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Tag: literario

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El camino blanco

A mí me gustaba recorrer siempre los caminos nuevos. Los senderos cubiertos de huellas blancas firmadas con la tinta invisible de los sueños. Los que tienen aroma a nuevo y a pan del que se hace al alba y se acepta con una sonrisa en los labios.Camino Blanco

Pero los espinos me hirieron en la planta de los pies y no pude sino rodar. Alambre amargo teñido de púrpura. Más óxido para mis pájaros de la nueva Notre Dame.

Dejé los caminos. Dejé de soñar.

Ahora durante todas las horas sueño con cantarte al alba y hacerte el pan. Sueño con el camino blanco. Escucho en él tan solo el sonido del viento. Ya no escucho tu voz.

Había una vez un camino lejano que llegaba a un lugar que está muy, muy lejos. Pocos lo conocen. Conduce a un lugar distante.

Allí es donde todas las aves aprenden a cantar.

Encontré ese camino por azar, dejándome guiar tan solo por la dirección que tomaba mi bufanda caprichosa bailando al compás de la brisa. En él había una larga zanja, en ella, incluso perdí un zapato.

Para mi sorpresa era el único camino que, a través de enormes extensiones de vacío, conducía de nuevo a casa.

El sendero blanco es a veces imposible de recorrer con éxito. Te conduce dando vueltas y más vueltas, sin saberlo, por regiones remotas y distantes. No puedes saber hasta dónde llegarás mañana. Lo rodean tierras llenas de hombres enloquecidos que avanzan, o bien gritando o bien en silencio.

El sendero blanco es incierto, el sendero blanco es terrible si no se quiere. Es ni más ni menos lo que tú nunca esperas. Allí hay un camino blanco, que sólo tiene una ley:

Si lo abandonas te volverás loco.

Está en muchos sitios, pero encontrarlo es imposible si antes no te has perdido. Has de dar varias vueltas antes de dar con sus huellas. No tiene indicaciones, ni carteles, ni piedras de contraste.

Es hermoso, es terrible.

Es nada y es todas las cosas.

Pero lo más importante es que el camino blanco conduce al lugar distante del que parten todos los senderos pues, es esta la senda del mundo, centro de lo que existe.

En él se construye cada día el universo al salir el sol. Es el único lugar, el único que realmente vale la pena.

Es un lugar por el que vale la pena luchar.

Él te escucha si le hablas, pero no responderá inmediatamente pues es cruel y gusta de hacerse esperar. Es el único camino con el que puedes charlar mientras recorres sus pasos. Es un sendero que habla. Y es tan largo..., que ese detalle puede conseguir que no pierdas la razón durante tu peregrinaje.

Pero es posible que de vez en cuando debas creer en los milagros si quieres que te escuche, y si piensas que no enloquecerás en él.

Al final del blanco camino todo y nada espera, pues allí siempre aguardan todas las cosas jamás soñadas. Allí es donde aguarda lo que alguna vez tuvo significado. Todo por lo que vale la pena vivir.

Y nadie más en el mundo será capaz de encontrarlo, salvo tú.

Edanna, marzo de 2011

 

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Secretos de la calle

Esta mañana, al alba, mientras la última luna de febrero aún centelleaba en el firmamento, vi las farolas de la calle Somers curvar sus esbeltos y largos cuellos para alcanzar así los charcos y beber en silencio.

Las contemplé desde mi escondrijo, tan elegantes, tan discretas. Se mecen como espigas al sol, como altas jirafas, como tallos que pliegan al arrullo del largo invierno, emitiendo un leve murmullo que se extiende a la lejanía. Parecen bestias prehistóricas de largos cuellos curvos, rumiando en los pantanos mientras cantan canciones de amor a quién se esconde tras un horizonte recién nacido y esté dispuesto a escuchar.

Dyss_Sello_Edanna

Las bocas de riego las contemplan y cuchichean envidiosas. Achaparradas a ras del suelo añoran ser las reinas de la calle, las que puedan atisbar disimuladamente por las ventanas más bajas.

En Atwater se había abierto una grieta en el pavimento que sangraba, pero la nieve había tapado la herida que supuraba en silencio insistentemente. A través de la abertura se podía contemplar como las paredes se abrían y se cerraban mientras el latido de un corazón retumbaba en las profundidades.

Seguí hasta la nueva Notre Dame, la del nuevo mundo. Allí, en sus tejados, habitan unos pájaros negros que se alimentan del óxido. Entre las chapas de hierro y bronce sobreviven, picoteando con ansia y a veces hasta con desesperación; deteniéndose ocasionalmente para sacudirse la nieve del plumaje.

Cuando las gárgolas exhalan su caudal en los días de lluvia, ellas beben ávidamente mientras tañen las campanas de la torre, donde sus nidos las esperan.

Cuentan que un hombre santo una vez escondió allí su mayor tesoro, una carta de amor por la cual lo habrían colgado del cuello hasta que floreciera la mandrágora a sus pies. Y en los árboles de la plaza, más abajo, aún se pudren restos de las sogas que una vez impartieron justicia, reabsorbidas entre la madera.

Recordé aquella vez que quisimos pintar una ballena de color rosa. Les fuimos preguntando a las candidatas hasta que una nos pareció la más indicada. Ella se recostó sobre su costado izquierdo mientras bebía unos cientos de litros de té que le preparamos con esmero. Con brochazos gordos primero le dimos dos capas y terminamos la faena con los pinceles, dando los detalles.

Subimos a nuestro helicóptero y la vimos nadar en la bahía, feliz. Tan feliz que fue hasta el Polo Norte a enseñárselo a su familia. Allí les gustó tanto, tuvo tanto éxito, que la nombraron embajadora del Polo Norte para todos los reinos de ese hemisferio. En el sur, años después, copiaron la idea.

Desde entonces hay una ballena rosa para cada hemisferio. Una para el norte lejano, otra para el remoto sur. Donde se fabrican esas islas que van a la deriva y así poder cambiar de sitio tu casa cada estación.

Una vez fui a buscarte en mi submarino. El que compré en una subasta de antigüedades. Cuando abro la escotilla surge un gran ramo de flores. Tú llevabas tu vestido negro, yo mi gabán algo deshilachado.

Te tomé de la mano, te invité a subir en él y juntos navegamos por ríos y mares, por lagos iluminados por rayos de sol dorado. En la torreta te tocaba mi violín y tú cantabas cuentos a las gaviotas. Una colonia de focas nos vio pasar y vitorearon al escucharte cantar una canción.

Después nos sumergimos en las profundidades del mundo, en silencio, en paz.

Se quebró la pluma, se derramó la tinta sobre la página.

Tú dijiste adiós y yo..., yo contemplé en silencio las farolas de la calle Somers, plegar sus largos cuellos en silencio, para beber de las fuentes del Nilo. Allí se había derramado formando los charcos.

Formando el llanto del que beben todas las aves de la madrugada.

Edanna, febrero de 2011

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Mi pequeño prisionero

Casas nevadas en CanadáCada día subía al desván donde, sujeto a una cadenilla de plata, mantuve a mi ánimo encadenado. Hace tiempo que lo tenía prisionero, no tenía más remedio.

Él, adoraba tumbarse dentro del cálido cuadradito luminoso que un rayito de sol arroja sobre las tablas, alrededor de la media tarde.

Cuando subía a visitarle solía hacerse el dormido. Me sentaba, próximo a él, y escuchaba su respiración lenta, sosegada, como una brisa entre los árboles.

Siempre me ha gustado contemplar las partículas de polvo en suspensión, bailando al ritmo de su respiración, subiendo y bajando, haciendo cabriolas y girando en alocados molinetes al compás de su apenas perceptible ronquidillo. Las luminosas motitas, parecen nadar en un mar centelleante y encrespado; navegando, con los nervios templados, hacia orillas más allá de la segura línea que marca la frontera de un rayo de sol.

Existió allí una luminiscencia alrededor de su imagen, desvaneciéndose cuando la luz atenúa su intensidad y llegando a su cénit cuando el día es cálido y acogedor. A él le gustaron siempre los lugares luminosos, y son los pequeños rayos que entran a través de las ventanas estrechas, los lugares de su predilección.

Siempre fue mi ánimo un inquilino caprichoso, al que a menudo he tenido que mantener enclaustrado, manteniendo cerradas puertas y ventanas; y que revolotea, dándose golpes contra el techo, cuando alguna vez fui descuidado y se me escapó. Cómo un canario fugado de la jaula, arrojaba pequeñas bolitas de pelo que recuerdan a las plumas de un ave desesperada en las mismas circunstancias,  mientras intentaba enojado encontrar la fina línea que separa su encierro de la libertad.

Por las tarde le cantaba canciones con mi guitarra, más, como yo no sé tocar nada bien, sus bostezos abrían oscura bocas de pozo en la negra realidad de mis habilidades.

Una vez lo sujeté a la chimenea, consciente de su delicia por el rincón más cálido y acogedor, pero sus tirones desesperados me obligaron a confinarlo de nuevo en el aislado altillo de esta vieja casa, rodeada por bosques infinitos.
Antes de ponerse el sol, solía ofrecerle licor de melocotón y le canturreaba una nana que aprendí cuando todavía sabía escuchar canciones. Él se ponía contento y saboreaba el delicado manjar con una fruición sólo digna de algún rey capaz de rodearse de un ejército de guerreros de terracota.

Pero hoy todo cambió. Hoy sentí frío. Hoy la nieve penetró en la casa del bosque.

Una gélida ventisca se adentró en el interior de la casa, recorriendo las estancias y posándose en cada resquicio. Helando cada mota de polvo.

Cuando subí al desván la nieve entraba por una ventana rota, cubriendo de blancos copos todos los rincones. Trayendo un invierno antiguo sobre el cálido verano, allí donde habitaba mi ánimo. A través del ventanuco había escapado, tras roer cuidadosamente la cadenilla y escapar por una estrecha abertura en el cristal.

Un preso que se fugó de su prisión, y se marchó sin dejarme ni siquiera una nota.

Miré por la ventana, sentada sobre la vieja alfombra, contemplando las motitas de polvo en suspensión; observando cómo ejecutan molinetes al compás de mi respiración. Sola, sin más lamento que el de mi propio silencio.

Finalmente decidí que prefiero que sea así entonces. Que vuele, aquel que gusta de ir y venir. Y que todas las cosas del altillo, tal como quedaron, conserven el recuerdo de un inquilino que siempre fue algo nervioso; menos cuando adormilado, contemplaba soñador la forma de las nubes en el cielo, a través de la ventana.

Edanna, febrero del 2011

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