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Tag: ciervo

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Rojo sobre blanco

La noche pasada, de madrugada, los lobos mataron a un ciervo detrás de la casa. La nieve teñida de púrpura centelleaba bajo la luz de la mañana. Alrededor de sus ojos vidriosos, aún con la mirada perdida tras el velo de su muerte, el animal continuaba resplandeciendo de belleza. Los vi desde mi ventana, en lo alto de la vieja casa, corriendo alegres por los campos, jugando a sus juegos traídos desde antaño en su memoria.

Mientras, no cesa de nevar; todo es blanco, todo es blanco, ahora todo es blanco entre nosotros; en mi viejo y querido lugar, todo es blanco entre nosotros.

No muy lejos de allí existe un bosquecillo, con sus árboles ahora desnudos de hojas, donde imagino que tienen una camada. El líder de la manada es tan grande como un lobo blanco, y sus ojos destilan una inteligencia que proviene de tiempos pasados.

Me observó con una extraña mirada, entre burlona y desafiante desde detrás de la cerca; ésta, cubierta ahora de nieve, no supone ninguna barrera para poder encontrarnos una noche, poco después de caer el sol tras los bosques.

MartinWittfooth-vernus_small.jpgYo, soñando siempre con olas que braman sobre una mar centelleante, no pude escuchar los aullidos aquella noche, pero los volví a divisar al anochecer del día siguiente cuando volvía de Alexandria. Iban corriendo sobre la nieve como borrones parduzcos. Soplaba un viento gélido entonces, llevando en sus brazos nubes de plata sobre un lienzo blanco.

Algunos aullaban, felices, pues son conscientes de que este año la nieve retrocederá pronto. Eran alrededor de una docena, algunos muy jóvenes, que se dirigían desde su bosque hacia el río, donde saben que pueden encontrar los restos que los pescadores arrojan al marcharse tras pasar el día pescando a través del hielo, refugiados en sus tiendas.  Cuando los ven venir, los coyotes huyen aterrorizados, con sus finas patas evitando las grietas que comienzan a aparecer ya sobre el hielo.

Y en la lejanía los campos se extienden blancos hasta el horizonte. Remolinos de polvo de nieve plateada que juegan a verse los unos a los otros hasta comprobar quién recorre más distancia. En ese lugar en donde nació el término infinito, la belleza de la soledad toma aquí su definición primera, para marcharse poco después a recorrer el mundo.

Tiene un mensaje de dignidad todo esto cuando lo comparas con un mundo acostumbrado a dar mordiscos invisibles que no consigues ver venir desde ninguna parte, ya que se trata de una cuestión de contraste. Tiene la virtud este paisaje de hacerte olvidar rápidamente todo cuanto nos suele preocupar de la vida cotidiana. Pues, qué lejos quedan de aquí los que vienen a ti sonriendo mientras en realidad cuanto anhelan es poder despedazarte a dentelladas; qué lejos resultan ahora los sueldos miserables; los empresarios sin escrúpulos, pero también los negocios sin sentido de todo cuanto queremos creer que resulta sensato; los tratos sin ética de la banca repugnante y sus lacayos, los que los obedecen tal y como lo hacen los soldados al legitimar órdenes sin sentido; los gobernantes mentirosos y todos los políticos corruptos del mundo.

Es el mismo tono de rojo, pero uno que no resulta tan visible ya que no hay nada tan blanco sobre el cual poder compararlo. Se trata pues este otro rojo sobre la nieve de un rojo honesto, tan claro como lo son los números; única forma de poder apreciar la belleza —de haberla— en su final, si es que existe. Puede que resulte difícil encontrarla, pero sí que se halla aquí la dignidad.

Este ciervo sobre la nieve me recuerda a tantos otros corderos, pero con un matiz que marca la diferencia, pues son éstos corderos dotados de cornamenta, una que crece y crece, formando sus propios árboles de sabiduría; la que nos alimenta, la que sube y, extendiendo sus alas, se alza y vuela, alcanzando todo cuanto nadie más pudo conseguir alguna vez.

Porque este ciervo tuvo la suerte de terminar con dignidad, para mí nuestro don más preciado; allí, en ese único lugar en donde no puede haber belleza, por mucho que se empeñen las niñas góticas de nuestras ciudades en tratar de encontrarla.

Sin la intención de pretender construir melodramas, a mí, todo esto simplemente me dio motivos de alegría. Porque, mientras el viento gélido que siempre sopla aquí del noroeste levanta nubes de polvo de nieve, tuve la fortuna de mirar a los ojos a un extraño sabio que me observó con la mirada de todos sus antepasados, un anciano errante que desde el otro lado de la valla se molestó en cruzar conmigo una mirada durante unos instantes.

Yo le sonreí, y tras desearle suerte se marchó, aullando, junto al resto de su manada, dejando atrás el cuerpo ya devorado de su presa, feliz de estar entre los suyos, para desaparecer poco después, en algún momento, tras los campos nevados.

Porque ahora está nevando, y todo es blanco, todo es blanco entre nosotros... Allí, en mi vieja ciudad perdida, ahora todo es blanco entre nosotros...

Edanna
26 de febrero

 

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Curadhan ”El Ciervo de Cullegh”

Dyss, sello general

“Mysteries Abound”

De todos los Centinelas que hay en nuestro mundo, existen tres cuya naturaleza es de tipo Imago, siendo Curadhan el primero entre ellos del que hablaré aquí. Y no lo haré porque se le considere el más poderoso —un concepto subjetivo e irrelevante que sólo funciona en nuestra escala de consciencia—, sino porque se trata del Poder Nómada más querido, sin que la naturaleza acerca de sus orígenes signifique un impedimento para ello. Curadhan es, sin duda alguna, el más estimado de todos los Centinelas.

Aunque los Imagos se tratan en su capítulo correspondiente, has de ser consciente de que su origen proviene de lo que entendemos como: los arquetipos ancestrales; es decir, imágenes de la mente —y/o hasta sueños— que son compartidos por todas las criaturas conscientes, estando presentes en el inconsciente colectivo. En síntesis: los Imagos existen porque los creamos nosotros mismos.

Duradhan, El Ciervo de CulleghRepresentan ideas fundamentales o sueños que todos juntos compartimos como, por ejemplo: el miedo a la naturaleza salvaje, el terror ancestral a los océanos, el ansia de una entidad vengadora y justiciera, la firme creencia de que el amor y las pasiones provienen de una fuerza latente en el cosmos, la incertidumbre ante el más allá o, como en el caso de Curadhan, el anhelo de un ser que nos sirva de guía a lo largo de todos los caminos de nuestra vida.

Dyss percibe todo cuanto está oculto en el inconsciente de las criaturas que existen en el mundo, tanto el que se halla de forma individual dentro de cada uno (y que nos diferencia de los demás) como el que se encuentra compartido entre todos de forma colectiva. Por razones que aún no logramos comprender muy bien (en realidad nada bien), Dyss hace tangibles algunos fragmentos de esas percepciones, situándolas en nuestro mundo.

Pero..., ¿por qué razón hace tal cosa? Muchos se lo han preguntado y nadie es dueño aún de una respuesta satisfactoria. Se cree que se debe en parte a un afán de tratar de complacer a los seres conscientes mientras trata de comprenderlos, intentando ofrecer lo que con tanta ansia parece que desean tanto, aún sin que éstos tengan muy claro de qué se trata. Lo curioso es que mucho de lo que se esconde en nuestro inconsciente —y que compartimos colectivamente— no son otra cosa que todos nuestros temores. El que se hagan reales no deja de resultar una extraña paradoja que provoca más conflictos que ventajas.

Así pues, Curadhan, también llamado “El Ciervo de Cullegh” —título que hace referencia a los dominios donde posee una mayor influencia—, proviene del deseo de un guía que nos ofrezca una pista del camino a seguir, desterrando así la incertidumbre que surge ante el hecho de tener que tomar decisiones. Pero no sólo se debe a éste temor sino que, además, obedece al fuerte deseo de tratar de hallar la pista que nos conduzca a todo aquello por lo que creemos que hemos venido a este mundo, encontrando al fin el sendero que le dé un claro sentido a la existencia. Es decir, de intentar encontrar nuestro lugar en el mundo y el significado de nuestra misión en la vida.

No obstante, Curadhan es mucho más que un guía pues representa también al poder benévolo de la naturaleza. Único guardián protector que como un árbol frondoso nos ofrece su sombra, acogiéndonos. Su origen nace de un sentimiento que nos puede resultar familiar: la percepción de custodia que, en ocasiones, nos invade cuando deambulamos perdidos a través de los bosques, sintiendo que toda la fuerza viva de la naturaleza pretende ofrecernos cobijo, protección y consuelo. El Gran Ciervo de Cullegh no es otro que el mismísimo espíritu del bosque en su estado más puro, sirviendo de portavoz al inmaculado vestigio de la naturaleza viva, que se muestra representada en una única entidad consciente e inteligente, y con la que podemos mantener un trato directo.

Todo lo que resulta opuesto a estos sentimientos es precisamente lo que da origen a los otros dos Centinelas tipo Imago: La Bestia Primigenia, que representa al terror ancestral a esa misma naturaleza, es decir, a todo lo contrario a lo que Curadhan personifica, y Túgal “el Enloquecido”, que es la muestra tangible del pavor que de antiguo poseemos a los océanos y a las profundidades.

El arquetipo del guía o mentor es uno de los más poderosos que se hallan en la mente de las criaturas, encontrándose contrapuesto a todo cuanto significa el segundo Gran Poder tipo Imago, La Bestia Primigenia. Ambos resultan ser conceptos completamente opuestos, personificando a los contrarios —además de tratarse de enemigos mortales— y que aún así coexisten, existiendo en armonía, pues nada significan el uno sin el otro.

Los tres representan una tríada de arquetipos ancestrales, muy presentes en la realidad de nuestras vidas y que, juntos, comparten un origen común. Debido a esto los Imagos son, en cierto modo, criaturas inmortales, ya que al descender directamente de un concepto, sólo desaparecen definitivamente cuando ese concepto muere o se transforma, siendo la segunda de estas opciones la más corriente.

Así pues, no importa si son destruidos; no importa si se trata del mismísimo mundo el que intentara poner fin a su existencia (lo que explica el porqué de la presencia de pesadillas como Túgal); los Imagos vuelven a resurgir una y otra vez ya que los arquetipos que se hallan ocultos en nuestro inconsciente no pueden ser perseguidos o destruidos, sólo pueden transformarse o ser olvidados para siempre.

Resulta irónico que, a pesar de ello, sean muchos los que se empeñen en creer lo contrario, tratando de destruirlos una y otra vez...

***

Curadhan es protector de los bosques y de todas sus criaturas, de la vida natural, de los exploradores y del descubrimiento. Es aquel espíritu bondadoso que desea conducirte a tu destino, allí donde se produce el cambio que te permita encontrar tu suerte. En sí mismo simboliza toda nuestra ansia por querer avanzar hacia lo desconocido mientras albergamos la esperanza de encontrar un guía o mentor que nos dé una pista acerca del sendero que debemos seguir. Según él, el deseo por el descubrimiento es la única forma de hallar la trascendencia, siendo la curiosidad la fuente de la cual parte la ambición de tratar de llegar más allá a fin de evolucionar, intentando descubrir que depara un destino que no debería estar escrito en sitio alguno.

Todo esto supone también una contradicción, pues tal deseo se encuentra de bruces con algunas prohibiciones que existen en nuestro mundo; como la de intentar hollar los misterios que hay más allá del océano prohibido, tratando de disuadir a todos aquellos insensatos que traten de poner el pie en el continente periférico.

Curadhan existe en muchos momentos y lugares, teniendo el don de poder estar en muchos sitios a la vez. Existe incluso bajo aspectos que presentan sutiles diferencias, siendo algunos más esquivos o huraños mientras que otros resultan algo más confiados y de comportamiento más dócil. Esto se debe a las diferentes variaciones que se tiene del arquetipo raíz de su origen, reflejándose esos matices en sus distintas apariencias. Sin embargo, todos ellos forman la misma criatura, una única entidad dotada de una sola consciencia que, habiendo transcendido hasta fronteras incomprensibles para nosotros, se encuentra en perfecta armonía con el mundo en el que vivimos.

Así cumple con su misión de ser el mentor que guía a las criaturas hacia un posible destino, sin olvidar nunca que éste no se encuentra descrito en ninguna parte, por lo que se trata de toda una suerte de opciones que se reflejan en los diferentes senderos del Árbol del Tiempo. Todos esos caminos posibles vibran en el Gran Árbol, resonando y emitiendo ondas que se propagan a lo largo de todas las realidades. Curadhan tiene la capacidad de poder verlas, lo que le permite elegir aquella que más le conviene a los afortunados que lo necesiten. Por ello trabaja en perfecto equilibrio con Rhiatan, la Centinela de las Puertas, con la que viaja a menudo por toda nuestra hermosa tierra.

Doncella CiervoEn su dedicación sirve también a otras criaturas de tipo Imago, tratando de ayudarlas a encontrar el camino por el cual se han llegado a hacer tangibles puesto que, en la mayoría de las ocasiones, éstas se encuentran perdidas, deambulando sin rumbo y sin un propósito. A éstos les ofrece la pista de su lugar en el mundo, el secreto de una historia que está esperando ser contada y que, pese a que él también la desconoce, precisa de un mentor que ofrezca el primer indicio que conduzca hacia lo que le dé algo de sentido a toda una sucesión de incertidumbres.

Pero al igual que sirve a toda criatura viviente, sea cual sea su naturaleza, Curadhan guarda y protege un mundo que ama antes que cualquier otra prioridad. Tras esta verdad incuestionable, Curadhan es consciente de que la existencia es una gran historia que está esperando ser contada, dentro de la cual todos tenemos un papel. Para él, cada criatura es un héroe que precisa del consuelo de un guía que le ofrezca, al menos una vez en algún momento de su vida, una pista que le permite encontrar lo que más anhela en el fondo de su corazón.

Lo que sucede es que son muy pocos en realidad los que a lo largo de su vida le dedican un solo momento a tratar de escuchar lo que su instinto trata de decirles. La mayor parte de los seres conscientes cruzan por el río de la vida en un estado de distracción, absortos en trivialidades, deseos mundanos que son producto de aquello que nos dicta el tratar de complacer a nuestros sentidos o bien a fútiles caprichos, sin preocuparnos de asuntos de mayor trascendencia. Así pues, no son muchos los que tienen el privilegio de poder disponer de la ayuda del Ciervo de Cullegh, una vez han dedicado algún esfuerzo en tratar de reconocer qué es lo que desean, o hacia donde se sienten inspirados para comenzar a dirigir sus pasos.

Puesto que Curadhan es también quien anuncia el momento de partir cuando se espera realizar un largo viaje, no todo cuanto se asocia a él está relacionado con la alegría. Todo aquel que en algún momento haya sentido el ansia de querer marcharse muy lejos, justo en el momento en el que tiene la oportunidad de encontrarse con el gran ciervo sabe que, en ese preciso instante, el momento de la verdad ha llegado, sean cuales sean las consecuencias que deriven de ello.

Es mediante sus diferentes aspectos como es capaz de recorrer inmensas extensiones de territorio, estando allí donde no cabría esperar que fuese posible encontrarlo. En todas sus misiones a lo largo de nuestro mundo Curadhan muere infinidad de veces, un destino que esta vez sí que se encuentra descrito, aunque  sólo para él, dentro de cada pequeña historia, pues ese es su papel en cada una de ellas.

No obstante, Curadhan siempre vuelve a resurgir, renaciendo una y mil veces; algo que seguirá haciendo mientras exista el concepto que lo vuelve a traer a la vida. Así sucedió, por ejemplo, cuando llevo a la Centinela Edith sobre su lomo, conduciéndola hacia lugar seguro antes de ponerla en manos del Cuervo Ruadh al tratar de salvaguardarla de los Hijos de Morthid. De esta forma, Curadhan, con su propia historia, participó también en la historia de ella, una historia donde estaba descrito que él tendría que dar su vida por protegerla, cosa que hizo, para renacer de nuevo muy lejos, en algún otro lugar.

De él descienden Los Hijos de Curadhan, una raza de hombres-ciervo, casi espíritus ancestrales de la naturaleza, que consiguieron prosperar en el mundo alcanzando un lugar como pueblo por derecho propio. Se trata de unas hermosas criaturas de tipo humanoide, dotadas de una fisonomía cuyos rasgos son producto de la hibridación entre humanos y ciervos, incluyendo la presencia de grandes astas que exhiben sobre sus cabezas con orgullo, símbolo de su antigüedad y experiencia. Son seres espirituales que tratan de ayudar a las demás de acuerdo con los preceptos de Curadhan. Habitan en los Dominios del Ciervo, un vasto territorio situado al Oeste del Continente Central junto a La Tierra de los Hombres Caballo. Allí, la influencia de esta raza sobre la naturaleza es evidente, sintiéndose la presencia de su Poderoso Señor sobre cada minúsculo rincón, tronco o ramita de una forma muy especial.

El Ciervo de Cullegh muestra el aspecto de un viejo ciervo macho; un poderoso miembro de su raza dotado de una vigorosa musculatura, aunque con un aspecto entre viejo y cansado que da la impresión de albergar una dilatada experiencia. Un aprendizaje que se muestra de forma tangible bajo una colección de cientos de heridas repartidas por todo su cuerpo.

Algo más grande que un miembro habitual de su especie, posee una enorme cornamenta que presenta una particularidad que lo hace único, su asta derecha se encuentra quebrada. En efecto, Curadhan tiene el asta rota en su primer tercio, faltándole así un buen trozo. Parte de ella le fue entregada a la Jagath, la Centinela que se esfuerza en tratar de hilar los caminos del destino, y que se encuentra en su posesión aún en la actualidad. Pero el resto del asta quebrada es el resultado de centenares de miles de batallas y de innumerables acontecimientos a lo largo de una larga vida llena de experiencias.

Por ello, el símbolo de Curadhan es el círculo engastado con el Trisquel al que se superpone el motivo de un ciervo con un asta mutilada. La tríada espiral o Trisquel es símbolo de renacimiento, un ciclo continuo de muerte y vida que se repite hasta el fin de los tiempos. La imagen del ciervo muestra el asta rota, simbolizando todo aquello que, formando parte de nosotros desde el comienzo de nuestras vidas, vamos dejando atrás debido a las vicisitudes de la existencia. No sólo de una forma inconsciente, sino también debido a todas las elecciones que nos vemos obligados a tener que tomar, teniendo que renunciar a veces a una parte de nosotros mismos y que nos obligan a tener que ir abandonando una porción de nuestro ser a lo largo del camino de nuestra vida. Curadhan renunció así a una parte de sí mismo por poder llevar a cabo su misión.

En honor a Curadhan ni se alzan monumentos ni se levantan templos. Curadhan es una entidad cercana y familiar al que la gente solicita guía y auxilio. Existen cultos sí, pero se realizan en lugares al aire libre, bajo los árboles siempre que es posible. Muchos niños de nuestro mundo aprenden desde muy pequeños que hay que dejarle algo de comida a Curadhan detrás de la casa, siendo éste un elemento muy arraigado en nuestra cultura popular (resulta habitual saber también que lo que más le gusta son las manzanas). Hay familias algo más acomodadas que dejan incluso un bloque de sal tosca cerca de la casa por si el Centinela decide hacer una visita de madrugada —algo que, por cierto, hace muy felices a todos los demás ciervos comunes y corrientes—, siendo esta una costumbre muy extendida, sobre todo en el Oeste.

Con su ciclo de muerte y de retorno constante, Curadhan nos ofrece la valiosa lección del sacrificio, pero también el de la esperanza de saber que, si nos detenemos un momento a pensar en ello, todos tenemos la oportunidad de poder encontrar todo aquello que hemos estado buscando alguna vez. 

Principios

— Defiende al mundo de sus peligros, ofreciendo el consuelo que trae el amparo a los débiles.

— Trata de hallar el camino de tu vida deteniéndote a escuchar a tu corazón, te sorprenderá descubrir que lo que en verdad anhelas se encuentra allí, si eres capaz de detenerte y escuchar.

— No dejes de explorar el mundo que te rodea así como a ti mismo. Es en ese camino en donde encontrarás la trascendencia que te permita encontrar las puertas que conducen a Lavondyss.

Arquetipo: El guía, el mentor.
Poder menor: Nómada.
Se asocia al género: Masculino.
Origen: Imago.
Alineamiento: Caótico bueno, (bueno).
Símbolo: Un gran ciervo con un asta rota.
Color preferente: Arcilla y rojizo oscuro.
Arma predilecta: Armas punzantes.
Áreas de influencia: Cambio, viajes, suerte, nobleza, protección, destino, otoño.
-Dominios D&D 3.X: Bien, curación, animal, tierra, suerte, protección, viajes.

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La huida (ed. revisada)

Dyss, sello general

En su carrera, el ciervo volaba por el bosque.

Sus pezuñas dejaban rastros pares en el húmedo manto de hojas podridas. Huellas distantes en su alocada carrera por la vida. De sus hollares goteaba la saliva caliente, y un vaho desesperado se mezclaba con las claras nubecillas de vapor del suelo y las hondonadas.

El astil de una flecha corta le sobresalía de su cuarto trasero, bañando de púrpura su costado, dejando tras de sí un rastro claro y diáfano, como una luz guía para la jauría. El bramido de los perros y los gritos de los hombres resonaban detrás, siempre cercanos, y por más que corriera con toda la fuerza de su poderosa musculatura, no apreciaba que ganara distancia entre la jauría y él.

El ciervo cruzaba a través de las ramas que siempre se interponían; hojas molestas que le daban latigazos en el pecho fuerte y blanco, surcado de cicatrices del pasado. Sus astas se erguían como una corona, una de ellas rota desde antaño; jirones de tela enredados en ellas cimbreaban al viento con la veloz carrera.

El ciclo del Niñoroto, como lo llamaban, se completaba una vez más. La última cacería: la caza del venado del asta rota.

La jauría no daba tregua; lebreles de blancos dientes arrojaban brillos que el ciervo veía a través de su visión periférica, presagio de la caída, aviso de que esa carrera era la más importante de su vida. Muchos hombres corrían trae él, y corrían como hacían los hombres de antaño, veloces y tan feroces como sus perros hambrientos. Llevaban pieles sin curtir, barbas sucias con cabellos sucios, lanzas, arcos y flechas toscas, pero mortales. Hablaban un extraño dialecto, y sus narices chatas olisqueaban al igual que los perros la sangre del venado.

Pero desconocían, que estaban escribiendo su propia historia.

El jefe del grupo de cazadores era el más fuerte, llevaba un collar de molares de ciervo, de pequeños astiles de venado y colmillos de lobo. Todos aquellos hombres apestaban, y Niñoroto los olía cada vez más cerca, tan diferentes, tan astutos, como sus perros.

Del arco del jefe voló la flecha que lo cogió desprevenido; no pudo olerlo, no pudo pues estaban untados de grasa de ciervo y excrementos de animales para disimular el olor a hombre, tan inconfundible. La muerte voló con un zumbido bajo para clavarse en su costado.

La carrera se llevaba consigo más de una hora y el bosque se volvía cada vez más oscuro. La historia se repetía una vez más; el mito del ciervo guía y de una nueva muerte en el bosque; el descubrimiento del claro y el hallazgo de la fuente que habla.

Y aquel hombre, llevaría su propia historia a otro lugar del bosque. Aunque esa historia no cabía en esta carrera pues le era ajena, y otro ciclo estaba a punto de comenzar.

Atravesó los arroyos, salpicando las ramas bajas con el brillo de pequeñas gotas que parecían detenerse en el tiempo, en un instante de terror absoluto, centelleando a un sol que se entreabría en rayos claros por las hojas de la techumbre espesa del bosque. Sus patas hincaban la tierra, dejando agujeros profundos; el sudor bañaba todo su lomo y su pecho. Estaba agotado; la herida le dolía mucho; se mareaba por la pérdida de sangre; en su pecho, los pulmones le ardían como el fuego.

Llegó al claro, allí donde habitaba la fuente que habla. No se demoró, aunque sabía lo que vendría pronto. El penúltimo proceso de su persecución, se consumaba.

Niñoroto escuchó como los hombres se demoraban, atónitos por lo que habían descubierto, y parte de su propio mito comenzó allí. El jefe del grupo perdería el interés por el ciervo al ver la fuente en el bosque, que le hablaría, llevándole a cumplir su propio destino. Como el destino del ciervo guía envuelto a su vez en otro mito.  Niñoroto ahora cumplía, pero su historia no había terminado.

Los lebreles de brillantes dientes al sol y fauces de espuma blanca no fueron llamados por sus amos, y si tal cosa hubiese ocurrido su mismo deseo los habría hecho desobedecer. En sus mentes de cazadores solo había una imagen: el dulce olor de la sangre de venado.

Tropezó, y con un chasquido semejante a una rama al romperse, su pata quedó quebrada. El dolor fue lacerante, bramó de angustia. Los perros aumentaron sus ladridos, excitados por  saberse conocedores de su propia victoria. Niñoroto se levantó, renqueante y cojo, dándose la vuelta enfrentó, con una cornamenta de más de cien años, al enemigo del colmillo largo.

El primero embistió en un salto directo a su cabeza, le atravesó con el asta desde el vientre hasta el lomo, quebrándole la columna limpiamente y lanzándolo contra un roble donde, con un chasquido de huesos rotos, quedó exánime con una mueca de rabia en sus fauces.

El segundo lo atacó de costado, el ciervo se giró y le quebró el cuello con sus pezuñas en una coz bien aprendida en los primeros días de su larga vida. El perro, dando un aullido, quedó inmóvil.

El viejo ciervo jadeaba, con el pecho a punto de estallar de agotamiento; rememoró la imagen de la cierva de su última camada, sus vástagos trotando junto a él, cuando guiaba a la manada donde la hierba creciera tierna y firme, donde el agua fuera clara y el sol abundante. Los pequeños cervatos jugaban a huir, brincar, correr y perseguirse; a salir corriendo de repente ante un ruido o un siseo; a escudriñar la maleza buscando depredadores mientras los demás bebían en el arrollo, aprendiendo, como aprenden todos los animales su propio papel en el ciclo de la vida.

Unos colmillos se le clavaron en el pecho; le desgarró la piel con las mandíbulas una perra hembra muy bien adiestrada, la más vieja del grupo que, astutamente, usó un ángulo en el tercer cuarto de su visión periférica; allí donde las imágenes eran confusas si giraba mucho la cabeza. Lo había conseguido aprovechando la caída de su otro compañero de caza, una caída necesaria para poder acercarse lo suficiente al ciervo y conseguir herirle.
El ciervo bramó una vez más de dolor; trató de pisotear a la perra, que rápida, se liberó de sus peligrosas extremidades y retrocediendo unos pasos, buscó su oportunidad para un segundo ataque. Los amenazó con la cornamenta; los perros conocían el peligro; debían actuar juntos y asediar a la bestia, hiriéndola una y otra vez.

El ciervo recordó sus carreras por los prados, la visita al Refugio y las mansas aguas del lago donde dormitaba muchas veces bajo las estrellas del firmamento, atento y vigilante por sus vástagos y por la manada. Recordó cuantas veces había vencido a los machos jóvenes que intentaban usurparle el cargo de líder y del berreo de las hembras ante sus victorias, excitadas por su fuerza y su poder. Recordó muchas cosas hermosas, mientras se le nublaba la vista e iba desfalleciendo. Recordó su propio nacimiento, el olor de su madre, el sabor de la leche caliente de su cuerpo, y cuando le lamía tiernamente la cabeza para limpiarle.

No percibió el dolor cuando el resto de los ocho perros se abalanzó sobre él, desgarrando por todas partes su cuerpo, llenando con su sangre el rincón del bosque, donde volvería a la tierra. Para renacer. Para cumplir de nuevo su cometido en su propia historia.

Los perros lo despedazaron; el sonido de sus mandíbulas y gruñidos de satisfacción resonó en el bosque, ajenos a sus dueños que ya no pensaban en la caza sino en su propio destino, al ser guiados hasta allí por el ciervo del asta rota para poder cumplir así con su destino.

Niñoroto cayó con un estruendo sobre una hojarasca que exhaló un revoloteo de despedida, expelida bajo su peso. La tierra tembló, y con los ojos ya vidriosos, exhaló su último bramido, expirando.

Los perros aullaron y se arremolinaron sobre él, destrozando el resto de su cuerpo mientras se daban dentelladas los unos a los otros, jadeando de júbilo.

...Y en otro rincón del bosque, en ese preciso instante sucedió que, de un agujero en un roble viejo hubo un parto de pájaros. Pequeños pájaros negros que, como golondrinas, emergieron veloces del tocón podrido, alzando sus alas curvas al cielo entre miles de sonidos agudos.

El aire en aquel rincón del bosque se llenó de pájaros nacidos de la tierra; el milagro que volvía a renacer en un lugar perdido en el corazón del bosque. El suelo al pie del roble se removió y las hojas secas volaron en una erupción violenta bajo el silencioso grito, inaudible, de la propia tierra; ésta se removió lanzando trozos de barro en todas direcciones.

Un parto en el bosque; el dolor de la tierra invisible. Sólo animales y plantas pudieron sentirla. Los gritos de la madre dando a luz.

Del barro y las hojas, de la tierra y el agua surgió una cornamenta, y más tarde, el cuerpo mojado de un ciervo surcado de cicatrices; envuelto en el barro, recubierto de nervaduras, con un intenso olor a hojas, a tierra mojada, a ramas podridas, a hierba húmeda.

Del parto de la tierra resurgió, para volver a iniciar su propia historia, siempre una vez más, el ciervo. El ciervo que resurgía de la tierra; que tenía un asta rota envuelta en jirones raidos, un sudario de viejos trapos de tela grisácea.

Empapado por su propio nacimiento cortó con sus dientes el umbilical hecho de fibras vegetales que le unían al suelo cubierto de hojas del bosque. En pocos minutos aprendió a andar de nuevo poniendo entonces rumbo hacia la periferia.

Niñoroto renació una vez más, como tantas veces. Una más, en un ciclo continuo e interminable. El ciclo de su propio mito.

Edanna

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