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Tiempo roto (revisión)

(Canción fúnebre de La Tierra de los Mil Pájaros)

Por Edanna

 

Un tiempo roto se tropezó en lo alto
Niebla de olvido y pérdida lo envolvían
Dile a la roca sin sombra
Que me excluya de su viaje a través del tiempo
Dulces palabras llenan los jardines, y en los cántaros resplandece
Un agua que enciende todos los fuegos del mundo

Una llama consumió los pastos de aquel mi viento gélido
El rumor de ese llanto anegaba los rincones
Las bestias se escondían en agujeros profundos cuajados de diamantes
Silencioso grito a través del viento
Airado rumor llevado por susurros de escarcha

Dile al viento que me consuma
Dile al fuego que apague este momento
Dile al agua que me seque las lágrimas
Y en la  tierra del confín del mundo
No hay espacio para albergar toda esta locura

Locura de un mundo sin roca
De un viento sin alba
De una noche sin luna
Y de una luna sin alma

En  las aguas arrojé el manto a las olas
Mi llama ardió, devorándome
Y ese rumor eterno de un viento helado ahoga mis súplicas
No hay descanso
Si tienes frío, me quemo
Si ardo, te congelo

Un tiempo roto me espera
Un instante y se me ha olvidado…
Me dejaré llevar por el susurro de la fragancia de este tiempo
En la sonrisa de una noche cálida
Espero el rumor del viento de la costa más lejana...

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El viento entre los árboles

Lago en Canadá

Hay un siseo entre tú y yo, con un firmamento allá abajo, esperando. Cuando extiendes los brazos lo puedo abrazar, en un esfuerzo que no es inútil, si sabes a qué me refiero. Es frío, es acogedor, es el viento entre los árboles. Y es la noche que me reflejan tus ojos.

Me dejo acunar, dulce, amargo y tan... benévolo..., que aquí deseo vivir hasta el fin de los días. Pues te deseo cielo estrellado. Ahí abajo, permaneces; mientras bajo la manta tú y yo tarareamos despacito, al compás de esta, nuestra brisa nocturna. Son arrullos todo esto que se llevan mis manos y las tuyas dentro de nuestros callejones; a darles patadas a los botes.

¡Qué Alisio tan sutil! Resonando tan fresco en tus labios sacados de aquel lugar donde nació el viento. De allí de donde nacieron todos los vientos del mundo. Y danza, se estremece; aquí, junto a nosotros. Entre tú y yo, bajo esta manta. Viene para quedarse, no piensa marcharse jamás. Viene junto a toda esta música, llegada desde las tierras frías, aquellas que asoman más allá de las distancias imposibles.

Aquí se mecen los árboles, es donde se arrullan sus ramas. La brisa que acaricia todos estos tesoros, enarbolando en majestuosos pedestales, delicias de esmeralda.

No deseo más que permanecer, echar raíces, dormir, acunarme en tu regazo. Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, sentir mi sangre tan suave del rocío en tus pestañas. Beber el agua de las profundidades de la tierra, convirtiéndome en aquel árbol que en todo instante a ti te regale su sombra.

 

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El camino blanco

A mí me gustaba recorrer siempre los caminos nuevos. Los senderos cubiertos de huellas blancas firmadas con la tinta invisible de los sueños. Los que tienen aroma a nuevo y a pan del que se hace al alba y se acepta con una sonrisa en los labios.Camino Blanco

Pero los espinos me hirieron en la planta de los pies y no pude sino rodar. Alambre amargo teñido de púrpura. Más óxido para mis pájaros de la nueva Notre Dame.

Dejé los caminos. Dejé de soñar.

Ahora durante todas las horas sueño con cantarte al alba y hacerte el pan. Sueño con el camino blanco. Escucho en él tan solo el sonido del viento. Ya no escucho tu voz.

Había una vez un camino lejano que llegaba a un lugar que está muy, muy lejos. Pocos lo conocen. Conduce a un lugar distante.

Allí es donde todas las aves aprenden a cantar.

Encontré ese camino por azar, dejándome guiar tan solo por la dirección que tomaba mi bufanda caprichosa bailando al compás de la brisa. En él había una larga zanja, en ella, incluso perdí un zapato.

Para mi sorpresa era el único camino que, a través de enormes extensiones de vacío, conducía de nuevo a casa.

El sendero blanco es a veces imposible de recorrer con éxito. Te conduce dando vueltas y más vueltas, sin saberlo, por regiones remotas y distantes. No puedes saber hasta dónde llegarás mañana. Lo rodean tierras llenas de hombres enloquecidos que avanzan, o bien gritando o bien en silencio.

El sendero blanco es incierto, el sendero blanco es terrible si no se quiere. Es ni más ni menos lo que tú nunca esperas. Allí hay un camino blanco, que sólo tiene una ley:

Si lo abandonas te volverás loco.

Está en muchos sitios, pero encontrarlo es imposible si antes no te has perdido. Has de dar varias vueltas antes de dar con sus huellas. No tiene indicaciones, ni carteles, ni piedras de contraste.

Es hermoso, es terrible.

Es nada y es todas las cosas.

Pero lo más importante es que el camino blanco conduce al lugar distante del que parten todos los senderos pues, es esta la senda del mundo, centro de lo que existe.

En él se construye cada día el universo al salir el sol. Es el único lugar, el único que realmente vale la pena.

Es un lugar por el que vale la pena luchar.

Él te escucha si le hablas, pero no responderá inmediatamente pues es cruel y gusta de hacerse esperar. Es el único camino con el que puedes charlar mientras recorres sus pasos. Es un sendero que habla. Y es tan largo..., que ese detalle puede conseguir que no pierdas la razón durante tu peregrinaje.

Pero es posible que de vez en cuando debas creer en los milagros si quieres que te escuche, y si piensas que no enloquecerás en él.

Al final del blanco camino todo y nada espera, pues allí siempre aguardan todas las cosas jamás soñadas. Allí es donde aguarda lo que alguna vez tuvo significado. Todo por lo que vale la pena vivir.

Y nadie más en el mundo será capaz de encontrarlo, salvo tú.

Edanna, marzo de 2011

 

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Secretos de la calle

Esta mañana, al alba, mientras la última luna de febrero aún centelleaba en el firmamento, vi las farolas de la calle Somers curvar sus esbeltos y largos cuellos para alcanzar así los charcos y beber en silencio.

Las contemplé desde mi escondrijo, tan elegantes, tan discretas. Se mecen como espigas al sol, como altas jirafas, como tallos que pliegan al arrullo del largo invierno, emitiendo un leve murmullo que se extiende a la lejanía. Parecen bestias prehistóricas de largos cuellos curvos, rumiando en los pantanos mientras cantan canciones de amor a quién se esconde tras un horizonte recién nacido y esté dispuesto a escuchar.

Dyss_Sello_Edanna

Las bocas de riego las contemplan y cuchichean envidiosas. Achaparradas a ras del suelo añoran ser las reinas de la calle, las que puedan atisbar disimuladamente por las ventanas más bajas.

En Atwater se había abierto una grieta en el pavimento que sangraba, pero la nieve había tapado la herida que supuraba en silencio insistentemente. A través de la abertura se podía contemplar como las paredes se abrían y se cerraban mientras el latido de un corazón retumbaba en las profundidades.

Seguí hasta la nueva Notre Dame, la del nuevo mundo. Allí, en sus tejados, habitan unos pájaros negros que se alimentan del óxido. Entre las chapas de hierro y bronce sobreviven, picoteando con ansia y a veces hasta con desesperación; deteniéndose ocasionalmente para sacudirse la nieve del plumaje.

Cuando las gárgolas exhalan su caudal en los días de lluvia, ellas beben ávidamente mientras tañen las campanas de la torre, donde sus nidos las esperan.

Cuentan que un hombre santo una vez escondió allí su mayor tesoro, una carta de amor por la cual lo habrían colgado del cuello hasta que floreciera la mandrágora a sus pies. Y en los árboles de la plaza, más abajo, aún se pudren restos de las sogas que una vez impartieron justicia, reabsorbidas entre la madera.

Recordé aquella vez que quisimos pintar una ballena de color rosa. Les fuimos preguntando a las candidatas hasta que una nos pareció la más indicada. Ella se recostó sobre su costado izquierdo mientras bebía unos cientos de litros de té que le preparamos con esmero. Con brochazos gordos primero le dimos dos capas y terminamos la faena con los pinceles, dando los detalles.

Subimos a nuestro helicóptero y la vimos nadar en la bahía, feliz. Tan feliz que fue hasta el Polo Norte a enseñárselo a su familia. Allí les gustó tanto, tuvo tanto éxito, que la nombraron embajadora del Polo Norte para todos los reinos de ese hemisferio. En el sur, años después, copiaron la idea.

Desde entonces hay una ballena rosa para cada hemisferio. Una para el norte lejano, otra para el remoto sur. Donde se fabrican esas islas que van a la deriva y así poder cambiar de sitio tu casa cada estación.

Una vez fui a buscarte en mi submarino. El que compré en una subasta de antigüedades. Cuando abro la escotilla surge un gran ramo de flores. Tú llevabas tu vestido negro, yo mi gabán algo deshilachado.

Te tomé de la mano, te invité a subir en él y juntos navegamos por ríos y mares, por lagos iluminados por rayos de sol dorado. En la torreta te tocaba mi violín y tú cantabas cuentos a las gaviotas. Una colonia de focas nos vio pasar y vitorearon al escucharte cantar una canción.

Después nos sumergimos en las profundidades del mundo, en silencio, en paz.

Se quebró la pluma, se derramó la tinta sobre la página.

Tú dijiste adiós y yo..., yo contemplé en silencio las farolas de la calle Somers, plegar sus largos cuellos en silencio, para beber de las fuentes del Nilo. Allí se había derramado formando los charcos.

Formando el llanto del que beben todas las aves de la madrugada.

Edanna, febrero de 2011

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Luces y reflejos

Existe una joven dama a la que le gusta coser bajo la luz de un enorme ventanal, todas aquellas labores que por hacerse, protestan desde ese lugar que en alguna parte reclama por su momento.  Cuando ella se entrega a su tarea con el sol de la media tarde, entre punte y despunte, las cristaleras de su balcón se visten de ella. Corren abajo los niños entre las piedras de la calle, y demás transeúntes, yendo o viniendo y ocasionalmente, deteniéndose a charlar.

DamaLos rayos recorren a esta hora las fachada dorando unas paredes ya de por sí teñidas como el trigo, enviando reflejos a las onduladas cristaleras. Hay en este aire húmedo remembranza de cosas buenas, y de otras mejores que están por llegar.

Hay carros en la calle que cuando pasan llaman su atención. Caballos portando algún mozo de buen ver y mejor talle, bolsa estupenda y recomendaciones para llenar zurrones de los de una arroba. Si no es hoy, será mañana, parece que piensa ella. Algún día todo él estará por llegar.

Todo esto le pareció ella a Pedro cuando la contempló por vez primera. Pedro, que tiene la suerte de ser bachiller por mediación de su tío más viejo; Pedro, que vive cerca de la ermita y el molino, y cuyo padre se dedica a tapar los agujeros de las cacerolas con un trasto que previamente calienta al fuego.  A su lado, siempre a su lado, su buen amigo Dimas; como siempre.  Juntos vienen mucho por aquí últimamente a la salida del instituto, expresamente por esta calle, paseando entre adoquines. A Pedro y Dimas les pica la curiosidad, y desde hace semanas dirigen sus pasos hacia la gran casa bajo cuyo balcón acristalado, una joven muchacha se sienta a coser, intrigados por saber algo más acerca de ella.

Observando la ventana los dos muchachos contemplan a la chica en su labor, y a su alrededor les parece distinguir lenguas de fuego fulgurantes, oscilando enrojecidas. Hay algo familiar en los ojos de la chica, algo que recuerda a los tizones encendidos. Igualitos a los carbones donde el padre de Pedro calienta al rojo sus herramientas de trabajo.

A Pedro le extraña que nadie más sino ellos, reparen en aquella chica, ya toda una joven mujer, y que desde hace algún tiempo al caer el sol, se sienta junto a la ventana de aquella destartalada casa. Nunca la había visto antes, tan hermosa, entre paños e hilos de seda, teñidos todos ellos con colores que alegran el corazón.

Una tarde bajo la ventana, se atrevió a preguntarle -¿Es usted un fantasma?

Ella levantó los ojos de su labor, en sus pupilas se divisaban las llamaradas enrojecidas como de muchos tejados en llamas, levantando columnas de humo hacia las alturas.

-¿Te parezco yo a tí un espectro? Respondió con algo de burla en su voz.

Él no supo que decir, cruzó una mirada con Dimas y dubitativo, solo pudo replicar –No..., claro que no.

Pero no pudo decir mucho más pues, entre un pestañeo y el siguiente, la joven dama simplemente desapareció.

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El país de los deseos

Aquel cine suponía la zona franca. Allí donde la verdad de las cosas no importaba y los anhelos se convertían en sucesos. Al menos, durante un par de horas.

Ella y yo solíamos ir al cine. Siendo amigos solamente, jamás compartimos nada más allá de lo que la amistad concede. No fuimos pareja, no mantuvimos ninguna relación y nunca le robé un beso, pese a que era el mayor de mis deseos pues yo estaba locamente enamorado de ella. Bueno, en realidad le robé uno al final, de forma algo vergonzosa y de la cual siempre me arrepentiría años después.

Conmigo ella lo tuvo siempre claro. No quería nada conmigo; ni besos, ni compromisos, ni correspondencias.

Sin embargo, aquella sala ejercía un hechizo. Cuando la proyección comenzaba –daba exactamente lo mismo lo que fuera que echaran- ella apoyaba su cabeza sobre mi hombro. Yo entonces la tomaba de la mano y no dejaba de acariciársela suavemente. Nunca hubo nada más allá, nunca hablamos de ello. Simplemente sucedía. Si me concediesen ahora el poder de cambiar algo de aquello, no lo haría.

La sala me otorgaba el éxtasis, la justa recompensa por todos mis desvelos. Todos mis suspiros encontraban el cauce adecuado hacia allí donde dormitan las ilusiones, esperando entrar en acción. Por unos breves instantes, entre una cruel existencia de amor no correspondido, todos los mares quedaban en calma, y todas las aguas se apaciguaban. El viento y sus tormentas despertaban allí entonces para transportarme al país de todas las cosas jamás soñadas. Donde nace y muere el sol.

Realmente la película que allí se proyectara era lo de menos. Lo realmente valioso era el mágico influjo de aquel territorio sembrado de butacas. ¿Qué efecto ejercía sobre nosotros, o sobre ella, para que bajara sus defensas y me concediese el premio de tomarla de la mano? Lo desconozco. Pero por ello, siempre le estaré agradecido.

Ahora, años después he aprendido a inventarme salas de cine en mis sueños, donde refugiarme cuando caen las bombas de los malos momentos. Sentir así la paz y el aroma de sus cabellos sobre mi hombro. Y envolverme en el remanso de esa paz tan valiosa, pero tan huidiza para todos nosotros. Pudiéndola encontrar sin embargo en una modesta sala de cine, que se convertía, en el país de los deseos.

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