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Tag: viaje

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Se llevaron la boya

Once de la noche. Suena el teléfono y me cuentan que tengo que cruzar el charco por la mañana. Vuelco el cajón de las salidas intempestivas dentro de mi maleta a prueba de balas, le pongo un lacito para disimular —siempre azul—, hago una siesta simbólica a lo “élfico” y me enchufo los Corn-flakes cuando ya comienza a clarear la mañana. Hago los arreglos para dejarlo todo atado en mi ausencia. Me pregunto mientras tanto dónde habré dejado mi paraguas azul, el que perdí hace ya mucho tiempo y que nunca he vuelto a encontrar. Soy consciente de que, una vez más, hoy tampoco lo encontraré.

Canta un gallo algo acatarrado en el granero de la granja vecina. Sus vacas ya se han despertado y comienzan a aclararse la voz llamando con exigencia a quien sea que las ordeñe. Veo a través de la ventana de la cocina que la familia de mapaches que han establecido su propia república personal en el cuarto de los trastos se han corrido una juerga otra vez con el bidón de la basura.  Pero hoy hay también dos ciervos comiendo del manzano al otro lado de la valla. Uno me mira durante un buen rato. Siento ganas de irme con él, pero no hay tiempo. Confío en que otros puedan encargarse del desastre que han causado mis pequeños “Okupas”. Aquí dicen que cuando un ciervo te mira directamente a los ojos es que te va a suceder algo bueno.

Algo más de una hora después, en el aeropuerto, no pierdo el avión de milagro; con tan buena suerte que por una serie de afortunadas circunstancias puedo ir en primera por todo el morro. A veces pasa si llegas tarde, han vendido tu puesto los muy sinvergüenzas, y hay algún ricacho al que se le han pegado las sábanas. Lo de llegar tarde es un gran riesgo pues te quedas en tierra sin contemplaciones. Existen muchos trucos que aprendí de tener una hermana azafata que me consigue pases de vuelo (porque si no sería imposible).

hombre de hojasEsto sólo sucede unas pocas veces y no hay nada mejor para poder pasar lo mejor posible las largas horas que dura el vuelo. Aún me da tiempo de comprobar en mi cochambroso portátil —al que ya se le caen los tornillos— si hoy tampoco se me ha llenado la página web de spam y de gamberradas cibernéticas. La última entrada es de algo más de un mes. Siento una punzada de dolor por ese vacío silencioso. Han sido semanas de mucho trabajo y como dije en esa misma última entrada, ando en otras cosas. Pero hay siempre detrás cierto compromiso personal, y el sentimiento es similar a cuando la montañas de platos en el fregadero está a punto de tomar la temperatura del techo.

En el avión conozco a un jugador profesional de Hockey que se interesa por lo que estoy leyendo. Obviamente, viaja en primera. Llevo conmigo “Los guerreros de dios” de Andrezej Sapkowski, y para cuando me canso de tanta guerra Husita y de sinvergüenzas históricos el Fate System Toolkit. Por no hablar de todo lo que llevo en el portátil, entre ellos el nuevo “Walküre” del que aprovecho para comentar que me asombra la larga lista de equipo que trae. Impresionante. Es que lo del equipo es una de mis manías, me encantan las listas de equipo. Desde un tanque hasta un sacacorchos. En fin...

Para mí lo de poder hacer “Switch” entre uno y otro libro es indispensable. Muy pocas veces leo en la pantalla de cualquier cacharro electrónico y prefiero tener algo a mano con lo que poder taparme los ojos cuando hecho la siesta. Viendo a todo el mundo absorto en sus pantallitas me doy cuenta de que me he quedado en la edad del bronce. Debe ser que me gusta aquella época porque mis preocupaciones se me pasan enseguida.

El pobre hombre no entiende nada de lo que le estoy diciendo sobre los juegos. Acerca del libro de las guerras Husitas el tipo no sabe ni dónde está Praga; ciudad de mis amores y con la que a veces sueño, pues la tengo tan llena de hermosos recuerdos. Para él todo cuanto significa el concepto “jugar” consiste en tratar de arrancarle los brazos al contrincante cuando sueltan el stick, se quitan el casco y los guantes y se lían a puñetazos durante los 30 segundos “reglamentarios” que les concede el árbitro. A lo Chewbacca vamos. No obstante es un hombre interesante y consigo aprender unas cuantas cosas, por lo que mis libros tendrán que esperar. Escuchándole se me ocurre una forma de aprovechar los “éxitos” que salen en los dados para un nuevo juego al que llevo ya más de dos meses dándole vueltas. ¡Eureka! me digo en silencioso regocijo mientras él sigue hablando de sus cosas...

Me encargo de mis asuntos y un día más tarde decido ir a ver a mi familia, por lo que “quemo” uno de mis últimos pases de vuelo. El vuelo que va a España desde Dublín va cargadito de irlandeses. Todos borrachos como piojos. Cuando se terminan de beber cuanto hay en venta continúan con el líquido de frenos y exigen jarras repletas de fuel de alto octanaje. Ponen música “tunga-tunga” en sus “foolphones” y montan un pollo en el pasillo del avión. Para aliviar la disonancia cognitiva intento imaginármelos como antiguos guerreros celtas, con sus torques y sus feroces lanzas llenas de dientes. Pero por más que me esfuerzo no lo consigo. “Debe ser por los piercing en la nariz y todos esos tatuajes dedicados a su madre y a Shakira, que me desconcentran”, me digo...

Cuando la azafata les canta las cuarenta ellos la toman por la palabra, acompañándola y  ya prosiguen ellos solitos, juntos al compás, saltando desde las decenas hasta las unidades de millón. Cuando se termina aquel infierno me dice un señor muy amable que va a mi lado: “es mejor tomar los vuelos nocturnos. Ahí al menos lo único que escuchas son sus ronquidos...” —Bien —pienso siempre con optimismo—. Nada que no se solucione con unos buenos auriculares...

Al llegar a la isla un señor muy simpático con acento canarión me detiene para venderme dos cupones de la Once. ¡Ay! La Once... A ver si esta vez sí que puedo pagar mis deudas. Se los compro y me siento tan a gusto que me quedo charlando con él más de veinte minutos. Abre asombrado sus viejos ojos grises cuando le cuento de donde vengo, mostrando una mirada entre nostálgica y soñadora. Le muestro una foto de mi hija y me felicita. Saco una tirada de perspicacia con éxito. Sé que me dice la verdad porque te mira a los ojos fijamente mientras pronuncia cada sílaba.

Una vez más siento algo que ya sospechaba. En las islas, y por extensión, en España, la gente no está nada bien económicamente, pero yo no sé por qué siempre tengo la sensación de que en nuestro país las personas son más felices. Lo voy corroborando los días siguientes, mientras me dedico a hacer largos paseos por la hermosa ciudad donde me crié. Una ciudad declarada patrimonio de la humanidad.

Allí visito a mis amigos de las tiendas “frikis”. A veces se “quejan” de que en una ciudad tan pequeña hay demasiadas tiendas y les comento lo que yo pienso; que en realidad se benefician los unos a los otros pues todos juntos crean un colectivo y una afición. Algo así como sucede cuando una calle se llena de cafeterías, que se convierte en zona de ocio. En la tienda donde conservo más amistad hablo con sus dueños. Enseguida quedamos para una partida. Mientras están ocupados atendiendo a sus clientes contemplo con nostalgia a las chicas y chicos jugando en las mesas. Principalmente a juegos de cartas  y juegos de figuras como suele ser tan común en todas partes. Juegan en las mesas, en el suelo, en las escaleras que dan acceso a la tienda. Un lugar dentro de un pequeño túnel de centros comerciales, por lo que es cómodo y lejos de la calle. Ya las chicas están plenamente integradas y comparten con sus amigos el hobby. Unos juegan a ese de las navecitas de Starwars, que son tan bonitas. Compro un pequeño peluche “friki” para mi hija. Se unirá al que tiene ya de ChibiCthulhu. Uso mi lectura ultrarrápida para ojear unas decenas de mangas. Compro lo nuevo de “El Anillo Único”, uno de mis juegos favoritos, y una novela en formato bolsillo de Larry Niven. Había perdido mi ejemplar de Mundo Anillo hace ya mucho tiempo y creo que ya es hora de recuperarlo. En seguida me pongo a charlar con algunos clientes a los que no conozco de nada pero..., es que, aquí es tan fácil hablar con los desconocidos... Paso la tarde..., el tiempo vuela...

Da la casualidad de que ese mismo fin de semana es la feria del libro. Mis amigos están preocupados porque no pueden atender el puesto durante la feria por lo que enseguida me ofrezco a ayudarles. Esos días me dedico a atender el puesto, entre montones de cómics, merchandising, libros y camisetas. Cuando no hay gente me leo muchos comics de Mouse Guard que no me puedo permitir, por no hablar de muchos otros que tenía pendientes. Cuando llega el momento de cerrar me quedo en el puesto y sigo leyendo. El guarda de seguridad me pregunta algo divertido si no me voy a comer. Le sonrío y le digo que no, que ya he almorzado... Cuando estoy leyendo me olvido hasta de comer. Había olvidado que aquí a mediodía las tiendas cierran. ¿Cómo había podido olvidar algo así? Suspiro de felicidad. No tengo hambre, quiero leer. Llegan las cuatro y media y es hora de abrir de nuevo.

Disfruto muchísimo con aquello. El dueño de la tienda está muy contento y me regala el juego DIXIT, un juego muy interesante concebido para ser creativo y contar historias. Me leo las instrucciones en 10 minutos. Estoy deseando probarlo.

Se me da bien tratar con la gente..., siempre se me ha dado bien. Consigo vender muchas cosas, hablo con la gente, me encuentro con viejos amigos. Resultan muy fáciles de encontrar en una ciudad tan pequeña, y más si te dedicas a una actividad como esa en una feria a la que asiste tanta gente. Uno de ellos es un periodista del periódico más antiguo de las islas, el Diario de Avisos. Charlamos un buen rato. Hace unos meses había leído un artículo suyo que me había hecho mucha gracia. En él comentaba que la cosa estaba tan mal en las islas que se habían llevado hasta una boya cargadita hasta los topes de material científico y sistemas electrónicos. Con sus lucecitas y su campanita. Una que habían colocado en el lugar de la erupción del volcán submarino en las costas de la Isla del Hierro. Se lo comento y me contesta entre risas: “Se levantaron la boya”, (como se dice en las islas). Llegaron unos en una barca y la robaron. Nada se salva, ni el cobre, ni las tapas de las alcantarillas, las puertas metálicas o los transformadores y los paneles eléctricos. También se arrambla hasta con las boyas del puerto para venderlas como chatarra. Se sigue con el mobiliario urbano. Los bancos, las papeleras y hasta algunas farolas pequeñas de las que se ven en los jardines públicos. Se lo llevan todo.

Me quedo mirándole entre una sonrisa y un pensamiento. ¿Cuánto se podrá sacar por el metal? Sin contar el material científico y los aparatos electrónicos tengo entendido que el kilo de cobre está a 6 euros...

En el puesto de la feria, como es normal, ves a muchos como sufren porque no les llega para comprarse ese manga, ese comic europeo, de superhéroes o esa camiseta. Aquello que los hace felices. Un hobby bastante barato por cierto. Siempre he pensado que el precio de un juego de rol no es nada si lo comparamos con las enormes horas de diversión que pueden dar a cambio. Algunos juegos y novelas incluso pueden llegar a cambiarte la vida. Es más, mucho lo han hecho. Pero aún así, no llega, no llega. Es que nunca llega el dinero. Pero sigue siendo una actividad tan barata..., porque básicamente consiste en... ¡comprar unos libros!

Hablando estos días con otro amigo me dice que muchos de sus alumnos no son capaces ni de pagar los derechos de examen para acceder a la universidad, y que el grupo de profesores del instituto había acordado ayudar por su cuenta a algunos de los chicos.

Siento un regusto amargo. Hace unas semanas mis vecinos se quejaban de que querían cambiar de yate porque el que tenían se había quedado obsoleto. Al final cambiaron de idea, y para quitarse el mal sabor del capricho insatisfecho decidieron cambiar de coche. Uno amarillo descapotable, con un montón de caballos, lleno de botoncitos, lucecitas y cosas que hacen “ping”. El tipo de coche que en ese país sólo se puede conducir durante tres meses al año porque el resto te congelas. No es que yo viva en un lugar de ricachones pero la gente se puede permitir muchos caprichos. Comprarse muchos juguetes. Juguetes caros. Se pelean por un metro de más o de menos de su jardín. En una comunidad de treinta casas es frecuente que no se hablen entre ellos y que muchas veces sólo traten entre las familias de una o dos de ellas.

En realidad nuestra casa allí es de entre las más modestas. Es una casita de campo y un terreno, y yo siento que tengo mucha suerte. Yo perdí la casa que tenía en España, y he tenido que aprender a vivir con eso. Pero bueno, siempre me quedará mi acordeón...

Pasan los días. Me encuentro a mis amigos, que me hablan de las oposiciones que llevan intentando sacar desde hace dos..., cuatro años e incluso más. Uno me dice orgulloso que tras cinco años por fin quedó entre los quinientos mejores... Con un poco de suerte y si se apiadan de él podrá cumplir su sueño de ser funcionario. Yo lo entiendo. También tuve una vez un sueldo fijo. Pero también sé, como muchos saben, que ese no es el camino para este país. Nada que no sepa nadie que entienda medianamente de economía.

En la feria me encuentro con otro viejo amigo. El ejemplo más claro y la razón convincente de por qué casi todos prefieren dedicarse a estudiar oposiciones. Un emprendedor que se arruinó de tal forma que ahora tendrá que devolver la deuda el resto de su vida. Más de medio millón de euros. Para que no le embarguen una casa ha tenido que ponerla a nombre de otra persona. Los bancos le han perdonado hasta ahora porque, ya que su madre cobra una buena pensión, ésta le da a su hijo más de la mitad para ir pagando la deuda, quedándose con lo mínimo para cubrir sus gastos.

Harto, decidió marcharse a Noruega. En un banco de allí deposita algunos ahorros con los que poder vivir y así poder evitar el embargo. Aquí aún nadie quiere saber del valor y significado de un préstamo a fondo perdido. Porque conocerlo se conoce, pero también se hace un esfuerzo por olvidarlo lo antes posible.
En lugar de tratar de escapar y olvidarse de sus “responsabilidades”, mi amigo trata de hacer algo de dinero y descargar así algo de su deuda. En la feria presenta un libro que ha escrito: “20 consejos de un empresario arruinado”. Hoy los ha vendido todos. Había traído 30 libros y se los han comprado. Me invita a un café para celebrarlo. Debido a la emoción ante una actitud tan positiva y constructiva le felicito y le doy un largo abrazo. Éste se prolonga muchos segundos. Qué suerte tengo de conocer personas que tengan tanto que enseñarme. “Yo soy feliz escribiendo” —me dice—. “No necesito nada más.” Yo le comprendo muy bien, pero que muy bien.

—“¿Verdad que sí?”, le contesto.

Y entonces es cuando me acuerdo de Virginia, que es siempre tan feliz dibujando... Recuerdo cuando estaba con el grupo de teatro..., cuando filmamos aquellos cortos de cine o incluso cuando llegué a participar en unos largometrajes... No se trataba de dinero porque nunca ganamos nada.  
Porque no hay más magia en el mundo que la del poder de la creatividad.

Resulta extraño como llegas a acostumbrarte tan pronto de las cosas. Tanto que el pasado se comienza a convertir en un extraño sueño que dudas haber vivido alguna vez. Se convierte en un borrón si sólo te enfocas en el ahora.

Anteayer jugué otra partida de rol. Ayer paseamos por el bosque unos amigos y yo. Hablamos de series y de todas nuestras cosas “frikis”. Les hablé de mis proyectos y del sistema que estamos intentando crear. Si no se los hubiera comentado no me habría dado cuenta de un pequeño error que no había visto ya que uno de ellos es matemático especializado en estadística. Fue una tarde estupenda. Olvidé por completo que tengo una vida en otra parte.

Hoy volví a pasear por mi vieja ciudad. Me siento en las mesitas de un viejo bar y enseguida la dueña se pone a hablar conmigo. Me invita a una copa de vino, abro el periódico y leo la columna de mi amigo el periodista. Esta vez le da caña a la casa real. La columna es siempre muy divertida.

Me lo vuelvo a repetir. A pesar de que algunos tengan que robar las boyas que flotan en el mar, algunas cargaditas hasta los topes de material científico, yo siempre tengo la sensación de que la gente aquí es más feliz. De que en España la gente sabe disfrutar mejor de la vida. Soy consciente de que a muchos esto les pueda resultar discutible, pero obviamente, yo estoy hablando sólo de mis sensaciones.

Entonces abro mi viejo portátil y recibo entre mi correo una buena noticia. La editorial va a anunciar estos próximos días la publicación de mi juego. Ya es oficial. Me da mucha alegría. Pienso en el grupo de creación que llevamos un tiempo tratando de consolidar. Me emociona pensar en los próximos proyectos.

Tendré que hablar pronto de ello en el blog en una próxima entrada, me digo en voz baja. Y sonrío, porque de repente me acuerdo de aquel ciervo que vi al otro lado de la ventana...

Edanna
13 de junio de 2014

Edanna, sello personal

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Lugares antiguos

Las aguas de muchos ríos confluyen en la ciudad de piedra que no es piedra. Uno de tantos lugares antiguos, que se levantan con la osadía de la ingenuidad y del deseo de existir. La fortaleza de los mil escondrijos le decían algunos la última vez que la visité, y eso, fue hace ya mucho tiempo.

Llegamos al crepúsculo, cuando ya estaban cerrando las puertas de la ciudad-fortaleza. Un agujero de civilización en medio de valles y montañas, de vientos gélidos que se clavan eficazmente en cada hueso de mi cuerpo. Los guardias de la puerta me reconocieron, pero no dijeron nada, tan solo un leve movimiento de la cabeza me indicaba que podíamos pasar a través del arco semiderruido.

Me sacudí algunas agujas de pino prendidas en la capa de lana a lo largo de la jornada. Casi me daba lástima abandonarlas en aquel suelo entre piedras y fango, desechos de animales y de seres civilizados. El olor, como no, no se hizo esperar. Suspirando lo acepté, una vez más. El olor inconfundible de los elegidos de los dioses, por lo visto.

Caerdwen, la solitaria. Caerdwen, la de los mil escondrijos, la de las diez mil ratoneras, ante mí la larga pendiente empedrada. Las casas amontonadas una sobre otra, en peligrosas y osadas formas. ¿Acogedor? Puede ser, si todo tu equipaje estrujado alberga un par de barreños de agua, probablemente sí que se trate de un lugar acogedor.

Pero en mi interior siento que realmente, me da lo mismo. La propia aceptación me sorprende. La aceptación pienso, es tirana. Te condena a un cierto tipo de destierro, que no te queda más remedio que aceptar humildemente, o a regañadientes. Según qué día y qué momento.

La larga pendiente gira en un recorrido que nos lleva hasta las partes altas de la antigua fortaleza amurallada, hoy aprovechada por los refugiados de la zona y que en la actualidad, son los habitantes del asentamiento. Casas y casas se han apilado, aprovechando cada resquicio, cada palmo de pared, suelo, basamento, muralla y conjunto de escalones. La gente aprovecha las migajas de una ruina, y lo convierten en un nuevo hogar. Me sorprende la capacidad de aprovechar cualquier oportuno espacio para construir un refugio en el que malviven de entre cuatro a catorce personas. No me parece mal, la verdad. Es el deseo de sobrevivir lo que da el coraje de ciertas decisiones y la valentía para aceptar lo que puedes conseguir y aprovecharlo.

Sobrevivir, pienso. Sobrevivir a toda costa. Si alguien me volviera a preguntar ¿Cuál es el sentido de la vida? Creo que ya no tendría tanta paciencia. Me limitaría a mostrarle lo que se encuentra a mi alrededor, tan solo me molestaría en responder: sobrevivir.

La gente en Caerdwen es pobre. Muy pobre. Aprovechan lo que les da una tierra fría entre las montañas. Se cobijan en una vieja fortaleza que han convertido en pequeño refugio, punto de encuentro, lugar de comercio, ciudad en algunos aspectos. Un asentamiento extraño verdaderamente. Y a su vez, tan triste. La tristeza es como la herrumbre. Lo cubre todo, lentamente y en un instante a la vez, no es nada fácil de quitar, y le encantan los días de lluvia.

La gente nos contempla al pasar, dejan por un momento lo que están haciendo y nos dirigen miradas inexpresivas. En silencio, sin hacer comentarios. Guardándose los pensamientos para las esquinas de sus momentos en la intimidad. Esas miradas, las recuerdo, de otras veces. De otros momentos. De ayer y de anteayer, del año pasado y del anterior. Cuando me limito a devolver la mirada, no la evitan. No esperan nada, ni tienen miedo.

Los techos están cubiertos de pájaros negros. Los viejos cuervos, las urracas canturrean entre las tejas, los aleros y el alféizar con la manta y sus pulgas aprovechando las últimas luces de la jornada. Van desapareciendo tras las ventanas, mantas y brazos fuertes que tiran de ellas, despidiéndose con el crujir de contraventanas que se cierran. Pocos metros más arriba, al fin nuestro destino, la destartalada hostería donde espero podamos pernoctar. Mis compañeros están muy cansados. Salta a la vista con un leve vistazo. Hoy llegamos a tiempo, antes que cerraran las puertas, hoy tuvimos suerte.

Con la noche llegan los temores más profundos, los que tenemos más profundamente arraigados. Por hoy tenemos un muro sobre el que apoyar la espalda. Y eso hoy es un banquete para el instinto. Me gustan las piedras que tengo a mi espalda, aunque musgosas, son cálidas. Un momento de intimismo nos envuelve, la paz de estar en el destino. El refugio amurallado no cobija en uno de sus escondrijos, y en estos momentos, es el lugar más acogedor de toda la tierra. Aquel que te permite compartir con tus amigos, las sonrisas que guardamos dentro, animándoles a su vez, a compartir las suyas.

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