Las Lágrimas del Ciervo
Los silenciosos cascos de Niñoroto, apenas se escuchaban a quince pasos. El viejo ciervo avanzaba silencioso, delante de nosotros. De vez en cuando giraba la cabeza buscándonos, expectante, paciente y sereno. Unos fijos ojos negros y relucientes te miraban en la corta distancia. Siempre con ese aire triste y melancólico. Unos ojos negros apenas visiblemente llorosos e inmensamente intensos, que taladraban con la mirada hasta los recónditos escondrijos del alma más protegida.