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Tag: relato corto

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Los niños salvajes (revisado)

Entre un revoloteo de hojarasca y los últimos rayos de sol arrastrándose a través de los árboles, llegaron los niños salvajes.

Iban prácticamente desnudos, cubriéndose con lo que habían encontrado en sus vagabundeos y lo que ellos consideraron que podía servir de atuendo. El que fuera digno era el menor de sus problemas. Algunos llevaban una camisa, blusa o pantalón bastante raído. Otros se vestían apenas con una manta. Con suerte alguno llevaba algún zapato; muy pocos, aparentemente los más fuertes o corpulentos, los dos. Los más débiles, buenamente se cubrían de cintura para abajo con cualquier apaño. Parecía darles lo mismo, pero sabía que no era así. Para ellos, el atuendo debía de tener un valor que yo meramente acertaba a sospechar.

Apestaban como demonios, pude olerlos a muchos metros de distancia. No se atrevieron a cruzar el linde del bosque. Desde el camino polvoriento que bordeaba los primeros troncos permanecían en silencio, observándome.

muProbablemente yo les causaba miedo, pero eso no duraría siempre. Los observé, en silencio, muy quieta, mientras los rayos de sol que se escurrían en la arboleda cortejaban mi cabello y mi espalda lentamente.

Había muchas niñas, casi las dos terceras partes. Todos llevaban extraños objetos sacados de la vida cotidiana, ahora destinados a usos misteriosos, pero con la indudable intención de servir para algún tipo de simbología de orden tribal, de estatus social. Habían creado su propia cultura de la nada. Una cultura de remiendos.

Observé que probablemente habría uno o una serie establecida y jerárquica de líderes. Pude reconocer marcas en el rostro de una de las niñas, no tendría más de once años, de claro sentido espiritual. Llevaba suspendido de su atuendo multitud de pequeños objetos atados con cuerdecillas.

Una pequeña chamán en el grupo de los niños salvajes.

Ya han creado a su propio hechicero, en tan poco tiempo. – Pensé.

Los niños me observaron silenciosamente, intercambiando susurros bajos, que eran acallados bruscamente por el que parecía ostentar el rango de líder. Un chico alto, con los huesos de las costillas claramente visibles. Flaco y escuálido como un perro pero suficientemente vigoroso aún. Llevaba un collar lleno de objetos absurdos que le colgaba hasta la cintura. En la mano izquierda un objeto contundente y probablemente bastante peligroso manejado por las manos de alguien como él. Todos llevaban dibujos, marcas, e incluso la cara pintada con lo que me pareció se trataba probablemente de ceniza.

Creo que se asustaron cuando la luz del crepúsculo comenzó a rellenar el mundo a nuestro alrededor; la oscuridad avanzó paso a paso, creando sombras cada vez más monstruosas, pero no tan gigantescas como las que había entre ellos y yo.

Finalmente se marcharon, tan rápidamente como aparecieron. Escucharon el relincho del caballo enfermo que agonizaba más abajo en el valle, en la granja abandonada. Significó lo mismo para ellos que la llamada del cuerno o de la caracola.

Algo nuevo, sucediendo en algún otro lugar.

Hasta casi la medianoche, pude escuchar los relinchos de agonía del caballo.

Escuché claramente el entrechocar de las piedras, el crujido de los huesos rotos, los bramidos de sufrimiento del animal. Todos los ecos de aquello resonaban en el bosque, retumbando a su vez entre las colinas. Transportados por el viento, hasta lugares distantes. Se divirtieron con él como siempre ha jugado un gato con un ratón, un juego que enseña a pesar de toda la moral cosechada en la extinta historia de la humanidad. Jugaron tal y como lo hicieron sus ancestros; quemando, ahogando, mutilando y despedazando todo cuanto pudiese agonizar claramente ante sus ojos.

Allí encontró pues su propio sepulcro, y yo entonces le puse nombre: “El sepulcro del caballo”.

Lo mataron a pedradas; entre todos, lentamente, con cuidado para no acercarse al animal. El caballo bramó desesperado, repartiendo coces frenéticas. Se escuchaba claramente aunque los sonidos llegaran apagados por la distancia. Pero estaba enfermo, viejo y agotado.

Pedrada tras pedrada. Podía imaginármelo, podía imaginar la situación con toda claridad.

Finalmente, los relinchos cesaron.

Encendieron un fuego, pude ver la luminosidad en la lejanía, a través de los árboles. Ahora jugaban, gritaban, reñían, reían. Pude oler la madera quemada, la carne de caballo, el humo espeso, acre, dulce.

Comieron.

El olor penetró en el bosque, inundando el aroma de la hoja y del musgo, de la haya y del roble. Inicié un canturreo. Las hojas se agitaron. Cuidé de mi propio fuego. Cuidé todos los fuegos que permanecían encendidos en ese instante por todo el mundo. Permanecí despierta toda la noche. Pendiente, vigilante, ausente de todo cuanto habitara en mi interior. Celosa de todo lo que existía a mi alrededor, de cualquier sonido, de cualquier olor. Esperando.

Por la mañana, se habían marchado.

Fui hasta “El sepulcro del caballo”. Allí estaba aún una parte del animal, entregada ahora a moscas y gusanos. Huesos, maderos y restos yacían por todas partes. La hoguera humeaba, lanzando un humo negro y viscoso que se llevaba la brisa. Uno de los niños estaba allí tendido, muerto. Tendría unos seis años. Una horrible brecha en la cabeza y una piedra ensangrentada explicaba casi todo lo que había sucedido. La causa hasta me la podía imaginar. Debía suceder de manera frecuente. Tardé apenas tres cuartos de hora en enterrarlo y cubrir la tumba con un buen montón de piedras.

De poco serviría, muchos animales cavan mucho mejor que yo.

Pero volverían. Lo sabía claramente. Miré en todas direcciones, solo pude encontrar en los cielos a mis amigos los viejos pájaros negros. Les rogué que me avisaran. Ellos si decidieron considerarlo, no dieron ninguna muestra de ello.

Volví al bosque, volví a la piedra y la roca, al rio y a la cueva húmeda.

Esperé.

En los días que transcurrieron durante mi espera, en muchas ocasiones me pareció escuchar el sonido de la candente risa de aquellos niños. Siempre cerca, entre los árboles que ocasionalmente se agitaban, esperando darme una sorpresa, un saludo, y una bienvenida.

Por supuesto, regresaron.

Con la segunda luna menguando dos tercios sobre el firmamento, volvieron a rondar por la periferia de mi pequeño territorio. Reanudaron el ritual, acercándose lentamente, observando, expectantes, silenciosos... Ni las múltiples moscas que los atosigan de manera incesante, habitándolos, logran arrancarles un solo gesto. Permanecen todo el tiempo exánimes, aguardando.

Unos cincuenta pasos como mucho los separan de mi pequeño campamento en el claro, bajo la sombra de la roca grande. Es entonces en este preciso momento cuando me doy cuenta de que no tengo muchas posibilidades ya de escapar de ellos.

Uno de ellos le comenta algo a otro cercano. Hace un gesto señalándome. Ríen.

Se acerca la noche, entre árboles ya sin hojas. Un agua estancada mece dulcemente las hojas amarillentas. Escucho el aullido de los perros en la distancia; abajo, en el valle.

Algunas aves se alzan asustadas, parece que sea el mismísimo silencio el que las ahuyente. Levemente escucho el siseo acompasado de respiraciones, pequeñas toses, risitas, cuchicheos...

El fuego de mi campamento comienza a menguar. Le quedan tres horas como mucho. Después se acabó.

Cae la noche sobre mí, no puedo escapar, en este bosque guardé el lugar de nacimiento, hasta la llegada de los niños salvajes. Los mismos que derribaron las columnas que sujetaron los templos y grandes casas de los hombres. Aquellos niños, que sostenían el mundo, lo derribaron de sus pilares. Ahora yacen desparramados como la conciencia más pura. Como el mercurio en el lecho del lago. No hay futuro sin ellos. Con ellos tampoco. Futuros castrados desde el comienzo de su propio tiempo.

Inicio el canturreo de los días violeta. Los que habrán de llevarme con todos los míos. Ellos se relamen. Afilan sus uñas. Afilan sus dientes. Son hermosos en lo espantoso de su pureza. Me emociona saber que portan las esperanzas de todos los que los antecedieron sobre sus hombros.

Levantarán los pilares de la tierra, devorándose los unos a los otros. Como siempre ha sido desde el principio de los días. Como será hasta el último estertor de La Tierra. Así debe ser. Así ha sido siempre, así será.

Y en los días futuros, quedarán las cenizas de esta hoguera, mezclándose en el fango como sal para la tierra. En el río, cerca de la roca grande, en la cueva húmeda. Ellos mondarán los huesos y se afilarán los dientes, esparciendo las cenizas al viento de madrugada. Cantándole al viento, corriendo por los prados en las largas distancias. Sonriéndole al amanecer allí donde ya no queden sonrisas. Pues el día que no quede nadie en este mundo para sonreír al amanecer, ese día la tierra morirá.

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El trono de la Reina Valaria

Hay ante el trono de La Reina Valaria, ochocientos ochenta y seis escalones. Los mismos que habitaciones hay en la morada del coleccionista, miles de millas más al este. Cada peldaño lleva esmaltado un sello en cuyo centro se haya circunscrito el ave de presa por medio de la serpiente, y podrían verse más claramente y con detalle, si uno no tuviese que retirar con cuidado la alfombra de huesos que yacen desparramados sobre la piedra.

banda-valariaBlancos como marfil llenan escaleras y descansillos, flanqueados cada diez pasos con enormes jarrones de lapislázuli repletos de flores siempre radiantes de lila, y cada veinte pasos con braseros de carbones encendidos de forma permanente. Más estos no irradian calor, sino un frio que causa con el tiempo,  un subrayada desesperación. El resultado es que a medida que transcurre el paso del tiempo, todos los huesos, tengan dueño o no,  aniden por la estancia, cantando junto a sus hermanos, la canción de un injusto y cruel sepulcro sin la bendición del manto de su oscuridad y bendecido con un frio lúgubre.

Es en el trono de la reina donde se esconden muchos de los secretos que sabios de todos los rincones se atreven a averiguar, con más perjuicio que recompensa, pues la mayor parte de tan representativa  alfombra está constituida por los que una vez en vida indagaron en los polvorientos tomos, rollos de saber atesorado, revestidos de enmarañados fajos de telarañas.

Es el trono de la reina Valaria un lugar de desesperación y finales inconclusos, más también tiene sus maravillas, pues los que consiguen desenmascarar sus trampas y evadir sus acertijos, es recompensado con la respuesta  a tres de todas aquellas incógnitas que el suplicante formulara, al que se añade algún obsequio, si dispuso de buena voluntad a pesar del injusto trato recibido durante la recepción.

“No hay castigo sin recompensa, si lo que te mueve es el conocimiento”.

Así está escrito, por supuesto, en el respaldo del gran trono de oro macizo. Al que muy pero que muy pocos, han llegado siquiera a acercarse  a menos de una braza.  Así está escrito desde los tiempos de Gedeón y su marcha a través de montañas, gargantas y cordilleras, a través de murallas derribadas como castillos de arena, y  a través de amplias llanuras de pastizales humeantes, tras el paso de sus famosas bestias de guerra de dos cabezas. Así fue escrito desde el primer alumbramiento de la consciencia de Dyss, un parto que casi todas las criaturas vivas en estos tiempos ya han olvidado.

Y así fue escrito dicen, por la mano directa de los dioses. Los mismos que sirven a la tierra, pues tal es su deber, cosa que a su vez es de común conocimiento de todas las criaturas, incluido tú, ¡y tú!  ¡Maldito seas! ¡Atiende al menos cuando te cuento esta historia, protervo asno!

Sabed que no hay más poder en la tierra que la voluntad y el pensamiento de la misma. Pues allí donde crece el Roble, el Nogal y el más insignificante rastrojo de Cilantro -hierba que nos resulta de suma importancia  como veremos más adelante-,  es deber de los dioses servir a la tierra ya que no son enviados, ni sirvientes, ni criaturas construidas con el soplo de las estrellas para honrar a su creador, no. Son los dioses refugiados y huéspedes. Así que en reconocimiento por tal privilegio, se han impuesto la tarea de servir en lo posible la magnificencia de todo lo que existe y de todo cuanto nos rodea. Más, y ¿nuestro papel? Pues aparentemente no tenemos ninguno, más que el de hacer el pan por las mañanas y comérnoslo contemplando las nubes del cielo.

¡Que no es poco!

Pero no deseo tomar otro rumbo más que la idea original que me mantuvo al comenzar este relato, pues como ya he dicho, es en el trono de La Reina Valaria, donde se sellaron con la mano y la pluma del tiempo y el destino, muchos de los sucesos que tuvieron lugar en nuestro mundo, cuya relevancia no puede ni debe permanecer ajena a nuestro conocimiento. Pues fue aquí y solo aquí, donde acudieron los más versados y los más audaces. Territorio este repleto de necios del mismo modo que de incautos, que terminaron sus días sin ver siquiera las joyas que adornan los gruesos pies de oro, tallados en la sublime mano del artesano con la forma de las patas de la mítica Jirafa, animal dotado de unos dones bastante peculiares, a la que nunca se le termina el alimento, pues lo busca hacia arriba y no a los lados como todas las demás criaturas. Algo muy a tener en cuenta.

Todos los sucesos que como venía diciendo aquí acontecieron, ya los iremos viendo a lo largo de los fríos meses del año invernal, pero no quiero despediros hoy sin subrayar algunos detalles que no pueden quedar empañados por la bruma de una explicación inconsistente, o algo difusa.

Se encuentra el trono de La Reina, como ya he dicho, precedido por una gran escalinata de mármol, más frio que las aguas del mar circundante, y más tenebrosas que los brumales que envuelven la oscuridad de la madrugada, aunque me parece más acertado decir que es más probablemente como; aquel muerto que con sus fríos dedos se aferra aún tozudamente a su bolsa.

Es necesario para llegar a ver siquiera el pie de tan monumental  ascensión, atravesar una suerte de estancias, salas y salones plagados de un mobiliario que supuestamente y según todas las observaciones, respira. Sí sí, que respira textualmente, y se mueve también de forma silenciosa, cambiando su disposición según quién sabe cómo o a la voluntad de quién… si al criterio de la propia reina, o del estado de ánimo del propio aderezo del lugar.

Una vez estuve allí, y fui prolongadamente perseguida a través de salones y estancias por las cuales a lo largo de mi tránsito, podía escuchar claramente; cuchicheos, jadeos, murmullos y susurros. Grandes estanterías de libros, mesas de por lo menos veinticuatro comensales y toda una serie de enormes asientos, armarios, butacas y sillones se lanzaron tras de mí en lo que se convirtió, mientras me hallaba presa del terror algo tensa, en una persecución que terminó de una forma, bastante inesperada. Pues, es la calma y el tino el único secreto para franquear todas esas estancias con éxito, pereciendo a la primera oportunidad, si es el pánico el que toma las riendas de tu destino.

Hay salas en lo que podríamos llamar -más no es muy acertada denominación-, “palacio” de la Reina Valaria, que esta ha ordenado llenar hasta tres pies de altura con tierra traída nada más y nada menos, que de las zonas cambiantes. Incluso se comenta que hay un enorme salón de baile al completo, colmado hasta los dinteles superiores de las altísimas puertas con esta misma tierra, traída desde las  mencionadas regiones, pero concretamente de las de occidente -por todos reconocidas como las más peligrosas- y de las cuales solo tres criaturas se conoce han regresado alguna vez, para contar lo que nadie, absolutamente nadie, ha podido jamás entender pese a sus ilustraciones.

La razón de estas estancias tan características y la circunstancia en ellas de la existencia de tierra de las zonas cambiantes, ha dotado al, llamaremos nuevamente con delicadeza; “palacio”, de un aura inexplicable de maravillosos portentos y de una sucesión de características bastante difíciles de explicar con palabras, más si sois aventureros tened cuidado,  pues allí nada es lo que parece. Y es precisamente esta última y categórica afirmación en lo que resulta este aparente nimio detalle. En el palacio que rodea al trono de La Reina Valaria, siempre sucede lo que no es, y lo que no es cierto allí resulta que es verdadero, de tal manera que nada de lo que acontece, es lo que nuestra razón o nuestro instinto nos aseguran que bien pudiera resultar acertado.  -Espero haberme explicado con claridad…

Tanto es así, que allí la expresión más utilizada suele tratarse de: ¡no puede ser...!

A mí sin embargo… lo que verdaderamente me intriga, no es el suceso ya de por si paradójico, de la existencia de una pequeña muestra de lo que conforma a nuestras zonas cambiantes, se encuentre en las estancias que anteceden al espléndido trono de la Reina Valaria. Y no quiero extenderme no.

No es este detalle lo que más me intriga...

Lo que conforma una verdadera incógnita, produciendo que hasta pierda el sueño envuelta en estos pensamientos, es el modo o la manera por la  cual, lograron transportar esa materia y de paso, quienes fueron  aquellos que realizaron tal hazaña, pues solo llevar una pizca de esta sustancia en la bolsa, puede enloquecer a la criatura más simple, arrastrándola a una serie de contingencias y acontecimientos por causa de tan extraño cargamento que, todas las historias más inverosímiles que conocemos, parecerían a su lado cuentos para niños.

Sin olvidar sin embargo que, en los cuentos para niños usualmente se suelen contar más verdades que en cualquier otro relato. Pues mantienen en esencia, la verdad más pura que subyacente, se esconde en la vida diaria de las gentes, perdiéndose en el corto y amargo sendero del crecimiento, y que paradójicamente, solemos denominar: la verdad.

Edanna

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