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Tag: La Tierra de Dyss

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La importancia de un nombre

En el país, los granjeros siguieron trabajando como siempre durante el día, pero al anochecer cuchicheaban junto a las chimeneas y por las noches soñaban.

Poco a poco, alimentados por esos cuchicheos y esos sueños, los árboles del bosque crecieron, las zarzas se espesaron y las verdes culebras anidaron en los troncos. Entonces el castillo se reconstruyó a sí mismo, las nubes se enroscaron en sus almenas y torres, y Ella regresó para proteger las casas y los campos de los granjeros, arrebatándoles a cambio a sus hijos; cuando llegaba la hora los enviaba a buscar, y los niños se internaban en el bosque y se perdían.

Nunca más volvió a nacer una niña tan hermosa como Fara, Ella, puso buen cuidado en que no volviera a suceder.

Peter Dickinson (Los Sueños de Merlín).

 

Los pocos que conocen sus tierras y tienen la suerte de conocer sus mapas, comentan que el continente central en Dyss se asemeja al Gran Dragón de Bronce luchando contra el Pájaro Grifo de los territorios inferiores. Pues esa es la forma que recuerda Dyss contemplándola igual que se contemplan las nubes del cielo, intentando vislumbrar formas fantásticas en ellas.

Sean o no dos bestias luchando, lo cierto es que más veces de las que resultan tolerables, la tierra se sacude en terroríficos temblores, como si las mismas fauces del mundo pugnaran en su lucha por ocupar un lugar sobre todas las cosas, a la luz de las estrellas.

La Tierra de Dyss, o simplemente Dyss, constituye una enorme masa de tierra, que en términos generales resulta un tanto fría, quebrada por una enorme grieta que transcurre de norte a sur, atravesando el continente y dividiéndolo de forma transversal. Pero el nombre de esta masa de tierra en concreto se aplica también al conjunto del mundo al completo. Aquellos que denominaron así a su mundo poco sabían de los misterios que se escondían más allá de los océanos y quisieron poner un nombre a la hermosa tierra que se extendía ante sus ojos hasta el horizonte. Por tanto, cuando hagamos uso del nombre de Dyss nos estaremos refiriendo principalmente a la masa de tierra central, y aunque denominemos el mundo al completo con el mismo nombre lo señalaremos en cada caso, o se hará uso de otras denominaciones para el mundo en su conjunto, a fin de facilitar la comprensión del texto.

 Dyss decide, ordena y desordena sus tierras; y todos sus habitantes (o casi todos) lo aceptan como algo cotidiano. Tan cotidiano como que sale el sol cada mañana y que hay un día de cada estación en que precisamente el sol ese día, no sale ni se pone por ninguna parte (*ver calendario).

Alrededor del continente central de Dyss el mar circundante rodea toda su periferia. Se trata de un mar extremadamente profundo y peligroso, plagado de tormentas e infestado de criaturas “guardianas” que, aparentemente, intentan impedir que los viajeros se alejen demasiado de las costas de Dyss hacia las lejanas tierras de “La Barrera de Conundrum”. Nombre que recibe el anillo de tierras que rodea por completo a la masa de tierra central; y que tiene denominaciones específicas dependiendo de si se trata de su región meridional o de la zona septentrional.

Antaño este profundo océano no existía, coexistiendo la tierra con el agua de manera que la primera triunfaba sobre la segunda. Y es que Dyss, en sus orígenes, se trataba de una vasta extensión de territorio de miles y miles de millas hasta que ésta comenzaba a desdibujarse al pie de los abismos de las zonas blandas, allí, donde la realidad empieza a convertirse en caos, y donde todo lo que es conocido comienza a desvanecerse.

La tierra se extendía entonces libre de impedimentos, y sus seres podían desplazarse sin obstáculos de un borde del mundo hasta el otro, si así les parecía bien. Algunos mares había sí, hogar de criaturas acuáticas y con brisas amables que invitaban a contemplar las aguas desde sus orillas. Salpicaban entonces las tierras aquí y allá, como enormes lagos que se tornaban mares en su denominación más precisa, si así se prefiere.

Pero Dyss hizo una vez más, deshaciendo tales libertades y, en su deseo de salvaguardar a sus criaturas del terror del borde de los abismos, los circunscribió al actual continente, abriendo una barrera natural de impedimentos a lo que pusiera en peligro la vida de este mundo cuajado de bondades. Las criaturas quedaron confinadas en Dyss central y un profundo y peligroso rio-océano estableció la primera de las fronteras, elevando Dyss una segunda, y quizás la más mortífera, en el borde de las tierras que se encuentran más allá. Esta segunda frontera consiste en la desproporcionada elevación de las costas de estas tierras hasta alturas imposibles, donde la nieve y los hielos tienen la misma edad que las mismísimas edades del mundo.

Al sur del continente central de Dyss se abre pues el único mar que se adentra en la masa de tierra de manera realmente significativa. El estrecho que hace de vía de entrada se encuentra flanqueado por unas gigantescas esfinges, que con más de novecientos pies de alto, vigilan desde las costas el brazo del océano que penetra en la masa de tierra, formando después lo que se conoce como el "Mar del Cristal".

Más allá, rodeando en una suerte de espiral la península que una vez fuera la región más próspera de las razas conscientes, este aventurado trozo de océano termina plácidamente en una zona de aguas tranquilas y protegidas. Una región que ahora yace en el olvido de sus desaparecidos habitantes, al cuidado de los (con frecuencia airados) espíritus de sus antepasados.

Y es que Dyss, en su mayor parte, se trata de una tierra muy deshabitada por seres humanoides conscientes, a la vez que muy celosa por protegerlos de los peligros que se encuentran en las zonas próximas al borde del mundo, allí donde éste se desvanece.

El brazo de mar interior, tal como se ha dicho, termina plácidamente en bahías y mares internos. Lugares donde muchas civilizaciones se asentaron, crecieron y prosperaron a las orillas del "Mar de Edith" también llamado el "Mar de Oro”; y donde llegado el momento, se extinguieron, desapareciendo y dejando tras de sí los ásperos huesos de sus ruinas, completando así su propio ciclo.

La Tierra de Dyss está dividida por una enorme grieta que, con el paso de las eras, la divide más y más en dos partes. Ya el agua de los cauces, los lagos y los mares se han ido encargando de llenar este hueco en el eje del mundo. La cicatriz se extiende desde el norte remoto, siguiendo una tenue "S", hasta desembocar precisamente donde termina la espiral que conforma el brazo del mar interior, justo en el "Mar de Edith".

Muy posiblemente este mismísimo brazo de mar sea a su vez una parte mucho más ancha de la enorme cicatriz. Con cada movimiento de las profundidades de la tierra, "la cicatriz de Erin", que es como se denomina a la colosal grieta del mundo, aumenta, cambiando con frecuencia los detalles de esta parte del mundo.

Algunas zonas de Dyss son “Regiones cambiantes”. Esto significa precisamente lo que quiere decir, o sea, cambiantes y mutables. La Tierra de Dyss" en general es caprichosa, sí. En todos los rincones mantiene la peculiaridad de poder sufrir cambios rápidamente, pero aquí es inimaginable cómo de caprichosa puede llegar a ser. Muchas veces regiones enteras desaparecen, transformándose, para volver meses o años después, en ocasiones, a su forma original.

El porqué de estos cambios es un completo misterio. La única verdad es que es la voluntad de Dyss.

En cualquier caso la tierra es todavía cartografiable, pues tiene una forma definida, por lo general, a la que regresa normalmente tras un tiempo, como si ese fuera su estado nativo original. Además, estos cambios suelen ocurrir a pequeña escala en regiones pequeñas.

Los cambios de morfología no funcionan así sin embargo en las “Regiones Cambiantes”, que se encuentran principalmente en el Norte, con algunas excepciones aisladas en puntos dispersos por toda la geografía. De estos parajes se conoce una orografía general, pero su forma ahora, antes, o en la próxima estación es una incógnita. Las regiones cambiantes están sujetas a alteraciones morfológicas con mayor frecuencia, constituyendo los mapas allí una guía meramente aproximada, más con la idea de reconocer los cambios y guiarse por ellos, usándolos como puntos de referencia, que como mapa de orientación en sí.

Las regiones cambiantes son a su vez las que mayores alteraciones sufren de su tiempo relativo, alterándose rápidamente el paso de los granos de arena en el reloj o por el contrario, ralentizándose de manera dramática.

Son éstas pues regiones a las que se debe tener un buen motivo para visitar, resultando un enigma intrigante el averiguar qué asuntos pueden llevar a cualquiera a adentrarse en ellas.  Y aunque se conoce la existencia de habitantes en estas zonas, éstos están desde luego adaptados a las peculiaridades de esta región,  "fluyendo" de forma literal a través de los cambios. El viajero no nativo de estos parajes ha de tener mucho cuidado en estas zonas, que además no son precisamente de pequeñas dimensiones en cuanto a su extensión.

Y para ir finalizando, más allá del “Mar Circundante”, muy lejos de la costa, miles de millas mar adentro, un gigantesco cinturón de tierra helada rodea el mundo conocido.  Tras éste comienzan, sin saber ni dónde ni cuándo, "Las Zonas Blandas" de la tierra de “Conundrum”.

Allí la realidad empieza a "desgastarse" convirtiéndose la hechura de las cosas en algo tenue y desmadejado. La realidad, un término motivo de importantes discusiones en Dyss por todos aquellos que conocen y quieren saber más, en Las Zonas Blandas empieza a convertirse en "una muñeca rota" con todas las consecuencias. Pero aunque parezca imposible, al igual que en las Regiones Cambiantes, hay habitantes en las Zonas Blandas; de una naturaleza, eso sí, que escapa a la comprensión de la mayoría con la excepción de unos pocos.

El fin del mundo lo llaman algunos, el límite de las cosas lo llaman otros. Lo que es cierto es que si existe la gigantesca catarata fantástica que delimita al mundo, y de la que todo el mundo habla pero que nadie ha visto excepto aventureros con mucha imaginación, desde luego que se encontraría aquí.

Porque sí, el mundo se acaba, y lo que no se sabe muy bien es si se acaba aquí o si existe un mundo nuevo y floreciente, poblado de criaturas, más allá de las misteriosas tierras de Conundrum. Ancho cinturón de tierras heladas que, más allá de las grandes barreras montañosas, circunscribe al mundo de las tierras de Dyss.

Si existen más tierras, cosa probable sostienen muchos, deben encontrarse más allá de este vasto cinturón de tierra helada, frontera natural del mundo conocido. Pues en algunas zonas no se tiene constancia de haber encontrado vestigios de Zonas Blandas, existiendo tras la enorme barrera de hielo una vasta extensión de tierras que se extienden, inalteradas, hasta que se agotan las provisiones, la paciencia y la cordura de los escasos exploradores que se adentraron alguna vez en ellas.

Lo único seguro es que si hay más tierras, el mundo se terminará igualmente después de aquellas. Y esto es una verdad que no tiene discusión.

Tarde o temprano en este mundo mítico de Dyss, el mundo se termina. Ya sea desdibujándose la realidad, rompiéndose la existencia poco a poco en fragmentos más y más pequeños; ya sea volviéndose gradualmente más tenues las tierras existentes para desmañarse totalmente como un borrón al final; o bien, concluyendo en una catarata ensordecedora y rutilante al borde mismo de las estrellas de la noche. Da igual, los espacios del mundo se terminan en algún momento.

Desde luego nadie quiere indagar sobre ello, aunque ten la seguridad de que más de uno estaría dispuesto a averiguar la verdad y a embarcarse en una aventura de tal magnitud. Aún a riesgo de disolverse en el olvido, desmadejarse como un ovillo o de precipitarse por el borde del mundo, cayendo infinitamente hacia las estrellas.

Un final muy al estilo de la atmósfera a la que aquí estamos acostumbrados.

 

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Mitogénesis

Proceso por el cual diversos elementos del imaginario de un colectivo o de un individuo (figuras míticas), presenta una manifestación real física en nuestra realidad tangible, tomando substancia y forma y formando parte de la existencia, siendo así susceptible de ser apreciada por nuestros sentidos.Mitago

El proceso mitogenético, relativo a la mitogénesis, o bien, proceso de mitogénesis, por lo general es producido por el imaginario de un colectivo social. Aquellos elementos del imaginario susceptibles de iniciar el proceso mitogenético, y que forman parte del consciente o del subconsciente colectivo del grupo, presentan bajo las condiciones adecuadas la posibilidad de iniciar el proceso de mitogénesis, apareciendo en la realidad tangible de nuestro mundo (Huxley, 1941).

Si bien el proceso de mitogénesis suele ser provocado por el imaginario colectivo de un grupo o en ocasiones de pequeños grupos, de manera más excepcional algunos individuos presentan la capacidad de iniciar el proceso por sí mismos. Esta capacidad de mitogénesis por parte de individuos concretos depende de las peculiaridades de los mismos y deben analizarse individualmente caso por caso.

Según estudios recientes, aquellos elementos más intensos del imaginario de un ser consciente y dotado de razón susceptibles de iniciar el proceso, son todos aquellos que están asociados a prolongados estados de estrés y angustia, como por ejemplo, los estados de angustia entre dos culturas que chocan la una con la otra; por lo general tanto por la cultura que está siendo invadida como por la cultura del invasor (W. Jones 1942). Esto es lo que se denomina, una conexión cultural.
La fuerza del odio y del temor crean figuras míticas, generalmente en forma de héroes, que establecen un foco oculto de esperanza, y una poderosa fuerza psíquica. Es cuando nace la forma del héroe mítico.
Aquellos que provienen de los deseos más intensos o de las necesidades más básicas, como necesidad de protección y defensa, también presentan altas probabilidades de iniciar el proceso. Se sabe que otras emociones de carácter base como: el deseo, el amor, la rabia o los celos también tienen altas probabilidades de iniciar el proceso de mitogénesis. Así mismo, la naturaleza del ego en el individuo afecta también en la capacidad mitogenética.

La capacidad mitogenética también está asociada a lugares específicos (Huxley, 1941), siendo más intensa en zonas concretas, o nodos, y puntos de especial intensidad mitogenética. Esas zonas concretas se reparten geográficamente siguiendo pautas específicas o “lays”, que se extienden por la orografía del territorio y se adaptan a los detalles del terreno.
Sus características dependen, entre otros factores, de los ecos residuales de energía psíquica debidos a sucesos determinados del pasado y otro gran número de circunstancias. Este “campo” o foco de energía interactúa con los elementos más intensos del subconsciente de los seres vivos, elementos que suelen estar representados por figuras simbólicas míticas. La interacción desencadena la mitogénesis.

Las formaciones y manifestaciones físicas producto del proceso de mitogénesis tiene una amplia serie de particularidades, pero en general, cubren un amplio abanico de tipologías, siendo las más comunes la formación de lugares definidos y emplazamientos de diferente naturaleza y tamaño, —siendo algunas formaciones realmente colosales— y las más sorprendentes, las diversidad de criaturas de diversos tipos que pueden cobrar vida, moverse e interactuar con el conjunto del resto de las criaturas naturales de nuestro mundo.
Estas criaturas provienen, generalmente, de los conceptos de naturaleza mítica que se guardan en el subconsciente colectivo de los seres dotados de capacidad simbólica, lo que incluye a todas las razas conscientes dotadas de raciocinio.
Diversos elementos generados por ese simbolismo inherente a la psique, desarrolla los elementos culturales que conforman el mito, o mythos; siendo estas figuras míticas de la consciencia oculta elementos específicos relacionados con hechos culturales, con la percepción del “Yo” y con la percepción del mundo que rodea al individuo, así como de lo que éste significa para él.
Según se desprende en este estudio, las figuras míticas que yacen ocultas en la consciencia —es decir, en el subconsciente— potenciados por el desarrollo de las emociones en momentos concretos, desencadenan en algunos lugares el proceso de mitogénesis gracias a la interacción de una fuerza indeterminada en forma de campo que se focaliza, precisando para ello de un tiempo que depende de las particularidades de los individuos que lo generan y de las características del lugar en el cual se inicia el proceso.
Este proceso —que se detallará en otro apartado— desarrolla lo que se denomina un “imago” (Pre-mito-imago) o imagen residual del concepto mítico, generalmente partiendo de un “arquetipo”.
Una vez se desarrolla y en ciclos posteriores, el imago cobra substancia y forma, coexistiendo de forma natural en nuestro mundo físico, y es susceptible de ser percibido por algunos sentidos. De forma inicial por el tacto, el olfato, el oído y finalmente, en desarrollos posteriores, por la vista; de forma parcial en los primeros ciclos, para ser total en las últimas etapas de desarrollo.
Finalmente, la manifestación física, ya se trate de una forma de criatura, de un lugar o de un emplazamiento geográfico, pasa a denominarse: Mito-imago, o imagen mítica, conocido también como: Mitago(1).

El Mitago es el resultado final del proceso mitogenético o de mitogénesis, y consiste en: una representación real física de un elemento cultural de naturaleza mítica desarrollado en la consciencia de una criatura consciente con capacidad simbólica.
El Mitago se forma a partir de una imagen mítica inicial. Se trata de un ser nacido de la creatividad humana, oculto en su consciencia y que el proceso mitogenético hace que cobre vida. La forma y naturaleza del mito es idealizada, y es alterado con los cambios culturales.
El Mitago se estudiará más detenidamente en su apartado correspondiente.

El proceso mitogenético es extremadamente complejo y muy sensible a las interferencias tanto internas como externas. En cuanto a las internas, la edad, las preocupaciones, el resto de las emociones, relaciones sociales y las tipologías de los diferentes tipos de personalidad detallan los rasgos específicos que intervienen en el proceso, afectándolo y determinando sus particularidades.
Por otro lado, en cuanto a los elementos externos ser refiere, las interferencias de las acciones de las razas conscientes, tanto en las generalidades del pensamiento colectivo, así como en su desarrollo de acciones a través del territorio, afectan profundamente a las capacidades de mitogénesis en los puntos de mayor intensidad mitogenética, como en la naturaleza del desarrollo del proceso en sí.

*Ver también: Proceso mitogenético, capacidad mitogenética.

 

(1) Robert Holdstock es autor del ciclo Mitago. Este material está inspirado en su obra y a ellas se hace referencia. © Todos los derechos están reservados por su autor. Este trabajo solo se aproxima a su obra como estudio de ésta y carece de ánimo de lucro.

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Regiones Míticas

Dyss, sello general

Hay veces que la voluntad se sustenta bajo un férreo y sólido conjunto de determinaciones. Muchas veces más bien se queda en buenos deseos y más de las veces, la voluntad no es más que un manojo de resoluciones que se decoloran con el tiempo.

Yo tengo una relación de amor-odio con Internet. Quizás ella me protege, pero no me quiere ver feliz. ¿Y por qué digo esto? Porque tras mucho tiempo con Lavondyss, se hace muy difícil en momentos determinados, llevar a cabo las resoluciones y todo lo pactado para el nuevo año.

Lavondyss ha sido un refugio calentito en determinadas ocasiones y en otras, un húmedo rincón. Eso es lo que supone mostrar y aprender de los demás. Pero también es un ser vivo que respira, llora, ríe, y en ocasiones reclama lo que es suyo.

Esto te lo debía mi pequeña Lavondyss. Te tengo que cuidar, proteger y mantener arropada, pues, ¡cuánto me has dado! Ni en los peores momentos me abandonó tu sonriente rostro.

Cuando lloré, ella lloró conmigo. Lloré quizás demasiado durante un tiempo prolongado. ¿Es un blog recuerdas? Aquí hablamos de estas cosas... ¿Por qué? Mira, no lo sé, no me vuelvas a preguntar.

¡Y escuchaba su risa cuando la tormenta derribó aquellos viejos árboles sobre nuestra casa! Esparciendo la nieve en todas direcciones. ¿Te acuerdas de eso también? Aún escucho al gato sobre el piano, tocando una rota sinfonía que alocadamente recitaba tu nombre.

Así pues, para ti esta vez, Lavondyss. Sólo para ti. Te dedico la siguiente sinfonía...

Y vosotros, como siempre, estáis invitados. Pero ojo, porque la estrella a partir de ahora, no es otra que Lavondyss.

Dyss Mítica

Marco narrativo de ficción y entorno de campaña para juegos de rol.

A partir de ahora Dyss Mítica está accesible al público.

Inicialmente su contenido es reducido e irá progresivamente añadiendo más información y expandiendo el material. Este sitio, aunque inicialmente consistía más bien en un lugar de uso privado, pone a disposición de aquel que esté interesado, material de ficción que puede usar para sus propias campañas en juegos de rol.

El material que se publica está protegido bajo licencia Creative Commons, la cual sólo permite su difusión, pero no la alteración del contenido. Esto sin embargo te da plena libertad para aprovechar un conjunto de ideas para tus propios usos. Siempre y cuando se respete lo estipulado en dicha licencia, no se altere el material y se respete la autoría.

He abierto este sitio finalmente, con la auténtica ilusión de que la comunidad comparta sus creaciones, desarrolle sus aventuras y expanda su juego cuanto le sea posible, esperando que este contenido pueda ser de utilidad para ello.

Ahora, con el anuncio de una nueva versión del juego de rol: Dungeons & Dragons, espero que una comunidad algo fragmentada, vuelva a reunirse para compartir uno de los entretenimientos más creativos que existen. Disfrutando juntos de su juego favorito y dedicándose a lo más importante, al desarrollo de la creatividad, disfrutando a su vez de la compañía de los buenos amigos mientras éstos recorren juntos todas aquellas aventuras que permita la imaginación.

Y como de imaginación se trata, Dyss Mítica ofrecerá cuanto le sea posible para que ésta perdure.

Espero que te sea de utilidad y bienvenido a Dyss Mítica.

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El guardián del violonchelo

Fue él quien se dirigió a mí con su voz conformada por las notas elegantes de un violonchelo, mientras me encontraba contemplando las aguas del Moldava, desde el lado Oeste del puente de San Carlos. Allí frente a frente, en su traje con chaqueta de azul perfecto, ese que con elegancia se encamina hacia el negro, me dirigió una sonrisa cortés, estrechándome la mano.

Fue entonces cuando fui consciente de que en realidad, todo aquel puente había sido construido sólo para él, y quizás también para aquel preciso instante. Pues a la sombra de una de las hermosas estatuas que algo melancólicas contemplan hacia el sur, todo lo que queda de un vasto imperio; vi reflejados sobre sus ojos claros los canales de esa otra pequeña Venecia, la que existe mucho más allá del Adriático, tierra adentro.

Por medio de aquel reflejo, su mirada lo abarcaba todo, conteniéndolo; lengua, cultura, pasado, presente y puede que hasta su futuro. De pié junto a mí, entre todo aquel bullicio, junto a aquellas estatuas me resultó tan distinguido, que asistí a cómo con su sola presencia se transformaba en el guardián por derecho de toda la ciudad que desde aquel momento, le pertenecía.

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Los niños salvajes (revisado)

Entre un revoloteo de hojarasca y los últimos rayos de sol arrastrándose a través de los árboles, llegaron los niños salvajes.

Iban prácticamente desnudos, cubriéndose con lo que habían encontrado en sus vagabundeos y lo que ellos consideraron que podía servir de atuendo. El que fuera digno era el menor de sus problemas. Algunos llevaban una camisa, blusa o pantalón bastante raído. Otros se vestían apenas con una manta. Con suerte alguno llevaba algún zapato; muy pocos, aparentemente los más fuertes o corpulentos, los dos. Los más débiles, buenamente se cubrían de cintura para abajo con cualquier apaño. Parecía darles lo mismo, pero sabía que no era así. Para ellos, el atuendo debía de tener un valor que yo meramente acertaba a sospechar.

Apestaban como demonios, pude olerlos a muchos metros de distancia. No se atrevieron a cruzar el linde del bosque. Desde el camino polvoriento que bordeaba los primeros troncos permanecían en silencio, observándome.

muProbablemente yo les causaba miedo, pero eso no duraría siempre. Los observé, en silencio, muy quieta, mientras los rayos de sol que se escurrían en la arboleda cortejaban mi cabello y mi espalda lentamente.

Había muchas niñas, casi las dos terceras partes. Todos llevaban extraños objetos sacados de la vida cotidiana, ahora destinados a usos misteriosos, pero con la indudable intención de servir para algún tipo de simbología de orden tribal, de estatus social. Habían creado su propia cultura de la nada. Una cultura de remiendos.

Observé que probablemente habría uno o una serie establecida y jerárquica de líderes. Pude reconocer marcas en el rostro de una de las niñas, no tendría más de once años, de claro sentido espiritual. Llevaba suspendido de su atuendo multitud de pequeños objetos atados con cuerdecillas.

Una pequeña chamán en el grupo de los niños salvajes.

Ya han creado a su propio hechicero, en tan poco tiempo. – Pensé.

Los niños me observaron silenciosamente, intercambiando susurros bajos, que eran acallados bruscamente por el que parecía ostentar el rango de líder. Un chico alto, con los huesos de las costillas claramente visibles. Flaco y escuálido como un perro pero suficientemente vigoroso aún. Llevaba un collar lleno de objetos absurdos que le colgaba hasta la cintura. En la mano izquierda un objeto contundente y probablemente bastante peligroso manejado por las manos de alguien como él. Todos llevaban dibujos, marcas, e incluso la cara pintada con lo que me pareció se trataba probablemente de ceniza.

Creo que se asustaron cuando la luz del crepúsculo comenzó a rellenar el mundo a nuestro alrededor; la oscuridad avanzó paso a paso, creando sombras cada vez más monstruosas, pero no tan gigantescas como las que había entre ellos y yo.

Finalmente se marcharon, tan rápidamente como aparecieron. Escucharon el relincho del caballo enfermo que agonizaba más abajo en el valle, en la granja abandonada. Significó lo mismo para ellos que la llamada del cuerno o de la caracola.

Algo nuevo, sucediendo en algún otro lugar.

Hasta casi la medianoche, pude escuchar los relinchos de agonía del caballo.

Escuché claramente el entrechocar de las piedras, el crujido de los huesos rotos, los bramidos de sufrimiento del animal. Todos los ecos de aquello resonaban en el bosque, retumbando a su vez entre las colinas. Transportados por el viento, hasta lugares distantes. Se divirtieron con él como siempre ha jugado un gato con un ratón, un juego que enseña a pesar de toda la moral cosechada en la extinta historia de la humanidad. Jugaron tal y como lo hicieron sus ancestros; quemando, ahogando, mutilando y despedazando todo cuanto pudiese agonizar claramente ante sus ojos.

Allí encontró pues su propio sepulcro, y yo entonces le puse nombre: “El sepulcro del caballo”.

Lo mataron a pedradas; entre todos, lentamente, con cuidado para no acercarse al animal. El caballo bramó desesperado, repartiendo coces frenéticas. Se escuchaba claramente aunque los sonidos llegaran apagados por la distancia. Pero estaba enfermo, viejo y agotado.

Pedrada tras pedrada. Podía imaginármelo, podía imaginar la situación con toda claridad.

Finalmente, los relinchos cesaron.

Encendieron un fuego, pude ver la luminosidad en la lejanía, a través de los árboles. Ahora jugaban, gritaban, reñían, reían. Pude oler la madera quemada, la carne de caballo, el humo espeso, acre, dulce.

Comieron.

El olor penetró en el bosque, inundando el aroma de la hoja y del musgo, de la haya y del roble. Inicié un canturreo. Las hojas se agitaron. Cuidé de mi propio fuego. Cuidé todos los fuegos que permanecían encendidos en ese instante por todo el mundo. Permanecí despierta toda la noche. Pendiente, vigilante, ausente de todo cuanto habitara en mi interior. Celosa de todo lo que existía a mi alrededor, de cualquier sonido, de cualquier olor. Esperando.

Por la mañana, se habían marchado.

Fui hasta “El sepulcro del caballo”. Allí estaba aún una parte del animal, entregada ahora a moscas y gusanos. Huesos, maderos y restos yacían por todas partes. La hoguera humeaba, lanzando un humo negro y viscoso que se llevaba la brisa. Uno de los niños estaba allí tendido, muerto. Tendría unos seis años. Una horrible brecha en la cabeza y una piedra ensangrentada explicaba casi todo lo que había sucedido. La causa hasta me la podía imaginar. Debía suceder de manera frecuente. Tardé apenas tres cuartos de hora en enterrarlo y cubrir la tumba con un buen montón de piedras.

De poco serviría, muchos animales cavan mucho mejor que yo.

Pero volverían. Lo sabía claramente. Miré en todas direcciones, solo pude encontrar en los cielos a mis amigos los viejos pájaros negros. Les rogué que me avisaran. Ellos si decidieron considerarlo, no dieron ninguna muestra de ello.

Volví al bosque, volví a la piedra y la roca, al rio y a la cueva húmeda.

Esperé.

En los días que transcurrieron durante mi espera, en muchas ocasiones me pareció escuchar el sonido de la candente risa de aquellos niños. Siempre cerca, entre los árboles que ocasionalmente se agitaban, esperando darme una sorpresa, un saludo, y una bienvenida.

Por supuesto, regresaron.

Con la segunda luna menguando dos tercios sobre el firmamento, volvieron a rondar por la periferia de mi pequeño territorio. Reanudaron el ritual, acercándose lentamente, observando, expectantes, silenciosos... Ni las múltiples moscas que los atosigan de manera incesante, habitándolos, logran arrancarles un solo gesto. Permanecen todo el tiempo exánimes, aguardando.

Unos cincuenta pasos como mucho los separan de mi pequeño campamento en el claro, bajo la sombra de la roca grande. Es entonces en este preciso momento cuando me doy cuenta de que no tengo muchas posibilidades ya de escapar de ellos.

Uno de ellos le comenta algo a otro cercano. Hace un gesto señalándome. Ríen.

Se acerca la noche, entre árboles ya sin hojas. Un agua estancada mece dulcemente las hojas amarillentas. Escucho el aullido de los perros en la distancia; abajo, en el valle.

Algunas aves se alzan asustadas, parece que sea el mismísimo silencio el que las ahuyente. Levemente escucho el siseo acompasado de respiraciones, pequeñas toses, risitas, cuchicheos...

El fuego de mi campamento comienza a menguar. Le quedan tres horas como mucho. Después se acabó.

Cae la noche sobre mí, no puedo escapar, en este bosque guardé el lugar de nacimiento, hasta la llegada de los niños salvajes. Los mismos que derribaron las columnas que sujetaron los templos y grandes casas de los hombres. Aquellos niños, que sostenían el mundo, lo derribaron de sus pilares. Ahora yacen desparramados como la conciencia más pura. Como el mercurio en el lecho del lago. No hay futuro sin ellos. Con ellos tampoco. Futuros castrados desde el comienzo de su propio tiempo.

Inicio el canturreo de los días violeta. Los que habrán de llevarme con todos los míos. Ellos se relamen. Afilan sus uñas. Afilan sus dientes. Son hermosos en lo espantoso de su pureza. Me emociona saber que portan las esperanzas de todos los que los antecedieron sobre sus hombros.

Levantarán los pilares de la tierra, devorándose los unos a los otros. Como siempre ha sido desde el principio de los días. Como será hasta el último estertor de La Tierra. Así debe ser. Así ha sido siempre, así será.

Y en los días futuros, quedarán las cenizas de esta hoguera, mezclándose en el fango como sal para la tierra. En el río, cerca de la roca grande, en la cueva húmeda. Ellos mondarán los huesos y se afilarán los dientes, esparciendo las cenizas al viento de madrugada. Cantándole al viento, corriendo por los prados en las largas distancias. Sonriéndole al amanecer allí donde ya no queden sonrisas. Pues el día que no quede nadie en este mundo para sonreír al amanecer, ese día la tierra morirá.

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El trono de la Reina Valaria

Hay ante el trono de La Reina Valaria, ochocientos ochenta y seis escalones. Los mismos que habitaciones hay en la morada del coleccionista, miles de millas más al este. Cada peldaño lleva esmaltado un sello en cuyo centro se haya circunscrito el ave de presa por medio de la serpiente, y podrían verse más claramente y con detalle, si uno no tuviese que retirar con cuidado la alfombra de huesos que yacen desparramados sobre la piedra.

banda-valariaBlancos como marfil llenan escaleras y descansillos, flanqueados cada diez pasos con enormes jarrones de lapislázuli repletos de flores siempre radiantes de lila, y cada veinte pasos con braseros de carbones encendidos de forma permanente. Más estos no irradian calor, sino un frio que causa con el tiempo,  un subrayada desesperación. El resultado es que a medida que transcurre el paso del tiempo, todos los huesos, tengan dueño o no,  aniden por la estancia, cantando junto a sus hermanos, la canción de un injusto y cruel sepulcro sin la bendición del manto de su oscuridad y bendecido con un frio lúgubre.

Es en el trono de la reina donde se esconden muchos de los secretos que sabios de todos los rincones se atreven a averiguar, con más perjuicio que recompensa, pues la mayor parte de tan representativa  alfombra está constituida por los que una vez en vida indagaron en los polvorientos tomos, rollos de saber atesorado, revestidos de enmarañados fajos de telarañas.

Es el trono de la reina Valaria un lugar de desesperación y finales inconclusos, más también tiene sus maravillas, pues los que consiguen desenmascarar sus trampas y evadir sus acertijos, es recompensado con la respuesta  a tres de todas aquellas incógnitas que el suplicante formulara, al que se añade algún obsequio, si dispuso de buena voluntad a pesar del injusto trato recibido durante la recepción.

“No hay castigo sin recompensa, si lo que te mueve es el conocimiento”.

Así está escrito, por supuesto, en el respaldo del gran trono de oro macizo. Al que muy pero que muy pocos, han llegado siquiera a acercarse  a menos de una braza.  Así está escrito desde los tiempos de Gedeón y su marcha a través de montañas, gargantas y cordilleras, a través de murallas derribadas como castillos de arena, y  a través de amplias llanuras de pastizales humeantes, tras el paso de sus famosas bestias de guerra de dos cabezas. Así fue escrito desde el primer alumbramiento de la consciencia de Dyss, un parto que casi todas las criaturas vivas en estos tiempos ya han olvidado.

Y así fue escrito dicen, por la mano directa de los dioses. Los mismos que sirven a la tierra, pues tal es su deber, cosa que a su vez es de común conocimiento de todas las criaturas, incluido tú, ¡y tú!  ¡Maldito seas! ¡Atiende al menos cuando te cuento esta historia, protervo asno!

Sabed que no hay más poder en la tierra que la voluntad y el pensamiento de la misma. Pues allí donde crece el Roble, el Nogal y el más insignificante rastrojo de Cilantro -hierba que nos resulta de suma importancia  como veremos más adelante-,  es deber de los dioses servir a la tierra ya que no son enviados, ni sirvientes, ni criaturas construidas con el soplo de las estrellas para honrar a su creador, no. Son los dioses refugiados y huéspedes. Así que en reconocimiento por tal privilegio, se han impuesto la tarea de servir en lo posible la magnificencia de todo lo que existe y de todo cuanto nos rodea. Más, y ¿nuestro papel? Pues aparentemente no tenemos ninguno, más que el de hacer el pan por las mañanas y comérnoslo contemplando las nubes del cielo.

¡Que no es poco!

Pero no deseo tomar otro rumbo más que la idea original que me mantuvo al comenzar este relato, pues como ya he dicho, es en el trono de La Reina Valaria, donde se sellaron con la mano y la pluma del tiempo y el destino, muchos de los sucesos que tuvieron lugar en nuestro mundo, cuya relevancia no puede ni debe permanecer ajena a nuestro conocimiento. Pues fue aquí y solo aquí, donde acudieron los más versados y los más audaces. Territorio este repleto de necios del mismo modo que de incautos, que terminaron sus días sin ver siquiera las joyas que adornan los gruesos pies de oro, tallados en la sublime mano del artesano con la forma de las patas de la mítica Jirafa, animal dotado de unos dones bastante peculiares, a la que nunca se le termina el alimento, pues lo busca hacia arriba y no a los lados como todas las demás criaturas. Algo muy a tener en cuenta.

Todos los sucesos que como venía diciendo aquí acontecieron, ya los iremos viendo a lo largo de los fríos meses del año invernal, pero no quiero despediros hoy sin subrayar algunos detalles que no pueden quedar empañados por la bruma de una explicación inconsistente, o algo difusa.

Se encuentra el trono de La Reina, como ya he dicho, precedido por una gran escalinata de mármol, más frio que las aguas del mar circundante, y más tenebrosas que los brumales que envuelven la oscuridad de la madrugada, aunque me parece más acertado decir que es más probablemente como; aquel muerto que con sus fríos dedos se aferra aún tozudamente a su bolsa.

Es necesario para llegar a ver siquiera el pie de tan monumental  ascensión, atravesar una suerte de estancias, salas y salones plagados de un mobiliario que supuestamente y según todas las observaciones, respira. Sí sí, que respira textualmente, y se mueve también de forma silenciosa, cambiando su disposición según quién sabe cómo o a la voluntad de quién… si al criterio de la propia reina, o del estado de ánimo del propio aderezo del lugar.

Una vez estuve allí, y fui prolongadamente perseguida a través de salones y estancias por las cuales a lo largo de mi tránsito, podía escuchar claramente; cuchicheos, jadeos, murmullos y susurros. Grandes estanterías de libros, mesas de por lo menos veinticuatro comensales y toda una serie de enormes asientos, armarios, butacas y sillones se lanzaron tras de mí en lo que se convirtió, mientras me hallaba presa del terror algo tensa, en una persecución que terminó de una forma, bastante inesperada. Pues, es la calma y el tino el único secreto para franquear todas esas estancias con éxito, pereciendo a la primera oportunidad, si es el pánico el que toma las riendas de tu destino.

Hay salas en lo que podríamos llamar -más no es muy acertada denominación-, “palacio” de la Reina Valaria, que esta ha ordenado llenar hasta tres pies de altura con tierra traída nada más y nada menos, que de las zonas cambiantes. Incluso se comenta que hay un enorme salón de baile al completo, colmado hasta los dinteles superiores de las altísimas puertas con esta misma tierra, traída desde las  mencionadas regiones, pero concretamente de las de occidente -por todos reconocidas como las más peligrosas- y de las cuales solo tres criaturas se conoce han regresado alguna vez, para contar lo que nadie, absolutamente nadie, ha podido jamás entender pese a sus ilustraciones.

La razón de estas estancias tan características y la circunstancia en ellas de la existencia de tierra de las zonas cambiantes, ha dotado al, llamaremos nuevamente con delicadeza; “palacio”, de un aura inexplicable de maravillosos portentos y de una sucesión de características bastante difíciles de explicar con palabras, más si sois aventureros tened cuidado,  pues allí nada es lo que parece. Y es precisamente esta última y categórica afirmación en lo que resulta este aparente nimio detalle. En el palacio que rodea al trono de La Reina Valaria, siempre sucede lo que no es, y lo que no es cierto allí resulta que es verdadero, de tal manera que nada de lo que acontece, es lo que nuestra razón o nuestro instinto nos aseguran que bien pudiera resultar acertado.  -Espero haberme explicado con claridad…

Tanto es así, que allí la expresión más utilizada suele tratarse de: ¡no puede ser...!

A mí sin embargo… lo que verdaderamente me intriga, no es el suceso ya de por si paradójico, de la existencia de una pequeña muestra de lo que conforma a nuestras zonas cambiantes, se encuentre en las estancias que anteceden al espléndido trono de la Reina Valaria. Y no quiero extenderme no.

No es este detalle lo que más me intriga...

Lo que conforma una verdadera incógnita, produciendo que hasta pierda el sueño envuelta en estos pensamientos, es el modo o la manera por la  cual, lograron transportar esa materia y de paso, quienes fueron  aquellos que realizaron tal hazaña, pues solo llevar una pizca de esta sustancia en la bolsa, puede enloquecer a la criatura más simple, arrastrándola a una serie de contingencias y acontecimientos por causa de tan extraño cargamento que, todas las historias más inverosímiles que conocemos, parecerían a su lado cuentos para niños.

Sin olvidar sin embargo que, en los cuentos para niños usualmente se suelen contar más verdades que en cualquier otro relato. Pues mantienen en esencia, la verdad más pura que subyacente, se esconde en la vida diaria de las gentes, perdiéndose en el corto y amargo sendero del crecimiento, y que paradójicamente, solemos denominar: la verdad.

Edanna

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