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Libro de horas

Notas y diario personal.
2

Feliz año nuevo 2012

Desde Lavondyss y desde el corazón os deseo a todos un feliz año nuevo.

Esperemos que éste sea un año mejor para todos, que los deseos se cumplan y las promesas mantengan el ímpetu necesario para seguir avanzando.

Nos veremos, aquí estaremos. Pues aunque muchas veces tengo momentos tristes, otros en cambio, tengo amapolas...

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La espiga

Los días quince, dieciséis y diecisiete llovió sin parar.

Cuando la gente volvió a salir de sus casas un cielo azul asomó más allá de las montañas desde dondequiera que hubiese estado escondido, tras unos días de meditación que no le vinieron mal a unos cuantos, y que pusieron en orden las relaciones conyugales de no precisamente otros pocos; pero menos que los que, más que ordenarlas, las extraviaron.

Pero lo más sorprendente, lo más misterioso, lo más interesante..., fue que cuando salieron de nuevo al exterior, entre aromas de hierba fresca, las hojas de los árboles finalmente habían brotado para la nueva estación.

En tres días un universo euclidiano de esmeraldas como la palma de tu mano revistió la totalidad de las ramas tras unas lluvias de primavera algo erráticas, engarzadas a los troncos con aún humor de otoño, dejando el frío y largo invierno definitivamente atrás, hasta el advenimiento del fin del próximo verano.

espiga-edanna...Tres por cuatro como una pauta de ligero trote es el paso de las estaciones, cabalgando tan rítmico que no conozco hormiga alguna que no guste de seguir el compás. ¿Conoces tú alguna?

En la “AutoRoute 15 Nord”, alguien arrojó por la ventanilla un paquete de cocaína en un claro intento de preservar su supervivencia. Rebotó cuatro veces en la cuneta, entre latas de cerveza con sabor a escarabajos y empapada por los días de lluvia; rodó por el terraplén hasta el borde del arroyuelo donde una pequeña brecha en el plástico convirtió el paquetito infame en un divertido reloj de arena que comenzó a contar el tiempo hasta el final de su agonía.

Por allí pasó un mapache que, intrigado, olisqueó el suave polvillo dándole un toque invernal a su envidiado morro ideado en mejores días de carnaval. Se sintió tan feliz, que salió disparado dejando una humareda tras de sí, bailando al compás de algún carillón lejano que señalaba las dos menos cuarto. Cuando avanzaba a través de un campo de tonalidades expresionistas surgieron algunos incendios que posteriormente se adormecieron cuando al dar las "y diez" de cada hora, cayeron puntuales sus gotas de lluvia.

Cuando llegó al pequeño laguillo que bordea la granja de la familia Lefebvre, se fijó en una oscilante espiga recién nacida toda ella de primavera. Tan sinuosa, tan elegante, una cimbreante criatura de pura belleza que danza junto al otro viento que habrá de acariciar tu rostro alguna tarde, cuando menos te des cuenta, azuzado con el encanto de la misma distinción. Una espiga que retiene su nombre entre las intimidades de su tallo amarillo aún sin ser julio, por los sueños de algunos niños que juegan alrededor de ella bajo la luna.

Bajo la luna..., aquel mapache se enamoró. Alzando la voz, le comentó a unas nubes que pasaban que nada de aquello estaba del todo mal. Que si no era ahora, que fuese para noviembre, y que su traje de etiqueta nuevo de la tintorería para las noches de verano, podía esperar...

Pues... ¿qué prisa hay?, se preguntaba, mientras bailaba siguiendo los ondulantes vaivenes de la nueva compañera en lo que parecía la perspectiva de un prometedor y próspero largo verano.

Noviembre, mi noviembre..., de blanco invierno tendrá la dama que esperar pues, ¡ay! “Quién contemplará ahora las olas bramar, entre la mar centelleante...”

Aquel era un tallo patrón, de cuando la tierra conocía el silencio suficiente para que hablaran las piedras entre sí, escuchándose en paz y sin molestar demasiado a las bandadas de aves migratorias. Tan bien proporcionado y con todas sus aureoladas hojas recibiendo el sol de cada mañana como si fuese cada uno algún preciado secreto que salvaguardar entre los pliegues de un pañuelo bordado de seda.

La seda de la que están confeccionados todos nuestros recuerdos...

A pocas yardas hacia el sur, se recostaba lo que parecía un granero destartalado, de oscuros tablones a modo de paredes y sombrero oxidado de chapa algo despintada ya, por decirlo con cortesía. Dentro, habían pernoctado generaciones de caballos, algunos héroes de guerra con un hatillo como único equipaje, amantes, nobles, plebeyos, ¡y hasta una garza!, que una vez vino a parar aquí aquejada de dolores en las plumas dorsales y se quedó a pasar la noche, aunque sin poder cenar.

Allí fue a parar nuestro protagonista. Un mapache de talante incierto pero con buena voluntad, fue presto a dejarse llevar por la pasión y siempre amante de la más hermosa flor que crezca en un prado bordado en terciopelo.

La espiga, la que crece, la que danza en todos los prados, siempre hay un prado para cada uno de nosotros, aguardando, aguardándote, sí a ti, que no entiendes una sola palabra de lo que te estoy diciendo. Para ti hay también un prado, aguardándote, un lugar mejor. Siempre hay un lugar mejor.

Era cierto, no nos engañaron. No nos mintieron los cuentos. No nos engañaron las leyendas...

Porque Lavondyss... Lavondyss sí, Lavondyss..., existe, sí, existe..., está ahí, en algún lugar, en algún lugar, esperando por ti, esperando por todos nosotros...

Créeme, yo lo he visto... Yo lo he visto, yo he estado allí...

No es más que una cuestión de sacrificio...

...Aún te recuerdo, aún te recuerdo entre mis brazos..., cuando te acunaba para que el sueño se te llevara hasta nuestro nuevo amanecer.

Este cuento sucedió en algún lugar distante. Siente que lo que parece es verdadero si hay palabras que lo describan, y no olvides que en algún lugar, siempre hay un prado esperándote, donde puedes encontrar el sitio perfecto donde poner tu propio mantel, el que bordaste en tus días de junio, para depositar sobre él todos los dones que un día quiso bien regalarte el mundo a tu alrededor.

Yo desperté, todo había sido un sueño...

En algún momento de abril del 2011

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Interestatal 327

Hay un cruce, a treinta kilómetros. Hacia un lado, el este; hacia el otro, el oeste.

Bordeado de abetos y renacido el manto de esmeralda, desapareció la nieve de este año y vuelven a brotar los nenúfares en todos los estanques hasta el horizonte, allí donde el frío habita durante todo el año.

Una vez quise caminar hasta allí y dejarme llevar...

 

Intimidad... en muchos lugares y como se comenta en tantos otros, ahora “extimidad”, la intimidad se ha hecho pública. La intimidad ya no se conserva, se exhibe.

Por eso creé de una niña que jugaba a ser dos personas diferentes, como hacía la pequeña Alicia, un manto que cubriera mi propio mundo.

Una cámara de aire entre un mundo y otro.

Una forma de protegerme.

Y comencé a reconstruir Lavondyss, con ilusión, con ánimo nuevo de vivir una nueva vida, de dar todo cuanto pensaba le debía a otros y también cuanto me debía a mí.

Pero todos estos meses... Los meses del más constante horror, de la más absoluta desesperación.

Todos estos meses atrás, los peores de toda mi vida, los peores, la más absoluta de las pesadillas.

Y todo en nombre del amor...

Me quebré, me destruí, ardí en llamas, cenizas y devoción por ser cenizas.

Nada más que llanto. Un llanto continuo y despiadado.

Porque esa es la única expresión, despiadado.

Y exhibo mi pena, en este lugar público. ¿Por qué? ¿Por qué?

¿Qué sería un blog sin embargo? ¿No es un diario de vida?

Hoy día un blog es cualquier cosa, ya lo es todo menos un diario. Desde el advenimiento de Facebook, muchas cosas que se hacían en los blogs, se hacen ahora en las redes sociales orquestadas por un sistema.

Migraciones, modas y el llamamiento de que allí está el ambiente son sus principales fuentes de energía.

Pero aún queda el propósito de compartir para aprender. Por el instinto de que compartir la experiencia nos puede ahorrar aprender una y otra vez la misma lección. No se trata de extimidad por afán de exhibirse, aún queda la esperanza de llegar a alguien para compartir y demostrar que existe la pureza de la enseñanza mutua.

Me pregunto si esto puede servir, aún, en la locura de cada día. Si esto le puede servir a alguien que aún crea en los firmes propósitos y en las utopías del conocimiento y de las experiencias compartidas.

Me pregunto si todos pierden la esperanza de una forma tan horrenda y desesperada como yo la he perdido. Sólo me queda este sitio, tras todo cuanto fui y pude haber sido...

Ahora siempre voy por la interestatal, una vieja carretera secundaria por la cual apenas pasa nadie.

Es extraño, es una carretera muy hermosa. Bordeada de bosques, de lagos y estanques. Casas sacadas de los sueños más deliciosos crecen a lo largo de las distancias.

Pero apenas pasa nadie, apenas hay vehículos, ni personas a la vista.

Es un lugar muy hermoso, repleto de rincones mágicos.

Y el viento, el viento entre los árboles. Siempre presente, siempre testigo de la templanza que habita en un reino propio, allí donde brota la dignidad y nace para el mundo.

Destruí mi dignidad en el nombre del amor. Destruí mi pureza y toda mi templanza. Siempre en el nombre del amor. Por tanto, tuve que ir a buscarla por los viejos caminos del mundo.

El amor, que todo lo construye y que a su vez deja arrasados todos los paisajes si se vuelve caprichoso y estalla de furia.
Es la fuerza que construye y que tras ella, no queda más que destrucción.

Todo cambia después, ya nada es igual. Hay que hacerlo todo desde el principio, todo nuevamente. Poco se puede aprovechar.

Recuperar la dignidad significa volver a renacer para ser otra persona, una persona nueva, lo anterior queda aniquilado. Aniquilado de tristeza, pena y desesperación.

Ahora tengo que acudir a mi propio sitio para recordar quién era. Aquí, donde deposité un poco de mí, un trozo que me sirva de patrón y con el cual pueda reconstruirme.

Resultó útil, sirvió de algo. Me ayudó a pensar, a reflexionar en voz alta, transformando sonidos en palabras. Pero hay muchas cosas que se han perdido. No tengo patrones que me permitan reconstruirlo todo.

Puede que estén diseminados por el resto de este vasto mundo digital de conocimiento. Puede que tenga que realizar un largo peregrinaje por cada rincón, para buscar todo lo que fui, lo que pude ser, lo que puede haber sido, lo que seré.

Puede que tenga que aprender de todos los demás, de todos vosotros. Pues de eso se trata, de vivir interconectados en una amplia red de experiencias con el fin de trascender.

Y alcanzar un día las estrellas, quizás, sólo quizás. Habitar allí, hasta el fin de los días.

En soledad.

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La tierra que lleva tu nombre

Antaño comencé a recorrer la tierra que se ve a sí misma como aquel lugar que sin un nombre, es capaz de designarse cada tarde con mil acertijos diferentes.

LunaEs una tierra que se pone a sí misma sus nombres según su propio capricho. Lugares remotos que van y que vienen, emergiendo, desvaneciéndose.

Si miras los mapas, cada cierto tiempo alcanzarás a apreciar que, de forma súbita, los calificativos de ríos, mares, montañas, valles y ensenadas se agitan, alterando su apodo, desapareciendo, para poco después reaparecer con otra designación que considere más apropiada algo, o alguien, que desde luego no va a resultar ser el lector que, entre curioso y asombrado, contempla los bamboleantes vaivenes de un mapa caprichoso.

De un mapa que respira.

No recuerdo cual fue el primero de entre nosotros que puso su pie en ella, en esa tierra quiero decir. No recuerdo cuando cayó la primera gota de lluvia, retumbó el primer trueno, ni centelleó el primer relámpago; no recuerdo.

No recuerdo cuando se deslizó la primera bruma de madrugada, ni susurró la primera brisa que me trajo tu nombre desde muy lejos. Aquella sí, la que me trajo tu nombre por vez primera.

Y eso que desde entonces, yo ya estaba allí.

Allí había unas viejas ruinas donde me senté a respirar, tarareando despacito ésta nuestra brisa nocturna, bajo el deseo de todo tu cielo estrellado; pues es una tierra que de mil formas diferentes, cada segundo, cambia a su antojo. Es mi tierra, a la que yo le puse su nombre secreto. Ese, que sólo tú conoces.

Ese desorden, todo ese desorden..., ¡qué delicia...!

Toda esa sutileza que de impaciente gentileza, desquicia..., arremete en las estancias, colocando de mil maneras éstas y otras muchas cosas.

Tantas..., incontables y perpetuas.

No tuve reparos en decirle a todos los minutos de la tarde que aguardaran a tu llegada, y ellos, galanes, esperaron por ti para la cena.

Había fresas como melones y melones como lunas de mayo. Una mesa grande con teteras; las que guardas en nuestra alacena hecha a mano. La amarilla, la amarilla para el jueves, y la rosada para los sábados, acompañadas de la risa de todos los tuyos. Había una que fue especialmente diseñada para el que construye quimeras y diseña, entretejiendo los sueños. Me la regalaste tú, mientras tocaba el piano para ti. La profesión de hacedora de relatos que transporten a los soñadores al país de las maravillas. Al mío, al nuestro, al único. El lugar singular donde nacen todos los cuentos. El lugar de honor del rey del sueño.

¿Pues es que hay acaso mejor ocupación sobre este mundo?

Entretejer quimeras, ¡qué grande es la fortuna! Volvería  a nacer por ti mientras bailo hasta caer exhausta, por escuchar el suspiro de alivio de saberte ya en casa. Cada sábado, cuando traes el azúcar y el café mientras vitorean, los del fondo, dándote las gracias. Las galletas de sabor a añil, a azul y canela, con sabor a reloj redondo de manecillas y sonoros tic tac. Con olor a jazmines y a delicadeza. La de tus manos, la de las mías, la de todos los tuyos que una vez rieron al contemplar tus ojos. Tan felices, tan lejanos. Moribundos por el tiempo que endulza los recuerdos.

Hay un terrón de azúcar para cada uno aguardándoles en el mundo. Uno por cada día que lo intercambiaron por hacer feliz a otro, en aquel, nuestro cuento, nuestro país de las maravillas.

El único que vale la pena. Por el que vale la pena luchar, y sufrir, si es necesario.

Llegué tarde para jugar con caballitos de madera; pero una noche, sobre el hielo del lago, los vi canturrear despacito, galopando en tres por cuatro al compás del viento entre los árboles. Allí te vi una vez, en silencio, caminando junto a todos. Fueron ellos quienes me rescataron, consintiéndome la oportunidad de volver a curiosear la noche siguiente para poder recorrer sola los campos, mientras pise por la hierba fresca llena de rocío que empape mi vestido bajo la noche estrellada.

El silencio de la noche en aquellos fríos momentos fue tan amargo..., algo se quiebra, cruje rugiendo desesperado por una templanza que se desvanece antes de recordar que existe siquiera esa palabra. Contrapuesto a todo lo dulce que tiene un momento, con una luna blanca reflejada en la noche luminosa, tejiendo madejas de luz distante que alejaban la oscuridad.
Por un momento no sabía que decir, rodeada de tanta belleza. La noche luminosa, blanca por la nieve y los haces de luz dorada de plenilunio. Aquella, donde las luces de la ciudad antigua se fundieron con las tenues luciérnagas que bailaron aquella noche sobre el lago, sobre aquel lago, fundiéndose bajo las lágrimas de marzo.

Lágrimas de marzo, que fueron las más amargas que recuerdo; las que cayeron fundiendo la nieve, quebraron el hielo del lago partiendo su alma hasta el mes de abril, hasta el borde del mundo. Allí donde las aguas caen silenciosas hacia el firmamento, hacia el deseo de éste, nuestro cielo estrellado, éste, nuestro mayor deseo.

Aquel firmamento que resplandece, llora, canta y se somete. Ahora iluminado en mi recuerdo por las luces de la ciudad antigua, la de calles pétreas, la de los pequeños árboles yaciendo sobre los tejados, bebiendo de la risa de los más pequeños, y de sus sueños...

Esos tejados, donde mis gatos cazan cuentos y los depositan en la cesta que tejiste aquella primavera, aquella, la que hiciste para atrapar sueños.

Allí nos sentábamos, a contemplar las luces de las casas bajas, los tejados en noviembre, las puertas y ventanas, las luces de la ciudad bajo una luna que ilumina por igual todos los rincones, por igual; jugando al escondite aquí, y llenando de paz el lago que tan lejos queda de la puerta de tu casa. Uno donde caballitos galopan, al compás de tres por cuatro, bajo mi atenta mirada. Bajo la tuya que danza, bajo la luna, en la ciudad donde resuena la música lejana. La ciudad donde siempre se respira el aroma de las noches antiguas. Aromas antiguos, como los de aquella noche.

Pues nunca estuvo la ciudad tan hermosa, como aquella noche.

 

Edanna, abril de 2011

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Los pájaros de Sherbrooke

Cuadro de Bartolomé Mayol para el texto en Lavondyss "Los pájaros de Sherbrooke"Poco después de dejar Victoria Avenue, entrando en Sherbrooke hacia el oeste, hay un callejón atestado de contenedores de basura con un techo tejido a base de cables telefónicos; una enredada maraña bordada sobre otro camino espolvoreado de soledades.

La otra noche apareció un hombre arropado sobre su túnica de escarcha. Las luces que huían de la calle principal se reflejaban todavía sobre el rostro revestido sólo de hielo y una mirada vidriosa que se perdía muy lejos, donde la distancia se separa del día y de la noche. Sus ropas de vagabundo, rígidas por el agua congelada, le daban un aire de inaudita dignidad entre unos altos muros de ladrillo hecho a mano.

En este callejón habita un pueblo de origen desconocido. Los pájaros de este callejón tienen aquí una guarida fija, única, secreta entre tantos rincones que no han sido reclamados por el tacón de algún dueño.

Son los pájaros de Sherbrooke aves que difuminan el aire al cortarlo limpiamente. Dejan una estela prolongada por la pereza de los escasos fotogramas que domina el ojo medio de las gentes. Solo algunos niños pueden verlos claramente, definidos en la luminosa mañana de un día escaso de nubes. Pero para la mayor parte de todos nosotros, no consisten más que en un leve borrón indefinido de oscuridad que lleve prisa.

Visten de negro, como muchas otras extrañas criaturas que respiran al compás de los cortos latidos de la gran urbe. Sus largos picos curvos se visten con los colores de octubre y, casi siempre que yo sepa, evitan ángulos y esquinas por temor a Los Perros de Tíndalos. Esos sí, que habitan en los mismísimos ángulos del tiempo y que tú ya conoces.

El sol alargó su mano sobre un rostro abandonado, derritiendo el hielo que lo cubrió. Las gotas cayeron, pacientes, mientras avanzaban las primeras luces de la mañana empujando a las sombras, descubriendo las facciones de muchos otros secretos que a su vez anidan en las suyas. La leve sonrisa que se apagó la otra noche se llevó su mejor recuerdo. Un firmamento estrellado de momentos en el pasado cuando la miel se recogía con las mismísimas manos desnudas. El de su amor de juventud, cuando sus piernas eran más veloces aún que la misma brisa y el amor siempre se quedaba a cenar hasta muy tarde de madrugada. Había panales entonces que no albergaban ni peligros ni terrores en ningún momento hasta un nuevo mañana.

Los pájaros de Sherbrooke habitan entre las bolsas de basura, negras envueltas de esmalte que picotean con deleite. Revoloteando sin cesar, le entregan habitualmente pequeñas plumillas a ese aire tan fino que te corta como una navaja y que te extrae el aliento sin avisar, destrozando todos tus dientes si no sabes cerrar la boca cuando debes. Aquí viven, contándose unos a otras historias de la ciudad. Hablan un idioma único que tan sólo existe tras ponerse el sol pero, antes de que esto suceda, exhalan un corto trino que dice mucho más de lo que aparenta pero que sólo entienden muy pocos; quizás aquellos estudiosos de la Cábala desde sus humeantes cocinas y unos pocos estudiosos capaces de leer secretos en el interior de los forros de un abrigo y otros lugares más dispares.

Cuando se posan sobre alguien, no importa que esté vivo o muerto, son estos pájaros lectores precisos de todos los secretos que se escriben en las historias de cada uno. Línea por línea aprenden momentos y lugares de un distante pasado y lo memorizan. Escudriñan lo que fue y lo que llegó a ser, incluso lo que pudo haber sido alguna vez. Adivinan los detalles con precisión, señalando cada momento, cada instante, cada aroma y cada latido por latido sobre todo si éste fue compartido.

Son los besos del recuerdo y más si alguna vez escribió algún verso los que más claramente perciben, a la vez que la alegría y tristeza extremas, que queda grabada formando los surcos en un vinilo invisible que se aloja quién sabe dónde. Y a quién le importa...

Y todo eso antes de que termine una madrugada.

Así quedan registradas las vidas de muchos afortunados que en nada fueron para los demás, transformándose así sus vidas pasadas en hielo. Pero si no estuviese destinado a fundirse cuando los demás despiertan y marchan tras sus propias necesidades no tendría sentido tanta magia absurda antes de que nazca un nuevo sol tras tu hombro.

Son los pájaros negros de Sherbrooke los únicos capaces de entregar el don de la inmortalidad pero sin pedir nada a cambio. No hay voluntad por muy débil que sea que escape a su escrutinio si tienes la suerte de permitir que uno sólo de ellos se pose cerca de ti.

Pero a veces es difícil que esto suceda pues, nadie viene mucho por aquí.

Al salir el sol parten en su función de heraldos de todo cuanto fue, y mediante su turbio cántico anuncian las historias que han aprendido diligentemente. Recorren la ciudad contando las historias por todas partes para quién pueda entender el significado del canto de un heraldo destinado a los que nadie recuerda.

Pero muy pocos consiguen entenderlos realmente.

Esta mañana desde la ventana de la cocina vi uno de ellos posado sobre las ramas bajas de la gran encina. La encina grande, la que se pudre día tras día sin que yo pueda evitarlo. A pesar de ello, el hielo que cubre su base se retira y hay algo debajo que late, bullendo, clamando por salir y arrebatarle al sol todas sus notas.

Me quité los zapatos entonces y corrí tras el pájaro de Sherbrooke, suplicándole que tomara todos mis recuerdos y se los llevara lejos, muy lejos. Pero ella emitió su enigmático graznido, se burló de mí y se marchó alzando el vuelo hacia el sureste. Esperaba más de mí cuando me vio tan llena de vida.

Hay aves entonces que toman a veces un poco de algo de los que unos pocos recuerdan en las ramas de la encina, la que tiene esas ramas tan bajas, a estas tan especiales plañideras que se alimentan de todo lo que pudo ser y no fue. De lo que podía haber sido y se perdió en el recuerdo. De cómo toman lo que quieren y lo llevan lejos, para contárselo a quién quiera escucharlas y que por lo general, a nadie le importa.

Pero esta noche no seré yo.

Edanna, marzo de 2011

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Secretos de la calle

Esta mañana, al alba, mientras la última luna de febrero aún centelleaba en el firmamento, vi las farolas de la calle Somers curvar sus esbeltos y largos cuellos para alcanzar así los charcos y beber en silencio.

Las contemplé desde mi escondrijo, tan elegantes, tan discretas. Se mecen como espigas al sol, como altas jirafas, como tallos que pliegan al arrullo del largo invierno, emitiendo un leve murmullo que se extiende a la lejanía. Parecen bestias prehistóricas de largos cuellos curvos, rumiando en los pantanos mientras cantan canciones de amor a quién se esconde tras un horizonte recién nacido y esté dispuesto a escuchar.

Dyss_Sello_Edanna

Las bocas de riego las contemplan y cuchichean envidiosas. Achaparradas a ras del suelo añoran ser las reinas de la calle, las que puedan atisbar disimuladamente por las ventanas más bajas.

En Atwater se había abierto una grieta en el pavimento que sangraba, pero la nieve había tapado la herida que supuraba en silencio insistentemente. A través de la abertura se podía contemplar como las paredes se abrían y se cerraban mientras el latido de un corazón retumbaba en las profundidades.

Seguí hasta la nueva Notre Dame, la del nuevo mundo. Allí, en sus tejados, habitan unos pájaros negros que se alimentan del óxido. Entre las chapas de hierro y bronce sobreviven, picoteando con ansia y a veces hasta con desesperación; deteniéndose ocasionalmente para sacudirse la nieve del plumaje.

Cuando las gárgolas exhalan su caudal en los días de lluvia, ellas beben ávidamente mientras tañen las campanas de la torre, donde sus nidos las esperan.

Cuentan que un hombre santo una vez escondió allí su mayor tesoro, una carta de amor por la cual lo habrían colgado del cuello hasta que floreciera la mandrágora a sus pies. Y en los árboles de la plaza, más abajo, aún se pudren restos de las sogas que una vez impartieron justicia, reabsorbidas entre la madera.

Recordé aquella vez que quisimos pintar una ballena de color rosa. Les fuimos preguntando a las candidatas hasta que una nos pareció la más indicada. Ella se recostó sobre su costado izquierdo mientras bebía unos cientos de litros de té que le preparamos con esmero. Con brochazos gordos primero le dimos dos capas y terminamos la faena con los pinceles, dando los detalles.

Subimos a nuestro helicóptero y la vimos nadar en la bahía, feliz. Tan feliz que fue hasta el Polo Norte a enseñárselo a su familia. Allí les gustó tanto, tuvo tanto éxito, que la nombraron embajadora del Polo Norte para todos los reinos de ese hemisferio. En el sur, años después, copiaron la idea.

Desde entonces hay una ballena rosa para cada hemisferio. Una para el norte lejano, otra para el remoto sur. Donde se fabrican esas islas que van a la deriva y así poder cambiar de sitio tu casa cada estación.

Una vez fui a buscarte en mi submarino. El que compré en una subasta de antigüedades. Cuando abro la escotilla surge un gran ramo de flores. Tú llevabas tu vestido negro, yo mi gabán algo deshilachado.

Te tomé de la mano, te invité a subir en él y juntos navegamos por ríos y mares, por lagos iluminados por rayos de sol dorado. En la torreta te tocaba mi violín y tú cantabas cuentos a las gaviotas. Una colonia de focas nos vio pasar y vitorearon al escucharte cantar una canción.

Después nos sumergimos en las profundidades del mundo, en silencio, en paz.

Se quebró la pluma, se derramó la tinta sobre la página.

Tú dijiste adiós y yo..., yo contemplé en silencio las farolas de la calle Somers, plegar sus largos cuellos en silencio, para beber de las fuentes del Nilo. Allí se había derramado formando los charcos.

Formando el llanto del que beben todas las aves de la madrugada.

Edanna, febrero de 2011

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