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El llanto de la Luna Roja

Dyss, sello general

Inanna "La Doliente"

Muchas de las circunstancias que componen la historia de La Luna Roja, Luna de Cebada o “Luna Doliente”, como es también conocida Inanna, las comparte con su hermana melliza, como ya hemos podido deducir al conocer más acerca de la Luna de Trigo, Irina. Debido a esto, los detalles que rodean a la enorme luna, que bajo su tonalidad carmesí colorea nuestras noches de púrpura, ya los hemos conocido al averiguar más detalles acerca de su hermana. Ambas surgieron de una misma idea, identificándose después cada una con el patrón que con más arraigo predominara en su naturaleza. Por ello, en la cultura popular es muy común afirmar que Dyss ha tenido al menos tres madres ya que, según cuentan nuestras leyendas, tras el papel que tuvo Morthid en la creación del mundo, tanto Inanna como Irina son entidades que han tenido al mundo bajo su protección desde entonces.

Como es normal, todo esto no es más que la adaptación al nivel de consciencia de las criaturas mortales de una serie de conceptos que de otra manera no seríamos capaces de alcanzar a entender. La realidad, en la mayoría de los casos, es mucho más compleja e inabarcable por mucho que nos empeñemos en tratar de concebirlo.

Inanna, Luna Roja de DyssVano empeño pues el aspirar a hacerlo y que, sin embargo, dice mucho acerca de la grandeza de las criaturas dotadas de consciencia. Porque, tal y como ya afirmara Idrys el profeta en su libro sagrado, al canto que bañando la bóveda celeste surge de los pensamientos de Irina, se suma el cálido y pálido llanto de nuestra amada luna roja, la plañidera y doliente madre que ha manifestado su dolor por nosotros desde el primer instante en el que comenzó la historia, y que lo seguirá haciendo hasta el final de los tiempos. Debido a esto, no son pocos precisamente los que tratan de expresarle su devoción, amándola de forma franca y sincera, en muchos casos más fascinados por el misterio que ésta representa, mientras con fervor afirmamos que “El llanto de Inanna” pretende lavar con sus lágrimas todos los males de nuestro mundo.

Pero, qué más desearíamos todos, que con el poder de renovación que nos llega a través de su llanto pudiese ser eliminado todo cuanto el mundo tiene de mediocre y de miserable. Una aspiración por la cual padecen muchos de los Hermanos de la Luna Roja, orden consagrada a la Centinela Lunar, tras haber jurado proteger, bajo la bendición del canto de “La Doliente”, las cuatro esquinas de este mundo armadas únicamente con su coraje y el filo de sus armas. Una empresa extenuante para la mayoría de ellos, pues aspirar a recorrer el mundo bajo la bendición de uno de los centinelas más poderosos que existen en Dyss se puede convertir en todo un desafío, y no sólo debido a la enorme extensión que posee nuestro mundo.

Inanna puede ser tan amada como temida, bendiciendo y estando a su vez bendecida por la oscuridad. La luz que emite baña al mundo bajo una luz tenue y rojiza cuyos auténticos matices sólo pueden ser percibidos en su totalidad por aquellos que, obligados a pagar por triplicado el don de su arte, disponen de la habilidad de poder moldear la fuerza creativa del mundo: el Ellam Yua, es decir, la magia. Por otro lado su visión tangible se manifiesta en la forma de un enorme astro que cubre una gran parte de la bóveda celeste tanto en las horas nocturnas como en las diurnas.

Amante, madre y hermana de las artes arcanas, Inanna fue quién regaló al mundo el magisterio que engloba una parte de los secretos del poder mágico, algo que sucedió tras habérselos arrancado directamente de sus pensamientos a Morthid y a Kaleth tras una prolongada lucha dentro de la realidad de ese extraño mundo que existe en el interior de sus mentes; un lugar del cual surgen pensamientos y sueños capaces de hacerse tangibles. Un corpus de conocimiento que más tarde Jareth se encargaría de custodiar allá, en su laberinto.

Como se describe en el libro sagrado, debido al hecho de haberse hallado inmersa en una batalla dentro de la realidad de ese mundo onírico, tras escapar —dada su osadía por todas sus acciones—, Inanna estuvo prisionera durante un incontable número de los anillos que señalan las edades en el árbol de tiempo. Esto le costó el perder una buena parte de su esencia vital, concretamente, casi la mitad de todo su poder.

En efecto, de no ser por Inanna y por su sacrificio, las criaturas mortales no seríamos capaces de poder moldear con plena libertad el poder que se sustrae de la fuerza creativa, pese a tener que pagar el alto precio que nos exige el tratar de forzar el desequilibrio natural del cosmos.

Inanna es la señora de los cielos, de las estrellas y de la magia. Protectora de la noche y de la oscuridad, su visión en los cielos resulta sobrecogedora. Protege a los usuarios de las artes arcanas que exponen su arte para su uso en la vida cotidiana; al contrario que Jareth, que guarda con celo gran parte de todo ese poder en secreto al no considerar que las criaturas del mundo sean lo suficientemente aptas como para poder utilizarlo con la suficiente responsabilidad. Mientras que Jareth niega esa libertad, pues opina que el arte es sólo digno de unos pocos, la Luna Roja brinda su don a todos aquellos que deseen tomarlo en sus manos y de querer asimilarlo en sus mentes.

Su símbolo es una luna hueca carmesí marcada bajo la protección del infinito. Simboliza aquella parte de la realidad que se oculta a la mirada tras un mundo de apariencias, un mundo invisible para todos aquellos cuya mirada no esté entrenada para tratar de buscar más allá de lo que los sentidos nos dictan, y que sabemos que ha estado y que siempre estará ahí, formando una parte indivisible del cosmos.

Su culto se manifiesta según los rasgos culturales de cada pueblo, variando mucho entre unos y otros, pero casi siempre llevándose a cabo en aquellos lugares y edificaciones en las cuales el poder simbólico de las sombras y de la oscuridad pueda emplearse como forma de expresión. Capiteles techados, templos cubiertos y edificaciones de todo tipo, así como lugares al aire libre junto a enormes megalitos o altas piedras talladas, resultan todos sitios adecuados para rendir una plegaria a aquella que, poniéndose en nuestro lugar, es capaz de interceder ante la inescrutable entidad que significa para nosotros la Gran Consciencia. 

Debido a su naturaleza, la Luna Roja es también venerada por todos aquellos que usan el subterfugio como una forma de vida o, al menos, de supervivencia. Protectores, guardianes, ladrones, asesinos..., y en especial hechiceros que ponen su arte al servicio de los demás sin esperar nada a cambio, le dirigen una plegaria antes de embarcarse en acciones peligrosas con la certeza de que, en el silencio de la más completa oscuridad, Inanna es capaz de escuchar sus ruegos.

Pese a su tendencia neutral, Inanna percibe el sufrimiento de todas las criaturas, siendo extremadamente sensible al dolor que se halla en el mundo, un dolor por el cual vierte sus lágrimas en su afán de tratar de apaciguarlo. Por ello, Inanna personifica a la templanza, siendo uno de los centinelas asociados con el bien que con todas sus fuerzas desea traer la esperanza, sirviendo de modelo y de guía a todos aquellos dotados de buen corazón. Por ello decimos que Dyss fue bendecida por la Luna de Cebada al mostrarle ésta el poder tranquilizador de su llanto y la esperanza que nos llega a través de las lágrimas, al ser capaz de ofrecer el consuelo que, alguna vez en la vida, toda criatura necesita.

Su efecto sobre nuestro mundo es conocido como El Llanto de Inanna, una consecuencia de la repercusión de sus deseos y del influjo de sus fases sobre Dyss, que afectan de manera directa al poder de la magia.

Aunque lo que nos interesa tratar aquí es a Inanna como una entidad más que al efecto de su manifestación tangible en el mundo —de la misma forma que ya sucediera al describir a Irina—, es importante señalar que la duración de una fase completa se prolonga a lo largo de toda una estación; debido a esto, Inanna está tan asociada a las estaciones como lo está su hermana melliza, Irina. Su punto de mayor visibilidad o de Luna Llena cae justo hacia la mitad de la estación, coincidiendo exactamente con el Día del Luto, lo que trae el momento de mayor intensidad en el uso del poder de la magia arcana. Tras haber alcanzado su momento álgido, desciende gradualmente hasta su fase de luna nueva, momento de menor poder, donde se sucede el cambio de una estación a la siguiente, y que da paso a una nueva etapa de crecimiento que se prolongará  a lo largo de toda la primera mitad de la nueva estación.

Debido a la larga duración de su fase, Inanna es causante también de las Mareas Mayores, un movimiento dramático de las grandes masas de agua que se hallan tanto en la superficie del mundo como en sus entrañas, y que se manifiesta en la forma de enormes mareas de cientos de metros en algunos lugares. Las Mareas Mayores tienen incluso el efecto de provocar importantes movimientos de masas de tierra en algunas áreas, de forma especial en las Regiones Cambiantes y en el Continente Periférico, estando asociadas a su vez con el Poder de la Fuerza del Cambio, una característica que forma parte de la naturaleza de Dyss.

Principios

— La compasión empieza por tratar de ponerse en el lugar de los demás, pero termina cuando tanto nuestros deseos como los de los demás nos esclavizan.

— Llevarás el poder del llanto de Inanna allí a donde vayas, empezando por tu propio corazón.

Arquetipo: La diosa madre doliente, sufridora de todos los males.
Se asocia al género: Femenino.
Poder mayor: Exaltado
Origen: Nativo.
Alineamiento: Neutral Bueno, (bueno).
Símbolo: La luna hueca y el infinito.
Color preferente: Rojos de tonalidades terrosas y arcilla.
Arma predilecta: Espadas, preferiblemente todo tipo de hojas ligeras.
Áreas de influencia: Sombras, magia arcana, luna, engaño, ilusión, oscuridad, compasión.
-Dominios D&D 3.X: magia, engaño, sombras, ilusiones, oscuridad.

Así, con la descripción del último de los Exaltados en la figura de nuestra Luna Roja, termina el estudio de los Poderes Mayores.

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El canto de Irina

Dyss, sello general

Irina "La Soñadora"

Los poderes centinelas de nuestro mundo que más seguidores poseen y que más culto reciben después de Kaleth son: Irina apodada “La Soñadora” y su hermana melliza, Inanna “La Doliente”. Ambas son muy visibles, manifestándose en la forma de las lunas que podemos contemplar cada noche en los cielos, siendo a su vez los poderes de la tierra que se hallan más presentes en la mente de todos al estimarse como entidades muy cercanas. Una certeza absoluta, ya que ambas tienen en común el disponer de una manifestación física tangible, visible en el mundo, que las hace estar presentes a lo largo de la jornada, estando por esa razón tan vigentes en el corazón de todos.

IrinaInanna e Irina son hermanas mellizas, aunque muy diferentes la una de la otra. Mientras que Inanna es oscura, misteriosa y taciturna, su hermana Irina es luminosa, comunicativa y abierta. Se dirige al mundo con orgullo brindándole en las horas nocturnas la tibieza de sus rayos y la radiante armadura de su fulgor. Por ello, es la dama protectora de caminos y sendas, de viajeros y de vagabundos, de guías, de creadores y de todo cuanto implique el libre tránsito. También protege el intercambio a través de las grandes rutas de comercio, iluminando los recodos de un camino arduo y peligroso. Pero lo más importante de todo es que Irina es la dueña, señora y centinela de la fertilidad, velando por todos los procesos del nacimiento y de la gestación, de la vida en general y, por supuesto, del amor, una poderosa fuerza que se nutre de la propia vida mientras  ella misma sustenta a la fertilidad.

Por ello es reverenciada en versos, canciones y poemas —algo que me atrevería a decir sucede cada noche en muchos rincones de nuestra tierra—, lo que la ha convertido también en patrona de artistas y creadores de todo lo hermoso que surge gracias al fuego de la pasión; de manera especial a los músicos, bardos y poetas itinerantes que le cantan con devoción a aquella que representa a la luz del mundo cuando todas las demás luces ya se han apagado. Conceptos que se pueden asociar fácilmente con todo cuanto significa para nosotros el término: esperanza.

Su símbolo es uno de los más antiguos que se conocen. Por extraño que parezca, siempre existe algo secreto en nuestro interior que hace que nos resulte familiar esa media luna cruzada con una espiga moldeada con la forma de un cuerpo femenino, aunque jamás la hubiésemos visto antes. Se trata de una imagen que hemos compartido los seres mortales desde siempre y que nos hemos transmitido los unos a los otros a lo largo de todas las estaciones que han desfilado por nuestra historia, de alguna forma misteriosa y fascinante, desde los mismísimos orígenes del mundo.

Irina, también llamada “Luna de Plata” o “Luna de Trigo” se disocia, al igual que su melliza, de su manifestación física, siendo capaz de estar presente y de poder caminar sobre el mundo. Es su poderosa fuerza vital, esto es: Irina como entidad, lo que nos importa tratar aquí, dejando para otro apartado todos aquellos aspectos que se exteriorizan en la forma de ese astro centelleante que ilumina nuestras horas nocturnas.

Quizás uno de los efectos más evidentes de su manifestación tangible sea el efecto de flujo y reflujo de sus mareas, que si bien en Irina son leves y de efectos suaves, denominándose “Mareas Menores”, en Inanna tienen consecuencias dramáticas e intensas, más conocidas como “Mareas Mayores”, al ser capaces de afectar incluso a la tierra que pisamos bajo nuestras botas, siendo a su vez uno de los aspectos que determinan los movimientos y el comportamiento de Las Regiones Cambiantes.

Al poder de toda la influencia que posee Irina sobre el mundo se lo conoce como “El Canto de Irina”, una fuerza muy poderosa —bien conocida— que comparte con Inanna, aunque se produzca el de ésta bajo otro aspecto (siendo otra forma más del poder del Ellam Yua) que regula los procesos de la fertilidad, del nacimiento y del crecimiento, pero que también influye de forma directa sobre el poder del amor. Todos los procesos que tienen algo que ver con esos sentimientos deben su influencia al canto de esta poderosa entidad y no, como muchos creen, a la influencia de Dyss, ajena por completo a tales asuntos. Es más, narra nuestro legado mítico que fue Irina junto con su hermana Inanna quienes en realidad enseñaron tanto a reír como a llorar a Dyss, entre otros muchos secretos, siendo ellas quienes tuvieron a su cuidado al mundo en sus primeros días de existencia. Una leyenda que de lo tierna que me resulta desearía que pudiera ser cierta, y que no tardaré en contarte.

No es hasta la larga estación de primavera cuando Irina decide dar comienzo a esa parte en su canción que produce una explosión de vida de tal intensidad que el mundo vivo se renueva casi por completo. Una canción que va sufriendo variaciones en su tono a medida que se van sucediendo los días del mundo, alcanzando su punto álgido a mediados de la estación de verano y tornándose más apagada durante todo el cruel año invernal. Con la superficie de un mundo helado en su mayor parte, el canto de Irina es cuando se convierte en el suave arrullo que invita a dormir a la mayor parte de las criaturas durante todo el duro y largo invierno. Irina regula así, a través de sus ciclos armónicos, los periodos de fertilidad, que la obedecen según evolucionen los tonos de su canción. Se establece a su vez el calendario a partir de los aspectos que muestra hacia el mundo su manifestación tangible, y del efecto del flujo y reflujo de las mareas que producen sus movimientos.

Irina, al igual que su hermana Inanna, tiene por objetivo el cuidar y proteger a Dyss; por ello no se separa jamás de su lado, permaneciendo siempre a su alrededor para poder protegerla de cualquier amenaza. Tanto Inanna como Irina cuidan del mundo tanto como una madre podría cuidar de su recién nacido. No sería ni la primera vez ni la séptima, que gracias al tesón de sus dos centinelas nuestro mundo ha sobrevivido a distintas amenazas.

Pero para poder entender los porqués a tantas preguntas que se formulan cada día en el presente debemos antes echar un vistazo a los comienzos del mundo en los días del pasado. Pues cuentan que cuando una única y solitaria chispa de consciencia se encontraba sola en medio de la oscuridad, tras haber sucumbido Morthid y Kalessin el uno sobre el otro en una lucha que bien podría haberse medido en términos de eternidad, una luz errante se dirigió hacia ella tras sentir, intrigada, su presencia. Se trataba de Lugh, nuestra estrella más brillante y que otrora fuese su brillo muchísimo más fulgurante de lo que es ahora debido a unas razones que, como veremos, constituyen la definición más simple que conozco de lo que significa la abnegación.

Lugh “El Errante” era el resultado de todo cuanto quedaba de “otro lugar”, puede que otro mundo que había sucumbido a la aniquilación por razones que no entran en esta historia, y cuyos detalles en realidad no podremos conocer jamás. Existía olvidado, solo y errante, vagando perdido sin rumbo y sin propósito, pero aún con el anhelo de poder hallar algo que su ya débil esencia vital le pedía a gritos que no cejara en el empeño de tratar de encontrar, pues no le había abandonado aún la esperanza.

En su periplo errante a través del multiverso sintió la presencia de una entidad que se encontraba en un aún muy reciente estado de preexistencia, pero que refulgía de una forma inédita debido al enorme potencial que se escondía en su interior. Lugh se sintió absolutamente fascinado por aquel mundo primigenio, todo cuanto quedaba de la feroz batalla entre Morthid y Kaleth, y que desprendía aquel leve destello de consciencia. El hallazgo, desconcertante y maravilloso, le cautivó de tal manera que decidió entrar a formar parte de  él desde su origen. Una historia que, desde luego, está formada a raíz de la metáfora del nacimiento, pero que yo siempre he encontrado fascinante.

Gracias al calor de Lugh, entonces bajo el aspecto de un inmenso cuerpo celeste mil veces mucho más poderoso de lo que es hoy en día, Dyss consiguió desarrollarse, despertando definitivamente en algún momento del tiempo; hace tanto, que aún las estrellas no habían aprendido a centellear en la bóveda de los cielos. Cuando lo hizo era como cualquiera de nosotros, un libro en blanco esperando llenar sus páginas con los trazos que describen la historia.

Dispuesto a querer entrar a formar parte de algo que con tanto anhelo había estado buscando, Lugh tomó una decisión que cambiaría la historia del tiempo para siempre; un plan que le permitiría crear diferentes aspectos de sí mismo partiendo de todo el poder de su fuerza vital con el propósito de dotar de compañeros de viaje a aquella entidad que estaba despertando. Una decisión que surgía del deseo de querer proteger de forma más eficaz a su hallazgo y por la esperanza de tratar de impedir que se volviesen a cometer los mismos errores de los que una vez formó parte, en algún momento de su remoto pasado.

Para ello tomó todo cuanto constituía su fuerza vital y la dividió en dos partes iguales. De cada mitad hizo de nuevo diez fracciones. Tomando las nueve décimas partes de una fracción creó a Irina, y de las nueve partes de su otra mitad le dio forma a Inanna. Ambas se desprendieron de él en un proceso doloroso y desgarrador que le hizo mermar aún más, perdiendo una de las dos partes que había guardado para sí mismo, quedando menguado para siempre al estar constituido ahora tan sólo por una de aquellas dos pequeñas fracciones que se había reservado a fin de poder seguir preservando su existencia. Esa fracción que perdió aún continúa su proceso de desintegración, siendo la larga cola centelleante que podemos ver cómo va dejando atrás cada día a lo largo de su recorrido, y que conocemos como “El Jareth”.

Fue precisamente Jareth quien descubrió el significado y la naturaleza de esa manifestación visible de Lugh, por lo que se decidió nombrarla en honor a su descubridor. Un pesaroso proceso de decadencia que continúa aún hoy en día tras tanto tiempo, siendo bien visible, y que nos recuerda que en el multiverso nada es eterno. A pesar de ello, Lugh aún refulge de esplendor en la bóveda de los cielos, faltando aún mucho, mucho tiempo para que llegue el día en el cual su luz se extinga para siempre.

Así cuentan pues las leyendas que nacieron nuestras dos lunas, creadas a partir de la abnegada decisión de una estrella errante que sacrificó la majestuosidad de toda su grandeza por un tipo de grandeza que yo entiendo como muy superior. El rastro de consciencia que habitaba en él hoy en día no es más que un leve resquicio, pues todo cuanto fue alguna vez está ahora formando parte de la esencia vital de las dos hermanas mellizas, habiendo quedado la estrella de la cual nacieron reducida al cuerpo inerte de un dios moribundo. Siempre bajo la ínfima escala de nuestro punto de vista, por supuesto, ya que aún siendo una mínima parte de lo que fue Lugh en su pasado, todavía es capaz de brindarnos aún hoy el calor y la bondad de su energía. Debido a que Lugh se encuentra en un estado de letargo desde tiempo inmemorial, no lo consideramos como un Centinela activo en nuestro tiempo.

Irina le mostraría a Dyss lo que significa la risa, la alegría y el canto, aspectos de la existencia que nos enseñan a valorar toda la felicidad que la vida significa, mientras que su hermana Inanna la hizo consciente de que siempre existe un principio y un final para todas las cosas, mostrándole que el dolor también forma parte de la vida, al ser ambos aspectos parte de una verdad inherente a todo el cosmos.

Mientras que Irina le mostró lo que es la alegría y la felicidad, Inanna se encargó de enseñarle el significado de la compasión y del pesar que sobreviene ante todo aquello que puede ser perdido alguna vez, otorgándonos el don de ser capaces de poder derramar lágrimas por todos aquellos que nos son ajenos; un equilibrio necesario entre las dos potencias y un justo trato universal. Según la creencia popular, fueron ambas quienes enseñaron a Dyss a reír y a llorar como su primera lección, no habiéndola dejado sola en ningún momento mientras la confortaba toda la luz y el calor de Lugh. Por eso decimos que fueron Inanna e Irina quienes mecieron la cuna donde dormía el mundo antes de su despertar a la existencia, habiéndolo acompañado siempre desde sus comienzos. Por todo esto, han sido Irina y su hermana melliza sus más fervientes protectoras.

Son innumerables sus seguidores en el mundo, muchos más que los de su hermana Inanna, edificándose muchos lugares de culto en su honor. Éstos poseen la particularidad de disponer de grandes aberturas, bóvedas abiertas o extensos patios al descubierto que permitan poder ver los cielos, o bien, de tratarse de lugares erigidos al aire libre sin techos de ninguna clase. En ellos siempre se entonan profundos cánticos durante las horas nocturnas que se prolongan hasta bien entrada la madrugada, en muchos casos tratando, como suele ser lo común, de que Irina tenga la merced de interceder ante la Gran Consciencia; una manera soterrada, como ya sabemos, de rendir culto a Dyss a pesar de la prohibición.

Principios

— Tratarás de proteger siempre la vida sobre todas las cosas, lo que incluye también la tuya.
— Serás también centinela de la tierra, tratando de iluminarla siempre con tu propio brillo.
— Aprende a reír disfrutando de tu existencia, es el mayor regalo que tú mismo te hiciste en el momento de tu nacimiento.

Poder mayor: Exaltado
Origen: Nativo.
Alineamiento: Legal bueno, (bueno).
Símbolo: Una media luna con una espiga moldeada con forma femenina.
Color preferente: Blanco y amarillo.
Arma predilecta: Mangual, mazas.
Áreas de influencia: Luna, ilusiones, amor, vida, viaje, comercio, suerte, belleza, artes, sueño, crecimiento.
-Dominios D&D 3.X: Bien, curación, suerte, viajes, protección.

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La tierra que lleva tu nombre

Antaño comencé a recorrer la tierra que se ve a sí misma como aquel lugar que sin un nombre, es capaz de designarse cada tarde con mil acertijos diferentes.

LunaEs una tierra que se pone a sí misma sus nombres según su propio capricho. Lugares remotos que van y que vienen, emergiendo, desvaneciéndose.

Si miras los mapas, cada cierto tiempo alcanzarás a apreciar que, de forma súbita, los calificativos de ríos, mares, montañas, valles y ensenadas se agitan, alterando su apodo, desapareciendo, para poco después reaparecer con otra designación que considere más apropiada algo, o alguien, que desde luego no va a resultar ser el lector que, entre curioso y asombrado, contempla los bamboleantes vaivenes de un mapa caprichoso.

De un mapa que respira.

No recuerdo cual fue el primero de entre nosotros que puso su pie en ella, en esa tierra quiero decir. No recuerdo cuando cayó la primera gota de lluvia, retumbó el primer trueno, ni centelleó el primer relámpago; no recuerdo.

No recuerdo cuando se deslizó la primera bruma de madrugada, ni susurró la primera brisa que me trajo tu nombre desde muy lejos. Aquella sí, la que me trajo tu nombre por vez primera.

Y eso que desde entonces, yo ya estaba allí.

Allí había unas viejas ruinas donde me senté a respirar, tarareando despacito ésta nuestra brisa nocturna, bajo el deseo de todo tu cielo estrellado; pues es una tierra que de mil formas diferentes, cada segundo, cambia a su antojo. Es mi tierra, a la que yo le puse su nombre secreto. Ese, que sólo tú conoces.

Ese desorden, todo ese desorden..., ¡qué delicia...!

Toda esa sutileza que de impaciente gentileza, desquicia..., arremete en las estancias, colocando de mil maneras éstas y otras muchas cosas.

Tantas..., incontables y perpetuas.

No tuve reparos en decirle a todos los minutos de la tarde que aguardaran a tu llegada, y ellos, galanes, esperaron por ti para la cena.

Había fresas como melones y melones como lunas de mayo. Una mesa grande con teteras; las que guardas en nuestra alacena hecha a mano. La amarilla, la amarilla para el jueves, y la rosada para los sábados, acompañadas de la risa de todos los tuyos. Había una que fue especialmente diseñada para el que construye quimeras y diseña, entretejiendo los sueños. Me la regalaste tú, mientras tocaba el piano para ti. La profesión de hacedora de relatos que transporten a los soñadores al país de las maravillas. Al mío, al nuestro, al único. El lugar singular donde nacen todos los cuentos. El lugar de honor del rey del sueño.

¿Pues es que hay acaso mejor ocupación sobre este mundo?

Entretejer quimeras, ¡qué grande es la fortuna! Volvería  a nacer por ti mientras bailo hasta caer exhausta, por escuchar el suspiro de alivio de saberte ya en casa. Cada sábado, cuando traes el azúcar y el café mientras vitorean, los del fondo, dándote las gracias. Las galletas de sabor a añil, a azul y canela, con sabor a reloj redondo de manecillas y sonoros tic tac. Con olor a jazmines y a delicadeza. La de tus manos, la de las mías, la de todos los tuyos que una vez rieron al contemplar tus ojos. Tan felices, tan lejanos. Moribundos por el tiempo que endulza los recuerdos.

Hay un terrón de azúcar para cada uno aguardándoles en el mundo. Uno por cada día que lo intercambiaron por hacer feliz a otro, en aquel, nuestro cuento, nuestro país de las maravillas.

El único que vale la pena. Por el que vale la pena luchar, y sufrir, si es necesario.

Llegué tarde para jugar con caballitos de madera; pero una noche, sobre el hielo del lago, los vi canturrear despacito, galopando en tres por cuatro al compás del viento entre los árboles. Allí te vi una vez, en silencio, caminando junto a todos. Fueron ellos quienes me rescataron, consintiéndome la oportunidad de volver a curiosear la noche siguiente para poder recorrer sola los campos, mientras pise por la hierba fresca llena de rocío que empape mi vestido bajo la noche estrellada.

El silencio de la noche en aquellos fríos momentos fue tan amargo..., algo se quiebra, cruje rugiendo desesperado por una templanza que se desvanece antes de recordar que existe siquiera esa palabra. Contrapuesto a todo lo dulce que tiene un momento, con una luna blanca reflejada en la noche luminosa, tejiendo madejas de luz distante que alejaban la oscuridad.
Por un momento no sabía que decir, rodeada de tanta belleza. La noche luminosa, blanca por la nieve y los haces de luz dorada de plenilunio. Aquella, donde las luces de la ciudad antigua se fundieron con las tenues luciérnagas que bailaron aquella noche sobre el lago, sobre aquel lago, fundiéndose bajo las lágrimas de marzo.

Lágrimas de marzo, que fueron las más amargas que recuerdo; las que cayeron fundiendo la nieve, quebraron el hielo del lago partiendo su alma hasta el mes de abril, hasta el borde del mundo. Allí donde las aguas caen silenciosas hacia el firmamento, hacia el deseo de éste, nuestro cielo estrellado, éste, nuestro mayor deseo.

Aquel firmamento que resplandece, llora, canta y se somete. Ahora iluminado en mi recuerdo por las luces de la ciudad antigua, la de calles pétreas, la de los pequeños árboles yaciendo sobre los tejados, bebiendo de la risa de los más pequeños, y de sus sueños...

Esos tejados, donde mis gatos cazan cuentos y los depositan en la cesta que tejiste aquella primavera, aquella, la que hiciste para atrapar sueños.

Allí nos sentábamos, a contemplar las luces de las casas bajas, los tejados en noviembre, las puertas y ventanas, las luces de la ciudad bajo una luna que ilumina por igual todos los rincones, por igual; jugando al escondite aquí, y llenando de paz el lago que tan lejos queda de la puerta de tu casa. Uno donde caballitos galopan, al compás de tres por cuatro, bajo mi atenta mirada. Bajo la tuya que danza, bajo la luna, en la ciudad donde resuena la música lejana. La ciudad donde siempre se respira el aroma de las noches antiguas. Aromas antiguos, como los de aquella noche.

Pues nunca estuvo la ciudad tan hermosa, como aquella noche.

 

Edanna, abril de 2011

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