Username:

Password:

Fargot Password? / Help

radio television

Tag: relato

1

El son de tus alas (IV)

Dyss, sello general

Y así, el tiempo anduvo su propio camino.

Ella siempre está cerca, en todo momento a él le acompaña. Cromwall ya nunca está solo.

Ella siempre está presente, ella siempre está allí, en algún lugar; él nunca la puede ver, salvo por el rabillo del ojo. Tan sólo sus pálidas y diminutas manos de niña sobre él, en la alcoba, o alrededor de su cintura cuando monta a caballo. En ocasiones su mano está sobre la suya, cuando afligido pasa las tardes en el salón, frente a una chimenea que siempre permanece apagada, pues ya no hay motivo para encenderla, puesto que, el frío que siente habita ya siempre en su corazón. Cuando intenta comer la siente a su lado; cuando se adormila siente su manos rodear su torso, como la más cariñosa de las amantes. No hay en el mundo compañera más leal.

Sus perros hace tiempo que huyeron, aterrorizados ante la nueva señora del castillo. Ya Cromwall ni se molesta en ahuyentarla, en dar alaridos; no sirven de nada. Ella siempre está allí, silenciosa, contemplándole, pálida, como el ocaso de una vida de dolor, muerte y agonías.

Intenta mantener los ojos abiertos, pues si la intenta mirar fijamente, ésta, desaparece. Sólo la atisba por los lados, semejantes a los latigazos de un recuerdo, que pareciese fustigar con sus mortajas ondulantes, llevando escritas las palabras estrictas que nos recuerdan la vergüenza de los errores cometidos en la vida. Pero es inútil, ella siempre está allí; y cuando rendido, cabecea, al despertar lo primero que ve es la pálida y pequeña mano de niña, tomando la suya.

Entonces vuelven los alaridos, las maldiciones y los gritos, y de nuevo, las largas y eternas horas de madrugada, cuando uno no sabe si está muerto o vivo o anda entre ambos mundos. Y al final, cae rendido; para yacer, exánime...; como cada día, como siempre pues, siempre es igual, así, de forma perpetua junto a su niña-amante; cuya pequeña mano es lo primero que vislumbra al despertar, tras todas las largas horas de pesadillas, terror, sueños y pesares.

En su desgracia maldice ahora todas las horas del día, y de lo larga que es la vida cuando cuentas con cada instante de forma consciente; todos esos momentos resultan tan claros, tan ardientes, tan crueles..., en su memoria.

Entonces el señor recuerda el castillo, allí donde todo empezó. Solamente si quizás..., aquella flauta que tal vez, todo lo comenzara... Y una esperanza se abre ante él, ¡rápido!, ensilla un caballo, cruza la barbacana y toma el gran camino, reventando a la bestia durante su carrera, cabalga veloz hasta aquel extraño castillo donde hace ya meses estuvo con sus hombres. Aquel tormento que tras una tarde, hace meses, ya empezara y al que ahora el señor culpa de todas las desgracias que en su vida, a partir de entonces, le han sucedido.

Al lugar llegó antes de que cayera ya el sol y apresurado, anhelante por el brillo de la esperanza refulgiendo en su consciencia, buscó la habitación donde hallara aquella tarde el instrumento.

¡Allí estaba! Satisfecho corrió, gritando y maldiciendo; jurando a la ramera que por fin, de cualquier  lugar de donde hubiera salido, allí volvería a sumergirse en el infierno, junto a todos a los que, durante  su existencia, les había arrancado la vida con sus manos.

Encontró la flauta en el suelo que sin dudar tomó en sus manos; anhelando liberarse, con premura, un soplido corto le dio por la boquilla. Una sola nota aguda resonó en una estancia por la que no parecía haber pasado ni el tiempo ni el polvo o la suciedad. Todo, absolutamente todo, estaba tan perfectamente limpio como el mismo día que allí había llegado la primera vez con sus hombres.

Durante un rato Cromwall espera, y con la proximidad del caer de la tarde suspira aliviado que con su plan podría haber tenido éxito, poniendo un final a una pesadilla que quizás había ya dejado atrás.

Rendido se siente entonces y sobre la cama ahora se sienta, más tranquilo de lo que ha estado en muchos meses por vez primera. ¡Desea tanto descansar!, ¡tanto anhela el dormir!, al fin, sin pesadillas. Se siente tan agotado que allí, tumbándose, se queda dormido al fin, sin sueños, en un sueño tranquilo como la ribera de aquel rio tranquilo donde pasó su infancia.

Cuando Cromwall despierta ya está anocheciendo y una tenue luz rojiza ilumina la estancia, donde las vestiduras al compás de una brisa que entra por la ventana sisean todas juntas. Siente miedo entonces. En su mente vuelve a ser consciente de todos los sucesos y desea, con fervor autentico que toda aquella pesadilla haya por fin terminado.

Y en su pecho, allí estaba la pequeña mano de ella; tan pálida, que sobre él, ahora dulcemente descansa.
Dándose la vuelta, con un feroz alarido, fuera de sí, entre rizas y sollozos, entre chillidos de rabia, a ella por primera vez la atrapa; esta vez su compañera no se difumina ante sus ojos, ni desaparece para rondar por los lados, como un fantasma, como un viento inalcanzable. Ella, esta vez allí continúa, silenciosa, sin expresión, lejana y fría como un rayo de luna. ¡Es tan pequeña!, ¡tan pálida!, de ojos profundos como negro carbón pues negro es el pozo insondable de su mirada ya que de pupilas carece. Su cabello, también negro es como la noche, lacio y brillante que le alcanza la curvatura de sus nalgas, que él aprieta ahora, pues también le arranca el fino vestido que parece deshacerse como un soplido en sus manos.

Así, con feroz brutalidad, en su misma habitación, a su compañera, a su aparición, viola ahora con fiera determinación, y con rudeza.

Y así lo hace sin cesar, durante horas y horas, en las cuales ella nada dice, ni sonido alguno emite, pues ni siquiera parece que sus pequeños pechos blancos se muevan levemente al respirar; si es que respira alguna vez. Yace allí, ahora, bajo él, mientras el señor entra en ella una y otra vez, con tal salvajismo que desea romperla en pedazos.

Cuando termina, enloquecido, corre hacia fuera, toma su caballo y esta vez sí, consigue matar a la bestia que cae, reventada, a la vera del camino, muchas millas a lo lejos. Levantándose sobre el caballo muerto, sigue corriendo de todos modos, hasta que dos días después regresa a su fortaleza, donde finalmente se encierra.
Allí se queda durante meses, gritando, dando voces y profiriendo alaridos. Tiempo durante el cual, todos los que allí quedaban se marchan al fin, muy lejos de allí.

Aquella fue la última vez que a ella él la tocó, probablemente, por alguna perversa brujería al haber estado en la misma habitación de su dueña. Allí sigue ella pues, siempre una fiel compañera, velando a su señor, en un castillo en ruinas, todo cubierto ahora de hiedra.

En un frío y enorme salón, ante una chimenea que jamás prende fuego alguno, se escucha los delirios de un loco que horas chilla, perturbado, y horas ríe con histeria. Siempre está en su sillón, profiriendo maldiciones, alzando la voz y hablándole a su siempre leal compañera de las tierras que una vez, junto a sus hombres, entre sus manos tomó, pues hubo un tiempo en el que obtuvo siempre todo cuanto quiso, y que nunca habían conocido pues la miseria.

Siempre silenciosa, la chica entre sus brazos tiene siempre ahora a un bebé, de la misma piel tan pálida como la de la nieve; y ni una queja ni un lamento, la hermosa criatura, jamás profiere. Pues si en su niña-amante palabra alguna jamás se escuchó, menos iba a partir en un nuevo niño; el hijo de él, y el de ella, que en sus manos, un bebe ahora siempre junto a sí mantiene.

Pero ahora, ya los dientes de Cromwall han perdido su blancura, se fueron pudriendo unos tras otro y los que quedan, en su boca son una sombra de lo que una vez fue símbolo de toda su bravura. El señor de los dientes blancos Cromwall ya dejó de ser, pues en un viejo desdentado de podridos dientes, él se ha convertido. Por fortuna, no todo es tan malo pues, en el niño que ella siempre en sus brazos sostiene, el señor ya advirtió, la hermosa blancura de unos agudos dientes de invierno que, el bebé de forma reciente, en su boquita ahora han nacido.

Así termina la historia de Cromwall, el de los dientes de invierno.
Que jamás viera en Occidente homenaje alguno, gloria ni alabanzas.
Salvo en la memoria a través del recuerdo de un desgraciado destino.
Muestra, enseñando, los errores que condujeron a tantas desgracias.

El hombre pues a ser libre, nosotras decimos, ¡que está condenado!
Pues de la libre voluntad, de hacerse a sí mismos, poseen tal don.
Que cada día, tus elecciones te harán ser lo que eres, ¡ya han olvidado!
Y en su ciega ignorancia el necio optó por tomar, el de su perdición.

 Fin

 

***

Su tono había cambiado al comenzar la narración, quedándose como en éxtasis y haciendo unas muy leves oscilaciones con la parte superior de su cuerpo. Al terminar, pareció relajarse y volver a ser la misma de antes. El ambiente se dulcificó entonces y las gentes comenzaron a dispersarse, cuchicheando a la luz de los grandes fuegos que se habían encendido durante la caída del Jareth.

Aquella había sido una bella historia contada de un modo extraño que, una vez más, trataba de enseñar a las gentes aspectos de la vida, de la tierra y de los cielos; pues en ello consistía la labor de las narradoras de la vida, en instruir mediante el enxiemplo, mostrando los secretos del mundo a la consciencia de las gentes, dejando las viejas historias en el recuerdo de todos los oyentes para que perduraran a través de cada generación; enseñando y educando a los seres que, por lo general, eran analfabetos.

Por ello, las narradoras recorrían los caminos, haciendo un peregrinaje sobre el que cada una tenía asignada una región que abarcaban en unas cuantas estrofas, completando su recorrido una vez por estación. En los años de invierno, sin embargo, permanecían en sus refugios toda la estación, esperando el momento de poder realizar su peregrinaje en condiciones más favorables. Las narradoras por ello disfrutaban de libre tránsito a través de todos los territorios, e incluso, hasta muchas criaturas que podría catalogar de bestias, las respetaban.

A mí me pareció la de las narradoras entonces,  una gran labor;  y aquel hermoso cuento narrado con un lenguaje extraño hizo que se me estremecieran todas las fibras de mi ser al recordar, mediante aquellas viejas historias, el porqué en Dyss existen tantos matriarcados, y el porqué la fuerza de lo femenino es respetado, como forma de gobierno y cómo guía espiritual, resultando en algunos casos algo de carácter sagrado en muchos lugares del mundo, a lo largo de todos sus territorios.
Más tarde pude conocerla, pues me acerqué a hablar con ella al dispersarse el gentío; y en aquel momento, nunca pude haber imaginado los increíbles acontecimientos que surgirían de aquella nueva amistad que se forjó al comienzo de aquel nuevo año de primavera.

El trono de la reina Valaria
Libro de Edanna

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
1

El son de tus alas (III)

Dyss, sello general

Nadie conoce mejor el castillo que su propio dueño, así que con gran habilidad se aproxima hasta la muralla, ocultándose, y que escala con facilidad. Al llegar a lo alto a un adormilado soldado sorprende al que, de un puñetazo, la mandíbula le rompe como escarmiento. Bajando por el torreón cruza los pasillos hasta el cruce de las galerías, donde una vieja y espantada criada da un grito al verlo, que el ahoga de forma brusca tapándole la boca, con tanta fuerza que por poco la mata. La mujer desmayada no puede ver como girando a la derecha, hacia los aposentos de la reina, Cromwall, ahora dirige sus pasos.

Ghost girlPero todo cuanto anhelaba encontrar no es lo que esperaba pues los jadeos a través de la puerta, sin dificultad, el señor percibe de forma clara, inconfundibles.

Entreabriendo la puerta allí ella está, recibiendo entre sus piernas al capitán del destacamento, con tal ardiente pasión que con él jamás recordara. Ni en sus manos ella gimió así de placer, sobre ella. Y él, en su pasión, la llegada del señor del castillo tampoco ha advertido, para su propia perdición.

Desprendiendo entonces una lanza de adorno en la pared, furioso, ¡fuera de sí!, con un terrible grito a los dos atraviesa; perforando hueso, carne, músculo, y pasión ¡con fiereza!

Con tanta fuerza que empala a los dos que allí, el uno en el otro, ahora en la pasión del amor así se reciben; atravesando las tablas de la cama y contra el frío y duro suelo; con la misma lanza que una vez usara para cazar su primer jabalí, que junto a todos sus trofeos, en el gran salón, allí se exhiben.

Perforando el piso de durísima piedra hasta enterrarse a un palmo del refuerzo, quedando allí clavada entonces, mientras él jadea por tal tremendo esfuerzo; empapándose cama, sábanas, cuerpo, piedra y lanza, quedando como un recuerdo, con el destilar de la sangre de los dos amantes que en su imprudencia, allí les diera caza.

Emitiendo un rugido corre entonces por los pasillos y mata a golpes a algunos criados que, presurosos, acuden a ver qué sucede; les rompe el cuello con sus manos en un acceso de cólera, haciendo crujir las vértebras en un sonido que hiela la sangre en las venas; y ordena, a voces, que sellen los accesos, puertas y ventanas ¡todo!, ¡todo maldita sea!, de la habitación de la reina, que con ladrillo y mortero la cieguen; y que nadie ose tocar los cuerpos, pues, tal como están así para siempre se han de quedar, si no quieren terminar todos igual, empalados como su señora.

Aquella habitación será ahora pues su ataúd, y sobre ella, su amante hará las veces de mortaja; el castillo, su monumento fúnebre, y como única plegaria, lo que tenga que venir mañana; para recuerdo de todos los que respiran bajo el sol, mientras él..., así lo permita.

El tiempo transcurrió entonces, tan lento; lento cuando saboreas todos sus versos; rápido cuando no eres consciente que la vida se escapa sin saberlo, a través de los resquicios de la aurora de tus pensamientos.
Cromwall se fue marchitando; él, que siempre fue el primero en reír y el que más alto siempre lo hacía; él, que había tomado siempre todo cuanto se puso en su camino; él, que siempre tomó cuantas mujeres quiso, y la hembra, no se trataba más que de un pasatiempo.

La femineidad no significó para él nada más que un higo que exprimir y al que sacarle todas las pipas pues nada más que un fruto era, de los muchos puestos allí para el hombre por la misma tierra.

El gran señor lánguido yace ahora, siempre solo, en el salón al que ni sus perros quieren acompañar por la extraña locura que aflige al rey desde aquel día siniestro.

Sus perros huyen espantados ante su apariencia, y de manera especial ante la otra presencia que perciben, que huelen, que sienten, que eriza sus lomos; pávidos de terror absoluto; un terror antiguo que recuerdan en los rincones de la memoria que han heredado de sus ancestros.

Sus hijos, espantados, se han marchado a lejanas tierras, a cuidar de sus propios asuntos y a su padre no quieren volver a verlo jamás.

Ahora Cromwall solitario siempre parece estar, hablando y maldiciendo; en las largas horas, en su salón al que ya ni sus perros visitan, se le escucha reñir con lo que todos creen es el fantasma de la reina que ha vuelto para torturarlo. Día y noche las pasa solo, sin ver a nadie, constantemente discutiendo consigo mismo o  hablando con el ánima que, muy probablemente, ahora siempre está junto a él para mortificarlo.

Pero la verdad única sólo él la conoce pues, la presencia siempre le acompaña desde aquel día que una sola nota le arrancara a aquel extraño e inútil instrumento.

Directamente a ella jamás la percibe; solamente por el rabillo del ojo, en muchas ocasiones, atisba lo que parece una hermosa mujer, muy joven, casi como una niña. No es muy alta y es extremadamente delgada, como un ánima; pálida, como una aurora de nubes de otoño. Pálida, como la vida de una mujer que perdió a todos sus hijos; pálida, como un campo gris bajo los cadáveres de un campo de batalla. Pálida como un mundo sin sol, en una noche de luna vestida de mortajas.

En las raras ocasiones en las que aún monta a caballo, las blanquísimas manos de ella rodean su cintura, que él siente apretándose junto a su cuerpo mientras percibe su perfume extraño y áspero como el jengibre; notando las manos delicadas, pequeñas y gráciles; unas manos de gorrión que podría aplastar con un puño.
Podría matarla con una sola mano cien veces seguidas.

Allí sus manos pálidas se aprietan a él, a su señor, unas manos de niña, blancas como los amantes empalados en la habitación de la reina, ya devorados por los gusanos en el dulce aroma de las largas estaciones de primavera, cuando los pétalos revolotean frente al reciente muro de ladrillos que tapian las ventanas, tras los cuales, la carne de ambos se pudre lentamente bajo las sedas, las vestiduras y las botellas de todos sus perfumes, en el transcurrir de todos aquellos tan hermosos días con sus noches.

Nunca habla, nunca dice nada, nunca se escucha el siseo de su respiración; sólo un frío gélido, como una larga estación de invierno que siempre, a su lado, le acompañase.

Cuando duerme la siente a su lado, apretándose junto a su torso, depositando aquella dulce y delicada mano, pequeña, blanca y fría sobre su pecho musculoso, buscando protección, buscando todo su amor con anhelo, con deleite; pero sin pasión.

Él entonces despierta dando un alarido, se retuerce, se agita, emitiendo un lastimoso gemido, como quién quiere quitarse una araña que recorriera su piel, con asco y repulsión; bañado en sudor, Cromwall, ya jamás descansa.
Por primera vez desde que era niño a veces solloza pues al despertar, a su lado, el siempre solitario espacio en donde no hay nada es cuanto le acompaña. Ella sólo aparece por su visión periférica, tan niña, tan hermosa y tan extinta, como una madrugada de frío invierno.

¡Ahora el señor gime!, grita en la noche, ahora solloza, y ahora ¡vuelve a gritar! Gimiendo maldice, jura mil veces matar a todo hombre y mujer que se cruce en su camino. Injuria a todas las maldiciones del mundo que por qué aquella se adueñó de él, convirtiéndose en su dueña.

Durante las largas horas en el castillo resuenan sus alaridos, en las largas horas de madrugada, durante todas las largas horas de la noche...

Los criados, asustados, se esconden en sus sórdidos huecos, bajo sus mantas y sus pulgas, y el miedo del terror es lo único cuanto ya florece en los antiguos jardines de la reina; ahora rodeados con el verdor de la naturaleza cuando se le desabrochan los leves cordones que encierran la blusa donde guarda los tesoros de toda aquella primavera.

En un lugar de terror a su castillo el señor ha convertido.

Algunos soldados comienzan a escapar y muchos hombres, antes leales, ahora prefieren poner tierra de por medio; a éstos le siguen los criados, pajes y artesanos de la gran casa del gran Cromwall “dientes blancos”. Así, ésta, comienza a corromperse como los cadáveres que yacen en la tumba de la reina. Él, dándose cuenta, a todo hombre maldice, y jura mil veces que como lo atrape, la vida le arranca de un sólo golpe, les dice. Pero el miedo se ha apoderado ya de todos los corazones en una gran desazón, así pues, no consigue evitar que a lo largo de aquellas semanas un enorme conjunto de hombres deserten, abandonando a su señor que, creen, ha perdido por completo la razón.

Continuará...

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna

 

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
1

Mi pequeño prisionero (revisado)

Cada día, hace tiempo, subía siempre al desván donde, sujeto a una cadenilla de plata, mantuve a mi ánimo encadenado. Hace tiempo que lo tenía prisionero, no tenía más remedio.

Él, adoraba tumbarse dentro del cálido cuadradito luminoso que un rayito de sol arroja sobre las tablas, siempre alrededor de la media tarde. Mi ánimo es muy singular pues viene y va donde y cuando se le antoja, y eso, no lo puedo consentir.

Cuando subía allí, a visitarle, solía hacerse el dormido. Me sentaba, próximo a él, y escuchaba su respiración lenta, sosegada, como un viento entre los árboles. Como mi propio viento entre los árboles.

Mientras allí me sentaba, siempre me gustó contemplar las partículas de polvo en suspensión, bailando al ritmo de su respiración, subiendo y bajando, haciendo cabriolas y girando en alocados molinetes al compás de un apenas perceptible ronquidito. Las luminosas motitas, parecen nadar en un mar centelleante y encrespado; navegando en su cáscara de nuez con los nervios templados, hacia orillas más allá de la segura línea que marca la frontera de un rayo de sol.

Apreciaba allí siempre una luminiscencia alrededor de su imagen, desvaneciéndose cuando la luz atenúa su intensidad y llegando a su cénit cuando el día es cálido y acogedor. A él le gustaron siempre los lugares luminosos, y son los pequeños rayos que entran a través de las ventanas estrechas, los lugares de su predilección.

Siempre fue mi ánimo un inquilino caprichoso, al que a menudo he tenido que conservar enclaustrado, manteniendo cerradas puertas y ventanas; y que revolotea, dándose golpes contra el techo cuando alguna vez fui descuidada y sin darme cuenta, en un tris-tras se me escapara. Como un canario fugado de su jaula despedía pequeñas bolitas de pelo, mechones emplumados que recuerdan a las plumas desprendidas de un ave desesperada en las mismas circunstancias, mientras intentaba, enojado, encontrar la fina línea que separa su encierro de la libertad.

Por las tardes le cantaba canciones con mi guitarra, más, como yo no sé tocar nada bien, sus bostezos abrían oscuras bocas de pozo en la negra realidad de mis habilidades.
Aun así, en algunas ocasiones, se sentía animado; y era entonces cuando, para mi satisfacción, daba cabriolas, danzaba, saltaba, bailaba, y juntos, nos reíamos hasta bien pasada la hora de la cena. Era en esos momentos cuando me gustaba abrazarlo y cantarle canciones que ya entonces lograba atinar con algo más de pericia, sólo con alguna nota defectuosa, o dos, poco más.

Una vez lo sujeté a la chimenea, consciente de su delicia por el rincón más cálido y acogedor; pero sus tirones desesperados me obligaron a confinarlo de nuevo en el aislado altillo de esta vieja casa, rodeada de bosques infinitos.

Si me sentaba en la estera donde mi propia abuela me cantaba cancioncillas, él venía siempre a acurrucarse en mi regazo. Era entonces cuando, tirándole miguitas de pan, le hacía dar dos vueltas y media en el aire, al compás del tarareo de una vieja tonadilla.

Antes de ponerse el sol, solía ofrecerle licor de melocotón y le canturreaba una nana que aprendí cuando todavía sabía escuchar canciones. Él se ponía muy contento y saboreaba el delicado manjar con una fruición sólo digna de algún rey capaz de rodearse de un ejército de guerreros de terracota.

Pero hoy todo cambió. Hoy sentí frío. Hoy la nieve penetró en la casa del bosque.Casas nevadas en Canadá

Una gélida ventisca se adentró en el interior de la casa, recorriendo las estancias y posándose en cada resquicio. Helando cada mota de polvo.

Cuando subí al desván, la nieve entraba por una ventana rota, cubriendo de blancos copos todos los rincones. Trayendo un invierno antiguo sobre el cálido verano, haciendo huir a la primavera allí donde mi ánimo habitaba hasta aquel mismo día. A través del ventanuco había escapado, tras roer cuidadosamente la cadenilla y escapar por una estrecha abertura en el cristal.
El otoño se había apoderado entonces de la casa del bosque. Un preso que se fugó de su prisión, y se marchó, sin dejarme ni siquiera una nota...

Miré por la ventana, sentada sobre la vieja alfombra, contemplando las motitas de polvo en suspensión; observando como ejecutan molinetes al compás de mi respiración. Sola, sin más lamento que el de mi propio silencio. Sin más verano que el viento gélido a través de un roto cristal.

Finalmente, decidí que prefiero que sea así entonces.

Que vuele aquel que gusta de ir y venir; que no está para dar ni tomar, ni ofrece dones ni brinda servicios. Nada le debemos, nada él pues nos debe.
Y que todas las cosas del altillo, tal como quedaron, conserven el recuerdo de un inquilino que siempre fue algo nervioso; menos cuando adormilado contemplaba, soñador, la forma de las nubes en el cielo, a través de la ventana...

Edanna

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
1

La huida (ed. revisada)

Dyss, sello general

En su carrera, el ciervo volaba por el bosque.

Sus pezuñas dejaban rastros pares en el húmedo manto de hojas podridas. Huellas distantes en su alocada carrera por la vida. De sus hollares goteaba la saliva caliente, y un vaho desesperado se mezclaba con las claras nubecillas de vapor del suelo y las hondonadas.

El astil de una flecha corta le sobresalía de su cuarto trasero, bañando de púrpura su costado, dejando tras de sí un rastro claro y diáfano, como una luz guía para la jauría. El bramido de los perros y los gritos de los hombres resonaban detrás, siempre cercanos, y por más que corriera con toda la fuerza de su poderosa musculatura, no apreciaba que ganara distancia entre la jauría y él.

El ciervo cruzaba a través de las ramas que siempre se interponían; hojas molestas que le daban latigazos en el pecho fuerte y blanco, surcado de cicatrices del pasado. Sus astas se erguían como una corona, una de ellas rota desde antaño; jirones de tela enredados en ellas cimbreaban al viento con la veloz carrera.

El ciclo del Niñoroto, como lo llamaban, se completaba una vez más. La última cacería: la caza del venado del asta rota.

La jauría no daba tregua; lebreles de blancos dientes arrojaban brillos que el ciervo veía a través de su visión periférica, presagio de la caída, aviso de que esa carrera era la más importante de su vida. Muchos hombres corrían trae él, y corrían como hacían los hombres de antaño, veloces y tan feroces como sus perros hambrientos. Llevaban pieles sin curtir, barbas sucias con cabellos sucios, lanzas, arcos y flechas toscas, pero mortales. Hablaban un extraño dialecto, y sus narices chatas olisqueaban al igual que los perros la sangre del venado.

Pero desconocían, que estaban escribiendo su propia historia.

El jefe del grupo de cazadores era el más fuerte, llevaba un collar de molares de ciervo, de pequeños astiles de venado y colmillos de lobo. Todos aquellos hombres apestaban, y Niñoroto los olía cada vez más cerca, tan diferentes, tan astutos, como sus perros.

Del arco del jefe voló la flecha que lo cogió desprevenido; no pudo olerlo, no pudo pues estaban untados de grasa de ciervo y excrementos de animales para disimular el olor a hombre, tan inconfundible. La muerte voló con un zumbido bajo para clavarse en su costado.

La carrera se llevaba consigo más de una hora y el bosque se volvía cada vez más oscuro. La historia se repetía una vez más; el mito del ciervo guía y de una nueva muerte en el bosque; el descubrimiento del claro y el hallazgo de la fuente que habla.

Y aquel hombre, llevaría su propia historia a otro lugar del bosque. Aunque esa historia no cabía en esta carrera pues le era ajena, y otro ciclo estaba a punto de comenzar.

Atravesó los arroyos, salpicando las ramas bajas con el brillo de pequeñas gotas que parecían detenerse en el tiempo, en un instante de terror absoluto, centelleando a un sol que se entreabría en rayos claros por las hojas de la techumbre espesa del bosque. Sus patas hincaban la tierra, dejando agujeros profundos; el sudor bañaba todo su lomo y su pecho. Estaba agotado; la herida le dolía mucho; se mareaba por la pérdida de sangre; en su pecho, los pulmones le ardían como el fuego.

Llegó al claro, allí donde habitaba la fuente que habla. No se demoró, aunque sabía lo que vendría pronto. El penúltimo proceso de su persecución, se consumaba.

Niñoroto escuchó como los hombres se demoraban, atónitos por lo que habían descubierto, y parte de su propio mito comenzó allí. El jefe del grupo perdería el interés por el ciervo al ver la fuente en el bosque, que le hablaría, llevándole a cumplir su propio destino. Como el destino del ciervo guía envuelto a su vez en otro mito.  Niñoroto ahora cumplía, pero su historia no había terminado.

Los lebreles de brillantes dientes al sol y fauces de espuma blanca no fueron llamados por sus amos, y si tal cosa hubiese ocurrido su mismo deseo los habría hecho desobedecer. En sus mentes de cazadores solo había una imagen: el dulce olor de la sangre de venado.

Tropezó, y con un chasquido semejante a una rama al romperse, su pata quedó quebrada. El dolor fue lacerante, bramó de angustia. Los perros aumentaron sus ladridos, excitados por  saberse conocedores de su propia victoria. Niñoroto se levantó, renqueante y cojo, dándose la vuelta enfrentó, con una cornamenta de más de cien años, al enemigo del colmillo largo.

El primero embistió en un salto directo a su cabeza, le atravesó con el asta desde el vientre hasta el lomo, quebrándole la columna limpiamente y lanzándolo contra un roble donde, con un chasquido de huesos rotos, quedó exánime con una mueca de rabia en sus fauces.

El segundo lo atacó de costado, el ciervo se giró y le quebró el cuello con sus pezuñas en una coz bien aprendida en los primeros días de su larga vida. El perro, dando un aullido, quedó inmóvil.

El viejo ciervo jadeaba, con el pecho a punto de estallar de agotamiento; rememoró la imagen de la cierva de su última camada, sus vástagos trotando junto a él, cuando guiaba a la manada donde la hierba creciera tierna y firme, donde el agua fuera clara y el sol abundante. Los pequeños cervatos jugaban a huir, brincar, correr y perseguirse; a salir corriendo de repente ante un ruido o un siseo; a escudriñar la maleza buscando depredadores mientras los demás bebían en el arrollo, aprendiendo, como aprenden todos los animales su propio papel en el ciclo de la vida.

Unos colmillos se le clavaron en el pecho; le desgarró la piel con las mandíbulas una perra hembra muy bien adiestrada, la más vieja del grupo que, astutamente, usó un ángulo en el tercer cuarto de su visión periférica; allí donde las imágenes eran confusas si giraba mucho la cabeza. Lo había conseguido aprovechando la caída de su otro compañero de caza, una caída necesaria para poder acercarse lo suficiente al ciervo y conseguir herirle.
El ciervo bramó una vez más de dolor; trató de pisotear a la perra, que rápida, se liberó de sus peligrosas extremidades y retrocediendo unos pasos, buscó su oportunidad para un segundo ataque. Los amenazó con la cornamenta; los perros conocían el peligro; debían actuar juntos y asediar a la bestia, hiriéndola una y otra vez.

El ciervo recordó sus carreras por los prados, la visita al Refugio y las mansas aguas del lago donde dormitaba muchas veces bajo las estrellas del firmamento, atento y vigilante por sus vástagos y por la manada. Recordó cuantas veces había vencido a los machos jóvenes que intentaban usurparle el cargo de líder y del berreo de las hembras ante sus victorias, excitadas por su fuerza y su poder. Recordó muchas cosas hermosas, mientras se le nublaba la vista e iba desfalleciendo. Recordó su propio nacimiento, el olor de su madre, el sabor de la leche caliente de su cuerpo, y cuando le lamía tiernamente la cabeza para limpiarle.

No percibió el dolor cuando el resto de los ocho perros se abalanzó sobre él, desgarrando por todas partes su cuerpo, llenando con su sangre el rincón del bosque, donde volvería a la tierra. Para renacer. Para cumplir de nuevo su cometido en su propia historia.

Los perros lo despedazaron; el sonido de sus mandíbulas y gruñidos de satisfacción resonó en el bosque, ajenos a sus dueños que ya no pensaban en la caza sino en su propio destino, al ser guiados hasta allí por el ciervo del asta rota para poder cumplir así con su destino.

Niñoroto cayó con un estruendo sobre una hojarasca que exhaló un revoloteo de despedida, expelida bajo su peso. La tierra tembló, y con los ojos ya vidriosos, exhaló su último bramido, expirando.

Los perros aullaron y se arremolinaron sobre él, destrozando el resto de su cuerpo mientras se daban dentelladas los unos a los otros, jadeando de júbilo.

...Y en otro rincón del bosque, en ese preciso instante sucedió que, de un agujero en un roble viejo hubo un parto de pájaros. Pequeños pájaros negros que, como golondrinas, emergieron veloces del tocón podrido, alzando sus alas curvas al cielo entre miles de sonidos agudos.

El aire en aquel rincón del bosque se llenó de pájaros nacidos de la tierra; el milagro que volvía a renacer en un lugar perdido en el corazón del bosque. El suelo al pie del roble se removió y las hojas secas volaron en una erupción violenta bajo el silencioso grito, inaudible, de la propia tierra; ésta se removió lanzando trozos de barro en todas direcciones.

Un parto en el bosque; el dolor de la tierra invisible. Sólo animales y plantas pudieron sentirla. Los gritos de la madre dando a luz.

Del barro y las hojas, de la tierra y el agua surgió una cornamenta, y más tarde, el cuerpo mojado de un ciervo surcado de cicatrices; envuelto en el barro, recubierto de nervaduras, con un intenso olor a hojas, a tierra mojada, a ramas podridas, a hierba húmeda.

Del parto de la tierra resurgió, para volver a iniciar su propia historia, siempre una vez más, el ciervo. El ciervo que resurgía de la tierra; que tenía un asta rota envuelta en jirones raidos, un sudario de viejos trapos de tela grisácea.

Empapado por su propio nacimiento cortó con sus dientes el umbilical hecho de fibras vegetales que le unían al suelo cubierto de hojas del bosque. En pocos minutos aprendió a andar de nuevo poniendo entonces rumbo hacia la periferia.

Niñoroto renació una vez más, como tantas veces. Una más, en un ciclo continuo e interminable. El ciclo de su propio mito.

Edanna

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
1

De la bóveda celeste

Dyss, sello general

Enmarcadas en una majestuosa bóveda celeste, Dyss tiene el privilegio de albergar, como ya he descrito, dos lunas además de un sol que ya conocemos como Lugh, y que no anda solo en el transcurrir de la jornada pues mantiene siempre a su “Jareth” muy cerca, como un manto que se extendiese a través del firmamento.

Pero en los cielos existen otra infinidad de detalles que precisan de un poco más de tu tiempo para ser enumerados. Esos detalles los clasificaré como: los cuerpos errantes y las estrellas con sus constelaciones.

Las estrellas salpican la bóveda celeste de brillos titilantes, describiendo un movimiento siempre fijo y que sólo varía dependiendo de la época en la que se encuentre cada estación durante la cual veremos las diferentes constelaciones con mayor o menor facilidad variando su posición con respecto a la tierra y su altura en relación con el horizonte, según el momento.

Un concepto ya familiar para muchos, o al menos para la mayoría.

Sin embargo, existen una serie de cuerpos que parecen describir un movimiento “errático” a través de los cielos, comportándose cada uno de una forma determinada. Dotados de individualidad, estos cuerpos mantienen unas trayectorias complejas de describir, manteniendo cada uno sus particularidades. A los cuerpos errantes, nos referiremos en primer lugar, para después terminar nuestro viaje a través de los cielos describiendo las caprichosas formas que adoptan las estrellas y sus constelaciones, y lo que éstas significan para la existencia.

 

Los cuerpos errantes

En la noche estrellada además de las lunas y durante el día, por supuesto, del sol Lugh y su Jareth, existen otros siete cuerpos celestes de relevancia que conviene tener muy en cuenta.

Los siete los dividiremos a su vez en cinco cuerpos errantes lejanos y dos errantes cercanos o “Gemelos”.

 

Errantes lejanos

Los errantes lejanos son también pedazos de realidad, como lo es Dyss, que se encuentran a grandes distancias. Se perciben como estrellas muy brillantes de diferentes tonalidades. Desconozco si albergan su propia consciencia, aunque en el mundo se tiene la certeza de que así es dados los juegos que mantienen en los cielos y que traen de cabeza a todo estudioso que quiera describir sus movimientos. Los cinco le dan sus nombres a cinco días de la novena que en su honor los recuerdan en el transcurrir del árbol del tiempo.

Describen trayectorias independientes muy diferentes entre sí además de una serie de movimientos, o más bien de comportamientos muy concretos, a lo largo de toda la estación, manteniendo cada uno unos rasgos característicos que los definen.

Sus trayectorias suelen variar dependiendo de la estación, y en ocasiones, variando su posición de un ciclo a otro, lo que resulta de lo más extraño. Son desde luego complicados de describir asumiendo, por tanto, que obedecen a su propio libre albedrío y a su voluntad o yo diría más bien que, a su propio capricho, pues mantienen los cinco su propio juego a través de los cielos. Un juego que aparenta ser independiente de todo lo demás.

Los nombres de los cinco errantes lejanos son:

Grimbal, “El Cazador”. En algunos sitios conocido por, Gillean, nombre que en su honor se le da al segundo día de la novena. Día que por cierto, y creo haber comentado ya, no se puede cazar ninguna presa. Algo que no se aplica a los animales y a las bestias, obviamente.

De un color avellana, Grimbal describe una trayectoria más estable que sus cuatro hermanos.

Brenn, “El Lobo”. Que da su nombre al cuarto día de la novena. De tono blanco brillante parece seguir a su hermano Grimbal, para después describir una trayectoria completamente diferente y que ha hecho gemir de angustia al estudioso de los cielos más paciente.

Ruadh, “El Cuervo”. De todos, el de trayectoria más disparatada, cambiando de mes en mes, de estación en estación y de ciclo en ciclo. Ruadh le da su nombre al sexto día de la novena y que si repito es para que lo recuerdes. Los que nacen ese día se les suele decir que no saben lo que quieren ni cuando duermen. Su tono es cobrizo.

Danna, “La Doncella”. En honor a la madre del viejo pueblo y de la cual tengo la desgracia de ser, su hija... Es quizás una de las guardianas más reverenciada en el mundo, o al menos en una parte significativa. En su honor lleva su nombre el séptimo día de la novena.

La trayectoria de La Doncella es relativamente estable, pareciendo acompañar y describir una ruta parecida a la de Brenn, el Lobo. De cualquier forma las trayectorias de ambos parecen estar relacionadas. Mantiene un tono que varía entre diferentes matices de azul claro y cobalto.

Curadhan, “El Ciervo”.Cuentan en Dyss que Curadhan, “El Ciervo de Cullegh”, huye del Lobo y que Grimbal los persigue a ambos; que la Doncella desea impedirlo y que el Cuervo, se ríe de todos esperando sacar tajada... Sea cierto o no, las trayectorias de Curadhan, Grimbal y Brenn están relacionadas, resultando algo más previsibles las tres si se estudian en conjunto.

Le da su nombre al octavo día de la novena y se percibe de un color anaranjado brillante.

 

Errantes cercanos o Gemelos

Los dos cuerpos errantes cercanos, o Gemelos, se cree que son mundos de la misma naturaleza y características que la propia Dyss. Yo al menos, estoy convencida de ello. Su tamaño aparente es mucho mayor, semejante a lunas pequeñitas. Su luz es por tanto un factor importante a tener en cuenta durante las horas nocturnas.

Los Gemelos de Dyss mantienen unas trayectorias mucho más previsibles que sus hermanos pequeños, resultando  más contantes. De esta manera, determinar  su recorrido en el calendario es posible y hasta conveniente. Tengo constancia de que afectan levemente a las mareas, pero dado que es a escala muy débil, no lo tendremos en cuenta. Sin embargo, el poder de la “Ellan Yua” o “fuerza creativa del mundo”, se ve visiblemente afectado por la acción de los Gemelos de una forma que ya veremos en su momento.

A los Gemelos, o errantes cercanos, se les conoce como: Giseth, “el de la arena dorada”, dado su tono amarillento y Areté , “la gema del sol ” de un tono verdoso intenso.

Si ambos gemelos constituyen efectivamente otros mundos como lo es Dyss, nadie lo sabe con seguridad. Pero desde luego una cosa es segura, Dyss mantiene una afinidad muy importante con estos dos errantes cercanos, resultando afectada por éstos de forma evidente. Sin embargo, los Gemelos no forman una consciencia como lo forma Dyss. Son mundos gemelos sí, pero silenciosos y mudos, sin albergar consciencia propia.

O al menos eso se ha creído hasta ahora...

Y como de las constelaciones hay mucho que decir, lo dejaremos para el próximo apartado.

 

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
1

Los niños salvajes (v. revisada)

Dyss, sello general

Entre un revoloteo de hojarasca y los últimos rayos de sol deslizándose a través de los árboles, llegaron los niños salvajes.

Iban prácticamente desnudos, cubriéndose con lo que habían encontrado en sus vagabundeos y que ellos consideraron que servía de atuendo. El que fuera digno era el menor de sus problemas. Algunos llevaban una camisón raído, un jirón de manta, tiras de piel o de lino para vendar a los leprosos, una manta... Uno, dos intentos de zapato, daba igual...,  buenamente se cubrían de cintura para abajo con todo tipo de apaños.

Apestaban como demonios, pude olerlos a muchos metros de distancia. No se atrevieron a cruzar el linde del bosque. Desde el camino polvoriento que bordeaba los primeros troncos permanecían en silencio, observándome.

Probablemente yo les daba miedo, pero eso no duraría siempre. Los observé, en silencio, muy quieta, mientras los rayos de sol que se escurrían en la arboleda me acariciaban el cabello y la espalda lentamente.
Eran Imagos; eran imágenes míticas... ¿De quién habrían sido esos sueños?, ¿tanto terror inspira en las gentes un grupo de niños vagabundos, independientes y salvajes?

Había muchas niñas, casi las dos terceras partes; algunas estaban en estado. No podían tener más de catorce o quince estaciones y probablemente ninguno pasaba de cuatro ciclos completos. Todos llevaban extraños objetos sacados de la vida cotidiana, ahora destinados a usos misteriosos, pero con la evidente intención de servir para algún tipo de simbología de orden tribal, de estatus social. Habían creado su propia cultura de la nada. Una cultura de remiendos. Observé que probablemente habría uno o una serie establecida de líderes formando una jerarquía de orden complejo. Pude reconocer marcas en el rostro de una de las niñas, no tendría más de once años, de claro sentido espiritual. Una pequeña chamán en el grupo de los niños salvajes.

―Ya han creado a su propio hechicero, en tan poco tiempo. ―Pensé.

Los niños me observaron silenciosamente, intercambiando susurros bajos, que eran acallados bruscamente por el que parecía el líder. Un chico alto, con los huesos de las costillas claramente diferenciados. Llevaba un collar lleno de objetos absurdos que le colgaba hasta la cintura. En la mano izquierda un objeto pesado y  contundente, probablemente bastante peligroso en manos de aquel muchacho. Todos llevaban dibujos, marcas, e incluso la cara pintada con lo que me pareció sería probablemente ceniza.

Creo que se asustaron cuando la luz del crepúsculo comenzó a rellenar el mundo a nuestro alrededor y la oscuridad avanzó paso a paso, creando sombras cada vez más monstruosas; pero no tan gigantescas como las que había entre ellos y yo.

Finalmente se marcharon, tan rápidamente como aparecieron. Escucharon el relincho del caballo enfermo que agonizaba más abajo en el valle, en la granja abandonada. Significó lo mismo para ellos que la llamada del cuerno o de la caracola.

Algo nuevo, en algún otro lugar; si es que había otro lugar.

Hasta casi la medianoche, pude escuchar los bramidos de agonía del caballo, escuché claramente el entrechocar de las piedras, el crujido de los huesos rotos, los relinchos de sufrimiento del animal. Todos los ecos de aquello resonaban en el bosque, retumbando a su vez por las colinas. Llevados por el viento, hasta lugares distantes.

Allí encontró su propio sepulcro, y yo entonces le puse nombre a lo que ya se conocía como: “El Sepulcro del Caballo”; pero el nombre nuevo no lo relataré aquí, pues obedece a otro propósito.

Lo mataron a pedradas entre todos, lentamente, con cuidado de no acercarse al animal. El animal bramaba desesperado, repartía coces frenéticas; lo escuché claramente aunque los sonidos llegaran apagados por la distancia. Pero estaba enfermo, viejo y agotado. Pedrada tras pedrada. Podía imaginármelo, podía ver la situación con claridad.

Finalmente, los relinchos cesaron.

Encendieron un fuego, pude ver la claridad en la lejanía a través de los árboles, ahora jugaban, gritaban, reñían, reían. Pude oler la madera quemada, la carne de caballo, el humo espeso, acre, dulce.

Los gritos... Unos lamentos. Comieron.

El olor penetró en el bosque, inundando el aroma de la hoja y del musgo. Inicié un canturreo. Las hojas se agitaron. Cuidé de mi propio fuego. Permanecí despierta toda la noche. Pendiente, vigilante, ausente de todo cuanto habitara en mi interior. Celosa de todo lo que existía a mí alrededor, de cualquier sonido, de cualquier olor. Esperando.

Por la mañana se habían marchado.

Llegué hasta el Sepulcro del Caballo. Allí estaba aún una parte del animal, entregada ahora a las moscas y a los carroñeros. Huesos, maderos y restos yacían por todas partes. La hoguera humeaba, lanzando un humo negro y viscoso que se llevaba la brisa. Uno de los niños estaba allí tendido, muerto. Tendría unos seis años. Una horrible brecha en la cabeza y una piedra ensangrentada, lo explicaba casi todo. Tardé apenas tres cuartos de hora en enterrarlo y cubrir la tumba con un buen montón de piedras. De poco servía, muchos animales cavan mucho mejor que yo y con más habilidad que la mía cuando amontono piedras.

Pero volverían. Lo sabía claramente. Miré en todas direcciones, solo pude encontrar en los cielos a mis amigos los viejos pájaros negros. Les rogué que me avisaran. Ellos dieron alguna muestra de parecer considerarlo.
Volví al bosque, volví a la piedra y la roca, al rio y la cueva húmeda. Esperé...

En los días que transcurrieron durante mi espera, en muchas ocasiones me pareció escuchar el sonido de la cándida y afable risa de aquellos niños. Siempre cerca, entre los árboles que ocasionalmente se agitaban, esperando darme una sorpresa, un saludo, una bienvenida.

A mostrarme sus dientes, con una sonrisa.

Libro de Edanna

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
Pages:1234