Username:

Password:

Fargot Password? / Help

Tag: relato

1

Mundo silencioso

Dyss, sello general

Dyss, ¿por qué pareces siempre tan triste, tan melancólica?, con frecuencia aparentas ser tan silenciosa...

A menudo me pregunto el porqué de esos vientos que siempre se llevan tu voz..., bajo su propio aullido, resonando entre enormes granitos silenciosos, tan antiguos, recubiertos de líquenes; y este frío... Aullante frío de las regiones cambiantes, que consume, que desgasta, siempre manteniendo su propio silencio.

¿Por qué siempre este frio...?

Dyss es una tierra melancólica. Así lo dije siempre a todos aquellos que detuvieron su camino para escucharme. Con la cítara a la espalda aún hay muchos que me preguntan si puedo cantarles algunas canciones que hagan de su camino una faena más entretenida; con alguna alegría que llevar de vuelta al techo bajo el que se cobija una asustadiza familia de humildes labradores. Edith, al servicio de los poderes que guardan el mundo, lo explicaría mucho mejor que yo..., sin embargo, trataré de hacerlo lo mejor que pueda.

Dicen que cada lugar tiene su propia naturaleza, su condición. Algunos eruditos lo definen como, su temperamento. Su esencia personal, lo llaman otros de lengua un poco larga. Su genio y su humor, lo definen otros de lengua más larga todavía.

Y a pesar de la longitud de las lenguas, es cierto que existe “un tono” para el mundo. Una personalidad producto del permanente estado de una consciencia, y que determina la atmósfera que se respira en cualquier parte.

Porque Dyss tiene su propia naturaleza, una identidad personal que la define.

Esto no debería resultar nada extraño si, por ejemplo, observamos el Mundo de las Hadas. Faerie, por su naturaleza intrínseca, denota un estado de absoluta entrega a las pasiones. Allí todo es más intenso, más vívido. La esencia de su propia naturaleza se va, se dirige hacia los extremos, sin términos medios.

La belleza es más intensa, las flores más fragantes, sus aromas más embriagadores, sus colores más vívidos. Las pasiones son más agudas, el amor es más enloquecedor, la exaltación es más abrasadora. Los celos..., más implacables... La sangre..., más roja, más aromática, y se derrama con mucha más frecuencia.

Sus habitantes son víctimas de dirigentes más impredecibles, caóticos y sobre todo, caprichosos. Pues Faerie es todo “capricho” sí, un exquisito capricho de impredecibles consecuencias...

Así pues, Faerie, es un reflejo de un mundo allí donde todas las cosas obedecen de forma más directa a la pasión desmedida y donde, por contrapartida, se obtiene una consecuencia directa de ello. La belleza es desconsoladamente arrebatadora, y el horror, feroz, riguroso e implacable. Así es Faerie, esa es su naturaleza.

Y por ello, muchos buscan refugio en otros lugares...

La solitaria e introspectiva Dyss no es diferente en cuanto a presentar su propia individualidad. Quizás no lo haga, qué irónico resulta esto, “conscientemente”. Pero el hecho innegable es que su condición lo impregna todo como un viento imperceptible, llevando el tono de su melancolía..., a todas partes.

Un viento resuena entre ruinas silenciosas que parecen siempre estar observándote, allí donde crece la hierba, mientras los pastos inabarcables se balancean al compás de la brisa de aquí al horizonte. Recuerdo un roble solitario en medio de las llanuras, allí en las Tierras de Einar, donde los viejos muros de piedra una vez delimitaron los límites de un gran reino, hoy desaparecido. Una imagen familiar que representa algo difícil de explicar si no se experimenta pues allí, como en muchos otros lugares, reina una profunda melancolía cuya matriz es la soledad propia de una ensoñación.

Una soledad inabarcable, una soledad inaudita.

Dyss está aislada en su propio universo, allí donde su introspección es su propia cuna. Esto se traduce en un mundo silencioso, impregnado de su propia melancolía, y generalmente poco habitado, misántropo. Una tierra solitaria y poco poblada de grandes espacios vacíos; con frecuencia azotada por vientos fríos que provienen de los grandes cinturones de hielo del norte y del sur, más próximos a la tierra central. Vientos que son los portavoces indiscutibles de la gran mente que lo abarca todo, incluyendo sus propios cantos.

Sus silencios llenan los vacíos y despoblados rincones. Su soledad lo llena todo, lo impregna todo. Los viejos espíritus, siempre próximos a los antiquísimos semblantes de piedra repartidos por todos los rincones del mundo, resguardan cada escondrijo, permaneciendo a su vez mudos y silenciosos hasta para mí. Y es una soledad propia de la insólita introspección que emana de la tierra, en una continua observación y meditación.

Las viejas piedras observan el mundo, contemplando su propio silencio, soñando, esperando, siempre esperando... Una espera que no cesa, una espera que a veces, da miedo... Una espera que empiezas a desear que no cese...

Esperando en ese silencio, en la propia melancolía que define un mundo que aguarda la llegada de algo que nadie sabe, que nadie es capaz de predecir..., se encuentra Dyss.  Y en su melancolía, con su propio tono, levanta para sí misma la identidad del mundo que es, del que fue, y del que será.

El lugar que, habitándolo, todos juntos compartimos.

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
1

La importancia de un nombre

En el país, los granjeros siguieron trabajando como siempre durante el día, pero al anochecer cuchicheaban junto a las chimeneas y por las noches soñaban.

Poco a poco, alimentados por esos cuchicheos y esos sueños, los árboles del bosque crecieron, las zarzas se espesaron y las verdes culebras anidaron en los troncos. Entonces el castillo se reconstruyó a sí mismo, las nubes se enroscaron en sus almenas y torres, y Ella regresó para proteger las casas y los campos de los granjeros, arrebatándoles a cambio a sus hijos; cuando llegaba la hora los enviaba a buscar, y los niños se internaban en el bosque y se perdían.

Nunca más volvió a nacer una niña tan hermosa como Fara, Ella, puso buen cuidado en que no volviera a suceder.

Peter Dickinson (Los Sueños de Merlín).

 

Los pocos que conocen sus tierras y tienen la suerte de conocer sus mapas, comentan que el continente central en Dyss se asemeja al Gran Dragón de Bronce luchando contra el Pájaro Grifo de los territorios inferiores. Pues esa es la forma que recuerda Dyss contemplándola igual que se contemplan las nubes del cielo, intentando vislumbrar formas fantásticas en ellas.

Sean o no dos bestias luchando, lo cierto es que más veces de las que resultan tolerables, la tierra se sacude en terroríficos temblores, como si las mismas fauces del mundo pugnaran en su lucha por ocupar un lugar sobre todas las cosas, a la luz de las estrellas.

La Tierra de Dyss, o simplemente Dyss, constituye una enorme masa de tierra, que en términos generales resulta un tanto fría, quebrada por una enorme grieta que transcurre de norte a sur, atravesando el continente y dividiéndolo de forma transversal. Pero el nombre de esta masa de tierra en concreto se aplica también al conjunto del mundo al completo. Aquellos que denominaron así a su mundo poco sabían de los misterios que se escondían más allá de los océanos y quisieron poner un nombre a la hermosa tierra que se extendía ante sus ojos hasta el horizonte. Por tanto, cuando hagamos uso del nombre de Dyss nos estaremos refiriendo principalmente a la masa de tierra central, y aunque denominemos el mundo al completo con el mismo nombre lo señalaremos en cada caso, o se hará uso de otras denominaciones para el mundo en su conjunto, a fin de facilitar la comprensión del texto.

 Dyss decide, ordena y desordena sus tierras; y todos sus habitantes (o casi todos) lo aceptan como algo cotidiano. Tan cotidiano como que sale el sol cada mañana y que hay un día de cada estación en que precisamente el sol ese día, no sale ni se pone por ninguna parte (*ver calendario).

Alrededor del continente central de Dyss el mar circundante rodea toda su periferia. Se trata de un mar extremadamente profundo y peligroso, plagado de tormentas e infestado de criaturas “guardianas” que, aparentemente, intentan impedir que los viajeros se alejen demasiado de las costas de Dyss hacia las lejanas tierras de “La Barrera de Conundrum”. Nombre que recibe el anillo de tierras que rodea por completo a la masa de tierra central; y que tiene denominaciones específicas dependiendo de si se trata de su región meridional o de la zona septentrional.

Antaño este profundo océano no existía, coexistiendo la tierra con el agua de manera que la primera triunfaba sobre la segunda. Y es que Dyss, en sus orígenes, se trataba de una vasta extensión de territorio de miles y miles de millas hasta que ésta comenzaba a desdibujarse al pie de los abismos de las zonas blandas, allí, donde la realidad empieza a convertirse en caos, y donde todo lo que es conocido comienza a desvanecerse.

La tierra se extendía entonces libre de impedimentos, y sus seres podían desplazarse sin obstáculos de un borde del mundo hasta el otro, si así les parecía bien. Algunos mares había sí, hogar de criaturas acuáticas y con brisas amables que invitaban a contemplar las aguas desde sus orillas. Salpicaban entonces las tierras aquí y allá, como enormes lagos que se tornaban mares en su denominación más precisa, si así se prefiere.

Pero Dyss hizo una vez más, deshaciendo tales libertades y, en su deseo de salvaguardar a sus criaturas del terror del borde de los abismos, los circunscribió al actual continente, abriendo una barrera natural de impedimentos a lo que pusiera en peligro la vida de este mundo cuajado de bondades. Las criaturas quedaron confinadas en Dyss central y un profundo y peligroso rio-océano estableció la primera de las fronteras, elevando Dyss una segunda, y quizás la más mortífera, en el borde de las tierras que se encuentran más allá. Esta segunda frontera consiste en la desproporcionada elevación de las costas de estas tierras hasta alturas imposibles, donde la nieve y los hielos tienen la misma edad que las mismísimas edades del mundo.

Al sur del continente central de Dyss se abre pues el único mar que se adentra en la masa de tierra de manera realmente significativa. El estrecho que hace de vía de entrada se encuentra flanqueado por unas gigantescas esfinges, que con más de novecientos pies de alto, vigilan desde las costas el brazo del océano que penetra en la masa de tierra, formando después lo que se conoce como el "Mar del Cristal".

Más allá, rodeando en una suerte de espiral la península que una vez fuera la región más próspera de las razas conscientes, este aventurado trozo de océano termina plácidamente en una zona de aguas tranquilas y protegidas. Una región que ahora yace en el olvido de sus desaparecidos habitantes, al cuidado de los (con frecuencia airados) espíritus de sus antepasados.

Y es que Dyss, en su mayor parte, se trata de una tierra muy deshabitada por seres humanoides conscientes, a la vez que muy celosa por protegerlos de los peligros que se encuentran en las zonas próximas al borde del mundo, allí donde éste se desvanece.

El brazo de mar interior, tal como se ha dicho, termina plácidamente en bahías y mares internos. Lugares donde muchas civilizaciones se asentaron, crecieron y prosperaron a las orillas del "Mar de Edith" también llamado el "Mar de Oro”; y donde llegado el momento, se extinguieron, desapareciendo y dejando tras de sí los ásperos huesos de sus ruinas, completando así su propio ciclo.

La Tierra de Dyss está dividida por una enorme grieta que, con el paso de las eras, la divide más y más en dos partes. Ya el agua de los cauces, los lagos y los mares se han ido encargando de llenar este hueco en el eje del mundo. La cicatriz se extiende desde el norte remoto, siguiendo una tenue "S", hasta desembocar precisamente donde termina la espiral que conforma el brazo del mar interior, justo en el "Mar de Edith".

Muy posiblemente este mismísimo brazo de mar sea a su vez una parte mucho más ancha de la enorme cicatriz. Con cada movimiento de las profundidades de la tierra, "la cicatriz de Erin", que es como se denomina a la colosal grieta del mundo, aumenta, cambiando con frecuencia los detalles de esta parte del mundo.

Algunas zonas de Dyss son “Regiones cambiantes”. Esto significa precisamente lo que quiere decir, o sea, cambiantes y mutables. La Tierra de Dyss" en general es caprichosa, sí. En todos los rincones mantiene la peculiaridad de poder sufrir cambios rápidamente, pero aquí es inimaginable cómo de caprichosa puede llegar a ser. Muchas veces regiones enteras desaparecen, transformándose, para volver meses o años después, en ocasiones, a su forma original.

El porqué de estos cambios es un completo misterio. La única verdad es que es la voluntad de Dyss.

En cualquier caso la tierra es todavía cartografiable, pues tiene una forma definida, por lo general, a la que regresa normalmente tras un tiempo, como si ese fuera su estado nativo original. Además, estos cambios suelen ocurrir a pequeña escala en regiones pequeñas.

Los cambios de morfología no funcionan así sin embargo en las “Regiones Cambiantes”, que se encuentran principalmente en el Norte, con algunas excepciones aisladas en puntos dispersos por toda la geografía. De estos parajes se conoce una orografía general, pero su forma ahora, antes, o en la próxima estación es una incógnita. Las regiones cambiantes están sujetas a alteraciones morfológicas con mayor frecuencia, constituyendo los mapas allí una guía meramente aproximada, más con la idea de reconocer los cambios y guiarse por ellos, usándolos como puntos de referencia, que como mapa de orientación en sí.

Las regiones cambiantes son a su vez las que mayores alteraciones sufren de su tiempo relativo, alterándose rápidamente el paso de los granos de arena en el reloj o por el contrario, ralentizándose de manera dramática.

Son éstas pues regiones a las que se debe tener un buen motivo para visitar, resultando un enigma intrigante el averiguar qué asuntos pueden llevar a cualquiera a adentrarse en ellas.  Y aunque se conoce la existencia de habitantes en estas zonas, éstos están desde luego adaptados a las peculiaridades de esta región,  "fluyendo" de forma literal a través de los cambios. El viajero no nativo de estos parajes ha de tener mucho cuidado en estas zonas, que además no son precisamente de pequeñas dimensiones en cuanto a su extensión.

Y para ir finalizando, más allá del “Mar Circundante”, muy lejos de la costa, miles de millas mar adentro, un gigantesco cinturón de tierra helada rodea el mundo conocido.  Tras éste comienzan, sin saber ni dónde ni cuándo, "Las Zonas Blandas" de la tierra de “Conundrum”.

Allí la realidad empieza a "desgastarse" convirtiéndose la hechura de las cosas en algo tenue y desmadejado. La realidad, un término motivo de importantes discusiones en Dyss por todos aquellos que conocen y quieren saber más, en Las Zonas Blandas empieza a convertirse en "una muñeca rota" con todas las consecuencias. Pero aunque parezca imposible, al igual que en las Regiones Cambiantes, hay habitantes en las Zonas Blandas; de una naturaleza, eso sí, que escapa a la comprensión de la mayoría con la excepción de unos pocos.

El fin del mundo lo llaman algunos, el límite de las cosas lo llaman otros. Lo que es cierto es que si existe la gigantesca catarata fantástica que delimita al mundo, y de la que todo el mundo habla pero que nadie ha visto excepto aventureros con mucha imaginación, desde luego que se encontraría aquí.

Porque sí, el mundo se acaba, y lo que no se sabe muy bien es si se acaba aquí o si existe un mundo nuevo y floreciente, poblado de criaturas, más allá de las misteriosas tierras de Conundrum. Ancho cinturón de tierras heladas que, más allá de las grandes barreras montañosas, circunscribe al mundo de las tierras de Dyss.

Si existen más tierras, cosa probable sostienen muchos, deben encontrarse más allá de este vasto cinturón de tierra helada, frontera natural del mundo conocido. Pues en algunas zonas no se tiene constancia de haber encontrado vestigios de Zonas Blandas, existiendo tras la enorme barrera de hielo una vasta extensión de tierras que se extienden, inalteradas, hasta que se agotan las provisiones, la paciencia y la cordura de los escasos exploradores que se adentraron alguna vez en ellas.

Lo único seguro es que si hay más tierras, el mundo se terminará igualmente después de aquellas. Y esto es una verdad que no tiene discusión.

Tarde o temprano en este mundo mítico de Dyss, el mundo se termina. Ya sea desdibujándose la realidad, rompiéndose la existencia poco a poco en fragmentos más y más pequeños; ya sea volviéndose gradualmente más tenues las tierras existentes para desmañarse totalmente como un borrón al final; o bien, concluyendo en una catarata ensordecedora y rutilante al borde mismo de las estrellas de la noche. Da igual, los espacios del mundo se terminan en algún momento.

Desde luego nadie quiere indagar sobre ello, aunque ten la seguridad de que más de uno estaría dispuesto a averiguar la verdad y a embarcarse en una aventura de tal magnitud. Aún a riesgo de disolverse en el olvido, desmadejarse como un ovillo o de precipitarse por el borde del mundo, cayendo infinitamente hacia las estrellas.

Un final muy al estilo de la atmósfera a la que aquí estamos acostumbrados.

 

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
4

La tierra que lleva tu nombre

Antaño comencé a recorrer la tierra que se ve a sí misma como aquel lugar que sin un nombre, es capaz de designarse cada tarde con mil acertijos diferentes.

LunaEs una tierra que se pone a sí misma sus nombres según su propio capricho. Lugares remotos que van y que vienen, emergiendo, desvaneciéndose.

Si miras los mapas, cada cierto tiempo alcanzarás a apreciar que, de forma súbita, los calificativos de ríos, mares, montañas, valles y ensenadas se agitan, alterando su apodo, desapareciendo, para poco después reaparecer con otra designación que considere más apropiada algo, o alguien, que desde luego no va a resultar ser el lector que, entre curioso y asombrado, contempla los bamboleantes vaivenes de un mapa caprichoso.

De un mapa que respira.

No recuerdo cual fue el primero de entre nosotros que puso su pie en ella, en esa tierra quiero decir. No recuerdo cuando cayó la primera gota de lluvia, retumbó el primer trueno, ni centelleó el primer relámpago; no recuerdo.

No recuerdo cuando se deslizó la primera bruma de madrugada, ni susurró la primera brisa que me trajo tu nombre desde muy lejos. Aquella sí, la que me trajo tu nombre por vez primera.

Y eso que desde entonces, yo ya estaba allí.

Allí había unas viejas ruinas donde me senté a respirar, tarareando despacito ésta nuestra brisa nocturna, bajo el deseo de todo tu cielo estrellado; pues es una tierra que de mil formas diferentes, cada segundo, cambia a su antojo. Es mi tierra, a la que yo le puse su nombre secreto. Ese, que sólo tú conoces.

Ese desorden, todo ese desorden..., ¡qué delicia...!

Toda esa sutileza que de impaciente gentileza, desquicia..., arremete en las estancias, colocando de mil maneras éstas y otras muchas cosas.

Tantas..., incontables y perpetuas.

No tuve reparos en decirle a todos los minutos de la tarde que aguardaran a tu llegada, y ellos, galanes, esperaron por ti para la cena.

Había fresas como melones y melones como lunas de mayo. Una mesa grande con teteras; las que guardas en nuestra alacena hecha a mano. La amarilla, la amarilla para el jueves, y la rosada para los sábados, acompañadas de la risa de todos los tuyos. Había una que fue especialmente diseñada para el que construye quimeras y diseña, entretejiendo los sueños. Me la regalaste tú, mientras tocaba el piano para ti. La profesión de hacedora de relatos que transporten a los soñadores al país de las maravillas. Al mío, al nuestro, al único. El lugar singular donde nacen todos los cuentos. El lugar de honor del rey del sueño.

¿Pues es que hay acaso mejor ocupación sobre este mundo?

Entretejer quimeras, ¡qué grande es la fortuna! Volvería  a nacer por ti mientras bailo hasta caer exhausta, por escuchar el suspiro de alivio de saberte ya en casa. Cada sábado, cuando traes el azúcar y el café mientras vitorean, los del fondo, dándote las gracias. Las galletas de sabor a añil, a azul y canela, con sabor a reloj redondo de manecillas y sonoros tic tac. Con olor a jazmines y a delicadeza. La de tus manos, la de las mías, la de todos los tuyos que una vez rieron al contemplar tus ojos. Tan felices, tan lejanos. Moribundos por el tiempo que endulza los recuerdos.

Hay un terrón de azúcar para cada uno aguardándoles en el mundo. Uno por cada día que lo intercambiaron por hacer feliz a otro, en aquel, nuestro cuento, nuestro país de las maravillas.

El único que vale la pena. Por el que vale la pena luchar, y sufrir, si es necesario.

Llegué tarde para jugar con caballitos de madera; pero una noche, sobre el hielo del lago, los vi canturrear despacito, galopando en tres por cuatro al compás del viento entre los árboles. Allí te vi una vez, en silencio, caminando junto a todos. Fueron ellos quienes me rescataron, consintiéndome la oportunidad de volver a curiosear la noche siguiente para poder recorrer sola los campos, mientras pise por la hierba fresca llena de rocío que empape mi vestido bajo la noche estrellada.

El silencio de la noche en aquellos fríos momentos fue tan amargo..., algo se quiebra, cruje rugiendo desesperado por una templanza que se desvanece antes de recordar que existe siquiera esa palabra. Contrapuesto a todo lo dulce que tiene un momento, con una luna blanca reflejada en la noche luminosa, tejiendo madejas de luz distante que alejaban la oscuridad.
Por un momento no sabía que decir, rodeada de tanta belleza. La noche luminosa, blanca por la nieve y los haces de luz dorada de plenilunio. Aquella, donde las luces de la ciudad antigua se fundieron con las tenues luciérnagas que bailaron aquella noche sobre el lago, sobre aquel lago, fundiéndose bajo las lágrimas de marzo.

Lágrimas de marzo, que fueron las más amargas que recuerdo; las que cayeron fundiendo la nieve, quebraron el hielo del lago partiendo su alma hasta el mes de abril, hasta el borde del mundo. Allí donde las aguas caen silenciosas hacia el firmamento, hacia el deseo de éste, nuestro cielo estrellado, éste, nuestro mayor deseo.

Aquel firmamento que resplandece, llora, canta y se somete. Ahora iluminado en mi recuerdo por las luces de la ciudad antigua, la de calles pétreas, la de los pequeños árboles yaciendo sobre los tejados, bebiendo de la risa de los más pequeños, y de sus sueños...

Esos tejados, donde mis gatos cazan cuentos y los depositan en la cesta que tejiste aquella primavera, aquella, la que hiciste para atrapar sueños.

Allí nos sentábamos, a contemplar las luces de las casas bajas, los tejados en noviembre, las puertas y ventanas, las luces de la ciudad bajo una luna que ilumina por igual todos los rincones, por igual; jugando al escondite aquí, y llenando de paz el lago que tan lejos queda de la puerta de tu casa. Uno donde caballitos galopan, al compás de tres por cuatro, bajo mi atenta mirada. Bajo la tuya que danza, bajo la luna, en la ciudad donde resuena la música lejana. La ciudad donde siempre se respira el aroma de las noches antiguas. Aromas antiguos, como los de aquella noche.

Pues nunca estuvo la ciudad tan hermosa, como aquella noche.

 

Edanna, abril de 2011

6.0/61vote
Voting statistics:
RatePercentageVotes
6100%1
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
Pages:123456789