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Tag: Lavondyss

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Evnissyen

Dyss, sello general

Dedicado a Virginia Berrocal. Por realizar esta preciosa imagen para Dyss Mítica.

 

El sexto día de la segunda novena, en la tercera estrofa en honor a Maeth, los quinientos hombres que quedaban vivos llegaron al fin a las costas de lo que a partir de entonces sería conocido como Evnissyen, el mar que supone el fin del camino que conduce al norte del mundo. Así fueron llamadas por el jefe de la expedición aquellas aguas en honor a su hija primogénita. La misma que había perdido durante la cruel estación de invierno, un ciclo atrás. No obstante, fue tanto el respeto y el cariño que sus hombres sentían por el que muchas veces logró salvar sus vidas que, en su memoria, sus costas fueron también conocidas con su nombre: Lutska, El Valeroso.

En algún lugar de aquel mar helado, cuentan que existe una isla de cristal que se eleva sobre las olas. A ella van a parar los espíritus de todos los niños que mueren en nuestro mundo antes de haber cumplido las diez estaciones. Allí aguardan, hasta el día en el que La Niña Môrndum, investida como una criatura mortal, vive una única jornada que comparte junto al resto de los mortales. Una vez consumado es entonces cuando, ante la atenta mirada de la Luna de Cebada, se une a ellos abriendo las puertas de la isla y dejando escapar todas las almas. Juntas, van a reunirse con las demás en el Flujo de Almas, visible desde la tierra, y que conocemos como El Sendero de Rheya.

Así fue como me lo contó Erynn, vigesimocuarta primogénita de Elethandian, que por cercanía y cariño es conocida en nuestro mundo bajo el sobrenombre de Edith. Encargada de narrarle a la tierra consciente la crónica de nuestra vida.

Entre aquellos hombres se encontraba Einar Kohl, quien fue el que salvó las notas de viaje de Lutska y que más tarde daría su nombre a las grandes barreras, encontrando un paso que conduce hasta el borde exterior. Todo cuanto encontró allí se lo llevó consigo, pues no tardó en marcharse por segunda vez, poco después de haber regresado con los escasos supervivientes de su primera misión. Cuentan que una vez hubo visto los límites de nuestro mundo, el lugar donde la realidad se despedaza, aniquilándose, supo que ya jamás podría volver a llevar una vida normal. Porque, aun teniendo que pagar un alto precio, fue Einar quien descubrió que nuestro mundo se muere.

Dyss agoniza, sufriendo en sus límites un deterioro progresivo que la aniquila tal y como le sucede a la mente de un hombre al ser consumida por la demencia los últimos años de su vida.

En ocasiones, me pregunto si todo este drama que vive la tierra, oculta tras el velo de nuestra ignorancia, no es la razón de su melancolía. Me pregunto también, muchas veces, si no hemos heredado nosotros una pequeña parte de toda esa tristeza.

Pero una misión como aquella no hubiera sido posible de no haberse urdido un plan con el que engañar a la Bestia Túgal. Tras todo aquello, según se supo varias estaciones después, estuvieron implicadas las Hijas de Morthid, que financiaron la expedición al andar buscando algo que no somos capaces de imaginar. Así, entre todos aquellos hombres había artesanos herreros, carpinteros y navegantes experimentados que, cargando con sus herramientas y muchos materiales en grandes carros, al llegar a las lejanas costas del Mar de Evnissyen tenían la misión de construir los navíos con los que más tarde poder cruzar el mar, en un intento de poner el pie en Conundrum. Una colosal empresa, pues nada en aquellas costas, salvo una tundra helada, aguarda la llegada de quien se atreve a viajar tan lejos. Un largo viaje que les llevó más de dos años.

Su plan consistía en fletar once navíos, cada uno con las tripulaciones mínimas que, zarpando el mismo día, tomarían direcciones diferentes a fin de intentar confundir a Túgal, el Centinela que vigila las aguas. Nada más hacerse a la mar, la bestia no tardó en encontrarlos. Ante su presencia, muchos cayeron encogidos sobre la cubierta, horrorizados por el aspecto fantasmal de su imagen parpadeante.

Uno por uno fue destrozando los navíos, reduciéndolos a astillas y arrastrándolos consigo hasta las profundidades del océano. En total, más de cuatrocientos hombres se perdieron con aquella artimaña. Un sacrificio injusto pero necesario, pues consiguieron crear la suficiente distracción como para que la nave más pequeña de todas, una pequeña embarcación ligera y veloz con treinta y tres hombres a bordo, pudiera llegar hasta la sombra de los picos nevados de la Gran Barrera. Las tan ansiadas costas del Continente Periférico.

Dos ciclos más tarde, ocho años después, conseguirían regresar cuatro supervivientes. Entre ellos el mismo Einar portando los cuadernos de Lutska, junto a dos de sus mejores amigos, enloquecidos para siempre por el canto inmisericorde de Túgal.

Pero todo lo demás, sólo son leyendas.

Edanna
19 de junio

Edanna, sello personal

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En costas extrañas

“Rol” Integrated Life: decoded (8.0)

Chicuelo

Detrás de mi casa se extiende un prado hasta donde se pierde la vista. Tras haberse retirado al fin la nieve y el hielo, unas pequeñas flores rojas y amarillas lo han cubierto por completo. En dos semanas escasas, los árboles se llenaron de hojas un año más y de nuevo el mundo se transforma. Siento que se trata de otra forma de llamar al Poder del Cambio.

Pero por tanta belleza existe aquí un precio a pagar, pues el mundo necesita dormir para poder renacer de esta manera. Un precio que, a veces, se hace difícil de llevar.

En mi casa de OntarioHace dos tardes una mujer de la granja vecina entrenaba un caballo en el prado, haciéndolo correr en círculos. Del animal emanaba un tanto así de elegancia que, extendiéndose por los campos, a mí me daba la sensación de darle un nuevo matiz que se añadía a un mundo de tonos perfectos, completándolo.

Qué extraño, ―pensé, pues se encontraba justo en el mismo sitio donde hacía tres meses me había encontrado con aquel lobo.

Juego a entrecerrar mis ojos, percibiendo un mundo de tonos y manchas de color. Me producen sensaciones más que ofrecerme detalles precisos, algo que ya algunos en el mundo del arte se han dedicado a ponerle nombre. En una realidad que se construye en base a nuestros sentidos no cabe duda de que se trata de una artimaña que deberíamos tomarnos más en serio. Un concepto que se podría aplicar a otros muchos aspectos.

Con los recuerdos sucede algo parecido. Las imágenes de mi memoria se hacen confusas, se tornan borrosas y se difuminan, entremezclándose. Mis recuerdos de España se van apagando, quedando tan sólo un cúmulo de sensaciones extraídas de esos recuerdos.

Las imágenes del pasado se desvanecen. Me viene el calor de las tardes bajo aquella torre…, pero no imágenes precisas. Tengo la sensación de sentir el aire fresco por las calles de mi vieja ciudad, pero no consigo distinguir ni las puertas de las casas ni sus ventanas, ni los colores de los marcos ni sus detalles. Ya no consigo ver nada, sólo me va quedando un puñado de sensaciones. La verdadera tinta de los recuerdos. Memoria escrita con el tinte con el que se inscriben las emociones.

Me dice un amigo en ocasiones que algún día, cuando vuelva, será como lo hacen los héroes. Como Bilbo de regreso a La Comarca, todo cargado con los tesoros de Smaug. A mí, aunque sonría ante tal idea, me invade siempre una sensación de desasosiego, pues sé que cuando lo haga ya nadie me estará esperando. ¿Importa mucho eso? Aún bajo el velo de mi pseudónimo todavía no me atrevo a escribir aquí la respuesta.

Un detalle que marca la diferencia entre nuestro mundo y el de nuestros héroes es que nadie espera la llegada del mágico elixir. El elixir se ha convertido en un tesoro que iremos guardando sólo para nosotros. A estas alturas soy ya muy consciente del origen de este tipo de ideas, así que me detengo, respiro hondo, y vuelvo a cerrar los ojos.

***

Llevo ya algún tiempo leyendo acerca del cansancio de los autores de algunos blog que sigo en mi lector RSS. Personas que sienten, en ocasiones con desesperación, que no existe el elixir mágico que justifique su esfuerzo. Una compensación por su dedicación.

OntarioNadie espera ya que un nuevo Prometeo les robe el fuego a los dioses para entregárselo a la humanidad. Y si alguno lo hace, suele ser visto con la indiferencia del que deja pasar el día y la noche indistintamente. Yo también siento muchas veces estos mordiscos. En mi caso, pienso en muchas ocasiones que en Lavondyss lo que mejor he sido capaz de reunir es una vasta colección de indiferencias con las que podría montar una exposición. Pensamientos que, de nuevo, resultan inútiles, pues no aportan nada.

Pese a ello, me iría bastante mejor si hablara de ropita friki o de cómo unas graciosas y jovencísimas chinitas con mascarilla me hacen la pedicura cada dos jueves por la tarde en Montreal Oeste. La entrada de hace dos meses acerca de las botas de pata de carnero batió todos los records de audiencia en la historia de este blog.

Como si estuviese destinado en respuesta a lo que estoy pensando, alguien viene entonces para ofrecerme una pista sobre todas estas cosas.

Aphrodita, la más pequeña de la casa, sale al exterior y corre hasta mí. Nos sentamos en la mesa de piedra que hay en el jardín. Contenta, me lee un cuento que ha escrito. Como ve que a menudo me doy cabezazos contra el teclado (al estilo del compositor de Barrio Sésamo), encuentra divertido hacer lo mismo, cabezazos incluidos.

Este es el cuento de Aphrodita Wójcik (traducción inédita del francés original, con mezcla de un poquito de inglés, griego y polaco, aunque hablamos en inglés):

Horreur Noir

“Había una vez una princesa de grandes ojos negros y nariz puntiaguda que tenía unas pestañas mágicas. Sus pestañas eran capaces de hacer dormir a quienes ella quería.

Un día por el castillo apareció un caballero dentro de una armadura. Apenas podía andar. No se le veía nada la cara porque la llevaba metida dentro del casco. Le encantaba el jarabe de Arce y siempre llevaba una lata en el cinturón… Así que estaba algo gordo de tanta miel de arce.

Como le gustaba mucho la princesa le pidió casarse con ella inmediatamente, o al menos salir por ahí a bailar, o lo que fuera. Ella le dijo que de eso nada, que eso era un rollo. El caballero se fue hecho polvo y no se le vio más.

Ella entonces se hartó de ser princesa porque todo el mundo quería casarse con ella todo el rato. Se fue a su habitación y se cambió de ropa. Consiguió un vestido de la criada y lo ensució un poco. También lo rompió para que pareciese viejo, viejo. Se tiznó la cara con carbón y se tiñó el pelo de negro. Se puso unas grandes botas y salió del castillo.

Para que nadie la detuviese, usó sus pestañas mágicas para ir durmiendo por ahí a todo el mundo, incluso al rey, que se puso a roncar junto a la reina. La sopa se les puso fría después y se enfadó un montón.

Se fue a los establos y con las pestañas durmió a todos los caballos para que no hiciesen ruido. Menos a un Poni todo negro y bonito que montó. Lo llamó: “Horreur Noir” (Noche de horror).

Antes de marcharse lejos pasó por el pueblo. Allí no durmió a nadie, sino que pasó por la tienda y se compró una bolsa llena de chocolate para el viaje y pasó también por el herrero. Le pidió que le hiciera una armadura y un casco con forma de cubo con dos rendijas para poder ver. Esperó un rato en la sala de espera leyendo en una revista que la princesa del reino de al lado se había partido un pie esquiando. (NdE: Inaudito…).

Cuando la armadura estuvo lista, la princesa, montada en “Horreur Noir”, se fue por ahí por los caminos y los campos ayudando a la gente a veces y otras no, otras los asustaba, era divertido, con lo que se lo pasaba genial…"

Aphrodita Wójcik

Bien, yo en este momento ya sentía nostalgia con la sola idea de poder irme de aventuras tal y como lo estaba haciendo aquella princesa. Tras comentarle a la niña brevemente mi añoranza, le pregunté:

―Bueno, ¿y cómo termina la historia? ¿Qué sucede después?

―Nada, que se va con su poni negro a vivir aventuras. ¡Y pasa de ser princesa! ―Me responde.

―Hmm… Vale, lo de pasar de ser princesa está bien, aunque te advierto que la paga es buena y sin límite con la tarjeta de crédito. Pero, tu historia necesitaría un conflicto.

―”And that mean…?” (¿y eso significa…?).

CaperucitaSignifica que tu personaje desea algo y hace lo posible por conseguirlo, aunque no sea fácil y otros no quieran que tenga éxito. Sólo eso. ―Le contesto.

―Pero es divertido. ―Me dice.

―Lo es, pero podría ser más divertido si seguimos con tu historia. Y así contamos qué quiere tu princesa y cómo lo consigue. A ver “PetitBug” (bichito), ¿qué sucedió con el caballero?

―Que se marchó todo triste a luchar por ahí…

―Por ahí, ehm… vale, vamos a suponer que ya que estaba triste porque la princesa no quería casars…, ejem, liarse con él, para demostrarle que era digno de su amor se fue a luchar contra un dragón. El dragón lo capturó, al pobre, metiéndolo en una jaula sujeta del techo de su cueva. Y lo alimenta dándole huesos de pollo. La idea es comérselo, pero más adelante. Sin prisas…

―Ah…, el dragón del volcán… ―Me dice, comenzando a mostrar señales de estar entrando en un curioso estado de trance.

―Ehmm…, sí ese, el del volcán.

― ¡Y entonces ella va a rescatarle! ―Me dice con entusiasmo― No quiero… ¡ups!, porque ella NO QUIERE que el dragón se lo coma.

―Y si lo consigue, ella le ofrece ser su amiga que es más importante, y después ya veremos…, que hay que ver qué prisas… ―Le comento asiendo alusión a un niño que hace poco le confesó su amor y al que ella le dio calabazas hace poquito.

¡AWESOME! ―Me dice. Expresión recurrente en la nena. Entonces, tengo una idea.

―Se me ocurre que podemos jugar a ver qué es lo que sucede y así, más tarde, escribes lo que pase como el final del cuento.

― ¿De verdad? ¿Y cómo hacemos eso? ―Me pregunta.

―Sí bichito, mira, estas monedas de aquí pueden servir para jugar las aventuras de la princesa. ―mientras, pongo sobre la mesa varias monedas de 25 céntimos―. Como es muy fuerte y lista, tira varias monedas que además de su fuerza y habilidad representan la suerte que tiene en su aventura. Yo te iré contando los peligros con los que se enfrenta, tirando también monedas. En aquellas monedas mías en que salga cara anulan a las que sale cara de las tuyas, pero no en las que salen diferentes. Al final, el que más caras tiene en una tirada es el que gana.

A todo esto, la sombra de la duda de si el mecanismo era así o no, me acompaña todo el tiempo. Lo curioso es que ella no parece tener dudas de ninguna clase.

― ¡AWESOME! ¡Vale! ―Vuelve a exclamar bastante animada―. ¿Y cuántas monedas tira cada uno?

―Eso depende del personaje, del enemigo y de lo que haga, y además ¡puedes hacer magia!

Cogiendo algunas piedrecitas de mármol que hay en el jardín, tras lavarlas un poco escribo una palabra en cada una con rotulador. Cuando termino, las envuelvo en una servilleta y se las entrego.

―Estos son tus hechizos. ―Le digo―. Cuando gastas uno ya no puedes volver a lanzarlo hasta que duermas como una marmota al menos una noche entera. Cada piedrecita es un hechizo diferente. Uno te permite hacerte invisible. El otro lanzar un rayo destructor. Este hace una nube de humo apestoso que hace que te pongas verde y a lunares. Otro hace bailar a tus enemigos hasta que caen exhaustos. El otro encanta a los animales y a las personas, para que hagan lo que tú quieras durante un tiempo…

Y así, termino explicándole el resto de sus hechizos, siempre intentando recordar aquellos más divertidos que recuerdo del D&D.

De esta forma, con su casco de cubo en la cabeza, una espada (encantada por supuesto, qué menos) y a lomos de su terrorífico poni, la princesa se embarca en una aventura que la lleva al “Bosque de las Siempre Tan Inoportunas Maldades”, donde debe luchar con las mofetas de rayas rosadas. Atravesar el “Cañón de la Mala Pata”, donde un puente de cuerda es custodiado por un troll que termina bailando hasta que sale el sol ―transformándose en piedra claro está―. Cruza por el pueblo de los “Gnomos Ladrones”, donde un rayo destructor hace volar por los aires su “iglesia”, lo que provoca la desbandada general de sus habitantes sin sufrir, eso sí, ni una sola baja; (no pasa nada porque ella los llama por el móvil para que vuelvan). Todo eso bajo el gran cometa del mundo imaginario que le ofrezco para que ponga allí su cuento, una idea que la entusiasma.

Finalmente nuestra princesa se enfrenta a un dragón que tiene más de la encantadora novia del asno de Shrek que de villano (porque todo son influencias), por lo que al final terminan todos haciendo las paces.

He de admitir, eso sí, que tuvo bastante suerte con los dados, es decir, con las monedas. Sacó 5 éxitos contra 1 fallo en el primer golpe, lo que provocó un hundimiento de la moral de su antagonista, que se dio cuenta de que con aquella princesa no se juega.

Tras sus éxitos, su rostro se fue iluminando, y aquellos ojos brillaron. Aphrodita descubrió de todo este proceso un nuevo camino. Uno que ahora siempre llevaría junto a todo un conjunto de experiencias. Más tarde terminó su texto, que leyó en clase con la felicitación de sus compañeros.

***

Otawa RiverHoy, paseando por el jardín recordé las palabras de un profesor que hace tiempo me dijo: “Escribir es un camino solitario, aunque se consiga el éxito siempre se está solo”. A estas palabras les añado las mías, y es que desde el momento que nacemos hasta el que morimos estamos solos todo el tiempo.

Pienso que el camino de la verdadera heroicidad está en conseguir aceptarlo, superando con éxito todo cuanto nos aflige y que nos impide hacer lo que queremos. El auténtico camino del héroe que nos toca vivir es conseguir así nuestros éxitos personales, siendo capaces de poder desprendernos a lo largo del proceso de todos nuestros demonios. Es lo que me impulsó una vez a desear permanecer siempre en movimiento. Pero todas estas cosas no son más que mi opinión, por supuesto.

Mi moraleja es que lejos de mi casa y de todo cuanto una vez conocí, jugando al rol una tarde en algún lugar de Norteamérica, la pequeña Aphrodita halló su elixir, y yo encontré el mío.

Un elixir invisible que está ahí para cada uno, y que es en realidad el que importa, iluminando los rincones más oscuros al igual que lo hace la luz de Eärendil, cuando ya no hay ninguna otra luz. El centelleo de un elixir que sólo podemos ver cuando todas las demás luces ya se han extinguido.

Agradecí entonces haberle dedicado tanto esfuerzo a una actividad de la que soy muy consciente que difícilmente voy a obtener una retribución directa, si no es la que se obtiene para uno mismo. Me animó también a tener la seguridad de que nunca he perdido el tiempo por tratar de hacer lo que me gusta. Pues aquella tarde el haber trabajado en mis pasiones me dio, cuando menos me lo esperaba, otro gran momento en mi vida. Uno que guardaré como uno más de entre todos sus muchos tesoros.

10 de mayo
Edanna

Edanna, sello personal

 

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Tugal "El Enloquecido"

Dyss, sello general

Antes de pasar a describir al vigésimo Centinela, resulta conveniente recordar un momento las palabras que Idrys “El Profeta” legara a las voces de nuestra memoria hace ya mucho tiempo, estableciendo una de las dos condiciones que impuso La Gran Consciencia sobre todas las criaturas de nuestro mundo. Una prohibición que en Dyss debería haber quedado clara dada su extrema sencillez y que, sin embargo, resulta quebrantada con frecuencia. La ley nos dice que: “Bajo ningún concepto, ninguna criatura cruzará jamás el océano con la intención de alcanzar el Continente Periférico”. Un código que especifica con gran claridad que está prohibido tratar de arribar a las costas que en todas direcciones existen en algún lugar, más allá del mar.

Túgal "El Enloquecido"Si algo sabemos acerca de la naturaleza de los seres conscientes es que basta con que exista una prohibición para que la curiosidad se dispare, prospere y, en ocasiones, se transforme hasta en obsesión. Así les sucede con frecuencia a exploradores y aventureros, bravos espíritus ávidos de curiosidad, deseosos de poder descubrir el mundo a su alrededor y de, si es posible, poder también echarle mano a algunos de sus tesoros. No se les puede reprochar, ya que es uno de los rasgos que en ellos resulta más cautivador. No obstante, una condición es una condición, y las leyes se instituyeron para cumplirlas, aunque también esto suponga el poder quebrantarlas.

Cumpliendo con su papel, aquí es donde entra en juego Tugal, apodado “El Enloquecido” no sin razón alguna. El último en nuestro estudio acerca de los Poderes Centinelas que existen en Dyss, aunque no por ello el menos importante. A título personal, he de reconocer que junto a entidades como Dierdrath, Môrndum o Despina, Tugal es uno de los Centinelas que más me intrigan.

A “La Bestia Tugal” se le han asignado infinidad de nombres, pero la más conocida sin duda alguna es aquella que lo designa como “Krakistos”, la espantosa alimaña que acecha, oculta en los abismos del océano. Su sobrenombre de “El Enloquecido”, encaja perfectamente con su naturaleza, pues lo que Tugal representa es el horror más absoluto en su estado más puro. Si estuviese dotado de esa capacidad, Krakistos podría sentirse orgulloso de haber sido capaz de destilar hasta su grado más elevado de pureza todo el significado que encierra un solo concepto, y de haber sabido reflejarlo a su vez con tanta perfección. Quieran las bendiciones de nuestras dos lunas gemelas protegerte, librándote de que te encuentres con él alguna vez, pues su sola visión supone el principio de un rápido final; la aniquilación absoluta en cuestión de segundos.

Tugal es la tercera y última de las entidades Imago que intervienen como Centinelas en nuestro mundo. Una monstruosa entidad surgida del miedo irracional, capaz de manifestarse en la forma de un ser sobrenatural. El terror a los abismos del océano forma parte de las inquietudes más antiguas que todas las criaturas han compartido desde el principio de los tiempos. Un miedo que supone un poderoso arquetipo, fijado con hierro candente en el inconsciente colectivo que pasa de padres a hijos. Heredamos los horrores, puede que también hasta las pesadillas, y sus consecuencias vienen adscritas con ellas en nuestra memoria.

Surgiendo así, como una pesadilla tangible, la bestia Tugal deambuló en los comienzos de su historia por nuestro mundo sin rumbo ni propósito. Un sueño angustioso hecho realidad por mediación de la Gran Consciencia debido a unas razones que, como siempre, resultan inexplicables. El único motivo que le daba sentido a su existencia consistía en su ansia por destruir todo cuanto estuviese al alcance de sus sentidos. Un nivel de percepción, por cierto, que supera lo imaginable, al ser capaz de detectar vibraciones de muy pequeña intensidad ―como la caída al agua de un objeto de entre tres o cuatro metros cúbicos― a miles de kilómetros de distancia. Aunque la zambullida de un hombre no es suficiente, cualquier embarcación por encima de una chalupa cumplirá con las condiciones necesarias.

Dyss, al percibir las motivaciones tan simples por las que guiaba sus actos, y siendo consciente del daño tan terrible que producía su presencia, lejos de pretender erradicarlo le inscribió un propósito en su mente, la de servir de guardián con el fin de poder así mantenerlo bajo control. Se convirtió de esta forma en un Centinela más de nuestro mundo, uno que velaría por éste bajo unas directrices muy simples. Éstas fueron: “No permitirás que nada ni nadie alcance jamás las tierras del Continente Periférico”. Una tarea que, aunque al principio le costó trabajo aceptar, terminó asumiendo como su único propósito. Más allá de esa imposición, Tugal estaría obligado a permanecer siempre confinado ―por voluntad propia― en el fondo de los abismos en estado latente, a la espera; durmiendo, pero siempre al acecho.

¿Una injusticia? ¿Un capricho del mundo quizás? Bien, antes de emitir un veredicto es necesario tener clara la noción de que nuestro mundo, más allá de las tierras del continente exterior, se fragmenta más y más hasta no ser más que las hilachas de un concepto que se queda siempre a medias de poder ser descrito. Es decir, nuestro mundo se termina en algún lugar remoto de las tierras heladas de Conundrum. Por otra parte, es inútil tratar de destruir un temor primigenio inscrito en la consciencia de todos los seres. Por mucho empeño que hubiese puesto en tratar de erradicar su presencia, éste siempre hubiera vuelto a surgir, pues todos llevamos una parte de él en nosotros a lo largo de nuestra vida. ¿Podría el mundo decidir entonces el no hacer tangible esa parte de nuestras pesadillas? Lo siento, pero para eso yo no tengo una respuesta, pues el proceso que le guía a querer hacer realidad nuestros sueños, nuestros pensamientos y nuestras pesadillas supone aún un completo misterio para todos nosotros.

No obstante, eso no significa que su manifestación tangible ―o Imago― sea indestructible. Con el poder suficiente es posible aniquilar su presencia física; o al menos, es posible hacerlo durante un tiempo pues, siempre que es destruido, Tugal vuelve a surgir algún tiempo después. No se trata de que tenga que reunir fuerzas para poder hacerlo, sino que ya nos encargamos todos nosotros de traerlo otra vez de vuelta. El concepto que lo hace real siempre está ahí, siendo una semilla inmortal en nuestro inconsciente colectivo.

KrakenTugal se manifiesta en nuestro mundo bajo la forma de un ser gigantesco, de unos mil cuatrocientos metros de longitud, semejante a un octópodo monstruoso. Pero sus formas varían ya que, al igual que Untumo, su imagen fluctúa, oscilando sin cesar. Los pocos que lo han visto, y han sobrevivido para contarlo, lo describen como una sucesión muy rápida de imágenes parecidas a las de una linterna mágica que se superpusieran una tras otra, fluctuando y parpadeando sin cesar; como si faltaran imágenes para poder mostrar una imagen nítida. Supone pues su aparición el borrón vacilante de una idea imprecisa debido a que el concepto que se tiene de Krakistos difiere en muchos casos de una criatura a otra. Por lo tanto, existen muchas ideas distintas acerca de qué es y de cómo es su forma, por lo que nunca termina de quedar definida.

Está dotado de una extraña naturaleza eléctrica, un claro efecto que resulta visible en forma de intensos arcos de corriente que, centelleando, se retuercen saltando por toda su fisonomía. Esto provoca que se muestre como un ser luminoso en la oscuridad de la noche, de una forma tan cautivadora que esa misma belleza, la misma que en ocasiones se encuentra adscrita al horror, ha supuesto ya la perdición de muchos necios en numerosas ocasiones al haber quedado impresionados por su grandiosidad. Cuando está bajo la superficie, los relampagueantes centelleos y la efervescencia de las aguas son los heraldos de su presencia; una muestra de lo que se avecina y que sólo precede a la destrucción.

Basta el movimiento de uno de sus apéndices para hacer desaparecer todo cuanto existe sobre la superficie de las aguas hasta donde alcanza la vista en cuestión de segundos. Por otra parte, esparce una substancia venenosa de color oscuro que aniquila toda vida sobre la superficie en un radio de varios kilómetros; basta que ese ingrediente entre en contacto con la piel para resultar afectado, muriendo sin remedio a los pocos minutos.

La bestia Tugal no mantiene relación con ningún otro Centinela ni con criatura de ningún tipo, actuando siempre por cuenta propia. Es más, un encuentro entre Tugal y Uro supone una batalla que puede mantenerse durante días, levantando ambos inmensas olas que consiguen hacer naufragar a los navíos en muchos kilómetros de distancia. La rivalidad entre ambos no tiene razón ni lógica alguna para nosotros, precipitándose el primero contra el segundo nada más entrar el hijo de Morthid dentro del alcance de sus sentidos. Si tal cosa ocurre, Tugal embestirá al poco tiempo a su oponente, preso de una furiosa necesidad por aniquilar cuanto antes a su mortal enemigo. La batalla casi siempre termina en tablas, retirándose cada uno a su más oscuro escondrijo para recuperarse, yaciendo durante muchas lunas de Irina, hasta que el azar ―o algo más que desconocemos― decide que hayan de encontrarse de nuevo.

No es complicado llegar a la conclusión de que ambos comparten algunas cosas en común; una de ellas es que, al igual que Uro, Tugal es capaz de crear a su propia progenie, no precisando de la interacción con ninguna otra criatura para ello. Unos seres que se asemejan tanto a su progenitor que poblando las profundidades del océano se llevan consigo los deseos y las motivaciones de aquel que les ha dado la vida, pues su única meta consiste en sembrar el terror en los océanos allí a donde vayan. Cada trescientos ciclos se desprende de su cuerpo la simiente de sus vástagos entre los aullidos desgarradores de su progenitor, un bramido angustioso que se prolonga durante dos novenas, capaces de helar la sangre a quienes tienen la mala fortuna de tener que escucharlos. Parece que sea ésta una ley inmutable que se halle presente por todo el multiverso; una que de forma tácita siempre nos recuerda que jamás traeremos vástagos al mundo sin sufrir dolor.

Una vez se han desprendido de su cuerpo, éstos se hunden hasta el fondo del océano, donde reposan en estado latente a lo largo de veintidós ciclos de Inanna. Finalmente, emergen al mundo bajo la forma de un ser completo y lo que es más importante, un ser real, pues no se trata de un Imago producto de los sueños de ningún otro ser. Por suerte, ninguno de ellos consigue alcanzar ni su tamaño descomunal ni su fuerza, aunque sigan constituyendo una amenaza para pequeñas embarcaciones. Tugal, de esta forma, impone sobre el mundo un muy intenso deseo suyo por proclamar su autonomía, exigiendo la potestad de poder existir al margen de ningún tipo de condición, y de la idea que tenga ninguna otra criatura acerca de él.

Pero a semejanza de Uro, Tugal oculta un profundo secreto. Es muy consciente de su aislamiento y por ello ya sólo ansía una cosa: morir al fin, de una vez y para siempre. Su soledad lo enloquece, pues sabe que jamás podrá encontrar a ninguna otra criatura semejante a él, y que el motivo de su existencia no es más que un capricho carente de sentido alguno. Una contradicción más que de nuevo encontramos entre los Centinelas. Por ello, ya hace mucho que anhela su propia autodestrucción, un deseo que a su vez lo enloquece todavía más. Pero aún logrando alcanzar su ambición, su ciclo constante de muerte y resurrección se lo impide, lo que lo ha convertido en una de las criaturas de nuestro mundo que más sufrimiento guarda en su interior. Morir, morir y desaparecer al fin, un deseo suyo que es en vano, pues por muchas veces que perezca, siempre vuelve a resurgir una y otra vez al ser proyectado desde la mente inconsciente de las criaturas vivientes. Dyss es muy consciente de ello, encontrando en su soledad un reflejo de algo que también lleva en sí misma. La angustia de una pregunta cuya respuesta se mantiene aún en silencio y para la que no sabe si algún día habrá un final o terminará obteniendo algo distinto. Debido a ello, no sólo permite su existencia, sino que procura protegerlo de todo mal, aún siendo consciente ―o no― de que esto, a nuestros ojos, pueda ser percibido como una crueldad.

Sus seguidores, tan anárquicos como su señor, deambulan por el mundo sin organización ni propósito, incapaces de trabajar en equipo de una forma medianamente eficaz. Vagando, sobreviven como pueden tratando de enseñar su doctrina ―que se resume en unos pocos principios básicos― a quien quiera escucharles en las pequeñas poblaciones que se lo permiten o por los arrabales de las diferentes comunidades que frecuentan. Así, viajan de una comunidad a otra, convencidos de que todo el poder que son capaces de alcanzar unos pocos de ellos mediante la injerencia de su dueño ante la Gran Consciencia está destinado a un propósito que sólo el futuro les podrá revelar. Mientras tanto, aguardan la llegada del gran día apoyados en las palabras que se guardan en su libro sagrado. Un tomo que, al haber sido copiado tantas veces tergiversando y confundiendo conceptos, ofrece ya a estas alturas un número tal de profecías inconexas que, para cualquier curioso que pretenda echarle un vistazo, no resulta más que un compendio de sandeces sin sentido alguno.

Con Tugal se cierra así nuestro círculo, una de las tantas paradojas que existen en este hermoso mundo en el que vivimos; pues lograr compadecerse por una bestia tan aterradora significa, sin duda alguna, una de las muchas llaves que puede que nos conduzcan algún día hacia Lavondyss.

Principios

— La destrucción es el final último del cosmos pues todo vuelve una y otra vez a ese estado. ¿Por qué esperar? Cuanto antes lleguemos a nuestro estado final, más pronto estaremos preparados para el paso siguiente.

— Sólo destruyendo lo nuevo, proteges nuestro legado. Sólo destruyendo cuanto dejamos atrás somos capaces de avanzar.

— En el éxtasis que sobreviene tras la destrucción se encuentra el auténtico conocimiento, pero hay muchos que deseando ese conocimiento para sí mismos, condenan la belleza que existe en el caos puro.

— La auténtica muerte sólo está presente cuando no existe transformación, la destrucción es pues su instrumento.

Arquetipo: El terror ancestral hacia los océanos. La bestia marina.
Poder menor: nómada.
Se asocia al género: Masculino.
Origen: Imago.
Alineamiento: Caótico malvado, (malvado).
Símbolo: El sello de Tugal: un octópodo monstruoso.
Color preferente: Tonos rosáceos y rojizos, marrón, rojo óxido y amarillo.
Arma predilecta: Látigo de 8 colas y todo tipo de armas contundentes articuladas.
Áreas de influencia: Oscuridad, veneno, aniquilación, destrucción, fuerza, caos, locura, agua.
-Dominios D&D 3.X: Caos, muerte, destrucción, mal, guerra, fuerza, agua.

 

*Con Tugal, termina nuestro estudio de los veinte Centinelas que existen en Dyss.

Edanna, sello personal

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