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El día del luto

El bramido de un cuerno resonó por tres veces durante el ocaso, abajo, en el valle.

Inmediatamente las mujeres dejaron sus útiles de labranza en los campos, abandonaron los lavaderos, tan perfumados con las lilas recubriendo los muros por donde sobresalían los caños de agua,  y cerraron sus puestos cuajados de todo tipo de bálsamos para, de forma apresurada, encerrarse en sus casas junto a los hombres, cansados de la dura jornada de trabajo en las murallas.

Antes, más con prisa que con ceremonia, prendieron fuego a las grandes piras funerarias que habían sido ya dispuestas días antes, donde el rito sí había tenido el tiempo suficiente para deleitarse en todos sus delicados detalles. Sábanas de encaje, mortajas tejidas con hilo fino de poniente, perfumes, brezo, vainilla y espino, recubrían las carcasas de arcilla que habían preservado los cadáveres durante semanas, hasta la llegada del Día del Luto. En su víspera, se llevaban a cabo los ritos funerarios de todas las seis novenas consecutivas, antes y después de ese día.

Sobrevino entonces la temida jornada que yo esperaba desde hacía horas sin pronunciar palabra, aturdida de un dolor tan grande en el corazón que jamás había conocido hasta aquel momento; un instante que maldije para siempre.

Llegó la noche y un frío se enseñoreó de toda la tierra. Durante toda aquella noche y toda la jornada del día siguiente, el mundo permanecería a oscuras toda una jornada. Era entonces cuando las gentes, atemorizadas, se refugiaban en sus casas, temerosas del día en honor al único mandato que la tierra había impuesto sobre el mundo, al principio de los tiempos, y que había sido quebrantado una y otra vez.

Sentada en una esquina y apartada de nosotras, en la pequeña cabaña, Erynn entonó un canto en la lengua antigua, un canto que hablaba de historias de héroes del pasado. Mientras que con su mano derecha se cubría el rostro, con la izquierda tocaba el suelo, escuchando a la tierra y cantándole cuentos a través del delicado sonido de sus susurros.

En sus palabras hizo referencia a su madre; pero yo sabía que su madre ya jamás nos escucharía.

La mujer carnero dormía plácidamente en un jergón de paja, emitiendo ronquiditos que me hicieron esbozar una sonrisa. Se atusaba las orejas en sueños y murmuraba incoherencias, con una enorme sonrisa en sus labios. ¡Cómo envidiaba a Deegan!, siempre tan feliz, tan divertida, tan despreocupada y muy probablemente, siempre soñando con zanahorias...

Envuelta ya en las tinieblas, escuché el rumor del fuego avivado por el viento y el seco estruendo de la arcilla, medio húmeda, al reventar por el calor de las llamas, allá, sobre las piras funerarias. El fuego lamía los cadáveres putrefactos en sus mortajas de arcilla y el aire se estremeció desde el nordeste, quejándose por no haber recibido la frescura de la tierra, a la caída de Lugh y su Jareth.

La cicatriz de mi rostro latía lentamente, recordándome con cada sonido amortiguado, el seco dolor de mi garganta abrasada. Aún hoy siento el olor dulzón en mi rostro, al traerme alguna brisa cruel la esencia de las cenizas de mi amado. Pues allí ardió el que fue mi esposo, amante, amigo y el señor de todo mi corazón durante muchos años; el que iluminó con su semblante al sonreír, las oscuras oquedades de mi vida.

Y la noche en la cual el viento dispersó sus cenizas, en la pira funeraria, lo recordaría cada día como si hubiese sucedido siempre aquella misma mañana, pues sentí como mis propios huesos ardían con él, trayéndome el recuerdo de un viejo cántico funerario, tan antiguo como el tiempo, tan antiguo como el mundo, y que aún se recuerda en el oeste.

“Un fuego arde en la Tierra del Espíritu del Ave,
en la Tierra del Espíritu del Ave yace mi amado.
Una tormenta azota la Tierra del Espíritu del Ave,
dispersaré a las negras aves carroñeras.
Velaré sobre los restos y cenizas de mi amado,
estaré con él en la Tierra del Espíritu del Ave.
Un fuego arde en la Tierra del Espíritu del Ave.
Mis huesos arden.
Allí debo ir.”

Yo no podía imaginarlo entonces pero, ya en mi corazón nada volvió a ser igual y, ya jamás volvería a casarme.

 

“El trono de la reina Valaria”
Edanna

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