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Dejando las cosas claras

Esta carta abierta, declaración, o lo que te apetezca que sea, la escribo pensando en todas aquellas personas que me importan; que son y han sido muchísimas. Son ya muchos los años que hemos pasado en la red, compartiendo esto, aquello y lo que, de una u otra manera, nos hace ser lo que somos cada día.

Tras lo sucedido los últimos días han sido muchos los que me han expresado con claridad que no tengo que dar explicaciones de ningún tipo, cosa con la que estoy de acuerdo. No obstante, por el respeto que le guardo a todos aquellos con las que mantengo o mantuve un vínculo, siento el impulso de tratar de explicar algunos detalles sobre mí. Primera vez que lo hago, y te garantizo que va a ser la última.

Con esto espero y deseo que se terminen de una vez las teorías, los secretos a voces y, en particular, todas esas ideas que naciendo de la mediocridad que caracteriza a las personas que las difunden, provocan daños graves a otras, en algunos casos irreparables, como ha sido mi caso.

NosotrasDe modo breve y para situar el contexto, estos últimos días se me acusó a mí y a la editorial con la que he publicado algunas obras, Nosolorol Ediciones, de haber creado un perfil falso con fines comerciales. Este perfil explotaba la imagen de una autora que no existía, ocultando a su verdadero autor, un hombre.

Una vez difundido, y de modo sistemático, se me acusó, juzgó, sentenció, se elaboraron todas las razones que, supuestamente, me habían impulsado a llevar a cabo todo eso. Por último, se me condenó sin reservas. La condena ha consistido en creerse con derecho y tomarse la libertad de poder insultarme, mancillar mi nombre, el de mi obra, y mi vida entera. Los memes, los .gif animados y las expresiones llenas de desprecio circularon de inmediato, perfectamente adaptadas al medio en el que se difunden.

Durante las horas que duró el proceso nadie se molestó en pensar que podría existir siquiera otra posibilidad. Nadie quiso preguntarme. He sufrido un juicio en la distancia y sin que yo pudiese intervenir.

El culpable de todo esto ya lo había hecho en el pasado, de forma grosera y haciendo alarde de superioridad moral. Fui yo quien, entonces, me tomé la molestia de contactar con él para explicarle que ese tipo de acciones no pueden tolerarse. Ya sea por falta de estudios, capacidad intelectual, simple mediocridad o cualquiera de las tres al mismo tiempo, no sirvió de nada.

Entre otros argumentos utilizados para difamarme ha brillado la calumnia de un modo escandaloso, asignándome, por ejemplo, el rol de ultra defensora del feminismo, llegando incluso a citar sitios y frases que yo jamás he pronunciado ni escrito. Un rol que, desde luego, jamás he asumido. Y si la calumnia presentada carecía de pruebas, el motivo es que yo las había borrado, por supuesto. La mediocridad de estas personas llegó ya en este punto a niveles intolerables.

Se me ha acusado de cinismo, de romper las ilusiones de las personas que me siguen y creen en mí; de haberme burlado de la gente… ¿Cuándo y dónde asumí yo esa responsabilidad? Eso no son más etiquetas que me han asignado sin consultarme y sin tener conocimiento de ello. O peor aún, tengo que soportar cosas como: “Demasiado bonito para ser cierto” ¿En serio? ¿Pero de qué coño estáis hablando? Pero bueno, ¿qué es lo que importa aquí?, ¿la obra o quien la escribe? Venga ya, dejadme en paz.

Se me ha acusado de querer obtener ventaja de un perfil femenino… ¿de verdad? ¿Ventaja? Por si os sirve de consuelo no ha supuesto un obstáculo, pero tampoco han faltado los que me han tratado de forma condescendiente, incluso viniendo de algunos de los supuestos “maestros” del mundillo. Deben ser cosas de la edad.

Esa es la realidad, ni una cosa ni otra, un término medio que comienza a resultar optimista. Las mujeres y los hombres no son distintos, simplemente usan distintas estrategias.

Que si un referente…, (¿un referente de qué?); que si solo utilizo el idioma Español; que si los perfiles con los que mantengo contacto solo son españoles…; que si la dirección de mi antigua propiedad en Tenerife asignada al whois de Lavondyss.net; una entrevista; un expediente…, pero bueno, ¿esto qué es?  Yo no tengo nada que ocultar, de ser así eliminaría esos datos de la red, que conocimientos y habilidad no me faltan.

Vamos a dejarlo bien claro, no tengo que dar, ni daré explicaciones jamás sobre nada de esto.

De verdad, de verdad que no consigo entender qué tipo de realidad se llega a crear en la mente de algunos. No sé si se debe a tener la desgracia de contar con una mente podrida o, simplemente, de una necesidad de leer más libros. A mí la editorial no me ha obligado jamás a nada. El trato con la editorial y con cualquier otro colaborador ha sido siempre cordial. Una editorial, en cualquier caso, te aconseja y te hace sugerencias. Siempre desde un punto de vista profesional y producto de su amplia experiencia. Estos consejos yo muchas veces los he aceptado, pues sé que he estado y estoy en buenas manos. De mi correctora, Edén Claudio, por ejemplo, he aprendido muchísimas cosas, y por eso le estoy muy agradecida. A Manuel Suerio lo admiro, y ya está.

Con una editorial se pacta un trato comercial en el que ellos publican la obra, asumiendo los riesgos, y todos se benefician. No hay más. ¿Pero qué coño os creéis que es esto? Con los beneficios de Magissa me alcanzó para pagar la deuda que tenía contraída en la tarjeta VISA (¡que usé para pagar a las ilustradoras!), y poco más. Si quisiera obtener más beneficios lo publicaría por mi cuenta, algo que no me apetece nada y a lo que renuncio, por lo que me pongo en sus manos. Punto, no hay más que añadir. No se hacen prácticas engañosas ni se recurre a la ilegalidad. Si escribo en español y no en inglés es mi problema y punto, las razones se pueden deducir muy fácilmente dedicando una o dos neuronas al proceso durante unos segundos. Se terminó, ¡BASTA YA!

La primera persona que se sorprendió del éxito de Magissa fui yo. Jamás pensé que pasaría. Mi plan era colgarlo en mi blog y seguir como si nada. Como siempre, a lo mío y sin hacer mucho ruido. Mi blog, repito, mi blog, comenzó como tal, como un diario personal. En él contaba mis penas y mis alegrías. Pero, sobre todo, lo empleaba para forzarme a practicar la escritura. Un buen día comencé a especializarlo siguiendo los cambios que se iban produciendo en la red, ni más ni menos. Pero lo más importante, me permitía expresar algo que llevo dentro y que no me es fácil reflejar de otro modo. Te invito a abrirlo y mirarlo durante unos segundos. Si tienes la capacidad suficiente, comprenderás de inmediato lo que quiero decir.

¿A dónde vamos?

Este suceso sirve para mí de precedente, un aquí y ahora que marca un basta ya ante el uso indebido de la comunicación. No me he cansado nunca de repetir una y otra vez que muchas personas conocen el significado de “Libertad de Expresión” pero que se hacen los sordos y agachan las orejas ante otros términos como: “Injuria”, “Calumnia” o “Difamación”.

El límite de la libertad de expresión lo establece la línea que la separa de la calumnia y de la injuria. Términos que te pueden llevar al juzgado si los transgredes al provocar daños a otras personas. Como es posible ver cada día, esta línea se transgrede constantemente, provocando que muchos se lleven las manos a la cabeza ante los sucesos que acontecen en el día a día y que les resultan confusos. Busca el caso de Nadal, por ejemplo. Cuando la acusación transgrede el ámbito profesional deja de ser un proceso civil para pasar a ser un proceso penal. Lo profesional se respeta más porque es lo que nos da de comer. El público en general no comprende los límites ni las leyes ni la importancia ética de nuestras acciones. El público se dedica a soltar, o vomitar, cuanto se le ocurre, día a día, sin pensar en las consecuencias. Utiliza la red como si fuese un juguetito, y es necesario que algunos lo paguen para que así los demás lo comprendan de una maldita vez, o traten de ser menos ignorantes.

Para que te enteres

Vamos a dejarlo claro de una vez. Al nacer alguien decidió que yo sería de una forma y me llamaría de una manera.  Con los años, no poco tesón, y mucho sufrimiento decidí y emprendí el camino para convertirme en otra persona. Si se trata de disforia de género, identidad sexual, transexualidad, de un detalle más de la naturaleza o cualquier otro motivo, es cosa mía. Es asunto mío, de nadie más.

La red fue la primera que me permitió poder expresarme, repito, expresarme, del modo en el que yo mejor me sentía entonces y siento ahora. Por eso la abracé de inmediato, aprendí todo cuanto pude de ella, cosa que sigo haciendo, e incluso llegó a ser vital durante mis estudios y carrera profesional.

Esta realidad puede resultar indiferente para muchos, lo cual es estupendo; resultar molesta para otros, lo cual, aunque te sorprenda, puedo entender porque yo soy capaz de entender muchas cosas.

Pero si esta realidad, además de resultar molesta, crees que te da derecho a menospreciarme y a tratarme poco menos que la basura estás pero que muy equivocado/a. Esa actitud puede llevarte ante los tribunales, y yo ya he pisado tres a lo largo de mi vida; siempre para defender mis derechos. No me dan ningún miedo. Usando un lenguaje que puedas comprender, y rebajándome a tu nivel para que me entiendas algo mejor: si te molesta, que te jodan.

Nunca quise contarlo por muchas razones, la primera y más importante es que no esperaba ningún tipo de comprensión de los demás. Yo he crecido en el tipo de comprensión que me han negado los que me han difamado estos días, así que no tengo muchas esperanzas. Crecí en un mundo en el que te daban palizas simplemente por salirte de lo que otros creen que debe ser la norma. Pasé mi infancia rodeada de matones y de incomprensión. Y cada paliza recibida me ayudó a entender que un detalle que caracteriza al ser humano, entre muchos otros es el de su siempre presente “mediocridad”. Por recibir, no faltaron incluso los insultos de profesores y de algunos familiares.

Otra razón, entre otras, consiste en mi firme creencia de que por cada intolerante que abre la boca, hay cien más que no dice nada. Y de forma tajante, creo con firmeza que una cosa es lo que la gente dice, y otra muy distinta es lo que piensa. Esto, quiero dejar bien claro que no tiene nada que ver con ese dicho odioso de que: “el que calla otorga”. Odioso y repulsivo por igual. No se trata de esto en absoluto. Que quede claro.

Pero bueno, ¿cómo piensas que va esto? Ya he vivido una y otra vez la misma pesadilla. Tras conocer este detalle sobre mí, las personas se escabullen en silencio y desaparecen, apartándose sin más explicaciones. Ayer y hoy me ha sucedido, sin ir más lejos, desapareciendo algunas personas de mis contactos de las redes sociales. Porque sí, yo también tengo instalado el “Purity”. Es habitual que muchas personas que te tratan de una forma, por arte de magia, comienzan a tratarte de otra, aunque ni siquiera lo hagan de modo consciente. Porque el inconsciente nos gobierna en un grado que muchos desconocen.
De este modo, no solo se me ha tratado de forma injusta, afectando a mi vida tanto personal como profesional. A partir de ahora, todo va a ser distinto para mí sin haberlo elegido. Todo, por la estupidez de unos pocos. Exijo y merezco que se me respete como a cualquiera y también exijo una disculpa.

Yo tampoco estoy exenta de responsabilidad, y tengo mi parte de culpa. He cometido una serie de errores que han propiciado algo de esto. Explicarlo merece exponer antes un contexto, pues las cosas en unos casos son más sencillas de lo que parece, pero en otras se complica de un modo sorprendente, sin desearlo ni haberlo previsto.

Para empezar, yo utilizo mi pseudónimo Edanna, desde hace ya mucho tiempo. Mi nuevo nombre legal no es asunto de nadie, por lo que me lo reservo. No sea que alguno con mucho tiempo libre se dedique a investigarme. El uso del pseudónimo es un derecho, amparado por la propia ley de Propiedad Intelectual. No son pocos los autores y autoras que, a lo largo de la historia, han firmado con otros nombres. Por lo demás, en lo que respeta al nombre un autor puede hacer lo que le dé la gana. Repito, lo que le dé la gana.

Dicho esto, aquí ninguna ley ni editorial me ha obligado a firmar de una u otra manera. ¿Lo he dejado claro? Nadie, ni organismo ni persona.

Yo he firmado las dos obras de la forma que lo he hecho por una serie de motivos. Con mi nombre original por una cuestión personal que no me importa comentar. Pensé que, tras tantos años en el anonimato, esa persona que he sido merecía algo de reconocimiento, por una vez. Al parecer me equivoqué, porque me estoy arrepintiendo.

La segunda persona que aparece en la firma de la obra es MI HIJA (sí, es tan complejo que incluso tuve hijos) a la que le quise hacer un regalo. Mi única hija se llama Edanna, que si lo piensas un poco, era el nombre perfecto para ella.
Mi hija es tan autora como yo pues, desde su cuna en todo momento y siempre a mi lado, me acompañó durante la creación de estos libros. A mí me pareció justo y se acabó. Estos son mis motivos.

Si no te gustan, y te crees con derecho a insultarme, te lo digo bien claro: déjame en paz. Qué autor pondré en el futuro es cosa mía, y nadie me ha obligado ni lo hará, a firmar de un modo u otro. Ya veré. Depende del humor que tenga ese día.

Por otra parte, yo ya he comentado en varias ocasiones que “Edanna” es también una firma, una marca personal que yo he ido desarrollando. La utilizo en un grupo de creación de guiones para TV en el que hemos decidido registrar y firmar las obras bajo ese nombre antes de enviarlas a las productoras. De este modo, se consigue más fuerza al tener un nombre que se recuerde. De este grupo han salido obras que te sorprenderían, que más tarde son firmadas con el nombre de su autor en los créditos de la serie o programa, y de la que alguno de vosotros seguro ha visto algún episodio. No, no voy a citar cuales, no sea que también me investiguen por esto.

No puedes imaginarte la cantidad de mensajes que comencé a recibir desde hace ya algún tiempo, y en particular desde que surgió Magissa. Para hacerles frente a estos y a los relacionados con las productoras (porque yo tengo mi trabajo ¿sabes?) hubo personas que se ofrecieron a ayudarme de forma desinteresada. Ellos han contestado mensajes, han leído cartas y han editado algunos textos para mí por el simple deseo de ayudar. Siempre trataron de mantener un tono profesional, sin entrar jamás en lo personal. Allí donde ha habido más contacto, he estado yo siempre ahí.

Pero, por ese deseo de mantener el anonimato se han cometido errores. En algunos casos tuve que improvisar, y eso me hizo meter la pata. Pero si sucedió nunca fue con intención de burlarse de nadie ni de faltar el respeto. Por ejemplo, una colaboradora publicó una foto suya con buena intención, para ayudarme. Al estar más acostumbrada a tratar con productoras pensó que el ambiente de los libros era similar, cuando no lo es en absoluto. Una cosa son las empresas, y otra muy distinta son las personas tras sus perfiles. Cuando me di cuenta ya era tarde. Nos costó una discusión, pero ya no pude hacer nada y lo dejé estar.

Si piensas que a mí todo esto me ha producido algún placer te equivocas. Lo que me ha provocado es un gran dilema moral y mucho estrés al ver que era una pelota que se iba haciendo cada vez mayor. Mi angustia me venía en especial por las personas con las que con el tiempo he ido creando lazos. Elena, Virginia, Funs, Nacho, Carlos…, y muchos, muchos otros. A ellos, a todos, os pido mis sinceras disculpas si os he fallado u os sentís engañados. Nunca fue mi intención burlarme de nadie. Simplemente se me fue de las manos. Pero, ¿quién lo iba a imaginar? De verdad que lo siento mucho.

Y para el futuro

El producto de mis experiencias me condujo un día a abandonar España por un país mucho más progresista y avanzado. Esto puede molestarles a algunos, y lo entiendo; de verdad que sí. Pero es sumamente doloroso sentir como por este tipo de cosas, personas con las que mantenía un contacto cordial, ahora me insultan, repudiándome en público. Algo con lo que tengo que lidiar aquí, en silencio y en soledad. No le deseo esto a nadie. Ni siquiera a mis enemigos.

Pero es mi realidad. Una realidad que me hace rehuir de la mediocridad que caracteriza a mi país de origen, y a mucha gente en general, pero que, con mucha esperanza, veo que cede y va quedándose atrás cada década. Las muestras de apoyo de los últimos días me lo confirman.  De verdad, muchísimas gracias.

Pero no voy a tolerar más faltas de respeto, cueste lo que cueste. En el país en el que me encuentro, no exento por supuesto de problemas, los culpables ya estarían ante el juez, que les comunicaría la fecha para una vista en la cual se verían obligados a firmar un “Peacebond”, un trato de paz en el que se les obliga a mantener las distancias tanto de forma física como virtual. En España no sé dónde se está ahora mismo, pero intuyo que no muy lejos pues mucha de la ley española se basa en la canadiense. Al parecer nuestros respetados juristas esperan todo el tiempo a ver qué hacen los niños “grandes” para copiarla y adaptarla a su sistema judicial. A mí, qué quieres que te diga, esto no me provoca más que vergüenza.

Pero, dejando todo esto al margen, yo no creo en el recurrir a las instituciones cada vez que tenemos un problema. Creo con firmeza que debemos hacer lo posible por tratar de solucionar nuestros problemas entre nosotros. Evolución y progreso pasan por la propia búsqueda personal de la excelencia. Cada individuo debería sentir la responsabilidad de aspirar a hacer todo cuanto le sea posible por ser mejor individuo, lo que sin duda le ayudará a legar a los suyos un mundo mejor.

Dejarlo en manos de nuestros políticos e instituciones no es solo un acto de negligencia, se trata también de seguir fomentando la mediocridad, tanto la individual como la de toda una sociedad.

Muchas gracias por leer lo que tengo que decir.

Edanna
23 de octubre de 2017

Edanna, sello personal

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El señor Plimm

La primera vez que vi al señor Plimm fue paseando por el viejo puerto una fría tarde de abril. Deambulaba entre las abandonadas vías del tren con su paraguas azul a modo de sombrilla, siempre acompañado de su cabrita Petra.

Resultó difícil pasar por alto a un hombre como aquel, tan cargado de hombros, que paseaba a una pequeña cabra sujeta con un cordoncillo de cuero trenzado, envuelto en un gabán que pareciese haber sido llevado a través del tiempo en la máquina de los sueños, como si fuese una reliquia del pasado, hasta el momento presente. Un ejemplo viviente de pura excentricidad.

Lo vi detenerse entonces frente a la ruinosa estación de tren, permaneciendo inmóvil y con la mirada perdida entre los detalles de la destartalada oficina de correos, al otro lado de las vías, aguardando a que su cabrita, de un color tan blanco como el de la nieve en una noche de navidad, terminara de merendarse algunos matojos que crecían, felices, entre los abandonados raíles.

Paraguas y pájarosPercibo un tanto que de un pie cojea un poquito, mientras que con el otro de vez en cuando patea algunas piedrecillas al tiempo que parece andar murmurando asuntos indescifrables.

Al caer el sol suele llegarse hasta el malecón, donde unos gruesos pilares de madera de más de ochenta años soportan, sin inmutarse y día tras día, el embate de las olas. Allí permanece, tan imperturbable como los pilares, contemplando el horizonte; dándole siempre la espalda al sol y mucho más interesado en aguardar por la salida de la luna.

Siempre, siempre mirando hacia el Este.

Circula el rumor de que el Sr. Plimm perdió a su amor allí y allá; allí, en las lejanas distancias, y allá, donde el tiempo termina junto a la aurora.

Si algo de eso es cierto o si no lo es, yo no lo sé, pero a mí me parece que es un hombre encantador, aunque siempre parezca encontrarse tan triste. Es posible sí, ¿por qué no? Yo estoy segura de que si hay un motivo legítimo para estar triste en este mundo es por amor, ¿por qué no deberíamos sentirnos pues orgullosos de prestarle siempre la debida atención? Yo diría que un día tras otro nunca dejamos de contarnos historias de amor, y que nunca parece que nos cansemos de escucharlas.

Dicen las malas e incluso las buenas lenguas que el Sr. Plimm vive en un mundo inventado, pues por amor se volvió loco perdiendo así todo el juicio que le quedaba. Dicen que vive en un mundo de ficción para poder reencontrarse allí con su amor perdido.

Yo quisiera que otros fuesen capaces de inventar mundos imaginarios para mí sola, uno por cada día de la semana, y así poder viajar contigo hasta allí, alcanzando un lugar en donde podamos cruzar, de una vez, ese portal en donde lograremos al fin perdernos para siempre en busca de nuestros seres más queridos; viviendo felices en la utopía que a ti y a mí nos de la gana vivir, juntos, cada día de nuestra vida. Tan lejanos, tan ajenos a las cadenas de los demás, del mundo y del propio tiempo…

A mí me dijo una vez ―¡sí, a mí!, que ya no pudiendo más y de tan intrigada que estaba me acerqué al final a charlar con él― que si visita el puerto a diario no es más que para desearle siempre cada atardecer, al Este, las buenas noches...

Esto la verdad es que me pareció entonces muy extraño, ¿desearle cada día al Este las buenas noches?

Tan extraño como el que siempre que nos encontramos, llevándose la mano a la manga izquierda de su abrigo, como el más habilidoso de los ilusionistas, de la nada siempre surge, así, como por encanto…, una pera. Una pera con la que entonces, sonriente, siempre canturrea: “Sana, sana como una pera…, una pera limonera pim, pom, fuera…”.

También me dijo una vez así, bajito, bajito, que en su cocina cada mañana, cuando no hay nadie, revolotean las teteras. Durante la penumbra de la alborada les salen a todas unas pequeñas alitas y que, con coraje, comienzan a saltar de la alacena emitiendo grititos de alborozo.

Las grandes enseñan entonces a las pequeñas a dar sus primeras vueltecitas alrededor de la lámpara, preparándose para el día en el cual se aventurarán más allá del salón e incluso, ascender a través de las escaleras hacia los cielos en busca de algún sitio mejor donde, quién sabe, poder comenzar de nuevo una nueva vida.

Las teteras son los seres más valientes que habitan en nuestros hogares, me dijo entonces, pues mantienen siempre el aroma de la felicidad bien caliente para que todos nosotros podamos deleitarnos con ello; una labor que no todos los seres de este mundo están tan dispuestos a llevar a cabo a lo largo de sus vidas.

También me dijo que las pequeñas teteras, las que poseen alitas, en realidad son la manifestación de los antiguos dioses de la creatividad, una raza de ancianos dioses olvidados que comparten el mundo junto a todos nosotros.

No sé bien el porqué, pero yo le creí entonces, y aún hoy, le sigo creyendo.

Tras nuestro primer encuentro, durante toda aquella primavera y a lo largo del largo verano que siguió después, no dejé de encontrármelo muchas veces durante la semana, en ocasiones casi a diario. Reconozco que algunas veces, y por motivos que ahora te explicaré, no podía resistirme a seguirlo, aunque siempre tuve la sensación de que era capaz de advertir mi presencia pese a que nunca solía atisbar por encima del hombro, tan abstraído que parece siempre estar en sus pensamientos.

Descubrí a lo largo de aquellos paseos que lo que más le gustaba al Sr. Plimm era recibir correo, un hecho que después se convertiría en la mayor de todas las contradicciones.

Un día pude ver que una sonrisa de satisfacción cruzaba su rostro cuando, tras abrir el pequeño buzón frente a su casa, sacó un fajo de cartas que después fue ordenando cuidadosamente, mientras se marchaba paseando en dirección al viejo puerto.

Sin embargo, aquellas cartas nunca llegaron a descubrir el mar, ni siquiera a percibir el aroma de la sal ya que, a medio camino, deteniéndose junto a un roble que crece junto a la pequeña charca que hay en el parque, comenzó a romperlas una por una en pequeños, muy pequeños pedacitos. Muchos trocitos que luego fue arrojando a las aguas del estanque, lentamente; tomándose para ello todo el tiempo que hizo falta; rasgadas con tal celo y diligencia como nunca había visto antes; como una vestal en algún templo, a manos de un sacerdote que ofreciese algún tipo de sacrificio a un dios desconocido.

Aquello me resultó tan extraño que fue entonces cuando comencé a seguirlo algunas veces, intrigada por su conducta. Y es que no había un solo día en el cual el Sr. Plimm no dejase de realizar su misteriosa ceremonia. El ritual en el cual, cada tarde frente a las verdes aguas del estanque, junto al roble, un manojo de cartas sin abrir sucumbía sacrificado en sus manos.

En algunas ocasiones llegué a acercarme al borde del agua cuando él ya se había marchado. Motivada por una viva curiosidad ―y puede que por una gran necesidad de cotilleo― intenté rescatar alguno de aquellos trozos, sin embargo, resultó inútil.

hombre con paraguas contemplando un buqueDe una forma que aún hoy no consigo comprender, el papel ya se había desecho casi por completo, habiendo sido una buena parte reabsorbido por la mezcolanza de agua y barro, de una forma que me atrevería a asegurar resultaba del todo “antinatural”. Pero entonces, atribuí el suceso a que, con toda probabilidad, su cabrita habría sido la encargada de dar buena cuenta de aquel montoncito de cartas destrozadas.

Durante todos aquellos meses siguientes observé una y otra vez las sencillas rutinas de aquel misterioso personaje, lo que sólo produjo que avivara con ello mucho más mi curiosidad al descubrir, día tras día, semana tras semana, como el Sr. Plimm consumaba su mismo rito solemne destinado a hacer desaparecer tantos mensajes llegados desde quién sabe dónde en las aguas de aquel estanque, junto al roble.

Y no diré que, desde el principio, ya tales acciones me parecieron entonces incluso hasta ridículas, aunque siempre fuera consciente de que allí todavía se guardaba una muy profunda lección de dignidad. Acciones que después entraron a formar parte de unos muy distinguidos encantos, pues sería el motivo del mito de su leyenda, de su legado y del regalo de su presencia en esta nuestra tan, a veces…, en ocasiones…, aburrida existencia… Detalles que difícilmente pudiéramos comprender nosotros algún día pues todo, todo acerca del Sr. Plimm en cuanto a los motivos de sus pequeñas liturgias diarias permanecería siempre cubierto con un velo de misterioso silencio. Un misterio que aún hoy perdura en la memoria de esta tierra pues, si de dignidad se trata, es en esta su historia donde vas a encontrar una lección de ello, por mucho que otros presuman de estar colmados de estos detalles desde los pies hasta la cabeza.

Había en aquella discreta ceremonia tan suya una mezcolanza de otoño y un poco de aire invernal, aunque todo me pareciese recubierto así, como de una enorme hiedra pintada con los tonos del verano, esos matices tan de un melocotón que amarillea hacia un melón bien maduro. Es tan difícil de explicar, que no me extrañaría que ya anduvieses perdido en toda esta historia.

Sin embargo, pese a tanta excentricidad ―la suya y puede que también la mía―, quien jamás parecía perdido era el Sr. Plimm, que siempre daba la sensación de tener muy claro todo cuanto quería. Aunque ahora mismo recuerdo que, en cierta ocasión y durante algunas semanas, me dio la impresión de que tuvo serias dudas a la hora de llevar a cabo su acostumbrado protocolo en el momento de rasgar todos aquellos papelitos. Me pregunto qué tipo de cartas eran aquellas que le hacían detenerse durante unos instantes, haciéndole vacilar entonces, y si todo esto tuvo que ver con los increíbles acontecimientos que más tarde tuvieron lugar. Unas cartas que, desde la distancia de mi infame escondrijo, pude distinguir como recibía en el interior de unos bonitos sobres de tonos pastel que iban desde unos perfectos azules, pasando por unos gentiles tonos de rosa hasta alcanzar la perfección de unos lilas que, entonces pensé, sólo podían ir destinados a la mañana siguiente tras el día del juicio final. Todo esto fue algo que pude confirmar más tarde al acercarme al borde del estanque; aunque no fue posible averiguar mucho más sobre aquellos trozos empapados, aún pude distinguir aquel tono tan propio del papel y aquella textura tan especial.

¿Serían aquellas cartas de amor? ¿Había tenido el Sr. Plimm a un corazón anhelando compartir un cálido refugio bajo la sombra de su paraguas, junto a él? Sin duda, pues existe una intuición en todos nosotros para saber esas pequeñas cosas; y en los más callados escondrijos ocultos en los reinos de nuestra memoria, tenemos la mayoría de nosotros los mecanismos necesarios, y la debida intuición, para conocer cuando viene y cuando va esa brisa que a veces sonríe o que ahora llora en silencio; que suspira a escondidas y que es capaz de bailar sola hasta el amanecer; esa misma que algunos de nosotros nombramos como: el amor.

Fuesen lo que fuesen, como era de esperar, en algún momento dejó de recibirlas. El manojo de cartas volvió a su acostumbrada tonalidad blanquecina; ese tan cotidiano, tan de cada día y tan de todos esos mensajes que, por lo general, no interesan a nadie.

Ya habían entrado los primeros vientos del otoño cortando las mañanas como un cuchillo cuando, un día, dejaron de llegar cartas. El Sr. Plimm tenía su buzón, por primera vez, completamente vacío.

Pude distinguir su actitud de consternación al dejar de recibir correo; inmóvil frente al buzón, dudando, y tan vacío como cualquier otro por primera vez desde que le conocí. Allí me pareció verlo, apesadumbrado, más triste y más solo que nunca, siempre a la sombra de su paraguas azul, llevando de la mano, sujeta con un cordoncillo de cuero trenzado, a su blanca cabrita Petra.

Se marchó entonces, dirigiéndose hacia el viejo puerto, no sin antes detenerse junto al gran roble que crece junto al estanque, como cada día. Allí parecía haber comenzado aquel gran árbol a perder sus hojas, deleitándose cada una, durante el descenso de su caída, de un viaje que la llevaría a formar parte de un todo que reluce y de una especie de ensueño que vuelve a formar parte de todo cuanto nos rodea, tomando para ello todo el tiempo que haga falta.

Y allí, de nuevo, vi una vez más como contemplaba las aguas del estanque, aunque esta vez reparando en las hojas del roble, algunas rojizas, otras amarilleando ya por el ocaso de los días cálidos. Las miraba con asombro, consternación y una tal fascinación como jamás antes había observado en él. Ahí, siempre envuelta en mi escondrijo llegué a verle al fin sonreír; la dueña de un sentimiento que ya albergaba toda aquella ternura, un sentimiento que perdura y que jamás imaginó que pudiesen suceder muchas de las cosas que pasan en nuestro mundo, y de las que no somos ninguno de nosotros siquiera un poquito conscientes.

Pues ahí estuvo durante un prolongado lapso de tiempo, contemplando con atención las hojas caídas del roble y de manera más atenta todas las que aún permanecían entre sus ramas. Las observó con atención durante una media hora, puede que una hora completa, y hasta le ofreció alguna a su cabrita Petra, pero ésta rehusó tocarlas, como si de algún objeto sagrado se tratase.

Al final pude ver que con una sonrisa en el rostro abandonaba el lugar tomando la dirección de la vieja estación de tren, la que cruza el viejo puerto, mientras canturreaba algo por lo bajo al tiempo que su cabrita le acompañaba emitiendo un sonoro balido.

Por supuesto, como no podía ser de ninguna otra manera, llena de curiosidad me acerqué al borde del estanque para averiguar que era aquello que había mantenido ocupada la atención del Sr. Plimm de esa forma tan inusual. La causa me hizo cambiar de una forma tal mi manera de ver y comprender el mundo que aún hoy le debo toda esa transformación al Sr. Plimm y a su cabrita Petra, preguntándome muchas veces cómo habrían sido las cosas de haberme resistido a “curiosear” entre las rutinas de aquel personaje tan peculiar.

Yo no fui capaz de aceptar la realidad con tanta templanza como lo hizo él. Recuerdo que estuve allí una hora, puede que dos, consternada, contemplando aquellas hojas una y otra vez, examinándolas con atención y buscando razones a cuestiones que una parte de mí bien sabía ya que jamás iba a encontrar.

Fui muy consciente entonces de que las mayores respuestas a los misterios de nuestro mundo sólo se encuentran en la forma de sencillos sucesos como el que tuvo lugar aquel día; un día que siempre recordaré al borde de aquel estanque, junto al gran roble bajo el cual el Sr. Plimm y su cabrita siempre se detenían cada tarde para romper en pedazos todas sus cartas, arrojándolas después a las aguas.

Pues en cada una de las hojitas del árbol, por ese lado que se muestra siempre más hacia el sol, estaban escritos: su nombre y su dirección.


Edanna
30 de agosto de 2012

 

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