Username:

Password:

Fargot Password? / Help

Tag: niños

1

Magissa, un ejemplo de partida

Magissa es un juego de rol pensado para los niños. A lo largo de esta próxima semana el documento con una versión de prueba estará disponible para todos los que quieran usarlo.

Como suele ser tradición en muchos juegos de rol, una de las secciones muestra el ejemplo de una sesión de juego. El ejemplo que se usa aquí está basado en una partida real, y aunque se ha resumido todo lo posible, lo que se cuenta sucedió de verdad probando el juego. Magissa

Cualquier comentario sobre el juego siempre será de gran ayuda para poder perfeccionarlo. Pero tus experiencias con el juego, si te animas a probarlo, serán para mí de gran valor. No dudes en contactar conmigo si quieres contarme tus aventuras con Magissa.

Ejemplo de juego

En esta sección tienes una muestra de una sesión de 2 horas. La duración depende de cada niño pero, por lo general hay que preparar partidas de 1 a 2 horas como mucho, ya que los niños suelen cansarse pronto.
En la aventura, los personajes están buscando a Lanzarote del Lago por orden de Arturo para rescatarlo, o más bien a una “versión” de él…, pero bueno.
Todo cuanto aquí se cuenta, tal como sucedió quedó registrado… O en otras palabras: “Esta aventura está basada en hechos reales”.

En la mesa, por del lado del Narrador, a la que aquí llamaremos: Sufrida Narradora.

Por el lado de los participantes:

Zeth: (9 años) llevando a Bruto, su guerrero malas pulgas. (Zeth tiene un amplio currículum de búsqueda de cómo hacer bombas y explosivos en Internet).

Anita: (8 años) la hermana de Zeth llevando a Cucumber (Pepino), su maga despistada.

Aphrodita: (11 años) llevando a Rainbowlight, una Pequeña Poni muy presumida.

Empezando:

―Sufrida Narradora: Bueeeno, tras caminar por el bosque una horita o así, habéis encontrado el castillo del que os habló Arturo, donde cree que se encuentra preso Lanzarote del Lago. Un enorme portón se alza ante vosotros…

―Cucumber: ¿El portón vuela?

―S. Narradora: No, no, el portón no vuela, digo que hay un portón al otro lado de un puente levadizo. El puente permite pasar sobre un estanque de agua que Bla Bla.... No se ve a nadie y… Bla, Bla…, el puente está sujeto con unas cadenas oxidadas que entran por unas aberturas del muro, Bla Bla…

―Bruto: Voy al portón y llamo a la puerta.

―Rainbowlight: ¿El castillo tiene un estanque? ¡Si hay agua me doy un baño!

―S. Narradora: Es un foso, pero está lleno de algas verdes y porquería…

―Rainbowlight: …entonces no me baño…

―S. Narradora: Bueno pero cuando te acercas al agua notas que se mueve un poco.

―Rainbowlight: ¡Ay! ¡Qué miedo! Seguro que es un tiburón o algo.

―Bruto: Abro la mochila y saco el jamón. Lo tiro al agua. ¡¡Ji ji! ¿Qué pasa? ¿Pasa algo? ¿Pasa algo? ¡Ji ji!

―S. Narradora: (Recordando con añoranza el “Sir Fred”) Una piraña gorda como un barril aparece y se come el jamón. Pero ahora la piraña está harta y se va dormir al fondo del foso. Pero no tardará en estar hambrienta otra vez.

―Bruto: ¡YESSS!

―Cucumber: Yo no me quiero acercar a agua, me da miedo la piraña gorda…

―S. Narradora: (Grrññff…pues no esperaba esa salida) No pasa nada, está harta de jamón y está durmiendo la siesta, además tu hermano te protegerá, que es el guerrero. ―Mira a Zeth fijamente― Bruto…, la seguridad de toda tu compañía de aventureros recae sobre tus fuertes, anchos y poderosos brazos. Eres su defensor, su paladín, su…, su…

―Bruto: (A su hermana). Yo te protegeré, pero págame 1 doblón de oro.

―S. narradora: ¡No eres un mercenario!, ¡tu misión es defender a tus compañeros!

―Cucumber: ¡No te doy nada!, ¡si no sigo yo sola y se lo digo a mamá!

―Bruto: (Burlándose) A mamá, a mamá, a que te tiro al foso con la piraña…

―S. Narradora: (Pensando en la botellita de ron que hace poco le trajeron de Cuba) ¡Niños!, ¡Zeth!, tienes que cuidar de tus compañeros, si no, no terminaréis la aventura. Tienes una responsabilidad… Bla Bla…


(3 minutos después).

― Bruto: Vaaale…

―S. Narradora: Bueno, el caso es que has llamado a la puerta pero nadie contesta.

― Bruto: ¡Voy a escalar el muro!

―S. Narradora: Es bastante difícil, pero puedes intentarlo.

―Cucumber: ¿El portón tiene una cerradura?

―S. Narradora: Pues no, es una enorme puerta de madera de 5 metros de alto, así de alto… (Haciendo un gesto hacia arriba).

―Cucumber: Jó…

― Bruto: ¿Ya estoy arriba, ya estoy arriba?

S. Narradora: No, nene, tira a ver… hmm (el niño tira sus 2 dados de Agilidad, sin tener más dados de ventaja, y los compara con la tirada de la narradora) Pues empiezas a subir unos metros pero no consigues agarrarte y resbalas, aunque no te haces daño porque consigues saltar.

… Y así lo sigue intentando un rato hasta que se le ocurre entrar trepando por las cadenas del puente. Llega arriba, salta y les abre la puerta por el otro lado…

Cucumber: ¿Qué hay dentro?

S. Narradora: Bueno, veis un patio que forma un pasillo grande y abierto, o sea, sin techo, que gira a la derecha. (Les hace un dibujo en una pizarra).

Rainbowlight: Ay qué miedo…

Bruto: ¿Qué hay más allá?

S. Narradora: El pasillo va a dar a un patio grande con un pozo en medio. De donde cuelga el cubo, está colgado de los brazos como un salami un hombre con armadura. Al lado hay un pequeño Dragón de Turbonidio durmiendo la siesta sobre un montón de plumas.

―Rainbowlight: ¿De Turbonidio?, ¡ese bicho es muy peligroso!

―Cucumber: ¿También comió Jamón?

―Bruto: ¡Ese es lancelote! ¡Seguro!

―S. Narradora: Lanzarote…, pues el dragón parece estar durmiendo pero no sabes si es porque está cansado o porque le toca. En sueños levanta una oreja un segundo pero sigue durmiendo. El hombre parece un caballero y da la impresión de estar también dormido o desmayado. Al lado del Dragoncito hay un libro.

Rainbowlight: ¡Es el libro de cocina! Se quiere comer al lanfarote y ¡está buscando la receta!

Bruto: Jiji.

Cucumber: Jiji.

S. Narradora: Lanzarote... Bueno, ¿qué hacéis?

Zeth: Yo quiero ir hasta el libro a ver qué es.

Rainbowlight: Yo voy hasta Lamparote y le…

S. Narradora: Lanzarote coñ…, (teniendo una premonición, introduce un cambio…) ¡De repente el dragoncito se agita en sueños! ¡Parece que se está despertando!

RainbowLight: ¡Me hago invisible!

Cucumber: ¡Y yo!

Bruto: ¡Pues me escondo¡ Ay, ay que me come, ¡ji ji!, ¡ji ji! (risa nerviosa).

S. Narradora: Bueno, a ver esos puntos de magia… Pagadlos y ponedlos en el centro de la mesa. Hasta que descanséis un poquillo no se recuperan.

Cucumber: Ya está. ¡Plim!, ¡soy invisible!

Rainbowlight: Y yo, mira, ¡Plim!

S. Narradora: El dragoncito se despierta, se despereza y le dice al hombre que cuelga del pozo: “Bueno Lanzarote, ¡ya es hora de comerte!...

Bruto: ¿Ves? ¡Te lo dije!

Cucumber: (Desde algún lugar indeterminado en el aire). ¡Calla tonto!, que nos oye.

S. Narradora: Bueno, asumiré que habláis en voz baja, el dragoncito continúa: “Pero me parece que tengo sal y pimienta abajo, al otro lado de la mazmorra oscura y húmeda, donde está la cocina. Creo recordar que está lejos, pero que muy profundo… ¡Iré a ver…!” ¡TARDARÉ UN RATO, así tienes tiempo de ir rezando, jo jo! ¡Ahora vuelvo¡, je je, ¡estarás riquísimo! ¡Yum! ¡Ñam!

―Rainbowlight: (Hablando bajito) Se va, se va, ahora podremos rescatarlo…

―S. Narradora: Bueno, el Dragón se marcha.

―Los tres: ¡Vamos hasta el hombre del pozo!

S. Narradora: Bueno, veis que el dragón dormía sobre un montón de plumas de ganso. (De repente tiene una idea) El pobre Lanzarote tiene puesta aún parte de su armadura pero ha perdido las botas, así que está descalzo.

Bruto: (por supuesto) ¿Siii? Cojo una pluma y le hago cosquillas en los pies, para despertarlo… “Cuchi, cuchi, cuchi…” ¿Qué hace, qué hace? Ji ji, ¿qué hace?

S. Narradora: Imitando a Lanzarote… “¡Ay qué risa, ¡para!, ¡para!, ¡por favor paraaa! Ji ji, ja ja”.

Cucumber: ¡Yo también quiero probar! Cuchi, cuchi, cuchi…

S. Narradora: Se sigue riendo, pero peor…así: “¡Ay socorro! ¡qué risa, ¡basta, basta!, ¡para!, ¡por favor paraaa! Ji ji, ja ja”.

―Rainbowlight: ¡Yo también cojo una pluma y le hago cosquillas! Cuchi, cuchi, cuchi…

Los tres: CUCHI, CUCHI, CUCHI…

S. Narradora: el pobre se sigue riendo, torturadores, y parece que le va a dar un soponcio o algo. Vosotras dos reaparecéis. Lanzarote dice gritando muerto de risa: “¡Ay bassstaaaa!  ¡JUA JUA! ¡Qué risa, ¡basta, basta!, ¡parad!, ¡por favor, paraaa! Argh…arghhh… ¡AAHHH!
Y le da un fatuto al pobre ¡y se desmaya!

Los tres: ¡Upsies…!

S. Narradora: Bueno, el pobre hombre sigue colgado de la polea del cubo. ¿Qué hacéis?

Bruto: ¡Me subo al madero y corto la cuerda que lo ata!

S. Narradora: (Que ya lo esperaba). Justo cuando estás cortando las ataduras parece que recobra el sentido, lo suficiente para ver un segundo lo que haces y gritar ANTES DE CAERSE AL FONDO DEL POZO: “¿¡Qué!? ¿¡QUÉ!? ¡No! ¡NOOOooooooo! ¡Clonk! ¡CHOOFF! Se escucha un chapoteo al fondo del pozo.

RainbowLight: ¡Pero Zeth qué haces, Bruto!

Cucumber: ¡No se preocupe señor Lanzalote! ¡Ahora le sacamos!

―S. Narradora: Lanzarote desde el fondo del pozo: “¡Socorro! Socorro!” “¡Ma´hogo!”

Los tres: (Risas). Ji ji.

Bruto: Le tiro el cubo con la cuerda atada. ¿Puedo no?

S. Narradora: (que lo esperaba), el cubo comienza a caer y la cuerda se va desenrollando: “ñic ñic ñic” (imitando el sonido de la polea). Al final se oye: “¡TONK!”, ¡Ay! El cubo le ha dado en la cabeza a Lanzarote.

Los tres: (Risas). Ji ji.

Al final, tras dos intentos haciendo pruebas de habilidad de fuerza que fallan (pues dos de los tres fallan), con las correspondientes caídas de Lanzarote de nuevo al fondo del pozo, lo consiguen sacar, aunque desmayado y medio ahogado.
Deciden cargarlo, sujetándolo por los brazos y el pequeño Poni cogiéndole una pierna. Así, se dirigen hacia la puerta, llevándose al mejor caballero del mundo entre todos, espatarrado e inconsciente.

S. Narradora: Cargáis al gran Lanzarote entre todos y vais hacia la puerta. Allí, de repente, aparece de la nada el Dragoncito que estaba ¡INVISIBLE! y lo ha estado viendo todo… A vuestra derecha hay unas escaleras que llevan a la muralla, así… (lo dibuja).

Los tres: ¡Upsies!

Bruto: Ji ji, ji ji.

S. Narradora: Imitando la voz del dragón: “¡Grauuurrr….! ¿Pensábais que podíais engañarme? No soy tan tonto, os vi venir desde mucho antes”. “Ha sido divertido, pero ahora me toca a mí”. “¡VAMOS A  JUGAR! Contaré hasta 3 y saldré tras vosotros, y cuando os coja, os comeré a todos!”

Rainbowlight: ¡Corramos hacia la muralla!, hay que salvar a “Lancharito”.

Bruto: ¡Podemos atacarle! ¡Voy a por él!

―Rainbowlight: ¡espera!, ¡vamos a llevarlo arriba y saltamos del muro!

Bruto: (Que está loco por la jugadora que lleva a Rainbowlight) Vale vale, ¡vamos!

S. Narradora: Todos corréis a la muralla. Cuando llegáis a lo alto veis el foso abajo y el bosque extendiéndose a lo lejos. El dragón os grita desde abajo, aunque puede veros perfectamente, por lo que se está burlando de vosotros: “¡ …Y tres! ¿dónde estáis? ¡Os encontraré, je je!”

Bruto: ¡Vamos a por él!

Cucumber: Nos va a comer, pero mama dice que los dragones en realidad son buenos…

S. Narradora:Imitando al dragón con voz cantarina: “¡Estoy subieeennndoooo!”

Rainbowlight: Tiramos a Lanzarote al foso, así no le hará nada. Y podemos saltar después.

Cucumber, Bruto: “¡Vale!” (Entre los tres le hacen la sardinilla y lo arrojan por la muralla al agua del foso mucho más abajo).

S. Narradora: El más famoso caballero del mundo es balanceado como un saco de patatas y arrojado desde lo alto de la muralla al foso lleno de algas y porquería. Justo cuando está un segundo en el aire Lanzarote se despierta y dice: ¿¡Qué!?, ¿Qué? ¡No! ¡NOOO! ¡AAAAaaaahhh! (Y cae). ¡CHOOF!

Los tres: Ji ji.

S. Narradora: (con una sonrisa siniestra de medio lado). Y entonces…, el agua se remueve y una PIRAÑA GORDA, que de nuevo vuelve a estar hambrienta, ¡se engancha del trasero de Lanzarote! ¡Ñam, ñam!

Los tres: “¡Upsies!”. ¡La Piraña!

S. Narradora: Lanzarote salta sobre la superficie y nada frenéticamente. Cuando llega la orilla, aterrado, lleno de porquería y escupiendo algas, grita: ¡Socorro! Socorro! ¡Qué alguien me SALVE!

Bruto, Rainbowlight: Ji ji, ji ji.

Cucumber: (Muy en serio) ¡No se preocupe Señor Lanfirote!, ¡AHORA VAMOS A RESCATARLE!

Y así nuestros héroes continúan su aventura. Consiguen derrotar al dragón, que escapa jurando volver para vengarse. Una pena que se olvidaran el libro. Poco después se llevan de nuevo al Gran Lanzarote a cuestas, espatarrado y sin sentido…

Pero eso, es otra historia…

Edanna, sello personal

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
1

Los niños salvajes (v. revisada)

Dyss, sello general

Entre un revoloteo de hojarasca y los últimos rayos de sol deslizándose a través de los árboles, llegaron los niños salvajes.

Iban prácticamente desnudos, cubriéndose con lo que habían encontrado en sus vagabundeos y que ellos consideraron que servía de atuendo. El que fuera digno era el menor de sus problemas. Algunos llevaban una camisón raído, un jirón de manta, tiras de piel o de lino para vendar a los leprosos, una manta... Uno, dos intentos de zapato, daba igual...,  buenamente se cubrían de cintura para abajo con todo tipo de apaños.

Apestaban como demonios, pude olerlos a muchos metros de distancia. No se atrevieron a cruzar el linde del bosque. Desde el camino polvoriento que bordeaba los primeros troncos permanecían en silencio, observándome.

Probablemente yo les daba miedo, pero eso no duraría siempre. Los observé, en silencio, muy quieta, mientras los rayos de sol que se escurrían en la arboleda me acariciaban el cabello y la espalda lentamente.
Eran Imagos; eran imágenes míticas... ¿De quién habrían sido esos sueños?, ¿tanto terror inspira en las gentes un grupo de niños vagabundos, independientes y salvajes?

Había muchas niñas, casi las dos terceras partes; algunas estaban en estado. No podían tener más de catorce o quince estaciones y probablemente ninguno pasaba de cuatro ciclos completos. Todos llevaban extraños objetos sacados de la vida cotidiana, ahora destinados a usos misteriosos, pero con la evidente intención de servir para algún tipo de simbología de orden tribal, de estatus social. Habían creado su propia cultura de la nada. Una cultura de remiendos. Observé que probablemente habría uno o una serie establecida de líderes formando una jerarquía de orden complejo. Pude reconocer marcas en el rostro de una de las niñas, no tendría más de once años, de claro sentido espiritual. Una pequeña chamán en el grupo de los niños salvajes.

―Ya han creado a su propio hechicero, en tan poco tiempo. ―Pensé.

Los niños me observaron silenciosamente, intercambiando susurros bajos, que eran acallados bruscamente por el que parecía el líder. Un chico alto, con los huesos de las costillas claramente diferenciados. Llevaba un collar lleno de objetos absurdos que le colgaba hasta la cintura. En la mano izquierda un objeto pesado y  contundente, probablemente bastante peligroso en manos de aquel muchacho. Todos llevaban dibujos, marcas, e incluso la cara pintada con lo que me pareció sería probablemente ceniza.

Creo que se asustaron cuando la luz del crepúsculo comenzó a rellenar el mundo a nuestro alrededor y la oscuridad avanzó paso a paso, creando sombras cada vez más monstruosas; pero no tan gigantescas como las que había entre ellos y yo.

Finalmente se marcharon, tan rápidamente como aparecieron. Escucharon el relincho del caballo enfermo que agonizaba más abajo en el valle, en la granja abandonada. Significó lo mismo para ellos que la llamada del cuerno o de la caracola.

Algo nuevo, en algún otro lugar; si es que había otro lugar.

Hasta casi la medianoche, pude escuchar los bramidos de agonía del caballo, escuché claramente el entrechocar de las piedras, el crujido de los huesos rotos, los relinchos de sufrimiento del animal. Todos los ecos de aquello resonaban en el bosque, retumbando a su vez por las colinas. Llevados por el viento, hasta lugares distantes.

Allí encontró su propio sepulcro, y yo entonces le puse nombre a lo que ya se conocía como: “El Sepulcro del Caballo”; pero el nombre nuevo no lo relataré aquí, pues obedece a otro propósito.

Lo mataron a pedradas entre todos, lentamente, con cuidado de no acercarse al animal. El animal bramaba desesperado, repartía coces frenéticas; lo escuché claramente aunque los sonidos llegaran apagados por la distancia. Pero estaba enfermo, viejo y agotado. Pedrada tras pedrada. Podía imaginármelo, podía ver la situación con claridad.

Finalmente, los relinchos cesaron.

Encendieron un fuego, pude ver la claridad en la lejanía a través de los árboles, ahora jugaban, gritaban, reñían, reían. Pude oler la madera quemada, la carne de caballo, el humo espeso, acre, dulce.

Los gritos... Unos lamentos. Comieron.

El olor penetró en el bosque, inundando el aroma de la hoja y del musgo. Inicié un canturreo. Las hojas se agitaron. Cuidé de mi propio fuego. Permanecí despierta toda la noche. Pendiente, vigilante, ausente de todo cuanto habitara en mi interior. Celosa de todo lo que existía a mí alrededor, de cualquier sonido, de cualquier olor. Esperando.

Por la mañana se habían marchado.

Llegué hasta el Sepulcro del Caballo. Allí estaba aún una parte del animal, entregada ahora a las moscas y a los carroñeros. Huesos, maderos y restos yacían por todas partes. La hoguera humeaba, lanzando un humo negro y viscoso que se llevaba la brisa. Uno de los niños estaba allí tendido, muerto. Tendría unos seis años. Una horrible brecha en la cabeza y una piedra ensangrentada, lo explicaba casi todo. Tardé apenas tres cuartos de hora en enterrarlo y cubrir la tumba con un buen montón de piedras. De poco servía, muchos animales cavan mucho mejor que yo y con más habilidad que la mía cuando amontono piedras.

Pero volverían. Lo sabía claramente. Miré en todas direcciones, solo pude encontrar en los cielos a mis amigos los viejos pájaros negros. Les rogué que me avisaran. Ellos dieron alguna muestra de parecer considerarlo.
Volví al bosque, volví a la piedra y la roca, al rio y la cueva húmeda. Esperé...

En los días que transcurrieron durante mi espera, en muchas ocasiones me pareció escuchar el sonido de la cándida y afable risa de aquellos niños. Siempre cerca, entre los árboles que ocasionalmente se agitaban, esperando darme una sorpresa, un saludo, una bienvenida.

A mostrarme sus dientes, con una sonrisa.

Libro de Edanna

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
1

Los niños salvajes (revisado)

Entre un revoloteo de hojarasca y los últimos rayos de sol arrastrándose a través de los árboles, llegaron los niños salvajes.

Iban prácticamente desnudos, cubriéndose con lo que habían encontrado en sus vagabundeos y lo que ellos consideraron que podía servir de atuendo. El que fuera digno era el menor de sus problemas. Algunos llevaban una camisa, blusa o pantalón bastante raído. Otros se vestían apenas con una manta. Con suerte alguno llevaba algún zapato; muy pocos, aparentemente los más fuertes o corpulentos, los dos. Los más débiles, buenamente se cubrían de cintura para abajo con cualquier apaño. Parecía darles lo mismo, pero sabía que no era así. Para ellos, el atuendo debía de tener un valor que yo meramente acertaba a sospechar.

Apestaban como demonios, pude olerlos a muchos metros de distancia. No se atrevieron a cruzar el linde del bosque. Desde el camino polvoriento que bordeaba los primeros troncos permanecían en silencio, observándome.

muProbablemente yo les causaba miedo, pero eso no duraría siempre. Los observé, en silencio, muy quieta, mientras los rayos de sol que se escurrían en la arboleda cortejaban mi cabello y mi espalda lentamente.

Había muchas niñas, casi las dos terceras partes. Todos llevaban extraños objetos sacados de la vida cotidiana, ahora destinados a usos misteriosos, pero con la indudable intención de servir para algún tipo de simbología de orden tribal, de estatus social. Habían creado su propia cultura de la nada. Una cultura de remiendos.

Observé que probablemente habría uno o una serie establecida y jerárquica de líderes. Pude reconocer marcas en el rostro de una de las niñas, no tendría más de once años, de claro sentido espiritual. Llevaba suspendido de su atuendo multitud de pequeños objetos atados con cuerdecillas.

Una pequeña chamán en el grupo de los niños salvajes.

Ya han creado a su propio hechicero, en tan poco tiempo. – Pensé.

Los niños me observaron silenciosamente, intercambiando susurros bajos, que eran acallados bruscamente por el que parecía ostentar el rango de líder. Un chico alto, con los huesos de las costillas claramente visibles. Flaco y escuálido como un perro pero suficientemente vigoroso aún. Llevaba un collar lleno de objetos absurdos que le colgaba hasta la cintura. En la mano izquierda un objeto contundente y probablemente bastante peligroso manejado por las manos de alguien como él. Todos llevaban dibujos, marcas, e incluso la cara pintada con lo que me pareció se trataba probablemente de ceniza.

Creo que se asustaron cuando la luz del crepúsculo comenzó a rellenar el mundo a nuestro alrededor; la oscuridad avanzó paso a paso, creando sombras cada vez más monstruosas, pero no tan gigantescas como las que había entre ellos y yo.

Finalmente se marcharon, tan rápidamente como aparecieron. Escucharon el relincho del caballo enfermo que agonizaba más abajo en el valle, en la granja abandonada. Significó lo mismo para ellos que la llamada del cuerno o de la caracola.

Algo nuevo, sucediendo en algún otro lugar.

Hasta casi la medianoche, pude escuchar los relinchos de agonía del caballo.

Escuché claramente el entrechocar de las piedras, el crujido de los huesos rotos, los bramidos de sufrimiento del animal. Todos los ecos de aquello resonaban en el bosque, retumbando a su vez entre las colinas. Transportados por el viento, hasta lugares distantes. Se divirtieron con él como siempre ha jugado un gato con un ratón, un juego que enseña a pesar de toda la moral cosechada en la extinta historia de la humanidad. Jugaron tal y como lo hicieron sus ancestros; quemando, ahogando, mutilando y despedazando todo cuanto pudiese agonizar claramente ante sus ojos.

Allí encontró pues su propio sepulcro, y yo entonces le puse nombre: “El sepulcro del caballo”.

Lo mataron a pedradas; entre todos, lentamente, con cuidado para no acercarse al animal. El caballo bramó desesperado, repartiendo coces frenéticas. Se escuchaba claramente aunque los sonidos llegaran apagados por la distancia. Pero estaba enfermo, viejo y agotado.

Pedrada tras pedrada. Podía imaginármelo, podía imaginar la situación con toda claridad.

Finalmente, los relinchos cesaron.

Encendieron un fuego, pude ver la luminosidad en la lejanía, a través de los árboles. Ahora jugaban, gritaban, reñían, reían. Pude oler la madera quemada, la carne de caballo, el humo espeso, acre, dulce.

Comieron.

El olor penetró en el bosque, inundando el aroma de la hoja y del musgo, de la haya y del roble. Inicié un canturreo. Las hojas se agitaron. Cuidé de mi propio fuego. Cuidé todos los fuegos que permanecían encendidos en ese instante por todo el mundo. Permanecí despierta toda la noche. Pendiente, vigilante, ausente de todo cuanto habitara en mi interior. Celosa de todo lo que existía a mi alrededor, de cualquier sonido, de cualquier olor. Esperando.

Por la mañana, se habían marchado.

Fui hasta “El sepulcro del caballo”. Allí estaba aún una parte del animal, entregada ahora a moscas y gusanos. Huesos, maderos y restos yacían por todas partes. La hoguera humeaba, lanzando un humo negro y viscoso que se llevaba la brisa. Uno de los niños estaba allí tendido, muerto. Tendría unos seis años. Una horrible brecha en la cabeza y una piedra ensangrentada explicaba casi todo lo que había sucedido. La causa hasta me la podía imaginar. Debía suceder de manera frecuente. Tardé apenas tres cuartos de hora en enterrarlo y cubrir la tumba con un buen montón de piedras.

De poco serviría, muchos animales cavan mucho mejor que yo.

Pero volverían. Lo sabía claramente. Miré en todas direcciones, solo pude encontrar en los cielos a mis amigos los viejos pájaros negros. Les rogué que me avisaran. Ellos si decidieron considerarlo, no dieron ninguna muestra de ello.

Volví al bosque, volví a la piedra y la roca, al rio y a la cueva húmeda.

Esperé.

En los días que transcurrieron durante mi espera, en muchas ocasiones me pareció escuchar el sonido de la candente risa de aquellos niños. Siempre cerca, entre los árboles que ocasionalmente se agitaban, esperando darme una sorpresa, un saludo, y una bienvenida.

Por supuesto, regresaron.

Con la segunda luna menguando dos tercios sobre el firmamento, volvieron a rondar por la periferia de mi pequeño territorio. Reanudaron el ritual, acercándose lentamente, observando, expectantes, silenciosos... Ni las múltiples moscas que los atosigan de manera incesante, habitándolos, logran arrancarles un solo gesto. Permanecen todo el tiempo exánimes, aguardando.

Unos cincuenta pasos como mucho los separan de mi pequeño campamento en el claro, bajo la sombra de la roca grande. Es entonces en este preciso momento cuando me doy cuenta de que no tengo muchas posibilidades ya de escapar de ellos.

Uno de ellos le comenta algo a otro cercano. Hace un gesto señalándome. Ríen.

Se acerca la noche, entre árboles ya sin hojas. Un agua estancada mece dulcemente las hojas amarillentas. Escucho el aullido de los perros en la distancia; abajo, en el valle.

Algunas aves se alzan asustadas, parece que sea el mismísimo silencio el que las ahuyente. Levemente escucho el siseo acompasado de respiraciones, pequeñas toses, risitas, cuchicheos...

El fuego de mi campamento comienza a menguar. Le quedan tres horas como mucho. Después se acabó.

Cae la noche sobre mí, no puedo escapar, en este bosque guardé el lugar de nacimiento, hasta la llegada de los niños salvajes. Los mismos que derribaron las columnas que sujetaron los templos y grandes casas de los hombres. Aquellos niños, que sostenían el mundo, lo derribaron de sus pilares. Ahora yacen desparramados como la conciencia más pura. Como el mercurio en el lecho del lago. No hay futuro sin ellos. Con ellos tampoco. Futuros castrados desde el comienzo de su propio tiempo.

Inicio el canturreo de los días violeta. Los que habrán de llevarme con todos los míos. Ellos se relamen. Afilan sus uñas. Afilan sus dientes. Son hermosos en lo espantoso de su pureza. Me emociona saber que portan las esperanzas de todos los que los antecedieron sobre sus hombros.

Levantarán los pilares de la tierra, devorándose los unos a los otros. Como siempre ha sido desde el principio de los días. Como será hasta el último estertor de La Tierra. Así debe ser. Así ha sido siempre, así será.

Y en los días futuros, quedarán las cenizas de esta hoguera, mezclándose en el fango como sal para la tierra. En el río, cerca de la roca grande, en la cueva húmeda. Ellos mondarán los huesos y se afilarán los dientes, esparciendo las cenizas al viento de madrugada. Cantándole al viento, corriendo por los prados en las largas distancias. Sonriéndole al amanecer allí donde ya no queden sonrisas. Pues el día que no quede nadie en este mundo para sonreír al amanecer, ese día la tierra morirá.

0.0/60votes
Voting statistics:
RatePercentageVotes
60%0
50%0
40%0
30%0
20%0
10%0
Pages:12345