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El son de tus alas (III)

Dyss, sello general

Nadie conoce mejor el castillo que su propio dueño, así que con gran habilidad se aproxima hasta la muralla, ocultándose, y que escala con facilidad. Al llegar a lo alto a un adormilado soldado sorprende al que, de un puñetazo, la mandíbula le rompe como escarmiento. Bajando por el torreón cruza los pasillos hasta el cruce de las galerías, donde una vieja y espantada criada da un grito al verlo, que el ahoga de forma brusca tapándole la boca, con tanta fuerza que por poco la mata. La mujer desmayada no puede ver como girando a la derecha, hacia los aposentos de la reina, Cromwall, ahora dirige sus pasos.

Ghost girlPero todo cuanto anhelaba encontrar no es lo que esperaba pues los jadeos a través de la puerta, sin dificultad, el señor percibe de forma clara, inconfundibles.

Entreabriendo la puerta allí ella está, recibiendo entre sus piernas al capitán del destacamento, con tal ardiente pasión que con él jamás recordara. Ni en sus manos ella gimió así de placer, sobre ella. Y él, en su pasión, la llegada del señor del castillo tampoco ha advertido, para su propia perdición.

Desprendiendo entonces una lanza de adorno en la pared, furioso, ¡fuera de sí!, con un terrible grito a los dos atraviesa; perforando hueso, carne, músculo, y pasión ¡con fiereza!

Con tanta fuerza que empala a los dos que allí, el uno en el otro, ahora en la pasión del amor así se reciben; atravesando las tablas de la cama y contra el frío y duro suelo; con la misma lanza que una vez usara para cazar su primer jabalí, que junto a todos sus trofeos, en el gran salón, allí se exhiben.

Perforando el piso de durísima piedra hasta enterrarse a un palmo del refuerzo, quedando allí clavada entonces, mientras él jadea por tal tremendo esfuerzo; empapándose cama, sábanas, cuerpo, piedra y lanza, quedando como un recuerdo, con el destilar de la sangre de los dos amantes que en su imprudencia, allí les diera caza.

Emitiendo un rugido corre entonces por los pasillos y mata a golpes a algunos criados que, presurosos, acuden a ver qué sucede; les rompe el cuello con sus manos en un acceso de cólera, haciendo crujir las vértebras en un sonido que hiela la sangre en las venas; y ordena, a voces, que sellen los accesos, puertas y ventanas ¡todo!, ¡todo maldita sea!, de la habitación de la reina, que con ladrillo y mortero la cieguen; y que nadie ose tocar los cuerpos, pues, tal como están así para siempre se han de quedar, si no quieren terminar todos igual, empalados como su señora.

Aquella habitación será ahora pues su ataúd, y sobre ella, su amante hará las veces de mortaja; el castillo, su monumento fúnebre, y como única plegaria, lo que tenga que venir mañana; para recuerdo de todos los que respiran bajo el sol, mientras él..., así lo permita.

El tiempo transcurrió entonces, tan lento; lento cuando saboreas todos sus versos; rápido cuando no eres consciente que la vida se escapa sin saberlo, a través de los resquicios de la aurora de tus pensamientos.
Cromwall se fue marchitando; él, que siempre fue el primero en reír y el que más alto siempre lo hacía; él, que había tomado siempre todo cuanto se puso en su camino; él, que siempre tomó cuantas mujeres quiso, y la hembra, no se trataba más que de un pasatiempo.

La femineidad no significó para él nada más que un higo que exprimir y al que sacarle todas las pipas pues nada más que un fruto era, de los muchos puestos allí para el hombre por la misma tierra.

El gran señor lánguido yace ahora, siempre solo, en el salón al que ni sus perros quieren acompañar por la extraña locura que aflige al rey desde aquel día siniestro.

Sus perros huyen espantados ante su apariencia, y de manera especial ante la otra presencia que perciben, que huelen, que sienten, que eriza sus lomos; pávidos de terror absoluto; un terror antiguo que recuerdan en los rincones de la memoria que han heredado de sus ancestros.

Sus hijos, espantados, se han marchado a lejanas tierras, a cuidar de sus propios asuntos y a su padre no quieren volver a verlo jamás.

Ahora Cromwall solitario siempre parece estar, hablando y maldiciendo; en las largas horas, en su salón al que ya ni sus perros visitan, se le escucha reñir con lo que todos creen es el fantasma de la reina que ha vuelto para torturarlo. Día y noche las pasa solo, sin ver a nadie, constantemente discutiendo consigo mismo o  hablando con el ánima que, muy probablemente, ahora siempre está junto a él para mortificarlo.

Pero la verdad única sólo él la conoce pues, la presencia siempre le acompaña desde aquel día que una sola nota le arrancara a aquel extraño e inútil instrumento.

Directamente a ella jamás la percibe; solamente por el rabillo del ojo, en muchas ocasiones, atisba lo que parece una hermosa mujer, muy joven, casi como una niña. No es muy alta y es extremadamente delgada, como un ánima; pálida, como una aurora de nubes de otoño. Pálida, como la vida de una mujer que perdió a todos sus hijos; pálida, como un campo gris bajo los cadáveres de un campo de batalla. Pálida como un mundo sin sol, en una noche de luna vestida de mortajas.

En las raras ocasiones en las que aún monta a caballo, las blanquísimas manos de ella rodean su cintura, que él siente apretándose junto a su cuerpo mientras percibe su perfume extraño y áspero como el jengibre; notando las manos delicadas, pequeñas y gráciles; unas manos de gorrión que podría aplastar con un puño.
Podría matarla con una sola mano cien veces seguidas.

Allí sus manos pálidas se aprietan a él, a su señor, unas manos de niña, blancas como los amantes empalados en la habitación de la reina, ya devorados por los gusanos en el dulce aroma de las largas estaciones de primavera, cuando los pétalos revolotean frente al reciente muro de ladrillos que tapian las ventanas, tras los cuales, la carne de ambos se pudre lentamente bajo las sedas, las vestiduras y las botellas de todos sus perfumes, en el transcurrir de todos aquellos tan hermosos días con sus noches.

Nunca habla, nunca dice nada, nunca se escucha el siseo de su respiración; sólo un frío gélido, como una larga estación de invierno que siempre, a su lado, le acompañase.

Cuando duerme la siente a su lado, apretándose junto a su torso, depositando aquella dulce y delicada mano, pequeña, blanca y fría sobre su pecho musculoso, buscando protección, buscando todo su amor con anhelo, con deleite; pero sin pasión.

Él entonces despierta dando un alarido, se retuerce, se agita, emitiendo un lastimoso gemido, como quién quiere quitarse una araña que recorriera su piel, con asco y repulsión; bañado en sudor, Cromwall, ya jamás descansa.
Por primera vez desde que era niño a veces solloza pues al despertar, a su lado, el siempre solitario espacio en donde no hay nada es cuanto le acompaña. Ella sólo aparece por su visión periférica, tan niña, tan hermosa y tan extinta, como una madrugada de frío invierno.

¡Ahora el señor gime!, grita en la noche, ahora solloza, y ahora ¡vuelve a gritar! Gimiendo maldice, jura mil veces matar a todo hombre y mujer que se cruce en su camino. Injuria a todas las maldiciones del mundo que por qué aquella se adueñó de él, convirtiéndose en su dueña.

Durante las largas horas en el castillo resuenan sus alaridos, en las largas horas de madrugada, durante todas las largas horas de la noche...

Los criados, asustados, se esconden en sus sórdidos huecos, bajo sus mantas y sus pulgas, y el miedo del terror es lo único cuanto ya florece en los antiguos jardines de la reina; ahora rodeados con el verdor de la naturaleza cuando se le desabrochan los leves cordones que encierran la blusa donde guarda los tesoros de toda aquella primavera.

En un lugar de terror a su castillo el señor ha convertido.

Algunos soldados comienzan a escapar y muchos hombres, antes leales, ahora prefieren poner tierra de por medio; a éstos le siguen los criados, pajes y artesanos de la gran casa del gran Cromwall “dientes blancos”. Así, ésta, comienza a corromperse como los cadáveres que yacen en la tumba de la reina. Él, dándose cuenta, a todo hombre maldice, y jura mil veces que como lo atrape, la vida le arranca de un sólo golpe, les dice. Pero el miedo se ha apoderado ya de todos los corazones en una gran desazón, así pues, no consigue evitar que a lo largo de aquellas semanas un enorme conjunto de hombres deserten, abandonando a su señor que, creen, ha perdido por completo la razón.

Continuará...

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna

 

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El son de tus alas (II)

Dyss, sello general

[...] No tardó en hallarlo. La narradora eligió un pequeño promontorio junto al cauce del río, con una gran piedra que las mujeres habían estado usando para golpear la ropa mientras lavaban. Resopló un poco el lugar donde iba a sentarse, sacudió con un gran pañuelo otro poco más —en un gesto de cuidadosa preocupación por la suciedad— y procedió a tomar asiento, cruzando las piernas, con la espalda recta, el cuello levantado y la mirada al frente, al fondo de la audiencia allí reunida. 

Dama fantasmaSe hizo entonces un completo silencio, quebrado en ocasiones por el graznido de unos cuervos distantes, el crepitar de los fuegos encendidos y un leve rumor de la brisa. Permaneció en espera unos instantes hasta el momento en el que, con un delicado gesto que hizo que la gente contuviese el aliento, posó la palma de la mano derecha sobre la roca mientras que con la izquierda se cubría el rostro. Según cuentan, las narradoras entran así en armonía con la consciencia del mundo —algo que requiere de una gran preparación—, escuchando y susurrándole a la vez a la tierra las historias que ésta siempre anhela escuchar pues, en Dyss, a la tierra se le rinde homenaje contándole historias. Por otra parte, con la mano izquierda ocultando el rostro, impide que los gestos y expresiones de su auditorio distorsionen las historias, depositadas en su memoria desde que son apenas unas niñas.
Había escuchado que muchas se solían pintar también el rostro, para separar aún más su propio “yo” del de su audiencia, pero ella parecía prescindir de aquella costumbre.

Así, mediante una voz algo grave pero bien modulada, una voz que parecía provenir de alguien de más edad que la que aparentaba aquella chica, la narradora de la vida comenzó a recitar:

Cromwall “Dientes Blancos”

¡Eran los tiempos de un señor de la guerra lo que esta historia nos muestra!
¡Por su  insensatez, los gobernantes siempre a su pueblo heridas le inflige!
¡Por la violencia, que le abandone la gloria por sí mismo él elige!
¡Y el porqué la codicia al hombre de razón lo privó, este cuento demuestra!

¡Cromwall, señor de la guerra, de fieros guerreros poseía una hueste!
¡Tras de sí sólo deja destrucción, pillaje, dolor, muerte y violaciones!
¡Que por aquel entonces toda la estación tuvo, aquí, en el oeste!
¡Ricas tierras se anexionaron, sin sufrir pérdidas ni hacer concesiones!

¡Ya asoló la región, y a su bien armado castillo a sus hombres dirige!
¡Portando todos los tesoros que los hombres por la violencia tomaron!
¡Tiaras de oro robadas a través del dolor, con piedras preciosas su tesoro refulge!
¡Tesoros teñidos con la sangre de todos aquellos que tras de sí dejaron!

¡Escuchad todos, la historia de Cromwall, el de los dientes de invierno!
¡Cuyas insensatas acciones privaron, por siempre, de su cordura!
¡A un hombre que todo cogió y por la fuerza tomó, durante su gobierno!
¡Que aquí en el oeste, su maldición, en la memoria aún perdura!

Treinta y cinco años Cromwall ya vivió, por su propia mano, un reino y diez castillos por aquel entonces ya había obtenido; por todo ello, satisfecho se sentía; cuatro hijos que la reina ya le ha dado, y seguro estaba de que todos en alta estima le tenían. Castillos de gruesos muros, amplias caballerizas y despensas que bien provistas siempre están.

Eran los tiempos del invasor y de su presa, cuando un único varón en estas tierras entonces siempre gobernaba. La mujer nada era entonces y vivía sometida a sus designios. Eran los tiempos en donde todos los pueblos al oeste del gran mar afligidos se hallaban, matándose los unos a los otros con hierro afilado.

No había perdón entonces, no había cuartel, pues sediento resulta el hombre de hartarse siempre de distinciones, mujeres y riquezas.

De la nada llegó Cromwall y en rey se convirtió, pues los ricos tesoros un trono compraron y mediante la punta de su espada los tratados, firmados con sangre, así quedaron.

Cromwall, “dientes blancos” lo llamaban pues, de todos, es el único que mantiene una dentadura perfecta, sin faltarle una pieza, blanca y brillante, tan raro resulta esto en nuestros días. Su blanca dentadura leyenda resulta en la región, símbolo de su bravura, y piensan que su poder allí guarda cuando ríe a la vista de todos.
Un hombre sano y fuerte es, pero más fuerte resulta su ambición, que a sus dos hermanos mató para asegurarse un señorío, un reino y diez castillos. Con mano de hierro Cromwall gobierna, y con sus propias manos a quién le ofende lo mata. Arrancándole la quijada y colgándola del tapiz a su derecha, en la sala de gobierno deja, como trofeo. Nadie osaba retar al más fuerte. ¡Cromwall es poderoso!

¡Oh¡ ¡Pero qué negro es su corazón!, que hombres y mujeres, en secreto, a sólo él maldicen en las noches oscuras; desde los más sórdidos rincones hasta las blancas sábanas de encaje de la más alta cuna.

El único amor que posee es para sus perros, si es que algo de eso habita en su corazón. A ellos destina las mejores piezas del festín en la sala del trono mientras, para divertirse, arroja inmundicias a los esclavos para que se maten entre ellos; a la vista jubilosa de todos en el gran salón donde juntos brindan, ¡a la salud de su señor!

Era un hombre de corazón negro, que vivía en un negro castillo, en el corazón de la tierra que mató a todos sus ancestros con el hierro forjado de sus parientes. A su propia madre estranguló en lo alto de la torre, arrojando su cuerpo al pie de la muralla; un crimen por el que aún habrá de pagar lo que por cien veces cien ya él por su mano ha tomado. Pues todo cuanto desea lo toma siempre sin dar, todo, a cambio de nada; olvidó que, todo cuanto despojaras de la tierra, a la tierra habrás de pagar, para devolvérselo, ¡y si de poder se trata!, ¡la deuda siempre será por triplicado!

—¡POR TRIPLICADO HABRÁS DE DEVOLVÉRSELO! —Corearon entonces todas las gentes que se encontraban allí reunidas.

Cromwall de los dientes de invierno y sus hombres, de hacer la guerra volvieron un día. Exultantes de júbilo a sus juglares obliga a contar sus hazañas mientras diez cuartos de buey a cada hombre promete. A lo lejos entonces, un castillo en el horizonte divisan cerca ya del ocaso. Extrañados, pues no recordaban que en la zona hubiese construcción de aquel tipo, ordena a sus hombres a hacer un alto, mientras que un grupo se acerca a explorar.

Un castillo que parece estar abandonado, como si de repente todas sus pertenencias los habitantes hubiesen allí dejado atrás, piensa, asustados ante la visión de los guerreros de su hueste.

Efectivamente, el castillo nadie lo habita, con signos de que todas las almas que allí había hubiesen, de repente, desaparecido. No se pueden creer tanta suerte y, con júbilo, allí exclaman: “¡Somos merecedores de los regalos de la fortuna!”, pues piensan, por ser los más bravos guerreros que la tierra jamás conociera, que por tal distinción los recompensa el destino.

Así saquean el castillo, llevándose buenos arreos, mucha plata, cueros bien trabajados, armas, y hasta oro que encuentran en los arcones junto a valiosas telas, traídas del este lejano.

Cromwall, ufano, con sus hombres el castillo por completo recorre, hasta dar con una habitación ricamente vestida de tejidos y tapices, vestiduras de adorno, como si a una mujer perteneciese.

Al entrar, un aroma lo embriaga a pesar de ser hombre rudo; un perfume destila el recuerdo en aquel dormitorio por una, su antigua dueña. La que allí habitaba, un día, cuando la remembranza de lo que significa la palabra esperanza aún existía.

Sobre la colcha de una hermosa cama con dosel, reposa una extraña y sencilla flauta que Cromwall, curioso, toma en sus manos. Se trata de un exquisito instrumento de un solo agujero y unas extrañas tallas a lo largo, de exquisita factura. Con un breve soplido una nota es cuanto el instrumento emite, lo que al rey le hace gracia pues inútil resulta una flauta de la que sólo una nota puede brotar. Una leve brisa estremece entonces los tapices y las telas que, livianas, penden de vigas, paredes y ventanas, y es en ese momento cuando el perfume se disipa.
Arrojando el pequeño instrumento, sale pues de la habitación, no sin sentir antes un escalofrío, como si ahora de forma repentina, una cercana presencia estuviera ahora siempre observándole.

Volviendo al camino a la mañana siguiente, la hueste, continúa su viaje. Ahora el señor perturbado parece estar siempre. La jornada transcurre con el rey algo nervioso; su caballo, intranquilo, no deja de dar coces. Tanto es así, que llega el momento en el que tiene que cambiar de caballo por tres veces. Una de ellas, por la furia, de un golpe casi deja muerto a la bestia en medio del camino. Nerviosos también ladran sus perros alrededor, incesantes.

Los hombres piensan que un mal presagio aguarda.

El señor los ignora, pero continúa incómodo pues, desde aquella habitación perfumada, la presencia que siente la nota constantemente alrededor. ¡Oh!, pero, durante un momento de duda y asombro —y sin que nadie lo note— se espanta al notar que unas delicadas, pequeñas y muy pálidas manos alrededor de su cintura siente como le rodean, estrechándose junto a él, a su espalda; aquella presencia es entonces cuando piensa que constantemente ahora le sigue pero, controlándose, a su hueste ordena avanzar, y su viaje prosigue.
Mantiene el ánimo bajo durante todo el camino; extrañado y de mal humor parece el rey al que, sin embargo, nadie osaría molestar. Pero su talante mejora al aproximarse al castillo donde ahora su mujer espera, ardiente, la llegada de su señor para así cumplir con sus obligaciones.

En la gran casa ya deben haber avistado la hueste y los calderos piensan que habrán puesto en el fuego con la carne a hervir, los ricos manjares en los asadores llameantes dando vueltas, para cuando así lleguen los hombres un festín poder celebrar, alabando así a su señor, por traerles tanta abundancia y el placer de poder tomar cuanto se les antoje.

El señor entonces tiene una idea; se aproximará al castillo a escondidas, para dar un buen susto a sus sirvientes y soldados, tomarlos desprevenidos y así darles un escarmiento en caso de no cumplir con sus obligaciones. Ver de primera mano cómo se van resolviendo sus asuntos mientras está ausente de sus posesiones y si todo se cumple como él ha ordenado. Le parece buena idea para a su mujer también sorprender pues esperándole, nerviosa, se la imagina, ordenando que todo esté bien dispuesto para la llegada de su señor. No desea hacerla esperar pues tras sólo haber andado entre criadas y campesinas, ya ansía de nuevo una piel clara y noble.

Continuará...

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna.

 

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Extracto de un verano

Casa en Saint SauveurA la luz del ventanal del ala oeste pasan las tardes Sarah y Kebetta, preparando meriendas para sus mejores amigos de trapo.

Sarah, rubia y pecosa; Kebetta, morena y delicada, con una gran mancha oscura en su falda listada de bandas azuladas.

Ahora juegan más tranquilas ya que Sarah no se enfada tanto con Kebetta, e incluso ¡es más divertido! Pues cuando Sarah alarga su mano para tocar a Kebetta, ésta sólo encuentra el aire, igual que sucede cuando pretendes agarrar el fino polvo que flota en el rayo de sol que entra a través de la ventana; o cuando pretendía coger la nube de harina que se formaba cuando mamá preparaba el pastel de Acción de Gracias.

Este nuevo juego es algo que las divierte especialmente.

Es su risa ya parte entrañable de la casa al igual que el delicado cuerpo de Kebetta, que yace con la boca repleta de bolas de alcanfor, y que Sarah, de forma diligente, y canturreando una cancioncilla, había escondido cuidadosamente en el fondo del armario, el de las escobas.

Ése, que se encuentra bajo la escalera...

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