9 Julio, 2008
Lively - Welcome
El mundo virtual de Google. Solo era cuestión de tiempo.
Y después de yo intentarlo con el VRML, doce años después de haber construído mi primer mundo-habitación tridimensional donde chatear con mis amigos. Después de que todos encogieran los hombros y me dijeran, “muy bonito ¿y para qué?” Google, lo trae, y todos babearán ante este desarrollo tecnológico del que sencillamente, ahora es: “su momento”
Y a mí solo me queda decir…junto a la maldita web3d.org
Te lo dije…
pd: si no lo digo, reviento.
Edanna Dhae a las 8:43 pm
21 Mayo, 2008
Allí de donde trajiste mi nombre
Con las primeras flores de Mayo me hice volantes para el vestido nuevo de primavera. Caían sencillas, sin mucho entusiasmo, sin mucha iniciativa, pero con el carácter suficiente para que cada una alcanzara el lugar preciso, en el momento justo. Esa perfección tan simple, tan pulcra, a lo largo de la tela de raso. A mi gata le encantaron tanto, que la tuve que encerrar en el armario, donde tiene su escondrijo favorito, al que siempre me pide que la lleve todos los días después del café. Allí juega a dibujar animales en las paredes, muy parecidas por cierto a las que se ven pintadas en las cuevas por aquellos misteriosos hombres de las cavernas del paleolítico o del neolítico, no recuerdo. Le pediré a Creidne que me lo aclare entre uno o dos cafés.
Mi gata pinta muy bien, hace cuadros preciosos que hablan de cosas lindas. Entre los pétalos de rosa que hay allí para perfumar la ropa, se recuesta, duerme y sueña. Mi gata sueña con un mundo cálido con rayos de sol amarillentos, recovecos infinitos, escaleras que suben y bajan y una alfombra delante de la estufa negra de hierro fundido. Hasta que la llamo, para que me haga algún trabajo de diseño, me cante una canción, pinte un dibujo, o me escriba una historia y así yo, poder ganarme la vida honradamente.
Mi gata también escribe un diario y yo, un blog. Bueno a veces.
Lo cierto es que casi he olvidado lo que significaba tener un diario. Yo tuve muchos. Algunos conocidos tenían los suyos. Mi hermana tuvo uno que le ocasionó un disgusto. Los diarios eran o solían ser rosas o azules, no había mucha variedad y con; ositos, gatitos, perritos, guacamayos o salamandras de fuego dibujados en sus tapas.
Ahora, (aunque ya hace un tiempo que comienzo a notar que mengua), se pusieron tan de moda, que podemos reunir todo tipo de consejos para que nuestro diario se convirtiera en un bestseller. No sé, esto es lo de siempre. Querer salir en la tele, querer ser famoso, por querer…, queremos tantas cosas.
Yo no hubiese escrito jamás algo si no hubiese tenido al principio el total convencimiento de que esto no lo iba a leer nadie. Después al ver que no era así, me consolaba pensar que este majestuoso vertedero en el que se ha convertido la red, algo así pasaría desapercibido. Lo de vertedero, es ahora, claro. Antes defendía a capa y espada internet y sus maravillosas posibilidades. Lo que pasa que, de ser un bosquecillo íntimo, laberíntico y acogedor, pues se ha convertido en una enorme montaña de basura en la que hay de todo, tal y como sucede en todas las montañas de basura de este mundo, tanto si son montañas mágicas como si no lo son. Y más que una varita mágica necesitamos una buena pala para encontrar aquello que necesitamos. No es una crítica aunque lo parezca, es simplemente aceptación tras un largo y extenso suspiro.
Mi gata sueña ahora, con las flores de mi vestido. Rumia en sueños que ejércitos de flores marchan hacia ella, mientras las espera acorralada bajo el sofá del salón. Al fin, se arma de valor, baja las orejas, se pone en tensión y ataca.
Un aire perfumado refleja la luz rojiza de colores aterciopelados, cuando la embestida rompe las filas, deshaciendo los ejércitos de la reina de picas. Los pétalos caen, suavemente sobre mi vestido nuevo. Mi vestido para celebrar la primavera. Entonces, yo abro el libro por la página ochenta y siete. Una cola de gato se escabulle por las tapas en un abrir y cerrar de ojos. El libro brilla iluminando mi rostro.
-Aquí es, por aquí es por donde iba.
-¿Cómo he llegado a esto?
Cierro el libro. El vestido es tan cómodo. No siento que lleve nada encima. Es una brisa, un suspiro, es un beso. Y en él, amanece.
Mi gata maúlla desconsolada, quiere sus flores, las que soñó y con su sueño las trajo a la realidad. Tuvo el detalle de regalármelas para mi vestido, y claro, yo no la dejo jugar con ellas. Todo cuanto quiere, es jugar y perseguir ejércitos enteros de pétalos rosáceos. Ser una heroína de cuento.
Y cerrando el libro, con mi gata ronroneando dulcemente bajo el vuelo del satén, pienso en estas cosas. En que mi gata, quiere lo mismo que yo. Ser el héroe de un cuento, de su cuento, y salir al menos una o dos veces en él, para que me pida:
-¡Cuéntame de nuevo la parte en la que salgo yo!
Y la complazco, deseando que llegue la tarde y sentarme a escribir otro cuento para ella, mientras mi gata, con ese poder que tienen tan particular, atraviesa la pared limpiamente y se interna en el otro mundo del que me trae regalos. Flores a veces, una ramita otras, tres bellotas de dulce mirada, un ratón asustado que libero inmediatamente y que se marcha muy ofendido. En ocasiones una sardina con alas de mariposa, zapatos de cristal, besos dentro de una botella, el olor de la tierra que no ha pisado un ser humano o todos los deseos que contiene algún pozo. A veces, monedas con el rostro de bárbol grabados en una cara, y en la otra, quién sabe qué rayos será eso…
Pero ya me sucedía antes, mucho antes de encontrármela en un contenedor de basura y alimentarla, curarla y criarla como buenamente pude que, ya no me hacía falta abrir el libro. Ni este ni ninguno. Pues tan solo un brillo en la cucharilla, una ráfaga de viento o un olor me lleva lejos, lejos, tan lejos que no quiero volver. Allí a veces soy feliz, otras me persiguen demonios. Demonios que no me dejan en paz, los ahuyento con bandadas de pájaros, con aullidos de lobos y todo cuanto puedo sacar de las grietas del mundo para espantarlos. Pero en muchas ocasiones no basta.
A veces cuesta regresar. Aquí, con las voces estentóreas de la gente tengo fuertes dolores de cabeza. Quiero quedarme al otro lado pero es cada vez más difícil. Apenas salgo a la calle tampoco, y tengo que hacer un gran esfuerzo, obligarme a ello. Más allá de las tres calles empedradas, el mundo me parece tan espantoso…
¿Cómo he llegado a esto?
Ha llegado gente hasta aquí, a este borde del mundo. Francamente, no pensé que sucedería. Pues levanté en Lavondyss unos muros muy altos, y una única puerta. Los que han llegado y han logrado entrar, han sabido perfectamente que el secreto no consistía en intentar saltar el muro. Con querer llamar a la puerta bastaba.
Intento quedarme, pero me voy hacia el otro lado. Y mi mente no quiere regresar. Hago sufrir a los que me rodean. Eso es lo peor de todo.
Un vestido para la primavera se demora entre mi piel llenándome de caricias. Abro el libro del que nacen todas las luces y en el que se ve la aurora boreal. Lo vuelvo a cerrar. No consigo concentrarme esta noche, ni ninguna noche hace ya varias lunas. Los recuerdos, el tiempo, los hijos de mis amigos, la felicidad de mis amigos, su sonrisa, sus alabanzas. El amor que me rodea. Y yo, con mi gata siempre cruzando al otro lado, deseando quedarme. Permanecer.
Es allí de donde provengo pues las luces de estas calles se oscurecen, taciturnas, y el aire no es ya tan ligero, ni tan fresco. Ya no me roza las mejillas, al menos esta noche no. La noche pasada, no lo sé. La luna llena me atrae, quiero que dibuje rayos entre los árboles, y perseguirlos. Sin cesar. ¡Mira! ¿Qué es aquello? Un rayo de luna, hermoso e inalcanzable que roza la hojarasca de mis añorados bosques. Mi gata sale tras el rayo de luna como un borrón, me llama:
-¡Vamos!
¿Y cómo he llegado hasta dónde estoy? Lavondyss es gigantesca, es tan grande. Enorme en extensiones, en costas, en mares y montañas. ¡Hay tanto que ver!
Hay tanto que ver, que me aterra morir. Pues siempre hay una luz distante más allá, que me convence de cruzar aquella llanura, de atravesar aquellas montañas, y remar a través de lagos en los que no se divisa la otra orilla. Hay barcos, hay grandes naves que surcan los cielos que siempre tienen el color que yo deseo. Y por supuesto, los pájaros, dueños absolutos, señores del mundo más allá del primer escalón, del mundo dentro del armario, o a través de esa pequeña grieta, de ese escondrijo de ratoncitos.
En la canastilla de pétalos de rosa que hay dentro del armario, la que puso Edith con todo su amor, duerme ahora mi pequeña gata. Luchando contra mares tempestuosos, liderando sus tropas contra el batallón que asoma tras la colina, portando estandartes con sus símbolos de jardines del otro lado del mundo. Con fragancias tan delirantes, que me llevan a abrir el libro de nuevo.
Y allí está, las aventuras de una pequeña gatita al mando de un ejército de ratones, que libran batalla contra algún poderoso mal que asola este mundo del revés. Ella sueña, y yo, le leo todos los cuentos de mi libro mágico. En el que amanece siempre en la primera página, y va a ponerse el sol en la última. Un libro, que me trajo ella misma, desde ese mundo al que tan solo pueden ir los gatos cuando les viene en gana y del cual, me trajo, regalos tan maravillosos como este. Desde ese país desconocido, de ese mundo, más allá de las colinas centelleantes. De aquel lugar del cual trajiste mi nombre.
Edanna Dhae a las 3:32 am
14 Mayo, 2008
La tierra donde van los muertos
Se trataba de las riendas de un carro que el difunto rey Gordio había atado, formando un nudo que nadie podía deshacer.
Las riendas estaban hechas de cornejo, el cual se había encogido y compactado con el paso de los años. Estaban atadas formando lo que se denominaba un nudo turco, sin extremos visibles.
Cientos de hombres habían intentado deshacerlo sin éxito.
En el año 338 A.C., Alejandro de Macedonia llegó a Telmiso a la cabeza de un enorme ejército.
Conocía la leyenda que decía que aquel que deshiciera el nudo de Gordio conquistaría toda Asia.
La gente de la ciudad se apresuró a seguirlo.
Sabían quién era: El hijo favorito del rey Filippo, a quien, con solo 23 años, nadie había vencido en batalla y apodaban “El Grande”.
Se plantó delante del nudo, y enseguida se percató de que no se podía deshacer.
Si lo intentaba, quedaría en ridículo. La corteza se había apretado tanto que formaba una masa consistente en la que ningún dedo podía introducirse para intentar deshacer el nudo.
Así que lo cortó de un solo golpe con su espada.
Luego marchó hacia Tarso y Galigamela, donde barrió a todos aquellos que encontró a su paso.
Las fuentes de la época por cierto, guardan silencio al respecto. Solo Aristoboulos lo menciona… y era el mayor hagiógrafo de Alejandro.
-Has cambiado Edanna.
-¿En qué?
-En muchas cosas la verdad. –Le dije mientras buscaba un sitio cómodo en aquel suelo nudoso-. No sé, es difícil de explicar.
-Te noto ahora algo más socarrona. –Me atreví a decirle.
Ella se limitó a seguir sentada rodeando sus rodillas con los brazos, sonriendo mientras contemplaba el imponente abismo.
-Bueno. –Dijo-. Este es un lugar majestuoso e irónico a la vez ¿no te parece? Las raíces de Yggdrasil son el lugar perfecto para comentar las ironías de un mundo que se extiende allá arriba.
-Ya, pero no, no me refiero a eso. –Dije sin entusiasmo.
Y casi por lo bajo comentó. -Quizás sea porque ya no tengo una vara metida por el trasero, que por cierto la tenía, pero bueno, a nadie le importaba demasiado, evidentemente.
A mí me sorprendió escucharla hablar así, cuando siempre había sido tan cauta, tan extremadamente alejada de todo cuanto resultara vulgar.
-Lo único que ha cambiado es que todo eso dejó de importarme hace mucho tiempo. –Puntualizó-. Son diferentes aspectos nada más, que como las raíces, se extienden, aparecen y desaparecen. Todos esos aspectos soy tú, y tú eres yo. Al igual que todas estas raíces son partes del árbol del mundo.
Guardamos silencio unos minutos, yo escuchaba el aullido del viento.
-¿Por qué me has traído aquí? –Le pregunté finalmente.
Ella me miró fijamente con su sonrisa forjadora de mundos eterna en su rostro.
-Yo pensé que eras tú el que me invitó a pasar la tarde entre las raíces del mundo. –Me dijo entre risitas.
Finalmente pareció ceder.
-Bien, para contarte un cuento. ¿Te ha gustado?
-Mucho. –Dije de inmediato.
Mira estas raíces. Las raíces de Yggdrasil, el árbol sobre el que se sostiene el mundo. Un bello mito, antiguo como el rumor del viento, con sus personajes, sus héroes, sus antagonistas, sus jueces y entre ellos, tú y yo.
Las diferentes raíces, los diferentes aspectos. Tus aspectos, mis aspectos, lo mismo pues estamos más próximos que los mismos gemelos. Es algo más, es una cuestión de sangre.
-Sangre sobre las raíces de Yggdrasil. –Finalicé.
Ella guardó silencio unos segundos y finalmente dijo de forma contundente. –Así es. Cambiaremos la magia por la espada, Niño-roto.
-Si, eso lo veía venir. –Le dije con complicidad y devolviéndole una sonrisa socarrona.
– Ves, ya vas aprendiendo. – Me dijo riendo.
-Entonces, este es el momento de ahuyentar el miedo. –Proseguí-. Pero las emociones son caprichosas pues van y vienen. Quizás es el poder de la palabra la que nos mantiene unidos… mantiene nuestra existencia. El poder de la palabra es lo que permite que todo exista.
-Ella se limitaba a mirarme y asentía levemente.
-Pues que sean mis ejércitos las plantas, las bestias y las aves del cielo, y lo más importante. Qué todo lo que soy obedezca tan solo a mi propia voluntad, y a mi propia y única palabra, sin nada ni nadie que decida por mí. Que ni el destino, ni la divina providencia gobiernen mis actos. Solo yo, quiero decidir mi destino.
-Estupendo. –Dijo contenta-. No está nada mal para ser un comienzo.
-Sí, ya me he dado cuenta de que estamos aquí para pedir un deseo. Pero esto, ya me veo venir que es tan solo el principio ¿no? –Comenté.
-Por supuesto querido niño, por supuesto…Esto es solo el principio. Sin embargo, que bien se está aquí ¿no es cierto? En el final de los mundos, en la frontera de la tierra a donde van los muertos.
-Los muertos no van a ninguna parte. –Reclamé.
-Cierto. Pero de todo eso, ya hablaremos.
-Tras lo cual solo pude asentir levemente y perceptiblemente aliviado. Lo que a ella, le hizo soltar otra risita.
No hablamos muchos más, pues durante horas, nos entregamos a contemplar la noche infinita, sobre las raíces del mundo a nuestros pies.
Edanna Dhae a las 11:16 pm
20 Septiembre, 2007
Sobreviviendo desde tu tejado
Cuando terminé “Juegos desde tu tejado” quedé totalmente exhausto. El día siguiente transcurrió a lo largo de una extraña duerme-vigilia, como si una potente resaca celebrara su victoria por todo mi cuerpo. Fue como regresar de un viaje, un viaje extraño en el que estuve conviviendo con todos los personajes de la historia para finalmente, algo tristes y cabizbajos, ir todos a acompañarme en la despedida por mi partida. Permanecer junto a mí en aquel doloroso adiós; agitando el pañuelo, vertiendo lágrimas, diciendo hasta pronto; quizás, ya veremos, llama cuando llegues, te llamaré…en el dulce y largo mañana.
Allí quedaron, en alguna sala de aeropuerto del reino de los sueños, con la mirada triste, pero felices de ahora sencillamente existir. Como viejos amigos que han compartido muchos momentos juntos. Una extraña tristeza. Una solemne melancolía de sensaciones positivas. Con la pena y la alegría de haber vivido una historia, escuchar como con un ruido seco, la tapa del libro se cierra. El misterioso placer de escribir al final: Fin.
Fue la delicia y el delirio siempre de la mano. Un viaje que espero repetir pronto. Las horas y horas de corrección, agotadoras, no tan largas como el proceso en sí de crear todo aquello, pero igual de fatigosas. Gracias Edith, por tu ayuda incansable y por todo tu sacrificio.
Mientras tanto algún pedazo escapa de su lomo. Lo demás espera su suerte. Lo mejor: que de la biblioteca de Lucien, donde se guardan todas las cosas jamás soñadas, donde se reúnen todos los libros que jamás se han escrito, ha desaparecido un volumen.
Y ahora lo tengo yo.
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…
Con la niebla sobrevino un frío húmedo, que lo tiñó todo de una aguda inquietud. Ruggero suspiró, sintió un temblor mientras esperaba atento, dar la señal a su gente. Confiaba en su instinto y guardaba silencio interiormente, respetando el momento en que esa corazonada le haría tomar la decisión correcta. Cuando ese momento llegó, se dejó llevar.
Y todo comenzó.
Motas de luz danzaron entre la niebla sobre los presentes, que guardaron inmediatamente un silencio sepulcral tan solo salpicado por alguna risa nerviosa. Las luces surgieron de la nada, por medio de algún milagro pirotécnico o tecnológico de naturaleza desconocida. Una a una fueron surgiendo de diferentes puntos suspendidas en el aire frío, arrojando un halo neblinoso gracias a la bruma, que parecía sostenerlas de algún modo, y que les confería un aspecto sobrenatural, pero irremediablemente hermoso. Los pequeños destellos que acompañaron a las luces las hicieron realzarse aún más, como si la niebla en un momento concreto hubiese comenzado a burbujear.
Junto a las luces, se divisaron finas líneas trazadas sobre la bruma, como si una mano mágica sosteniendo un buril tallara la niebla trazando complicados grabados que recordaban a los esquemas misteriosos de un libro de ciencias arcanas. Así, en la oscuridad, el aire resplandeció con escrituras y motivos de una belleza hasta ahora desconocida, mientras las pequeñas luces fulguraban trazando un baile secreto en medio del silencio general.
De repente, de la nada surgió el poderoso dragón, que desafiante emergió para atravesar aquel velo ante todos, abalanzándose sobre ellos, haciéndolos retroceder y gritar de sorpresa. De su boca surgían llamas rojizas y amarillentas que chisporroteaban arrojando lluvias de chispas inofensivas pero terroríficamente espectaculares. Junto a él una corte de pequeños diablillos rodeados de una luz fantasmagórica formó un pequeño ejército a su alrededor.
Todos los espectadores retrocedieron.
Durante unos instantes los diablillos contemplaron burlones a la gente, mientras el dragón escudado por sus guardianes, volvía la cabeza de un lado a otro, estudiando a los presentes. Las motas de luz se fueron concentrando en torno a ellos, confiriéndoles una aureola de dominio absoluto. Danzando a su alrededor, revistiéndolos de poder sobre todas las cosas.
Se abalanzaron sobre el escaso público que nervioso e incluso asustado, retrocedió algunos pasos una vez más llegando incluso a darse la vuelta y correr un breve tramo para ponerse a salvo.
…
Edanna
Edanna Dhae a las 9:33 pm
3 Septiembre, 2007
Cuentos de ti
Con los primeros vientos de septiembre, despertó al compás de un canturreo de pájaros. Una leve erupción de hojas resecas por el periodo estival, marcó la leve diferencia entre estar allí, y permanecer oculta. Una mota de otoño leve pero constante, permanente y aparentemente ausente. Aquellas fueron sus primeras bocanadas del aire ya ligeramente húmedo. El letargo se había terminado.
Y como todas las cosas caducas, renacer es convertirse de nuevo en presente. Ausente anteriormente, cotidiana ahora. Para sumarse a todos los suspiros de aquel bosque teñido de naranjas que perfumaban con sus avenas suaves, el presente traído de un pasado reciente.
Las hojas se removieron lentas, perezosas, protestando. Y una mano blanca como la nieve surgió entre aquel aroma inundado de bosques, de exhalaciones diminutas. Las cortezas cayeron atrás, anunciando una llegada esperada, pero conocida. Un ciclo más, en el cual se ocultaron del calor aquellos brazos delgados, que solo subsisten en la humedad y el frío entre las sombras, y los claros de un sol taciturno o de un rayo de luna.
Pues así fue concebida, para existir tan solo en periodos determinados por el paso de las lunas. Y al igual que este cuaderno existe por ciclos, ella despertó de su sueño estival, para existir más allá de septiembre. Adentrándose una vez más y durante un nuevo periodo, en la estación de las nieblas.
Tardó mucho tiempo en incorporarse y abrir los ojos, para recorrer el manto de hojas de aquel lugar remoto. Suavemente y deslizándose contuvo su alegría, dedicada a contemplar su nuevo año, recientemente puesto a su servicio. Todo era nuevo y fresco, conformando su deleite.
Los sueños de verano, quedaron en sus tarros de arena fundida, conservándose para mis estanterías. Aquella luz las iluminaría de forma que sus sombras fueran a su vez cobijo y elegantes bordados. No existe en los meses del verano, pues el aire no puede darle el aliento necesario, al permanecer quieto y sin vida, extinto de alma y alegría.
Pues fue en las cumbres de septiembre cuando tú y yo nos encontramos, en aquel promontorio coronado de rojos y violetas. Tú andabas fijando la mirada en todas las cosas, yo deambulaba sin darme cuenta de nada más que de mí mismo. Tras aquellos pasos me acordé de las viejas leyendas de los románticos, las cuales adopté para siempre, levantándoles altares. Y me di cuenta, de que tú no te inclinabas ante ningún pedestal.
Eso me llenó de asombro. Por ti, por mí y por tus idas y venidas. Las que me enseñaron la sabiduría de trazar un anillo alrededor del mundo. De morir y renacer continuamente, sí, eso me lo enseñaste tú, como tantas otras cosas.
Ese renacer lo plasmé aquí, que solo existe cuando llega el momento y despiertan de sus sueños con las canciones del nuevo año. Un año que empieza cuando a mí me parece bien. Sí, eso también me lo enseñaste tú.
Y ante el asombro de los hermosos días de verano, me vino la fresca cintura de un viento vibrante. Como cintas ingrávidas bailaron por el aire, trazando finísimas danzas otoñales, el fin de las cosas, el comienzo de todo lo que merece ser contemplado. Y tú, arrojando baños de luz brillante, te incorporaste sobre la marea de hojas para permanecer erguida, en aquel momento, dulce de tibios pesares, libre de alientos pesados. Y paseaste, rozando con la yema de tus dedos, todos los tallos que habrían de obedecer a la reina de las mareas. A la dama de otoño, que vino para enviar a un sueño plácido, a todos los seres que la esperan impacientes, pues ella es la única capaz de escuchar sus rumores.
Yo volví a mis paseos por los bosques, ahora cada vez más fríos, ideales para amortiguar los latigazos constantes de un cuerpo interminablemente torturado. Anhelando muchas veces escapar de este envoltorio que me mancilla, de manera continua, todos los días de mi vida.
Deambulé de nuevo bajo los árboles silenciosos, siempre esperando encontrarte, aunque ya sabía que al final serías tú quién vendría a mi encuentro. Pues así resultaba siempre, ya que el dueño del tiempo no era yo, siendo más bien un simple espectador. Ese honor te corresponde a ti, a la que yace bajo las hojas del bosque, durante el estío.
Soporté de nuevo el dolor, acurrucándome bajo la acacia que esperaba el roce de tus dedos, para aguardar al leve invierno de estas latitudes. En la piedra que mira al oeste me dormí, esperando tu regreso.
Y sucedió que durante esa espera, comencé a soñar otra vez cuentos de ti, sueños de gatos y de briznas de hierba. Prados sin fin hasta las frías laderas. Caminos anchos por los que pasear, y hasta ríos, donde no debiera haber ninguno. Recuerdos de una tierra lejana, a la que bien me gustaría regresar. Una zanja llena de barro acogedor, un recodo bajo la fina lluvia en medio de la noche profunda. Un zumbido, un rocío, dos amaneceres, tres medianoches. Una sombra con su rayo de sol.
Todas las cosas que nos dejan sin aliento, conformaron una vez más toda la magia del mundo, que aunque estéril, siempre te da una bienvenida y un regalo, si sabes esperar pacientemente, dormido bajo una fina lluvia.
Al despertarme estabas allí, silenciosa. Cuando caí en la cuenta de que el dolor había desaparecido, decidiste sentarte sobre las rodillas ante mí. Aquella brizna de hierba en tus dedos me rozó la nariz y sonreíste.
Y de nuevo una vez más, todo comenzó.
Edanna Dhae a las 1:04 pm
27 Mayo, 2007
La Tapa
Las revistas de este tipo no duran un suspiro, esta ha durado cincuenta y seis números. Todo un éxito. Pero claro, ¿a tí te importa acaso?
¿Quién es Olga, que hizo la ilustración? Me gusta mucho.
Edanna Dhae a las 4:28 pm
27 Febrero, 2007
Las 886 habitaciones
Edanna cruzó a través de los pasillos pintados de cereza, volando en una carrera que traía consigo la urgencia inconfundible que reclama la supervivencia. Ya había cruzado decenas y decenas de puertas, a derecha e izquierda, cada una con un rostro diferente de rasgos femeninos grabados en sobre relieve sobre la madera oscura. Todo en los salones hablaba de la sinceridad de un final sin sentimentalismos. Cada rostro, definido e inconfundible el uno del otro te contaba oscuras historias de fracasos y finales despiadados.
-No tiene mal gusto en la decoración. – Se comentó a si misma mientras corría.
Tras la cena había comenzado la cacería. La casa del coleccionista parecía eterna en todas direcciones. Robustas estatuas de ébano, intrincados y laberínticos pasillos forrados de maderas preciosas con hermosos tallados. Alfombras suntuosas, mesillas de factura impecable, rococó, estilo y arte por todos los rincones.
Una lástima que toda la casa exhalara un olor nauseabundo, mareante y enfermizo. Como si la misma casa se descompusiese lentamente.
De un solo manotazo a las paredes que en muchos lugares se encontraban forradas de terciopelos rojos como la sangre más oscura, manaban insectos de todas las especies que conocía la imaginación. Unos cimientos confeccionados a base de sabandijas, le daban el aspecto que la casa en efecto poseía. Una leve respiración que siempre estaba presente. La casa inhalaba y exhalaba, lentamente, como un enorme ser vivo. Mientras recorrieras sus entrañas eras ya pasto de su voraz deseo por todo lo que estuviese vivo y cayera en sus fauces.
Cruzó salas y más salas, cada una decorada con estampados e imágenes que torturaban la más remota idea que concibiese una imaginación a toda prueba. Pasillos que giraban a derecha e izquierda. Habitaciones cerradas, laberínticas salas repletas de cuadros, mesitas de pasillo que mostraban enormes ramos de flores, cada uno con ejemplares de cada flor torturada que existiese en cualquier clima del mundo. Desde la más alta montaña al desierto más profundo del confín de la tierra.
Edanna se detuvo un instante, intentando no tocar nada. Giró la cabeza en todas direcciones, confundida. Tres pasillos salían de la bifurcación, sin final visible, repleto de puertas a ambos lados, cada puerta con su peculiar e inquietante rostro tallado. Inconfundible y exclusivo cada uno. Puertas con rasgos característicos cada uno.
-Además de su significado siniestro, ¿me podrá ese detalle dar una pista? – Pensó detenidamente con la mirada perdida.
La sacó de sus pensamientos un enorme estruendo, cal blanca, insectos en todas direcciones, cascotes y trozos de pared que volaron en pedazos con sus jirones de forro aterciopelado. A unos escasos metros, la cabeza de Mudador asomó entre los cascotes y el agujero de la pared.
- Hola Albina. ¡Como corres! ¿Me haces un poema?
- Me parece que no estoy para versos. – Replicó Edanna
Acto seguido reanudó la carrera. La angustia gritaba por dentro, luchando por salir en forma de terror y abandono. Le estaba costando mucho controlarse. Giró a la derecha por un pasillo y se adentró en una sala de techo elevado. Las enormes lámparas de araña, reflejaban con sus miles de diamantes la luz facetada en todas direcciones. Hermoso y mortal. Un bello lugar para terminar.
- Terminar de una vez. – Dijo murmurando para sí-. Tengo que terminar todo esto, que por un maldito descuido comencé. El descuido de una maldita ignorancia.
- ¡La ignorancia no tiene clemencia!. ¡La ignorancia no tiene perdón ni disculpa Albina! Se escuchó, resonando clamorosamente con un rugido que provenía de todas partes.
Escuchó el trote continuado y desesperante de su cazador a su espalda. Y lo más lamentable es que el corpiño le molestaba una barbaridad.
- Al menos los botines son cómodos. –murmuró sin detenerse.
Siguió corriendo, buscando inconsciente e intuitivamente una idea. Le costaba invocar en aquel lugar la magia de todas las cosas. Pues la magia necesita hilar lo que el universo por sí mismo desordena. La distopía generada por la universal ley de la entropía. Y la aguja para aquel bordado de magia era la creación de un solo orden. Un orden sencillo como un verso, una rima, un retazo de música, un dibujo… una creación.
Todo aquello invocaba la magia. Cualquier cosa que la mente ordenara, forzando al cosmos a colaborar, aunque fuese a regañadientes.
Se detuvo al comienzo de la siguiente bifurcación y entonó una llamada.
Por mis versos, mi culpa y mis besos a la nada
La ley de tus deseos invoco con respeto
Por el único deseo de lograr que lo oculto quede expuesto
Pueda excluir la sombra y mostrar una verdad velada
El verso cobró forma aceptando el precio. El orden coherente en el tejido del universo le dio su recompensa y una luz brotó de uno de los pasillos indicándole el camino. Sin perder más tiempo se dirigió presurosa hacia la pista invocada con su magia, mientras detrás de ella un rugido ensordecedor la llamada desesperadamente. Impaciente, por triturar nuevos huesos para alfombrar los jardines de la casa.
Edanna sabía que no podría recurrir mucho más a la magia para resolver aquello, salvo librar el pellejo con el ingenio. En la casa del coleccionista no se adentran ni las leyes del universo, que confusas giraban y se perdían en el laberíntico quehacer de salas, pasillos, puertas y recodos. Ella misma empezaba a desfallecer y su ánimo se mantenía brevemente sostenido por hilos desgastados ya de confianza. Pero obtuvo su premio, al girar la segunda bifurcación tras haber recorrido ya cientos de puertas, se encontró con lo que andaba desde hace horas buscando.
-Al fin. La biblioteca. – Murmuró con nuevas esperanzas.
La sala era gigantesca, lo que la sumió en una nueva lluvia de preocupaciones. Tras quedarse absorta unos segundos ante el hallazgo, corrió a las estanterías. Una escalera de caracol subía a los diferentes pasillos elevados que recorrían todo el perímetro de la sala por tres veces. Formando tres pisos abalconados bajo el techo abovedado y en sombras, decorado al completo con frescos de aspecto terrorífico.
Los rugidos habían quedado amortiguados por la distancia. La magia le había dado algo de tiempo. Un breve respiro para buscar entre todos aquellos volúmenes una respuesta que enseñara un solo nombre.
Desesperada sacó un volumen tras otro de las estanterías, y sin contemplaciones los iba arrojando allí donde cayesen. Los volúmenes eran pesados tomos, con nombres imposibles. Temas absurdos que hablaban de incoherencias; un “Tratado sobre el baile de salón de las esperanzas”, “Metodologías y reflexiones de la angustiosa caridad”, “Asuntos de estado en un país de ciegos y soñadores”. El “Diccionario de lenguas muertas” parecía interesante, eso si.
Ella sabía que cualquier tomo, incluso el más inofensivo era una trampa mortal. Pues sus textos encadenaban al curioso para siempre, condenándole a buscar hasta el fin de los tiempos, la respuesta a una pregunta del tomo que hubiese tenido la mala fortuna de leer, en el siguiente tomo. Y así hasta el fin de los tiempos. En un infierno cuyo objetivo era simplemente llegar hasta el fin de la eternidad buscando la respuesta a un hecho planteado en el libro anterior. Así, sucesivamente, libro tras libro, volumen tras volumen, por y para siempre. En una búsqueda que no tenía fin ni propósito alguno.
Salvo el puro y placentero deleite, de ser colección del anfitrión.
Edanna miró desesperada los volúmenes que ya se hallaban esparcidos por el suelo de la biblioteca. Como referencia tan solo existían una serie de números romanos, que indicaban las estanterías, con la salvedad de que se encontraban totalmente desordenados, sin lógica alguna, quedando como única salida buscarlo al azar. Se preguntó si también los números cambiarían de lugar, lo que le pareció bastante probable. Los números, del tamaño de una herradura pequeña, forjados en bronce y sujetos sobre las estanterías sin orden alguno, brillaban bajo la mortecina luz de las lámparas suspendidas en la bóveda de la gran sala.
Y así pasaron preciosos minutos, envuelta en la sórdida atmósfera de aquellos salones, mientras un rugido de hambre resonaba en la distancia, aproximándose. Dejándola en la incertidumbre de aquella biblioteca que contenía la única salida del laberinto, con la angustiosa desesperanza de encontrar el camino correcto, en el lugar en el cual parece que nacen y vuelven para morir todos los senderos del mundo. Se encontraba simplemente, en el mítico cementerio de elefantes de todos los libros jamás soñados. No pudo evitar recordar a Las Siamesas, presas en su decorativo pedestal de la antesala, y se estremeció de desazón.
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Del ciervo
El viaje por aquella enorme grieta que arañaba el mundo lo realizamos con la constante presencia de unas sombras repletas de huecos fríos y una continua humedad en nuestras ropas. Las paredes se cerraban constantemente sobre nosotros, privándonos día y noche de la visión de un firmamento del que ya comenzaba al olvidar como era su semblante. Salvo en pequeños momentos que venían como regalos en los cuales un pequeño trozo de cielo asomaba por algún leve resquicio, fugaz, tímido y breve entre los recovecos olvidados de aquel camino sepultado por las montañas.
Por las noches tiritábamos con el aire glacial que habitaba en aquellas profundidades. Las zonas secas eran muy escasas, y ni todo el calor del gran ciervo lograba reconfortarnos. Edith estaba mejor preparada para aquello, pero en mi cuerpo miles de agujas de hielo me mortificaban impidiéndome dormir.
El vigésimo tercer día después de adentrarnos en el desfiladero, el cielo se encendió pocas horas antes del amanecer. Un estallido celeste de enormes proporciones que sacudió los cimientos de la tierra, al ser secundado por un estruendo ensordecedor. Aquel rugido proveniente de los cielos provocó copiosas cascadas de piedras que nos obligaron a buscar refugio en las oquedades que nos brindaban los torcidos salientes de aquellas gigantescas paredes gemelas. El desprendimiento duró algunos minutos que a mí se me antojaron eternos, mientras contemplaba como todo a nuestro alrededor se encendía con una luz naranja que iluminó la roca como si nos envolviera un mediodía soleado.
Edith gritó de puro terror, con el rostro oculto en sus brazos, en medio de la ensordecedora avalancha. Yo tan solo pude rodearla con mis brazos, mientras el ciervo de apretaba contra nosotros, protegiéndonos con su costado y soportando la embestida de un cielo que se caía a pedazos ante nuestra impotencia.
Cuando la cascada de pequeñas piedras cesó, levanté la vista, para escrutar el pequeño trozo de cielo al que teníamos acceso. Aquel pedazo de cielo se hallaba plagado de cientos de cometas que surcaban el firmamento partiendo desde un punto central. Trazos de una gigantesca explosión ribeteada de ríos de fuego, recorriendo los cielos bajo las estrellas parecían aletear mientras cruzaban las alturas. Las paredes enormes del desfiladero se combaban sobre nosotros vibrando y bailoteando como el ondular de un látigo, en medio de aquel terremoto descorazonador. Comenzaron a separarse, con los atronadores bramidos de la tierra y la piedra al quejarse y rechinar, como si los dientes del mundo castañetearan de terror.
Al separarse las paredes y con una suerte que no entendía y que nos había librado de aquel cataclismo, miré hacia los cielos.
-¡Mira! – Tan solo pude exclamarle a Edith.
Edith se descubrió el rostro y miró hacia lo alto. Juntos contemplamos el fenómeno. Maravilloso, aterrador, iluminaba los cielos con cientos de trazos rojizos y naranjas, bañándolo todo con aquella tenue luz anaranjada, cálida, inquietante pero reconfortante a la vez.
Y entonces, caí en la cuenta.
-¡Edanna! –Exclamé.
Algo está cambiando, algo grande que transformará Dyss para siempre, en un extraño nuevo nacimiento, dejando atrás tierras inacabadas, se completaba al mismo tiempo el parto de un mundo nuevo.
Y mientras contemplábamos los trazos luminosos en el cielo. Escuché la débil voz de Edith que desde su postura acuclillada susurró.
-Son ochocientos ochenta y seis.
¿Qué? – Pregunté sin comprender
-Ochocientas ochenta y seis heridas en el cielo. La tierra de Dyss, está dando a luz.
Y en silencio, el ciervo, la chica y yo, no pudimos más que contemplar, un parto de ochocientas ochenta y seis aves de fuego, que surcando el firmamento, crearon algo esa noche que solo estábamos comenzando a comprender en ese preciso instante.
Edanna Dhae a las 1:16 pm
22 Febrero, 2007
Me olvidé del color de tu vestido
A través del ventanal se divisan desde la cafetería del hotel, los leones que desde siempre han vigilado un teatro ahora descongelado. Las personas que deambulan por la calle no parecen darse cuenta de la impertinencia de una cabeza pétrea que bosteza lentamente a la luz del sol algunos metros sobre sus cabezas. Los rostros se desperezan y mueven los inexistentes bigotes, arrugan la nariz y comentan por lo bajo, algún comentario sobre el rojo chillón de aquella señora con un abrigo a cuadros y el carrito de la compra a juego. Parecen divertidos y al mismo tiempo inadvertidos de mi presencia.
Me protege el cristal cálido, la mesa fría y el arrullo de una melodía en mi cabeza.
Contemplo las cabezas de león, como se mueven ante los inadvertidos transeúntes. Normalmente ríen y a veces lloran, pero muy poquito eso si, como si temieran despertar a la gente que pasa. Quizás es así, y ese despertar, tuviese consecuencias terribles.
Al final una de ellas repara en mí, casi invisible por el reflejo del ventanal. Me mira durante un instante hasta que me doy cuenta de que algo le asusta, lo que lo lleva a su estado normal de inmutabilidad en su vida sostenida por una vieja fachada.
Al momento me doy cuenta del regusto del café amargo que tanto detesta Edith y que tengo ante mí. Vuelvo a la realidad. ¿A cual?
El café es el de siempre. Las mesas…todo está en su sitio.
-Algo ha cambiado pero no sé que es…
Entonces noto su olor.
-No ha sido difícil encontrarte. – Crepita una voz de mujer joven.
Yo no vuelvo la cabeza. La noto a mi derecha, gritando interiormente en un mudo impulso porque no se me acerque más.
-Siéntate Ángela. – Le digo sin querer decirlo, pero lleno de curiosidad.
Ella toma asiento despacio, delante de mí. Lo que debería ser una chica de unos veinticuatro años, es algo indescriptible envuelto en lo que una vez fue un ceñido vestido de un color que no recuerdo, creo que de color verde musgo. Su rostro, sus manos y todo lo que una vez significó una hermosa muchacha es ante mis ojos un amasijo carbonizado de detalles de los que mi instinto no desea nada más que huir. Un ser humano convertido en una ruina deshecha, por el fuego implacable.
Pero por primera vez, consigo quedarme y permanecer sereno.
Un rostro irreconocible me contempla. Algunos insectos corretean por su cuerpo, por lo que queda de aquel hermoso cabello. Salen de su boca esquelética y se pierden en los trapos que cubren el torso.
Y ese olor, siempre presente. Ese olor nauseabundo.
Giro levemente la cabeza, nadie la ve. Nadie se da cuenta de su presencia. Claro…que estupidez.
Sonrío con cansancio.
-¿Qué quieres Ángela? –Pregunto tranquilamente, mientras le doy un trago a este café detestable.
Lo que una vez fue la chica, guarda un silencio que me parece eterno. Yo espero tranquilamente, asombrado eso sí, de mi mismo.
-Él quiere que vuelvas –dice finalmente-. Te está esperando
-¿Volver? –respondo-. Creo que en este asunto ya no hay nada más que tratar.
Una cucaracha recorre su cuello, se pierde por la espalda invisible.
-Quiere la tierra de Dyss. Te quiere a ti y a todo lo que amas. Te ha quitado siempre lo que más has querido. Lo consiguió, ¿o ya no quieres recordar? Es algo que va más allá de la muerte niño, es lo que ha logrado apartar siempre de tu lado de esa forma tan irreconocible, como yo misma, todo cuanto te hace feliz.
Yo pensé durante un instante en sus palabras. De repente, ese instinto por huir de aquella pesadilla se volvió más llevadero. Mi propio instinto que trataba de huir, me avisaba de la verdad de todo aquello.
-¿Fue Mudador, quién me obligó? –Pregunté atónito.
Ella se limitó a asentir.
Y de repente lo vi tan claro. Aquella huída. Aquel destierro despiadado de todos cuanto me habían rodeado. Todo lo que una vez obligué y envié al exilio. Pensé en una maleta que se abría derramando su contenido, en la sangre de mi propio desgarro. La cordura que revienta hacia fuera y lo vacía todo sobre la alfombra.
Por un momento, el límite de mi aguante rebasa todo lo imaginable. Suspiro asqueado por el tiempo, por el aire y por el vino. Por mi olor, mi manos y mi pelo. Por todo cuanto se mueve y respira sobre la tierra.
El tiempo se paró, todo quedó en silencio, pues un grito surgió de algún lugar siniestro. Un resquicio en una zona oculta, había perdido sus cerrojos cayendo al suelo con estrépito.
Es un momento eterno, que no tiene final cuando el mismo tiempo se ha cansado de su marcha. Todo es quietud en un momento, para que al instante siguiente, se escuche el suave murmullo de un revoloteo de pájaros.
Su voz me rescata en el justo momento en el que la luz cegadora de la angustia lucha por resquebrajar lo que me queda de razón.
-Vuelve a Dyss, deja de dar vueltas alrededor de un vestido convertido en harapos. – Me dice. Noto cariño en su voz.
-¿Y tú? – Le pregunto.
- Yo ya estoy allí, soy uno de tus amigos, pero aún no me has reconocido. – Me responde, y logro entender un pequeño atisbo de sonrisa.
Cojo su mano, ya no siento repugnancia. Al leve contacto, ella se deshace. Una fina niebla de polvo. Como las esporas finísimas de un hongo.
Miro por la ventana, lo leones me miran, asombrados. Ahora permanecen inexpresivos. Expectantes. Con las fauces entreabiertas. Esperando. Mudos, callados en la pared del viejo teatro.
Todo es a la vez siempre, tan hermoso, tan terrible. Reír… es tan fácil. ¿Verdad que lo es?
-Hasta pronto Ángela… -susurro tan solo moviendo los labios-. Gracias por cuidar de la salud de mi razón.
Enfoco la mirada sobre el cristal. En un momento encuentro lo que busco a la vez que vuelvo a escuchar el rumor de la gente charlando en el café, las toses, los susurros discretos y las indiscretas conversaciones a mi lado. Levanto la mano levemente y le pido a la camarera algo que tenga mucho hielo. Hielo brillante, que me traiga pensamientos, brillos que abran puertas. Ventanales de sigilo, sigilosos de penumbra, distantes y maravillosos.
Entonces encuentro el punto discreto y deslumbrante en el cual, sin hacer ruido, me desliza suavemente, de vuelta a la tierra de los mil pájaros.
Edanna Dhae a las 3:48 pm
6 Febrero, 2007
El Coleccionista
Bajo el sol de capricornio descubrí la explanada que llegaba a la morada del coleccionista. Un jardín seco de osamentas que no recibía absolutamente a nada le servía de antesala. Tenue retazo de lo que sería la puerta del infierno más frío que pudiera imaginar. Hojas secas servían de lecho marchito y una alfombra de bienvenidas que huían desesperadamente en todas direcciones.
Me acerqué a las puertas de la mansión con el esfuerzo añadido de tener que apartar un montón de huesos blanqueados en el dintel. La aldaba sonreía, maliciosa ante el temblor de mis pupilas que traicionaban mi aparente sosegado semblante. ¡Qué jardín tan despiadado contemplaban mis ojos! No había esperanza ni cuidado por la templanza. Allí no había nada más que muerte y sin embargo, muerte no estaba allí con sus ojos negros y fieros. La echaba de menos, aunque sabía que ella solo vendría si lo consideraba necesario. Y mucho menos, si en aquel lugar no hubiese motivo para reír.
Las puertas se abrieron, no silenciosas precisamente. Mil quejidos desparejos y arreglos descuidados de orquesta presa de una locura de todo menos azul. Todo lo demás, vino rápidamente.
Las Siamesas esperaban sirviendo de bienvenida en el centro de un salón. Con la quietud y la ausencia del movimiento de lo que eran, estatuas silenciosas. Blancas, heladas. En un beso infinito cubierto de escarcha. No había más, pues todo cuanto importase ya no sucedía en ningún otro lugar de aquel universo.
Aquel hombre morsa estaba oculto y sé que me miraba. Me espiaba tras un espejo gigantesco, una esquina o una columna de mármol. Yo no lloré, ya Las Siamesas lo hacían por mí. En silencio, en su beso eterno. Lloraban envueltas en el regazo de su beso sosegado, ausente y aparentemente inconsciente. Pero un brillo de deleite, sujeto de un finísimo e inaudible grito de agonía flotaba entre los escasos centímetros de aquellas níveas pieles heladas como la oscuridad. Ellas lo saben y para ahuyentar el terror no piensan en nada si pueden. A escasos milímetros sus labios no llegan a rozarse siquiera. Condenadas a un vacío escaso pero infinito. A estar juntas en el salón de aquel terror, y convivir bajo una tutela disparatada. Mientras una acunaba a la otra y le rogaba con su pensamiento y la ayuda de una mirada entrecerrada que no cediera a la locura, al chantaje y la tortura.
El anfitrión de aquella casa, coleccionaba pasiones, creencias, temores, recuerdos, miradas y todo cuanto tuviese valor en nuestro mundo, y en cualquier otro que se le cruzara por delante del dintel. Una creencia, un mito, una esperanza, un anhelo. Llenaba vitrinas, y los jarrones servían con flores adornos en la amargura de todos aquellos sus deleites.
Acostumbrada a desmoronarme, acudí a mi fe en la buena gente. Y al viajero, que en algún lugar de La Tierra de Dyss había dejado huérfano de esperanza. Mis pensamientos se dirigieron al Ciervo guía, y le pedí que acudiera, me auxiliara y avisara en las fronteras, que una oscuridad se avecinaba a la tormenta, más fiera y con el granizo que cierra, que oculta encrucijadas, para devolver un sentido a los caminos, a las puertas y ventanas del vestido de mi tierra, de mi alma. Por surgir llena de fuerza y combatir, un monstruo que no había previsto, ocultándose un momento tras de mí, y otras tantas entre los espacios descubiertos de estas palabras.
La morada del ausente, en mi mente desde luego no la había olvidado. Una vez me destruyó y era consciente del dolor que provoca. Contemplar el espanto de aquellas estatuas gélidas resultaba descorazonador, Las Siamesas en su abrazo, condenadas al fracaso de un beso que jamás llega. Y a estar juntas, con distancias infinitas, en una cerrada y fría sala, oscura de día y de noche. Más, si había podido llegar hasta allí podría enfrentarme. El mentor, que enseña y descuida despiadado lo que le interesa a los soñadores, para otorgarles la maldición de los reyes y de los hombres que imaginan, describen y narran sus temores. Los anhelos, la esperanza y las ilusiones.
Y una voz tronó en la sala.
-¡Albina! – gritó.
-Mudador, de nuevo te encuentro – repliqué sin entusiasmo-. - Has vuelto…
-Nunca me he marchado, siempre estuve aquí, contigo. Para llevarte conmigo a mi jardín del Edén. – dijo con su habitual tono de soberbia.
Yo le miré con desgana, allí estaba, apoyado de la baranda pétrea de una enorme escalera, dándole las espalda a una enorme cristalera grabada de motivos en los que en esos momentos no deseaba fijarme.
Iba vestido con una larga chaqueta Eduardiana, medias de algodón y zapatos de hebilla. Un bastón de marfil llevaba en una mano, aunque bien sabía yo que eso era desde luego accesorio.
-Vamos a charlar, tú y yo. Sobre tu colección, tus idas y venidas y esta casa. – le dije finalmente con tono paciente-. Tenemos algo que solucionar de una vez por todas.
-Bienvenida Edanna – dijo burlón-. Si te destruí una vez, bien puedo esperar y escucharte un instante antes de hacerlo de nuevo. A la albina, que cuida con esmero una tierra de nombre tan extraño, bien puedo invitarla a pasar, discutir cuanto desee. Sabes bien el placer que me produce prolongar sensaciones de agonía, hasta que estas se convierten en locura. Esa es la meta de mi colección y de mi interés por tí. Pasa, te invito a visitar este pequeño museo, del que pronto tú serás el exquisito trofeo, con una placa de cristal sobre el pedestal que quizás lleve tu nombre.
Miré la estatua cubierta de fina escarcha rutilante que era Las Siamesas, en su abrazo eterno y suspiré. Tragándome una respuesta avancé recogiendo el vuelo de mi vestido, decidida a no temer la casa del coleccionista aunque sí por la suerte de todos aquellos que una vez soñaron y lo pagaron con el olvido, la desilusión y el desamparo de aquel que coleccionaba desengaños.
Y todo lo que después sucedió, en alguna parte quedó escrito. No recuerdo bien si en todo momento salí libre de las retorcidas torturas que provocó en mi mente. Pero si logro recordar prometo dejarlo aquí guardado. Aunque si sé que de allí salimos Las Siamesas y yo, un día después, un mes, dos años, quizás tres. Ahora no quiero recordar más el dolor de aquellas Siamesas, que en su amor, pasaron a formar parte de un pedestal, para formar parte de la colección de un ser que no sé de donde vino, pero que sí supo aprovechar las grietas de la razón, para formar parte del mito. Y se convirtiera en el señor de las pesadillas, coleccionista de sueños y creencias, un oscuro ente que sin respirar dejaba cubierta de escarcha, el mismo corazón de las leyendas, sumiéndolas en el abandono. Siendo mito en sí mismo, sin estar en libro alguno, descrito tan solo en algún trazo en la pared de una solitaria mazmorra como: El Coleccionista.
Y mil veces sería mi enemigo, pues si revisas estas páginas lo encontrarás, oculto tras mil sombras. La más conocida alusión se la ubiqué yo, al que simplemente denominé: Mudador de los ensueños, en todas sus formas.
Edanna Dhae a las 1:12 pm
30 Enero, 2007
La Tierra de Dyss
Y de ti tan solo me quedé con los pedazos. Trocitos menudos que guardé en una caja de recuerdos. El prisionero en el roble se encerró en sus telarañas de oro, un invierno donde una vez más guardé todos mis tesoros, bordados de lilas oscuros, dorados meticulosos y cadenas, que no adornaron más que las esquinas olvidadas del fondo de este arcón.
Donde ya no había ni arriba ni abajo, solo me llegaron rumores cuando aparecías por los lados, pinchándome el alma con los aguijones del recuerdo. Silenciosos golpes que acogía con cuidado, cuando me recordabas que añorarte era inevitable, y olvidaste tan pronto todo lo que escribimos juntos en aquel cuaderno de esos días de verano.
No sé cuanto tiempo pasó desde aquel otro invierno, en el que la lluvia nos dio tantos momentos de ternura. Qué intensos fueron los besos que cubrieron aquella tierra con tus versos. Y despojaron la hierba de sonrisas inútiles, de dolor y de pesares.
Peticiones inútiles, palabras apresuradas y versos que quedan en el silencio de una caja de roble. Dulce momento que no tiene quien lo lea, es papel mojado que discurre por la calle del adiós.
Yo no sé que tengo que sentir, para que los días sean de alegría. Por tener algo tengo el silencio, y las promesas de que no hubiese olvido ni tristeza. El tiempo es un enemigo largo y tendencioso, que nos supera en el examen más estricto. Si en los bosques no oigo tu sonido, desespero. Cuando no escucho más que el susurro de las horas lentas y los momentos que estuvieron bordeados con el rosal de tu triunfo.
Como empecé esto quiero abandonarlo. Con tanta ilusión como derrota de no existir más que en comentarios. Esta tristeza me mata, este dolor me desmorona. Por sentir no siento más que el silencio de mi deshonra.
Una vida herida y dolorosa, de cuerpos destrozados ante la ignorancia, la mente rota, la vista clavada, en esa araña que corretea por la pared de la memoria. Pintada de blanco, del azul y del violeta. El lila que fue mi pasión no es más que yeso desmañado. Por un sollozo tuyo entre mis brazos. Quiero terminar todo esto, y no me lo permito.
Te veo andar por los pasillos, y cierro los ojos por no ver, cuando, al cerrarlos veo más que en la vigilia. Coger tu mano, dejarme dormir. Soñar contigo, en el tacto de ese susurro. De aquel adiós. De los silencios. De la espesura de los recuerdos. La maleza de estos días, se funden con las sombras, trayendo pesadillas. Pesadillas y recuerdos. Olvidos y melancolías. No hay más lluvia que esta, no hay más. Y más no quiero contestar, no tengo respuestas más que de mi locura. De mis días y mis noches. De este abandono. De esta sustancia de la que me disuelvo. Me diluyo en los charcos de madrugada, soy la gota que resbala por el cristal. No quiero seguir pero quiero amar. Y sin la ayuda de mi otro viento, en todo esto no hay más, no consigo continuar.
Volvieron los brillos a llevarme de vuelta a mis tierras del sueño. Dyss bendito que no quiso nunca ni amo, ni dueño. Allí quiero morir, acurrucada en la llanura. De hierbas verdes y altas, con el viento del Oeste cantándome canciones de cuna. Las luces que surgieron de esa tierra me llevaron, de vuelta al lugar que nunca debí haber descuidado. La tierra de Dyss, me vio nacer, allí morí. Allí moriré. Y todo, sin haber logrado, no hacer más que amar y yacer desesperada por mis fracasos.
Quiero darle forma a mi país, para renacer en forma de árbol silencioso, ver pasar las estaciones y esperar, por una lluvia u otra, no tener más que raíces, hojas al viento y ramas para cubrirte.
Que mi sombra sea tu sereno reposo, que mis palabras sean tu descanso. Estas libreta está llena de esbozos de mí, pero hay más, que no he contado. Una tierra que no tiene ni dios ni mapas. No hay caminos, ni vallas. Ni hombres ni fronteras. Tan solo marcas en un horizonte al que llegar, lugares distantes que explorar. Desiertos inacabados, bosques frondosos y valles lejanos. Te ofrezco un río, un campo, un pueblo de hombres caballo. El vaivén de mis ramas, el rocío en tus pestañas.
Este mundo es tuyo, no le impongas leyes ni nombres. Yo te lo doy, pero no lo adores. Ni lo ames, ni lo odies.
Porque es todo cuanto queda de mí, y no ha hecho más que empezar. Está hecho de ti, y de ti. Está hecho de pedazos, que guardo en el fondo de una caja. Todo cuanto fuiste, está aquí. Gracias por haber estado ahí, pues le diste forma, a la tierra donde sembré el árbol que ahora te regala su sombra.
Edanna Dhae a las 11:53 am
23 Noviembre, 2006
El perfume del silencio
Aún quedaban flores azules por los derruidos muros del refugio. Y a pesar de mi ausencia, en los suelos tallados y bailando entre las filigranas, los tallos serpenteaban sumisos a lo largo y ancho de aquel embaldosado. Un suelo frío, salpicado por algún charco ausente, siempre presente, ya que el lugar de mi nacimiento siempre careció de techo alguno pues, no recuerdo que le hiciese falta.
Los arcos de medio punto y lo que quedaba de aquellos muros se mantenían en silencio, rodeados de una luz entre azulada y lila la mayor parte del tiempo. Unos muros vestidos totalmente, recubiertos de pétalos, tallos y flores que permanecían, mudas, tensas a veces, incómodas bajo la fina lluvia. Estas se movían, crecían y serpenteaban, deslizándose suavemente, a través de sus tallos, por la piedra. Se asomaban al reflejo de los charcos y se contemplaban, intercambiando risas apenas audibles.
Miraras donde miraras, muro, piedra y portal se cubría de azul y violeta. Pequeñas flores que se abrían y cerraban como canturreando por lo bajo. Incluso los arruinados divanes, el brasero volcado, hasta el cuerpo que aún yacía en el centro, bajo las estrellas. El cuerpo de un viejo dragón, totalmente recubierto de flores diminutas.
Fuera, como era común, reinaba el viento, aullando veloz. Y más allá, el mar circundante, límite de todas las cosas jamás soñadas, levantaba sus muros infranqueables.
En el silencioso espacio perfumado de luces, unos seres menudos tomaron el lugar como refugio. Radiantes y con pequeñas alas casi imperceptibles, revoloteaban brillando bajo una luz que se filtraba distraída.
Y así, con la llegada de las pequeñas hadas, los silencios se fundieron con el alfombrado manto, llenándolo todo con su fragancia. Elegantes azules, lilas perfectos… aromas de tí. Viviendo sus horas, silenciosas, canturreando viejas canciones. Cuentos de hadas erguidos en su propio sonido y caminando lentamente, uno tras otro por aquellas estancias. Majestuosos y elegantes, los sonidos de las viejas historias se hicieron con el espacio perfecto, habitando, jugando a juegos olvidados ya, pero que tu conoces, aunque no lo sepas. Naciste con ellos, en algún arcón oscuro, los guardas, los vigilas. Son lo que importa, aunque no lo necesites.
Suaves voces hacían vibrar el aire, completándolo. Leve, sutil e informe pero necesario, se hizo allí, en ningún otro lugar. No había otro lugar. Solo existió por un momento, aquella vieja ruina y el viejo pueblo.
Nada más existió.
Y todo aquello, por un aleteo de mariposa con trazos azulados.
Mientras cerré mis ojos, lo vi, y anhelaba aquel lugar, vacío y tan lleno a la vez. Al viejo refugio, el comienzo de todo lo que una vez divisara las estrellas por vez primera. Y sin saber nada más, fuera feliz solo con aquello pues, qué más necesita el hombre, sino una vieja ruina alfombrada de miles de flores, y el manto del firmamento como techo.
Todo aquello lo vi, mientras caminábamos, en un corto instante, y me llenó de alegría recibir noticias del ya lejano refugio, lugar de donde partieran mis deseos y mis viajes. Todos los sueños nacían de aquel viejo edificio en ruinas recubierto de azules fríos. Los colores que más me gustan.
Yo no sé cuanto duró aquel ensueño, pero si sé, que no me hizo falta quedarme absorto en ningún brillo ni reflejo. Tan solo el deseo, constante, de soñar vestido en tus propios sueños, y de llenar el espacio, con la música de unos trazos que te hablaban una y otra vez, de cuentos de hadas.
Edanna Dhae a las 2:55 pm
16 Noviembre, 2006
Las tierras de poniente
A media tarde divisé en el horizonte la tormenta eterna. La que conducía al largo e interminable invierno. Tras recoger tres pequeñas piedras y frotarlas suavemente una contra la otra, el páramo apareció ante mí. Miré hacia atrás y la calle había desaparecido.
Nueva Ámsterdam y sus tiendas se habían esfumado, quedando ante mí, las largas llanuras de las tierras de poniente. El territorio donde contínuamente, se ponía el sol, caminaras lo que caminaras, siempre el atardecer estaba contigo. Y conmigo, aparecieron las primeras praderas, tras andar perdido en mi propio territorio. Lazos y esquinas poligonales se transformaron nuevamente, en las tierras del sueño. Las que funcionan simple y únicamente, creyendo en su existencia.
Invoqué de nuevo mi frío viento. La brisa que siempre me acompañaba, inseparable, a lo largo de este mundo que creé hace tiempo, y del cual había perdido ya la noción de sus fronteras, desde que estuviera sentado durante meses en la posada del fin el mundo.
Un día, simplemente, me despedí de todos y me adentré, hacia el centro de todo. En la búsqueda de la tierra de los sueños. Al centro y al origen de todas las cosas. Lo que unas veces se llamó Avalon, otras el Paraíso perdido, y que yo siempre había denominado; Lavondyss. Una creación si, nacida de mí, basada en la memoria genética de los primeros hombres en la tierra. Pero por desgracia, perdido completamente en mi creación y sin poder llegar a ningún sitio, salvo para dar vueltas y vueltas, por paisajes siempre cambiantes.
De Kalessin, de Tom, ya no sabía nada, mis amigos en este extraño mundo. Días y días de deambular sin rumbo. Unas veces en completa soledad. Otras siguiendo al ciervo del asta rota; Niñoroto.
Mi querido ciervo guía, me había dejado completamente solo.
De Edanna nada sabía tampoco, ni tenía noticias desde que la viera por última vez, y habíamos charlado brevemente acerca de temas que ya no recordaba.
Y ahora, rodeado de prados dorados, a la luz amarillenta de un atardecer sin fin, comencé a caminar siempre hacia el centro, o lo que yo creía era el interior, cada vez más profundo en estas tierras. Siempre buscando pistas, que me indicaran hacia donde continuar. Aunque aquellas nubes negras en el horizonte, indicaban la ubicación del largo invierno que me servía de brújula. La búsqueda de un invierno, es la dirección que lleva a las eras remotas del hombre, y de sus primeros sueños.
Y todo esto, gracias a la magia. Una magia que consiste en creer en lo que llevamos dentro, y que nos enseña una sombra paralela, una sombra que al contemplarla no nos dice nada, salvo que es un reflejo. Pero que si escuchamos en su interior, nos enseña su propio mundo. Me podía mirar las manos, y ver que ya no tenía forma definida, ánimus y ánima se habían completado, ya no era hombre o mujer, finalmente, era ambas cosas.
Y eso me enseñó la pista, una vez más.
Como ser indefinido pude abrir otro portal, por el cual se divisaban nuevas praderas, cada vez más verdes, cada vez más frías y profundas.
Me senté tranquilamente, y pude dar gracias a la tierra. Pues fue la unión de lo femenino y lo masculino, lo que me permitió escuchar la pista y el sendero, que lleva cada vez más, al interior. Siempre al corazón de todas las cosas. Mi querida y buscada tierra bendita, grabada desde los comienzos del mundo en nuestra psique. Una idea que se repite, pueblo tras pueblo, era tras era, de padres a hijos, en cada generación.
Durante mi trayecto, contemplé la aparición hacia el este de una manada de pequeños caballos, del tamaño de perros, que galopaban siempre en la dirección del viento. Eran hermosos, de crines negras y brillantes. Su relincho era agudo, como el de niños jugando mientras se bañan en un río. Al cabo de unos instantes no tardé en divisar a los Sociopod. Un pueblo de gentes también pequeñas, con un solo pié y que en vez de planta poseen una aleta, con la que son capaces de nadar a velocidades imposibles. Un pueblo pequeño, olvidado por la humanidad, que consideran a los pequeños caballos sagrados, y cuya cultura nómada se basa en el constante peregrinaje siempre detrás de los caballos con voz de niño. Y a los que por nada del mundo osarían hacer daño alguno.
Algunos se quedaron quietos, curiosos, sobre su único pie, contemplándome con interés a través de las ondulantes llanuras e intercambiando susurros bajos entre ellos, antes de volver junto al resto de su tribu para proseguir su camino. Quién sabe con qué propósito, siempre detrás de las manadas de aquellos caballitos salvajes.
Me di cuenta, que aquel lugar tenía que ser pues todavía, el Valle del Caballo, el cual aún no había abandonado a pesar de haberme adentrado en estas regiones hacía meses. Entonces, al ser consciente de ello, conseguí el poder que solo el conocimiento del único nombre verdadero otorga a la voluntad y la consciencia sobre todas las cosas de la tierra.
Al cabo de unas horas de caminar entre los cortos y amarillentos tallos, divisé un montículo de piedras. En lo alto se hallaba sentado lo que parecía una muchacha. No le vi el rostro, pero sabía que siempre estaba triste, y que ocasionalmente me había estado siguiendo durante el camino. Eso lo supe en ese preciso momento, al ver su figura, mirando hacia poniente, quieta, como las piedras que la protegían. Pero frágil y expectante.
La sanadora, la que una vez me liberó del árbol ardiente, en los primeros tiempos de este sueño.
¿Y ahora? ¿por qué? Ella aquí, finalmente la encontraba de nuevo, reaparecía en este mundo perdido. ¿Por qué ahora?
Con estas preguntas y otras muchas más en la mente, invoqué un pequeño fuego, y sentándome en cuclillas. Esperé.
Pasaron muchos atardeceres, sin ver despuntar el sol ni una sola vez. Adormecido por la brisa. Al noveno día, Niñoroto apareció en lo alto del montículo de piedras, junto a la chica.
Ella entonces se incorporó, y acariciando suavemente el hocico del viejo ciervo, giró su rostro hacia mí.
Yo sonreí, reconocía su rostro. Sus bellos ojos azules. Edith, la sanadora. En su propia búsqueda, a través de mi propia ensoñación, se había adentrado sola en este mundo que solo existía en mi interior. Y mediante su poder, por sus propios méritos había llegado a las regiones profundas de esta tierra onírica.
Me conmovió tal despliegue de constancia y serenidad. Siempre había cuidado de mí, quizás ella misma se había perdido en las regiones profundas de este mundo, sin saberlo, o sospecharlo, y dándole igual su propio destino. O bien, dejando en manos del destino, todas las cosas jamás soñadas.
Cuando en mi interior creía que era de mañana, a pesar de ese eterno atardecer en el horizonte, que no daba ni medida ni momento. Reanudé mi camino, y con una sonrisa, la invité a acompañarme.
Ella miró al ciervo, y rodeando con su pequeño brazo el fuerte cuello del animal, depositó un beso breve a un lado de la cabeza. Yo, a través del ciervo lo sentí en mi mejilla, cosquilleante y cálido.
Descendieron los dos, lentamente, del montículo, y proseguimos ya todos juntos por los páramos, hacia el noroeste. Siempre hacia la tormenta eterna en el horizonte, la única pista que tenía como he dicho, sobre que rumbo seguir.
Y así, sin camino ni traza, nos sentíamos libres. Proseguimos nuestro viaje hasta que los páramos de poniente, ya solo fueron un recuerdo sereno. Cuando el Valle del caballo quedó atrás, me di cuenta, que quedaba un largo camino, pero ser libre, significa que cosas como esa, no importen en absoluto.
Edanna Dhae a las 4:37 pm











