8 Noviembre, 2008
Lugares antiguos
Las aguas de muchos ríos confluyen en la ciudad de piedra que no es piedra. Uno de tantos lugares antiguos, que se levantan con la osadía de la ingenuidad y del deseo de existir. La fortaleza de los mil escondrijos le decían algunos la última vez que la visité, y eso, fue hace ya mucho tiempo.
Llegamos al crepúsculo, cuando ya estaban cerrando las puertas de la ciudad-fortaleza. Un agujero de civilización en medio de valles y montañas, de vientos gélidos que se clavan eficazmente en cada hueso de mi cuerpo. Los guardias de la puerta me reconocieron, pero no dijeron nada, tan solo un leve movimiento de la cabeza me indicaba que podíamos pasar a través del arco semiderruido.
Me sacudí algunas agujas de pino prendidas en la capa de lana a lo largo de la jornada. Casi me daba lástima abandonarlas en aquel suelo entre piedras y fango, desechos de animales y de seres civilizados. El olor, como no, no se hizo esperar. Suspirando lo acepté, una vez más. El olor inconfundible de los elegidos de los dioses, por lo visto.

Caerdwen, la solitaria. Caerdwen, la de los mil escondrijos, la de las diez mil ratoneras, ante mí la larga pendiente empedrada. Las casas amontonadas una sobre otra, en peligrosas y osadas formas. ¿Acogedor? Puede ser, si todo tu equipaje estrujado alberga un par de barreños de agua, probablemente sí que se trate de un lugar acogedor.
Pero en mi interior siento que realmente, me da lo mismo. La propia aceptación me sorprende. La aceptación pienso, es tirana. Te condena a un cierto tipo de destierro, que no te queda más remedio que aceptar humildemente, o a regañadientes. Según qué día y qué momento.
La larga pendiente gira en un recorrido que nos lleva hasta las partes altas de la antigua fortaleza amurallada, hoy aprovechada por los refugiados de la zona y que en la actualidad, son los habitantes del asentamiento. Casas y casas se han apilado, aprovechando cada resquicio, cada palmo de pared, suelo, basamento, muralla y conjunto de escalones. La gente aprovecha las migajas de una ruina, y lo convierten en un nuevo hogar. Me sorprende la capacidad de aprovechar cualquier oportuno espacio para construir un refugio en el que malviven de entre cuatro a catorce personas. No me parece mal, la verdad. Es el deseo de sobrevivir lo que da el coraje de ciertas decisiones y la valentía para aceptar lo que puedes conseguir y aprovecharlo.
Sobrevivir, pienso. Sobrevivir a toda costa. Si alguien me volviera a preguntar ¿Cuál es el sentido de la vida? Creo que ya no tendría tanta paciencia. Me limitaría a mostrarle lo que se encuentra a mi alrededor, tan solo me molestaría en responder: sobrevivir.
La gente en Caerdwen es pobre. Muy pobre. Aprovechan lo que les da una tierra fría entre las montañas. Se cobijan en una vieja fortaleza que han convertido en pequeño refugio, punto de encuentro, lugar de comercio, ciudad en algunos aspectos. Un asentamiento extraño verdaderamente. Y a su vez, tan triste. La tristeza es como la herrumbre. Lo cubre todo, lentamente y en un instante a la vez, no es nada fácil de quitar, y le encantan los días de lluvia.
La gente nos contempla al pasar, dejan por un momento lo que están haciendo y nos dirigen miradas inexpresivas. En silencio, sin hacer comentarios. Guardándose los pensamientos para las esquinas de sus momentos en la intimidad. Esas miradas, las recuerdo, de otras veces. De otros momentos. De ayer y de anteayer, del año pasado y del anterior. Cuando me limito a devolver la mirada, no la evitan. No esperan nada, ni tienen miedo.
Los techos están cubiertos de pájaros negros. Los viejos cuervos, las urracas canturrean entre las tejas, los aleros y el alféizar con la manta y sus pulgas aprovechando las últimas luces de la jornada. Van desapareciendo tras las ventanas, mantas y brazos fuertes que tiran de ellas, despidiéndose con el crujir de contraventanas que se cierran. Pocos metros más arriba, al fin nuestro destino, la destartalada hostería donde espero podamos pernoctar. Mis compañeros están muy cansados. Salta a la vista con un leve vistazo. Hoy llegamos a tiempo, antes que cerraran las puertas, hoy tuvimos suerte.
Con la noche llegan los temores más profundos, los que tenemos más profundamente arraigados. Por hoy tenemos un muro sobre el que apoyar la espalda. Y eso hoy es un banquete para el instinto. Me gustan las piedras que tengo a mi espalda, aunque musgosas, son cálidas. Un momento de intimismo nos envuelve, la paz de estar en el destino. El refugio amurallado no cobija en uno de sus escondrijos, y en estos momentos, es el lugar más acogedor de toda la tierra. Aquel que te permite compartir con tus amigos, las sonrisas que guardamos dentro, animándoles a su vez, a compartir las suyas.
Edanna Dhae a las 11:51 pm
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2 Noviembre, 2008
Nuevos vientos desde Dyss
Volvieron los brillos a llevarme de vuelta a mis tierras del sueño. Dyss bendito que no quiso nunca ni amo, ni dueño. Allí quiero morir, acurrucada en la llanura. De hierbas verdes y altas, con el viento del Oeste cantándome canciones de cuna. Las luces que surgieron de esa tierra me llevaron, de vuelta al lugar que nunca debí haber descuidado. La tierra de Dyss, me vio nacer, allí morí. Allí moriré. Y todo, sin haber logrado, no hacer más que amar y yacer desesperada por mis fracasos.
Quiero darle forma a mi país, para renacer en forma de árbol silencioso, ver pasar las estaciones y esperar, por una lluvia u otra, no tener más que raíces, hojas al viento y ramas para cubrirte.
Que mi sombra sea tu sereno reposo, que mis palabras sean tu descanso. Estas libreta está llena de esbozos de mí, pero hay más, que no he contado. Una tierra que no tiene ni dios ni mapas. No hay caminos, ni vallas. Ni hombres ni fronteras. Tan solo marcas en un horizonte al que llegar, lugares distantes que explorar. Desiertos inacabados, bosques frondosos y valles lejanos. Te ofrezco un río, un campo, un pueblo de hombres caballo. El vaivén de mis ramas, el rocío en tus pestañas.
Este mundo es tuyo, no le impongas leyes ni nombres. Yo te lo doy, pero no lo adores. Ni lo ames, ni lo odies.
Porque es todo cuanto queda de mí, y no ha hecho más que empezar. Está hecho de ti, y de ti. Está hecho de pedazos, que guardo en el fondo de una caja. Todo cuanto fuiste, está aquí. Gracias por haber estado ahí, pues le diste forma, a la tierra donde sembré el árbol que ahora te regala su sombra.
Edanna Dhae

Comentarios sobre un mundo inventado.
La Tierra de Dyss es un mundo de ficción. Un mundo de fantasía, que ha sido ideado por varios motivos; como entorno para aventuras en juegos de rol, y como trasfondo para una serie de cuentos . Dyss se apoya una fantasía intensa, romántica y poética, con paisajes mágicos y lugares fantásticos.
Ahora, sabiendo esto, al fin he llegado hasta aquí. Espero que sientas algo de curiosidad por La Tierra de Dyss y desees saber algo más.
En estos días me he volcado plenamente en poner en marcha este nuevo sitio web, que preveo me va a consumir de buena gana todo mi tiempo. Ya he terminado de construir el edificio. Ahora es el momento de sentarme y rellenar los libros de la biblioteca. Espero que tengas paciencia si ves muchos espacios vacíos, estoy plenamente en ello, y en un momento se llenan sin darte cuenta. Ya que como he comentado, me dedico todo el día a ello. Y quiero tener completados una serie de objetivos en el plazo de dos o tres semanas. Realmente ahora por suerte viene la parte más sencilla, pues más que nada consiste en transcribir todo lo que tengo escrito en un manojo de libretas a la página.
Es un mundo de fantasía que he llevado en mi cabeza durante algunos años, pero no había tomado forma realmente hasta los dos últimos. Desde hace mucho tiempo que comparto mi vida con La Tierra de Dyss. Una tierra que viene y va por mi cabeza de forma juguetona y a veces despiadada. Y francamente son el tipo de cosas que se convierten en obsesión, no lo voy a negar.
La Tierra de Dyss es caprichosa, su mayor peculiaridad es que es cambiante, y en sí misma es una sola consciencia. Es por tanto, un personaje en sí. Con Dyss sucede lo que ocurre con los personajes de los cuentos y de las novelas. Que acaban haciendo lo que ellos quieren, tomando vida propia y convirtiéndose en meta-ficción.
Francamente, espero que así sea, y que no cesen en sus caprichos, ni en la ardilla más revoltosa, ni en el guijarro más introspectivo.
Pero esta tierra caprichosa tiene tanto que ofrecer… Es en sí misma una tierra que siempre estuvo ahí, esperándote, para contar sus historias y las tuyas.
Dyss es un entorno de fantasía moderna, poética y romántica en donde la atmósfera lo es todo. Es un mundo en el cual colocar tus aventuras y campañas para tu juego de rol favorito, o el lugar del que extraer viejas historias que contar a los tuyos. Sea lo que sea, puede ser lo que tú quieras. Y si escuchas, te sorprenderás de tantas y tantas cosas que tiene que decir.
Así pues, este mundo es tuyo. Espero que lo disfrutes tanto como yo he disfrutado creándolo.
Atentamente
Edanna
Edanna Dhae a las 11:47 pm
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29 Septiembre, 2008
Furia
-Medea lo vio venir, aunque antes ya lo había presentido. Alarmada por una acuciante sensación de angustia, cruzó hacia el exterior por las ventanillas rotas que daban al tejado, abandonando de forma súbita su sereno estado de meditación bajo un rayo de sol. Nmone la vio pasar y sorprendida la siguió, llamándola insistente con sus maullidos.
Llegaron al borde del tejado, desde el que se divisaba la calle. Los tejados de las casas, se veían rojizos y de aspecto plomizo. El día había despertado nublado y amenazaba con llover pronto. Medea miró atentamente en todas direcciones sin encontrar lo que andaba buscando. Nmone la notaba nerviosa y preocupada, con una alarmante inquietud intentando localizar algo en el paisaje que se extendía ante ellas.
-¿Qué sucede? - le preguntó preocupada.
La gata no contestó inmediatamente. Al cabo de un rato le dijo:
-Ha llegado el momento en el que tendrás que recordar por todas nosotras hermana. - Le comentó con serenidad.
Siguió vigilante, buscando, esperando, con Nmone a su lado sin separarse de ella, mirando ansiosamente también, intentando ayudarla a divisar algo que no tenía ni idea de qué se trataba.
Entonces Medea lo vio.
Una enorme sombra, avanzaba por una de las calles, como una nube de oscuridad que se moviera a través de la pequeña ciudad. Con sus claros ojos de felino, advirtió su volumen, que abarcaba el tamaño de varias casas, sin que los habitantes al parecer se percataran de lo que rondaba alrededor de sus vidas. Se desplazaba con rapidez, devorando la luz, la imagen nítida se perdía cuando aquella sombra pasaba alrededor de todas las cosas, al deslizarse siempre en dirección al teatro.
-Allí viene, Nmone -Dijo Medea -. Lo que ha de poner fin a todas las cosas, o darnos otra oportunidad, viene hacia nosotras.
Nmone no lograba ver nada, visiblemente nerviosa, buscaba sin éxito.
-No te preocupes -Le dijo tranquilizadora Medea-. Vayamos a buscar a nuestra hermana, y esperaremos.
Un viento se levantó por las calles, haciendo girar alocadamente sobre sus casas las veletas con siluetas de gallos esbeltos, consiguiendo que decenas de sombreros salieran despedidos hacia las alturas. El cielo que durante toda la mañana se había mostrado cubierto, ahora presentaba un aspecto siniestro. Como si una fuerte tormenta estuviese a punto de desmoronarse sobre la ciudad. La gente se refugió en sus casas. Y su propio viento barrió las calles a su paso, levantando todo cuanto no estuviese amarrado o clavado en su sitio, cegando la vista y no permitiendo discernir si había algún origen oculto en aquella ventisca.
Ante tan molesta circunstancia, muchos optaron por desaparecer. El día se presentaba poco benigno. Pero aquel ventarrón, ya era sumamente incómodo. Al rato las calles quedaron vacías. La gente se sumió en sus actividades, olvidando el exterior. Protegidos del chaparrón que se avecinaba.
Un torbellino atravesó calles, dobló esquinas y se dirigió furioso hacia el teatro. Levantando hojas, polvo y tierra. Pañuelos y papeles revolotearon, describiendo círculos en graciosas espirales, para quedar abandonados a su suerte cuando se liberaban de aquella fuerza que traía su propia sombra, pero de la que nadie al parecer se percataba Una sombra que siempre había estado junto allí, por cierto. Una sombra que es difícil de apreciar si no hay luz que provoque contrastes no siempre por motivos cosméticos.
Las puertas rechinaron dolorosamente, y se abrieron dando un bandazo con tal estruendo que hizo retumbar al teatro hasta los cimientos. Los goznes crujieron, y algunos reventaron rendidos ante el tiempo y sus torturas.
No había nadie. Pero aquel viento sabía dónde buscar, podía olerlo, podía sentirlo. Persiguiendo a su presa, atravesó las salas, derribando estatuillas, jarrones y las pocas ventanas que habían sobrevivido, destrozando cortinajes y tapices. Derrumbando a manotazos cuanto era capaz de abarcar la furia incontenible a través de su camino.
Llegó a la parte superior, y olisqueando como un cazador, encontró el escondrijo largo tiempo perdido. Tan cerca y tan lejos. Allí había estado siempre. Más furioso aún por este nuevo hallazgo desahogó tantos años de infructuosa búsqueda reduciendo a astillas todo cuanto encontró.
Entonces fue cuando atravesó la pequeña puerta, arrancándola con furia de sus bisagras oxidadas.
-Ruggero… -Exclamó Couso con el rostro desencajado y algo sorprendido desde el quicio de la puerta.
-Ya me imaginaba yo, que tenía usted algo que ver en esto -Se limitó a decir Ruggero, aunque visiblemente extrañado por el aspecto de aquel hombre siniestro.
El señor Couso vestía un traje oscuro, con chaqueta y corbata, bastante arrugado a estas alturas. A su alrededor se disipaba lentamente la racha aullante que segundos atrás estremeció al teatro, retumbando y silbando, escuchándose hasta en el mismísimo jardín. Su rostro, que presentaba el aspecto de haber sufrido quemaduras, se deformó, como si se abandonara, al perder su dueño la voluntad de seguir manteniéndola íntegra.
Su semblante instantáneamente quedó totalmente deshilachado, deshaciéndose como una madeja desordenada. Un ovillo de formas retorcidas, que dejaban entrever lo que una vez fuera el rostro desquiciado de aquel hombre. Su boca, más allá de las comisuras de los labios que normalmente conforman la boca de un ser humano, ahora parecía llegar hasta detrás del cuello, dándole un aspecto aterrador. Al hablar, había mostrado multitud de dientes finísimos y pequeños, ordenados en dos hileras arriba y abajo. Era como un ovillo aplastado de lana, con una boca enorme y algo que parecían unos pozos profundos donde debían estar los ojos. Llevaba un sombrero que le daba un aspecto totalmente absurdo e irónico, quedando fuera de lugar, acentuando más aún su espantoso aspecto…
Extracto “Cuentos sobre tu tejado”
Edanna Dhae a las 2:54 am
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22 Septiembre, 2008
Mi Habitación
Tengo mi habitación en una posada, su número es la treinta y ocho.
Desde la ventana que da a Occidente se divisan en los días claros La Tierra de los Mil pájaros. Más allá se ven las montañas que aún no pueden tener nombre. Y más allá, la mar circundante, donde habita el gran dragón que vigila el mundo.
Desde mi ventana no se ven las zonas blandas.
Mejor que así sea, pues allí permanecen siempre en movimiento todas las cosas. Contemplar las regiones de un mundo quebrado, enloquece a los hombres, haciéndoles correr desesperados hacia los bosques. Iracundos como caballos sin bocado, atestados de horror por la realidad que no comprenden y que permanece bajo la luz del sol.
La posada es diáfana desde la lejanía. Un farol te llena de esperanza cuando, más allá del promontorio, una luz diminuta señala el fin de ese largo retorno a casa. Allí no hay nubes oscuras aunque sí que llueve a menudo y con frecuencia. La casa es azul, con puertas oscuras de madera incrustada de resina.
Aquí, siempre está presente el aroma intenso del bosque.
Mi habitación tiene cuatro ventanas. Por cada una de ellas puedo saludar a los vientos. Puedo contarle pequeños cuentos y ellos, silenciosamente, llevarlos lejos. Hasta los confines más remotos de la tierra. Aquí no hay secretos. Yo, no guardo secretos.
En los primeros días, se advertían fuegos distantes que en las pálidas noches parecían estrellas caídas sobre la tierra. Sollozantes, oscilaban leve e imperceptiblemente para morir al cabo de algunas horas, y quedar la distancia tan oscura como las profundidades de la noche.
Ya no hay fuegos. Ningún fuego se ve en las distancias.
Es una tierra ahora silenciosa y solitaria.
La posada es una isla en un mar de silencios nocturnos y de días apacibles.
En el último tercio de Septiembre, los vientos del Nordeste cuchichean noticias de otros fuegos, más allá de la gran muralla que forma el río del viento, donde pasé mis últimos días con los hacedores de grandes alas para volar, con las que surcan los espacios infinitos del cielo. Ahora los vientos sí que traen secretos. Recuerdos y secretos vienen cada vez con más frecuencia, de regiones ignotas del norte y del este. Allí, de donde no se ha dibujado nunca ningún mapa.
Contemplando el poniente, me pregunto si quedará resguardada esa tierra de ser plasmada en los mapas en algún momento. Prefiero que sea así, y que la propia tierra más allá donde cae el sol, elija sus propios nombres por sí misma. Y que no los cuente a nadie salvo a los suyos, si tal es su deseo.
Los últimos días de Septiembre siempre despiertan misterios. Nacimientos, y muertes se suceden, en esta tierra donde las aves son las reinas supremas. Ellas gobiernas realmente. Son las dueñas de los cielos. A nosotros, se nos ha permitido cobijarnos bajo sus alas. Yo lo acepto pero hay otros, que no tienen tanta gratitud.
Son estos días del Equinoccio los que harán despertar los fuegos en la lejanía. Y los espero con ansiedad. Hay nuevos caminos abriéndose paso hacia los confines del mundo. Los caminos guardan también secretos, pero son más difíciles de convencer. Los caminos siempre han sido seres extraños.
Es así, como se cumplen las canciones que cantan las estrellas, y se suceden las estaciones. El Equinoccio hace despertar a los seres de este mundo, poco a poco, comienzan a brillar en sus propias llamas carmesíes. Son los hermosos últimos días de Septiembre, a los cuales siempre, año tras año, les canto canciones. Unas veces desde la ventana del Oeste, y otras desde la del Norte. Sentada en los quicios tallados de la ventana para acomodarme y contemplar el mundo sometido a los pies del tiempo. Ahora las copas de los árboles se estremecen al compás de la brisa de la tarde, llegando exhaustas desde quién sabe dónde, para cuchichearme al oído las noticias. Y hacerme sonreír al caer en la cuenta de esto o aquello.
Les doy respuestas, les doy mensajes, azuzándolas para que marchen presurosas. ¡Marchad, marchad y traedme noticias de los bosques que habitan tras aquellas montañas! Traedme noticias de aquel valle lejano que visitamos hace tantos años. Marchad ahora, regresad al alba. Por favor, despertadme si me he quedado dormida, pues no quiero dormir, mientras queden historias por contar.
En otras ocasiones sin embargo deseo dormir y no despertar. Hasta que la tierra misma cambie, y las estrellas del cielo no sean las mismas. Que hayan nacido otras nuevas, hijas de las primeras, y de las segundas. Un viaje, siempre, hacia adelante. Con nuevos árboles, nietos de aquellos que me dieron su sombra. Los propios hijos de los valles, y la madera de sus abuelos ancestrales, nos dará cobijo impaciente, eterno no, pero si para siempre.
Yo estaré aquí, siempre esperando la llegada de Septiembre, despertando a los vientos, a los fuegos púrpuras, al vaivén de las ramas, a los vientos sollozantes. Las miles de hojas que bailan frente a mi ventana, danzas de ternura que podría dedicar… pero no. No lo haré. Ya no hay danzas, ni canciones. La distancia aquí ya no se mide con leguas, no hay espacio entre los unos y los otros. Esta tierra, cada vez, está más silenciosa y vacía. Aunque a mí me gusta así. Aquí es el tiempo el que nos indica cuánto hay desde aquella laguna hasta el promontorio. Desde el rio al promontorio hay; tres canciones, una historia de fantasmas y un cuento de hadas. Al regresar no te repitas, puedes contar un romance, y antes que te des cuenta, estas de vuelta.
El tiempo es lo único que sirve para recorrer todas estas inmensas extensiones que se abren ante mí. Puede parecer inalcanzable, pero está tan cerca. Tan cerca y tan distante. Aquí ahora, o en un hasta nunca.
Hay gatos que vienen y van cuando lo desean. Yo, mantengo la puerta de la gatera abierta para que mi pequeña gata vaya libre en sus asuntos desde este mundo a los mundos que quiera compartir. Deberíamos aprender tanto de ellos, pues para empezar, jamás cuentan el transcurrir del tiempo.
Mi habitación es la más alta. Es la treinta y ocho. Juego tirando migas de pan desde la ventana, que ruedan por las tejas y desaparecen por el borde, si antes no las caza al vuelo algún pájaro de mil colores. Aparecen y desaparecen entre trinos agudos, resonando hasta los ángulos más recónditos del Valle del Caballo, allí donde una vez encontré basiliscos envueltos en danzas de amor, tornando en piedra quienes se acercaban demasiado a interrumpir su melancólica sinfonía, repleta de esa ternura que solo apreciamos en los momentos más dulces.
Y es la sinfonía de esta tierra la que me estremece en paz, es su música la que me enternece en cada instante. Es la tierra donde vivo, la tierra que cuido, cantándole canciones al caer el sol. Aquí habito y cada Equinoccio, me siento sola en la ventana para contemplar, como el dulce vaivén del mundo me adormece y así poder volver siempre a soñar.
Edanna Dhae a las 8:42 pm
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27 Febrero, 2006
Morndum
Había luchado contra su padre, y por ello fue desterrado a un lugar donde no había auténtica piedra. Estaba solo en la extraña tierra, a excepción de la caza. Cazaba con armas de hueso, y fresno, y obsidiana pulida. Cabalgaba a lomos de caballos salvajes. Le acompañaban sabuesos tan altos que llegaban al cuello de su montura. Sus lanzas con punta de hueso ensartaban salmones con escamas de plata. Cuando en este lugar enloquecido tenía que viajar lejos, lo hacía entre las garras de un búho.
La necesidad de volver al lugar donde había nacido se volvió acuciante. Pero, para él, no había camino de regreso, y aunque cabalgó hacia el norte y hacia el sur junto al gran desfiladero, aunque encontró cavernas y tumbas antiguas en las que soplaba un extraño viento, no pudo escapar del sueño. Su mundo estaba fuera de su alcance.
Anudó su estandarte blanco a las astas de un alce y cabalgó a lomos de la bestia. Pero, cuando llegó a las altas montañas, el animal se sacudió su peso de encima. Hizo una canoa con la corteza de un árbol y dejó que el río lo llevara, pero se quedó dormido durante la noche, y cuando despertó había embarrancado cerca del sendero empinado que llevaba a las puertas del castillo.
Decidió probar con la magia, y entró en un extraño bosque. Allí encontró la imagen de una mujer tallada en madera. A la luz de la luna, la mujer cobró vida, y se enamoró de ella. Se quedó allí, perdido de nuevo durante muchos años.
Pero fuera de la noche, fuera del sueño, su madre acudió a él. Le tomó de la mano y le guió hasta las aguas del desfiladero. Lo hizo entrar en su barcaza, donde se tendió con la cabeza apoyada en una almohada que eran las ropas de su madre. Ella invocó al espíritu de su padre, que apareció en la forma de un animal. La mujer le robó la magia e hizo navegar la barcaza, que bajó a la deriva con la corriente, y esta vez cruzó el río. Su madre lo vio partir.
Por fin, el viaje había empezado.
Edanna Dhae a las 10:23 pm
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