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Mitogénesis

Proceso por el cual diversos elementos del imaginario de un colectivo o de un individuo (figuras míticas), presenta una manifestación real física en nuestra realidad tangible, tomando substancia y forma y formando parte de la existencia, siendo así susceptible de ser apreciada por nuestros sentidos.

MitagoEl proceso mitogenético, relativo a la mitogénesis, o bien, proceso de mitogénesis, por lo general es producido por el imaginario de un colectivo social. Aquellos elementos del imaginario susceptibles de iniciar el proceso mitogenético, y que forman parte del consciente o del subconsciente colectivo del grupo, presentan bajo las condiciones adecuadas la posibilidad de iniciar el proceso de mitogénesis, apareciendo en la realidad tangible de nuestro mundo (Huxley, 1941).

Si bien el proceso de mitogénesis suele ser provocado por el imaginario colectivo de un grupo, en ocasiones pequeños grupos o incluso más excepcionalmente, algunos individuos, presentan la capacidad de iniciar el proceso por sí mismos. Esta capacidad de mitogénesis por parte de individuos concretos, o pequeños colectivos, depende de las peculiaridades de los mismos y deben analizarse individualmente caso por caso.

Según estudios recientes, aquellos elementos más intensos del imaginario de un ser consciente y dotado de razón, susceptibles de iniciar el proceso, son todos aquellos que están asociados a prolongados estados de estrés y angustia; como por ejemplo y especialmente, los estados de angustia entre dos culturas que chocan la una con la otra, generalmente tanto por la cultura que está siendo invadida como por la cultura del invasor (W. Jones 1942). Esto es lo que se denomina, una conexión cultural. La fuerza del odio y del temor crean figuras míticas, generalmente en forma de héroes, que establecen un foco oculto de esperanza, y una poderosa fuerza psíquica. Es cuando nace la forma del héroe mítico.

Aquellos que provienen de los deseos más intensos o de las necesidades más básicas, como necesidad de protección y defensa, también presentan altas probabilidades de iniciar el proceso. Se sabe que otras emociones de carácter base como: el deseo, el amor, la rabia o los celos también tienen altas probabilidades de iniciar el proceso de mitogénesis. Así mismo, la naturaleza del ego en el individuo afecta también en la capacidad mitogenética.

La capacidad mitogenética también está asociada a lugares específicos (Huxley, 1941), siendo más intensa en zonas concretas, o nodos, y puntos de especial intensidad mitogenética. Esas zonas concretas se reparten geográficamente siguiendo pautas específicas o “lays”, que se extienden por la orografía del territorio y se adaptan a los detalles del terreno.

Sus características dependen, entre otros factores, de los ecos residuales de energía psíquica debidos a sucesos determinados del pasado y otro gran número de circunstancias. Este “campo” o foco de energía interactúa con los elementos más intensos del subconsciente de los seres vivos, elementos que suelen estar representados por figuras simbólicas míticas. La interacción desencadena la mitogénesis.

Las formaciones y manifestaciones físicas producto del proceso de mitogénesis tiene una amplia serie de particularidades, pero en general cubren un amplio abanico de tipologías, siendo las más comunes la formación de lugares definidos y emplazamientos de diferente naturaleza y tamaño, siendo algunas formaciones realmente colosales; y las más sorprendentes, las diversidad de criaturas de diversos tipos, dotadas o no de razón, que pueden cobrar vida, moverse e interactuar con el conjunto del resto de las criaturas naturales de nuestro mundo.

Estas criaturas provienen, generalmente, de los conceptos de naturaleza mítica que se guardan en el subconsciente colectivo de los seres dotados de capacidad simbólica, lo que incluye a todas las razas conscientes dotadas de raciocinio. Diversos elementos generados por ese simbolismo inherente a la psique, desarrolla los elementos culturales que conforman el mito, o mythos; siendo estas figuras míticas de la consciencia oculta elementos específicos relacionados con hechos culturales, con la percepción del “Yo” y con la percepción del mundo que rodea al individuo, y de lo que éste significa para él.

Según se desprende en este estudio, las figuras míticas que yacen ocultas en la consciencia, es decir, en el subconsciente, potenciados por el desarrollo de las emociones en momentos concretos, desencadenan en algunos lugares el proceso de mitogénesis gracias a la interacción de una fuerza indeterminada en forma de campo que se focaliza, precisando para ello de un tiempo que depende de las particularidades de los individuos que lo generan y de las características del lugar en el cual se inicia el proceso.

Este proceso, que se detallará en otro apartado, desarrolla lo que se denomina un “imago” (Pre-mito-imago) o imagen residual del concepto mítico, generalmente partiendo de un “arquetipo”. Una vez se desarrolla y en ciclos posteriores, el imago cobra substancia y forma, coexistiendo de forma natural en nuestro mundo físico y es susceptible de ser percibido por algunos sentidos. Inicialmente por el tacto, el olfato y el oído, y finalmente en desarrollos posteriores por la vista, de forma parcial en los primeros ciclos, para ser total en las últimas etapas de desarrollo. Finalmente, la manifestación física, ya se trate de una forma de criatura, de un lugar o de un emplazamiento geográfico pasa a denominarse: Mito-imago, o imagen mítica, conocido también como: Mitago(1).

El Mitago es el resultado final del proceso mitogenético o de mitogénesis, y consiste en una representación real física de un elemento cultural de naturaleza mítica desarrollado en la consciencia de una criatura consciente con capacidad simbólica.

El Mitago se forma a partir de una imagen mítica inicial. Se trata de un ser nacido de la creatividad humana, oculto en su consciencia y que el proceso mitogenético hace que cobre vida. La forma y naturaleza del mito es idealizada, y es alterado con los cambios culturales.

El Mitago se estudiará más detenidamente en su apartado correspondiente.

El proceso mitogenético es extremadamente complejo y muy sensible a las interferencias tanto internas como externas. En cuanto a las internas, la edad, las preocupaciones, el resto de las emociones, relaciones sociales y las tipologías de los diferentes tipos de personalidad detallan los rasgos específicos que intervienen en el proceso, afectándolo y determinando sus particularidades. Por otro lado, en cuanto a los elementos externos ser refiere, las interferencias de las acciones de las razas conscientes, tanto en las generalidades del pensamiento colectivo, así como en su desarrollo de acciones a través del territorio, afectan profundamente a las capacidades de mitogénesis en los puntos de mayor intensidad mitogenética, como en la naturaleza del desarrollo del proceso en sí.

*Ver también: Proceso mitogenético, capacidad mitogenética.

 

(1) Robert Holdstock es autor del ciclo Mitago. Este material está inspirado en su obra y a ellas se hace referencia. © Todos los derechos reservados por su autor. Este trabajo solo se aproxima a su obra como estudio de esta. Este trabajo carece de ánimo de lucro.

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La espiga

Los días quince, dieciséis y diecisiete llovió sin parar.

Cuando la gente volvió a salir de sus casas un cielo azul asomó más allá de las montañas desde dondequiera que hubiese estado escondido, tras unos días de meditación que no le vinieron mal a unos cuantos, y que pusieron en orden las relaciones conyugales de no precisamente otros pocos; pero menos que los que, más que ordenarlas, las extraviaron.

Pero lo más sorprendente, lo más misterioso, lo más interesante..., fue que cuando salieron de nuevo al exterior, entre aromas de hierba fresca, las hojas de los árboles finalmente habían brotado para la nueva estación.

En tres días un universo euclidiano de esmeraldas como la palma de tu mano revistió la totalidad de las ramas tras unas lluvias de primavera algo erráticas, engarzadas a los troncos con aún humor de otoño, dejando el frío y largo invierno definitivamente atrás, hasta el advenimiento del fin del próximo verano.

espiga-edanna...Tres por cuatro como una pauta de ligero trote es el paso de las estaciones, cabalgando tan rítmico que no conozco hormiga alguna que no guste de seguir el compás. ¿Conoces tú alguna?

En la “AutoRoute 15 Nord”, alguien arrojó por la ventanilla un paquete de cocaína en un claro intento de preservar su supervivencia. Rebotó cuatro veces en la cuneta, entre latas de cerveza con sabor a escarabajos y empapada por los días de lluvia; rodó por el terraplén hasta el borde del arroyuelo donde una pequeña brecha en el plástico convirtió el paquetito infame en un divertido reloj de arena que comenzó a contar el tiempo hasta el final de su agonía.

Por allí pasó un mapache que, intrigado, olisqueó el suave polvillo dándole un toque invernal a su envidiado morro ideado en mejores días de carnaval. Se sintió tan feliz, que salió disparado dejando una humareda tras de sí, bailando al compás de algún carillón lejano que señalaba las dos menos cuarto. Cuando avanzaba a través de un campo de tonalidades expresionistas surgieron algunos incendios que posteriormente se adormecieron cuando al dar las "y diez" de cada hora, cayeron puntuales sus gotas de lluvia.

Cuando llegó al pequeño laguillo que bordea la granja de la familia Lefebvre, se fijó en una oscilante espiga recién nacida toda ella de primavera. Tan sinuosa, tan elegante, una cimbreante criatura de pura belleza que danza junto al otro viento que habrá de acariciar tu rostro alguna tarde, cuando menos te des cuenta, azuzado con el encanto de la misma distinción. Una espiga que retiene su nombre entre las intimidades de su tallo amarillo aún sin ser julio, por los sueños de algunos niños que juegan alrededor de ella bajo la luna.

Bajo la luna..., aquel mapache se enamoró. Alzando la voz, le comentó a unas nubes que pasaban que nada de aquello estaba del todo mal. Que si no era ahora, que fuese para noviembre, y que su traje de etiqueta nuevo de la tintorería para las noches de verano, podía esperar...

Pues... ¿qué prisa hay?, se preguntaba, mientras bailaba siguiendo los ondulantes vaivenes de la nueva compañera en lo que parecía la perspectiva de un prometedor y próspero largo verano.

Noviembre, mi noviembre..., de blanco invierno tendrá la dama que esperar pues, ¡ay! “Quién contemplará ahora las olas bramar, entre la mar centelleante...”

Aquel era un tallo patrón, de cuando la tierra conocía el silencio suficiente para que hablaran las piedras entre sí, escuchándose en paz y sin molestar demasiado a las bandadas de aves migratorias. Tan bien proporcionado y con todas sus aureoladas hojas recibiendo el sol de cada mañana como si fuese cada uno algún preciado secreto que salvaguardar entre los pliegues de un pañuelo bordado de seda.

La seda de la que están confeccionados todos nuestros recuerdos...

A pocas yardas hacia el sur, se recostaba lo que parecía un granero destartalado, de oscuros tablones a modo de paredes y sombrero oxidado de chapa algo despintada ya, por decirlo con cortesía. Dentro, habían pernoctado generaciones de caballos, algunos héroes de guerra con un hatillo como único equipaje, amantes, nobles, plebeyos, ¡y hasta una garza!, que una vez vino a parar aquí aquejada de dolores en las plumas dorsales y se quedó a pasar la noche, aunque sin poder cenar.

Allí fue a parar nuestro protagonista. Un mapache de talante incierto pero con buena voluntad, fue presto a dejarse llevar por la pasión y siempre amante de la más hermosa flor que crezca en un prado bordado en terciopelo.

La espiga, la que crece, la que danza en todos los prados, siempre hay un prado para cada uno de nosotros, aguardando, aguardándote, sí a ti, que no entiendes una sola palabra de lo que te estoy diciendo. Para ti hay también un prado, aguardándote, un lugar mejor. Siempre hay un lugar mejor.

Era cierto, no nos engañaron. No nos mintieron los cuentos. No nos engañaron las leyendas...

Porque Lavondyss... Lavondyss sí, Lavondyss..., existe, sí, existe..., está ahí, en algún lugar, en algún lugar, esperando por ti, esperando por todos nosotros...

Créeme, yo lo he visto... Yo lo he visto, yo he estado allí...

No es más que una cuestión de sacrificio...

...Aún te recuerdo, aún te recuerdo entre mis brazos..., cuando te acunaba para que el sueño se te llevara hasta nuestro nuevo amanecer.

Este cuento sucedió en algún lugar distante. Siente que lo que parece es verdadero si hay palabras que lo describan, y no olvides que en algún lugar, siempre hay un prado esperándote, donde puedes encontrar el sitio perfecto donde poner tu propio mantel, el que bordaste en tus días de junio, para depositar sobre él todos los dones que un día quiso bien regalarte el mundo a tu alrededor.

Yo desperté, todo había sido un sueño...

En algún momento de abril del 2011

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La tierra que lleva tu nombre

Antaño comencé a recorrer la tierra que se ve a sí misma como aquel lugar que sin un nombre, es capaz de designarse cada tarde con mil acertijos diferentes.

LunaEs una tierra que se pone a sí misma sus nombres según su propio capricho. Lugares remotos que van y que vienen, emergiendo, desvaneciéndose.

Si miras los mapas, cada cierto tiempo alcanzarás a apreciar que, de forma súbita, los calificativos de ríos, mares, montañas, valles y ensenadas se agitan, alterando su apodo, desapareciendo, para poco después reaparecer con otra designación que considere más apropiada algo, o alguien, que desde luego no va a resultar ser el lector que, entre curioso y asombrado, contempla los bamboleantes vaivenes de un mapa caprichoso.

De un mapa que respira.

No recuerdo cual fue el primero de entre nosotros que puso su pie en ella, en esa tierra quiero decir. No recuerdo cuando cayó la primera gota de lluvia, retumbó el primer trueno, ni centelleó el primer relámpago; no recuerdo.

No recuerdo cuando se deslizó la primera bruma de madrugada, ni susurró la primera brisa que me trajo tu nombre desde muy lejos. Aquella sí, la que me trajo tu nombre por vez primera.

Y eso que desde entonces, yo ya estaba allí.

Allí había unas viejas ruinas donde me senté a respirar, tarareando despacito ésta nuestra brisa nocturna, bajo el deseo de todo tu cielo estrellado; pues es una tierra que de mil formas diferentes, cada segundo, cambia a su antojo. Es mi tierra, a la que yo le puse su nombre secreto. Ese, que sólo tú conoces.

Ese desorden, todo ese desorden..., ¡qué delicia...!

Toda esa sutileza que de impaciente gentileza, desquicia..., arremete en las estancias, colocando de mil maneras éstas y otras muchas cosas.

Tantas..., incontables y perpetuas.

No tuve reparos en decirle a todos los minutos de la tarde que aguardaran a tu llegada, y ellos, galanes, esperaron por ti para la cena.

Había fresas como melones y melones como lunas de mayo. Una mesa grande con teteras; las que guardas en nuestra alacena hecha a mano. La amarilla, la amarilla para el jueves, y la rosada para los sábados, acompañadas de la risa de todos los tuyos. Había una que fue especialmente diseñada para el que construye quimeras y diseña, entretejiendo los sueños. Me la regalaste tú, mientras tocaba el piano para ti. La profesión de hacedora de relatos que transporten a los soñadores al país de las maravillas. Al mío, al nuestro, al único. El lugar singular donde nacen todos los cuentos. El lugar de honor del rey del sueño.

¿Pues es que hay acaso mejor ocupación sobre este mundo?

Entretejer quimeras, ¡qué grande es la fortuna! Volvería  a nacer por ti mientras bailo hasta caer exhausta, por escuchar el suspiro de alivio de saberte ya en casa. Cada sábado, cuando traes el azúcar y el café mientras vitorean, los del fondo, dándote las gracias. Las galletas de sabor a añil, a azul y canela, con sabor a reloj redondo de manecillas y sonoros tic tac. Con olor a jazmines y a delicadeza. La de tus manos, la de las mías, la de todos los tuyos que una vez rieron al contemplar tus ojos. Tan felices, tan lejanos. Moribundos por el tiempo que endulza los recuerdos.

Hay un terrón de azúcar para cada uno aguardándoles en el mundo. Uno por cada día que lo intercambiaron por hacer feliz a otro, en aquel, nuestro cuento, nuestro país de las maravillas.

El único que vale la pena. Por el que vale la pena luchar, y sufrir, si es necesario.

Llegué tarde para jugar con caballitos de madera; pero una noche, sobre el hielo del lago, los vi canturrear despacito, galopando en tres por cuatro al compás del viento entre los árboles. Allí te vi una vez, en silencio, caminando junto a todos. Fueron ellos quienes me rescataron, consintiéndome la oportunidad de volver a curiosear la noche siguiente para poder recorrer sola los campos, mientras pise por la hierba fresca llena de rocío que empape mi vestido bajo la noche estrellada.

El silencio de la noche en aquellos fríos momentos fue tan amargo..., algo se quiebra, cruje rugiendo desesperado por una templanza que se desvanece antes de recordar que existe siquiera esa palabra. Contrapuesto a todo lo dulce que tiene un momento, con una luna blanca reflejada en la noche luminosa, tejiendo madejas de luz distante que alejaban la oscuridad.
Por un momento no sabía que decir, rodeada de tanta belleza. La noche luminosa, blanca por la nieve y los haces de luz dorada de plenilunio. Aquella, donde las luces de la ciudad antigua se fundieron con las tenues luciérnagas que bailaron aquella noche sobre el lago, sobre aquel lago, fundiéndose bajo las lágrimas de marzo.

Lágrimas de marzo, que fueron las más amargas que recuerdo; las que cayeron fundiendo la nieve, quebraron el hielo del lago partiendo su alma hasta el mes de abril, hasta el borde del mundo. Allí donde las aguas caen silenciosas hacia el firmamento, hacia el deseo de éste, nuestro cielo estrellado, éste, nuestro mayor deseo.

Aquel firmamento que resplandece, llora, canta y se somete. Ahora iluminado en mi recuerdo por las luces de la ciudad antigua, la de calles pétreas, la de los pequeños árboles yaciendo sobre los tejados, bebiendo de la risa de los más pequeños, y de sus sueños...

Esos tejados, donde mis gatos cazan cuentos y los depositan en la cesta que tejiste aquella primavera, aquella, la que hiciste para atrapar sueños.

Allí nos sentábamos, a contemplar las luces de las casas bajas, los tejados en noviembre, las puertas y ventanas, las luces de la ciudad bajo una luna que ilumina por igual todos los rincones, por igual; jugando al escondite aquí, y llenando de paz el lago que tan lejos queda de la puerta de tu casa. Uno donde caballitos galopan, al compás de tres por cuatro, bajo mi atenta mirada. Bajo la tuya que danza, bajo la luna, en la ciudad donde resuena la música lejana. La ciudad donde siempre se respira el aroma de las noches antiguas. Aromas antiguos, como los de aquella noche.

Pues nunca estuvo la ciudad tan hermosa, como aquella noche.

 

Edanna, abril de 2011

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Los pájaros de Sherbrooke

Cuadro de Bartolomé Mayol para el texto en Lavondyss "Los pájaros de Sherbrooke"Poco después de dejar Victoria Avenue, entrando en Sherbrooke hacia el oeste, hay un callejón atestado de contenedores de basura con un techo tejido a base de cables telefónicos; una enredada maraña bordada sobre otro camino espolvoreado de soledades.

La otra noche apareció un hombre arropado sobre su túnica de escarcha. Las luces que huían de la calle principal se reflejaban todavía sobre el rostro revestido sólo de hielo y una mirada vidriosa que se perdía muy lejos, donde la distancia se separa del día y de la noche. Sus ropas de vagabundo, rígidas por el agua congelada, le daban un aire de inaudita dignidad entre unos altos muros de ladrillo hecho a mano.

En este callejón habita un pueblo de origen desconocido. Los pájaros de este callejón tienen aquí una guarida fija, única, secreta entre tantos rincones que no han sido reclamados por el tacón de algún dueño.

Son los pájaros de Sherbrooke aves que difuminan el aire al cortarlo limpiamente. Dejan una estela prolongada por la pereza de los escasos fotogramas que domina el ojo medio de las gentes. Solo algunos niños pueden verlos claramente, definidos en la luminosa mañana de un día escaso de nubes. Pero para la mayor parte de todos nosotros, no consisten más que en un leve borrón indefinido de oscuridad que lleve prisa.

Visten de negro, como muchas otras extrañas criaturas que respiran al compás de los cortos latidos de la gran urbe. Sus largos picos curvos se visten con los colores de octubre y, casi siempre que yo sepa, evitan ángulos y esquinas por temor a Los Perros de Tíndalos. Esos sí, que habitan en los mismísimos ángulos del tiempo y que tú ya conoces.

El sol alargó su mano sobre un rostro abandonado, derritiendo el hielo que lo cubrió. Las gotas cayeron, pacientes, mientras avanzaban las primeras luces de la mañana empujando a las sombras, descubriendo las facciones de muchos otros secretos que a su vez anidan en las suyas. La leve sonrisa que se apagó la otra noche se llevó su mejor recuerdo. Un firmamento estrellado de momentos en el pasado cuando la miel se recogía con las mismísimas manos desnudas. El de su amor de juventud, cuando sus piernas eran más veloces aún que la misma brisa y el amor siempre se quedaba a cenar hasta muy tarde de madrugada. Había panales entonces que no albergaban ni peligros ni terrores en ningún momento hasta un nuevo mañana.

Los pájaros de Sherbrooke habitan entre las bolsas de basura, negras envueltas de esmalte que picotean con deleite. Revoloteando sin cesar, le entregan habitualmente pequeñas plumillas a ese aire tan fino que te corta como una navaja y que te extrae el aliento sin avisar, destrozando todos tus dientes si no sabes cerrar la boca cuando debes. Aquí viven, contándose unos a otras historias de la ciudad. Hablan un idioma único que tan sólo existe tras ponerse el sol pero, antes de que esto suceda, exhalan un corto trino que dice mucho más de lo que aparenta pero que sólo entienden muy pocos; quizás aquellos estudiosos de la Cábala desde sus humeantes cocinas y unos pocos estudiosos capaces de leer secretos en el interior de los forros de un abrigo y otros lugares más dispares.

Cuando se posan sobre alguien, no importa que esté vivo o muerto, son estos pájaros lectores precisos de todos los secretos que se escriben en las historias de cada uno. Línea por línea aprenden momentos y lugares de un distante pasado y lo memorizan. Escudriñan lo que fue y lo que llegó a ser, incluso lo que pudo haber sido alguna vez. Adivinan los detalles con precisión, señalando cada momento, cada instante, cada aroma y cada latido por latido sobre todo si éste fue compartido.

Son los besos del recuerdo y más si alguna vez escribió algún verso los que más claramente perciben, a la vez que la alegría y tristeza extremas, que queda grabada formando los surcos en un vinilo invisible que se aloja quién sabe dónde. Y a quién le importa...

Y todo eso antes de que termine una madrugada.

Así quedan registradas las vidas de muchos afortunados que en nada fueron para los demás, transformándose así sus vidas pasadas en hielo. Pero si no estuviese destinado a fundirse cuando los demás despiertan y marchan tras sus propias necesidades no tendría sentido tanta magia absurda antes de que nazca un nuevo sol tras tu hombro.

Son los pájaros negros de Sherbrooke los únicos capaces de entregar el don de la inmortalidad pero sin pedir nada a cambio. No hay voluntad por muy débil que sea que escape a su escrutinio si tienes la suerte de permitir que uno sólo de ellos se pose cerca de ti.

Pero a veces es difícil que esto suceda pues, nadie viene mucho por aquí.

Al salir el sol parten en su función de heraldos de todo cuanto fue, y mediante su turbio cántico anuncian las historias que han aprendido diligentemente. Recorren la ciudad contando las historias por todas partes para quién pueda entender el significado del canto de un heraldo destinado a los que nadie recuerda.

Pero muy pocos consiguen entenderlos realmente.

Esta mañana desde la ventana de la cocina vi uno de ellos posado sobre las ramas bajas de la gran encina. La encina grande, la que se pudre día tras día sin que yo pueda evitarlo. A pesar de ello, el hielo que cubre su base se retira y hay algo debajo que late, bullendo, clamando por salir y arrebatarle al sol todas sus notas.

Me quité los zapatos entonces y corrí tras el pájaro de Sherbrooke, suplicándole que tomara todos mis recuerdos y se los llevara lejos, muy lejos. Pero ella emitió su enigmático graznido, se burló de mí y se marchó alzando el vuelo hacia el sureste. Esperaba más de mí cuando me vio tan llena de vida.

Hay aves entonces que toman a veces un poco de algo de los que unos pocos recuerdan en las ramas de la encina, la que tiene esas ramas tan bajas, a estas tan especiales plañideras que se alimentan de todo lo que pudo ser y no fue. De lo que podía haber sido y se perdió en el recuerdo. De cómo toman lo que quieren y lo llevan lejos, para contárselo a quién quiera escucharlas y que por lo general, a nadie le importa.

Pero esta noche no seré yo.

Edanna, marzo de 2011

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El viento entre los árboles

Lago en Canadá

Hay un siseo entre tú y yo, con un firmamento allá abajo, esperando. Cuando extiendes los brazos lo puedo abrazar, en un esfuerzo que no es inútil, si sabes a qué me refiero. Es frío, es acogedor, es el viento entre los árboles. Y es la noche que me reflejan tus ojos.

Me dejo acunar, dulce, amargo y tan... benévolo..., que aquí deseo vivir hasta el fin de los días. Pues te deseo cielo estrellado. Ahí abajo, permaneces; mientras bajo la manta tú y yo tarareamos despacito, al compás de esta, nuestra brisa nocturna. Son arrullos todo esto que se llevan mis manos y las tuyas dentro de nuestros callejones; a darles patadas a los botes.

¡Qué Alisio tan sutil! Resonando tan fresco en tus labios sacados de aquel lugar donde nació el viento. De allí de donde nacieron todos los vientos del mundo. Y danza, se estremece; aquí, junto a nosotros. Entre tú y yo, bajo esta manta. Viene para quedarse, no piensa marcharse jamás. Viene junto a toda esta música, llegada desde las tierras frías, aquellas que asoman más allá de las distancias imposibles.

Aquí se mecen los árboles, es donde se arrullan sus ramas. La brisa que acaricia todos estos tesoros, enarbolando en majestuosos pedestales, delicias de esmeralda.

No deseo más que permanecer, echar raíces, dormir, acunarme en tu regazo. Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, sentir mi sangre tan suave del rocío en tus pestañas. Beber el agua de las profundidades de la tierra, convirtiéndome en aquel árbol que en todo instante a ti te regale su sombra.

 

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El camino blanco

A mí me gustaba recorrer siempre los caminos nuevos. Los senderos cubiertos de huellas blancas firmadas con la tinta invisible de los sueños. Los que tienen aroma a nuevo y a pan del que se hace al alba y se acepta con una sonrisa en los labios.Camino Blanco

Pero los espinos me hirieron en la planta de los pies y no pude sino rodar. Alambre amargo teñido de púrpura. Más óxido para mis pájaros de la nueva Notre Dame.

Dejé los caminos. Dejé de soñar.

Ahora durante todas las horas sueño con cantarte al alba y hacerte el pan. Sueño con el camino blanco. Escucho en él tan solo el sonido del viento. Ya no escucho tu voz.

Había una vez un camino lejano que llegaba a un lugar que está muy, muy lejos. Pocos lo conocen. Conduce a un lugar distante.

Allí es donde todas las aves aprenden a cantar.

Encontré ese camino por azar, dejándome guiar tan solo por la dirección que tomaba mi bufanda caprichosa bailando al compás de la brisa. En él había una larga zanja, en ella, incluso perdí un zapato.

Para mi sorpresa era el único camino que, a través de enormes extensiones de vacío, conducía de nuevo a casa.

El sendero blanco es a veces imposible de recorrer con éxito. Te conduce dando vueltas y más vueltas, sin saberlo, por regiones remotas y distantes. No puedes saber hasta dónde llegarás mañana. Lo rodean tierras llenas de hombres enloquecidos que avanzan, o bien gritando o bien en silencio.

El sendero blanco es incierto, el sendero blanco es terrible si no se quiere. Es ni más ni menos lo que tú nunca esperas. Allí hay un camino blanco, que sólo tiene una ley:

Si lo abandonas te volverás loco.

Está en muchos sitios, pero encontrarlo es imposible si antes no te has perdido. Has de dar varias vueltas antes de dar con sus huellas. No tiene indicaciones, ni carteles, ni piedras de contraste.

Es hermoso, es terrible.

Es nada y es todas las cosas.

Pero lo más importante es que el camino blanco conduce al lugar distante del que parten todos los senderos pues, es esta la senda del mundo, centro de lo que existe.

En él se construye cada día el universo al salir el sol. Es el único lugar, el único que realmente vale la pena.

Es un lugar por el que vale la pena luchar.

Él te escucha si le hablas, pero no responderá inmediatamente pues es cruel y gusta de hacerse esperar. Es el único camino con el que puedes charlar mientras recorres sus pasos. Es un sendero que habla. Y es tan largo..., que ese detalle puede conseguir que no pierdas la razón durante tu peregrinaje.

Pero es posible que de vez en cuando debas creer en los milagros si quieres que te escuche, y si piensas que no enloquecerás en él.

Al final del blanco camino todo y nada espera, pues allí siempre aguardan todas las cosas jamás soñadas. Allí es donde aguarda lo que alguna vez tuvo significado. Todo por lo que vale la pena vivir.

Y nadie más en el mundo será capaz de encontrarlo, salvo tú.

Edanna, marzo de 2011

 

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