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Una aventura para Dungeons & Dragons 4ª edición. Aventura autoconclusiva de 43 páginas, ¡completa y gratuita!

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Edanna

Dyss mítica

Dyss mítica o "Tierra de Dyss", es un mundo de campaña de mi creación que sirve de entorno para mis aventuras en juegos de fantasía y constituye a su vez el marco de algunos de mis relatos.

El acceso por ahora está restringido, pero en el futuro estará disponible para todo el que quiera curiosear en este entorno.

Edanna

Nueva Lavondyss

Bienvenido a la nueva Lavondyss. Una reestructuración del antiguo blog con nuevos contenidos.

Edanna

"...Y es que aquella niña tan original, jugaba a veces a ser dos personas distintas..."

Alicia en el país de las maravillas: a través del espejo.

Lavondyss: "Regiones míticas"
Por todas las cosas jamás soñadas...

Últimas entradas del BlogEntradas del blog en Lavondyss

2

Feliz año nuevo 2012

Desde Lavondyss y desde el corazón os deseo a todos un feliz año nuevo.

Esperemos que éste sea un año mejor para todos, que los deseos se cumplan y las promesas mantengan el ímpetu necesario para seguir avanzando.

Nos veremos, aquí estaremos. Pues aunque muchas veces tengo momentos tristes, otros en cambio, tengo amapolas...

2

Still alive

5

Anchored

¡Qué bonito!

Lo he visto en "El desván secreto" que sin saber cómo, enlazó aquí.

Misterios de la red.

Anchored HD from lindsey olivares on Vimeo.

1

Journey

Tras un tiempo en otros asuntos vuelvo a mi pequeño refugio para dedicarle el tiempo que se merece.

Y me gustaría hacerlo con algo que me ha impresionado lo suficiente como para darme cuenta de que consiste en la brillante capacidad de hacer poesía en movimiento dentro de un videojuego.

 

4

La espiga

Los días quince, dieciséis y diecisiete llovió sin parar.

Cuando la gente volvió a salir de sus casas un cielo azul asomó más allá de las montañas desde dondequiera que hubiese estado escondido, tras unos días de meditación que no le vinieron mal a unos cuantos, y que pusieron en orden las relaciones conyugales de no precisamente otros pocos; pero menos que los que, más que ordenarlas, las extraviaron.

Pero lo más sorprendente, lo más misterioso, lo más interesante..., fue que cuando salieron de nuevo al exterior, entre aromas de hierba fresca, las hojas de los árboles finalmente habían brotado para la nueva estación.

En tres días un universo euclidiano de esmeraldas como la palma de tu mano revistió la totalidad de las ramas tras unas lluvias de primavera algo erráticas, engarzadas a los troncos con aún humor de otoño, dejando el frío y largo invierno definitivamente atrás, hasta el advenimiento del fin del próximo verano.

espiga-edanna...Tres por cuatro como una pauta de ligero trote es el paso de las estaciones, cabalgando tan rítmico que no conozco hormiga alguna que no guste de seguir el compás. ¿Conoces tú alguna?

En la “AutoRoute 15 Nord”, alguien arrojó por la ventanilla un paquete de cocaína en un claro intento de preservar su supervivencia. Rebotó cuatro veces en la cuneta, entre latas de cerveza con sabor a escarabajos y empapada por los días de lluvia; rodó por el terraplén hasta el borde del arroyuelo donde una pequeña brecha en el plástico convirtió el paquetito infame en un divertido reloj de arena que comenzó a contar el tiempo hasta el final de su agonía.

Por allí pasó un mapache que, intrigado, olisqueó el suave polvillo dándole un toque invernal a su envidiado morro ideado en mejores días de carnaval. Se sintió tan feliz, que salió disparado dejando una humareda tras de sí, bailando al compás de algún carillón lejano que señalaba las dos menos cuarto. Cuando avanzaba a través de un campo de tonalidades expresionistas surgieron algunos incendios que posteriormente se adormecieron cuando al dar las "y diez" de cada hora, cayeron puntuales sus gotas de lluvia.

Cuando llegó al pequeño laguillo que bordea la granja de la familia Lefebvre, se fijó en una oscilante espiga recién nacida toda ella de primavera. Tan sinuosa, tan elegante, una cimbreante criatura de pura belleza que danza junto al otro viento que habrá de acariciar tu rostro alguna tarde, cuando menos te des cuenta, azuzado con el encanto de la misma distinción. Una espiga que retiene su nombre entre las intimidades de su tallo amarillo aún sin ser julio, por los sueños de algunos niños que juegan alrededor de ella bajo la luna.

Bajo la luna..., aquel mapache se enamoró. Alzando la voz, le comentó a unas nubes que pasaban que nada de aquello estaba del todo mal. Que si no era ahora, que fuese para noviembre, y que su traje de etiqueta nuevo de la tintorería para las noches de verano, podía esperar...

Pues... ¿qué prisa hay?, se preguntaba, mientras bailaba siguiendo los ondulantes vaivenes de la nueva compañera en lo que parecía la perspectiva de un prometedor y próspero largo verano.

Noviembre, mi noviembre..., de blanco invierno tendrá la dama que esperar pues, ¡ay! “Quién contemplará ahora las olas bramar, entre la mar centelleante...”

Aquel era un tallo patrón, de cuando la tierra conocía el silencio suficiente para que hablaran las piedras entre sí, escuchándose en paz y sin molestar demasiado a las bandadas de aves migratorias. Tan bien proporcionado y con todas sus aureoladas hojas recibiendo el sol de cada mañana como si fuese cada uno algún preciado secreto que salvaguardar entre los pliegues de un pañuelo bordado de seda.

La seda de la que están confeccionados todos nuestros recuerdos...

A pocas yardas hacia el sur, se recostaba lo que parecía un granero destartalado, de oscuros tablones a modo de paredes y sombrero oxidado de chapa algo despintada ya, por decirlo con cortesía. Dentro, habían pernoctado generaciones de caballos, algunos héroes de guerra con un hatillo como único equipaje, amantes, nobles, plebeyos, ¡y hasta una garza!, que una vez vino a parar aquí aquejada de dolores en las plumas dorsales y se quedó a pasar la noche, aunque sin poder cenar.

Allí fue a parar nuestro protagonista. Un mapache de talante incierto pero con buena voluntad, fue presto a dejarse llevar por la pasión y siempre amante de la más hermosa flor que crezca en un prado bordado en terciopelo.

La espiga, la que crece, la que danza en todos los prados, siempre hay un prado para cada uno de nosotros, aguardando, aguardándote, sí a ti, que no entiendes una sola palabra de lo que te estoy diciendo. Para ti hay también un prado, aguardándote, un lugar mejor. Siempre hay un lugar mejor.

Era cierto, no nos engañaron. No nos mintieron los cuentos. No nos engañaron las leyendas...

Porque Lavondyss... Lavondyss sí, Lavondyss..., existe, sí, existe..., está ahí, en algún lugar, en algún lugar, esperando por ti, esperando por todos nosotros...

Créeme, yo lo he visto... Yo lo he visto, yo he estado allí...

No es más que una cuestión de sacrificio...

...Aún te recuerdo, aún te recuerdo entre mis brazos..., cuando te acunaba para que el sueño se te llevara hasta nuestro nuevo amanecer.

Este cuento sucedió en algún lugar distante. Siente que lo que parece es verdadero si hay palabras que lo describan, y no olvides que en algún lugar, siempre hay un prado esperándote, donde puedes encontrar el sitio perfecto donde poner tu propio mantel, el que bordaste en tus días de junio, para depositar sobre él todos los dones que un día quiso bien regalarte el mundo a tu alrededor.

Yo desperté, todo había sido un sueño...

En algún momento de abril del 2011

5

Interestatal 327

Hay un cruce, a treinta kilómetros. Hacia un lado, el este; hacia el otro, el oeste.

Bordeado de abetos y renacido el manto de esmeralda, desapareció la nieve de este año y vuelven a brotar los nenúfares en todos los estanques hasta el horizonte, allí donde el frío habita durante todo el año.

Una vez quise caminar hasta allí y dejarme llevar...

 

Intimidad... en muchos lugares y como se comenta en tantos otros, ahora “extimidad”, la intimidad se ha hecho pública. La intimidad ya no se conserva, se exhibe.

Por eso creé de una niña que jugaba a ser dos personas diferentes, como hacía la pequeña Alicia, un manto que cubriera mi propio mundo.

Una cámara de aire entre un mundo y otro.

Una forma de protegerme.

Y comencé a reconstruir Lavondyss, con ilusión, con ánimo nuevo de vivir una nueva vida, de dar todo cuanto pensaba le debía a otros y también cuanto me debía a mí.

Pero todos estos meses... Los meses del más constante horror, de la más absoluta desesperación.

Todos estos meses atrás, los peores de toda mi vida, los peores, la más absoluta de las pesadillas.

Y todo en nombre del amor...

Me quebré, me destruí, ardí en llamas, cenizas y devoción por ser cenizas.

Nada más que llanto. Un llanto continuo y despiadado.

Porque esa es la única expresión, despiadado.

Y exhibo mi pena, en este lugar público. ¿Por qué? ¿Por qué?

¿Qué sería un blog sin embargo? ¿No es un diario de vida?

Hoy día un blog es cualquier cosa, ya lo es todo menos un diario. Desde el advenimiento de Facebook, muchas cosas que se hacían en los blogs, se hacen ahora en las redes sociales orquestadas por un sistema.

Migraciones, modas y el llamamiento de que allí está el ambiente son sus principales fuentes de energía.

Pero aún queda el propósito de compartir para aprender. Por el instinto de que compartir la experiencia nos puede ahorrar aprender una y otra vez la misma lección. No se trata de extimidad por afán de exhibirse, aún queda la esperanza de llegar a alguien para compartir y demostrar que existe la pureza de la enseñanza mutua.

Me pregunto si esto puede servir, aún, en la locura de cada día. Si esto le puede servir a alguien que aún crea en los firmes propósitos y en las utopías del conocimiento y de las experiencias compartidas.

Me pregunto si todos pierden la esperanza de una forma tan horrenda y desesperada como yo la he perdido. Sólo me queda este sitio, tras todo cuanto fui y pude haber sido...

Ahora siempre voy por la interestatal, una vieja carretera secundaria por la cual apenas pasa nadie.

Es extraño, es una carretera muy hermosa. Bordeada de bosques, de lagos y estanques. Casas sacadas de los sueños más deliciosos crecen a lo largo de las distancias.

Pero apenas pasa nadie, apenas hay vehículos, ni personas a la vista.

Es un lugar muy hermoso, repleto de rincones mágicos.

Y el viento, el viento entre los árboles. Siempre presente, siempre testigo de la templanza que habita en un reino propio, allí donde brota la dignidad y nace para el mundo.

Destruí mi dignidad en el nombre del amor. Destruí mi pureza y toda mi templanza. Siempre en el nombre del amor. Por tanto, tuve que ir a buscarla por los viejos caminos del mundo.

El amor, que todo lo construye y que a su vez deja arrasados todos los paisajes si se vuelve caprichoso y estalla de furia.
Es la fuerza que construye y que tras ella, no queda más que destrucción.

Todo cambia después, ya nada es igual. Hay que hacerlo todo desde el principio, todo nuevamente. Poco se puede aprovechar.

Recuperar la dignidad significa volver a renacer para ser otra persona, una persona nueva, lo anterior queda aniquilado. Aniquilado de tristeza, pena y desesperación.

Ahora tengo que acudir a mi propio sitio para recordar quién era. Aquí, donde deposité un poco de mí, un trozo que me sirva de patrón y con el cual pueda reconstruirme.

Resultó útil, sirvió de algo. Me ayudó a pensar, a reflexionar en voz alta, transformando sonidos en palabras. Pero hay muchas cosas que se han perdido. No tengo patrones que me permitan reconstruirlo todo.

Puede que estén diseminados por el resto de este vasto mundo digital de conocimiento. Puede que tenga que realizar un largo peregrinaje por cada rincón, para buscar todo lo que fui, lo que pude ser, lo que puede haber sido, lo que seré.

Puede que tenga que aprender de todos los demás, de todos vosotros. Pues de eso se trata, de vivir interconectados en una amplia red de experiencias con el fin de trascender.

Y alcanzar un día las estrellas, quizás, sólo quizás. Habitar allí, hasta el fin de los días.

En soledad.

4

La tierra que lleva tu nombre

Antaño comencé a recorrer la tierra que se ve a sí misma como aquel lugar que sin un nombre, es capaz de designarse cada tarde con mil acertijos diferentes.

LunaEs una tierra que se pone a sí misma sus nombres según su propio capricho. Lugares remotos que van y que vienen, emergiendo, desvaneciéndose.

Si miras los mapas, cada cierto tiempo alcanzarás a apreciar que, de forma súbita, los calificativos de ríos, mares, montañas, valles y ensenadas se agitan, alterando su apodo, desapareciendo, para poco después reaparecer con otra designación que considere más apropiada algo, o alguien, que desde luego no va a resultar ser el lector que, entre curioso y asombrado, contempla los bamboleantes vaivenes de un mapa caprichoso.

De un mapa que respira.

No recuerdo cual fue el primero de entre nosotros que puso su pie en ella, en esa tierra quiero decir. No recuerdo cuando cayó la primera gota de lluvia, retumbó el primer trueno, ni centelleó el primer relámpago; no recuerdo.

No recuerdo cuando se deslizó la primera bruma de madrugada, ni susurró la primera brisa que me trajo tu nombre desde muy lejos. Aquella sí, la que me trajo tu nombre por vez primera.

Y eso que desde entonces, yo ya estaba allí.

Allí había unas viejas ruinas donde me senté a respirar, tarareando despacito ésta nuestra brisa nocturna, bajo el deseo de todo tu cielo estrellado; pues es una tierra que de mil formas diferentes, cada segundo, cambia a su antojo. Es mi tierra, a la que yo le puse su nombre secreto. Ese, que sólo tú conoces.

Ese desorden, todo ese desorden..., ¡qué delicia...!

Toda esa sutileza que de impaciente gentileza, desquicia..., arremete en las estancias, colocando de mil maneras éstas y otras muchas cosas.

Tantas..., incontables y perpetuas.

No tuve reparos en decirle a todos los minutos de la tarde que aguardaran a tu llegada, y ellos, galanes, esperaron por ti para la cena.

Había fresas como melones y melones como lunas de mayo. Una mesa grande con teteras; las que guardas en nuestra alacena hecha a mano. La amarilla, la amarilla para el jueves, y la rosada para los sábados, acompañadas de la risa de todos los tuyos. Había una que fue especialmente diseñada para el que construye quimeras y diseña, entretejiendo los sueños. Me la regalaste tú, mientras tocaba el piano para ti. La profesión de hacedora de relatos que transporten a los soñadores al país de las maravillas. Al mío, al nuestro, al único. El lugar singular donde nacen todos los cuentos. El lugar de honor del rey del sueño.

¿Pues es que hay acaso mejor ocupación sobre este mundo?

Entretejer quimeras, ¡qué grande es la fortuna! Volvería  a nacer por ti mientras bailo hasta caer exhausta, por escuchar el suspiro de alivio de saberte ya en casa. Cada sábado, cuando traes el azúcar y el café mientras vitorean, los del fondo, dándote las gracias. Las galletas de sabor a añil, a azul y canela, con sabor a reloj redondo de manecillas y sonoros tic tac. Con olor a jazmines y a delicadeza. La de tus manos, la de las mías, la de todos los tuyos que una vez rieron al contemplar tus ojos. Tan felices, tan lejanos. Moribundos por el tiempo que endulza los recuerdos.

Hay un terrón de azúcar para cada uno aguardándoles en el mundo. Uno por cada día que lo intercambiaron por hacer feliz a otro, en aquel, nuestro cuento, nuestro país de las maravillas.

El único que vale la pena. Por el que vale la pena luchar, y sufrir, si es necesario.

Llegué tarde para jugar con caballitos de madera; pero una noche, sobre el hielo del lago, los vi canturrear despacito, galopando en tres por cuatro al compás del viento entre los árboles. Allí te vi una vez, en silencio, caminando junto a todos. Fueron ellos quienes me rescataron, consintiéndome la oportunidad de volver a curiosear la noche siguiente para poder recorrer sola los campos, mientras pise por la hierba fresca llena de rocío que empape mi vestido bajo la noche estrellada.

El silencio de la noche en aquellos fríos momentos fue tan amargo..., algo se quiebra, cruje rugiendo desesperado por una templanza que se desvanece antes de recordar que existe siquiera esa palabra. Contrapuesto a todo lo dulce que tiene un momento, con una luna blanca reflejada en la noche luminosa, tejiendo madejas de luz distante que alejaban la oscuridad.
Por un momento no sabía que decir, rodeada de tanta belleza. La noche luminosa, blanca por la nieve y los haces de luz dorada de plenilunio. Aquella, donde las luces de la ciudad antigua se fundieron con las tenues luciérnagas que bailaron aquella noche sobre el lago, sobre aquel lago, fundiéndose bajo las lágrimas de marzo.

Lágrimas de marzo, que fueron las más amargas que recuerdo; las que cayeron fundiendo la nieve, quebraron el hielo del lago partiendo su alma hasta el mes de abril, hasta el borde del mundo. Allí donde las aguas caen silenciosas hacia el firmamento, hacia el deseo de éste, nuestro cielo estrellado, éste, nuestro mayor deseo.

Aquel firmamento que resplandece, llora, canta y se somete. Ahora iluminado en mi recuerdo por las luces de la ciudad antigua, la de calles pétreas, la de los pequeños árboles yaciendo sobre los tejados, bebiendo de la risa de los más pequeños, y de sus sueños...

Esos tejados, donde mis gatos cazan cuentos y los depositan en la cesta que tejiste aquella primavera, aquella, la que hiciste para atrapar sueños.

Allí nos sentábamos, a contemplar las luces de las casas bajas, los tejados en noviembre, las puertas y ventanas, las luces de la ciudad bajo una luna que ilumina por igual todos los rincones, por igual; jugando al escondite aquí, y llenando de paz el lago que tan lejos queda de la puerta de tu casa. Uno donde caballitos galopan, al compás de tres por cuatro, bajo mi atenta mirada. Bajo la tuya que danza, bajo la luna, en la ciudad donde resuena la música lejana. La ciudad donde siempre se respira el aroma de las noches antiguas. Aromas antiguos, como los de aquella noche.

Pues nunca estuvo la ciudad tan hermosa, como aquella noche.

 

Edanna, abril de 2011

5

Necesidades

Cuando a mi amiga Ana se enteró de que la pulsera de “Tous” tenía que ser comprada en un establecimiento autorizado, no dudó en coger su iPod, algunas gominolas y ponerse cómoda delante de las puertas de uno de los locales de la firma que hacía poco había sido abierto en un centro comercial de la localidad. Tras deleitarse y sufrir al mismo tiempo unas tres largas horas de cola, finalmente pudo adquirir la tan preciada joya. Una pequeña pulsera que de no ser por la forma de su osito característico no se diferenciaría demasiado de los miles de toneladas de bisutería que está disponible en cualquier rincón, lista para el consumidor. Ella no quería una pulsera, de esas tiene decenas, me atrevo a decir que centenares. No. Ana lo que quería era la marca, la firma, “el brand”. El objeto que tiene significado implícito. La poderosa simbología que marca la Tous colgantemoda y que se diferencia porque lleva una bandera. Ahora la forma pende de su muñeca, comunicando a otros su propio significado, para quién esté dispuesto a escuchar.

Estamos inmersos en la estructura capitalista. La elegimos nosotros. Aparentemente funciona porque nos da lo que queremos y actúa como si supiésemos qué es lo que queremos.

Se defiende la estructura del capitalismo porque creemos que aunque no es perfecta, permite al ser humano igualdad de condiciones para llegar a la cima. Y aunque esto sabemos que no es cierto, al menos nos consuela pensar que si no lo conseguimos no ha sido más que por una cuestión de mala suerte.

Pero para que ese inmenso edificio capitalista que forma la base de la sociedad moderna funcione, precisa de la publicidad. La publicidad, que en un principio se contentaba con informar y mantenernos informados acerca del abanico de posibilidades disponible a nuestra elección, de recordarnos aquello que podemos elegir, se ha convertido en algo más perverso y sofisticado. La publicidad en su lugar, apela ahora a nuestros sentimientos y actitudes.

La publicidad de nuestros días no vende las características técnicas o las especificaciones de un producto concreto pues, en un mercado sobresaturado, las cualidades de un producto no se diferencian de las cualidades de muchos otros. ¿Cómo va a publicitar algo que sabemos que ya nos han estado vendiendo los demás? La publicidad necesita establecer otra estrategia.

El mensaje publicitario está orientado a vendernos no tan sólo sus mercancías sino que también pretende vendernos su propio mensaje. La publicidad ahora nos vende imagen, nos vende símbolos. El mensaje publicitario nos vende sentimientos, modelos de vida, sueños, ilusiones, diferenciación, realización. Los seres que viven inmersos en el mundo del consumo no sólo consumen productos y mercancías, también consumen mensajes, consumen hechos culturales. Consumimos cultura además de mercancías.

La publicidad nos vende publicidad.

Se trata de una herramienta comunicativa que permite que se perpetúe la realidad social en torno al sistema capitalista. Para que el mundo de consumo que hemos creado exista, precisa de la publicidad. La publicidad es el perro fiel del sistema de consumo. Ésta, mediante su discurso y en interacción con los medios de comunicación, promueve el consumo fugaz de acuerdo con la herramienta atroz de las modas, que facilitan la variación continua de diferentes modelos, productos, servicios, ideas, sentimientos y símbolos.

Por supuesto que la publicidad crea necesidades en nosotros. Y aunque seamos capaces de discriminarla y atenderla con ojo crítico, somos bombardeados por ella en todo momento, a todas horas, en todas partes y sin descanso. La publicidad cuando funciona nos deshumaniza, arrebatándonos la substancia que nos hace únicos e influyendo en nuestra toma de decisiones, pues los productos son ahora asociados por la publicidad con modelos de vida, reflejos de un estilo de ser y de pensar que si en nuestra consciencia nos resultan atractivos, despiertan nuestra necesidad de poseer el objeto o servicio de consumo tras una pequeña chispa de felicidad y realización.

El sentido y el objetivo de la publicidad es ese. Influir en nosotros y en nuestras actitudes, crear necesidad apelando a nuestros sentimientos. Una emoción fuerte transmitida por medio del mensaje publicitario se fija en nuestra memoria, y nuestra actitud, aunque queramos creer que siempre libre en el último momento, queda ya condicionada de alguna forma, en mayor o menor medida, para tener en cuenta la información que ese mensaje publicitario emotivo transmitió a nuestra consciencia.

La publicidad no sólo ha transformado la percepción de nuestro mundo, ha modificado nuestra forma de vivir, asociando la realidad a los productos que nos transmite la publicidad. Construimos parte del mundo a nuestro alrededor a través de lo que percibimos y no hay duda de que la publicidad nos transmite muchísima de toda la información que devoramos día a día, construyendo nuestra realidad.

La marca de un coche determinado nos hace sentir elegancia, seriedad y éxito. Su carrocería, potencia y prestaciones son lo de menos. Viene a ser las mismas que las de cualquier otro así que ¿para qué especificarlas? No queremos caballos de potencia ni frenos de seguridad, queremos que los que nos vean con el coche sientan que somos de una forma determinada. Es la realización del individuo hacia la que se dirige la publicidad, convenciéndonos de que puede darnos cuanto anhelamos en una cada vez más espiral de insatisfacción.

El poderoso reclamo al que apela la publicidad es lo más profundo de nuestra consciencia. Nuestras emociones son las que en realidad mueven nuestro mundo cada día más que nuestros músculos. La publicidad se sube a lomos de los medios de comunicación para enseñar todo cuanto tiene que ofrecer. Los medios son su escaparate y la tribuna desde la cual emite su discurso. Exhibiendo sus contenidos, la sociedad capitalista tiene a la publicidad como un recurso financiero imprescindible.

Por tanto, es la publicidad la que sustenta al sistema capitalista al permitirle mantener ese ritmo vertiginoso de consumo continuo, sin la cual, una estructura así se haría añicos. Si bien tenemos la última palabra, el perro fiel del sistema de consumo nos deleita con todo aquello que podemos obtener y a lo que podemos aspirar. Ese es su objetivo y para ello ha evolucionado hasta convertirse en uno de los elementos de la comunicación más sofisticados que existen. Se entregan premios a la creatividad publicitaria, a veces olvidando incluso el producto objetivo para el que fue creada. Ya está sucediendo que la propia publicidad se ha convertido en una bestia de feria que mostrar ante el asombrado público, llegando el producto a quedar a oscuras pues los propios creadores publicitarios olvidaron dirigir un foco hacia éste.
En un acto de increíble hedonismo, hemos creado la necesidad de “necesidad de la publicidad”. La mismísima publicidad ya está en venta, publicitándose. Y creando la necesidad de tenerla cerca.

El mundo de mi amiga Ana se vio transformado desde que algo relacionado con las pulseras “Tous” quedó grabado en su psique, convenciéndola de que llevar la pulsera la haría parecer más divertida, graciosa y elegante. La pulsera era lo de menos, el mensaje publicitario especifica que llevarla es actitud de alegría ante la vida y un regreso a la adolescencia. Y a pesar de que ella considera que esto no es más que publicidad, la verdad última de los hechos es tal que podría resultar graciosa de no ser porque me resulta hasta trágica. La verdad sobre todo esto es que si la manera de demostrar una actitud ante la vida con la que ella está de acuerdo es llevando la pulsera, ha necesitado del objeto de consumo para querer enviar su mensaje a los demás. Su actitud cambió desde el momento en que la publicidad le mostró que podía llevarla y que era buena idea mostrar un símbolo que al lucirlo transmite una idea. A ella le pareció una estrategia atractiva y corrió a comprar el producto.

Desde ese momento la realidad de su vida cambió, así como su percepción del mundo, afectando a sus actitudes. Si la publicidad no creó una necesidad en este caso, como en tantos otros, deberíamos entonces replantear toda la teoría de la comunicación y del mensaje publicitario pues, el éxito de su propósito en este caso fue absoluto.

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