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Tag: relato

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El país de los deseos

Aquel cine suponía la zona franca. Allí donde la verdad de las cosas no importaba y los anhelos se convertían en sucesos. Al menos, durante un par de horas.

Ella y yo solíamos ir al cine. Siendo amigos solamente, jamás compartimos nada más allá de lo que la amistad concede. No fuimos pareja, no mantuvimos ninguna relación y nunca le robé un beso, pese a que era el mayor de mis deseos pues yo estaba locamente enamorado de ella. Bueno, en realidad le robé uno al final, de forma algo vergonzosa y de la cual siempre me arrepentiría años después.

Conmigo ella lo tuvo siempre claro. No quería nada conmigo; ni besos, ni compromisos, ni correspondencias.

Sin embargo, aquella sala ejercía un hechizo. Cuando la proyección comenzaba –daba exactamente lo mismo lo que fuera que echaran- ella apoyaba su cabeza sobre mi hombro. Yo entonces la tomaba de la mano y no dejaba de acariciársela suavemente. Nunca hubo nada más allá, nunca hablamos de ello. Simplemente sucedía. Si me concediesen ahora el poder de cambiar algo de aquello, no lo haría.

La sala me otorgaba el éxtasis, la justa recompensa por todos mis desvelos. Todos mis suspiros encontraban el cauce adecuado hacia allí donde dormitan las ilusiones, esperando entrar en acción. Por unos breves instantes, entre una cruel existencia de amor no correspondido, todos los mares quedaban en calma, y todas las aguas se apaciguaban. El viento y sus tormentas despertaban allí entonces para transportarme al país de todas las cosas jamás soñadas. Donde nace y muere el sol.

Realmente la película que allí se proyectara era lo de menos. Lo realmente valioso era el mágico influjo de aquel territorio sembrado de butacas. ¿Qué efecto ejercía sobre nosotros, o sobre ella, para que bajara sus defensas y me concediese el premio de tomarla de la mano? Lo desconozco. Pero por ello, siempre le estaré agradecido.

Ahora, años después he aprendido a inventarme salas de cine en mis sueños, donde refugiarme cuando caen las bombas de los malos momentos. Sentir así la paz y el aroma de sus cabellos sobre mi hombro. Y envolverme en el remanso de esa paz tan valiosa, pero tan huidiza para todos nosotros. Pudiéndola encontrar sin embargo en una modesta sala de cine, que se convertía, en el país de los deseos.

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Los niños salvajes (revisado)

Entre un revoloteo de hojarasca y los últimos rayos de sol arrastrándose a través de los árboles, llegaron los niños salvajes.

Iban prácticamente desnudos, cubriéndose con lo que habían encontrado en sus vagabundeos y lo que ellos consideraron que podía servir de atuendo. El que fuera digno era el menor de sus problemas. Algunos llevaban una camisa, blusa o pantalón bastante raído. Otros se vestían apenas con una manta. Con suerte alguno llevaba algún zapato; muy pocos, aparentemente los más fuertes o corpulentos, los dos. Los más débiles, buenamente se cubrían de cintura para abajo con cualquier apaño. Parecía darles lo mismo, pero sabía que no era así. Para ellos, el atuendo debía de tener un valor que yo meramente acertaba a sospechar.

Apestaban como demonios, pude olerlos a muchos metros de distancia. No se atrevieron a cruzar el linde del bosque. Desde el camino polvoriento que bordeaba los primeros troncos permanecían en silencio, observándome.

muProbablemente yo les causaba miedo, pero eso no duraría siempre. Los observé, en silencio, muy quieta, mientras los rayos de sol que se escurrían en la arboleda cortejaban mi cabello y mi espalda lentamente.

Había muchas niñas, casi las dos terceras partes. Todos llevaban extraños objetos sacados de la vida cotidiana, ahora destinados a usos misteriosos, pero con la indudable intención de servir para algún tipo de simbología de orden tribal, de estatus social. Habían creado su propia cultura de la nada. Una cultura de remiendos.

Observé que probablemente habría uno o una serie establecida y jerárquica de líderes. Pude reconocer marcas en el rostro de una de las niñas, no tendría más de once años, de claro sentido espiritual. Llevaba suspendido de su atuendo multitud de pequeños objetos atados con cuerdecillas.

Una pequeña chamán en el grupo de los niños salvajes.

Ya han creado a su propio hechicero, en tan poco tiempo. – Pensé.

Los niños me observaron silenciosamente, intercambiando susurros bajos, que eran acallados bruscamente por el que parecía ostentar el rango de líder. Un chico alto, con los huesos de las costillas claramente visibles. Flaco y escuálido como un perro pero suficientemente vigoroso aún. Llevaba un collar lleno de objetos absurdos que le colgaba hasta la cintura. En la mano izquierda un objeto contundente y probablemente bastante peligroso manejado por las manos de alguien como él. Todos llevaban dibujos, marcas, e incluso la cara pintada con lo que me pareció se trataba probablemente de ceniza.

Creo que se asustaron cuando la luz del crepúsculo comenzó a rellenar el mundo a nuestro alrededor; la oscuridad avanzó paso a paso, creando sombras cada vez más monstruosas, pero no tan gigantescas como las que había entre ellos y yo.

Finalmente se marcharon, tan rápidamente como aparecieron. Escucharon el relincho del caballo enfermo que agonizaba más abajo en el valle, en la granja abandonada. Significó lo mismo para ellos que la llamada del cuerno o de la caracola.

Algo nuevo, sucediendo en algún otro lugar.

Hasta casi la medianoche, pude escuchar los relinchos de agonía del caballo.

Escuché claramente el entrechocar de las piedras, el crujido de los huesos rotos, los bramidos de sufrimiento del animal. Todos los ecos de aquello resonaban en el bosque, retumbando a su vez entre las colinas. Transportados por el viento, hasta lugares distantes. Se divirtieron con él como siempre ha jugado un gato con un ratón, un juego que enseña a pesar de toda la moral cosechada en la extinta historia de la humanidad. Jugaron tal y como lo hicieron sus ancestros; quemando, ahogando, mutilando y despedazando todo cuanto pudiese agonizar claramente ante sus ojos.

Allí encontró pues su propio sepulcro, y yo entonces le puse nombre: “El sepulcro del caballo”.

Lo mataron a pedradas; entre todos, lentamente, con cuidado para no acercarse al animal. El caballo bramó desesperado, repartiendo coces frenéticas. Se escuchaba claramente aunque los sonidos llegaran apagados por la distancia. Pero estaba enfermo, viejo y agotado.

Pedrada tras pedrada. Podía imaginármelo, podía imaginar la situación con toda claridad.

Finalmente, los relinchos cesaron.

Encendieron un fuego, pude ver la luminosidad en la lejanía, a través de los árboles. Ahora jugaban, gritaban, reñían, reían. Pude oler la madera quemada, la carne de caballo, el humo espeso, acre, dulce.

Comieron.

El olor penetró en el bosque, inundando el aroma de la hoja y del musgo, de la haya y del roble. Inicié un canturreo. Las hojas se agitaron. Cuidé de mi propio fuego. Cuidé todos los fuegos que permanecían encendidos en ese instante por todo el mundo. Permanecí despierta toda la noche. Pendiente, vigilante, ausente de todo cuanto habitara en mi interior. Celosa de todo lo que existía a mi alrededor, de cualquier sonido, de cualquier olor. Esperando.

Por la mañana, se habían marchado.

Fui hasta “El sepulcro del caballo”. Allí estaba aún una parte del animal, entregada ahora a moscas y gusanos. Huesos, maderos y restos yacían por todas partes. La hoguera humeaba, lanzando un humo negro y viscoso que se llevaba la brisa. Uno de los niños estaba allí tendido, muerto. Tendría unos seis años. Una horrible brecha en la cabeza y una piedra ensangrentada explicaba casi todo lo que había sucedido. La causa hasta me la podía imaginar. Debía suceder de manera frecuente. Tardé apenas tres cuartos de hora en enterrarlo y cubrir la tumba con un buen montón de piedras.

De poco serviría, muchos animales cavan mucho mejor que yo.

Pero volverían. Lo sabía claramente. Miré en todas direcciones, solo pude encontrar en los cielos a mis amigos los viejos pájaros negros. Les rogué que me avisaran. Ellos si decidieron considerarlo, no dieron ninguna muestra de ello.

Volví al bosque, volví a la piedra y la roca, al rio y a la cueva húmeda.

Esperé.

En los días que transcurrieron durante mi espera, en muchas ocasiones me pareció escuchar el sonido de la candente risa de aquellos niños. Siempre cerca, entre los árboles que ocasionalmente se agitaban, esperando darme una sorpresa, un saludo, y una bienvenida.

Por supuesto, regresaron.

Con la segunda luna menguando dos tercios sobre el firmamento, volvieron a rondar por la periferia de mi pequeño territorio. Reanudaron el ritual, acercándose lentamente, observando, expectantes, silenciosos... Ni las múltiples moscas que los atosigan de manera incesante, habitándolos, logran arrancarles un solo gesto. Permanecen todo el tiempo exánimes, aguardando.

Unos cincuenta pasos como mucho los separan de mi pequeño campamento en el claro, bajo la sombra de la roca grande. Es entonces en este preciso momento cuando me doy cuenta de que no tengo muchas posibilidades ya de escapar de ellos.

Uno de ellos le comenta algo a otro cercano. Hace un gesto señalándome. Ríen.

Se acerca la noche, entre árboles ya sin hojas. Un agua estancada mece dulcemente las hojas amarillentas. Escucho el aullido de los perros en la distancia; abajo, en el valle.

Algunas aves se alzan asustadas, parece que sea el mismísimo silencio el que las ahuyente. Levemente escucho el siseo acompasado de respiraciones, pequeñas toses, risitas, cuchicheos...

El fuego de mi campamento comienza a menguar. Le quedan tres horas como mucho. Después se acabó.

Cae la noche sobre mí, no puedo escapar, en este bosque guardé el lugar de nacimiento, hasta la llegada de los niños salvajes. Los mismos que derribaron las columnas que sujetaron los templos y grandes casas de los hombres. Aquellos niños, que sostenían el mundo, lo derribaron de sus pilares. Ahora yacen desparramados como la conciencia más pura. Como el mercurio en el lecho del lago. No hay futuro sin ellos. Con ellos tampoco. Futuros castrados desde el comienzo de su propio tiempo.

Inicio el canturreo de los días violeta. Los que habrán de llevarme con todos los míos. Ellos se relamen. Afilan sus uñas. Afilan sus dientes. Son hermosos en lo espantoso de su pureza. Me emociona saber que portan las esperanzas de todos los que los antecedieron sobre sus hombros.

Levantarán los pilares de la tierra, devorándose los unos a los otros. Como siempre ha sido desde el principio de los días. Como será hasta el último estertor de La Tierra. Así debe ser. Así ha sido siempre, así será.

Y en los días futuros, quedarán las cenizas de esta hoguera, mezclándose en el fango como sal para la tierra. En el río, cerca de la roca grande, en la cueva húmeda. Ellos mondarán los huesos y se afilarán los dientes, esparciendo las cenizas al viento de madrugada. Cantándole al viento, corriendo por los prados en las largas distancias. Sonriéndole al amanecer allí donde ya no queden sonrisas. Pues el día que no quede nadie en este mundo para sonreír al amanecer, ese día la tierra morirá.

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La Tierra amarga de Isan Reese

Tengo una tierra en la cual nada crece, salvo destellos de lo que una vez pudo ser y no fue. Esto ocasiona que allí, el sabor de una arena dorada se mezcla en la miel de mi bebida. Aún, después de probarla infinidad de veces, no la reconozco.

Lo cierto es que no sé qué hacer con ella nada en absoluto.

En la Tierra de Isan Reese hace mucho tiempo que se dejó de contar todo cuanto se ha perdido. Allí van todas las cosas que no se desean, que no se quieren o que se anhela quitar de en medio. Sus páramos están repletos de sueños innecesarios aunque hay muchos más que son necesarios pero que nadie desea conservar, pues dicen los que conocen sobre estos asuntos que nadie sabe en realidad lo que quiere.

Son sus regiones lugares de tránsito llenos de recuerdos que gimen en todo momento, no importa qué hora o qué instante del día o de la noche, aunque precisamente suceden con mayor frecuencia cuando es el momento más inoportuno. Los momentos inoportunos por observación empírica tengo constancia que suceden constantemente.

cynthiiiiCualquiera diría que es porque mantengo un talante negativo, lo cual, suele estar mal visto. Es como cuando a alguno le toca pudrirse de cáncer y a la gente le molesta, pues es algo de talante negativo. O que un lugar siendo completamente estúpido y en el cual no quieras permanecer más de dos latidos de corazón, te digan que en realidad es porque llevas: un talante negativo. No es culpa de que el maldito agujero sea pútrido, sino de un problema de actitud. Yo me pregunto si los desiertos de todos los mundos que existen en el universo son así porque llevan: un talante negativo.

Pero la Tierra amarga de Isan Reese está libre de tales absurdas ataduras. Reina allí un sistema feudal no dictaminado por nadie en donde, cada cosa se ubica en su sitio correcto, siendo adecuado en la mayor parte de su recorrido el correcto orden de cada cosa. Hay excepciones por supuesto, pero de nada sirve explicarlas, de la misma manera que de nada sirve explicar esta pequeña crónica, pues para entenderla no basta con actitud.

O ahora que lo pienso, si que basta.

Y es que, para estos parajes sí que no basta con la actitud correcta, allí cada día hay que tomar todas las decisiones una y otra vez, una y otra vez, una...y otra vez. Cada día, cuando sale el sol, las elecciones del día anterior son cosa del pasado, es por tanto este el preciso momento de elegir de nuevo.

De empezar de nuevo.

Así, por tanto, cuando la noche queda atrás, y todo cuanto una vez soñaste, pensaste y decidiste ha sido olvidado, deberás sentarte en alguna piedra no demasiado incómoda y repasar todas y cada una de tus elecciones, teniendo mucho cuidado de no olvidar ninguna, no vayas a lamentarlo.

Sin embargo, siempre hay algo que lamentarás.

Por esto, y por otras cosas, esta tierra es conocida por su sobrenombre. Amarga y cruel, obliga cada día a los viajeros a repasar sin dudarlo hasta la aparente necesidad de si desean o no desean respirar, durante cuánto tiempo, y cuantas veces. Aunque el problema de respirar normalmente es el menor de los problemas. No, normalmente no lo es.

Hay mucho que decir de estos parajes donde te encuentras contantemente con lo que es aparentemente innecesario, con lo que es rechazado, lo que es apartado y olvidado. Se podría denominar basurero, pero ¿en qué basurero te encuentras amantes despechados, niños envueltos en la amargura de, no tener siquiera la oportunidad de tomar decisiones, o a un gatito en una caja de zapatos? No recuerdo ninguno ahora mismo, aunque mi imaginación me temo no es lo suficientemente pródiga en bienes de intercambio. Sin embargo, no creo que lo recuerde pues, normalmente este tipo de cosas no suceden en un sitio concreto.

Hay mucho más que decir sobre una tierra en la cual el deseo de transitarla ha de ser tenido en cuenta a cada instante, sin embargo, no todo son aspectos que puedan o quieran alejar al visitante. Tiene sus bondades, y sus puntos de interés. Pues el deseo de olvidar cuanto alguna vez deseamos es; un sencillo instrumento, compás y violín de tañido breve en el cual resuenan los ecos del mundo cada segundo. Es allí hacia donde se dirigen muchas cosas y hacia donde se envían muchas otras, no siendo la misma cosa, ambos conceptos.

Pero si sé una cosa. Es allí, en la tierra baldía y amarga de Isan Reese, donde yo encontré  cuanto quiero, deseo y anhelo, pues es allí donde aprendí a apreciar  lo que anhelaron todos los seres de este mundo y que tarde o temprano, consciente o inconscientemente, y casi siempre de una manera emparentada por desgracia con la mediocridad, dejaron atrás.

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