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“Rol” Integrated Life: decoded (1.0)

Aunque en algunas ocasiones me lo había planteado, nunca me ha apetecido demasiado escribir artículos sobre juegos de rol, sus técnicas, dirección, sobre opiniones o consejos —tan de moda en los últimos años—, sobre la dirección de partidas o sobre juegos concretos.

No sabría decir muy bien porqué, además de la inseguridad propia del no saber si todo cuanto pueda yo decir o no, le puede servir a alguien. Sin embargo, en su momento busqué mucha información al respecto, resultando este tema una de mis prioridades de indagación. Claro que, hace un tiempo tal información no era muy común, al contrario que ahora, que consejos hay por todas partes; algo de lo que me alegro, no me vayas a malinterpretar.

Yo inicialmente creé este blog para mis textos, mis preferencias y mis comentarios en cuanto a ciertos productos culturales, dejando el rol para mi grupo de juego, mis amigos, mi gente y mi entorno personal. Llegó a ser conocido un tiempo en su área de entonces, y me dio bastantes alegrías, pero la dedicación plena a un blog día tras día es algo que sólo se puede mantener un tiempo pues las circunstancias lo hacen muy difícil de llevar, y si aún así se intenta, el agotamiento termina por situarse en primera línea.

Por otro lado, el ambiente rolero admito que me parecía algo hostil (ni te imaginas lo que me he contenido) por aquel entonces, en ciertos círculos; apreciaciones mías sí, pero basada en experiencias y fundamentos. Actualmente, hay aproximaciones y tratamientos sobre ciertos temas que siento algo más abiertas al debate. También me da la impresión que ello es debido a la proliferación en inglés de blogs del mismo tipo. Puede ser también que mi experiencia se haya forjado a base de pura mala suerte en cuanto a todo lo que he comentado.

En la blogosfera hispana han surgido en los últimos tiempos una cantidad de blogs sobre rol que, la verdad, me sorprende. Desconocía el estado de la afición que, hasta no hace mucho, se solía congregar en portales y determinados foros. Por otro lado, revolotea el mito de que la presencia de los aficionados en los sistemas digitales es una muestra de la afición, algo totalmente falso —y que ya se ha comentado en otros blogs— pues muchos jugadores y aficionados no sienten esa necesidad de estar “consumiendo” tales medios.

En los últimos tiempos han surgido productos muy interesantes, ya sea desde compañías establecidas a productos de la misma afición. En muchos casos ha sido el estado de la afición lo que ha creado necesidades y que algunos han aprovechado. El ejemplo más claro es el movimiento old-school, una reacción, más que un deseo de usar los viejos reglamentos, a una forma de jugar que muchos, con terror, creyeron que iba a desaparecer, intercambiada por productos enfocados hacia hacer dinero (o sea, estilo Magic).

En ese sentido es realmente interesante cómo reaccionó la afición —en muchos casos de forma algo extrema, lo cual es normal pues este tipo de reacciones funcionan dando bandazos— y que ha llevado a Wizards —y muchas otras— a replantearse el estado de la comunidad y a cómo enfocar los productos que ésta desea. No es ningún secreto que el movimiento old-school refleja una serie de necesidades a los que no se les puede dar la espalda. Los míos también, faltaría más.

Hablar de una afición o de un hobby, citando a la princesa Irulán —que todo buen aficionado ‘odio el término friki’ conoce—, resulta un comienzo que como mínimo resulta: “Un término muy delicado”. Para mí, hablar de gustos, maneras de jugar o de sistemas de juego es como hablarle de pescado a una persona que no puede ni ver los melancólicos y vidriosos ojos de un salmón sobre el hielo de la pescadería. Intentar comentar las requetebondades del sistema “AT&T” a uno que odia la mayonesa es como pretender convencerle de que se trague dos buenas cucharadas de ensaladilla rusa. Resulta absurdo.

Por tanto, de siempre, me he centrado más en ideas para mis partidas, en mundos que soñar, historias que contar y príncipes con redecilla a los que moler a palos. Para de nuevo, tener la sensación amarga de que lo que me interesa sólo es asunto de mi canario, mis gatos y yo. ¿Inseguridad? ¿Aislamiento? ¿Visión sesgada? ¿Quizás hay que tener sentido del humor, como en algunos buenos blogs que llevo leyendo ya algún tiempo?

Bueno la respuesta la sé, es una cuestión de habilidades comunicativas y de dar con temas que interesen.

Después, en mis largos días y mis eternas noches de insomnio, un mal que padezco, personas cercanas a mí me han asegurado que tengo algo que contar después de arbitrar más partidas de las que puedo recordar, de haber metido más gente a esta afición de la que sé contabilizar con un ábaco de Ikea, y de haberle enseñado a unos cuantos cómo se limpian los dados y se cargan con los cartuchos de la enmarañada suerte, único dios de este mundo junto a un buen puñado de habilidades y de sentido común.

¡Vaya! Hace más o menos un año, decidí aportar mis granitos de arena a la afición, quitarme el velo y rezar un rosario en la mezquita en voz alta. Por ello me animé con el módulo de “Ella” —que puedes encontrar a la salida, al fondo del teatro— y comencé a transcribir algunos de mis textos, yendo un poco más allá de mis otros intereses; en muchos casos textos con elementos construidos dentro de la narración que toca asuntos algo personales pero, ¡anda!, ¡si resulta que por eso mantengo un anonimato a rajatabla!, ¡por lo de los textos personales!

Sin embargo tuve mala suerte, la peor enfermedad, esa que nadie quiere tener, asoló las regiones de mi existencia, por dentro y por fuera. Sólo ahora empiezo a caminar para ir trastrabillando y que si comento es como un asunto anecdótico y más bien de carácter informativo; y no hay más que hablar sobre el tema. Por ello, el volver a recuperar mi querida web fue un deseo interno que se mantuvo mucho tiempo, allí, en lo profundo; algo que anhela convivir con la creación y sacarla a que tome el aire.

Dicen que los blogs no son más que un ejercicio de puro ego. Esto en parte es verdad, y en parte es mentira, y en parte, ¡es verdad absoluta! Un ejercicio de puro ego es quedarse corto; es poner una caja en el parque, subirse y ponerse a hablar, pues obedece a una necesidad de tener algo que decir pero que también, en muchos casos, forma parte de un deseo de atención. Eso es lo que diferencia a los buenos comunicadores de los malos, a los buenos blogs de los pésimos y a los malos humoristas que intentan reírse de los demás de los geniales que consiguen reírse con los demás. Comunicar sí, muchas veces es hablar y hablar sin decir nada, y por ello, una experiencia devaluada en nuestros días. Pero otras veces consiste, de manera simple, en una magia que proviene de la actitud de compartir. Porque compartir es una actitud.

Precisamente, es la comunicación el poder compartir ideas. Un don maravilloso que nos hace únicos y un don en el cual hunde sus manos nuestra afición hasta sus mismísima raíces pues, jugar al rol no es otra cosa que emplear la comunicación como un juego; se trata de jugar con la comunicación misma.

A estas alturas ya te estarás preguntando qué demonios es lo que pretendo decir con todo esto, bueno, en realidad ya lo he dicho. Todo cuanto conozco de la comunicación sé que, en nuestros juegos, puede resultar muy útil. No se trata del acto en sí de comunicar, se trata de lo que comunicas y de lo que pretendes con esa comunicación pues, lo que lo hace especial o lo convierte en una tribuna desde la cual no se dice absolutamente nada es la actitud que se tiene a la hora de hacerlo.

La actitud, algo que se olvida en muchas ocasiones. La actitud para contar lo que quieres y para expresar lo que deseas; la actitud para comprender y evaluar; la actitud que permite comprender —tal y como dijo un griego hace ya muchos, muchos años y fue perseguido por ello— que no hay una única verdad, que cada uno tiene su propia verdad y todas son válidas como para merecer ser tenidas en cuenta y al menos, evaluarlas. Hay algunas que no, por supuesto, pero por eso mismo empleamos el sentido común y establecemos prioridades ante verdades que perjudiquen a los demás.

La libertad de expresión de tales verdades, y los límites en cuanto a esa libertad se han confundido, se confunden y se confundirán tantas veces, con tanta frecuencia, que no dejo de escandalizarme día tras día. Por ello, mi opinión es mía y sólo mía; podrás despreciarla, podrás mofarte de ella pero sigue siendo mi verdad y, por lo general, las personas se irritan ante las ideas que no consiguen compartir con los demás. El ejercicio de superar esto forma parte de la educación del ser humano y de los prototipos de pequeños humanos en las que consisten las personas durante su infancia e incluso, su adolescencia; experimentando, cometiendo errores de los que poder sacar conclusiones.

En algunos casos el rol puede ser un ejercicio también para la vida, nos puede ayudar a ser mejores. Sí, lo has oído bien, tratar de ser mejores.

Yo sostengo, con absoluto convencimiento, que nuestro objetivo debe ser siempre el tratar de convertirnos en mejores personas —la razón ya la han dicho los existencialistas como Sartre y no lo voy a explicar yo mejor que él—, y el rol, me ha ayudado a hacerlo.

Por ello, dirigir el juego yo lo veo como un servicio hacia los demás. Una entrega que permite liberarse, pues al olvidarse el individuo de uno mismo de repente cesan todas las preocupaciones. Piénsalo, nos irrita que nos molesten, que nos digan que hagamos esto o aquello o que los demás nos lleven la contraria. Es cuando aceptas ayudar a otro, sin esperar nada a cambio, cuando en cierto modo, durante un tiempo, eres libre. Libre de ti mismo y de todas las imposiciones que tu ego impone.

Pues somos esclavos de nuestro ego.

Cuando comencé a jugar, veía el juego como una forma de sorprender, de poner a mis amigos en situaciones, de asombrarles, de provocarles una emoción, diez, ¡cien!, de asustarles, de aterrarles o de hacerles reír o llorar. Pero tras todo ello estaba mi ego, buscando una recompensa. Lo veía como una forma de ponerles a prueba, de enfrentarlos a mí o de intentar sorprenderles de alguna forma.

Sólo cuando acepté que lo realmente importante no eran ni el reglamento ni el desarrollo de las aventuras, ni las mecánicas ni las recompensas, fue cuando me di cuenta de que el sentido que le veía yo a un director de juego era el de estar al servicio de sus jugadores. Un servicio que consiste en tratar de hacerles felices, que se diviertan y de hacerles pasar un buen rato. Todo lo demás, siempre desde mi punto de vista y sabiendo que a alguno esto le sonará demasiado místico, son elementos que están en segundo plano.

Habiendo dicho esto, sé que muchos lo tomarán como el tan taconeado consejo de “tomar fruta fresca antes de dirigir” del Manual del Dungeon Master II, de D&D 3.5, algo así como “con sorna” —que por cierto, ¡funciona!— y por lo que, por tanto, te estarás preguntando: “¿Entonces, ¡Oh, grandísima Edanna, cuya sabiduría no se conoció jamás en occidente! ¿¡Significa ello que he de bajarme los pantalones ante mis jugadores e incluir botes de vaselina en mis compras roleras!?

A lo que Edanna respondiere: “¡En verdad en verdad te digo que no. ¡Oh, grandísimo idiota como no se conoció jamás en occidente!” “Ello significa lo que significa, es decir, que lo importante es que todos se diviertan, no hay más, y si no, mira detrás”.

Por eso he aceptado de buen grado y con los brazos abiertos sistemas que se olviden de hacer sufrir a los jugadores o que los lleven a esos límites —muy del gusto de una parte de la vieja escuela— para, en vez de ello, buscar cosas que funcionen, que les permitan disfrutar y que les haga sentirse los héroes de una épica, y a ser posible, bonita historia, sin depender exclusivamente del caprichoso azar sólo porque otros digan que así es mejor y que esas son las auténticas raíces. Y mucho menos, de un ejercicio que ponga a prueba la capacidad interpretativa o la habilidad para desarrollar la belleza interior de un personaje oculto mientras controla “la movilidad de su lagrimal...” Arriba, abajo, arriba, abajo...

Tanto el sistema como la historia, siempre-desde-mi-puñetero-punto-de-vista-no-se-me-vaya-nadie-a-mosquear, debería estar al servicio de jugadores y del director, no los jugadores al servicio del puñetero reglamento y de sus aventuras.

Por ello he huido también un tanto de aquellos módulos gigaxianos hiperdestructivos y archidifíciles, aunque entiendo la diversión que hay en ellos, es más, los he dirigido, jugado, reído y ¿llorado? Pero es que para mí, no se trata de una prueba —algo que he visto en muchos sitios—, se trata de diversión entre todos, no de comprobar quién da la talla. Sinceramente, la tan alabada frase: “¡...y sin tirada de salvación que valga!” a mí lo único que ha conseguido es hacerme correr, dejando tras de mí una polvareda hacia el horizonte a lo largo de las ondulantes colinas. Lo malo del “frikismo” es que se sobrevalora todo, hasta las chapas de las botellas que se bebió Roy Batty.

Por tanto, mi consejo es: “Sé friki, actúa NeoGronard”.

Palabras las mías, que a los mayores les sonará obvias, pero que entre los más jóvenes, por lo que he visto, no lo son tanto; de ahí quizás este ensayo.

Hay muchos que piensan que el movimiento old-school es volver a la “mano dura” del rol cuando no tiene nada que ver con eso; consiste, a mi modo de verlo, en volver a darle importancia —debido al temor a que eso se pierda—, a una filosofía que poseían los juegos de hace años, más enfocadas a tratar de imaginar el entorno y las situaciones más que en pretender representarlas de modo exacto y sin dudas, reglamentadas hasta la obsesión, y dejando al mundo un poco más a la improvisación; entre —¡puf!— unas cuantas cosas más.

Bueno, esto choca de lleno con la eterna dualidad simulacionismo vs abstracción, pero eso es otro tema. Sin embargo en los reglamentos modernos hay elementos de la abstracción que deberían ser tenidos en cuenta y que no debería perderse, pues los antiguos reglamentos también pecaban de establecer un pastiche entre abstracción y simulacionismo que continuamente entraba en conflicto, contradiciéndose constantemente.

Yo lo único que pretendo pues, no es en pretender dar consejos, enseñar o dictar como pienso yo que deben ser las cosas. Lo que intento con este primer ensayo —si consigues leerlo claro— es simplemente tratar de dar mi punto de vista. Una opinión basada en mis experiencias y que alguno puede añadir a sus reflexiones.

La actitud es pues, lo que pretendo poner en el tamiz y filtrar lentamente haciendo de él café, a ver qué se puede extraer de este concepto y al que te invito a considerar, planteándote si has pensado en ello, o no..., o todo lo contrario.

Atentamente
Edanna

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Necesidades

Cuando a mi amiga Ana se enteró de que la pulsera de “Tous” tenía que ser comprada en un establecimiento autorizado, no dudó en coger su iPod, algunas gominolas y ponerse cómoda delante de las puertas de uno de los locales de la firma que hacía poco había sido abierto en un centro comercial de la localidad. Tras deleitarse y sufrir al mismo tiempo unas tres largas horas de cola, finalmente pudo adquirir la tan preciada joya. Una pequeña pulsera que de no ser por la forma de su osito característico no se diferenciaría demasiado de los miles de toneladas de bisutería que está disponible en cualquier rincón, lista para el consumidor. Ella no quería una pulsera, de esas tiene decenas, me atrevo a decir que centenares. No. Ana lo que quería era la marca, la firma, “el brand”. El objeto que tiene significado implícito. La poderosa simbología que marca la Tous colgantemoda y que se diferencia porque lleva una bandera. Ahora la forma pende de su muñeca, comunicando a otros su propio significado, para quién esté dispuesto a escuchar.

Estamos inmersos en la estructura capitalista. La elegimos nosotros. Aparentemente funciona porque nos da lo que queremos y actúa como si supiésemos qué es lo que queremos.

Se defiende la estructura del capitalismo porque creemos que aunque no es perfecta, permite al ser humano igualdad de condiciones para llegar a la cima. Y aunque esto sabemos que no es cierto, al menos nos consuela pensar que si no lo conseguimos no ha sido más que por una cuestión de mala suerte.

Pero para que ese inmenso edificio capitalista que forma la base de la sociedad moderna funcione, precisa de la publicidad. La publicidad, que en un principio se contentaba con informar y mantenernos informados acerca del abanico de posibilidades disponible a nuestra elección, de recordarnos aquello que podemos elegir, se ha convertido en algo más perverso y sofisticado. La publicidad en su lugar, apela ahora a nuestros sentimientos y actitudes.

La publicidad de nuestros días no vende las características técnicas o las especificaciones de un producto concreto pues, en un mercado sobresaturado, las cualidades de un producto no se diferencian de las cualidades de muchos otros. ¿Cómo va a publicitar algo que sabemos que ya nos han estado vendiendo los demás? La publicidad necesita establecer otra estrategia.

El mensaje publicitario está orientado a vendernos no tan sólo sus mercancías sino que también pretende vendernos su propio mensaje. La publicidad ahora nos vende imagen, nos vende símbolos. El mensaje publicitario nos vende sentimientos, modelos de vida, sueños, ilusiones, diferenciación, realización. Los seres que viven inmersos en el mundo del consumo no sólo consumen productos y mercancías, también consumen mensajes, consumen hechos culturales. Consumimos cultura además de mercancías.

La publicidad nos vende publicidad.

Se trata de una herramienta comunicativa que permite que se perpetúe la realidad social en torno al sistema capitalista. Para que el mundo de consumo que hemos creado exista, precisa de la publicidad. La publicidad es el perro fiel del sistema de consumo. Ésta, mediante su discurso y en interacción con los medios de comunicación, promueve el consumo fugaz de acuerdo con la herramienta atroz de las modas, que facilitan la variación continua de diferentes modelos, productos, servicios, ideas, sentimientos y símbolos.

Por supuesto que la publicidad crea necesidades en nosotros. Y aunque seamos capaces de discriminarla y atenderla con ojo crítico, somos bombardeados por ella en todo momento, a todas horas, en todas partes y sin descanso. La publicidad cuando funciona nos deshumaniza, arrebatándonos la substancia que nos hace únicos e influyendo en nuestra toma de decisiones, pues los productos son ahora asociados por la publicidad con modelos de vida, reflejos de un estilo de ser y de pensar que si en nuestra consciencia nos resultan atractivos, despiertan nuestra necesidad de poseer el objeto o servicio de consumo tras una pequeña chispa de felicidad y realización.

El sentido y el objetivo de la publicidad es ese. Influir en nosotros y en nuestras actitudes, crear necesidad apelando a nuestros sentimientos. Una emoción fuerte transmitida por medio del mensaje publicitario se fija en nuestra memoria, y nuestra actitud, aunque queramos creer que siempre libre en el último momento, queda ya condicionada de alguna forma, en mayor o menor medida, para tener en cuenta la información que ese mensaje publicitario emotivo transmitió a nuestra consciencia.

La publicidad no sólo ha transformado la percepción de nuestro mundo, ha modificado nuestra forma de vivir, asociando la realidad a los productos que nos transmite la publicidad. Construimos parte del mundo a nuestro alrededor a través de lo que percibimos y no hay duda de que la publicidad nos transmite muchísima de toda la información que devoramos día a día, construyendo nuestra realidad.

La marca de un coche determinado nos hace sentir elegancia, seriedad y éxito. Su carrocería, potencia y prestaciones son lo de menos. Viene a ser las mismas que las de cualquier otro así que ¿para qué especificarlas? No queremos caballos de potencia ni frenos de seguridad, queremos que los que nos vean con el coche sientan que somos de una forma determinada. Es la realización del individuo hacia la que se dirige la publicidad, convenciéndonos de que puede darnos cuanto anhelamos en una cada vez más espiral de insatisfacción.

El poderoso reclamo al que apela la publicidad es lo más profundo de nuestra consciencia. Nuestras emociones son las que en realidad mueven nuestro mundo cada día más que nuestros músculos. La publicidad se sube a lomos de los medios de comunicación para enseñar todo cuanto tiene que ofrecer. Los medios son su escaparate y la tribuna desde la cual emite su discurso. Exhibiendo sus contenidos, la sociedad capitalista tiene a la publicidad como un recurso financiero imprescindible.

Por tanto, es la publicidad la que sustenta al sistema capitalista al permitirle mantener ese ritmo vertiginoso de consumo continuo, sin la cual, una estructura así se haría añicos. Si bien tenemos la última palabra, el perro fiel del sistema de consumo nos deleita con todo aquello que podemos obtener y a lo que podemos aspirar. Ese es su objetivo y para ello ha evolucionado hasta convertirse en uno de los elementos de la comunicación más sofisticados que existen. Se entregan premios a la creatividad publicitaria, a veces olvidando incluso el producto objetivo para el que fue creada. Ya está sucediendo que la propia publicidad se ha convertido en una bestia de feria que mostrar ante el asombrado público, llegando el producto a quedar a oscuras pues los propios creadores publicitarios olvidaron dirigir un foco hacia éste.
En un acto de increíble hedonismo, hemos creado la necesidad de “necesidad de la publicidad”. La mismísima publicidad ya está en venta, publicitándose. Y creando la necesidad de tenerla cerca.

El mundo de mi amiga Ana se vio transformado desde que algo relacionado con las pulseras “Tous” quedó grabado en su psique, convenciéndola de que llevar la pulsera la haría parecer más divertida, graciosa y elegante. La pulsera era lo de menos, el mensaje publicitario especifica que llevarla es actitud de alegría ante la vida y un regreso a la adolescencia. Y a pesar de que ella considera que esto no es más que publicidad, la verdad última de los hechos es tal que podría resultar graciosa de no ser porque me resulta hasta trágica. La verdad sobre todo esto es que si la manera de demostrar una actitud ante la vida con la que ella está de acuerdo es llevando la pulsera, ha necesitado del objeto de consumo para querer enviar su mensaje a los demás. Su actitud cambió desde el momento en que la publicidad le mostró que podía llevarla y que era buena idea mostrar un símbolo que al lucirlo transmite una idea. A ella le pareció una estrategia atractiva y corrió a comprar el producto.

Desde ese momento la realidad de su vida cambió, así como su percepción del mundo, afectando a sus actitudes. Si la publicidad no creó una necesidad en este caso, como en tantos otros, deberíamos entonces replantear toda la teoría de la comunicación y del mensaje publicitario pues, el éxito de su propósito en este caso fue absoluto.

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