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Tag: aves

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Eilan "La Estrofa Celeste"

Dyss, sello general

De haber un día en el cual buena parte de las criaturas del mundo pensaron que la bóveda celeste se estaba desplomando sobre sus cabezas ese fue, sin duda, el día que Eilan cayó del cielo.

Pues hace ya mucho, mucho tiempo, tanto que nadie, ni vivo ni muerto, es capaz siquiera de recordarlo, una enorme bola de fuego llameante cruzó los cielos proveniente de más allá del firmamento, precipitándose con violencia en algún lugar cerca de la costa, al oeste del continente central.

Eilan"La Estrofa Celeste"Allí donde cabía esperar la tan temida capa de cenizas que, cubriéndolo todo, suele acompañar a este tipo de fenómenos naturales, el impacto, sin embargo, no fue tan dramático como para acarrear mayores perjuicios a los seres vivos que habitan la superficie del mundo. Al contrario, lo que allí sucedió fue en realidad un milagro; Dyss recibió un regalo que renovaría su faz como nunca jamás se había visto antes en toda su historia.

El gigantesco aerolito se precipitó sobre las aguas a pocos kilómetros de la costa, en algún punto al sur de lo que hoy es conocido como el Mar de Anansi y no muy lejos al oeste de las Cadenas del Tránsito; una  enorme cordillera que vio alterada su estructura para siempre al formarse allí una nueva península que unió la tierra con la región afectada, prolongándose a su vez la antigua cordillera hasta aquella región. En el centro de esta porción de territorio recién nacido se levantó lo que hoy se conoce como El Vigilante de Gilla Crist, una formidable montaña coronada por el inmenso cráter que la llegada de Eilan dejó en el mundo a modo de cicatriz. Un suceso que no fue tan malo como puede parecer en un principio.

El impacto fue tan devastador que durante todo el transcurso de una estrofa el cielo entero se vistió con el manto de una neblina azulada, tenue y centelleante que, aunque hacía imposible el poder contemplar las estrellas de noche o percibir apenas el calor y la protección de Lugh y su Jareth durante el día, su naturaleza milagrosa trajo una suerte de fertilidad a Dyss sin precedentes. La materia expelida por el impacto en la forma de un leve polvillo se extendió por todas partes, cubriendo todos los rincones de la tierra, y trayendo consigo fuerza, vida, fertilidad y resistencia. Una bendición llegada del cielo para todos los habitantes de la tierra.

Ese día, según se cuenta, Dyss recibió la visita de un mensajero muy especial llegado desde muy lejos; un extraño ángel que cayó de los cielos, antiguo mensajero de dioses distantes (de haberlos, como dicen algunos) desde el otro lado del multiverso. En honor a este “enviado”, nuestro invitado recibió el apelativo de Eilan “La Estrofa Celeste” debido al mes cubierto de prosperidad que representó su llegada.

Lo cierto es que sea quien sea, eso no debería importar demasiado. Eilan llegó dando y sin pedir nada a cambio, y así ha sido siempre, hasta ahora.

Pero hay algo de verdadero en lo que se cuenta pues Eilan es en verdad una criatura de naturaleza angelical aunque de menor poder; de la misma forma que lo fue en algún momento Kaleth o la mismísima Morthid, habiendo estado también una vez, al igual que éstos, al servicio de otra poderosa entidad. Allí, en efecto, era mejor conocido como el “Mensajero de los Dioses” o “Aquel que puede ir en muchas direcciones a la vez”.

Y precisamente fue esta capacidad, la de poder dirigirse a muchos lugares al mismo tiempo, lo que le permitió escapar pudiendo despistar así a sus perseguidores que, en su momento, fueron innumerables, brutales y despiadados. Por fortuna consiguió burlarlos dejándolos atrás; o al menos, eso creyó él entonces.

Al igual que Kaleth, Eilan procuró hallar siempre su propio destino. Anhelaba desesperadamente poder actuar sólo bajo su propia voluntad y escapar de la tiranía de una entidad absolutista que pretende controlar cada instante de la existencia de todas las criaturas que se encuentran bajo su influencia; en algún lugar, muy lejos, en una región que se encuentra mucho más allá de los límites que nuestra mente es capaz de concebir.

Para conseguirlo, Eilan siguió los mismos pasos que Kaleth, del que tenía conocimiento por su hazaña y al que buscó durante mucho, muchísimo tiempo, rastreando sus huellas sin cesar a través de todo el cosmos, sin descanso. Tanto tiempo estuvo buscándolo que quedó perdido en el multiverso, varado, sin rumbo y sin fuerzas, permaneciendo en estado latente durante incontables eones de tiempo. Así permaneció durante tanto tiempo que fue olvidado,  flotando en algún lugar de la realidad desconocida entre las enormes distancias; tanto tiempo, que muchos otros hechos se fueron sucediendo en otros lugares; entre ellos, la eterna lucha entre Morthid y Kaleth en cuyo abrazo se fundió, en una gloriosa manifestación del Ellam Yua, una de esas tantas ironías que abundan por todo el cosmos y que daría origen a la formación de Dyss.

Pero en algún momento otra entidad, un ser completamente desconocido que Eilan no consigue recordar —y de la que convenientemente ya hablaré en otra ocasión— lo encontró en ese estado. Despertándole le señaló el rumbo que debía tomar y le otorgó algo del aliento que necesitaba para poder dar el último paso en aquel tan largo viaje. Así, tras casi toda la vida entera de un universo, mucho tiempo después del inicio de su propia odisea, Eilan logró alcanzar todo cuanto había estado buscando durante tanto tiempo.

Eilan es el protector de las aves, de todas las criaturas del cielo y todos aquellos seres dotados del don de poder volar. Es también defensor de viajeros, mensajeros y exploradores pues simbolizan el poder de la libertad, del cambio y del libre albedrío ya que, para él, la libertad de toda criatura debe ser su mayor razón para existir.
Al igual que Kalessin, considera que la libertad encuentra sus límites justo allí donde empieza la libertad de los demás. Así pues, está muy influenciado por el pensamiento del Dragón de Bronce en muchos aspectos por lo que su filosofía, y por consiguiente sus enseñanzas, refleja esa ascendencia directa. No obstante, es de naturaleza más individualista y solitaria, encontrando la paz sólo allí donde se halle su propio camino y respetando las leyes de las criaturas sólo si con ello se obtiene un bien mayor, sin que haya perjuicio para nadie, pues es perfectamente consciente del valor de la vida y de la importancia de preservarla.

Sin embargo, le disgustan las ataduras morales y las formas sociales establecidas en las formas de vida de muchas razas conscientes, encontrando más satisfactorio hollar su propio camino. Por ello Eilan procura defender la libertad del poder actuar sin ataduras de ninguna clase y siembre bajo su propia conveniencia. En ese sentido, Eilan se siente intrigado por Uro, cuya actitud arrogante e independiente, sin rendir cuentas a nada ni a nadie, le fascina.

Eilan es adorado en muchas regiones de Dyss pero, como muchos otros Centinelas del mundo, esto no le complace demasiado aunque es consciente de que es algo que forma parte de la naturaleza de las criaturas mortales. Por ello lo tolera siempre y cuando de ello pueda venir algo bueno. Eilan, pese a su fuerte individualidad, siempre defiende la vida de todas las criaturas, anteponiéndola a muchos de sus deseos.

Muchos de los que le rinden culto forman gremios de mensajeros e incluso de grupos de exploradores que se internan en las regiones prohibidas del norte del mundo y que lo tienen siempre presente en sus pensamientos, especialmente en los momentos de mayor peligro. Pero allí donde recibe un mayor número de seguidores es entre los moradores de la región del Río del Viento, puesto que el Pueblo del Viento, una raza de seres alados que edifican sus moradas en las corrientes de aire, lo consideran una manifestación del poder del mundo en la forma de uno de los suyos; una representación palpable del poder divino de la misma tierra que ha elegido a su raza como El Pueblo Elegido; con todo lo bueno y todo lo malo que tal consideración puede acarrear.

Sus seguidores suelen congregarse en espacios abiertos no edificándose jamás ningún tipo de construcción en su nombre. Como mucho se construyen altares al aire libre en los cuales poder realizar algún tipo de ofrenda, se alzan monolitos y menhires rematados en formas agudas que, elevándose muy rectos hacia el cielo, pretenden honrarle mostrando respeto, o bien, se encienden fuegos y braseros con la esperanza de que el humo producido por hierbas aromáticas haga llegar hasta él el mensaje de las plegarias de sus seguidores al rendirle culto.

Su símbolo, que por lo general es representado mediante la forma de unas alas extendidas con todo tipo de variantes, es mostrado y respetado por igual en muchos lugares pues su nombre es siempre bien conocido en casi todos los rincones del mundo.

Principios

—Todos tenemos alas, encuentra las tuyas. Encuentra tu propio sendero de libertad como meta a lo largo de tu propia vida respetando la de todas las demás criaturas.

— No hay más templo que el de tu propio espacio de libertad. Puesto que tienes el don de tus propias alas, úsalas para ayudar a los demás a llevar su voz muy lejos.

—Emplea tus armas para defender el templo de tu espacio de libertad y usa sus caminos para ayudar a otros a encontrarlo y defenderlo.

Poder mayor: exaltado
Origen: extranjero.
Alineamiento: Neutral bueno, (bueno).
Símbolo: Un águila de alas extendidas o bien unas grandes alas en círculo rodeando a un rostro de expresión sonriente.
Color preferente: Blanco y azul celeste.
Arma predilecta: Lanzas y armas de proyectiles.
Áreas de influencia: Viaje, aire, fuerza, poder, suerte, cambio, salvaje, libertad, cielo.
-Dominios D&D 3.X: Aire, bien, curación, animal, suerte, fuerza, viajes.

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Los pájaros (revisado)

Dyss, sello general

Cuando Lugh y su Jareth ya me escoltaban altos en el firmamento llegaron los pájaros, ensombreciendo con su manto de vibrantes motas: suelos, paredes y escondrijos. Un caos delicioso de luces y sombras, como el rizo de la luz entre las hojas de los árboles.  Una nube caprichosa y ensordecedora, que rozaba sin tocar cada resquicio en los espacios que me rodeaban desde hacía ya algunos días.

Y no diré que me cogió por sorpresa, aunque sí me fascinaron, como siempre, ante el súbito estremecimiento de todas las cosas quietas, la repentina vibración del aire, los sonidos que junto a sus destellos trajeron una marea de cambios de bienvenida. 

Raudos y veloces, fugaces y refinados, entraron a cientos por los grandes ventanales rodeados de fría piedra. Colmaron techos, bóvedas, pasillos, salones y las grandes estancias enmudecieron ante el fulgor de sus ecos sobre las paredes. Yo permanecí allí, apacible y serena, para acogerles. Sosteniendo mi laúd, con un canto me sumé al tañido de sus campanas. Radiante, delirando ante la llegada del más antiguo de mis viejos espíritus. Al dios más olvidado de todos cuantos alguna vez escucharon las plegarias surgidas por los miedos, deseos y delirios de los hombres.

Así pues, el gran edificio se colmó con el son de sus alas. Batiendo arrítmicas, cada uno en su propio tarareo, siguiendo un compás misterioso que ningún libro ha podido encadenar en palabras. Cruzaron en una vertiginosa carrera a través del aire, las espaciosas estancias, alfombradas de terciopelo púrpura. Les encantó especialmente la gigantesca lámpara de araña que colgaba del gran salón,  la cual encontraron divertida; afanándose en perseguirse en círculos desquiciantes sin fin, a una velocidad demasiado intensa como para poder seguirlos con la mirada.

Al contraste con la enorme vidriera, el salón atestado con los pájaros adquirió matices hasta ahora nunca vistos. Pero todo fue un tenue engaño, pues me di cuenta de que sólo yo podía verlos, invadiéndome entonces una gran desazón.

La gran estatua del retablo, en la escalera, abrió los ojos, contemplándome, carente de toda expresión, como esperando que yo comprendiese. Que todo lo que allí estaba surgiendo, los hombres, hacía muchas eras, lo habían olvidado. La casa estaba muerta para los centinelas en Dyss y para el más lejano de los espíritus. Y si allí no podían ejercer su influencia, difícilmente podían escuchar aquellos moradores el sin fin enloquecedor de miles de trinos desacompasados pero armoniosos.

Los hombres vivían en aquellos parajes, desde hacía mucho tiempo, carentes por completo de sueños  en las entrañas de un edificio lleno de vida pero que agonizaba lentamente, con la paciencia de un muro en su avance hacia el marchitamiento, para caer finalmente en un letargo del que difícilmente podría escapar.

Sentí un deseo irresistible de escapar y volver a esconderme en los caminos del mundo, junto a mis pájaros. Pero resistí el fuerte impulso y me busqué un lugar donde dormir, en la parte alta, donde cada noche pudiese cerrar los ojos y cuya última visión fuesen las estrellas del cielo.

Los pájaros anidaron en las oquedades, los nichos, en las vigas del techo y en todo pequeño y acogedor escondrijo que pudieron encontrar. Lentamente fueron acallando sus trinos y, finalmente, cesaron los murmullos del son de sus alas. Y con estos murmullos yo me dormí, aguardando  el momento en el que todos mis viejos espíritus me dieran la señal para proseguir el camino, siempre de la mano de mis amadas aves.

Cuando llegó la noche, los moradores de la gran casa se arrastraron a sus rincones y pronto se apagaron todas las luces, quedando tan solo el telón de los susurros en voz baja. Secretos que transcurrían de unos a otros a lo largo de toda la noche, todas las noches, cada noche, desde que llegué allí por vez primera.

Y así, siempre con la compañía de un batir de alas, pude aprender en los largos y lentos días que transcurrieron, asuntos de la corte, secretos inconfesables y..., hasta las canciones ya olvidadas de algunos héroes.

Libro de Edanna

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Los pájaros de Sherbrooke

Cuadro de Bartolomé Mayol para el texto en Lavondyss "Los pájaros de Sherbrooke"Poco después de dejar Victoria Avenue, entrando en Sherbrooke hacia el oeste, hay un callejón atestado de contenedores de basura con un techo tejido a base de cables telefónicos; una enredada maraña bordada sobre otro camino espolvoreado de soledades.

La otra noche apareció un hombre arropado sobre su túnica de escarcha. Las luces que huían de la calle principal se reflejaban todavía sobre el rostro revestido sólo de hielo y una mirada vidriosa que se perdía muy lejos, donde la distancia se separa del día y de la noche. Sus ropas de vagabundo, rígidas por el agua congelada, le daban un aire de inaudita dignidad entre unos altos muros de ladrillo hecho a mano.

En este callejón habita un pueblo de origen desconocido. Los pájaros de este callejón tienen aquí una guarida fija, única, secreta entre tantos rincones que no han sido reclamados por el tacón de algún dueño.

Son los pájaros de Sherbrooke aves que difuminan el aire al cortarlo limpiamente. Dejan una estela prolongada por la pereza de los escasos fotogramas que domina el ojo medio de las gentes. Solo algunos niños pueden verlos claramente, definidos en la luminosa mañana de un día escaso de nubes. Pero para la mayor parte de todos nosotros, no consisten más que en un leve borrón indefinido de oscuridad que lleve prisa.

Visten de negro, como muchas otras extrañas criaturas que respiran al compás de los cortos latidos de la gran urbe. Sus largos picos curvos se visten con los colores de octubre y, casi siempre que yo sepa, evitan ángulos y esquinas por temor a Los Perros de Tíndalos. Esos sí, que habitan en los mismísimos ángulos del tiempo y que tú ya conoces.

El sol alargó su mano sobre un rostro abandonado, derritiendo el hielo que lo cubrió. Las gotas cayeron, pacientes, mientras avanzaban las primeras luces de la mañana empujando a las sombras, descubriendo las facciones de muchos otros secretos que a su vez anidan en las suyas. La leve sonrisa que se apagó la otra noche se llevó su mejor recuerdo. Un firmamento estrellado de momentos en el pasado cuando la miel se recogía con las mismísimas manos desnudas. El de su amor de juventud, cuando sus piernas eran más veloces aún que la misma brisa y el amor siempre se quedaba a cenar hasta muy tarde de madrugada. Había panales entonces que no albergaban ni peligros ni terrores en ningún momento hasta un nuevo mañana.

Los pájaros de Sherbrooke habitan entre las bolsas de basura, negras envueltas de esmalte que picotean con deleite. Revoloteando sin cesar, le entregan habitualmente pequeñas plumillas a ese aire tan fino que te corta como una navaja y que te extrae el aliento sin avisar, destrozando todos tus dientes si no sabes cerrar la boca cuando debes. Aquí viven, contándose unos a otras historias de la ciudad. Hablan un idioma único que tan sólo existe tras ponerse el sol pero, antes de que esto suceda, exhalan un corto trino que dice mucho más de lo que aparenta pero que sólo entienden muy pocos; quizás aquellos estudiosos de la Cábala desde sus humeantes cocinas y unos pocos estudiosos capaces de leer secretos en el interior de los forros de un abrigo y otros lugares más dispares.

Cuando se posan sobre alguien, no importa que esté vivo o muerto, son estos pájaros lectores precisos de todos los secretos que se escriben en las historias de cada uno. Línea por línea aprenden momentos y lugares de un distante pasado y lo memorizan. Escudriñan lo que fue y lo que llegó a ser, incluso lo que pudo haber sido alguna vez. Adivinan los detalles con precisión, señalando cada momento, cada instante, cada aroma y cada latido por latido sobre todo si éste fue compartido.

Son los besos del recuerdo y más si alguna vez escribió algún verso los que más claramente perciben, a la vez que la alegría y tristeza extremas, que queda grabada formando los surcos en un vinilo invisible que se aloja quién sabe dónde. Y a quién le importa...

Y todo eso antes de que termine una madrugada.

Así quedan registradas las vidas de muchos afortunados que en nada fueron para los demás, transformándose así sus vidas pasadas en hielo. Pero si no estuviese destinado a fundirse cuando los demás despiertan y marchan tras sus propias necesidades no tendría sentido tanta magia absurda antes de que nazca un nuevo sol tras tu hombro.

Son los pájaros negros de Sherbrooke los únicos capaces de entregar el don de la inmortalidad pero sin pedir nada a cambio. No hay voluntad por muy débil que sea que escape a su escrutinio si tienes la suerte de permitir que uno sólo de ellos se pose cerca de ti.

Pero a veces es difícil que esto suceda pues, nadie viene mucho por aquí.

Al salir el sol parten en su función de heraldos de todo cuanto fue, y mediante su turbio cántico anuncian las historias que han aprendido diligentemente. Recorren la ciudad contando las historias por todas partes para quién pueda entender el significado del canto de un heraldo destinado a los que nadie recuerda.

Pero muy pocos consiguen entenderlos realmente.

Esta mañana desde la ventana de la cocina vi uno de ellos posado sobre las ramas bajas de la gran encina. La encina grande, la que se pudre día tras día sin que yo pueda evitarlo. A pesar de ello, el hielo que cubre su base se retira y hay algo debajo que late, bullendo, clamando por salir y arrebatarle al sol todas sus notas.

Me quité los zapatos entonces y corrí tras el pájaro de Sherbrooke, suplicándole que tomara todos mis recuerdos y se los llevara lejos, muy lejos. Pero ella emitió su enigmático graznido, se burló de mí y se marchó alzando el vuelo hacia el sureste. Esperaba más de mí cuando me vio tan llena de vida.

Hay aves entonces que toman a veces un poco de algo de los que unos pocos recuerdan en las ramas de la encina, la que tiene esas ramas tan bajas, a estas tan especiales plañideras que se alimentan de todo lo que pudo ser y no fue. De lo que podía haber sido y se perdió en el recuerdo. De cómo toman lo que quieren y lo llevan lejos, para contárselo a quién quiera escucharlas y que por lo general, a nadie le importa.

Pero esta noche no seré yo.

Edanna, marzo de 2011

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