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Tag: cuento

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Prefacio

Dyss, sello general

Puesto que hoy es mi cumpleaños, me permitiré unos cuantos lujos que ya me estaban haciendo falta desde hace tiempo. Entre ellos, exponer unas cuantas notas que he reunido para componer el prefacio sobre Dyss Mítica.

Otro es marcharme a tomar un café junto al río, dejando que la llegada de la noche haga el resto.

PREFACIO

Dyss Mítica compone algo mucho más extenso que un entorno de campaña para juegos de rol de fantasía; es un marco narrativo donde tienen lugar una serie de historias que están esperando ser contadas y que, girando alrededor de un centro común, habitan en algún lugar, esperando…

El sitio de estas historias es único; sólo aquí es donde pueden tener lugar. Para poder darle forma a todas esas historias era necesario definir en alguna parte el mundo donde transcurren, describiendo el marco, estableciendo el contexto. Dyss Mítica

Pero Dyss Mítica supone muchas más cosas. Sus detalles se encuentran entre los conceptos que se desarrollan a lo largo de todo este trabajo.

Dyss es un estudio y una reflexión sobre el origen y el desarrollo del mito. Es un homenaje a la comunicación humana y un tributo al poder del lenguaje que, dándole forma al mundo de las ideas, moldea imágenes míticas en nuestra mente, ayudando a construir así una parte de nuestra realidad, dándole significado y haciendo que nos sintamos una parte del mundo que nos rodea.

Con Dyss Mítica trato de redescribir la realidad según las estructuras simbólicas de la fantasía y la ficción. Así podemos conseguir obtener otra mirada que pueda permitirnos entender mejor la realidad de nuestro propio mundo.

En síntesis, puedo decir que Dyss es un eco poético del mundo. Tras esta afirmación, Dyss constituye a su vez muchas cosas más: Dyss es un culto a la vida, es un himno a la naturaleza y es un poema sobre la existencia.

Dyss Mítica es un canto a la libertad personal y una reivindicación de nuestra dignidad. Algo que resulta imprescindible a lo largo de nuestra vida y que debemos defender en todo momento.

Dyss es un tributo a la imaginación y a nuestra capacidad de poder describir todo cuanto imaginamos. No existe más magia en el mundo que la de nuestros propios sueños, conscientes o inconscientes, capaces de darle forma a conceptos abstractos que subyacen en el núcleo de nuestra consciencia. Al igual que no hay más respuesta al sentido de la vida que el que diariamente nos muestra la naturaleza a nuestro alrededor.

Por medio de la comunicación damos forma al mundo, construimos la realidad y elevamos las torres que nos permiten percibir cuanto nos rodea para poder así darle significado. Día a día, la realidad convive con la imaginación formando, juntas, un todo que supone nuestra concepción del universo.

La realidad de las cosas no está muchas veces más lejos de lo que nos cuesta decidir si algo es real o si no lo es. Tú, al ser capaz de elaborar y de manipular tus sueños, creando conceptos nuevos a través de ellos, eres ya una criatura muy afortunada.

Por todo esto, Dyss construye un vasto y complejo nuevo mundo a través de una serie de conceptos propios, donde una serie de historias están esperando ser moldeadas gracias al aliento de tu propia voluntad. Sólo gracias a ésta, todas estas historias podrán cobrar vida para poder alcanzar su última etapa de trascendencia plena, la que les permite existir por sí mismas y obtener así el don de ser dueñas de su propia dignidad.

23 de septiembre de 2012
Edanna

 

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El señor Plimm

La primera vez que vi al señor Plimm fue paseando por el viejo puerto una fría tarde de abril. Deambulaba entre las abandonadas vías del tren con su paraguas azul a modo de sombrilla, siempre acompañado de su cabrita Petra.

Resultó difícil pasar por alto a un hombre como aquel, tan cargado de hombros, que paseaba a una pequeña cabra sujeta con un cordoncillo de cuero trenzado, envuelto en un gabán que pareciese haber sido llevado a través del tiempo en la máquina de los sueños, como si fuese una reliquia del pasado, hasta el momento presente. Un ejemplo viviente de pura excentricidad.

Lo vi detenerse entonces frente a la ruinosa estación de tren, permaneciendo inmóvil y con la mirada perdida entre los detalles de la destartalada oficina de correos, al otro lado de las vías, aguardando a que su cabrita, de un color tan blanco como el de la nieve en una noche de navidad, terminara de merendarse algunos matojos que crecían, felices, entre los abandonados raíles.

Paraguas y pájarosPercibo un tanto que de un pie cojea un poquito, mientras que con el otro de vez en cuando patea algunas piedrecillas al tiempo que parece andar murmurando asuntos indescifrables.

Al caer el sol suele llegarse hasta el malecón, donde unos gruesos pilares de madera de más de ochenta años soportan, sin inmutarse y día tras día, el embate de las olas. Allí permanece, tan imperturbable como los pilares, contemplando el horizonte; dándole siempre la espalda al sol y mucho más interesado en aguardar por la salida de la luna.

Siempre, siempre mirando hacia el Este.

Circula el rumor de que el Sr. Plimm perdió a su amor allí y allá; allí, en las lejanas distancias, y allá, donde el tiempo termina junto a la aurora.

Si algo de eso es cierto o si no lo es, yo no lo sé, pero a mí me parece que es un hombre encantador, aunque siempre parezca encontrarse tan triste. Es posible sí, ¿por qué no? Yo estoy segura de que si hay un motivo legítimo para estar triste en este mundo es por amor, ¿por qué no deberíamos sentirnos pues orgullosos de prestarle siempre la debida atención? Yo diría que un día tras otro nunca dejamos de contarnos historias de amor, y que nunca parece que nos cansemos de escucharlas.

Dicen las malas e incluso las buenas lenguas que el Sr. Plimm vive en un mundo inventado, pues por amor se volvió loco perdiendo así todo el juicio que le quedaba. Dicen que vive en un mundo de ficción para poder reencontrarse allí con su amor perdido.

Yo quisiera que otros fuesen capaces de inventar mundos imaginarios para mí sola, uno por cada día de la semana, y así poder viajar contigo hasta allí, alcanzando un lugar en donde podamos cruzar, de una vez, ese portal en donde lograremos al fin perdernos para siempre en busca de nuestros seres más queridos; viviendo felices en la utopía que a ti y a mí nos de la gana vivir, juntos, cada día de nuestra vida. Tan lejanos, tan ajenos a las cadenas de los demás, del mundo y del propio tiempo…

A mí me dijo una vez ―¡sí, a mí!, que ya no pudiendo más y de tan intrigada que estaba me acerqué al final a charlar con él― que si visita el puerto a diario no es más que para desearle siempre cada atardecer, al Este, las buenas noches...

Esto la verdad es que me pareció entonces muy extraño, ¿desearle cada día al Este las buenas noches?

Tan extraño como el que siempre que nos encontramos, llevándose la mano a la manga izquierda de su abrigo, como el más habilidoso de los ilusionistas, de la nada siempre surge, así, como por encanto…, una pera. Una pera con la que entonces, sonriente, siempre canturrea: “Sana, sana como una pera…, una pera limonera pim, pom, fuera…”.

También me dijo una vez así, bajito, bajito, que en su cocina cada mañana, cuando no hay nadie, revolotean las teteras. Durante la penumbra de la alborada les salen a todas unas pequeñas alitas y que, con coraje, comienzan a saltar de la alacena emitiendo grititos de alborozo.

Las grandes enseñan entonces a las pequeñas a dar sus primeras vueltecitas alrededor de la lámpara, preparándose para el día en el cual se aventurarán más allá del salón e incluso, ascender a través de las escaleras hacia los cielos en busca de algún sitio mejor donde, quién sabe, poder comenzar de nuevo una nueva vida.

Las teteras son los seres más valientes que habitan en nuestros hogares, me dijo entonces, pues mantienen siempre el aroma de la felicidad bien caliente para que todos nosotros podamos deleitarnos con ello; una labor que no todos los seres de este mundo están tan dispuestos a llevar a cabo a lo largo de sus vidas.

También me dijo que las pequeñas teteras, las que poseen alitas, en realidad son la manifestación de los antiguos dioses de la creatividad, una raza de ancianos dioses olvidados que comparten el mundo junto a todos nosotros.

No sé bien el porqué, pero yo le creí entonces, y aún hoy, le sigo creyendo.

Tras nuestro primer encuentro, durante toda aquella primavera y a lo largo del largo verano que siguió después, no dejé de encontrármelo muchas veces durante la semana, en ocasiones casi a diario. Reconozco que algunas veces, y por motivos que ahora te explicaré, no podía resistirme a seguirlo, aunque siempre tuve la sensación de que era capaz de advertir mi presencia pese a que nunca solía atisbar por encima del hombro, tan abstraído que parece siempre estar en sus pensamientos.

Descubrí a lo largo de aquellos paseos que lo que más le gustaba al Sr. Plimm era recibir correo, un hecho que después se convertiría en la mayor de todas las contradicciones.

Un día pude ver que una sonrisa de satisfacción cruzaba su rostro cuando, tras abrir el pequeño buzón frente a su casa, sacó un fajo de cartas que después fue ordenando cuidadosamente, mientras se marchaba paseando en dirección al viejo puerto.

Sin embargo, aquellas cartas nunca llegaron a descubrir el mar, ni siquiera a percibir el aroma de la sal ya que, a medio camino, deteniéndose junto a un roble que crece junto a la pequeña charca que hay en el parque, comenzó a romperlas una por una en pequeños, muy pequeños pedacitos. Muchos trocitos que luego fue arrojando a las aguas del estanque, lentamente; tomándose para ello todo el tiempo que hizo falta; rasgadas con tal celo y diligencia como nunca había visto antes; como una vestal en algún templo, a manos de un sacerdote que ofreciese algún tipo de sacrificio a un dios desconocido.

Aquello me resultó tan extraño que fue entonces cuando comencé a seguirlo algunas veces, intrigada por su conducta. Y es que no había un solo día en el cual el Sr. Plimm no dejase de realizar su misteriosa ceremonia. El ritual en el cual, cada tarde frente a las verdes aguas del estanque, junto al roble, un manojo de cartas sin abrir sucumbía sacrificado en sus manos.

En algunas ocasiones llegué a acercarme al borde del agua cuando él ya se había marchado. Motivada por una viva curiosidad ―y puede que por una gran necesidad de cotilleo― intenté rescatar alguno de aquellos trozos, sin embargo, resultó inútil.

hombre con paraguas contemplando un buqueDe una forma que aún hoy no consigo comprender, el papel ya se había desecho casi por completo, habiendo sido una buena parte reabsorbido por la mezcolanza de agua y barro, de una forma que me atrevería a asegurar resultaba del todo “antinatural”. Pero entonces, atribuí el suceso a que, con toda probabilidad, su cabrita habría sido la encargada de dar buena cuenta de aquel montoncito de cartas destrozadas.

Durante todos aquellos meses siguientes observé una y otra vez las sencillas rutinas de aquel misterioso personaje, lo que sólo produjo que avivara con ello mucho más mi curiosidad al descubrir, día tras día, semana tras semana, como el Sr. Plimm consumaba su mismo rito solemne destinado a hacer desaparecer tantos mensajes llegados desde quién sabe dónde en las aguas de aquel estanque, junto al roble.

Y no diré que, desde el principio, ya tales acciones me parecieron entonces incluso hasta ridículas, aunque siempre fuera consciente de que allí todavía se guardaba una muy profunda lección de dignidad. Acciones que después entraron a formar parte de unos muy distinguidos encantos, pues sería el motivo del mito de su leyenda, de su legado y del regalo de su presencia en esta nuestra tan, a veces…, en ocasiones…, aburrida existencia… Detalles que difícilmente pudiéramos comprender nosotros algún día pues todo, todo acerca del Sr. Plimm en cuanto a los motivos de sus pequeñas liturgias diarias permanecería siempre cubierto con un velo de misterioso silencio. Un misterio que aún hoy perdura en la memoria de esta tierra pues, si de dignidad se trata, es en esta su historia donde vas a encontrar una lección de ello, por mucho que otros presuman de estar colmados de estos detalles desde los pies hasta la cabeza.

Había en aquella discreta ceremonia tan suya una mezcolanza de otoño y un poco de aire invernal, aunque todo me pareciese recubierto así, como de una enorme hiedra pintada con los tonos del verano, esos matices tan de un melocotón que amarillea hacia un melón bien maduro. Es tan difícil de explicar, que no me extrañaría que ya anduvieses perdido en toda esta historia.

Sin embargo, pese a tanta excentricidad ―la suya y puede que también la mía―, quien jamás parecía perdido era el Sr. Plimm, que siempre daba la sensación de tener muy claro todo cuanto quería. Aunque ahora mismo recuerdo que, en cierta ocasión y durante algunas semanas, me dio la impresión de que tuvo serias dudas a la hora de llevar a cabo su acostumbrado protocolo en el momento de rasgar todos aquellos papelitos. Me pregunto qué tipo de cartas eran aquellas que le hacían detenerse durante unos instantes, haciéndole vacilar entonces, y si todo esto tuvo que ver con los increíbles acontecimientos que más tarde tuvieron lugar. Unas cartas que, desde la distancia de mi infame escondrijo, pude distinguir como recibía en el interior de unos bonitos sobres de tonos pastel que iban desde unos perfectos azules, pasando por unos gentiles tonos de rosa hasta alcanzar la perfección de unos lilas que, entonces pensé, sólo podían ir destinados a la mañana siguiente tras el día del juicio final. Todo esto fue algo que pude confirmar más tarde al acercarme al borde del estanque; aunque no fue posible averiguar mucho más sobre aquellos trozos empapados, aún pude distinguir aquel tono tan propio del papel y aquella textura tan especial.

¿Serían aquellas cartas de amor? ¿Había tenido el Sr. Plimm a un corazón anhelando compartir un cálido refugio bajo la sombra de su paraguas, junto a él? Sin duda, pues existe una intuición en todos nosotros para saber esas pequeñas cosas; y en los más callados escondrijos ocultos en los reinos de nuestra memoria, tenemos la mayoría de nosotros los mecanismos necesarios, y la debida intuición, para conocer cuando viene y cuando va esa brisa que a veces sonríe o que ahora llora en silencio; que suspira a escondidas y que es capaz de bailar sola hasta el amanecer; esa misma que algunos de nosotros nombramos como: el amor.

Fuesen lo que fuesen, como era de esperar, en algún momento dejó de recibirlas. El manojo de cartas volvió a su acostumbrada tonalidad blanquecina; ese tan cotidiano, tan de cada día y tan de todos esos mensajes que, por lo general, no interesan a nadie.

Ya habían entrado los primeros vientos del otoño cortando las mañanas como un cuchillo cuando, un día, dejaron de llegar cartas. El Sr. Plimm tenía su buzón, por primera vez, completamente vacío.

Pude distinguir su actitud de consternación al dejar de recibir correo; inmóvil frente al buzón, dudando, y tan vacío como cualquier otro por primera vez desde que le conocí. Allí me pareció verlo, apesadumbrado, más triste y más solo que nunca, siempre a la sombra de su paraguas azul, llevando de la mano, sujeta con un cordoncillo de cuero trenzado, a su blanca cabrita Petra.

Se marchó entonces, dirigiéndose hacia el viejo puerto, no sin antes detenerse junto al gran roble que crece junto al estanque, como cada día. Allí parecía haber comenzado aquel gran árbol a perder sus hojas, deleitándose cada una, durante el descenso de su caída, de un viaje que la llevaría a formar parte de un todo que reluce y de una especie de ensueño que vuelve a formar parte de todo cuanto nos rodea, tomando para ello todo el tiempo que haga falta.

Y allí, de nuevo, vi una vez más como contemplaba las aguas del estanque, aunque esta vez reparando en las hojas del roble, algunas rojizas, otras amarilleando ya por el ocaso de los días cálidos. Las miraba con asombro, consternación y una tal fascinación como jamás antes había observado en él. Ahí, siempre envuelta en mi escondrijo llegué a verle al fin sonreír; la dueña de un sentimiento que ya albergaba toda aquella ternura, un sentimiento que perdura y que jamás imaginó que pudiesen suceder muchas de las cosas que pasan en nuestro mundo, y de las que no somos ninguno de nosotros siquiera un poquito conscientes.

Pues ahí estuvo durante un prolongado lapso de tiempo, contemplando con atención las hojas caídas del roble y de manera más atenta todas las que aún permanecían entre sus ramas. Las observó con atención durante una media hora, puede que una hora completa, y hasta le ofreció alguna a su cabrita Petra, pero ésta rehusó tocarlas, como si de algún objeto sagrado se tratase.

Al final pude ver que con una sonrisa en el rostro abandonaba el lugar tomando la dirección de la vieja estación de tren, la que cruza el viejo puerto, mientras canturreaba algo por lo bajo al tiempo que su cabrita le acompañaba emitiendo un sonoro balido.

Por supuesto, como no podía ser de ninguna otra manera, llena de curiosidad me acerqué al borde del estanque para averiguar que era aquello que había mantenido ocupada la atención del Sr. Plimm de esa forma tan inusual. La causa me hizo cambiar de una forma tal mi manera de ver y comprender el mundo que aún hoy le debo toda esa transformación al Sr. Plimm y a su cabrita Petra, preguntándome muchas veces cómo habrían sido las cosas de haberme resistido a “curiosear” entre las rutinas de aquel personaje tan peculiar.

Yo no fui capaz de aceptar la realidad con tanta templanza como lo hizo él. Recuerdo que estuve allí una hora, puede que dos, consternada, contemplando aquellas hojas una y otra vez, examinándolas con atención y buscando razones a cuestiones que una parte de mí bien sabía ya que jamás iba a encontrar.

Fui muy consciente entonces de que las mayores respuestas a los misterios de nuestro mundo sólo se encuentran en la forma de sencillos sucesos como el que tuvo lugar aquel día; un día que siempre recordaré al borde de aquel estanque, junto al gran roble bajo el cual el Sr. Plimm y su cabrita siempre se detenían cada tarde para romper en pedazos todas sus cartas, arrojándolas después a las aguas.

Pues en cada una de las hojitas del árbol, por ese lado que se muestra siempre más hacia el sol, estaban escritos: su nombre y su dirección.


Edanna
30 de agosto de 2012

 

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El gran pez

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No había terminado de rezar aún sus oraciones cuando en el otro extremo de la caña de pescar de Monsieur Alain picó en el anzuelo la que entonces supuso sería, con toda probabilidad, la mayor carpa que había capturado alguna vez en toda su vida.
Esa por la que siempre había esperado, que al parecer nunca había llegado, que por siempre se le había escabullido de entre los dedos de manos y pies y que al final, de forma más que merecida, debía de conseguir apresar en estipendio por tanta devoción.

Persignándose apresuradamente, mientras con la zurda sostenía la carísima caña profesional de acción rápida, dio un tirón tan fuerte que el sonido de sus vértebras cervicales asustaron a unos cuantas perdices allá, en una lejana orilla, que alzando el vuelo se perdieron en algún lugar distante hacia el oeste.

Big fishYa se sabe que a las carpas se las conoce por peleonas, por cabezotas y por zalameras. Justa recompensa a la valentía de la que se sabe presa y no cesa de luchar antes que rendirse y al final, cobra fuerza aún más para pelear otro ratito, aun cuando lo cree todo ya perdido. La carpa es pues un pescadito singular, al ser uno de los últimos siempre en rendirse, dándote un buen susto si no te andas con cuidado.

Ésta en particular era de abuelo tozudo y madre nerviosa, padre tragón y longeva ascendencia por vía paterna, siendo prima hermana por parte de madre de una que escapó siete veces de bailar en la sartén con un tomate enano entre la quijada y el cielo del paladar, rodeada de cebollitas; una que escapó de unas cuantas y muchas más e incluso, llegó a dar un salto que de tan grande pudo contemplar un poco el paisaje circundante allá en las alturas, privilegio aquel sólo dado a los más fuertes y tenaces, dejando tras de sí una hermosa estela plateada de preciosas gotitas centelleantes, así, como a cámara lenta; tan hermosas como ese brillo tuyo que muy segura que estoy que anda siempre en el fondo de tu mirada.

Nada más salir del huevo se escurrió de un lucio que de tan gordo debía pensarse muy bien cuando dar la vuelta yendo rio arriba o rio abajo cada vez.  Y escapó siempre de milagro, de pura suerte o más bien debido a sus altas capacidades perceptivas; no lo tengo muy claro. Los que unos llaman olfato, para otros es simple cuestión de supervivencia.

Pero Monsieur Alain poco sabía de la filosofía de los seres que nadan en todas las aguas del mundo. Para él los peces eran algo que el Todopoderoso había puesto allí para que colgara de los anzuelos de sus caras cañas de fibra de carbono, para deleite y regocijo del hombre en sus largas y anchas horas de tedio fuera y durante la jornada laboral.

Una carpa como aquella no iba a rendirse tan fácilmente, por lo que comenzó a dar guerra; tanta que con sus piernas nuestro pescador tuvo que luchar por afianzarse en el bote, no fuese a suceder un desgraciado accidente.

Pero ese día estaba escrito en tinta china en alguna parte con caracteres Comic Sans que Monsieur Alain perdería el equilibrio o que reventaría la tablilla que recientemente había tratado de encolar en el fondo de su bote con total negligencia; alguna de las dos cosas. Lo de la tablilla en verdad no era del todo culpa suya pues siempre suspendió en el colegio la asignatura de trabajos manuales cuando era algo más chiquillo.

El destino eligió por él en la ruleta de la suerte. Entre todas las aspirantes resultó ganadora la tablilla que, calzada con algunos trapos en el fondo de la barca, recibió tan fuerte patadón que saltó despedida rebotando contra las cuadernas en la proa.

Un magnífico surtidor de agua se elevó entonces hasta, más o menos, la altura de su nariz; lo que produjo que en ese preciso instante Alain empezase a entender mejor el tópico ese de comenzar a ver tu vida pasar como quien lee la etiqueta de una lata de tomate, así como todo seguido y dando círculos; y que por experiencia te aseguro resulta completamente cierto.

La barca se hundió tan rápido que por unos instantes su sombrerito Québécois quedó suspendido en el aire antes de caer sobre las frías aguas del lago St. Anne. El mismo lago donde una especie de Madame Bovary local decidiera poner fin a los días de su vida en aquellas mismas aguas, entrando en ella con absoluta parsimonia sin dejar de lado toda una vida de estilo y elegancia en sus gestos y en todos sus movimientos; sin perder en lo más mínimo caros años de sensualidad. Pues si de morir se trata, más vale que sea al menos con algo de distinción.

El hundimiento de Monsieur Alain, sin embargo, estuvo muy lejos de ser elegante. La única distinción en todo aquello se encontraba en los ondulantes vaivenes de las aguas reflejando un cielo cuajado de nubes como en un cuadro Prerrafaelita. Pues ya se hundía agitando los brazos bajo la oscura superficie ―ya que de nadar ni tenía ni idea ni había tenido interés alguno en hacerlo alguna vez― cuando en su rostro se cruzó una expresión de absoluto horror e incomprensión ya que, en su mente cada vez más inundada, no alcanzaba a comprender cómo el creador podía hacerle aquello, a él, que siempre fue un devoto católico y un padre ejemplar. Que siempre asistió hasta el final de la misa sin la excusa de salir a medias para fumarse un pitillo y que a su querida esposa siempre mantuvo exenta de peligros cuando visitaba algún burdel, no fuese a pegarle alguna porquería de esas a la madre de sus hijos.

Que de tan horrible que resultaba todo aquello era incapaz de aceptar cómo era posible. Si él siempre pensó que tendría una vida larga y tranquila, sin hacer caso de nadie ni meterse en vidas ajenas, él siempre a lo suyo y ya está: sin molestar, sin ser molestado; y que más parecía todo aquel sin sentido una prueba para su fe o una broma sin gracia alguna, ni acertaba a entender ni concebía ni se sabía si se reía dios o qué o él o quién... El caso es que allí, "ni dios" sabía quién se reía de quién...

Viajar no es que hubiese viajado mucho, salvo aquella vez que recorrió en sandalias, pantalones cortos y camisa Hawaiana una Roma envuelta en un calor que de tan grande más se parecía a un baño Turco. Protestar había protestado siempre lo justo y bastante paciencia había tenido siempre en un mundo repleto de incompetentes e inútiles.

Y bueno, algún negocio que otro pero ya se sabe que en este mundo hay que andar listo y ser siempre el primero en todo “o te comerán”, como suele decirse. Si así no lo haces es que lo que eres es muy pero que muy tonto quieras o no quieras, algo muy común en todos los seres y él, en lo que eres, no se había de quedar atrás. “Anda siempre listo y adelántate, que los demás no van a velar por ti”, le repitió siempre su padre una y otra vez, una y otra vez, una y otra y otra, y otra…, hasta que lo memorizó que de tan bien que jamás le faltó aceite ligero para mantener siempre bien engrasadas cerraduras y candados, bien cerradas puertas y ventanas, y mandando a tomar viento a todos los indeseables.

Pero poco a poco, mientras se hundía en las aguas, comenzó a darse cuenta entonces de algunas cosas que hizo mal…, de otras que hizo bien…, y de alguna que estuvo más bien regular… Cayó en la cuenta entonces de que no tenía que haberse olvidado del cumpleaños de algunas de las personas a su alrededor; que habría sido mejor tener en cuenta los aniversarios con su esposa y que tenía que haberse detenido a escuchar mucho más a menudo; que en realidad no es tan difícil, y si te administras siempre hay tiempo para todo. Pues resulta que es aquí cuando entonces se comprende mejor que nunca el auténtico significado del modo subjuntivo.

Se dio cuenta entonces, tan humillado y tan indescriptiblemente inundado más que de agua, de pura e infinita tristeza, mientras el frío líquido penetraban a raudales entre sus cavidades pulmonares, que aquel amigo que siempre andaba en la familia, en realidad se había estado acostando desde hacía ya tiempo con su esposa y que él ni había sido capaz de verlo ni había sido capaz de hacer algo al respecto, pues ver no había querido ver nada más que a sí mismo y en algunos casos, era mejor ni saber ni estar en ninguna parte pues más fácil resulta estar siempre en otro lugar. Y que ella, no dejó de buscar siempre su felicidad, con o sin él.

Fue cuando comprendió entonces que lo que en realidad más deseaba era morir allí mismo, en aquel lago, en aquellas aguas y aquel mismo día, aquel minuto y bajo aquellas nubes, y que ya todo daba lo mismo; que daba igual una mañana que otra, una lluvia u otra, que ya allí jamás volvería a soplar la brisa ni a escuchar al viento entre los árboles, y que ya todas las estrellas del cielo le parecían iguales, y que daba igual donde fuese; en todo momento, ya siempre estaría perdido, ausente y completamente humillado por y de sí mismo.

Ya no había descanso. Ni lo hubo. Ni lo habría. Jamás. Jamás… Pues nadie merece más, el que lo tuvo todo, y no fue capaz de nada más que de sí mismo.

Amén de todas otras muchas cosas que mejor no mencionar pues cuando un barco se hunde lo más adecuado es mantener un respetuoso silencio. Así pues, mantengamos la compostura y guardemos respeto,  meditando al mismo tiempo  sobre todas las cosas buenas que nos ha dado la vida y por las que no debemos emitir ni una sola queja, no vaya a confundirse con que albergamos, “un talante negativo”. Habrá todavía quien piense que la culpa del ahogamiento del pobre y desdichado Alain es debido a la ya tan famosa “Ley de la atracción”, resultando la fortuna un producto entonces de tanta negatividad. Resulta que estupideces hay tantas como demasiadas, por lo que yo sostengo otra teoría. Teoría que no mencionaré aquí…, por el momento. Bien, para ser honesta contigo, en realidad no dejo de hacerlo.

No sé si sabrás, que las desgracias como la que hemos visto siempre visten un magnífico vestido de color burdeos, pues sólo fue ocurrencia de las criaturas del altísimo vestir de negro ante las penurias y las calamidades, singular rasgo de la humanidad que en su perenne simbolismo gusta de asociar la incertidumbre con la carencia de cualquier color. Y color burdeos fue el tono que adquirió una pequeña porción de las aguas pues, nuestra otra protagonista, mediante tesón, envergadura en ideas y talante luchador, consiguió desprenderse al final del anzuelo de la mejor forma que conoce un pez: dando tirones y aguantando lo que venga sin emitir ninguna queja. Algo que sólo sucede cuando cada minuto del día, cuenta.

Y nadó y nadó, furiosa, cruzando las aguas como un rayo atraviesa la atmósfera, dando bramidos de cólera en ese silencio suyo tan propio del reino de los peces, en tanto por el desconsuelo por haber sido apresada y humillada a su manera y en otro, por tanta felicidad de tener una segunda oportunidad. Es la ley del cazador, si juegas, atente a las consecuencias.

Tanta fue su felicidad que, moviendo la aleta con todas sus fuerzas, saltó sobre la superficie del lago dejando tras de sí una espléndida estela de gotitas centelleantes, así, como a cámara lenta; y de tan alto pudo contemplar cada una de las orillas en los extremos y hasta los bosques que se extendían más allá, en lejanas tierras que a buen seguro alguna vez cruzaría, empleando para ello todas las corrientes secretas y subterráneas que cruzan el mundo a lo largo y a lo ancho; algunas muy rectas y otras en zig-zag; algunas alegres y otras más tristes; pero siempre, vestidas también de color burdeos, el color de la aventura.

Azul pues para el conocimiento, burdeos para descubrir el mundo y tenemos un hermoso vestido para nuestra carpa; atuendo que se llevó consigo a partir de aquel día por todas las aguas del mundo. Pues aquella carpa ya jamás volvería a caer en anzuelo, red o trampa; recorriendo en soledad rincones que de tan hermosos algunos de los seres conscientes pierden el aliento, en ocasiones, para siempre. Pero aquella carpa en realidad era muy especial aunque ella no fuese consciente de ello; y más que un asunto de consciencia se trataba de un asunto de memoria ya que aquella carencia, en realidad, había sido su auténtica recompensa.

Pues, según cuentan los indios al norte de esta maravillosa parte del mundo, si un ser humano ha sido una gran persona, si fue capaz de amar, ayudar y cuidar de todos los suyos ganándose así todo su amor y todo su respeto, si ha sido capaz de ser una gran mujer o un gran hombre,  al llegar el momento de su muerte no tiene nada que temer pues, cuentan, al final de tu vida te transformarás en un enorme pez que, internándose en las aguas, será capaz de nadar libre por todos los ríos y lagos que existen, por todos los cursos de agua y por todos estanques de la tierra, inmortal, viviendo así libre y feliz, allí, donde jamás llega hombre alguno, hasta el final de los días del mundo...

El “Big Fish”, el gran pez, que los nativos respetan y protegen ―o que respetaban y protegían en un tiempo donde no nos habíamos vuelto aún todos locos―, no permitiendo que sea capturado jamás, pues saben que podría ser uno de ellos alguna vez o un antepasado o su prima hermana o su tío o lo que es peor, su abuelo o su padre mismo; ya que, sí, casi todos ellos aspiran o al menos aspiraban a ser amados, respetados y admirados como grandes seres, y no a ser valorados por la cantidad de objetos que guarden en la penumbra neblinosa, allí, bajo las oscuras lonas de sus tiendas.

Aquella carpa, en algún momento del distante pasado, había sido alguien que decidió no conformarse y seguir caminando, aprendiendo y lo más importante, no dejando nunca de buscar estímulos; pues algo muere en nosotros cuando nos rendimos, cuando nos abandonamos y dejamos que el sol cruce en espiral sobre nuestras cabezas de forma tan ridícula que parece escucharse, cada vez que lo hace, el pitido de un flautín en ascendente. Algo que siempre me recuerda a una de mis novelas más amadas, Dune, donde en la letanía contra el miedo se habla de “esa pequeña muerte que nos conduce a la extinción total”, producto del miedo en aquel caso, pero que yo entiendo se extiende mucho más allá, pues soy consciente que del miedo brotan muchos de los males del mundo, entre ellos quizás, la ira, el peor de todos ellos.

Pues no hay nada peor que estar muerta en vida; y lo que es peor aún, no ser consciente de ello.

Edanna
24 de julio

 

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