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Tag: despedida

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Visiones del tigre

Canción: Tiger Visions

Mi querida Lavondyss:

Tú, antes que nadie, sabías que llegaría este día. Era cuestión de tiempo y tú, de eso entiendes bastante. Lo deseé durante mucho tiempo y ahora..., ahora...; por todo ese ahora llegó un final encadenado a un nuevo comienzo; y no entiendo cómo, ni recuerdo cuándo..., ¿cómo es posible que en este instante ni siquiera recuerde el porqué, si es que lo hubo alguna vez?

Canada lakeHace mucho comencé a mover las piezas que regulan todo este puzle misterioso, tanto como para que las ramas de mi árbol del tiempo me llevasen al final hasta aquí, hasta un sendero que me ha conducido al día en el cual dejaría mi país definitivamente. Un día que, sin darme cuenta, comencé a desear incluso que no llegara. Porque yo, en realidad sólo soy otro de tantos expatriados, no soy más que otra de tantas emigrantes. Con la misma excitación, pero también con el mismo miedo, ese que me hace recurrir a ti esta noche una vez más.
Porque mañana abandono este reino de España que parezca estar maldito; que de tanto dolor y de tanta alegría, que de tanta sangre de a veces pero muchas veces más de risa y de baile que de llantos, de tantas tierras y de cauces sedientos, montañas ásperas y costas esmeralda..., de viento salvaje. Mi viento salvaje..., mis aguas azules..., os echaré tanto de menos...

Cierro mis ojos y veo tigres llorando allá, en las lejanas orillas del mundo. Ahora, te vas, y yo me marcho, y yo no sé, es que no sé...

Al menos me quedas tú, mi Lavondyss, mi libro de horas; tú, porque tú eres mi privilegio. Por eso, sólo por eso siempre estaré en deuda contigo. Porque sólo a ti te puedo hablar esta noche, la noche más larga, la noche antes de que amanezca y en la que siento tanto miedo. Antes de que la luz me separe de tu lado. Tanto trabajo, tanto esfuerzo, y al fin puedo marcharme con todos los papeles, con todas las licencias, sin miedos en aduanas ni preguntas incómodas de policías anónimos. Tras haber vivido todas las humillaciones del que no se marcha precisamente para sacar instantáneas; la soledad del que ve largos tentáculos abalanzándose desde y sobre las azoteas de los rascacielos, allí, donde miles de seres humanos caminan por una acera llevando máscaras blancas. En aquel lugar tan lejano y a veces tan blanco, tan blanco... El de las altas torres de ébano, el de las esfinges doradas... Al aislamiento del emigrante, a la soledad de la expatriada. Al suplicio del miedo a lo desconocido. Una vieja maleta sujeta con una cinta verde. Una vida entera que cabe dentro de una caja diminuta. Y al final, en la mano un papel, un maldito papel, y ya está, ya soy miembro como por arte de magia de otro lugar, como si eso existiera en algún otro sitio que no fuese dentro de nuestras cabezas. Detrás de mí la impotencia, delante la incertidumbre, y a ambos lados, el cansancio ¿Cómo hemos llegado a esto?

—Cierro mis ojos y te veo, veo tigres llorando allá, en las lejanas orillas del mundo. Ahora me voy, y tú te irás; y es que no sé, yo es que no sé..., cómo voy a poder separarme de tu lado.

Debo dar las gracias y lo hago, porque hago la maldita acción de gracias; pero Lavondyss, tú conoces cuanto se queda y cuanto te llevas, todo cuanto das y todo cuanto quitas, pues tú vives entre ambos mundos. Ahora, ya nada me queda aquí.

LAvondyss_Edanna_EvanthiaPero eso sí, me marcho con la sonrisa en el semblante, aunque también con un dolor extraño en el corazón..., uno que no esperaba, uno desgarrador, pero al cual soy capaz de darle la bienvenida. Por eso soy feliz, por valorar cuanto dejo atrás como nunca lo hice antes en todos los días de mi vida. Porque construimos un mundo con los elementos de la pasión, así, como deben construirse las casas de piedra, las de verdad, pero al que muchos no hemos sabido valorar. Al menos yo no lo hice, y cometí todos y tantos y tantísimos de los errores descritos ya en una larga lista, siendo para mí el peor de ellos el pensar que siempre es el final, cuando en realidad cada día no es más que el principio. Cada mañana todo comienza siempre de nuevo, todo cuanto tenemos que hacer es escoger, una vez más.

Si doy gracias ahora es por haberme dado cuenta, y por mi buena fortuna, y por muchas otras cosas. Por conocer mucho mejor el valor de todo cuanto dejo atrás. Y sé que eso es valioso, sé que eso es algo bueno. Ahora sé que, desde este momento, soy mejor persona.

Porque aquí conocí el amor de verdad, y el significado de la alegría, de la amistad y de darle todo el valor a lo que de verdad importa. Los momentos que pasamos con los seres queridos. En realidad es tan sencillo, pues no hay nada más que sea tan importante. Pero yo no tengo la verdad; así pues, esa, esta y aquella será la mía, una que guardaré en un colgante siempre pendido de mi garganta. Para mostrarlo en silencio, para acariciarlo cada vez que contemple el amanecer, siempre, siempre mirando hacia el Este.

—Y entonces cierro mis ojos y te veo, y veo tigres llorando allá, en las lejanas orillas del mundo. Y ahora me marcho, y tú, tú al fin también te irás. Pues serás tú quien se marchará de mi lado.

Y fue así, que al final llegó el día en el cual mis propios Señores del Oeste me dieron su consentimiento para poder abandonar el Viejo Mundo, pudiendo así marcharme definitivamente hacia poniente. Me recibirán de esta forma en mi propia Tierra Imperecedera particular, cuando se trata de una herencia que creamos allí donde quiera que estemos, donde quiera que vayamos mi pequeña gatita y yo, y no hay más..., una ironía más de un mundo que se queda atrás y que se me hace amargo, y del que tengo tanto y que duele, y el que tengo delante duele tanto o más como el que yo abandono ahora, cuando amanezca.

Mi hija crecerá en prados cubiertos de altos tallos de hierba verde llevando ese, mi nombre, ese que tú y yo ya le habíamos puesto desde hace ya mucho tiempo; crecerá bajo bosques de robles y de álamos, de tilos y de sauces, de coníferas que se extienden hacia tantos horizontes distintos; distancias salpicadas con fuegos que arden en lagos de frías aguas siempre envueltas en silencio. Las tierras del Gran Pez; las tierras del confín del mundo.

Mi niña jugará al lado de un rio del que no se divisa su otra orilla, y tendrá una taquilla en su instituto. Mi niña hablará inglés y francés, también hablará español y griego, y es muy posible que hasta hable élfico, ¿por qué no? Puede que allí, en la Tierra Imperecedera, termine hablando hasta la hermosa lengua.

Cuando pienso en todas estas ensoñaciones cierro mis ojos y os veo, te veo a ti y os veo a todos vosotros; veo entonces tigres llorando allá, en las lejanas orillas del mundo. Y pienso de nuevo en todo lo que fuiste cuando me marcho, porque al fin, eres tú quien se marcha en realidad. Pero yo, yo siempre miraré cada atardecer hacia el Este; para decirte cada día entonces: “Buenas noches”. Y así, esta vez poder dormirme, esta vez sí que podré descansar al fin, durante toda la noche.

En cierto modo, ahora, cuando faltan pocas horas para marcharme, con todos mis permisos y mis licencias, sin el miedo a que los guardianes de poniente asuman que pretendo saltar una valla, cuando miro atrás siento que España me recuerda a el final de aquella novela de Elric, el rey albino de Melniboné, que al caer bajo el filo de su propia espada Stormbringer “La Portadora de Tormentas”, ésta se burla de él con toda aquella amargura, de una forma que bien podría ser algo así como: “Lo siento mucho Edanna pero yo, yo siempre fui más lista que tú”.

Canada Lakes II

*Con el permiso de residencia oficial de mi país de destino, este día, a 18 de febrero del año 2013, abandoné España definitivamente, marchándome como emigrante.
Para que quede así constancia en esta mi ya tan extraña crónica, de una vida no menos azarosa.

Con todo mi cariño
Edanna

 

Sello de Edanna

 

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Último poema de primavera

Sé en mí,

como el rumor eterno de los vientos helados

Y no pases lo mismo que las cosas huidizas

como un júbilo de flores

 

Consérvame en la firme soledad de las costas

abruptas y sin sol

y de las aguas grises

 

Que dulcemente hablen de nosotros los dioses

en los días futuros

Y las sombrías flores

de oro te recuerden

Edanna

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Carreteras secundarias

Recuerdo las clases de piano de mamá llenando de notas todos los momentos de la casa grande, en las tardes soleadas. Y del mismo modo, como la Rachel que conociste en aquella gran película, tampoco olvido los cientos y cientos de pequeñas arañas que, tras nacer de los huevos que su madre había puesto, poco después la devorarían en la misma ventana del sótano. La que da al huerto de los tulipanes.

Carreteras secundariasEn el rincón más próximo a la chimenea teníamos un piano de maderas desgastadas y mucha experiencia en los caminos polvorientos. Yo misma solía tocarlo descalza, partiendo las notas de dos en dos y haciéndolas saltar de un lado al otro de la mesa, bailando divertidas entre las manzanas verdes de la primavera. Ellas reían, contorsionando sus delicados cuerpecillos de sol y del si con fa, de do menor borracha de vinagre malo de cosecha propia.

Fue la primera vez que me enamoré, de sus rizos dorados, de sus ojos violeta. Y aún es mi gran y único amor. Ese, irreemplazable. Tan irremplazable como el piano que aprendiste a tocar de niña. Tan irreemplazable como una madre cuerda y un padre bondadoso.

Más tarde me transformé en terracota y les hablaba a los pájaros mientras la nieve, mi nieve, caía. Caía sobre mis hombros, sobre mi cuello, sobre mi pecho quebrado de llanto. Quebrado de oro bruñido, de recuerdos fatales.
De amor intenso y días de sol, con lunas de noviembre.

Tan frescos, tan dorados.

Mi amor...

Después volví al mundo, solté mi bolsa y..., entonces, a los 24, un borracho me atropelló, dejándome tendida sobre el polvo, destrozada de amargura. Tan joven y tan vieja entonces, tras aquello.

Todos mis sueños y esperanzas de montañismo, de aventura y peligros descolgándome sobre un puente de cuerda se cayeron al fondo del abismo. Gritando y gritando hasta quebrar las paredes de la razón del mundo. El mundo entonces no tenía razón, igual que ahora ni más ni menos, y por eso pasan esas cosas.

De los percances no se aprende absolutamente nada. No enseñan nada, por mucho que se empeñen algunos. Sólo despliegan por triplicado un amplio abanico de dolor y sufrimiento innecesario, y el dolor, de cualquier modo, en cualquiera de sus expresiones, siempre es innecesario. Siempre es absurdo.

Se cae pues, abandonándote, a un infierno sin sentido del cual, si sobrevives, si consigues salir por tus propios medios sin enloquecer en el proceso, resurges triunfante, en calma, en paz.

Es entonces cuando comienzas a recorrer las carreteras secundarias con asiduidad sin dejarte arrastrar por el pánico.  Sólo entonces podrías pasearte junto a la estatuilla de Buda que hay en el jardín y dibujarle unos bigotillos si no te atreves a una travesura peor. Y tendría sentido si Buda fuese otro diosecillo de tantos y no un concepto, una idea, un estado del ser.

Dibujarle un bigotillo a una imagen de un estado de ti mismo puede ser divertido como una travesura, pero más allá no tiene mucho sentido, no; pero en fin, para eso son las estatuillas.

Fui transformando mis sueños de aventura pues por mis largos paseos por las carreteras secundarias. Esas, que tú y yo recorrimos alegres, felices, cuando tú me decías quién y cómo venía siguiéndonos con tus aires de detective. Avisándome gracias a ese tan útil espejito que le han puesto a todos los copilotos del mundo.

Siento debilidad por las carreteras secundarias. Puedo llenar la parte trasera del coche con decenas de latas de comida para perro y rollos de papel higiénico, para así gastar litros de combustible atravesando solitarios caminos olvidados.

Las carreteras secundarias son caminos que nadie quiere a no ser que los busquen y los encuentren. Según muchos, no conducen a ninguna parte cuando en realidad son los únicos que llevan a algún sitio que valga la pena. Para mí ya es significativo que conduzcan al norte, aunque no es estrictamente necesario para que tengan interés por supuesto.

Y me resulta más curioso aún que una simple estación de metro cueste muchísimo más que una larga carretera secundaria, cuando en realidad, la parada de metro posiblemente no tiene interés alguno, ni lleva a alguna parte que realmente valga la pena visitar.

Yo sólo te invito a visitarlos, ya me contarás. Hay tiempo, tanto tiempo.

Y puede que a través de sus luces distantes, podamos encontrarnos aún, en una encrucijada, a la luz de una solitaria farola. Para que al compás de la música lejana, continuemos la ruta a través de los caminos, así ya, en el gran y único sendero.

Juntos para siempre.

Edanna, febrero 2011

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