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El secreto de la felicidad

Alguna vez ya planteé esta cuestión en Lavondyss, otras veces tiempo atrás; y no encuentro razón para no seguir haciéndolo.

Nevada de noviembre en canadáCanadá es una tierra gélida en invierno. La nieve cubre unos bosques que se extienden hasta perderse en las lejanas distancias, en todas direcciones. Si caminando eres capaz de alcanzar tu horizonte, todo cuanto dejaste atrás en tu peregrinación comienza a desplegarse de nuevo ante tus ojos, extendiéndose otra vez con nuevos paisajes, hasta otro nuevo y lejano horizonte.

Así prosigue, así, hasta que bajo la aurora boreal llegas hasta el fin del mundo.

El fin del mundo bien podría ser el Polo Norte. Esa ya es una decisión tuya y sólo tuya. La localización exacta del fin del mundo queda, de manera exclusiva, bajo tu propio criterio.

Esto puede que no te sorprenda mucho, pero resulta extraño para alguien que se crió en una pequeña tierra completamente rodeada de agua, donde habitan algunos peces, alguna que otra ballena despistada, algunos delfines curiosos y un montón de desperdicios flotando felizmente entre las olas.

Y si bien el mar podría reunir, técnicamente, algunas de las características que he comentado, éste tiene una serie de desventajas. Por ejemplo, no presenta tanta libertad a la hora de decidir dónde extender el saco de dormir. Aunque algún optimista podría encontrar una manera, seguramente, con poco esfuerzo.

El frío a mí me provoca unos dolores terribles en las manos y en el rostro, pero lo de las manos lo llevo muy mal, al menos por ahora. Pienso que tengo unas manos delicadas, no sé, pero el dolor es horrible bajo el frío feroz. Se asemeja a las dentelladas de un doberman  que piensa que has ido a robarle el plato de rancho.

Cuando el termómetro baja a -20 grados centígrados deseo pasar mi eternidad con una condena en el octavo círculo del infierno, donde arropado en la cálida y desproporcionada injusticia de mi castigo, pueda pasar una confortable inmortalidad junto a una buena estufa, cuyos costes de combustible queden a cargo del estado, o sea, de la tríada infernal.

A los cuatro gatos que viven conmigo, ―no, no es una forma de hablar, son cuatro gatos―, el frío no parece importarles. Deambulan, corretean y curiosean entre los árboles, andando a trompicones con las patas hundidas en una nieve que les roza la panza, ambas, con toda su blancura.

En realidad pasan frío por supuesto, pero es más intensa su ansia de vigilar que el mundo, de su absoluta propiedad, siga allí cada tres cuartos de hora. Para ello es necesaria una comprobación constante y metódica; y que por supuesto, el mundo les responda dando el visto bueno.

La menor, Gipsy, es una ladrona. También es verdad que es mi favorita, pues no hay tutor ni tutora sin la niña de sus ojos. Bajo su aguda mirada no hay cosa segura y a buen recaudo. Cualquier objeto; grande o pequeño, del volumen de un puño, desaparece, arrastrado por su ansia coleccionista, y yo diría que completista, hasta las profundas dependencias de su guarida bajo la cama. Como un avaricioso enano de las Montañas Azules, codicia acumular todo cuanto despierta su curiosidad y apilarlo en su montaña de riquezas.

Allí permanecen bolígrafos, lápices, gomas de borrar, caramelos, bisutería, un sacacorchos, marcadores de libros, llaveros tintineantes, papelitos, un reproductor MP3, posavasos, tapones de botellas y hasta una bonita flor vestida de granate y lapislázuli de las Montañas Rocosas.

Sus otros tres compañeros de vivienda son cada uno especiales a su manera. Jack, es un neurótico y nervioso varón que siempre me hace pensar acerca de la naturaleza masculina. Aunque algo caprichoso, infantil, protestón, vago y un poco bruto, es el que más se comunica, “hablando”, de forma continua para reclamar sus exigencias. Es un travieso bribón que no roba pero sí destroza. Si pudiera, jugaría a videojuegos de tiros en primera persona mientras masca chicle durante todo el día; pero por ahora se conforma con morderme los guantes. Junto a la ladrona de su hermana natural van camino de convertirse en la pandilla de macarras del barrio que requieren lo que ahora se denomina “educación especial”.

El tercero es “Bum-bum”. Pese al nombre es bastante solícito y hasta elegante, menos cuando al enfadarse, con las navajas, te abre una fisura que requiere seis puntos de sutura. Se trata de un enorme señor gato, varón, que con prestancia permanece vigilante por si al sol se le ocurre parar a tomar un trago. Más veterano, sus incursiones en las casas colindantes son bien conocidas. Se trata de ese hermano mayor que, tomando su guitarra, se marcha una temporada a recorrer el mundo, agasajándolo con sus canciones. Si usara zapatos, éste usaría botas de montar y gabán.
Kahlúa, es la mayor. La encontramos a ella y a sus tres hijos abandonada en el bosque de pura suerte. Habrían sido o bien pasto de los zorros en noviembre o piedras de hielo de diciembre, ella, y toda su progenie. La gata maullaba desconsoladamente rogando piedad para sus vástagos y muerte para ella, si ese era nuestro deseo, en la arena de un coliseo. No pudimos negarnos a adoptarlos, obviamente. Si bien en nuestro mundo lo que resulta "obvio" viene indicado en las cajas de cereales, más que prescrito por el sentido común.

Kahlúa representa el poder de la femineidad del mundo ―no tardarás en darte cuenta, si decides quedarte en Lavondyss, que aquí se tiene muy en cuenta tal poder―. Es la sabia y satisfecha madre que sabía que allí había un mundo mejor, en alguna otra parte, y curiosamente, ese mundo fue quién la encontró a ella.

Ahora, mientras duerme los años de su vida a la luz de su rayo de sol, sueña satisfecha con que sus hijos hagan carrera, se casen y tengan su propia familia algún día. Su deber para el monumento a la espiral del código genético se ha visto cumplimentado. Sus metas han sido alcanzadas, y la paz de sus días descansa junto a ella en una manta estampada en cuadraditos escoceses.

Entre todos, roban, destrozan, juegan y atentan siempre contra los objetos más frágiles, atendiendo únicamente a sus propios deseos, espontáneamente, y sin demasiada meditación. Para ellos el futuro no existe, y el pasado a estas alturas, ya lo devoró el presente.

Entre todas estas palabras todos sabemos que subyace el gran y oscuro secreto. El que llevamos persiguiendo tantos, tantísimos cientos de años. No hay grandes puertas tras las cuales se escondan, ni larguísimos pasillos flanqueados de altas columnas que lo flanqueen. No hay una gran bóveda y una cueva en lo más profundo que lo mantenga apartado de las miradas ansiosas de encontrar respuestas; aunque puede que así fuera más fácil, y la excusa perfecta para justificarme.
Tampoco hay ni sol ni luna que lo ilumine; ni rayo con su trueno que lo proteja; no hay lluvia más allá del granizo que lo aparte de nosotros. No tiene día ni noche, y por no tener, no tiene ni forma.

Aunque sí respira.

Ni hay más sabiduría en todo esto, que la que se encuentra en el librito de autoayuda del mismo nombre, o en el artículo de la versión local de “Vida sana”. No es siquiera nuevo. Lo novedoso es lo que más valor tiene hoy en día.
Siempre ha estado ahí. Puedo verlo, pero no puedo cogerlo.

Porque nada basta; porque no hay final. Siempre es el principio. Sólo hay silencio, silencio y más silencio. Silencio en la oscuridad. Nacemos y morimos solos, como bien sabes.

Quizás hay que desarrollar la visión característica de los gatos, y mirar a través de una sola rendija de nuestra consciencia y de nuestra percepción, para poder hallar la respuesta entre la oscuridad. Quizás mejor ser uno de ellos, tomarles de la mano, escucharles, y dejar que nos guíen.

Pero si actúas como ellos, los de tu especie no cejarán en reprochártelo, pues es ilícito transformar tu esencia y abrazar otra especie, ya que la ley del hombre lo prohíbe. Y si lo prohíbe la ley del hombre, por tanto, lo prohíbe la ley de Dios.
Pues Dios, hace siempre lo que le dicta el hombre.

Resuena el momento en el que hay que comenzar a caminar descalzo sobre el hielo, lejos de la mirada de todos; y bajo la aurora boreal, encontrarte con tu propio fin del mundo. Ese, en el cual tú mismo elegiste, el remoto lugar donde se encuentra.

Edanna. Febrero del 2011.

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Carta de Don Gregorio.

Carta de D. Gregorio. (La lengua de las mariposas).

Querido amigo:

Tuviste suerte al marcharte a Buenos Aires. A mí, ya me llevan a matar. Muy magullado, pero más por las palabras que por las pedradas. Especialmente por las de todos aquellos que más quise.

Las palabras son como los gusanos de seda, envueltos en capullos que florecen cuando llega la primavera del terror y los dramas, explotando al fin con todo el colorido que muestra las cosas verdaderas, impulsadas por esa lengua enrollada como la cuerda de un reloj. La fuerza del miedo, o de la cobardía, es el motor de todo esto que nos sucede. Esta verdad hace que me sienta morir ya en amargura.

Sólo puedo decirte lo que siempre te he dicho y he dicho a su vez a todos; que seas libre, que pienses por ti mismo. Porque cuando te lo han quitado todo siempre quedará lo único que no pueden llevarse, tu dignidad.

Así pues, guarda bien la tuya, la que posees, y ayuda a los demás a ganarse la suya, pues dentro de toda esta locura de iniquidad que no cesa, aún sabemos que sólo la dignidad que otorga el saber permitirá al hombre evitar, en algún futuro no muy lejano, que termine por convertirse en un monstruo definitivamente.

Cuida de ti y de los tuyos.

Tuyo siempre

D. Gregorio

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La Tierra amarga de Isan Reese

Tengo una tierra en la cual nada crece, salvo destellos de lo que una vez pudo ser y no fue. Esto ocasiona que allí, el sabor de una arena dorada se mezcla en la miel de mi bebida. Aún, después de probarla infinidad de veces, no la reconozco.

Lo cierto es que no sé qué hacer con ella nada en absoluto.

En la Tierra de Isan Reese hace mucho tiempo que se dejó de contar todo cuanto se ha perdido. Allí van todas las cosas que no se desean, que no se quieren o que se anhela quitar de en medio. Sus páramos están repletos de sueños innecesarios aunque hay muchos más que son necesarios pero que nadie desea conservar, pues dicen los que conocen sobre estos asuntos que nadie sabe en realidad lo que quiere.

Son sus regiones lugares de tránsito llenos de recuerdos que gimen en todo momento, no importa qué hora o qué instante del día o de la noche, aunque precisamente suceden con mayor frecuencia cuando es el momento más inoportuno. Los momentos inoportunos por observación empírica tengo constancia que suceden constantemente.

cynthiiiiCualquiera diría que es porque mantengo un talante negativo, lo cual, suele estar mal visto. Es como cuando a alguno le toca pudrirse de cáncer y a la gente le molesta, pues es algo de talante negativo. O que un lugar siendo completamente estúpido y en el cual no quieras permanecer más de dos latidos de corazón, te digan que en realidad es porque llevas: un talante negativo. No es culpa de que el maldito agujero sea pútrido, sino de un problema de actitud. Yo me pregunto si los desiertos de todos los mundos que existen en el universo son así porque llevan: un talante negativo.

Pero la Tierra amarga de Isan Reese está libre de tales absurdas ataduras. Reina allí un sistema feudal no dictaminado por nadie en donde, cada cosa se ubica en su sitio correcto, siendo adecuado en la mayor parte de su recorrido el correcto orden de cada cosa. Hay excepciones por supuesto, pero de nada sirve explicarlas, de la misma manera que de nada sirve explicar esta pequeña crónica, pues para entenderla no basta con actitud.

O ahora que lo pienso, si que basta.

Y es que, para estos parajes sí que no basta con la actitud correcta, allí cada día hay que tomar todas las decisiones una y otra vez, una y otra vez, una...y otra vez. Cada día, cuando sale el sol, las elecciones del día anterior son cosa del pasado, es por tanto este el preciso momento de elegir de nuevo.

De empezar de nuevo.

Así, por tanto, cuando la noche queda atrás, y todo cuanto una vez soñaste, pensaste y decidiste ha sido olvidado, deberás sentarte en alguna piedra no demasiado incómoda y repasar todas y cada una de tus elecciones, teniendo mucho cuidado de no olvidar ninguna, no vayas a lamentarlo.

Sin embargo, siempre hay algo que lamentarás.

Por esto, y por otras cosas, esta tierra es conocida por su sobrenombre. Amarga y cruel, obliga cada día a los viajeros a repasar sin dudarlo hasta la aparente necesidad de si desean o no desean respirar, durante cuánto tiempo, y cuantas veces. Aunque el problema de respirar normalmente es el menor de los problemas. No, normalmente no lo es.

Hay mucho que decir de estos parajes donde te encuentras contantemente con lo que es aparentemente innecesario, con lo que es rechazado, lo que es apartado y olvidado. Se podría denominar basurero, pero ¿en qué basurero te encuentras amantes despechados, niños envueltos en la amargura de, no tener siquiera la oportunidad de tomar decisiones, o a un gatito en una caja de zapatos? No recuerdo ninguno ahora mismo, aunque mi imaginación me temo no es lo suficientemente pródiga en bienes de intercambio. Sin embargo, no creo que lo recuerde pues, normalmente este tipo de cosas no suceden en un sitio concreto.

Hay mucho más que decir sobre una tierra en la cual el deseo de transitarla ha de ser tenido en cuenta a cada instante, sin embargo, no todo son aspectos que puedan o quieran alejar al visitante. Tiene sus bondades, y sus puntos de interés. Pues el deseo de olvidar cuanto alguna vez deseamos es; un sencillo instrumento, compás y violín de tañido breve en el cual resuenan los ecos del mundo cada segundo. Es allí hacia donde se dirigen muchas cosas y hacia donde se envían muchas otras, no siendo la misma cosa, ambos conceptos.

Pero si sé una cosa. Es allí, en la tierra baldía y amarga de Isan Reese, donde yo encontré  cuanto quiero, deseo y anhelo, pues es allí donde aprendí a apreciar  lo que anhelaron todos los seres de este mundo y que tarde o temprano, consciente o inconscientemente, y casi siempre de una manera emparentada por desgracia con la mediocridad, dejaron atrás.

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