estación, y en ocasiones, variando su posición de un ciclo a otro, lo que resulta de lo más extraño. Son desde luego complicados de describir asumiendo, por tanto, que obedecen a su propio libre albedrío y a su voluntad o yo diría más bien que, a su propio capricho, pues mantienen los cinco su propio juego a través de los cielos. Un juego que aparenta ser independiente de todo lo demás.

Los nombres de los cinco errantes lejanos son:

Grimbal, “El Cazador”. En algunos sitios conocido por, Gillean, nombre que en su honor se le da al segundo día de la novena. Día que por cierto, y creo haber comentado ya, no se puede cazar ninguna presa. Algo que no se aplica a los animales y a las bestias, obviamente.

De un color avellana, Grimbal describe una trayectoria más estable que sus cuatro hermanos.

Brenn, “El Lobo”. Que da su nombre al cuarto día de la novena. De tono blanco brillante parece seguir a su hermano Grimbal, para después describir una trayectoria completamente diferente y que ha hecho gemir de angustia al estudioso de los cielos más paciente.

Ruadh, “El Cuervo”. De todos, el de trayectoria más disparatada, cambiando de mes en mes, de estación en estación y de ciclo en ciclo. Ruadh le da su nombre al sexto día de la novena y que si repito es para que lo recuerdes. Los que nacen ese día se les suele decir que no saben lo que quieren ni cuando duermen. Su tono es cobrizo.

Danna, “La Doncella”. En honor a la madre del viejo pueblo y de la cual tengo la desgracia de ser, su hija... Es quizás una de las guardianas más reverenciada en el mundo, o al menos en una parte significativa. En su honor lleva su nombre el séptimo día de la novena.

La trayectoria de La Doncella es relativamente estable, pareciendo acompañar y describir una ruta parecida a la de Brenn, el Lobo. De cualquier forma las trayectorias de ambos parecen estar relacionadas. Mantiene un tono que varía entre diferentes matices de azul claro y cobalto.

Curadhan, “El Ciervo”.Cuentan en Dyss que Curadhan, “El Ciervo de Cullegh”, huye del Lobo y que Grimbal los persigue a ambos; que la Doncella desea impedirlo y que el Cuervo, se ríe de todos esperando sacar tajada... Sea cierto o no, las trayectorias de Curadhan, Grimbal y Brenn están relacionadas, resultando algo más previsibles las tres si se estudian en conjunto.

Le da su nombre al octavo día de la novena y se percibe de un color anaranjado brillante.

 

Errantes cercanos o Gemelos

Los dos cuerpos errantes cercanos, o Gemelos, se cree que son mundos de la misma naturaleza y características que la propia Dyss. Yo al menos, estoy convencida de ello. Su tamaño aparente es mucho mayor, semejante a lunas pequeñitas. Su luz es por tanto un factor importante a tener en cuenta durante las horas nocturnas.

Los Gemelos de Dyss mantienen unas trayectorias mucho más previsibles que sus hermanos pequeños, resultando  más contantes. De esta manera, determinar  su recorrido en el calendario es posible y hasta conveniente. Tengo constancia de que afectan levemente a las mareas, pero dado que es a escala muy débil, no lo tendremos en cuenta. Sin embargo, el poder de la “Ellan Yua” o “fuerza creativa del mundo”, se ve visiblemente afectado por la acción de los Gemelos de una forma que ya veremos en su momento.

A los Gemelos, o errantes cercanos, se les conoce como: Giseth, “el de la arena dorada”, dado su tono amarillento y Areté , “la gema del sol ” de un tono verdoso intenso.

Si ambos gemelos constituyen efectivamente otros mundos como lo es Dyss, nadie lo sabe con seguridad. Pero desde luego una cosa es segura, Dyss mantiene una afinidad muy importante con estos dos errantes cercanos, resultando afectada por éstos de forma evidente. Sin embargo, los Gemelos no forman una consciencia como lo forma Dyss. Son mundos gemelos sí, pero silenciosos y mudos, sin albergar consciencia propia.

O al menos eso se ha creído hasta ahora...

Y como de las constelaciones hay mucho que decir, lo dejaremos para el próximo apartado.

 

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Los pájaros (revisado)

Dyss, sello general

Cuando Lugh y su Jareth ya me escoltaban altos en el firmamento llegaron los pájaros, ensombreciendo con su manto de vibrantes motas: suelos, paredes y escondrijos. Un caos delicioso de luces y sombras, como el rizo de la luz entre las hojas de los árboles.  Una nube caprichosa y ensordecedora, que rozaba sin tocar cada resquicio en los espacios que me rodeaban desde hacía ya algunos días.

Y no diré que me cogió por sorpresa, aunque sí me fascinaron, como siempre, ante el súbito estremecimiento de todas las cosas quietas, la repentina vibración del aire, los sonidos que junto a sus destellos trajeron una marea de cambios de bienvenida. 

Raudos y veloces, fugaces y refinados, entraron a cientos por los grandes ventanales rodeados de fría piedra. Colmaron techos, bóvedas, pasillos, salones y las grandes estancias enmudecieron ante el fulgor de sus ecos sobre las paredes. Yo permanecí allí, apacible y serena, para acogerles. Sosteniendo mi laúd, con un canto me sumé al tañido de sus campanas. Radiante, delirando ante la llegada del más antiguo de mis viejos espíritus. Al dios más olvidado de todos cuantos alguna vez escucharon las plegarias surgidas por los miedos, deseos y delirios de los hombres.

Así pues, el gran edificio se colmó con el son de sus alas. Batiendo arrítmicas, cada uno en su propio tarareo, siguiendo un compás misterioso que ningún libro ha podido encadenar en palabras. Cruzaron en una vertiginosa carrera a través del aire, las espaciosas estancias, alfombradas de terciopelo púrpura. Les encantó especialmente la gigantesca lámpara de araña que colgaba del gran salón,  la cual encontraron divertida; afanándose en perseguirse en círculos desquiciantes sin fin, a una velocidad demasiado intensa como para poder seguirlos con la mirada.

Al contraste con la enorme vidriera, el salón atestado con los pájaros adquirió matices hasta ahora nunca vistos. Pero todo fue un tenue engaño, pues me di cuenta de que sólo yo podía verlos, invadiéndome entonces una gran desazón.

La gran estatua del retablo, en la escalera, abrió los ojos, contemplándome, carente de toda expresión, como esperando que yo comprendiese. Que todo lo que allí estaba surgiendo, los hombres, hacía muchas eras, lo habían olvidado. La casa estaba muerta para los centinelas en Dyss y para el más lejano de los espíritus. Y si allí no podían ejercer su influencia, difícilmente podían escuchar aquellos moradores el sin fin enloquecedor de miles de trinos desacompasados pero armoniosos.

Los hombres vivían en aquellos parajes, desde hacía mucho tiempo, carentes por completo de sueños  en las entrañas de un edificio lleno de vida pero que agonizaba lentamente, con la paciencia de un muro en su avance hacia el marchitamiento, para caer finalmente en un letargo del que difícilmente podría escapar.

Sentí un deseo irresistible de escapar y volver a esconderme en los caminos del mundo, junto a mis pájaros. Pero resistí el fuerte impulso y me busqué un lugar donde dormir, en la parte alta, donde cada noche pudiese cerrar los ojos y cuya última visión fuesen las estrellas del cielo.

Los pájaros anidaron en las oquedades, los nichos, en las vigas del techo y en todo pequeño y acogedor escondrijo que pudieron encontrar. Lentamente fueron acallando sus trinos y, finalmente, cesaron los murmullos del son de sus alas. Y con estos murmullos yo me dormí, aguardando  el momento en el que todos mis viejos espíritus me dieran la señal para proseguir el camino, siempre de la mano de mis amadas aves.

Cuando llegó la noche, los moradores de la gran casa se arrastraron a sus rincones y pronto se apagaron todas las luces, quedando tan solo el telón de los susurros en voz baja. Secretos que transcurrían de unos a otros a lo largo de toda la noche, todas las noches, cada noche, desde que llegué allí por vez primera.

Y así, siempre con la compañía de un batir de alas, pude aprender en los largos y lentos días que transcurrieron, asuntos de la corte, secretos inconfesables y..., hasta las canciones ya olvidadas de algunos héroes.

Libro de Edanna

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La mensajera

Dyss, sello general

       Llegó a la ciudad montada sobre un destrier de más de mil setecientas libras, completamente desprovista de prenda alguna,  sobre la cuarta hora del día de Brennan, en la séptima estrofa, mes del duelo.

No hubo mirada de hombre en todo Caernavon que no vibrara de lujuria; no hubo al amparo de Lugh mirada de mujer que no transpirara envidia por aquella piel tensa como un bordado sobre el bastidor, y tan suave como el discurrir de la mentira.

Vino tan altiva, tan lozana y tan hermosa como el mismo semental tapizado de armiño que montaba. Forrado en guarniciones de oro y plata con bordados sobre terciopelo traído de más allá del mundo, allí donde los hombres recogen la cosecha con unos brazos que crecen donde deberían encontrarse las piernas. Con estampado de hilo de oro, rampantes leones bordaban su manto color cereza y lo completaban criaturas míticas vistas por algunos ilustrados en los libros que hablan sobre las bestias fabulosas de más allá del mundo; allí, donde el agua de los océanos se derrama hacia la noche, salpicando de espuma la bóveda celeste y formando así las estrellas del cielo.

Una pesadumbre se apoderó de todos los corazones, una mezcolanza de la última alegría de un año de primavera que se llevara de forma súbita un viento afilado y, antes de que se dieran cuenta, tejados, vigas y  chimeneas; gárgolas, canalones y desagües se habían llenado de pájaros negros que rondaban, expectantes, sumidos en la inquietud que guardaban bajo sus mismas alas.

Desfiló con soberbia, haciendo levantar las patas del caballo a través del callejón de los tejedores, sin prestar atención a las prendas que colgaban ondeando a la brisa perfumada de canela, de romero y de vainilla que exhalaba allí por donde pasara.
Dos guardianes del portón que guardaba la plaza del mercado arrojaron las lanzas y echaron a correr sin acordarse que, por aquella cobardía, les separarían muy probablemente la cabeza del cuerpo; tal y como sucedió algunos días más tarde, y sin poner en la tarea ni mucho empeño ni demasiada habilidad.

Había en ella tres cuartas partes de altivo orgullo, dos medidas y media  de arrogancia, cuarenta y seis partes de osadía, tres onzas de odio perpetuo sobre las criaturas que sienten, anhelan y sueñan en las noches estrelladas y..., y en un leve resquicio, una muy pequeña pizca de inocencia arrebatada en contra de su voluntad.

Pues la mensajera traía un mensaje de Ella, una vez más. Y para ella, como para sí misma, la niña que había dejado de serlo aquel lejano día que se entregó a la reina, perdiendo espíritu, cuerpo y mente, despojándola de su mayor tesoro, su voluntad, era ahora la voluntad de su reina, hermana, madre y dueña. Voluntad que  estaba ya tras todas sus amargas horas en posesión de Ella, que todo lo da y todo lo quita, por un pequeño precio...

Tan antigua, tan sabia y hermosa, tan vieja como el mundo... Tan antigua como el mundo.

Ascendió por la rampa, pateando con fuerza las piedras del pavimento, cruzando hacia la plaza a través de los últimos días del arco encarzado que sostenía un viejo portón de tallas imposibles de realizar por manos humanas. Un portón labrado que una vez sembró el orgullo de un próspero centro de comercio; hoy una ciudad medio en ruinas habitada de forma tragicómica por una población que hace tiempo olvidó el sabor de las quimeras y de la ilusión, abandonándose al delirio de las pesadillas que se habían inventado a sí mismos.

La vi entonces detenerse junto a los puestos de especias, lo más lejos posible de la fuente central. Fue entonces, en ese preciso instante, cuando pude percibir su absoluto desprecio por las gotitas de agua que salpicaban algunos palmos más allá del brocal. Un desagrado que traía consigo la urgencia inconfundible que reclama la supervivencia.

Me miró un leve instante y le devolví la mirada, y por un momento, pude percibir la duda, el leve aliento de un temor disimulado y una pequeñísima súplica que espantó el graznido de un cuervo, posado a pocos pasos de la mensajera, sobre su cabeza.

No tomó demasiado tiempo para, alzando una voz dulce pero firme, exclamar:

― ¡Gentes de Caernavon, escuchad las palabras de vuestra soberana y madre! ¡Regocijaos pues la reina ha vuelto para reclamar todo cuanto le debéis y que es suyo, por derecho! ¡Ella ha vuelto y espera que en la alegría de vuestros corazones le entreguéis de buena voluntad lo que le pertenece!

Un silencio traído del último abismo se depositó de manera imperceptible sobre toda la ciudad. Así, en el callado temor hacia los poderes que provienen de las esquinas del mundo, los habitantes de aquellas tierras escucharon las demandas.

Esta vez lo habitual, sin demasiadas sorpresas. La tercera hija del duque, la mayor, nacida en la canción de primavera, que en su juventud de muchachita, ya había pasado de niña a mujer hacía tan sólo los dos versos que tarda en cruzar el sol y su Jareth, la bóveda de los cielos.

Como vino se fue, en su arrebatadora altanería; tras reclamar los deseos de aquella que, todo en su gracia concede, como es llamada por las más ancianas y las más plañideras.

Nadie se interpuso en su camino, nadie cruzó bajo sus bridas bordadas de doble cruzado y cadeneta o se atrevió a rozar el brocado del manto de su montura; y muchos desearon haber muerto aquella mañana pues el grito desgarrador de la duquesa se escuchó desde la torrecilla del palacio a través de las calles, desde la puerta este hasta la del suroeste, cruzando desde la barbacana norte hasta el estercolero del sur, junto a las caballerizas. Un grito que se mezcló con el nauseabundo miasma de la calle de los curtidores y que se alejó volando, haciendo molinetes, a llevarle las nuevas a Ella. Allá en su recién reedificado castillo del bosque, no muy lejos, al sur.

Pues la que todo lo da y todo lo quita, había vuelto al bosque.

No pude más que sentir un extraño conjunto de emociones dispersas. Aquello que ronda entre el desprecio por quien se aprovecha de los débiles, la compasión por los que sufren el dolor que les imponen los que atentan contra su dignidad y, esto era lo peor, una enraizada cólera dentro de mi ser hacia la especie humana; por ser la única causante de todo aquello pues, aunque resulte difícil de comprender para los profanos, la única culpa por el retorno de Ella al bosque era debido a los propios deseos de las gentes.

Se trataba de sus propios anhelos egoístas y de todos sus deseos profundos danzando en las mezquinas aguas de la voracidad los que eran causantes de aquella nueva llamada. Pues Ella cobraba vida sí, una vez más. Como tantas veces lo hizo en el pasado, como otras tantas me temía haría de nuevo en el futuro.

Mil veces nacida, reclamada de un lugar que está más allá de los sueños, traída de nuevo por el deseo oculto de las gentes, por su propio anhelo secreto, por su codicia... Por el ansia disimulada de una entidad que pudiese otorgar cuantos dones se le pidieran, a cambio de..., a cambio de nada..., a cambio del dolor de otros... Pues cuanto Ella reclamaba a cambio de sus dones era algo sin importancia. Una nimiedad a cambio del la bendición de su abundancia. La vida de un ser que, por lo general, siempre era de otro.

Yo miré a mis camaradas y asentí sin titubeos. Esta vez la reina haría una excepción. Y en su exquisita cortesía respetaría la tradición que demanda el protocolo, a fin de conceder una audiencia que precisaría para su merced, algo quizás más contundente que las palabras.

Libro de Edanna

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La Tierra Amarga de Isan Reese (revisión)

Dyss, sello general

Tengo una tierra en la cual nada crece, salvo destellos de lo que una vez pudo ser y no fue. Esto ocasiona que allí, el sabor de una arena dorada se mezcla en la miel de mi bebida. Aún, después de probarla infinidad de veces, no la reconozco.

Lo cierto es que no sé qué hacer con ella nada en absoluto.

 

En la Tierra de Isan Reese hace mucho tiempo que se dejó de contar todo cuanto se ha perdido. Allí van todas las cosas que no se desean, que no se quieran o que se anhela quitar de en medio.

Sus páramos están repletos de sueños innecesarios, aunque hay muchos más que son necesarios pero que nadie desea conservar; pues dicen los que conocen sobre estos asuntos que nadie sabe en realidad lo que quiere. Una gran verdad, tan común como una piedrecilla en la bota.

Son sus regiones lugares de tránsito llenos de recuerdos que gimen en todo momento, no importa qué hora o qué instante del día o de la noche. Aunque precisamente suceden, con mayor frecuencia, cuando es el momento más inoportuno. Y los momentos inoportunos, por observación empírica, tengo constancia de que suceden constantemente.

Cualquiera diría que es porque mantengo un talante negativo, lo cual, suele estar mal visto...

Es como cuando a alguno le toca pudrirse por culpa de la enfermedad y a los de alrededor les molesta, pues es algo de talante negativo. O que un lugar siendo completamente estúpido y en el cual no quieras permanecer más de dos latidos de corazón, te digan que en realidad es porque llevas, un talante negativo. No es culpa de que el maldito agujero sea pútrido, ¡sino de un problema de actitud...!

...Yo me pregunto si los desiertos de todos los mundos que existen en el universo son así porque mantienen, ¡un talante negativo...!

Pero espera..., ¿me estoy desviando del tema? ¿No?

La Tierra amarga de Isan Reese está libre de tales absurdas ataduras. Reina allí un sistema feudal, no dictaminado por nadie, donde cada cosa se ubica en su sitio correcto; siendo adecuado en la mayor parte de su recorrido el correcto orden de cada cosa. Hay excepciones, por supuesto, pero de nada sirve explicarlas; de la misma manera que de nada sirve explicar esta pequeña crónica pues para entenderla no basta con actitud...

...O ahora que lo pienso, sí que basta, porque estas Tierras son tan absurdas que su propia explicación sufre por ello de forma clara, tal y como se puede ver...

¿Entiendes?

Y es que, para estos parajes sí que no basta con la actitud correcta. Allí cada día hay que tomar todas las decisiones una y otra vez, una y otra vez, una..., y otra vez, y otra..., y otra vez..., repitiéndose...

La compasión no tiene un lugar allí; quizás no lo tenga en ninguna parte.

Las Tierras de Isan Reese están malditas y pertenecen a "Los Seres de Otoño". Todo aquel que se adentra se encuentra despojado de la voluntad de vivir, de respirar o de recordar para qué sirve el siguiente instante de sus vidas.

Las razones de ello se encuentran en la historia y tienen orígenes de complejo significado, que estudiaremos con calma cuando llegue el momento.

Pero has de saber que cada día, cuando sale el sol, las elecciones del día anterior son cosa del pasado. Es por tanto éste el preciso momento de elegir de nuevo, de empezar de nuevo.

Así, por tanto, cuando la noche queda atrás y todo cuanto una vez soñaste, pensaste y decidiste ha sido olvidado, deberás sentarte en alguna piedra, no demasiado incómoda, y repasar todas y cada una de tus elecciones teniendo mucho cuidado de no olvidar ninguna, no vayas a lamentarlo.

Sin embargo, siempre hay algo que lamentarás... Suele suceder.

Por esto, y por otras cosas, esta tierra es conocida por su sobrenombre, "Amarga y Cruel"; y obliga cada día a los viajeros a repasar sin dudarlo hasta la engañosa necesidad de si desean o no desean respirar, durante cuánto tiempo, y cuántas veces.

Aunque el problema de respirar por lo general es el menor de los problemas. No, normalmente no lo es.
Hay mucho que decir de estos parajes donde te encuentras de forma constante con lo que es en apariencia innecesario, con lo que es rechazado, lo que es apartado y con lo que, por supuesto, es olvidado.

Se podría denominar basurero, pero ¿en qué basurero te encuentras amantes despechados, niños envueltos en la amargura de no tener siquiera la oportunidad de tomar decisiones, o a un gatito en una caja de zapatos? No recuerdo ninguno ahora mismo..., aunque mi imaginación me temo no es lo suficientemente pródiga en bienes de intercambio. En cualquier caso no creo que lo recuerde pues, por lo general, este tipo de cosas no suceden en un sitio concreto...

Suceden en todas partes, a todas horas. Pero eso es otra cuestión ¿verdad?

Hay mucho más que decir sobre una tierra en la cual el deseo de transitarla ha de ser tenido en cuenta en cada instante. Sin embargo, no todo son aspectos que puedan o quieran alejar al visitante. Tiene sus bondades, y sus puntos de interés, pues el deseo de olvidar todo cuanto alguna vez deseamos es un sencillo instrumento, compás y violín de tañido breve en el cual resuenan los ecos del mundo a cada instante. Una suave sinfonía que sin ser armoniosa suele ser bastante escuchada en todas las esquinas del mundo.

Digamos que es, una cancioncilla popular.

Es allí hacia donde se dirigen muchas cosas y hacia donde se envían muchas otras, no siendo la misma cosa ambos conceptos.

Pero si sé una cosa. Es allí, en la tierra baldía y amarga de Isan Reese, donde yo encontré cuanto quiero, deseo y anhelo. Pues fue allí donde aprendí a apreciar lo que anhelaron todos los seres de este mundo y que tarde o temprano, consciente o inconscientemente y casi siempre de una manera emparentada, por desgracia, con la mediocridad, dejaron atrás.

Por tanto, y una vez más, podemos aprender algo en Dyss. Y es que, no siempre la hierba es más verde al otro lado de la colina.

Libro de Edanna

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