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Tag: literario

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El señor Plimm

La primera vez que vi al señor Plimm fue paseando por el viejo puerto una fría tarde de abril. Deambulaba entre las abandonadas vías del tren con su paraguas azul a modo de sombrilla, siempre acompañado de su cabrita Petra.

Resultó difícil pasar por alto a un hombre como aquel, tan cargado de hombros, que paseaba a una pequeña cabra sujeta con un cordoncillo de cuero trenzado, envuelto en un gabán que pareciese haber sido llevado a través del tiempo en la máquina de los sueños, como si fuese una reliquia del pasado, hasta el momento presente. Un ejemplo viviente de pura excentricidad.

Lo vi detenerse entonces frente a la ruinosa estación de tren, permaneciendo inmóvil y con la mirada perdida entre los detalles de la destartalada oficina de correos, al otro lado de las vías, aguardando a que su cabrita, de un color tan blanco como el de la nieve en una noche de navidad, terminara de merendarse algunos matojos que crecían, felices, entre los abandonados raíles.

Paraguas y pájarosPercibo un tanto que de un pie cojea un poquito, mientras que con el otro de vez en cuando patea algunas piedrecillas al tiempo que parece andar murmurando asuntos indescifrables.

Al caer el sol suele llegarse hasta el malecón, donde unos gruesos pilares de madera de más de ochenta años soportan, sin inmutarse y día tras día, el embate de las olas. Allí permanece, tan imperturbable como los pilares, contemplando el horizonte; dándole siempre la espalda al sol y mucho más interesado en aguardar por la salida de la luna.

Siempre, siempre mirando hacia el Este.

Circula el rumor de que el Sr. Plimm perdió a su amor allí y allá; allí, en las lejanas distancias, y allá, donde el tiempo termina junto a la aurora.

Si algo de eso es cierto o si no lo es, yo no lo sé, pero a mí me parece que es un hombre encantador, aunque siempre parezca encontrarse tan triste. Es posible sí, ¿por qué no? Yo estoy segura de que si hay un motivo legítimo para estar triste en este mundo es por amor, ¿por qué no deberíamos sentirnos pues orgullosos de prestarle siempre la debida atención? Yo diría que un día tras otro nunca dejamos de contarnos historias de amor, y que nunca parece que nos cansemos de escucharlas.

Dicen las malas e incluso las buenas lenguas que el Sr. Plimm vive en un mundo inventado, pues por amor se volvió loco perdiendo así todo el juicio que le quedaba. Dicen que vive en un mundo de ficción para poder reencontrarse allí con su amor perdido.

Yo quisiera que otros fuesen capaces de inventar mundos imaginarios para mí sola, uno por cada día de la semana, y así poder viajar contigo hasta allí, alcanzando un lugar en donde podamos cruzar, de una vez, ese portal en donde lograremos al fin perdernos para siempre en busca de nuestros seres más queridos; viviendo felices en la utopía que a ti y a mí nos de la gana vivir, juntos, cada día de nuestra vida. Tan lejanos, tan ajenos a las cadenas de los demás, del mundo y del propio tiempo…

A mí me dijo una vez ―¡sí, a mí!, que ya no pudiendo más y de tan intrigada que estaba me acerqué al final a charlar con él― que si visita el puerto a diario no es más que para desearle siempre cada atardecer, al Este, las buenas noches...

Esto la verdad es que me pareció entonces muy extraño, ¿desearle cada día al Este las buenas noches?

Tan extraño como el que siempre que nos encontramos, llevándose la mano a la manga izquierda de su abrigo, como el más habilidoso de los ilusionistas, de la nada siempre surge, así, como por encanto…, una pera. Una pera con la que entonces, sonriente, siempre canturrea: “Sana, sana como una pera…, una pera limonera pim, pom, fuera…”.

También me dijo una vez así, bajito, bajito, que en su cocina cada mañana, cuando no hay nadie, revolotean las teteras. Durante la penumbra de la alborada les salen a todas unas pequeñas alitas y que, con coraje, comienzan a saltar de la alacena emitiendo grititos de alborozo.

Las grandes enseñan entonces a las pequeñas a dar sus primeras vueltecitas alrededor de la lámpara, preparándose para el día en el cual se aventurarán más allá del salón e incluso, ascender a través de las escaleras hacia los cielos en busca de algún sitio mejor donde, quién sabe, poder comenzar de nuevo una nueva vida.

Las teteras son los seres más valientes que habitan en nuestros hogares, me dijo entonces, pues mantienen siempre el aroma de la felicidad bien caliente para que todos nosotros podamos deleitarnos con ello; una labor que no todos los seres de este mundo están tan dispuestos a llevar a cabo a lo largo de sus vidas.

También me dijo que las pequeñas teteras, las que poseen alitas, en realidad son la manifestación de los antiguos dioses de la creatividad, una raza de ancianos dioses olvidados que comparten el mundo junto a todos nosotros.

No sé bien el porqué, pero yo le creí entonces, y aún hoy, le sigo creyendo.

Tras nuestro primer encuentro, durante toda aquella primavera y a lo largo del largo verano que siguió después, no dejé de encontrármelo muchas veces durante la semana, en ocasiones casi a diario. Reconozco que algunas veces, y por motivos que ahora te explicaré, no podía resistirme a seguirlo, aunque siempre tuve la sensación de que era capaz de advertir mi presencia pese a que nunca solía atisbar por encima del hombro, tan abstraído que parece siempre estar en sus pensamientos.

Descubrí a lo largo de aquellos paseos que lo que más le gustaba al Sr. Plimm era recibir correo, un hecho que después se convertiría en la mayor de todas las contradicciones.

Un día pude ver que una sonrisa de satisfacción cruzaba su rostro cuando, tras abrir el pequeño buzón frente a su casa, sacó un fajo de cartas que después fue ordenando cuidadosamente, mientras se marchaba paseando en dirección al viejo puerto.

Sin embargo, aquellas cartas nunca llegaron a descubrir el mar, ni siquiera a percibir el aroma de la sal ya que, a medio camino, deteniéndose junto a un roble que crece junto a la pequeña charca que hay en el parque, comenzó a romperlas una por una en pequeños, muy pequeños pedacitos. Muchos trocitos que luego fue arrojando a las aguas del estanque, lentamente; tomándose para ello todo el tiempo que hizo falta; rasgadas con tal celo y diligencia como nunca había visto antes; como una vestal en algún templo, a manos de un sacerdote que ofreciese algún tipo de sacrificio a un dios desconocido.

Aquello me resultó tan extraño que fue entonces cuando comencé a seguirlo algunas veces, intrigada por su conducta. Y es que no había un solo día en el cual el Sr. Plimm no dejase de realizar su misteriosa ceremonia. El ritual en el cual, cada tarde frente a las verdes aguas del estanque, junto al roble, un manojo de cartas sin abrir sucumbía sacrificado en sus manos.

En algunas ocasiones llegué a acercarme al borde del agua cuando él ya se había marchado. Motivada por una viva curiosidad ―y puede que por una gran necesidad de cotilleo― intenté rescatar alguno de aquellos trozos, sin embargo, resultó inútil.

hombre con paraguas contemplando un buqueDe una forma que aún hoy no consigo comprender, el papel ya se había desecho casi por completo, habiendo sido una buena parte reabsorbido por la mezcolanza de agua y barro, de una forma que me atrevería a asegurar resultaba del todo “antinatural”. Pero entonces, atribuí el suceso a que, con toda probabilidad, su cabrita habría sido la encargada de dar buena cuenta de aquel montoncito de cartas destrozadas.

Durante todos aquellos meses siguientes observé una y otra vez las sencillas rutinas de aquel misterioso personaje, lo que sólo produjo que avivara con ello mucho más mi curiosidad al descubrir, día tras día, semana tras semana, como el Sr. Plimm consumaba su mismo rito solemne destinado a hacer desaparecer tantos mensajes llegados desde quién sabe dónde en las aguas de aquel estanque, junto al roble.

Y no diré que, desde el principio, ya tales acciones me parecieron entonces incluso hasta ridículas, aunque siempre fuera consciente de que allí todavía se guardaba una muy profunda lección de dignidad. Acciones que después entraron a formar parte de unos muy distinguidos encantos, pues sería el motivo del mito de su leyenda, de su legado y del regalo de su presencia en esta nuestra tan, a veces…, en ocasiones…, aburrida existencia… Detalles que difícilmente pudiéramos comprender nosotros algún día pues todo, todo acerca del Sr. Plimm en cuanto a los motivos de sus pequeñas liturgias diarias permanecería siempre cubierto con un velo de misterioso silencio. Un misterio que aún hoy perdura en la memoria de esta tierra pues, si de dignidad se trata, es en esta su historia donde vas a encontrar una lección de ello, por mucho que otros presuman de estar colmados de estos detalles desde los pies hasta la cabeza.

Había en aquella discreta ceremonia tan suya una mezcolanza de otoño y un poco de aire invernal, aunque todo me pareciese recubierto así, como de una enorme hiedra pintada con los tonos del verano, esos matices tan de un melocotón que amarillea hacia un melón bien maduro. Es tan difícil de explicar, que no me extrañaría que ya anduvieses perdido en toda esta historia.

Sin embargo, pese a tanta excentricidad ―la suya y puede que también la mía―, quien jamás parecía perdido era el Sr. Plimm, que siempre daba la sensación de tener muy claro todo cuanto quería. Aunque ahora mismo recuerdo que, en cierta ocasión y durante algunas semanas, me dio la impresión de que tuvo serias dudas a la hora de llevar a cabo su acostumbrado protocolo en el momento de rasgar todos aquellos papelitos. Me pregunto qué tipo de cartas eran aquellas que le hacían detenerse durante unos instantes, haciéndole vacilar entonces, y si todo esto tuvo que ver con los increíbles acontecimientos que más tarde tuvieron lugar. Unas cartas que, desde la distancia de mi infame escondrijo, pude distinguir como recibía en el interior de unos bonitos sobres de tonos pastel que iban desde unos perfectos azules, pasando por unos gentiles tonos de rosa hasta alcanzar la perfección de unos lilas que, entonces pensé, sólo podían ir destinados a la mañana siguiente tras el día del juicio final. Todo esto fue algo que pude confirmar más tarde al acercarme al borde del estanque; aunque no fue posible averiguar mucho más sobre aquellos trozos empapados, aún pude distinguir aquel tono tan propio del papel y aquella textura tan especial.

¿Serían aquellas cartas de amor? ¿Había tenido el Sr. Plimm a un corazón anhelando compartir un cálido refugio bajo la sombra de su paraguas, junto a él? Sin duda, pues existe una intuición en todos nosotros para saber esas pequeñas cosas; y en los más callados escondrijos ocultos en los reinos de nuestra memoria, tenemos la mayoría de nosotros los mecanismos necesarios, y la debida intuición, para conocer cuando viene y cuando va esa brisa que a veces sonríe o que ahora llora en silencio; que suspira a escondidas y que es capaz de bailar sola hasta el amanecer; esa misma que algunos de nosotros nombramos como: el amor.

Fuesen lo que fuesen, como era de esperar, en algún momento dejó de recibirlas. El manojo de cartas volvió a su acostumbrada tonalidad blanquecina; ese tan cotidiano, tan de cada día y tan de todos esos mensajes que, por lo general, no interesan a nadie.

Ya habían entrado los primeros vientos del otoño cortando las mañanas como un cuchillo cuando, un día, dejaron de llegar cartas. El Sr. Plimm tenía su buzón, por primera vez, completamente vacío.

Pude distinguir su actitud de consternación al dejar de recibir correo; inmóvil frente al buzón, dudando, y tan vacío como cualquier otro por primera vez desde que le conocí. Allí me pareció verlo, apesadumbrado, más triste y más solo que nunca, siempre a la sombra de su paraguas azul, llevando de la mano, sujeta con un cordoncillo de cuero trenzado, a su blanca cabrita Petra.

Se marchó entonces, dirigiéndose hacia el viejo puerto, no sin antes detenerse junto al gran roble que crece junto al estanque, como cada día. Allí parecía haber comenzado aquel gran árbol a perder sus hojas, deleitándose cada una, durante el descenso de su caída, de un viaje que la llevaría a formar parte de un todo que reluce y de una especie de ensueño que vuelve a formar parte de todo cuanto nos rodea, tomando para ello todo el tiempo que haga falta.

Y allí, de nuevo, vi una vez más como contemplaba las aguas del estanque, aunque esta vez reparando en las hojas del roble, algunas rojizas, otras amarilleando ya por el ocaso de los días cálidos. Las miraba con asombro, consternación y una tal fascinación como jamás antes había observado en él. Ahí, siempre envuelta en mi escondrijo llegué a verle al fin sonreír; la dueña de un sentimiento que ya albergaba toda aquella ternura, un sentimiento que perdura y que jamás imaginó que pudiesen suceder muchas de las cosas que pasan en nuestro mundo, y de las que no somos ninguno de nosotros siquiera un poquito conscientes.

Pues ahí estuvo durante un prolongado lapso de tiempo, contemplando con atención las hojas caídas del roble y de manera más atenta todas las que aún permanecían entre sus ramas. Las observó con atención durante una media hora, puede que una hora completa, y hasta le ofreció alguna a su cabrita Petra, pero ésta rehusó tocarlas, como si de algún objeto sagrado se tratase.

Al final pude ver que con una sonrisa en el rostro abandonaba el lugar tomando la dirección de la vieja estación de tren, la que cruza el viejo puerto, mientras canturreaba algo por lo bajo al tiempo que su cabrita le acompañaba emitiendo un sonoro balido.

Por supuesto, como no podía ser de ninguna otra manera, llena de curiosidad me acerqué al borde del estanque para averiguar que era aquello que había mantenido ocupada la atención del Sr. Plimm de esa forma tan inusual. La causa me hizo cambiar de una forma tal mi manera de ver y comprender el mundo que aún hoy le debo toda esa transformación al Sr. Plimm y a su cabrita Petra, preguntándome muchas veces cómo habrían sido las cosas de haberme resistido a “curiosear” entre las rutinas de aquel personaje tan peculiar.

Yo no fui capaz de aceptar la realidad con tanta templanza como lo hizo él. Recuerdo que estuve allí una hora, puede que dos, consternada, contemplando aquellas hojas una y otra vez, examinándolas con atención y buscando razones a cuestiones que una parte de mí bien sabía ya que jamás iba a encontrar.

Fui muy consciente entonces de que las mayores respuestas a los misterios de nuestro mundo sólo se encuentran en la forma de sencillos sucesos como el que tuvo lugar aquel día; un día que siempre recordaré al borde de aquel estanque, junto al gran roble bajo el cual el Sr. Plimm y su cabrita siempre se detenían cada tarde para romper en pedazos todas sus cartas, arrojándolas después a las aguas.

Pues en cada una de las hojitas del árbol, por ese lado que se muestra siempre más hacia el sol, estaban escritos: su nombre y su dirección.


Edanna
30 de agosto de 2012

 

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El son de tus alas (II)

Dyss, sello general

[...] No tardó en hallarlo. La narradora eligió un pequeño promontorio junto al cauce del río, con una gran piedra que las mujeres habían estado usando para golpear la ropa mientras lavaban. Resopló un poco el lugar donde iba a sentarse, sacudió con un gran pañuelo otro poco más —en un gesto de cuidadosa preocupación por la suciedad— y procedió a tomar asiento, cruzando las piernas, con la espalda recta, el cuello levantado y la mirada al frente, al fondo de la audiencia allí reunida. 

Dama fantasmaSe hizo entonces un completo silencio, quebrado en ocasiones por el graznido de unos cuervos distantes, el crepitar de los fuegos encendidos y un leve rumor de la brisa. Permaneció en espera unos instantes hasta el momento en el que, con un delicado gesto que hizo que la gente contuviese el aliento, posó la palma de la mano derecha sobre la roca mientras que con la izquierda se cubría el rostro. Según cuentan, las narradoras entran así en armonía con la consciencia del mundo —algo que requiere de una gran preparación—, escuchando y susurrándole a la vez a la tierra las historias que ésta siempre anhela escuchar pues, en Dyss, a la tierra se le rinde homenaje contándole historias. Por otra parte, con la mano izquierda ocultando el rostro, impide que los gestos y expresiones de su auditorio distorsionen las historias, depositadas en su memoria desde que son apenas unas niñas.
Había escuchado que muchas se solían pintar también el rostro, para separar aún más su propio “yo” del de su audiencia, pero ella parecía prescindir de aquella costumbre.

Así, mediante una voz algo grave pero bien modulada, una voz que parecía provenir de alguien de más edad que la que aparentaba aquella chica, la narradora de la vida comenzó a recitar:

Cromwall “Dientes Blancos”

¡Eran los tiempos de un señor de la guerra lo que esta historia nos muestra!
¡Por su  insensatez, los gobernantes siempre a su pueblo heridas le inflige!
¡Por la violencia, que le abandone la gloria por sí mismo él elige!
¡Y el porqué la codicia al hombre de razón lo privó, este cuento demuestra!

¡Cromwall, señor de la guerra, de fieros guerreros poseía una hueste!
¡Tras de sí sólo deja destrucción, pillaje, dolor, muerte y violaciones!
¡Que por aquel entonces toda la estación tuvo, aquí, en el oeste!
¡Ricas tierras se anexionaron, sin sufrir pérdidas ni hacer concesiones!

¡Ya asoló la región, y a su bien armado castillo a sus hombres dirige!
¡Portando todos los tesoros que los hombres por la violencia tomaron!
¡Tiaras de oro robadas a través del dolor, con piedras preciosas su tesoro refulge!
¡Tesoros teñidos con la sangre de todos aquellos que tras de sí dejaron!

¡Escuchad todos, la historia de Cromwall, el de los dientes de invierno!
¡Cuyas insensatas acciones privaron, por siempre, de su cordura!
¡A un hombre que todo cogió y por la fuerza tomó, durante su gobierno!
¡Que aquí en el oeste, su maldición, en la memoria aún perdura!

Treinta y cinco años Cromwall ya vivió, por su propia mano, un reino y diez castillos por aquel entonces ya había obtenido; por todo ello, satisfecho se sentía; cuatro hijos que la reina ya le ha dado, y seguro estaba de que todos en alta estima le tenían. Castillos de gruesos muros, amplias caballerizas y despensas que bien provistas siempre están.

Eran los tiempos del invasor y de su presa, cuando un único varón en estas tierras entonces siempre gobernaba. La mujer nada era entonces y vivía sometida a sus designios. Eran los tiempos en donde todos los pueblos al oeste del gran mar afligidos se hallaban, matándose los unos a los otros con hierro afilado.

No había perdón entonces, no había cuartel, pues sediento resulta el hombre de hartarse siempre de distinciones, mujeres y riquezas.

De la nada llegó Cromwall y en rey se convirtió, pues los ricos tesoros un trono compraron y mediante la punta de su espada los tratados, firmados con sangre, así quedaron.

Cromwall, “dientes blancos” lo llamaban pues, de todos, es el único que mantiene una dentadura perfecta, sin faltarle una pieza, blanca y brillante, tan raro resulta esto en nuestros días. Su blanca dentadura leyenda resulta en la región, símbolo de su bravura, y piensan que su poder allí guarda cuando ríe a la vista de todos.
Un hombre sano y fuerte es, pero más fuerte resulta su ambición, que a sus dos hermanos mató para asegurarse un señorío, un reino y diez castillos. Con mano de hierro Cromwall gobierna, y con sus propias manos a quién le ofende lo mata. Arrancándole la quijada y colgándola del tapiz a su derecha, en la sala de gobierno deja, como trofeo. Nadie osaba retar al más fuerte. ¡Cromwall es poderoso!

¡Oh¡ ¡Pero qué negro es su corazón!, que hombres y mujeres, en secreto, a sólo él maldicen en las noches oscuras; desde los más sórdidos rincones hasta las blancas sábanas de encaje de la más alta cuna.

El único amor que posee es para sus perros, si es que algo de eso habita en su corazón. A ellos destina las mejores piezas del festín en la sala del trono mientras, para divertirse, arroja inmundicias a los esclavos para que se maten entre ellos; a la vista jubilosa de todos en el gran salón donde juntos brindan, ¡a la salud de su señor!

Era un hombre de corazón negro, que vivía en un negro castillo, en el corazón de la tierra que mató a todos sus ancestros con el hierro forjado de sus parientes. A su propia madre estranguló en lo alto de la torre, arrojando su cuerpo al pie de la muralla; un crimen por el que aún habrá de pagar lo que por cien veces cien ya él por su mano ha tomado. Pues todo cuanto desea lo toma siempre sin dar, todo, a cambio de nada; olvidó que, todo cuanto despojaras de la tierra, a la tierra habrás de pagar, para devolvérselo, ¡y si de poder se trata!, ¡la deuda siempre será por triplicado!

—¡POR TRIPLICADO HABRÁS DE DEVOLVÉRSELO! —Corearon entonces todas las gentes que se encontraban allí reunidas.

Cromwall de los dientes de invierno y sus hombres, de hacer la guerra volvieron un día. Exultantes de júbilo a sus juglares obliga a contar sus hazañas mientras diez cuartos de buey a cada hombre promete. A lo lejos entonces, un castillo en el horizonte divisan cerca ya del ocaso. Extrañados, pues no recordaban que en la zona hubiese construcción de aquel tipo, ordena a sus hombres a hacer un alto, mientras que un grupo se acerca a explorar.

Un castillo que parece estar abandonado, como si de repente todas sus pertenencias los habitantes hubiesen allí dejado atrás, piensa, asustados ante la visión de los guerreros de su hueste.

Efectivamente, el castillo nadie lo habita, con signos de que todas las almas que allí había hubiesen, de repente, desaparecido. No se pueden creer tanta suerte y, con júbilo, allí exclaman: “¡Somos merecedores de los regalos de la fortuna!”, pues piensan, por ser los más bravos guerreros que la tierra jamás conociera, que por tal distinción los recompensa el destino.

Así saquean el castillo, llevándose buenos arreos, mucha plata, cueros bien trabajados, armas, y hasta oro que encuentran en los arcones junto a valiosas telas, traídas del este lejano.

Cromwall, ufano, con sus hombres el castillo por completo recorre, hasta dar con una habitación ricamente vestida de tejidos y tapices, vestiduras de adorno, como si a una mujer perteneciese.

Al entrar, un aroma lo embriaga a pesar de ser hombre rudo; un perfume destila el recuerdo en aquel dormitorio por una, su antigua dueña. La que allí habitaba, un día, cuando la remembranza de lo que significa la palabra esperanza aún existía.

Sobre la colcha de una hermosa cama con dosel, reposa una extraña y sencilla flauta que Cromwall, curioso, toma en sus manos. Se trata de un exquisito instrumento de un solo agujero y unas extrañas tallas a lo largo, de exquisita factura. Con un breve soplido una nota es cuanto el instrumento emite, lo que al rey le hace gracia pues inútil resulta una flauta de la que sólo una nota puede brotar. Una leve brisa estremece entonces los tapices y las telas que, livianas, penden de vigas, paredes y ventanas, y es en ese momento cuando el perfume se disipa.
Arrojando el pequeño instrumento, sale pues de la habitación, no sin sentir antes un escalofrío, como si ahora de forma repentina, una cercana presencia estuviera ahora siempre observándole.

Volviendo al camino a la mañana siguiente, la hueste, continúa su viaje. Ahora el señor perturbado parece estar siempre. La jornada transcurre con el rey algo nervioso; su caballo, intranquilo, no deja de dar coces. Tanto es así, que llega el momento en el que tiene que cambiar de caballo por tres veces. Una de ellas, por la furia, de un golpe casi deja muerto a la bestia en medio del camino. Nerviosos también ladran sus perros alrededor, incesantes.

Los hombres piensan que un mal presagio aguarda.

El señor los ignora, pero continúa incómodo pues, desde aquella habitación perfumada, la presencia que siente la nota constantemente alrededor. ¡Oh!, pero, durante un momento de duda y asombro —y sin que nadie lo note— se espanta al notar que unas delicadas, pequeñas y muy pálidas manos alrededor de su cintura siente como le rodean, estrechándose junto a él, a su espalda; aquella presencia es entonces cuando piensa que constantemente ahora le sigue pero, controlándose, a su hueste ordena avanzar, y su viaje prosigue.
Mantiene el ánimo bajo durante todo el camino; extrañado y de mal humor parece el rey al que, sin embargo, nadie osaría molestar. Pero su talante mejora al aproximarse al castillo donde ahora su mujer espera, ardiente, la llegada de su señor para así cumplir con sus obligaciones.

En la gran casa ya deben haber avistado la hueste y los calderos piensan que habrán puesto en el fuego con la carne a hervir, los ricos manjares en los asadores llameantes dando vueltas, para cuando así lleguen los hombres un festín poder celebrar, alabando así a su señor, por traerles tanta abundancia y el placer de poder tomar cuanto se les antoje.

El señor entonces tiene una idea; se aproximará al castillo a escondidas, para dar un buen susto a sus sirvientes y soldados, tomarlos desprevenidos y así darles un escarmiento en caso de no cumplir con sus obligaciones. Ver de primera mano cómo se van resolviendo sus asuntos mientras está ausente de sus posesiones y si todo se cumple como él ha ordenado. Le parece buena idea para a su mujer también sorprender pues esperándole, nerviosa, se la imagina, ordenando que todo esté bien dispuesto para la llegada de su señor. No desea hacerla esperar pues tras sólo haber andado entre criadas y campesinas, ya ansía de nuevo una piel clara y noble.

Continuará...

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna.

 

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Mi pequeño prisionero (revisado)

Cada día, hace tiempo, subía siempre al desván donde, sujeto a una cadenilla de plata, mantuve a mi ánimo encadenado. Hace tiempo que lo tenía prisionero, no tenía más remedio.

Él, adoraba tumbarse dentro del cálido cuadradito luminoso que un rayito de sol arroja sobre las tablas, siempre alrededor de la media tarde. Mi ánimo es muy singular pues viene y va donde y cuando se le antoja, y eso, no lo puedo consentir.

Cuando subía allí, a visitarle, solía hacerse el dormido. Me sentaba, próximo a él, y escuchaba su respiración lenta, sosegada, como un viento entre los árboles. Como mi propio viento entre los árboles.

Mientras allí me sentaba, siempre me gustó contemplar las partículas de polvo en suspensión, bailando al ritmo de su respiración, subiendo y bajando, haciendo cabriolas y girando en alocados molinetes al compás de un apenas perceptible ronquidito. Las luminosas motitas, parecen nadar en un mar centelleante y encrespado; navegando en su cáscara de nuez con los nervios templados, hacia orillas más allá de la segura línea que marca la frontera de un rayo de sol.

Apreciaba allí siempre una luminiscencia alrededor de su imagen, desvaneciéndose cuando la luz atenúa su intensidad y llegando a su cénit cuando el día es cálido y acogedor. A él le gustaron siempre los lugares luminosos, y son los pequeños rayos que entran a través de las ventanas estrechas, los lugares de su predilección.

Siempre fue mi ánimo un inquilino caprichoso, al que a menudo he tenido que conservar enclaustrado, manteniendo cerradas puertas y ventanas; y que revolotea, dándose golpes contra el techo cuando alguna vez fui descuidada y sin darme cuenta, en un tris-tras se me escapara. Como un canario fugado de su jaula despedía pequeñas bolitas de pelo, mechones emplumados que recuerdan a las plumas desprendidas de un ave desesperada en las mismas circunstancias, mientras intentaba, enojado, encontrar la fina línea que separa su encierro de la libertad.

Por las tardes le cantaba canciones con mi guitarra, más, como yo no sé tocar nada bien, sus bostezos abrían oscuras bocas de pozo en la negra realidad de mis habilidades.
Aun así, en algunas ocasiones, se sentía animado; y era entonces cuando, para mi satisfacción, daba cabriolas, danzaba, saltaba, bailaba, y juntos, nos reíamos hasta bien pasada la hora de la cena. Era en esos momentos cuando me gustaba abrazarlo y cantarle canciones que ya entonces lograba atinar con algo más de pericia, sólo con alguna nota defectuosa, o dos, poco más.

Una vez lo sujeté a la chimenea, consciente de su delicia por el rincón más cálido y acogedor; pero sus tirones desesperados me obligaron a confinarlo de nuevo en el aislado altillo de esta vieja casa, rodeada de bosques infinitos.

Si me sentaba en la estera donde mi propia abuela me cantaba cancioncillas, él venía siempre a acurrucarse en mi regazo. Era entonces cuando, tirándole miguitas de pan, le hacía dar dos vueltas y media en el aire, al compás del tarareo de una vieja tonadilla.

Antes de ponerse el sol, solía ofrecerle licor de melocotón y le canturreaba una nana que aprendí cuando todavía sabía escuchar canciones. Él se ponía muy contento y saboreaba el delicado manjar con una fruición sólo digna de algún rey capaz de rodearse de un ejército de guerreros de terracota.

Pero hoy todo cambió. Hoy sentí frío. Hoy la nieve penetró en la casa del bosque.Casas nevadas en Canadá

Una gélida ventisca se adentró en el interior de la casa, recorriendo las estancias y posándose en cada resquicio. Helando cada mota de polvo.

Cuando subí al desván, la nieve entraba por una ventana rota, cubriendo de blancos copos todos los rincones. Trayendo un invierno antiguo sobre el cálido verano, haciendo huir a la primavera allí donde mi ánimo habitaba hasta aquel mismo día. A través del ventanuco había escapado, tras roer cuidadosamente la cadenilla y escapar por una estrecha abertura en el cristal.
El otoño se había apoderado entonces de la casa del bosque. Un preso que se fugó de su prisión, y se marchó, sin dejarme ni siquiera una nota...

Miré por la ventana, sentada sobre la vieja alfombra, contemplando las motitas de polvo en suspensión; observando como ejecutan molinetes al compás de mi respiración. Sola, sin más lamento que el de mi propio silencio. Sin más verano que el viento gélido a través de un roto cristal.

Finalmente, decidí que prefiero que sea así entonces.

Que vuele aquel que gusta de ir y venir; que no está para dar ni tomar, ni ofrece dones ni brinda servicios. Nada le debemos, nada él pues nos debe.
Y que todas las cosas del altillo, tal como quedaron, conserven el recuerdo de un inquilino que siempre fue algo nervioso; menos cuando adormilado contemplaba, soñador, la forma de las nubes en el cielo, a través de la ventana...

Edanna

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