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BlogEntradas del blog: Lavondyss

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Criaturas de la Noche

Maede dormía en silencio, recostada en un diván de hierro forjado, tapizado de almohadas de terciopelo. Al recostarse en él, el hierro había dejado entrever su esencia de ramas y hojas, con el que estaba tejido todo el lugar. Y una miríada de flores la rodeaban. En su sueño, las flores se agitaban al compás de su respiración.

Faltaba poco para el alba. Contemplaba las estrellas a través de la bóveda descubierta. Las nubes se habían abierto, y la luna llena caía llenándolo todo de reflejos plateados.

Decidí quedarme con aquel atuendo. Medias azules, zapatos de hebilla, chaqueta larga de color cereza, y un encaje blanco anudado en el cuello, con camisa de seda. Me sentía cómodo. Me sentía en paz.

No tenía miedo.

Y algo, se estaba aproximando.

Pero teníamos tiempo. Kalessin, había puesto rumbo a este lugar, volando con toda la velocidad de que era capaz, después de alertarme mentalmente.

Teníamos además otro visitante. Un visitante inesperado, eso si.

Me miraba desde una esquina, sin atreverse a salir a la parte embaldosada donde caía la luz de la luna. Sus ojos brillaban, diminutos, amarillentos. Hermosos como la propia luna.

- Ven, -le dije dulcemente...

- Anda, ven - No tengas miedo niñita. - Repetí, con la voz más suave de la que era capaz, sin despertar a Maede.

- Ella maulló, y lentamente, se acercó. Me olisqueó en la distancia, para finalmente venir a mi regazo, como hace siempre, y ronronear con los ojos entrecerrados.

-¿Cómo has entrado, pequeña ladrona? - le dije muy bajito - kalessin vigila las fronteras, y nada escapa a su vista aguda. -!Ah! olvidaba que los gatos, pueden pasar a través de las puertas más ocultas. Y en verdad que nos harás mucha falta, pues buscaremos entradas secretas, entradas que serán invisibles a nuestros ojos.

- Los gatos sois criaturas de la noche, - le dije mientras la acariciaba - teneis el poder de ir allí donde nadie puede ir. De descubrir lo invisible. - Sois, criaturas míticas.

- Pero mi querida gatita, no podremos llevarte con tu forma actual. Habremos de pedirle a Morpheo, el rey del sueño, que nos preste el nombre de su fiel amigo, y su forma. Para que puedas ir allí donde nadie más llegará, a recoger llaves perdidas. Espero que el rey del sueño, no se ofenda, y mucho menos sus admiradores.

- Y sois animales, muy semejantes. - Te gustará.

Ella maulló timidamente, como preguntándome, qué le tenía reservado.

Cogí la copa de vino, mezcle algo de tierra de las uniones de las baldosas, saqué una pluma negra del bolsillo, y lo agité con dos de mis dedos.

Lo escancié ligeramente sobre su cabecita, solo unas gotas, que la hicieron protestar, y agitar la cabeza sacudiéndosela de líquido.

Me levanté, y esperé...

- El gato negro, comenzó la transformación, su pelaje vibró como las puas de un herizo, y sus patas traseras se acortaron a la par que las delanteras se alargaron. Su cabeza cambió, y en una bola confusa, la gata se transformó en un pájaro negro. Que voló sobre mi hombro.

- Mi querido Mathew, pues este es el nombre que te doy en esta hora. El cuervo del señor del sueño. Ahora serás mi compañero, para mirar donde yo no puedo mirar. Y para entrar en los lugares ocultos que nos están velados.

- El cuervo agitó las alas, graznó con un ligero toque felino.

- Bueno, Kiena, - le dije - tranquila, ya te acostumbrarás...

El cuervo volvió a graznar protestando.

- Los cuervos y los gatos teneis inteligencia parecida, además no te quejes, que todo el mundo sabe, que los cuervos, pueden hablar. ¿No es cierto?

- Era la primera vez, que escuchaba maullar a un cuervo.

- Bueno, - le dije encogiendo los hombros, -veo que no estás de humor. Lo acaricié, y al rato pareció tranquilizarse. Se quedó en el hombro, supongo que meditando sobre su suerte onírica. Además de, la nueva experiencia.

- Y ahora, es el momento de visitar a una amiga...- le comenté al cuervo, algo preocupado.

Nos acercamos al retoño del roble. Sus flores se hallaban cerradas, al aproximarme, se abrieron repentinamente.

Dudé unos instantes, pero finalmente me decidí...

- ¡Edanna!

El pequeño roble permanecía quieto, inmutable.

- ¡Edanna!

Quizás...no fuera posible lo que tenía en mente.

Solo el silencio de la noche acudía a mi llamada. Me puse en cuclillas, Mathew voló y se posó en una rama baja.

Al cabo de un buen rato, en el que ya dudaba del todo de que entendiera mi ruego, el roble comenzó a retorcerse.

Primero sus ramas altas, que espantaron a Mathew, este, voló al respaldo del diván donde reposaba Maede. Comenzaron a agitarse, al instante, las más bajas y gruesas, se removieron. Comenzaron una danza extraña e hipnótica, ramas y flores se retorcian en movimientos ondulados, serpentinos, se conformaron los unos con los otros. De las ramas gruesas salieron pequeñas hebras, y todas juntas; ramas finas, hebras y flores, formaron lo que se podía llamar un rostro.Lentamente, se tejieron unas a otras, mostrando el rostro de ella. Como en un lienzo, de pequeñas ramas, de pétalos azules. Un tapiz con forma de rostro humano.

En el tapiz que se aproximaba a lo que yo conocí, estaba ella. Con sus pupilas blancas, su piel marfileña y ese pelo blanco como la nieve. La albina que me acompañó durante tantos años. Sentí una aguda punzada en el corazón. Una punzada de melancolía, de recuerdos, de horas llenas, de risas con ella y miles de aventuras. Una punzada por las suyas propias. El tiempo, comenzó a detenerse de nuevo, y esta vez por un inmenso cariño, por mi amiga más querida de antaño. Ahora, atrapada en espíritu de roble.

Y de hebras finas y corteza de roble se me presentaba ahora ante mí, atendiendo a mi desesperada súplica. Con su mirada astuta y burlona, sus labios finos, nariz pequeña, le brillaba la inteligencia en cada comisura, en cada pliegue de su piel sin marcas. Edanna, la bruja albina. Estaba frente a mis ojos, mirándome directamente. Una vez más.

-¿Y me llamas, llamándote a tí mismo? - me dijo con su voz modulada -¿ Pues que premura tienes ahora, mi querido niño, que así me llamas tras tantas lunas de silencio?

- ¡Edanna! yo...- no podía decir más.

- No sufras cariño, si estoy aquí es por elección propia, y en este tiempo, el tiempo que ha transcurrido mucho ha de haberte enseñado. Y sobretodo, que tienes la fuerza necesaria en este instante para enfrentarte al que te quiso confundir. Pues bien sabes que aunque tú y yo somos entidades diferentes, tú me creaste, y soy parte de tí. Así que al llamarme por mi nombre, te llamas a tí mismo. Sin dejar de ser el muchacho que creó a la albina.

- Y él se acerca - le dije, cabizbajo.

- Puedo sentirlo, ha salido del corazón del bosque para perseguirte él a tí, no tú a él. Llegará aquí pronto. - Me contestó.

-¿Y qué puedo hacer? -le pregunté.

-Por de pronto has hecho bien en llamarme, -me dijo con su sonrisa encantadora. -Que aunque atada a este árbol, puedo ir contigo, solo has de saberlo. No estoy en este árbol, formo parte de tí. Aunque tú me hayas puesto aquí para mantenerme viva.

-Pensaba que me controlabas por completo. - Le dije dolido conmigo mismo.

- Aunque no era así, así te lo hacía él creer, hiciste bien en cada caso. Mi propia historia, tenía que completarse. Y mi espíritu, habitar el árbol, pues esa es la esencia de mi propio mito. Y mi ciclo, se renueva pronto. - Soy la hechicera que habita el espíritu del roble. Guío al niño y le hablo para que se haga hombre y fuerte como poderoso en la magia, y le defiendo de la entidad que viene más allá de la morada de los dioses, mi propio mito, se cierra.

- Y no temas usar tu nombre que es el mio. Pues Edanna te llamas, como Edanna llamaste a la que tú creaste, y todo lo que yo soy, forma parte de tí.

- Yo la escuchaba, deseoso de abrazarla, en aquella leve oscilación de ramas que casi de manera inquietante se mantenían encorvadas para formar aquel tejido de hebras finas. Aquel rostro fantasmagórico formado por la magia del espíritu del roble.

- ¿Qué he de buscar? le pregunté.

- Lo sabes bien, -me contestó- Un invierno. Has de encontrar siempre un invierno, siempre hacia atrás en tu mente, siempre al más remoto pasado. Yo iré contigo. No temas. Siempre estoy contigo.

- Lo sé Edanna. Siempre estás conmigo. Eres parte de mí. Yo te creé con mis manos inmóviles, y mi aliento. Y me has dado aliento en verdad todos estos años.

- Cariño, me dijo Edanna.- Lo que haya de sobrevenir sobre nosotros, no significará más, que la eterna lucha, pues tú y ahora tu compañera, teneis vuestra propia historia. Una historia, un mito, que habeis de cerrar, como todas las criaturas del bosque.

- Siempre has estado a mi lado Edanna, te he echado tanto de menos.

- Y siempre a tu lado he estado, me dijo sonriéndome con dulzura. -pero has de aprender que nunca nos hemos separado, me llevas en tu interior, tu parte femenina, y esa femeneidad soy yo.

- Y no temo esto, sino que me siento orgulloso, - le dije - de conocer todo esta magia, y este conocimiento de mí, querida Edanna. Pues solo se alcanza el equilibrio y la fuerza con la unión de los más poderoso, de lo masculino y de lo femenino. Este es un conocimiento tan extrañamente perdido.

- Por desgracia, la perdición del hombre. - Comenzó ella...

- Es el olvido. -Finalicé yo.

- Ahora vé, Kalessin ha de llegar pronto, no podeis demoraros, Kalessin y yo nos encargaremos de él cuando llegue. - Me dijo presurosa. - Vé cariño, y que las bendiciones de la Diosa, caigan sobre tí y los tuyos. Adios Edanna.

- Adios Edanna. Volveremos a vernos. -le dije.

Las ramas se desentrelazaron subitamente, y el árbol regresó a su estado normal, con la salvedad, de que ahora resplandecía con matices plateados.

Mirando esto, me fijé en un pequeño espejo que habitaba un rincón. Yo, también resplandecía, mi piel era más blanca. Me veía más delgado, con la tez pálida. La reconocí. Reconocí en mis facciones de repente ligeramente más andróginas, el rostro de ella. Su rostro interior, en mi propio ser. Edanna, en Edanna.

Sonreí, pues sabía, que era astuta, tan astuta, que no solo su parte esencial estaba dentro de mí, sino que la de su propio imago, la que caminaba por estos bosques, se había resguardado en mi propio cuerpo. Y lo supe con certeza, cuando advertí que yo mismo, me quiñaba el ojo.

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La Huída

Niñoroto, volaba por el bosque.

Sus pezuñas dejaban rastros pares en la tierra húmeda cubierta de hojas resecas y podridas. Huellas distantes en su alocada carrera por la vida. De sus hollares goteaba la saliva caliente, y un vaho desesperado se mezclaba con las claras nubecillas de vapor del suelo y las hondonadas.

El astil de una flecha corta le sobresalía de su cuarto trasero, bañando de púrpura su costado. Dejando tras de sí, un rastro claro y diáfano como una luz guía para la jauría.

El bramido de los perros y los gritos de los hombres resonaban detrás, siempre cercanos, y por más que corriera con toda la fuerza de su poderosa musculatura, no se apreciaba la distancia entre la jauría y el venado.

Niñoroto corría por su vida.

El ciervo atravesaba las ramas que parecían interponerse, hojas molestas que le daban latigazos en el pecho fuerte y blanco, surcado de cicatrices del pasado. Sus astas se erguían como una corona, una corona rota confeccionada por un asta rota, los jirones de tela, cimbreaban al viento de la veloz carrera. El ciclo de niño roto, se completaba una vez más. La última cacería, la caza del venado del asta rota.

La jauría no daba tregua, los lebreles con los dientes arrojaban brillos que el ciervo veía a través de su visión periférica, presagio de la caída, aviso de que esa carrera era la más importante de su vida.

Muchos hombres corrían trae él, y corrían como hacían los hombres de antaño, veloces y feroces como sus perros hambrientos. Llevaban pieles sin curtir, barbas sucias, con cabellos sucios, lanzas, arcos y flechas toscas. Pero mortales.

Hablaban un extraño dialecto, y sus narices chatas olisqueaban al igual que los perros la sangre del venado. Pero desconocían, que estaban escribiendo su historia.

El jefe del grupo de cazadores, era el más fuerte, y llevaba un collar de molares de ciervo, de pequeños astiles de venado, y colmillos de lobo. Todos aquellos hombres apestaban como demonios. Y Niñoroto, los olía cada vez más cerca, tan diferentes, tan astutos, como sus perros.

Del arco del jefe, voló la flecha que lo cogió desprevenido, no pudo olerlo, pues estaban untados de grasa de ciervo y excrementos de animales para disimular el olor a hombre que es inconfundible.

La muerte voló con un zumbido bajo, para clavarse en su costado.

La carrera se llevaba ya una hora, y el bosque se volvía cada vez más oscuro. La historia, se repetía una vez más, el mito del ciervo guía, y de una muerte más en el bosque. Del descubrimiento del claro y la fuente que habla. Y aquel hombre, llevaría su propia historia a otro lugar del bosque. Aunque esa historia, no cabía en esta carrera, pues le era ajena, y otro ciclo estaba a punto de comenzar.

Atravesó arroyos, salpicando las ramas bajas con el brillo de las pequeñas gotas, que parecían detenerse en el tiempo, en un instante de terror absoluto, brillando al sol que se entreabría en rayos claros por las hojas de la techumbre espesa del bosque. Sus patas hincaban la tierra, dejando agujeros profundos, el sudor bañaba todo el lomo y el pecho. Estaba agotado, la herida, le dolía mucho. Se mareaba, por la pérdida de sangre, los pulmones le ardían como fuego en las entrañas.

Niñoroto, corría, por su vida.

Y llegó al claro, donde habitaba la fuente que habla. Allí no se demoró, aunque sabía lo que vendría pronto. El penúltimo proceso de su persecución, se consumaba.

Niñoroto escuchó como los hombres se demoraban, atónitos por lo que habían descubierto, y parte de su propio mito comenzó allí. El jefe del grupo perdería el interés por el ciervo, al ver la fuente en el bosque, que le hablaría, y le llevaría a cumplir su propio destino. Como el destino del ciervo guía envuelto en su propio mito, Niñoroto ahora cumplía. Pero su historia no había terminado.

Los lebreles con los dientes al sol, y la espuma blanca en las fauces no fueron llamados por sus amos, y si tal cosa hubiese ocurrido, su propia hambre los haría desobedecer. En sus mentes de cazadores, solo había una imagen. El dulce olor de la sangre de venado.

El ciervo tropezó, y con el chasquido semejante a una rama al romperse, su pata se quebró. El dolor fue lacerante y bramó de angustia. Los perros, aumentaron sus ladridos, al saberse conocedores de su propia victoria. Niñoroto se levantó renqueante y cojo, y dándose la vuelta, enfrentó con su cornamenta de más de cien años al enemigo del colmillo largo.

El primero embistió en un salto directo a su cabeza, le atravesó con el asta de vientre a lomo, quebrándole la columna limpiamente y lo lanzó contra un roble, donde con un chasquido de huesos rotos quedó exánime, en una mueca de rabia en sus fauces.

El segundo lo atacó de costado, el ciervo se giró y le quebró el cuello con sus pezuñas, en una coz bien aprendida en los días de aprendizaje diario por la vida. El perro dio un último aullido, y quedó inmóvil.

Niñoroto jadeaba, con el pecho a punto de estallar de agotamiento, y le vino la imagen de la cierva, de la camada última, sus vástagos trotando junto a él, cuando guiaba a su manada donde la hierba creciera tierna y sana, donde el agua fuera clara y el sol abundante. Los pequeños cervatos jugaban a correr y perseguirse, a salir corriendo de repente ante un ruido o un siseo, a escudriñar la maleza buscando depredadores mientras los demás bebían en el arrollo, aprendiendo como aprenden todos los animales, su papel propio en el ciclo de la vida.

Unos colmillos se le clavaron en el pecho, le desgarró la piel con las pezuñas una perra hembra muy bien adiestrada, la más vieja del grupo, que astutamente, usó un ángulo en el tercer cuarto de la visión circular del ciervo, donde las imágenes eran confusas si giraba mucho la cabeza, aprovechando la caída del anterior compañero de caza. Una caída necesaria, para poder acercarse lo suficiente al ciervo, y desangrarlo. Niñoroto bramó una vez más de dolor, pisoteó a la perra, que rápida se liberó de sus peligrosas patas y retrocedieron unos metros, buscando el momento del segundo ataque.

Los amenazó con la cornamenta, los perros conocían el peligro, debían actuar juntos y cansar a la bestia herida, hiriéndola a su vez.

Niñoroto, recordó sus carreras por los prados, la visita a espíritu del roble, y las mansas aguas del lago, donde dormitaba muchas veces y miraba las estrellas del firmamento, atento y vigilante de sus vástagos y de su manada. Recordó cuantas veces había vencido a los machos jóvenes que intentaban usurparle el cargo de líder, y del berreo de las hembras ante sus victorias, excitadas por su fuerza y su poder.

Recordó cosas hermosas, mientras se le nublaba la vista, y desfallecía. Recordó su propio nacimiento, el olor de su madre, el sabor de la leche caliente de su cuerpo, y cuando le lamía tiernamente la cabeza para limpiarle.

No sintió el dolor, cuando el resto de los ocho perros se abalanzó sobre él, desgarrándolo por todas las partes de su cuerpo, llenando con su sangre el rincón del bosque, donde volvería a la tierra. Para renacer. Para cumplir de nuevo su cometido en su propia historia.

Los perros lo desgarraron, y un sonido de mandíbulas y gruñidos de satisfacción resonó en el bosque, ajenos a sus dueños, que ya no pensaban en la caza, sino en su propio destino, al ser guiados por el ciervo del asta rota.

Niñoroto cayó, con un estruendo, en la hojarasca, que se levantó expelida por el peso del ciervo. La tierra tembló, y con los ojos ya vidriosos, exhaló su último bramido, expirando. Los perros aullaron, y se arremolinaron sobre él, destrozando su cuerpo, mientras se daban dentelladas los unos a los otros, jadeando de júbilo.

Y en otro rincón del bosque, en ese preciso instante, sucedió que, de un agujero en un roble viejo, hubo un parto de pájaros.

Los pequeños pájaros negros, semejantes a golondrinas, salían veloces del tocón podrido, alzando sus alas curvas al cielo, entre miles de sonidos agudos. El aire en aquel rincón del bosque, se llenó de pájaros nacidos de la tierra, el milagro, que volvía a renacer en un lugar perdido en el corazón del bosque.

El suelo al pié del roble se removió, y las hojas secas volaron en una erupción violenta, con el grito silencioso de la propia tierra, esta se removió lanzando trozos de barro en todas direcciones. Un parto, en el bosque de los mitos.

El dolor de la tierra era invisible, y solo las plantas y los animales cercanos pudieron sentirla. Los gritos de la madre, dando a luz.

Del barro y las hojas, surgió una cornamenta, y más tarde el cuerpo mojado de un ciervo, surcado de cicatrices, envuelto en el barro, con olor a hojas, a tierra mojada, a ramas podridas, a hierba húmeda. Del parto de la tierra, resurgió, para volver a iniciar su propia historia, siempre una vez más, el ciervo. El ciervo que resurgía de la tierra, tenía un asta rota, envuelta en jirones raidos y viejos de tela grisácea.

Empapado por su propio nacimiento. Cortó con sus dientes el umbilical hecho de fibras vegetales, que le unían al suelo cubierto de hojas del bosque. En pocos minutos aprendió a andar de nuevo, y puso destino a la periferia.

Niñoroto, renació una vez más. Una más, en un ciclo continuo e interminable. El ciclo de su propio mito.

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Vidas Breves

Noche Un golpe, el chico vuela por los aires, como si le tiraran de las piernas, un tirón demoledor, que lo levanta en volandas, lo hace girar. Su cabeza se estrella en el cristal. Miles de fragmentos vuelan en todas direcciones... Los fragmentos se van deteniendo, poco a poco todo se ralentiza, el tiempo se detiene o el momento se dilata. -¿Qué sucede? - ¡¡Me han matado...!! Está suspendido en el aire, todo transcurre lentamente, muy lentamente. Hay tanto tiempo para pensar...¿cómo es posible? Piensa en los viajes, en los valles que ha visitado, las playas recónditas, en su novia, en sus amigos, en sus padres, y en su perro. Y en mil cosas más. Hay tanto tiempo. Tanto tiempo... Y todo vuelve a su ritmo normal, todo es rápido y vertiginoso, luces cegadoras que estallan, un dolor agudo, un golpe seco, gritos...vé su pierna, a pocos metros de él, desgajada llena de jirones, sucia de tierra. Y el grito, ese grito, el calor, la luz radiante y cegadora...El desespero... Y grita ...grita... Dia Al besarla enmedio de la calle atestada de gente, el tiempo se detiene. Poco a poco bajo aquel beso dulce, una corriente intensa lo atrapa y lo atenaza, levantándolo del suelo. No hay mayor felicicidad en el mundo, no puede haberla... El beso es largo y tierno, todo comienza a ir más lentamente, hasta que parece que se ha parado el tiempo, no se escucha el tráfico, ni el gentío de compras. Todo es silencio, solo el cálido aroma del beso los envuelve. Son felices. Es; el delirio. Transcurre una eternidad, atrapados en el beso, el tiempo se ha detenido, la gente quieta en poses extrañas. Una pompa de chicle a medio reventar parece una galaxia en colisión. Cuando se separan, vuelven los sonidos, las luces, el gentío, de repente, como si al separarse, le hubiesen devuelto la vida al mundo que durante aquel beso le habían tomado prestado... Sonríen...se rien sin dejar de mirarse a los ojos. El delirio. Y caminan de la mano ...se aman... Tamborileaba con los dedos sobre la mesa. Una de esas mesas horrendas que a los médicos les encanta comprarse. Arrellanado en el sillón, mirando a un reflejo en la madera clara, aguardaba. Dos momentos, en los que el tiempo se detiene. Dos momentos. El delirio, la delicia, el desespero. Dos momentos tan diferentes, tan parecidos en la percepción del tiempo... - ¿Estás ahí? -Me pregunta el médico. - Por supuesto, -le contesto sonriente y cruzando las manos sobre el regazo, con las piernas cruzadas en mi pose defensiva. Él escudriña diez centímetros de informes médicos. Con la cabeza inclinada examinando los papeles, ocasionalmente me mira, forzando los ojos hacia arriba. Si llevara gafas, me miraría por encima de ellas. Los muebles, los libros, parece que los hacen todos iguales para los médicos. Los libros parece que vienen ya con los muebles, todo junto, en el mismo paquete. Un corazón de bronce de pisapapeles... - Resoplo. -Como ya te comentamos, tus células han comenzado un proceso que se dá muy pocas veces, se produce una curación natural consistente en la formación de una serie de células alrededor de la zona afectada que la aisla, impidiéndole crecer. Estas células, son totalmente inmunes a la célula cancerosa. - Me explica. - Estás curándote Fernando... - Yo me quedo mirándole en silencio. Supongo que, si fuera Atlas, soltaría el globo terráqueo, le daría un puntapié y me fumaría un cigarrillo que llevaba trabado de la oreja desde hace eones. - Intercambiamos algunos detalles más y al rato me dice: - Puedes llevar una vida normal, salvo que estarás en prevención. - ¿ Una vida normal? - susurro. - Si bueno ya me entiendes, no tienes que estar tomando tantas cosas, y vendrás menos por aquí. Transcurren unos instantes de silencio. - ¿ Que fué de Carla, Alberto, Fabián...? -le pregunto Me responde con el giro que tanto me irrita de los médicos - Mira Fernando, tú has tenido mucha suerte, tienes que agradecer que estás dando muchos pasos adelante. - ¿Ninguno lo consiguió, no es cierto? - Eres afortunado, -me contesta, con una sonrisa forzada. Seguimos hablando largo tiempo, me contó al final, muchas cosas, y recuerdo, lo que siempre supe, que nada de lo que imagines del como será un acontecimiento, resulta tal y como lo soñaste... Le dí las gracias, regresé. Medio lleno, medio vacío. Para llegar hasta aquí, tuve que incendiar la mitad del monte. Y hay mucho suelo lleno de cenizas... ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- - ¿Qué vás a tomar? - La camarera me mira, con sus profundos ojos azules. - Hoy Yurena...-le digo -me tomaré un Jack Daniels, con mucho hielo... - Ella me mira sorprendida, - ¡Vaya! -dice mientras se marcha tras la barra, -Te debe haber tocado la bonoloto "y que el hielo, sea muy brillante" -pienso Hace mucho que no me tomaba una copa, el Jack Daniels baja por mi garganta como lava ardiente. Me gusta. No consigo pensar. Mi cabeza es un televisor sintonizado en un canal muerto. Once años Once años... Le ofrezco a Maede mi brazo, y ella lo toma, y caminamos juntos hacia el interior del palacio del bosque. Llegamos al comedor, donde en la mesa está servida la cena, una cena digna de reyes. Entonces tomo una copa, que deposito en las manos de ella, otra para mí, de vino especiado de cerezas con el que brindar: - Por los amigos que están con nosotros, por los dioses de este tiempo nuevo que nos protegen... - Por el amor más profundo que un hombre pueda conocer, porque volvamos a vivirlo... Arden fuegos cálidos en los braseros, la mesa está radiante en esplendor. Ella, es radiante, con su propio esplendor. Tan hermosa, su mirada me arrebata. El tiempo se detiene unos instantes... Vestimos trajes del pasado, ella un precioso vestido azul, ceñido al talle, con los hombros descubiertos, zapatos de princesa, su pelo ondulado, brilla entre las flores. Yo, una chaquetilla larga de color cereza, con encaje en mi cuello. Medias, y zapatos de hebilla grande, un traje del siglo XVIII. Aquí, siempre es el siglo XVIII. Mi pelo cae sobre mi espalda, inesperadamente lacio. En el exterior, las densas nubes siguen su tormenta desenfrenada. Lavondyss, está cambiando. Nos sentamos, y mirándonos transcurren momentos, que quedan guardados en un libro, de tapas púrpura y motivos célticos. En algún lugar, la diosa parece mirarnos, indiferente, benévola. Comienzan a caer copos de nieve, y hojas de otoño. La estación de las Nieblas, comienza, alrededor de nosotros. Miro un instante el retoño del roble, sus flores azuladas y abiertas, con un aroma dulce y embriagador. Como el de ella. Cuando se acercó al interior del edificio, bajo los arcos y pilares, podía ver como a su paso se divisaban las ramas cuajadas de flores que formaban todo cuanto nos rodeaba, al alejarse, se tornaba de nuevo piedra, en su espejismo de magia. Todo florecía, cuando Maede se acercaba a cualquier rincón. Ahora, la mesa misma, florecía, en colores azules y granates, cerca de su asiento, que se hallaba coronado de florescencias iridiscentes. - Gracias por venir - Le dije. - Lo estaba deseando, es un viaje que jamás había soñado, te lo debo agradecer a tí - me contesta. - Tendrás muchas preguntas supongo - le digo, sirviéndole más vino. - Muchas en verdad, pero, especialmente ¿ qué es lo que sucede, porqué todo se ha vuelto oscuro y tormentoso? El mar parece blanco y furioso. - Lavondyss, está cambiando Maede, tu propia consciencia lo transforma, se adapta a lo que traes contigo, a lo que eres. La tormenta en nuestro mundo la asociamos a algo malo, y no es más que el restablecimiento del equilibrio de las fuerzas de la naturaleza. No es malo en sí, solo bajo nuestro punto de vista, porque no nos favorece en nuestra vida. - Pero es hermoso, cuando la propia naturaleza busca su equilibrio, es como si despertara, y pusiera de nuevo las cosas en su sitio. Así que no temas. - No tengo miedo - Me dice. - Y no hay motivo para ello, - le digo sonriente. - ¿Qué es Lavondyss? - Me pregunta. - Bebo despacio de la copa. Pensando la respuesta. - Lavondyss es una idea. Un concepto que me gusta. Es el origen de todos los mitos que la humanidad ha creado. Aquí, toman forma, y viven su propia historia una y otra vez. En cada historia, suceden cambios, y en esos cambios, los mitos encuentran su origen. El origen, es el verdadero Lavondyss, esto, es solo la periferia. - No es una idea mía como bien sabes, pertenece a la novela de Robert Holdstock, sin embargo, he tomado su idea, y he construido uno, en mi mente. - Lavondyss es tu mente, - me dice - Sí es mi mente, pero es muchas cosas más, y cosas que desconozco, y que tenemos que ir a encontrar. Es un mundo que he creado en mi mente, es mi mente misma, pues funciona así. Y es una forma de autoencuentro. - Ella guarda silencio, escuchándome. -Pero Lavondyss Maede es algo mucho más complejo. El ser humano desde que tiene consciencia ha creado mitos. Algunas culturas, han creado los mismos mitos, con muchas semejanzas. La misma creencia en un todopoderoso, un dios, se dá en muchas culturas, no recuerdo quién lo dijo, que si se descubriera que dios no existe, lo hubiésemos inventado. -Los seres humanos han inventado historias, y héroes, ya no tenemos héroes y quizás por eso la sociedad se ha deshumanizado. Por eso y por otras miles de razones. La singularidad es que en culturas diferentes, se crean los mismos mitos, los mismos cuentos y las mismas historias, con sus diferencias culturales. Es como si los deseos y los sueños de la humanidad, al ser los mismo, crearan las mismas necesidades, bueno, eso es algo del todo cierto. Desde los años cincuenta se vienen estudiando de forma seria, el propio Jung hablaba del psicoanálisis del mito, y al fin y al cabo, de la humanidad. Es por tanto, este, un lugar donde ahondar en una mente humana, y descubrir por medio de la creación y del ejercicio, sus lugares ocultos. Es un tema muy largo, y a lo largo de estos dias, lo iremos tratando. Pero en resumen. Mi propia mente lleva no solo los mitos de nuestra memoria genética, y los que he aprendido en mi vida. También han nacido mitos propios en mi propia psique, a los que debo enfrentarme. Y para ello, tengo que hacer un viaje, al corazón de Lavondyss. Al origen de todos los mitos, Allí nacen, y allí vuelven. Y los que he creado yo en mi subconsciente, me aguardan. - ¿Los temes? - Me preguntó Maede - Sí, si que los temo, pues han gobernado mi vida en ocasiones, y debo recuperar el control. - Yo soy, Maede, mi peor enemigo. Y por tanto, me adentraré hasta las antípodas de la mente, de las que hablaba Huxley, para comprenderlas y combatir con ellas. Y sobretodo, para aprender. - Y este camino, es un camino lleno de milagros de magia, pues son caminos que se abren dia a dia. Tú has aparecido ahora, inesperadamente, para acompañarme en el viaje, y será tu propio viaje, pues parte de tí, ha conformado este bosque interminable, con tu propia mente. - Has removido los cimientos, has creado mares nuevos, y montañas altas donde solo habían pantanos. Otras se han derrumbado. Todo lo que traes, es todo cuanto eres, por tanto, lavondyss se reconstruye también a tu modo. - Quiero acompañarte - me dice dulcemente - Y que juntos de la mano como niños nos adentremos en las profundidades del bosque, para que no tengas miedo, para que no tenga miedo. Y llegaremos al fin de todas las cosas, hasta el lugar más recóndito. Para liberar el mito más antiguo. - Yo escuchaba su voz, y me invadía la paz, pues ya no estaba solo, y ella, entre todas, era la única capaz de llevar acabo aquello. -A medida que nos adentremos, iremos retrocediendo, y los mitos, serán más y más antiguos. No sé que nos aguarda en el génesis de Lavondyss. Pero contigo, no tengo miedo Maede. Gracias, por venir, por estar aquí. Gracias Maede. Sin tí, ahora creo, que nunca hubiese comenzado el largo viaje. -Ella sonríe, feliz. - De nada, es todo un placer estar contigo. - Bien, le comento, esta cena tan deliciosa, no creo que volvamosa tener oportunidad de desgustarla en el interior del bosque, por tanto, aprovechemos el momento. Y la noche transcurre, plácida, y adornada de flores azules por todos los rincones a nuestro alrededor.
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Maede

Sentado en la mesa, jugueteaba con la servilleta de papel, transformándola en decenas de animales diferentes. No duraban mucho, las servilletas, son como nosotros, frágiles, y vulnerables a los caprichos. -Vulnerables... - Qué barullo - pensé... - Aquí estoy yo, buscando mi brillo. - Sentado en la mesa, parezco un ser huidizo... - ¿es que acaso estoy esperando algo? Pasó el tiempo de llenar mis libretas con pensamientos. Pasó. Ahora, que tengan vida. Es valentía si, como me dijo Madi, exponer todo lo que se guarda el corazón a miradas furtivas. Ajeno e indiferente a la crítica. Como bien hace Destino en su pequeño y acogedor rincón. Una vida de flores y anacardos. El negro, el blanco, y muchos tonos grisáceos. Destino es valiente. - Tú eres valiente - Me dijiste... - ¿Soy valiente? - Supongo que prefiero pensar que si. Recordé a mi madre de nuevo, hecha una fiera, con la botella rota en la mano y su pelo largo y suelto cayendo, como la melena de un león. Defendiéndome en aquella pelea en el bar, hace muchos años ya, en la que ya me estaban dando una buena... Esgrimió la botella, me soltaron, dió un tajo a uno, a otro, la sangre salpicó sus rostros y los nuestros. Uno corrió, aguantándose el estómago, por si se le caía algo de su estupidez de entre las tripas. Los ojos de mi madre eran la furia personificada. Mi madre a la que nunca veo, en una batalla del pasado, destruyendo al enemigo con sus manos y una botella rota. Parecí verle la armadura, un corto instante... Todos boquiabiertos, nadie osó jamás volver a contrariarla. Mi madre, si era fuerte...ella, es la fuerza de la tormenta. Y el delirio de un mar embravecido. Ellos jamás volvieron. Se fueron a sus cuevas, a lamentarse, lamer sus heridas y llorar su maltrecha virilidad. La virilidad del hombre, que se convierte en la estupidez del hombre las más de las veces. -¿Porqué la recuerdo tanto ultimamente_? será que, hay algo que debo solucionar con ella, para redimirme. Nuestra mente es un caos, un caos de dudas, de temores, vivir es una alegría, y el dolor de vivir a veces, lo torna todo en un pozo sin fondo. Y de pozos, yo entiendo un rato... Entonces, abrí las puertas de nuevo... En la floresta, todo era silencio. Me quité el abrigo, lo doblé cuidadosamente y lo dispuse sobre la hierba verde y húmeda. La tormenta había cesado. Una fina lluvia caía ahora. Esa fina lluvia que me hace cerrar los ojos y dirigir el rostro a las alturas. Así estuve un rato. Con el rostro empapadode agua clara, me concentré. Y alzé muros del suelo, que se agrietó y se rompió expulsando terrones gruesos de barro, como sandías de junio. El suelo comenzó a borbotear, a llenarse de grietas, los robles afloraron. Ramas surgieron de la misma tierra y crecieron ante mis ojos, formando columnas y bóvedas de medio punto. Crecieron y crecieron, aflorando más de la tierra y del barro, la hierba se apartó para dejar que emergieran multiples ramas con las que construiría un edificio, un edificio alto con una bóveda. Las ramas se hicieron más gruesas y se enredaron unas a otras, torciéndose en formas múltiples, recorrían el espacio, en la magia y el encanto del moldeador. Por un momento perdí fuerza, cesaron en su movimiento, comenzaron a tornarse transparente. Cerré los ojos de nuevo, sentí la fina lluvia y el viento incesante y presente de Lavondyss. Recuperé la fuerza creativa. Con mi mano dirigí las ramas, que cada vez más rápidas y finas en las alturas, se torcían para formar los arcos y las columnatas. Rodeaban el retoño del roble con absoluta precisión, que estaba ocupando el lugar, justo bajo la bóveda, que ya se comenzaba a formar, tejiéndose con la rama viva, de los sueños. Tejí y tejí, el sudor bañaba mi rostro, y la fina lluvia me lo limpiaba al momento. Tejí muros y ventanales, tejí arcos y crucetas dobles y triples. Y en el centro, quedaba el roble, salvaguardado y protegido. Se levantaron los muros tejiéndose con ramas finas que brotaban de las que conformaban las columnatas, poco a poco, se entretejieron y formaron un muro sólido que rodeó el edificio. Comenzó a crecer de las altas bóvedas las ramajes que tejerían el techo... -¡No! -dije -Techo no, solo la bóveda... - Quiero ver las estrellas. Las ramas retrocedieron y se fundieron con las de las paredes. Al poco, el tejido de ramas y hojas se homogeneizó, aplanándose para formar roca sólida, el conjunto pasó poco a poco, a vestirse de altos muros empedrados nacidos de la génesis del mito y de la forma del sueño. El poder de la creación. Y allí estaba, el edificio románico. Sin saberlo, era románico de la fase arcáica. Con un estilo aparentemente Lombardo. De piedras antes ramajes ahora tornadas dura roca, escuadrada sin pulir, nada debía ser pulido. cabeceras de semitambor adornado con arquillos y bandas rítmicas. Las bóvedas pétreas de cañón sin cubrir, una nave amplia y elevada lo dominaba todo. Y más que columna, era el pilar el que sostenía las bóvedas. Sin figuras, sin estátuas ni esculturas... Un espacio. El espacio. Dado en forma. La forma y el dominio. El dominio sobre la forma... Tejí toda la noche, con ramas finas, y me atreví con los sauces por vez primera, eso era necesario. Tejí tapiz en las paredes, con figuras aún sin definir, el visitante vería en ellos lo que quisiese ver. Tejí alfombras, y una gran mesa. Sillas algo barrocas, que se tornaron cómodas y acogedoras. Y cientos de elementos que me parecieron apropiados. Llegó el momento de las flores, que brotaron de la madera viva que se tornó en pétrea construcción. Allí, si, allí nacieron flores cerezas, azules, amarillas que se ubicaron en los sitios donde toda buena flor ha de permanecer con la alegría de existir, en sus rincón. De braseros tejidos de sauce brotaron cálidas llamas. Y un servicio se dispuso en la mesa. Me senté en el suelo ahora de piedra sin pulir y con un motivo totalmente céltico. Eso no podía cambiar. Había quedado precioso. Y una voz tras de mí, pequeña, fina, pero grave, llenó el aire... - Mis padres eran la sal de la tierra... - Sonreí, y al volverme los vi a los dos. El pequeño topo, Tom, de unos cinco pies de alto, con su chaquetilla y su sombrero. el paraguas en una mano. Tom, que nació del viento en los sauces. - Hola viejo amigo, -le dije contento. Y ella, de mirada dulce y fuerte. De ojos verdosos oscuros. Con un vestido azul, que le descubría la belleza de sus hombros. Con su fuerza en el aura, veloz y firme. Su mirada profunda. Levantó ligeramente el rostro, elegante y hermosa. Me pareció que captaba el aroma del lugar, el olor de las flores, las ramas, la piedra. En la entrada, parecía una reina, y una reina sería. - Os doy la bienvenida, -dije con suavidad - Te doy la bienvenida, te esperaba con impaciencia ya. - Le dije a ella, mirandola fijamente. - Puedes pasar, mi querida Maede.
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El Espíritu en el Roble

...Fui al círculo de piedras, caminando en la noche, cuando la luna de la cosecha se hallaba baja en el firmamento y el aliento del cuarto invierno se enfriaba en vísperas del día de difuntos. Allí, envuelta en la capa, temblando, durante toda la noche, guardé la vigilia, ayunando; la nieve caía del cielo cuando me levanté para encaminar mis pasos hacia el castillo; pero al abandonar el círculo, mi pie tropezó con una piedra que no se encontraba allí a mi llegada, y, agachando la cabeza, vi una serie de blancas piedras colocadas, al parecer, en un orden premeditado. Me incliné y moví una piedra para formar la secuencia siguiente de números mágicos; las mareas se habían desplazado y ahora estábamos bajo las estrellas invernales. Luego volví a casa, tiritando, para contar la historia de que me había extraviado en las colinas y había dormido en la cabaña vacía de algún pastor. La nieve, que se había acumulado en las laderas de las montañas, me mantuvo encerrada gran parte del invierno; pero sabía que las tormentas iban a amainar y me arriesgaría a visitar el anillo de piedras en el equinoccio de Invierno, sabiendo que las piedras estarían a la vista... la nieve nunca caía dentro de los grandes círculos, e imaginé que ocurriría igual en los pequeños, donde la magia actuaba todavía. Y en el centro mismo del círculo vi un bulto diminuto, un trozo de cuero atado con un tendón. Mis dedos estaban recobrando su antígüa habilidad y no temblaron mientras lo desanudaba y vertía el contenido en la palma de mi mano. Parecían un par de semillas secas, mas eran los diminutos musgos que tan raramente crecían cerca de Avalon. No eran utilizados como alimento y la mayoría de la gente los consideraba venenosos, pues provocaban vómitos, purgaciones y la menstruación; aunque tomados en pequeña cantidad, an ayuno, abrían las puertas de la Visión... era éste un regalo más valioso que el oro. No crecían en esta región y sólo podía imaginarme cuán lejos habían ido los del pequeño pueblo en su busca. Les dejé la comida que traía, carne seca, frutas y un panal, pero no como pago; el presente no tenía precio. Me encerraría en mi cámara el dia del Solsticio de Invierno y buscaría allí la visión a la cual había renunciado. Con las puertas de la Visión abiertas podría atreverme a pretender la presencia de la Diosa, implorándole me permitiera volver a comprometerme con aquello que había traicionado. No temía ser rechazada. Era ella quien me enviaba este regalo para que pudiera buscar su presencia. Y me arrodillé en el suelo dando gracias, sabiendo que mis plegarias habían sido escuchadas y que mi penitencia había concluido. Morgana " Las Nieblas de Avalon"
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