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Tag: narrativa

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Orígenes

Algunos orígenes Inuit

Fuente: Cervantes Virtual     

Según la cosmogonía inuit, al principio de la existencia del Mundo todos los seres, tanto los animales, como los humanos o los espíritus, podían hablar el mismo idioma y también podían transformarse unos en otros fácilmente. Así, según describe esta leyenda, los humanos adoptaban la forma de animales, y a su vez los animales, podían adoptar la forma humana.

El origen de las montañas

      Cuando el inuit siguió por vez primera al caribú hacia una tierra nueva, después de muchas estaciones, encontraron la tierra habitada. En esta tierra vivían dos tipos de gente; por un lado, la gente pequeña, que era alegre y que al cogerles podían cantar. Eran tan pequeños que cabían en la palma de la mano.

      Por otro lado, estaban los temibles Tuniqs, que, a veces llegaban a tener 4 y 5 veces el tamaño de un inuit. A este grupo de gigantes les gustaba la guerra y trataban de capturar a los inuit, para cocinarlos y comerlos. Sin embargo, los inuit eran más listos y podían emplear su cerebro para hacerles frente.

      Un día un cazador volvía a su poblado de una caza fructífera cuando fue visto por un gigante. El inuit sabía que si era atrapado por el gigante, se convertiría en su comida. El esquimal dejó caer su caribú y escapó hacia el sur, tan rápido como pudo. El tuniq le vió y corrió tras él.

      Oyendo la conmoción, otro gigante miró alrededor y vió al cazador correr y él también comenzó a perseguirlo. El inuit era ágil y veloz, pero no lo suficiente como para esquivar a dos gigantes, de manera que viéndose atrapado, se detuvo y, girándose, preguntó a los gigantes: « ¿Por qué me perseguís?». A lo cual cada gigante respondió: «Porque quiero que entres en mi cacerola para comerte».

      El inuit más listo que los tuniqs se mostró sorprendido y contestó: «Soy sólo un esquimal endeble con poca carne y ustedes son dos enormes Tuniqs; sólo puedo servir de alimento a uno, ¿quien de los dos me comerá?».

      Esto dejó perplejo a los Tuniqs, cada uno se autoproclamaba como vencedor, cada uno se atribuía el mérito de haber visto primero al inuit y se consideraba con derecho a comérselo. Finalmente, el inteligente inuit propuso una solución: «Como ambos me vieron, y sólo puedo alimentar a uno de ustedes, deben luchar entre los dos y yo mismo saltaré dentro de la cazuela del vencedor».

      Entonces tuvo lugar una de las peleas más impresionantes y más conocidas de la historia; los gigantes empezaron a luchar, lucharon durante varios días y varias noches, arrojándose de golpe al suelo, ya que ellos tenían la fuerza poderosa. Con cada golpe, la tierra se moldeaba, inclinándose y levantándose; así aparecieron valles y colinas. Pero los gigantes lucharon y lucharon, hasta que quedaron agotados y cesaron en su pelea.

      Entonces el inteligente inuit, disparó a los exhaustos gigantes con sus pequeñas flechas, volvió a recuperar su caribú y regresó con su familia para darles de comer. Detrás de él quedaron los grandes montones de tierra, huella de la encarnizada lucha de los dos gigantes.


El origen de la niebla

      Cuando la tierra era joven, los tuniqs y los inuits vivían en la Tierra, pero eran enemigos. Un día, un cazador fue a pescar para calmar el hambre de su familia; pero no consiguió nada en todo el día. El cazador miró en todas direcciones, pero no vió ninguna presa.

      Finalmente, vió a un hombre en la lejanía, y a medida que se acercaba a él, la figura se volvía más grande; se trataba de un Tuniq. Viendo al gigante, el cazador comprendió que su vida estaba en peligro, y para evitar una muerte segura, el cazador se tumbó en el suelo y se hizo el muerto.

      El gigante alcanzó pronto al cazador y miró hacia el esquimal endeble, levantándolo para ver si respiraba; pero el cazador sostuvo su aliento. «Está muerto», pensó el gigante y agarró al cazador llevándolo hasta su casa. El hombre seguía fingiendo estar muerto.

      A lo largo del camino, a medida que el gigante andaba de vuelta a casa, el inteligente cazador iba sujetando y agarrando árboles y arbustos, de manera que, sin darse cuenta, el gigante estaba arrastrando una gran cantidad de peso y, cuando llegó a su casa, estaba exhausto.

      El gigante dejó al cazador, al que creía muerto, en un rincón de la mesa, para comérselo más tarde; y como se sentía tan agotado, tuvo que tumbarse a descansar.

      Finalmente el gigante se quedó dormido y el cazador cogió el hacha del gigante y se liberó. Empezó a huir, siguiendo sus propios pasos hacia atrás. Pero la esposa del gigante, que estaba juntando madera para cocinar al cazador, lo vió intentando escapar y comenzó a perseguirlo.

      La esposa rápidamente iba a alcanzar al cazador, entonces éste hizo un corte profundo en la Tierra y un río brotó con fuerza delante de él. La esposa del gigante, se detuvo al ver aquel río ante ella y entonces miró al inuit y le preguntó: «¿Cómo pudiste atravesar este río?».

      El inteligente cazador respondió: «Me bebí el agua».

      Afanosa, la mujer del gigante comenzó a beber y beber más agua. Cuanto más bebía, más se hinchaba y más crecía, pero ella seguía bebiendo agua, porque el río no se agotaba. Bebió y bebió hasta que explotó con todo el agua dentro. Con el viento las gotitas de agua fueron esparcidas por el aire y así es cómo se formó la niebla. El inuit esperó a que se disipase aquella niebla recién originada y finalmente pudo escapar del lugar y regresar con su familia sano y salvo.

 

¿Por qué no hay árboles?

     En la mitología inuit ningún chamán es tan conocido como Kiviok, que ofrecía a los espíritus su luz y calor, por lo cual fue dotado con poderes especiales. Con estos dones se convirtió en el chamán más poderoso y vivió muchas aventuras a medida que viajaba por la Tierra.

      Cierto día, en uno de sus viajes, Kiviok encontró un lago por casualidad y como la noche se acercaba, decidió levantar su campamento. Viendo como el hielo se formaría sobre el agua, Kiviok decidió hacer un gran fuego, para lo cual sacó su gran hacha y comenzó a cortar árboles como combustible.

      Mientras Kiviok cortaba árbol tras árbol, una viruta de madera cayó al agua y un pez nació. El pescado mirando Kiviok, se burló de él, pero Kiviok no le prestaba mucha atención.

      Kiviok intentaba no hacer caso al pez, pero a medida que las virutas de madera caían en el agua, éstas se convertían en pescados, y más y más peces se burlaban de él.

     Finalmente, los peces acabaron con la paciencia de Kiviok y este poderoso chamán enfureció y comenzó a cortar todo. Tal cantidad de virutas y trozos saltaban por los aires que parecía de noche, aún siendo de día de; cada viruta que caía en el lago, se convertía en un pez. Cada árbol diferente, cortado por Kiviok, produjo un tipo de pez diferente, desde la trucha al salmón. Kiviok siguió cortando y cortando, hasta que finalmente disminuyó su rabia, y alzó la vista. Al mirar a su alrededor, Kiviok se dió cuenta de que ya no quedaba ningún árbol. En contra partida, los lagos y los mares estaban repletos de peces.


El origen de la perdiz blanca

     Hace mucho tiempo, cuando la tierra era joven y los seres podían cambiar de forma, había una vieja mujer que era conocida como una gran bromista. En cualquier ocasión, en cuanto tenía oportunidad, la anciana gastaba bromas a todo el mundo, más para el pesar de la gente que para su entretenimiento.

      Un día, la anciana mujer decidió gastar una broma a un pequeño grupo de niños que se divertían, ensimismados en sus juegos. La bromista se arrastró silenciosamente hasta colocarse detrás de los niños y de repente aplaudió tan fuerte como pudo. Los niños se asustaron más allá de lo que la bromista esperaba. Inmediatamente, los niños se convirtieron en perdices blancas y echaron a volar. Como eran sólo niños, no sabían la manera de volver atrás la transformación y recuperar su forma humana; y así es cómo surgió la raza de la perdiz blanca.


El origen de los mosquitos

      Érase una vez, un poblado inuit que tuvo que pasar tiempos difíciles. Debido a esas duras circunstancias, no conocían ningún juego, ni tenían peces para pescar, ni focas para cazar. Lentamente la gente iba desapareciendo, sólo quedaban dos mujeres mayores.

      Estas ancianas habían podido sobrevivir, comiendo los piojos que encontraban la una en la otra. Cuando eventualmente, un grupo nuevo de inuits llegó al poblado, encontraron todo muerto y abandonado, excepto las dos mujeres viejas.

      Sospechando que aquellas dos ancianas habían podido sobrevivir practicando el canibalismo, los inuit recién llegados decidieron matar a las dos ancianas inmediatamente. Además, les abrieron el estómago, para comprobar la sospecha. Sin embargo, en su estómago abierto, sólo podían verse pequeños piojos. Estos piojos asustados desarrollaron alas y salieron volando. Así es cómo, según la mitología inuit, aparecieron los mosquitos.


El origen del cuervo

      Una vez, dos pájaros estaban juntos y decidieron convertirse en las aves más hermosas del mundo, más bonitas que ningún otro pájaro. Para ello, decidieron que tenían que tatuarse el uno al otro, creando diseños y dibujos sobre su cuerpo queserían la envidia de todos los pájaros.

      Así, un pájaro comenzó a pintar al otro; sin embargo, el pájaro que estaba siendo pintado no podía estarse quieto. Después de regañar en repetidas ocasiones a su compañero, éste seguía moviéndose. Finalmente, la paciencia del pájaro que pintaba a su compañero, se agotó y el pintor derramó todo el color negro sobre el pájaro. De esta manera, apareció el primer cuervo.

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Mundo silencioso

Dyss, sello general

Dyss, ¿por qué pareces siempre tan triste, tan melancólica?, con frecuencia aparentas ser tan silenciosa...

A menudo me pregunto el porqué de esos vientos que siempre se llevan tu voz..., bajo su propio aullido, resonando entre enormes granitos silenciosos, tan antiguos, recubiertos de líquenes; y este frío... Aullante frío de las regiones cambiantes, que consume, que desgasta, siempre manteniendo su propio silencio.

¿Por qué siempre este frio...?

Dyss es una tierra melancólica. Así lo dije siempre a todos aquellos que detuvieron su camino para escucharme. Con la cítara a la espalda aún hay muchos que me preguntan si puedo cantarles algunas canciones que hagan de su camino una faena más entretenida; con alguna alegría que llevar de vuelta al techo bajo el que se cobija una asustadiza familia de humildes labradores. Edith, al servicio de los poderes que guardan el mundo, lo explicaría mucho mejor que yo..., sin embargo, trataré de hacerlo lo mejor que pueda.

Dicen que cada lugar tiene su propia naturaleza, su condición. Algunos eruditos lo definen como, su temperamento. Su esencia personal, lo llaman otros de lengua un poco larga. Su genio y su humor, lo definen otros de lengua más larga todavía.

Y a pesar de la longitud de las lenguas, es cierto que existe “un tono” para el mundo. Una personalidad producto del permanente estado de una consciencia, y que determina la atmósfera que se respira en cualquier parte.

Porque Dyss tiene su propia naturaleza, una identidad personal que la define.

Esto no debería resultar nada extraño si, por ejemplo, observamos el Mundo de las Hadas. Faerie, por su naturaleza intrínseca, denota un estado de absoluta entrega a las pasiones. Allí todo es más intenso, más vívido. La esencia de su propia naturaleza se va, se dirige hacia los extremos, sin términos medios.

La belleza es más intensa, las flores más fragantes, sus aromas más embriagadores, sus colores más vívidos. Las pasiones son más agudas, el amor es más enloquecedor, la exaltación es más abrasadora. Los celos..., más implacables... La sangre..., más roja, más aromática, y se derrama con mucha más frecuencia.

Sus habitantes son víctimas de dirigentes más impredecibles, caóticos y sobre todo, caprichosos. Pues Faerie es todo “capricho” sí, un exquisito capricho de impredecibles consecuencias...

Así pues, Faerie, es un reflejo de un mundo allí donde todas las cosas obedecen de forma más directa a la pasión desmedida y donde, por contrapartida, se obtiene una consecuencia directa de ello. La belleza es desconsoladamente arrebatadora, y el horror, feroz, riguroso e implacable. Así es Faerie, esa es su naturaleza.

Y por ello, muchos buscan refugio en otros lugares...

La solitaria e introspectiva Dyss no es diferente en cuanto a presentar su propia individualidad. Quizás no lo haga, qué irónico resulta esto, “conscientemente”. Pero el hecho innegable es que su condición lo impregna todo como un viento imperceptible, llevando el tono de su melancolía..., a todas partes.

Un viento resuena entre ruinas silenciosas que parecen siempre estar observándote, allí donde crece la hierba, mientras los pastos inabarcables se balancean al compás de la brisa de aquí al horizonte. Recuerdo un roble solitario en medio de las llanuras, allí en las Tierras de Einar, donde los viejos muros de piedra una vez delimitaron los límites de un gran reino, hoy desaparecido. Una imagen familiar que representa algo difícil de explicar si no se experimenta pues allí, como en muchos otros lugares, reina una profunda melancolía cuya matriz es la soledad propia de una ensoñación.

Una soledad inabarcable, una soledad inaudita.

Dyss está aislada en su propio universo, allí donde su introspección es su propia cuna. Esto se traduce en un mundo silencioso, impregnado de su propia melancolía, y generalmente poco habitado, misántropo. Una tierra solitaria y poco poblada de grandes espacios vacíos; con frecuencia azotada por vientos fríos que provienen de los grandes cinturones de hielo del norte y del sur, más próximos a la tierra central. Vientos que son los portavoces indiscutibles de la gran mente que lo abarca todo, incluyendo sus propios cantos.

Sus silencios llenan los vacíos y despoblados rincones. Su soledad lo llena todo, lo impregna todo. Los viejos espíritus, siempre próximos a los antiquísimos semblantes de piedra repartidos por todos los rincones del mundo, resguardan cada escondrijo, permaneciendo a su vez mudos y silenciosos hasta para mí. Y es una soledad propia de la insólita introspección que emana de la tierra, en una continua observación y meditación.

Las viejas piedras observan el mundo, contemplando su propio silencio, soñando, esperando, siempre esperando... Una espera que no cesa, una espera que a veces, da miedo... Una espera que empiezas a desear que no cese...

Esperando en ese silencio, en la propia melancolía que define un mundo que aguarda la llegada de algo que nadie sabe, que nadie es capaz de predecir..., se encuentra Dyss.  Y en su melancolía, con su propio tono, levanta para sí misma la identidad del mundo que es, del que fue, y del que será.

El lugar que, habitándolo, todos juntos compartimos.

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La Tierra Amarga de Isan Reese (revisión)

Dyss, sello general

Tengo una tierra en la cual nada crece, salvo destellos de lo que una vez pudo ser y no fue. Esto ocasiona que allí, el sabor de una arena dorada se mezcla en la miel de mi bebida. Aún, después de probarla infinidad de veces, no la reconozco.

Lo cierto es que no sé qué hacer con ella nada en absoluto.

 

En la Tierra de Isan Reese hace mucho tiempo que se dejó de contar todo cuanto se ha perdido. Allí van todas las cosas que no se desean, que no se quieran o que se anhela quitar de en medio.

Sus páramos están repletos de sueños innecesarios, aunque hay muchos más que son necesarios pero que nadie desea conservar; pues dicen los que conocen sobre estos asuntos que nadie sabe en realidad lo que quiere. Una gran verdad, tan común como una piedrecilla en la bota.

Son sus regiones lugares de tránsito llenos de recuerdos que gimen en todo momento, no importa qué hora o qué instante del día o de la noche. Aunque precisamente suceden, con mayor frecuencia, cuando es el momento más inoportuno. Y los momentos inoportunos, por observación empírica, tengo constancia de que suceden constantemente.

Cualquiera diría que es porque mantengo un talante negativo, lo cual, suele estar mal visto...

Es como cuando a alguno le toca pudrirse por culpa de la enfermedad y a los de alrededor les molesta, pues es algo de talante negativo. O que un lugar siendo completamente estúpido y en el cual no quieras permanecer más de dos latidos de corazón, te digan que en realidad es porque llevas, un talante negativo. No es culpa de que el maldito agujero sea pútrido, ¡sino de un problema de actitud...!

...Yo me pregunto si los desiertos de todos los mundos que existen en el universo son así porque mantienen, ¡un talante negativo...!

Pero espera..., ¿me estoy desviando del tema? ¿No?

La Tierra amarga de Isan Reese está libre de tales absurdas ataduras. Reina allí un sistema feudal, no dictaminado por nadie, donde cada cosa se ubica en su sitio correcto; siendo adecuado en la mayor parte de su recorrido el correcto orden de cada cosa. Hay excepciones, por supuesto, pero de nada sirve explicarlas; de la misma manera que de nada sirve explicar esta pequeña crónica pues para entenderla no basta con actitud...

...O ahora que lo pienso, sí que basta, porque estas Tierras son tan absurdas que su propia explicación sufre por ello de forma clara, tal y como se puede ver...

¿Entiendes?

Y es que, para estos parajes sí que no basta con la actitud correcta. Allí cada día hay que tomar todas las decisiones una y otra vez, una y otra vez, una..., y otra vez, y otra..., y otra vez..., repitiéndose...

La compasión no tiene un lugar allí; quizás no lo tenga en ninguna parte.

Las Tierras de Isan Reese están malditas y pertenecen a "Los Seres de Otoño". Todo aquel que se adentra se encuentra despojado de la voluntad de vivir, de respirar o de recordar para qué sirve el siguiente instante de sus vidas.

Las razones de ello se encuentran en la historia y tienen orígenes de complejo significado, que estudiaremos con calma cuando llegue el momento.

Pero has de saber que cada día, cuando sale el sol, las elecciones del día anterior son cosa del pasado. Es por tanto éste el preciso momento de elegir de nuevo, de empezar de nuevo.

Así, por tanto, cuando la noche queda atrás y todo cuanto una vez soñaste, pensaste y decidiste ha sido olvidado, deberás sentarte en alguna piedra, no demasiado incómoda, y repasar todas y cada una de tus elecciones teniendo mucho cuidado de no olvidar ninguna, no vayas a lamentarlo.

Sin embargo, siempre hay algo que lamentarás... Suele suceder.

Por esto, y por otras cosas, esta tierra es conocida por su sobrenombre, "Amarga y Cruel"; y obliga cada día a los viajeros a repasar sin dudarlo hasta la engañosa necesidad de si desean o no desean respirar, durante cuánto tiempo, y cuántas veces.

Aunque el problema de respirar por lo general es el menor de los problemas. No, normalmente no lo es.
Hay mucho que decir de estos parajes donde te encuentras de forma constante con lo que es en apariencia innecesario, con lo que es rechazado, lo que es apartado y con lo que, por supuesto, es olvidado.

Se podría denominar basurero, pero ¿en qué basurero te encuentras amantes despechados, niños envueltos en la amargura de no tener siquiera la oportunidad de tomar decisiones, o a un gatito en una caja de zapatos? No recuerdo ninguno ahora mismo..., aunque mi imaginación me temo no es lo suficientemente pródiga en bienes de intercambio. En cualquier caso no creo que lo recuerde pues, por lo general, este tipo de cosas no suceden en un sitio concreto...

Suceden en todas partes, a todas horas. Pero eso es otra cuestión ¿verdad?

Hay mucho más que decir sobre una tierra en la cual el deseo de transitarla ha de ser tenido en cuenta en cada instante. Sin embargo, no todo son aspectos que puedan o quieran alejar al visitante. Tiene sus bondades, y sus puntos de interés, pues el deseo de olvidar todo cuanto alguna vez deseamos es un sencillo instrumento, compás y violín de tañido breve en el cual resuenan los ecos del mundo a cada instante. Una suave sinfonía que sin ser armoniosa suele ser bastante escuchada en todas las esquinas del mundo.

Digamos que es, una cancioncilla popular.

Es allí hacia donde se dirigen muchas cosas y hacia donde se envían muchas otras, no siendo la misma cosa ambos conceptos.

Pero si sé una cosa. Es allí, en la tierra baldía y amarga de Isan Reese, donde yo encontré cuanto quiero, deseo y anhelo. Pues fue allí donde aprendí a apreciar lo que anhelaron todos los seres de este mundo y que tarde o temprano, consciente o inconscientemente y casi siempre de una manera emparentada, por desgracia, con la mediocridad, dejaron atrás.

Por tanto, y una vez más, podemos aprender algo en Dyss. Y es que, no siempre la hierba es más verde al otro lado de la colina.

Libro de Edanna

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Mitogénesis

Proceso por el cual diversos elementos del imaginario de un colectivo o de un individuo (figuras míticas), presenta una manifestación real física en nuestra realidad tangible, tomando substancia y forma y formando parte de la existencia, siendo así susceptible de ser apreciada por nuestros sentidos.Mitago

El proceso mitogenético, relativo a la mitogénesis, o bien, proceso de mitogénesis, por lo general es producido por el imaginario de un colectivo social. Aquellos elementos del imaginario susceptibles de iniciar el proceso mitogenético, y que forman parte del consciente o del subconsciente colectivo del grupo, presentan bajo las condiciones adecuadas la posibilidad de iniciar el proceso de mitogénesis, apareciendo en la realidad tangible de nuestro mundo (Huxley, 1941).

Si bien el proceso de mitogénesis suele ser provocado por el imaginario colectivo de un grupo o en ocasiones de pequeños grupos, de manera más excepcional algunos individuos presentan la capacidad de iniciar el proceso por sí mismos. Esta capacidad de mitogénesis por parte de individuos concretos depende de las peculiaridades de los mismos y deben analizarse individualmente caso por caso.

Según estudios recientes, aquellos elementos más intensos del imaginario de un ser consciente y dotado de razón susceptibles de iniciar el proceso, son todos aquellos que están asociados a prolongados estados de estrés y angustia, como por ejemplo, los estados de angustia entre dos culturas que chocan la una con la otra; por lo general tanto por la cultura que está siendo invadida como por la cultura del invasor (W. Jones 1942). Esto es lo que se denomina, una conexión cultural.
La fuerza del odio y del temor crean figuras míticas, generalmente en forma de héroes, que establecen un foco oculto de esperanza, y una poderosa fuerza psíquica. Es cuando nace la forma del héroe mítico.
Aquellos que provienen de los deseos más intensos o de las necesidades más básicas, como necesidad de protección y defensa, también presentan altas probabilidades de iniciar el proceso. Se sabe que otras emociones de carácter base como: el deseo, el amor, la rabia o los celos también tienen altas probabilidades de iniciar el proceso de mitogénesis. Así mismo, la naturaleza del ego en el individuo afecta también en la capacidad mitogenética.

La capacidad mitogenética también está asociada a lugares específicos (Huxley, 1941), siendo más intensa en zonas concretas, o nodos, y puntos de especial intensidad mitogenética. Esas zonas concretas se reparten geográficamente siguiendo pautas específicas o “lays”, que se extienden por la orografía del territorio y se adaptan a los detalles del terreno.
Sus características dependen, entre otros factores, de los ecos residuales de energía psíquica debidos a sucesos determinados del pasado y otro gran número de circunstancias. Este “campo” o foco de energía interactúa con los elementos más intensos del subconsciente de los seres vivos, elementos que suelen estar representados por figuras simbólicas míticas. La interacción desencadena la mitogénesis.

Las formaciones y manifestaciones físicas producto del proceso de mitogénesis tiene una amplia serie de particularidades, pero en general, cubren un amplio abanico de tipologías, siendo las más comunes la formación de lugares definidos y emplazamientos de diferente naturaleza y tamaño, —siendo algunas formaciones realmente colosales— y las más sorprendentes, las diversidad de criaturas de diversos tipos que pueden cobrar vida, moverse e interactuar con el conjunto del resto de las criaturas naturales de nuestro mundo.
Estas criaturas provienen, generalmente, de los conceptos de naturaleza mítica que se guardan en el subconsciente colectivo de los seres dotados de capacidad simbólica, lo que incluye a todas las razas conscientes dotadas de raciocinio.
Diversos elementos generados por ese simbolismo inherente a la psique, desarrolla los elementos culturales que conforman el mito, o mythos; siendo estas figuras míticas de la consciencia oculta elementos específicos relacionados con hechos culturales, con la percepción del “Yo” y con la percepción del mundo que rodea al individuo, así como de lo que éste significa para él.
Según se desprende en este estudio, las figuras míticas que yacen ocultas en la consciencia —es decir, en el subconsciente— potenciados por el desarrollo de las emociones en momentos concretos, desencadenan en algunos lugares el proceso de mitogénesis gracias a la interacción de una fuerza indeterminada en forma de campo que se focaliza, precisando para ello de un tiempo que depende de las particularidades de los individuos que lo generan y de las características del lugar en el cual se inicia el proceso.
Este proceso —que se detallará en otro apartado— desarrolla lo que se denomina un “imago” (Pre-mito-imago) o imagen residual del concepto mítico, generalmente partiendo de un “arquetipo”.
Una vez se desarrolla y en ciclos posteriores, el imago cobra substancia y forma, coexistiendo de forma natural en nuestro mundo físico, y es susceptible de ser percibido por algunos sentidos. De forma inicial por el tacto, el olfato, el oído y finalmente, en desarrollos posteriores, por la vista; de forma parcial en los primeros ciclos, para ser total en las últimas etapas de desarrollo.
Finalmente, la manifestación física, ya se trate de una forma de criatura, de un lugar o de un emplazamiento geográfico, pasa a denominarse: Mito-imago, o imagen mítica, conocido también como: Mitago(1).

El Mitago es el resultado final del proceso mitogenético o de mitogénesis, y consiste en: una representación real física de un elemento cultural de naturaleza mítica desarrollado en la consciencia de una criatura consciente con capacidad simbólica.
El Mitago se forma a partir de una imagen mítica inicial. Se trata de un ser nacido de la creatividad humana, oculto en su consciencia y que el proceso mitogenético hace que cobre vida. La forma y naturaleza del mito es idealizada, y es alterado con los cambios culturales.
El Mitago se estudiará más detenidamente en su apartado correspondiente.

El proceso mitogenético es extremadamente complejo y muy sensible a las interferencias tanto internas como externas. En cuanto a las internas, la edad, las preocupaciones, el resto de las emociones, relaciones sociales y las tipologías de los diferentes tipos de personalidad detallan los rasgos específicos que intervienen en el proceso, afectándolo y determinando sus particularidades.
Por otro lado, en cuanto a los elementos externos ser refiere, las interferencias de las acciones de las razas conscientes, tanto en las generalidades del pensamiento colectivo, así como en su desarrollo de acciones a través del territorio, afectan profundamente a las capacidades de mitogénesis en los puntos de mayor intensidad mitogenética, como en la naturaleza del desarrollo del proceso en sí.

*Ver también: Proceso mitogenético, capacidad mitogenética.

 

(1) Robert Holdstock es autor del ciclo Mitago. Este material está inspirado en su obra y a ellas se hace referencia. © Todos los derechos están reservados por su autor. Este trabajo solo se aproxima a su obra como estudio de ésta y carece de ánimo de lucro.

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Secretos de la calle

Esta mañana, al alba, mientras la última luna de febrero aún centelleaba en el firmamento, vi las farolas de la calle Somers curvar sus esbeltos y largos cuellos para alcanzar así los charcos y beber en silencio.

Las contemplé desde mi escondrijo, tan elegantes, tan discretas. Se mecen como espigas al sol, como altas jirafas, como tallos que pliegan al arrullo del largo invierno, emitiendo un leve murmullo que se extiende a la lejanía. Parecen bestias prehistóricas de largos cuellos curvos, rumiando en los pantanos mientras cantan canciones de amor a quién se esconde tras un horizonte recién nacido y esté dispuesto a escuchar.

Dyss_Sello_Edanna

Las bocas de riego las contemplan y cuchichean envidiosas. Achaparradas a ras del suelo añoran ser las reinas de la calle, las que puedan atisbar disimuladamente por las ventanas más bajas.

En Atwater se había abierto una grieta en el pavimento que sangraba, pero la nieve había tapado la herida que supuraba en silencio insistentemente. A través de la abertura se podía contemplar como las paredes se abrían y se cerraban mientras el latido de un corazón retumbaba en las profundidades.

Seguí hasta la nueva Notre Dame, la del nuevo mundo. Allí, en sus tejados, habitan unos pájaros negros que se alimentan del óxido. Entre las chapas de hierro y bronce sobreviven, picoteando con ansia y a veces hasta con desesperación; deteniéndose ocasionalmente para sacudirse la nieve del plumaje.

Cuando las gárgolas exhalan su caudal en los días de lluvia, ellas beben ávidamente mientras tañen las campanas de la torre, donde sus nidos las esperan.

Cuentan que un hombre santo una vez escondió allí su mayor tesoro, una carta de amor por la cual lo habrían colgado del cuello hasta que floreciera la mandrágora a sus pies. Y en los árboles de la plaza, más abajo, aún se pudren restos de las sogas que una vez impartieron justicia, reabsorbidas entre la madera.

Recordé aquella vez que quisimos pintar una ballena de color rosa. Les fuimos preguntando a las candidatas hasta que una nos pareció la más indicada. Ella se recostó sobre su costado izquierdo mientras bebía unos cientos de litros de té que le preparamos con esmero. Con brochazos gordos primero le dimos dos capas y terminamos la faena con los pinceles, dando los detalles.

Subimos a nuestro helicóptero y la vimos nadar en la bahía, feliz. Tan feliz que fue hasta el Polo Norte a enseñárselo a su familia. Allí les gustó tanto, tuvo tanto éxito, que la nombraron embajadora del Polo Norte para todos los reinos de ese hemisferio. En el sur, años después, copiaron la idea.

Desde entonces hay una ballena rosa para cada hemisferio. Una para el norte lejano, otra para el remoto sur. Donde se fabrican esas islas que van a la deriva y así poder cambiar de sitio tu casa cada estación.

Una vez fui a buscarte en mi submarino. El que compré en una subasta de antigüedades. Cuando abro la escotilla surge un gran ramo de flores. Tú llevabas tu vestido negro, yo mi gabán algo deshilachado.

Te tomé de la mano, te invité a subir en él y juntos navegamos por ríos y mares, por lagos iluminados por rayos de sol dorado. En la torreta te tocaba mi violín y tú cantabas cuentos a las gaviotas. Una colonia de focas nos vio pasar y vitorearon al escucharte cantar una canción.

Después nos sumergimos en las profundidades del mundo, en silencio, en paz.

Se quebró la pluma, se derramó la tinta sobre la página.

Tú dijiste adiós y yo..., yo contemplé en silencio las farolas de la calle Somers, plegar sus largos cuellos en silencio, para beber de las fuentes del Nilo. Allí se había derramado formando los charcos.

Formando el llanto del que beben todas las aves de la madrugada.

Edanna, febrero de 2011

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Mi pequeño prisionero

Casas nevadas en CanadáCada día subía al desván donde, sujeto a una cadenilla de plata, mantuve a mi ánimo encadenado. Hace tiempo que lo tenía prisionero, no tenía más remedio.

Él, adoraba tumbarse dentro del cálido cuadradito luminoso que un rayito de sol arroja sobre las tablas, alrededor de la media tarde.

Cuando subía a visitarle solía hacerse el dormido. Me sentaba, próximo a él, y escuchaba su respiración lenta, sosegada, como una brisa entre los árboles.

Siempre me ha gustado contemplar las partículas de polvo en suspensión, bailando al ritmo de su respiración, subiendo y bajando, haciendo cabriolas y girando en alocados molinetes al compás de su apenas perceptible ronquidillo. Las luminosas motitas, parecen nadar en un mar centelleante y encrespado; navegando, con los nervios templados, hacia orillas más allá de la segura línea que marca la frontera de un rayo de sol.

Existió allí una luminiscencia alrededor de su imagen, desvaneciéndose cuando la luz atenúa su intensidad y llegando a su cénit cuando el día es cálido y acogedor. A él le gustaron siempre los lugares luminosos, y son los pequeños rayos que entran a través de las ventanas estrechas, los lugares de su predilección.

Siempre fue mi ánimo un inquilino caprichoso, al que a menudo he tenido que mantener enclaustrado, manteniendo cerradas puertas y ventanas; y que revolotea, dándose golpes contra el techo, cuando alguna vez fui descuidado y se me escapó. Cómo un canario fugado de la jaula, arrojaba pequeñas bolitas de pelo que recuerdan a las plumas de un ave desesperada en las mismas circunstancias,  mientras intentaba enojado encontrar la fina línea que separa su encierro de la libertad.

Por las tarde le cantaba canciones con mi guitarra, más, como yo no sé tocar nada bien, sus bostezos abrían oscura bocas de pozo en la negra realidad de mis habilidades.

Una vez lo sujeté a la chimenea, consciente de su delicia por el rincón más cálido y acogedor, pero sus tirones desesperados me obligaron a confinarlo de nuevo en el aislado altillo de esta vieja casa, rodeada por bosques infinitos.
Antes de ponerse el sol, solía ofrecerle licor de melocotón y le canturreaba una nana que aprendí cuando todavía sabía escuchar canciones. Él se ponía contento y saboreaba el delicado manjar con una fruición sólo digna de algún rey capaz de rodearse de un ejército de guerreros de terracota.

Pero hoy todo cambió. Hoy sentí frío. Hoy la nieve penetró en la casa del bosque.

Una gélida ventisca se adentró en el interior de la casa, recorriendo las estancias y posándose en cada resquicio. Helando cada mota de polvo.

Cuando subí al desván la nieve entraba por una ventana rota, cubriendo de blancos copos todos los rincones. Trayendo un invierno antiguo sobre el cálido verano, allí donde habitaba mi ánimo. A través del ventanuco había escapado, tras roer cuidadosamente la cadenilla y escapar por una estrecha abertura en el cristal.

Un preso que se fugó de su prisión, y se marchó sin dejarme ni siquiera una nota.

Miré por la ventana, sentada sobre la vieja alfombra, contemplando las motitas de polvo en suspensión; observando cómo ejecutan molinetes al compás de mi respiración. Sola, sin más lamento que el de mi propio silencio.

Finalmente decidí que prefiero que sea así entonces. Que vuele, aquel que gusta de ir y venir. Y que todas las cosas del altillo, tal como quedaron, conserven el recuerdo de un inquilino que siempre fue algo nervioso; menos cuando adormilado, contemplaba soñador la forma de las nubes en el cielo, a través de la ventana.

Edanna, febrero del 2011

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