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Tag: poema

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Último poema de primavera

Sé en mí,

como el rumor eterno de los vientos helados

Y no pases lo mismo que las cosas huidizas

como un júbilo de flores

 

Consérvame en la firme soledad de las costas

abruptas y sin sol

y de las aguas grises

 

Que dulcemente hablen de nosotros los dioses

en los días futuros

Y las sombrías flores

de oro te recuerden

Edanna

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Las tierras de Dyss (canción de amor)

Dyss, sello general

Canción de amor

(Versión íntegra revisada)

De ti tan solo me quedé con los pedazos. Trocitos menudos que guardé en una caja de recuerdos.
El prisionero en el roble se encerró en sus telarañas de oro, un invierno donde una vez más guardé todos mis tesoros, bordados de lilas oscuros, dorados meticulosos y cadenas, que no adornaron más que las esquinas olvidadas del fondo de este arcón.

Donde ya no había ni arriba ni abajo, sólo me llegaron rumores cuando aparecías por los lados, pinchándome el alma con los aguijones del recuerdo. Silenciosos golpes que acogía con cuidado, cuando me recordabas que añorarte era inevitable, y olvidaste tan pronto todo lo que escribimos juntos en aquel cuaderno de esos días de verano.

No sé cuánto tiempo pasó desde aquel otro invierno, en el que la lluvia nos dio tantos momentos de ternura. Qué intensos fueron los besos que cubrieron aquella tierra con tus versos, y despojaron la hierba de sonrisas inútiles, de dolor y de pesares... Peticiones inútiles, palabras apresuradas y versos que quedan en el silencio de una caja de roble. Dulce momento que no tiene quien lo lea, es papel mojado que discurre por la calle del adiós.

Yo no sé que tengo que sentir, para que mis días sean de alegría.  Por tener algo tengo el silencio, y las promesas de que no hubiese olvido ni tristeza.

El tiempo es un enemigo largo y tendencioso, que nos supera en el examen más estricto.

Si en los bosques no oigo tu sonido, desespero, cuando no escucho más que el susurro de las horas, lentas, y los momentos que estuvieron bordeados con el rosal de tu triunfo.

Como empecé esto quiero abandonarlo. Con tanta ilusión como derrota de no existir más que en comentarios. Esta tristeza me mata, este dolor me desmorona. Por sentir no siento más que el silencio de mi deshonra.

Una vida herida y dolorosa de cuerpos destrozados ante la ignorancia, la mente rota, la vista clavada en esa araña que corretea por la pared de la memoria; pintada de blanco, del azul y del violeta. El lila que fue mi pasión no es más que yeso desmañado. Por un sollozo tuyo entre mis brazos... Quiero terminar todo esto, y no me lo permito.

Te veo andar por los pasillos, y cierro los ojos por no ver cuando al cerrarlos, veo más que en la vigilia. Coger tu mano, dejarme dormir. Soñar contigo, en el tacto de ese susurro. De aquel adiós. De los silencios. De la espesura de los recuerdos.
La maleza de estos días se funde con las sombras, trayendo pesadillas. Pesadillas y recuerdos. Olvidos y melancolías.

No hay más lluvia que ésta, no hay más. Y más no quiero contestar, no tengo respuestas más que de mi locura. De mis días y mis noches. De este abandono. De esta sustancia de la que me disuelvo.
Me diluyo en los charcos de madrugada, soy la gota que resbala por el cristal.
No quiero seguir pero quiero amar.

Y sin la ayuda de mi otro viento, en todo esto no hay más, no consigo continuar...

***

Volvieron los brillos a llevarme de vuelta a mis tierras del sueño.
Dyss prodigiosa que no quiso nunca ni amo, ni dueño.
Allí quiero morir, acurrucada en la llanura. De hierbas verdes y altas.
Con el Viento del Oeste, cantándome canciones de cuna.

Las luces que surgieron de esa tierra me llevaron,
de vuelta al lugar que nunca debí haber descuidado,
pues Dyss fue la tierra que me vio nacer.
Allí morí, allí moriré. Y todo, sin haber logrado,
no hacer más que amar y yacer, desesperada por mis fracasos.

Quiero darle forma a mi país, para renacer en forma de árbol silencioso.
Ver pasar las estaciones y esperar, por una lluvia u otra, la llegada del ocaso.
Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, y estar allí, donde se arrullan sus ramas.
Y no tener más que raíces, hojas al viento y ramas, para cubrirte.

Que mi sombra sea tu sereno reposo, que mis palabras sean tu descanso.
Este cuaderno está lleno de esbozos de mí, pero hay más, que no he contado.

Una tierra que no tiene ni dios ni mapas. No hay caminos, ni vallas.
Ni hombres ni fronteras.
Tan solo marcas en un horizonte al que llegar, lugares distantes que explorar.
Desiertos inacabados, bosques frondosos y valles lejanos.

Yo te ofrezco un río, un campo, un pueblo de hombres caballo.
El vaivén de mis ramas, el rocío en tus pestañas.
Este mundo es tuyo, no le impongas leyes ni nombres.
Yo te lo doy, pero no lo adores, ni lo ames, ni lo odies...

Porque es todo cuanto queda de mí, y no ha hecho más que empezar.
Está hecho de ti, y de ti. Está hecho de pedazos, que guardo en el fondo de una caja.
Todo cuanto fuiste está aquí. Gracias por haber estado ahí, pues tú le diste forma,
a la tierra donde sembré el árbol, que ahora te regala su sombra... 

Edanna

 

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Mitopoeia

Fuente: Anarda

En una reunión, C. S. Lewis preguntó si los escritores de cuentos se dedicaban a "dorar mentiras". Para responder, Tolkien compuso un poema llamado Mitopoeia, en que Filomito responde a Misomito sobre la acusación de contar "mentiras a través de plata".

La pregunta de Lewis señalaba simplemente lo que muchos piensan. La fantasía les parece peligrosa porque hace trucos y combinaciones, como si un mago quisiera cambiar la realidad o engañarnos. Una actividad así sería ilegítima y antinatural.

Ante la desconfianza, Tolkien asegura que esta forma de creatividad es natural en el hombre. No destruye su capacidad de comprender la realidad, sino que la mejora; es incluso una poderosa aliada de la sabiduría. "Una de las enseñanzas de los cuentos... (si es que puede hablarse de enseñanza en las cosas que no la imparten) es que a la juventud inexperta, abúlica y engreída, el peligro, el dolor y el aleteo de la muerte suelen proporcionarle dignidad y hasta en ciertos casos sentido común".

Por supuesto, Tolkien también era consciente del peligro a que conducen los excesos y no dudó en advertir contra ellos; a la fantasía se la puede utilizar mal y aplicar a fines perversos, puede confundir las mentes de las que procede. Si en lugar de ayudar a conocer mejor la realidad, la imaginación la obstruyera, la fantasía como tal moriría y quedaría sólo un enfermizo engaño. Por eso el escritor debe esforzarse por labrar su obra en la consistencia interna que sólo da la verdad.

Si quieres puedes leer el poema aquí.

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El viento entre los árboles

Lago en Canadá

Hay un siseo entre tú y yo, con un firmamento allá abajo, esperando. Cuando extiendes los brazos lo puedo abrazar, en un esfuerzo que no es inútil, si sabes a qué me refiero. Es frío, es acogedor, es el viento entre los árboles. Y es la noche que me reflejan tus ojos.

Me dejo acunar, dulce, amargo y tan... benévolo..., que aquí deseo vivir hasta el fin de los días. Pues te deseo cielo estrellado. Ahí abajo, permaneces; mientras bajo la manta tú y yo tarareamos despacito, al compás de esta, nuestra brisa nocturna. Son arrullos todo esto que se llevan mis manos y las tuyas dentro de nuestros callejones; a darles patadas a los botes.

¡Qué Alisio tan sutil! Resonando tan fresco en tus labios sacados de aquel lugar donde nació el viento. De allí de donde nacieron todos los vientos del mundo. Y danza, se estremece; aquí, junto a nosotros. Entre tú y yo, bajo esta manta. Viene para quedarse, no piensa marcharse jamás. Viene junto a toda esta música, llegada desde las tierras frías, aquellas que asoman más allá de las distancias imposibles.

Aquí se mecen los árboles, es donde se arrullan sus ramas. La brisa que acaricia todos estos tesoros, enarbolando en majestuosos pedestales, delicias de esmeralda.

No deseo más que permanecer, echar raíces, dormir, acunarme en tu regazo. Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, sentir mi sangre tan suave del rocío en tus pestañas. Beber el agua de las profundidades de la tierra, convirtiéndome en aquel árbol que en todo instante a ti te regale su sombra.

 

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Carta de Don Gregorio.

Carta de D. Gregorio. (La lengua de las mariposas).

Querido amigo:

Tuviste suerte al marcharte a Buenos Aires. A mí, ya me llevan a matar. Muy magullado, pero más por las palabras que por las pedradas. Especialmente por las de todos aquellos que más quise.

Las palabras son como los gusanos de seda, envueltos en capullos que florecen cuando llega la primavera del terror y los dramas, explotando al fin con todo el colorido que muestra las cosas verdaderas, impulsadas por esa lengua enrollada como la cuerda de un reloj. La fuerza del miedo, o de la cobardía, es el motor de todo esto que nos sucede. Esta verdad hace que me sienta morir ya en amargura.

Sólo puedo decirte lo que siempre te he dicho y he dicho a su vez a todos; que seas libre, que pienses por ti mismo. Porque cuando te lo han quitado todo siempre quedará lo único que no pueden llevarse, tu dignidad.

Así pues, guarda bien la tuya, la que posees, y ayuda a los demás a ganarse la suya, pues dentro de toda esta locura de iniquidad que no cesa, aún sabemos que sólo la dignidad que otorga el saber permitirá al hombre evitar, en algún futuro no muy lejano, que termine por convertirse en un monstruo definitivamente.

Cuida de ti y de los tuyos.

Tuyo siempre

D. Gregorio

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Mi Habitación

Tengo mi habitación en una posada, su número es la treinta y ocho.

Desde la ventana que da a Occidente se divisan en los días claros La Tierra de los Mil pájaros. Más allá se ven las montañas que aún no pueden tener nombre. Y más allá, la mar circundante, donde habita  el gran dragón que vigila el mundo.

Desde mi ventana no se ven las zonas blandas.

Mejor que así sea, pues allí permanecen siempre en movimiento todas las cosas. Contemplar las regiones de un mundo quebrado, enloquece a los hombres, haciéndoles correr desesperados hacia los bosques. Iracundos como caballos sin bocado, atestados de horror por la realidad que no comprenden y que permanece bajo la luz del sol.

La posada es diáfana desde la lejanía. Un farol te llena de esperanza cuando, más allá del promontorio, una luz diminuta señala el fin de ese largo retorno a casa. Allí no hay nubes oscuras aunque sí que llueve a menudo y con frecuencia. La casa es azul, con puertas oscuras de madera incrustada de resina.

Aquí, siempre está presente el aroma intenso del bosque.

Mi habitación tiene cuatro ventanas. Por cada una de ellas puedo saludar a  los vientos. Puedo contarle pequeños cuentos y ellos, silenciosamente, llevarlos lejos. Hasta los confines más remotos de la tierra. Aquí no hay secretos. Yo, no guardo secretos.

En los primeros días, se advertían fuegos distantes  que en las pálidas noches parecían estrellas caídas sobre la tierra. Sollozantes, oscilaban leve e imperceptiblemente para morir al cabo de algunas horas, y quedar la distancia tan oscura como las profundidades de la noche.

Ya no hay fuegos. Ningún fuego se ve en las distancias.

Es una tierra ahora silenciosa y solitaria.

La posada es una isla en un mar de silencios nocturnos y de días apacibles.

En el último tercio de Septiembre, los vientos del Nordeste cuchichean noticias de otros  fuegos, más allá de la gran muralla que forma el río del viento, donde pasé mis últimos días con los hacedores de grandes alas para volar, con las que surcan los espacios infinitos del cielo. Ahora los vientos sí que traen secretos. Recuerdos y secretos vienen cada vez con más frecuencia, de regiones ignotas del norte y del este. Allí, de donde no se ha dibujado nunca ningún mapa.

Contemplando el poniente, me pregunto si quedará resguardada esa tierra de ser plasmada en los mapas en algún momento. Prefiero que sea así, y que la propia tierra más allá donde cae el sol, elija sus propios nombres por sí misma. Y que no los cuente a nadie salvo a los suyos, si tal es su deseo.

Los últimos días de Septiembre siempre despiertan misterios. Nacimientos, y muertes se suceden, en esta tierra donde las aves son las reinas supremas. Ellas gobiernas realmente. Son las dueñas de los cielos. A  nosotros, se nos ha permitido cobijarnos bajo sus alas. Yo lo acepto pero hay otros, que no tienen tanta gratitud.

Son estos días del Equinoccio los que harán despertar los fuegos en la lejanía. Y los espero con ansiedad. Hay nuevos caminos abriéndose paso hacia los confines del mundo. Los caminos guardan también secretos, pero son más difíciles de convencer. Los caminos siempre han sido seres extraños.

Es así, como se cumplen las canciones que cantan las estrellas, y se suceden las estaciones. El Equinoccio hace despertar a los seres de este mundo, poco a poco, comienzan a brillar en sus propias llamas carmesíes. Son los hermosos últimos días de Septiembre, a los cuales siempre, año tras año, les canto canciones. Unas veces desde la ventana del Oeste, y otras desde la del Norte. Sentada en los quicios tallados de la ventana para acomodarme y contemplar el mundo sometido a los pies del tiempo. Ahora las copas de los árboles se estremecen al compás de la brisa de la tarde, llegando exhaustas desde quién sabe dónde, para cuchichearme al oído las noticias. Y hacerme sonreír al caer en la cuenta de esto o aquello.

Les doy respuestas, les doy mensajes, azuzándolas para que marchen presurosas. ¡Marchad, marchad y traedme noticias de los bosques que habitan tras aquellas montañas! Traedme noticias de aquel valle lejano que visitamos hace tantos años. Marchad ahora, regresad al alba. Por favor, despertadme si me he quedado dormida, pues no quiero dormir, mientras queden historias por contar.

En otras ocasiones sin embargo deseo dormir y no despertar. Hasta que la tierra misma cambie, y las estrellas del cielo no sean las mismas. Que hayan nacido otras nuevas, hijas de las primeras, y de las segundas. Un viaje, siempre, hacia adelante. Con nuevos árboles, nietos de aquellos que me dieron su sombra. Los propios hijos de los valles, y la madera de sus abuelos ancestrales, nos dará cobijo impaciente, eterno no, pero si para siempre.

Yo estaré aquí, siempre esperando la llegada de Septiembre,  despertando a los vientos, a los fuegos púrpuras, al vaivén de las ramas, a los vientos sollozantes. Las miles de hojas que bailan frente a mi ventana, danzas de ternura que podría dedicar...  pero no. No lo haré. Ya no hay danzas, ni canciones. La distancia aquí ya no se mide con leguas, no hay espacio entre los unos y los otros. Esta tierra, cada vez, está más silenciosa y vacía. Aunque a mí me gusta así. Aquí es el tiempo el que nos indica cuánto hay desde aquella laguna hasta el promontorio. Desde el rio al promontorio hay; tres canciones, una historia de fantasmas y un cuento de hadas. Al regresar no te repitas, puedes contar un romance, y antes que te des cuenta, estas de vuelta.

El tiempo es lo único que sirve para recorrer todas estas inmensas extensiones que se abren ante mí. Puede parecer inalcanzable, pero está tan cerca. Tan cerca y tan distante. Aquí ahora, o en un hasta nunca.

Hay gatos que vienen y van cuando lo desean. Yo, mantengo la puerta de la gatera abierta para que mi pequeña gata vaya libre en sus asuntos desde este mundo a los mundos que quiera compartir. Deberíamos aprender tanto de ellos, pues para empezar, jamás cuentan el transcurrir del tiempo.

Mi habitación es la más alta. Es la treinta y ocho. Juego tirando migas de pan desde la ventana, que ruedan por las tejas y desaparecen por el borde, si antes no las caza al vuelo algún pájaro de mil colores. Aparecen y desaparecen entre trinos agudos, resonando hasta los ángulos más recónditos del Valle del Caballo, allí donde una vez encontré basiliscos envueltos en danzas de amor, tornando en piedra quienes se acercaban demasiado a interrumpir su melancólica sinfonía, repleta de esa ternura que solo apreciamos en los momentos más dulces.

Y es la sinfonía de esta tierra la que me estremece en paz, es su música la que me enternece en cada instante. Es la tierra donde vivo, la tierra que cuido, cantándole canciones al caer el sol. Aquí habito y cada Equinoccio, me siento sola en la ventana para contemplar, como el dulce vaivén del mundo me adormece y así poder volver siempre a soñar.

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