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Tag: cuento

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Cuento de navidad

Si quieres puedes escuchar conmigo una de mis canciones favoritas: "Home"

Hace menos tiempo del que me atrevo a reconocer aquí, tuve una terrible noche de pesadillas. Una de esas noches donde los verdaderos fantasmas, y no esos de papel y cartón que nos inventamos para nuestros juegos, vinieron de nuevo para reírse de mí y asustarme. Los fantasmas del pasado que pueblan nuestra visión periférica.

Te confieso que, con toda seguridad, me hubiese venido muy bien que esa noche me tomaras de la mano para ayudarme a poder dormir de nuevo. Pero esa noche no vino nadie. Porque nunca viene nadie. La primera lección de la vida. La que nos arroja con brutalidad desde la infancia a la edad adulta.

Así, aquella noche, sentada frente a la ventana contemplé una noche más, una de tantas en vela, cómo salía de nuevo el sol.

Puede que te sorprendan estas confesiones, pero no olvides que ante todo Lavondyss es y sigue siendo un blog personal. Así nació, y así espero que siga siendo hasta el final. Estas, por supuesto, son esas pequeñas cosas que te puedo contar gracias a ese anonimato casi obsesivo que mantengo en las redes. Un pequeño privilegio que aún me puedo permitir, pues este no es más que mi propio cuento de Navidad.

Pero te pido disculpas. Me gustaría seguir contándote alguno de mis más oscuros secretos. ¿Por qué no? Todos saben que los cotilleos ayudan a ganar audiencia. Y qué porras, es Navidad.

Verás, yo hace ya algunos años que apenas duermo. Si acaso cuatro horas como mucho. Exactamente de cuatro a ocho de la mañana. Bromas pesadas de la bioquímica. El resto del tiempo podríamos dedicarlo a cualquier cosa interesante. Podríamos hasta escribirnos (por lo que mantengo correspondencia en forma de largas cartas) o jugar al rol, ¡o al ajedrez que me gusta mucho! Yo jugaba en el bosque hace tiempo con alguien a quien amaba. Sí, bajo los árboles, hace mucho tiempo, en la casa del bosque. Pero entonces hice un largo viaje.

Hace muy, muy poco, vinieron también a visitarme los fantasmas del presente, pues yo tengo la mala costumbre de dedicarle energías y tiempo a irme a encontrar con ellos en algún oscuro callejón. Entonces me pareció escuchar una música lejana llamarme desde muy lejos, y unos viejos dioses, muy antiguos, se rieron de mí mientras mi pequeña contemplaba las luces de la calle.

Anoche le enseñé que mucho despues de ponerse el sol, cuando nadie las está mirando, las farolas de la calle curvan los tallos de sus largos cuellos para ir a beber dulcemente de los charcos de madrugada. Ella me sonrió y yo le juré que así ha sido siempre, y que así siempre será. Y su sonrisa iluminó los adoquines húmedos haciéndolos resplandecer. Allí se quedaron cuando volví la vista atrás, iluminando la oscuridad.

Más animada, corrí entonces hasta donde almaceno la montaña de cajas de cartón donde guardé hace ya un par de años todo mi pasado. Me serví una copa de vino y me puse a rebuscar. Mi pequeña dormía tranquila, así que me lo pude tomar con calma.

Allí, después de unas horas, en una de las cajas cerradas con celo y cinta marrón oscura, por arte de magia encontré mi viejo ejemplar de “El Hobbit”. Ese pequeño y verde de Minotauro del que sólo nos acordamos “los de antes”. Ese que guarda sus tesoros al viejo estilo, sin montar circos y disparar fuegos artificiales en su portada. El de aquellos viejos tiempos en los que algunas obras maestras sólo se cuchicheaban en susurros pero que nunca imaginábamos que acabaría, al mismo tiempo que en las carteleras, decorando las latas de Cocacola. El que sabías que no necesitaba nada fuera, pues todo lo que importa está en las palabras que se guardan en su interior.

Lo abrí y me maravillé de nuevo al descubrir que sus dos primeras frases no eran: “En un agujero en el suelo vivía un...” No, su primera frase habla del lenguaje. De su magia y de todo su poder. La auténtica primera frase de El Hobbit dice algo así como:

Esta es una historia de hace mucho tiempo. En esa época los lenguajes eran bastante distintos de los de hoy...”

Hace mucho tiempo, cuando los lenguajes eran distintos a los de hoy... El pequeño libro de lo primero que habla es del lenguaje. El que permite escribir y hacer magia, el que redacta los sueños y permite construir un juego que amamos. Que resulta más valioso que un puñado de joyas y viejas monedas de oro. Uno que nos brinda la posibilidad de compartir nuestros sueños con los demás. Tolkien ya lo tenía bastante claro, aunque tal conocimiento le valiese numerosas críticas. Y lo más importante, este conocimiento ya comienza en la primera línea.

Abracé aquel pequeño libro y me sentí mucho mejor. Esa noche hasta dormí algo más. El pequeño libro me animó, y sólo por eso pude sentirme feliz y estarle agradecida. Por ser el fantasma del futuro que me recordó que es el lenguaje quien nos permite traer magia al mundo. Y que junto a todos vosotros formo parte de una afición construida gracias al poder de las palabras. Juegos basados en el lenguaje, juegos basados exclusivamente en el vasto poder de la Comunicación.

Sinceramente, este tipo de juegos que son todo un privilegio haber conocido.

Me alegré también de que la novela de “El Hobbit” no sólo estuviese de moda sino de que se hicieran una, dos, tres y cien películas, juegos de mesa, de rol, de cartas y de que apareciera en las latas de Cocacola. Porque ahora a donde voy siempre me acompaña. Recordándome algo burlón que todo esto, todo, no es más que una pequeña broma en donde se tira un dado teniendo en cuenta nuestros atributos y nuestros conocimientos. Y aunque importe, en esta broma no sólo cuenta el azar. Hay mucho, mucho que poner de nuestra parte.  

Vaya. Precisamente lo que significa la Navidad.

Hace muy poco me vino también a visitar otro fantasma del futuro desde un pequeño blog llamado “Habichuelas Mágicas”. En él se habla de Magissa y de lo que es un juego de rol. Yo ya he contado mi humilde historia sobre mis propios fantasmas. Una historia sin importancia, pero mi cuento de navidad al fin y al cabo. Pero en este blog se describe el juego Magissa de una forma que pienso resulta el epílogo perfecto para mi pequeña historia. Me gustaría transcribirlo aquí integro, por lo que puedes leerlo a continuación.

A mí sólo me queda desearte feliz navidad y darte las gracias por haber estado ahí todo este tiempo. Espero que podamos seguir juntos mucho, mucho tiempo y que por acompañarme pueda honrarte poniendo bajo el árbol de Lavondyss todos aquellos regalos que más te gusten.

Atentamente
Edanna

Cedntauro Magissa

MAGISSA
Fuente: Habichuelas mágicas

Me han pedido que os hable de Magissa.

Magissa es un juego de rol enfocado para que lo jueguen niños de 5 a 14 años.

Y, ¿qué es un juego de rol?, diréis algunas y algunos.

Un juego de rol es un tipo de juego en el que cada jugador interpreta a un personaje ficticio, e improvisa una historia junto al resto de los jugadores. Es teatro libre, con un director que se encarga de guiar la historia narrada entre todo el grupo, y de marcar las reglas que permiten que los personajes consigan realizar sus acciones.

Para jugar a rol sólo se necesitaba imaginación y un grupo de amigos. Bueno, también papel, lápiz y al menos un dado. Con esos sencillos ingredientes podías ser lo que quisieras. Eras un actor que representaba un personaje y, al igual que le sucede a los actores, mientras interpretabas tu papel eras ese mismo personaje. Sabías extraer la quintaesencia del colmillo de una quimera. Podías calibrar un bláster y marcar las coordenadas del sistema solar más próximo. Eras capaz de soportar el terror de contemplar a los profundos realizando sus ritos oscuros. Podías saber quiénes eran Mesmer y Proteo, hacías las cosas con celeridad en lugar de rapidez y sonreías cuando alguien decía “estoy ofuscado”. Jugar a rol te permitía imaginar en grupo, crear, aprender cosas que no podrías aprender de otro modo y pasar las horas rodeado de amigos.

Cuando decía que jugaba a rol siempre me preguntaban “¿y quién ha ganado?”. En los juegos de rol no se gana o se pierde. Se colabora. La gente no lo entendía. Y yo tampoco podía concebir por qué era necesario definir un ganador y un perdedor para todo. En un juego de rol ves cómo crece tu personaje, cómo aprende cosas nuevas y vive nuevas experiencias. Y sabes que no tiene sentido hacerlo solo.

Con un juego de rol aprendes matemática. Casi cada juego tenía su propio sistema de reglas, basado en el azar y la probabilidad. Era necesario que conocieras el sistema para poder maximizar las posibilidades de tu personaje. Es cierto que tal vez no todo el mundo aprendiera lo mismo. Yo tenía predisposición, y me sabía todos los sistemas. Incluso elaboré los míos propios. También aprendes historia y mitos y leyendas. Un buen director de juego ambientaba sus partidas todo lo posible. Y si era necesario narrar la vida de un grupo de magos en Toulouse en 1213 aprendías sobre geografía, sobre historia, sobre religión, sobre batallas y sobre magia.

Yo empecé a jugar a los doce o trece años. Por aquel entonces los juegos de rol no tenían buena fama, por la demonización de lo desconocido y de lo diferente, tan común al ser humano. Pero para mí y para otros adolescentes jugar a rol fue una opción de ocio, mucho mejor que pasar las horas muertas en un parque o en la calle o delante de la televisión. Es cierto que antes de comenzar a jugar ya tenía predisposición para hacerlo. Me gustaba leer. Me gustaba la fantasía. Me gustaba contar historias. Nadie tuvo que enseñarme qué era jugar a rol, porque yo lo había hecho miles de veces, de niño, con mis amigos en la puerta de mi casa. A veces jugábamos con muñecos, pero otras simplemente imaginábamos. Jugar a rol era lo mismo. Era recordar cómo jugaba de niño. 

Magissa es, como os he dicho más arriba, un juego de rol enfocado a niños. Es un juego, para entretener, para socializar, para aprender. Y una de las cosas maravillosas del ser humano es su manera de aprender, mucho más productiva cuando lo hace jugando.

A los niños les gusta hacer lo que hacen sus adultos. Esto no es ningún secreto. A mi hija le gusta pintar y tocar instrumentos, y le gustan los libros. Lamentablemente, nunca me ha visto jugar a rol. Pero seguro que si algún día me ve hacerlo, querrá jugar, apuntar los tesoros de su personaje en una ficha, tirar los dados de 4, de 6, de 8, de 10, de 12, de 20 caras. Aprenderá que para divertirse no hace falta ganar. Aprenderá que leer es un juego, que sumar y restar es un juego, que resolver problemas y ayudar a sus compañeros es un juego. Y qué queréis que os diga: si puede empezar jugando a un juego como Magissa, mejor. Podrá interpretar a un niño en un mundo de fantasía medieval, a una sanadora, a un mago, a una guerrera o a un pequeño poni (sí, niños y niñas. En Magissa podéis ser un pequeño poni, charlar con un pequeño dragón de Turbonidio o consolar a un fantasma tembloroso y ululante). Podrá contar historias mágicas, y soñar con ellas en su tiempo libre. Dibujará a su personaje, su capa de plumas de halcón con la que puede volar y su collar de hojas doradas, un regalo de las hadas. Y todo en compañía de sus amigos y compañeros de aventuras.

Llevo muchos años sin jugar. Por mucho que intentemos escondernos de los hombres grises, éstos siempre consiguen robarnos un poco de tiempo, con vanas promesas y palabras vacías. Y como jugar a rol es algo que debe hacerse en grupo a medida que creces es más difícil contar con compañeros de juego. Los niños no tienen ese problema. Tienen todo el tiempo del mundo, para crecer y para aprender. Pero lo bueno es que mientras sigamos aprendiendo, todos somos niños. Así que seguid mi consejo, demonios, y jugad a rol con vuestros hijos. Aprenderéis cosas maravillosas. Aprenderéis a seguir el rastro de un unicornio herido. Aprenderéis a construir un golem con la palabra “verdad” grabada en la frente. Aprenderéis a evitar el poder de la mirada encantadora de un no-muerto de ciento doce años. Aprenderéis a ser el mejor arpista del reino.

Aprenderéis que todavía seguís siendo niños.

http://www.lavondyss.net/

http://portal.educar.org/foros/juegos-de-rol-como-herramienta-educativa

 

Edanna, sello personal

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Evnissyen

Dyss, sello general

Dedicado a Virginia Berrocal. Por realizar esta preciosa imagen para Dyss Mítica.

 

El sexto día de la segunda novena, en la tercera estrofa en honor a Maeth, los quinientos hombres que quedaban vivos llegaron al fin a las costas de lo que a partir de entonces sería conocido como Evnissyen, el mar que supone el fin del camino que conduce al norte del mundo. Así fueron llamadas por el jefe de la expedición aquellas aguas en honor a su hija primogénita. La misma que había perdido durante la cruel estación de invierno, un ciclo atrás. No obstante, fue tanto el respeto y el cariño que sus hombres sentían por el que muchas veces logró salvar sus vidas que, en su memoria, sus costas fueron también conocidas con su nombre: Lutska, El Valeroso.

En algún lugar de aquel mar helado, cuentan que existe una isla de cristal que se eleva sobre las olas. A ella van a parar los espíritus de todos los niños que mueren en nuestro mundo antes de haber cumplido las diez estaciones. Allí aguardan, hasta el día en el que La Niña Môrndum, investida como una criatura mortal, vive una única jornada que comparte junto al resto de los mortales. Una vez consumado es entonces cuando, ante la atenta mirada de la Luna de Cebada, se une a ellos abriendo las puertas de la isla y dejando escapar todas las almas. Juntas, van a reunirse con las demás en el Flujo de Almas, visible desde la tierra, y que conocemos como El Sendero de Rheya.

Así fue como me lo contó Erynn, vigesimocuarta primogénita de Elethandian, que por cercanía y cariño es conocida en nuestro mundo bajo el sobrenombre de Edith. Encargada de narrarle a la tierra consciente la crónica de nuestra vida.

Entre aquellos hombres se encontraba Einar Kohl, quien fue el que salvó las notas de viaje de Lutska y que más tarde daría su nombre a las grandes barreras, encontrando un paso que conduce hasta el borde exterior. Todo cuanto encontró allí se lo llevó consigo, pues no tardó en marcharse por segunda vez, poco después de haber regresado con los escasos supervivientes de su primera misión. Cuentan que una vez hubo visto los límites de nuestro mundo, el lugar donde la realidad se despedaza, aniquilándose, supo que ya jamás podría volver a llevar una vida normal. Porque, aun teniendo que pagar un alto precio, fue Einar quien descubrió que nuestro mundo se muere.

Dyss agoniza, sufriendo en sus límites un deterioro progresivo que la aniquila tal y como le sucede a la mente de un hombre al ser consumida por la demencia los últimos años de su vida.

En ocasiones, me pregunto si todo este drama que vive la tierra, oculta tras el velo de nuestra ignorancia, no es la razón de su melancolía. Me pregunto también, muchas veces, si no hemos heredado nosotros una pequeña parte de toda esa tristeza.

Pero una misión como aquella no hubiera sido posible de no haberse urdido un plan con el que engañar a la Bestia Túgal. Tras todo aquello, según se supo varias estaciones después, estuvieron implicadas las Hijas de Morthid, que financiaron la expedición al andar buscando algo que no somos capaces de imaginar. Así, entre todos aquellos hombres había artesanos herreros, carpinteros y navegantes experimentados que, cargando con sus herramientas y muchos materiales en grandes carros, al llegar a las lejanas costas del Mar de Evnissyen tenían la misión de construir los navíos con los que más tarde poder cruzar el mar, en un intento de poner el pie en Conundrum. Una colosal empresa, pues nada en aquellas costas, salvo una tundra helada, aguarda la llegada de quien se atreve a viajar tan lejos. Un largo viaje que les llevó más de dos años.

Su plan consistía en fletar once navíos, cada uno con las tripulaciones mínimas que, zarpando el mismo día, tomarían direcciones diferentes a fin de intentar confundir a Túgal, el Centinela que vigila las aguas. Nada más hacerse a la mar, la bestia no tardó en encontrarlos. Ante su presencia, muchos cayeron encogidos sobre la cubierta, horrorizados por el aspecto fantasmal de su imagen parpadeante.

Uno por uno fue destrozando los navíos, reduciéndolos a astillas y arrastrándolos consigo hasta las profundidades del océano. En total, más de cuatrocientos hombres se perdieron con aquella artimaña. Un sacrificio injusto pero necesario, pues consiguieron crear la suficiente distracción como para que la nave más pequeña de todas, una pequeña embarcación ligera y veloz con treinta y tres hombres a bordo, pudiera llegar hasta la sombra de los picos nevados de la Gran Barrera. Las tan ansiadas costas del Continente Periférico.

Dos ciclos más tarde, ocho años después, conseguirían regresar cuatro supervivientes. Entre ellos el mismo Einar portando los cuadernos de Lutska, junto a dos de sus mejores amigos, enloquecidos para siempre por el canto inmisericorde de Túgal.

Pero todo lo demás, sólo son leyendas.

Edanna
19 de junio

Edanna, sello personal

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En costas extrañas

“Rol” Integrated Life: decoded (8.0)

Chicuelo

Detrás de mi casa se extiende un prado hasta donde se pierde la vista. Tras haberse retirado al fin la nieve y el hielo, unas pequeñas flores rojas y amarillas lo han cubierto por completo. En dos semanas escasas, los árboles se llenaron de hojas un año más y de nuevo el mundo se transforma. Siento que se trata de otra forma de llamar al Poder del Cambio.

Pero por tanta belleza existe aquí un precio a pagar, pues el mundo necesita dormir para poder renacer de esta manera. Un precio que, a veces, se hace difícil de llevar.

En mi casa de OntarioHace dos tardes una mujer de la granja vecina entrenaba un caballo en el prado, haciéndolo correr en círculos. Del animal emanaba un tanto así de elegancia que, extendiéndose por los campos, a mí me daba la sensación de darle un nuevo matiz que se añadía a un mundo de tonos perfectos, completándolo.

Qué extraño, ―pensé, pues se encontraba justo en el mismo sitio donde hacía tres meses me había encontrado con aquel lobo.

Juego a entrecerrar mis ojos, percibiendo un mundo de tonos y manchas de color. Me producen sensaciones más que ofrecerme detalles precisos, algo que ya algunos en el mundo del arte se han dedicado a ponerle nombre. En una realidad que se construye en base a nuestros sentidos no cabe duda de que se trata de una artimaña que deberíamos tomarnos más en serio. Un concepto que se podría aplicar a otros muchos aspectos.

Con los recuerdos sucede algo parecido. Las imágenes de mi memoria se hacen confusas, se tornan borrosas y se difuminan, entremezclándose. Mis recuerdos de España se van apagando, quedando tan sólo un cúmulo de sensaciones extraídas de esos recuerdos.

Las imágenes del pasado se desvanecen. Me viene el calor de las tardes bajo aquella torre…, pero no imágenes precisas. Tengo la sensación de sentir el aire fresco por las calles de mi vieja ciudad, pero no consigo distinguir ni las puertas de las casas ni sus ventanas, ni los colores de los marcos ni sus detalles. Ya no consigo ver nada, sólo me va quedando un puñado de sensaciones. La verdadera tinta de los recuerdos. Memoria escrita con el tinte con el que se inscriben las emociones.

Me dice un amigo en ocasiones que algún día, cuando vuelva, será como lo hacen los héroes. Como Bilbo de regreso a La Comarca, todo cargado con los tesoros de Smaug. A mí, aunque sonría ante tal idea, me invade siempre una sensación de desasosiego, pues sé que cuando lo haga ya nadie me estará esperando. ¿Importa mucho eso? Aún bajo el velo de mi pseudónimo todavía no me atrevo a escribir aquí la respuesta.

Un detalle que marca la diferencia entre nuestro mundo y el de nuestros héroes es que nadie espera la llegada del mágico elixir. El elixir se ha convertido en un tesoro que iremos guardando sólo para nosotros. A estas alturas soy ya muy consciente del origen de este tipo de ideas, así que me detengo, respiro hondo, y vuelvo a cerrar los ojos.

***

Llevo ya algún tiempo leyendo acerca del cansancio de los autores de algunos blog que sigo en mi lector RSS. Personas que sienten, en ocasiones con desesperación, que no existe el elixir mágico que justifique su esfuerzo. Una compensación por su dedicación.

OntarioNadie espera ya que un nuevo Prometeo les robe el fuego a los dioses para entregárselo a la humanidad. Y si alguno lo hace, suele ser visto con la indiferencia del que deja pasar el día y la noche indistintamente. Yo también siento muchas veces estos mordiscos. En mi caso, pienso en muchas ocasiones que en Lavondyss lo que mejor he sido capaz de reunir es una vasta colección de indiferencias con las que podría montar una exposición. Pensamientos que, de nuevo, resultan inútiles, pues no aportan nada.

Pese a ello, me iría bastante mejor si hablara de ropita friki o de cómo unas graciosas y jovencísimas chinitas con mascarilla me hacen la pedicura cada dos jueves por la tarde en Montreal Oeste. La entrada de hace dos meses acerca de las botas de pata de carnero batió todos los records de audiencia en la historia de este blog.

Como si estuviese destinado en respuesta a lo que estoy pensando, alguien viene entonces para ofrecerme una pista sobre todas estas cosas.

Aphrodita, la más pequeña de la casa, sale al exterior y corre hasta mí. Nos sentamos en la mesa de piedra que hay en el jardín. Contenta, me lee un cuento que ha escrito. Como ve que a menudo me doy cabezazos contra el teclado (al estilo del compositor de Barrio Sésamo), encuentra divertido hacer lo mismo, cabezazos incluidos.

Este es el cuento de Aphrodita Wójcik (traducción inédita del francés original, con mezcla de un poquito de inglés, griego y polaco, aunque hablamos en inglés):

Horreur Noir

“Había una vez una princesa de grandes ojos negros y nariz puntiaguda que tenía unas pestañas mágicas. Sus pestañas eran capaces de hacer dormir a quienes ella quería.

Un día por el castillo apareció un caballero dentro de una armadura. Apenas podía andar. No se le veía nada la cara porque la llevaba metida dentro del casco. Le encantaba el jarabe de Arce y siempre llevaba una lata en el cinturón… Así que estaba algo gordo de tanta miel de arce.

Como le gustaba mucho la princesa le pidió casarse con ella inmediatamente, o al menos salir por ahí a bailar, o lo que fuera. Ella le dijo que de eso nada, que eso era un rollo. El caballero se fue hecho polvo y no se le vio más.

Ella entonces se hartó de ser princesa porque todo el mundo quería casarse con ella todo el rato. Se fue a su habitación y se cambió de ropa. Consiguió un vestido de la criada y lo ensució un poco. También lo rompió para que pareciese viejo, viejo. Se tiznó la cara con carbón y se tiñó el pelo de negro. Se puso unas grandes botas y salió del castillo.

Para que nadie la detuviese, usó sus pestañas mágicas para ir durmiendo por ahí a todo el mundo, incluso al rey, que se puso a roncar junto a la reina. La sopa se les puso fría después y se enfadó un montón.

Se fue a los establos y con las pestañas durmió a todos los caballos para que no hiciesen ruido. Menos a un Poni todo negro y bonito que montó. Lo llamó: “Horreur Noir” (Noche de horror).

Antes de marcharse lejos pasó por el pueblo. Allí no durmió a nadie, sino que pasó por la tienda y se compró una bolsa llena de chocolate para el viaje y pasó también por el herrero. Le pidió que le hiciera una armadura y un casco con forma de cubo con dos rendijas para poder ver. Esperó un rato en la sala de espera leyendo en una revista que la princesa del reino de al lado se había partido un pie esquiando. (NdE: Inaudito…).

Cuando la armadura estuvo lista, la princesa, montada en “Horreur Noir”, se fue por ahí por los caminos y los campos ayudando a la gente a veces y otras no, otras los asustaba, era divertido, con lo que se lo pasaba genial…"

Aphrodita Wójcik

Bien, yo en este momento ya sentía nostalgia con la sola idea de poder irme de aventuras tal y como lo estaba haciendo aquella princesa. Tras comentarle a la niña brevemente mi añoranza, le pregunté:

―Bueno, ¿y cómo termina la historia? ¿Qué sucede después?

―Nada, que se va con su poni negro a vivir aventuras. ¡Y pasa de ser princesa! ―Me responde.

―Hmm… Vale, lo de pasar de ser princesa está bien, aunque te advierto que la paga es buena y sin límite con la tarjeta de crédito. Pero, tu historia necesitaría un conflicto.

―”And that mean…?” (¿y eso significa…?).

CaperucitaSignifica que tu personaje desea algo y hace lo posible por conseguirlo, aunque no sea fácil y otros no quieran que tenga éxito. Sólo eso. ―Le contesto.

―Pero es divertido. ―Me dice.

―Lo es, pero podría ser más divertido si seguimos con tu historia. Y así contamos qué quiere tu princesa y cómo lo consigue. A ver “PetitBug” (bichito), ¿qué sucedió con el caballero?

―Que se marchó todo triste a luchar por ahí…

―Por ahí, ehm… vale, vamos a suponer que ya que estaba triste porque la princesa no quería casars…, ejem, liarse con él, para demostrarle que era digno de su amor se fue a luchar contra un dragón. El dragón lo capturó, al pobre, metiéndolo en una jaula sujeta del techo de su cueva. Y lo alimenta dándole huesos de pollo. La idea es comérselo, pero más adelante. Sin prisas…

―Ah…, el dragón del volcán… ―Me dice, comenzando a mostrar señales de estar entrando en un curioso estado de trance.

―Ehmm…, sí ese, el del volcán.

― ¡Y entonces ella va a rescatarle! ―Me dice con entusiasmo― No quiero… ¡ups!, porque ella NO QUIERE que el dragón se lo coma.

―Y si lo consigue, ella le ofrece ser su amiga que es más importante, y después ya veremos…, que hay que ver qué prisas… ―Le comento asiendo alusión a un niño que hace poco le confesó su amor y al que ella le dio calabazas hace poquito.

¡AWESOME! ―Me dice. Expresión recurrente en la nena. Entonces, tengo una idea.

―Se me ocurre que podemos jugar a ver qué es lo que sucede y así, más tarde, escribes lo que pase como el final del cuento.

― ¿De verdad? ¿Y cómo hacemos eso? ―Me pregunta.

―Sí bichito, mira, estas monedas de aquí pueden servir para jugar las aventuras de la princesa. ―mientras, pongo sobre la mesa varias monedas de 25 céntimos―. Como es muy fuerte y lista, tira varias monedas que además de su fuerza y habilidad representan la suerte que tiene en su aventura. Yo te iré contando los peligros con los que se enfrenta, tirando también monedas. En aquellas monedas mías en que salga cara anulan a las que sale cara de las tuyas, pero no en las que salen diferentes. Al final, el que más caras tiene en una tirada es el que gana.

A todo esto, la sombra de la duda de si el mecanismo era así o no, me acompaña todo el tiempo. Lo curioso es que ella no parece tener dudas de ninguna clase.

― ¡AWESOME! ¡Vale! ―Vuelve a exclamar bastante animada―. ¿Y cuántas monedas tira cada uno?

―Eso depende del personaje, del enemigo y de lo que haga, y además ¡puedes hacer magia!

Cogiendo algunas piedrecitas de mármol que hay en el jardín, tras lavarlas un poco escribo una palabra en cada una con rotulador. Cuando termino, las envuelvo en una servilleta y se las entrego.

―Estos son tus hechizos. ―Le digo―. Cuando gastas uno ya no puedes volver a lanzarlo hasta que duermas como una marmota al menos una noche entera. Cada piedrecita es un hechizo diferente. Uno te permite hacerte invisible. El otro lanzar un rayo destructor. Este hace una nube de humo apestoso que hace que te pongas verde y a lunares. Otro hace bailar a tus enemigos hasta que caen exhaustos. El otro encanta a los animales y a las personas, para que hagan lo que tú quieras durante un tiempo…

Y así, termino explicándole el resto de sus hechizos, siempre intentando recordar aquellos más divertidos que recuerdo del D&D.

De esta forma, con su casco de cubo en la cabeza, una espada (encantada por supuesto, qué menos) y a lomos de su terrorífico poni, la princesa se embarca en una aventura que la lleva al “Bosque de las Siempre Tan Inoportunas Maldades”, donde debe luchar con las mofetas de rayas rosadas. Atravesar el “Cañón de la Mala Pata”, donde un puente de cuerda es custodiado por un troll que termina bailando hasta que sale el sol ―transformándose en piedra claro está―. Cruza por el pueblo de los “Gnomos Ladrones”, donde un rayo destructor hace volar por los aires su “iglesia”, lo que provoca la desbandada general de sus habitantes sin sufrir, eso sí, ni una sola baja; (no pasa nada porque ella los llama por el móvil para que vuelvan). Todo eso bajo el gran cometa del mundo imaginario que le ofrezco para que ponga allí su cuento, una idea que la entusiasma.

Finalmente nuestra princesa se enfrenta a un dragón que tiene más de la encantadora novia del asno de Shrek que de villano (porque todo son influencias), por lo que al final terminan todos haciendo las paces.

He de admitir, eso sí, que tuvo bastante suerte con los dados, es decir, con las monedas. Sacó 5 éxitos contra 1 fallo en el primer golpe, lo que provocó un hundimiento de la moral de su antagonista, que se dio cuenta de que con aquella princesa no se juega.

Tras sus éxitos, su rostro se fue iluminando, y aquellos ojos brillaron. Aphrodita descubrió de todo este proceso un nuevo camino. Uno que ahora siempre llevaría junto a todo un conjunto de experiencias. Más tarde terminó su texto, que leyó en clase con la felicitación de sus compañeros.

***

Otawa RiverHoy, paseando por el jardín recordé las palabras de un profesor que hace tiempo me dijo: “Escribir es un camino solitario, aunque se consiga el éxito siempre se está solo”. A estas palabras les añado las mías, y es que desde el momento que nacemos hasta el que morimos estamos solos todo el tiempo.

Pienso que el camino de la verdadera heroicidad está en conseguir aceptarlo, superando con éxito todo cuanto nos aflige y que nos impide hacer lo que queremos. El auténtico camino del héroe que nos toca vivir es conseguir así nuestros éxitos personales, siendo capaces de poder desprendernos a lo largo del proceso de todos nuestros demonios. Es lo que me impulsó una vez a desear permanecer siempre en movimiento. Pero todas estas cosas no son más que mi opinión, por supuesto.

Mi moraleja es que lejos de mi casa y de todo cuanto una vez conocí, jugando al rol una tarde en algún lugar de Norteamérica, la pequeña Aphrodita halló su elixir, y yo encontré el mío.

Un elixir invisible que está ahí para cada uno, y que es en realidad el que importa, iluminando los rincones más oscuros al igual que lo hace la luz de Eärendil, cuando ya no hay ninguna otra luz. El centelleo de un elixir que sólo podemos ver cuando todas las demás luces ya se han extinguido.

Agradecí entonces haberle dedicado tanto esfuerzo a una actividad de la que soy muy consciente que difícilmente voy a obtener una retribución directa, si no es la que se obtiene para uno mismo. Me animó también a tener la seguridad de que nunca he perdido el tiempo por tratar de hacer lo que me gusta. Pues aquella tarde el haber trabajado en mis pasiones me dio, cuando menos me lo esperaba, otro gran momento en mi vida. Uno que guardaré como uno más de entre todos sus muchos tesoros.

10 de mayo
Edanna

Edanna, sello personal

 

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