11 Mayo, 2009
Mifune
Mifune saltó fuera del guardarropa que hay bajo la escalera, con ese aire indolente que tanto la caracteriza. Envuelta en una nube de perfume de rosas, extrañas hojitas y plumas de diente de león adheridas a los bigotes. Pasó al lado de la niña, sin dignarse a dirigirle tan siquiera una mirada, perdiéndose escaleras arriba con aire satisfecho.
Mamá ya le había advertido varias veces que no dejara entrar a su gata en la fortaleza donde guarda la ropa de invierno. Pero ¿qué podía hacer? Mifune tiene el don de atravesar cualquier resquicio secreto y pasar inadvertida, tomando siempre algún camino por donde la niña no pudiese verla. Lo cierto es que para ella, su madre era algo injusta y su gata demasiado lista.

Con curiosidad, se subió al taburete para echarle una mirada al interior del ropero. Le encantaba meterse en aquel escondrijo de techo inclinado. Era como si de repente se le concediese el don de convertirse en una valiente exploradora capaz de adentrarse en lugares inhóspitos, sorteando todos los peligros con agilidad e ingenio, para descubrir la verdad que subyace oculta dentro de todos los armarios del mundo. Este no puede ser menos pues ¿por qué si no, su gata iba y venía tantas veces al día, escondiéndose en sus rincones más profundos?
Acarició con las yemas de los dedos, los pétalos de rosa que su madre siempre colocaba en un pequeño cesto semana tras semana. Al tacto parecían de jabón, tan suaves que realmente eran ellos los que sentía que la acariciaran, al rozarlos de manera tenue. El aroma de las rosas resultaba allí embriagador. No le extrañaba que se hubiese convertido en el escondrijo perfecto, lecho personal de una gata tan refinada.
Su gata tenía suerte. Ella misma en muchas ocasiones, cuando deseaba estar sola durante la clase, metía la cabeza dentro de la cartera de los libros. Dentro de la cartera, solo se escuchan murmullos al amortiguarse los sonidos del mundo a su alrededor. Era entonces cuando la inundaba una extraña paz, como si se hubiese retirado a lo más profundo de un jardín, quedándose completamente sola. Por desgracia el retiro íntimo duraba poco tiempo. Siempre había algún listo que se reía de ella inoportunamente, consiguiendo que la descubrieran demasiado pronto.
Pero allí, en el guardarropa, cuando se escondía podía estar tranquila. Aquella guarida suponía un mundo perfecto. Cuando ocasionalmente se deslizaba dentro con Mifune, podían pasar horas sin que la descubriesen. Tampoco entendía por qué extraña razón siempre se quedaba dormida, pues dentro la envolvía una calidez inusual. Además, lo más extraño de todo era que, algunas veces cuando estaba dentro, le parecía escuchar el siseo de la hierba mecida por la brisa. Al despertar, casi siempre su gata ya se había marchado, dejándola a ella cargar con todo el peso de las culpas.
Por tanto, decidió desvelar algunos misterios. Recogiendo provisiones en la cocina, y tomando prestada la linterna del cajón del recibidor, fueron al ropero y se instalaron Mifune y ella, sobre las sábanas de franela una vez más, emplazando de nuevo su campamento. En la penumbra de su guarida notó nuevamente aquel aroma que siempre la adormecía, y pronto escuchó otra vez, el leve susurro que venía traído por una brisa muy lejana, desde alguna parte.
La gata se apropió del cesto de los pétalos, envolviéndose en ellos tras seis o siete vueltas, logrando así que se adaptaran perfectamente a los contornos de su cuerpo. Aunque algo molesta al principio por la presencia en su santuario, comenzó a tolerar mejor a su dueña, después de que se pusiera la linterna bajo la barbilla y comenzara a hacerle muecas desagradables.
Permaneciendo erguida intentó por todos los medios permanecer despierta, y aunque al principio lo logró durante un buen rato, gradualmente junto al brillo menguante de la linterna, se fue adormilando tomada de la mano por aquel minúsculo atardecer, en silencio, en el crepúsculo personal hacia la oscuridad, para finalmente quedarse las dos completamente dormidas en el interior de aquel guardarropa, único en el mundo.
Una fragancia inexplicable la envolvió entonces, pues fue algo que siempre recordaría muy bien. Unos cuerpos tibios retozaban no muy lejos de ella. Aromas que no pudo ni quiso olvidar, flotaron y la envolvieron entre alegrías. El deleite de la hierbabuena, la menta y la manzanilla donde flotaba una luz radiante, jugando entre un campo de lilas y bermellón. Más, una algarabía que no consiguió explicar. ¡Qué sueño tan dulce! La pared del fondo del ropero parecía resplandecer mientras una luz bañaba su escondrijo.
Allí a diez pasos, Mifune retozaba feliz junto a otros muchos gatos venidos de lugares distantes, de tierras lejanas, que jugaban bajo un sol cálido y amarillo a perseguir los dientes de león entre los tallos de hierba. Pero había más pues, a lo lejos se divisaba un enorme prado y árboles como telón de fondo, hasta perderse en las verdes distancias de un pedazo de mundo que, apenas comenzaba a dibujarse a partir del fondo de aquel guardarropa.
Llamó a Mifune en voz baja temerosa de molestar a los habitantes del prado muy a su pesar, pues no deseaba marcharse de un lugar al que sentía que de alguna manera, había accedido gracias a su gata. Ella la miró un instante, aproximándose seguidamente y ronroneando con un trotecillo alegre. Cuando atravesó aquella extraña pared del fondo del ropero, la vio rodeada de un leve chisporroteo dorado, que duró un leve instante. Llegó hasta la niña acurrucándose finalmente en su regazo, exhausta, rodeándola con la fragancia que se había traído consigo de aquel jardín de recreos tan especial.
Eso fue todo cuanto pudo recordar, la despertó su madre, muy enfadada. Al parecer había estado llamándola desde hacía un buen rato sin obtener respuesta. No estaba nada contenta no, por haberse escondido en el guardarropa que estaba bajo la escalera y haberse dormido dentro. Nada contenta por haberla tenido buscándola durante tanto tiempo sin dar señales de vida. Pero lo que de verdad no le hizo ninguna gracia a su madre, fue que se hubiese metido la gata y ella en el guardarropa estando tan sucias, pues estaban llenas de trocitos de hierbajos, flores, hojas y dientes de león y lo peor, es que no tenía ni idea, de dónde habían salido.
Para Bibi y Gabi
Edanna Dhae a las 12:10 am
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2 Noviembre, 2008
Nuevos vientos desde Dyss
Volvieron los brillos a llevarme de vuelta a mis tierras del sueño. Dyss bendito que no quiso nunca ni amo, ni dueño. Allí quiero morir, acurrucada en la llanura. De hierbas verdes y altas, con el viento del Oeste cantándome canciones de cuna. Las luces que surgieron de esa tierra me llevaron, de vuelta al lugar que nunca debí haber descuidado. La tierra de Dyss, me vio nacer, allí morí. Allí moriré. Y todo, sin haber logrado, no hacer más que amar y yacer desesperada por mis fracasos.
Quiero darle forma a mi país, para renacer en forma de árbol silencioso, ver pasar las estaciones y esperar, por una lluvia u otra, no tener más que raíces, hojas al viento y ramas para cubrirte.
Que mi sombra sea tu sereno reposo, que mis palabras sean tu descanso. Estas libreta está llena de esbozos de mí, pero hay más, que no he contado. Una tierra que no tiene ni dios ni mapas. No hay caminos, ni vallas. Ni hombres ni fronteras. Tan solo marcas en un horizonte al que llegar, lugares distantes que explorar. Desiertos inacabados, bosques frondosos y valles lejanos. Te ofrezco un río, un campo, un pueblo de hombres caballo. El vaivén de mis ramas, el rocío en tus pestañas.
Este mundo es tuyo, no le impongas leyes ni nombres. Yo te lo doy, pero no lo adores. Ni lo ames, ni lo odies.
Porque es todo cuanto queda de mí, y no ha hecho más que empezar. Está hecho de ti, y de ti. Está hecho de pedazos, que guardo en el fondo de una caja. Todo cuanto fuiste, está aquí. Gracias por haber estado ahí, pues le diste forma, a la tierra donde sembré el árbol que ahora te regala su sombra.
Edanna Dhae

Comentarios sobre un mundo inventado.
La Tierra de Dyss es un mundo de ficción. Un mundo de fantasía, que ha sido ideado por varios motivos; como entorno para aventuras en juegos de rol, y como trasfondo para una serie de cuentos . Dyss se apoya una fantasía intensa, romántica y poética, con paisajes mágicos y lugares fantásticos.
Ahora, sabiendo esto, al fin he llegado hasta aquí. Espero que sientas algo de curiosidad por La Tierra de Dyss y desees saber algo más.
En estos días me he volcado plenamente en poner en marcha este nuevo sitio web, que preveo me va a consumir de buena gana todo mi tiempo. Ya he terminado de construir el edificio. Ahora es el momento de sentarme y rellenar los libros de la biblioteca. Espero que tengas paciencia si ves muchos espacios vacíos, estoy plenamente en ello, y en un momento se llenan sin darte cuenta. Ya que como he comentado, me dedico todo el día a ello. Y quiero tener completados una serie de objetivos en el plazo de dos o tres semanas. Realmente ahora por suerte viene la parte más sencilla, pues más que nada consiste en transcribir todo lo que tengo escrito en un manojo de libretas a la página.
Es un mundo de fantasía que he llevado en mi cabeza durante algunos años, pero no había tomado forma realmente hasta los dos últimos. Desde hace mucho tiempo que comparto mi vida con La Tierra de Dyss. Una tierra que viene y va por mi cabeza de forma juguetona y a veces despiadada. Y francamente son el tipo de cosas que se convierten en obsesión, no lo voy a negar.
La Tierra de Dyss es caprichosa, su mayor peculiaridad es que es cambiante, y en sí misma es una sola consciencia. Es por tanto, un personaje en sí. Con Dyss sucede lo que ocurre con los personajes de los cuentos y de las novelas. Que acaban haciendo lo que ellos quieren, tomando vida propia y convirtiéndose en meta-ficción.
Francamente, espero que así sea, y que no cesen en sus caprichos, ni en la ardilla más revoltosa, ni en el guijarro más introspectivo.
Pero esta tierra caprichosa tiene tanto que ofrecer… Es en sí misma una tierra que siempre estuvo ahí, esperándote, para contar sus historias y las tuyas.
Dyss es un entorno de fantasía moderna, poética y romántica en donde la atmósfera lo es todo. Es un mundo en el cual colocar tus aventuras y campañas para tu juego de rol favorito, o el lugar del que extraer viejas historias que contar a los tuyos. Sea lo que sea, puede ser lo que tú quieras. Y si escuchas, te sorprenderás de tantas y tantas cosas que tiene que decir.
Así pues, este mundo es tuyo. Espero que lo disfrutes tanto como yo he disfrutado creándolo.
Atentamente
Edanna
Edanna Dhae a las 11:47 pm
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20 Octubre, 2008
Superficies esféricas de diálogo
Esferas
Yo a veces estoy horas, claro que…en fin.
Superficies esféricas de diálogo
Esferas conformadas por palabras, redes de combinaciones semánticas. La riqueza de las palabras se encuentra en la forma en cómo se relacionan unas con otras. Bastan dos palabras juntas para desencadenar narrativa, reflexiones, teorías, arbitraridad, poesía, humor…

esferas es un proyecto en constante desarrollo. En este momento el número de esferas son cuatro: tres esferas de palabras en tres
lenguas distintas y una esfera trilingüe, de reciente publicación, creada como interfase de comunicación entre la comunidad científica y la sociedad.
Las esferas de las relaciones en sus versiones en español (inagurada en marzo 2004), en inglés (noviembre 2004) y portugués (marzo 2005) son espacios de estimulación e inspiración, lugares en donde se desarrolla una conversación lenta entre palabras, y a través de las palabras entre personas. Al seleccionar dos palabras en la esfera, al azar o premeditadamente, surge una pregunta: ¿qué relación hay entre ellas, entre sus significados? Puedes entonces responder con lo primero que se te cruze por la mente, buscar una relación profunda o entregarte al juego de la arbitraridad. Lo que escribas vivirá en la esfera; otros lo leeran y escribirán nuevas relaciones.
Edanna Dhae a las 4:40 pm
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29 Septiembre, 2008
Furia
-Medea lo vio venir, aunque antes ya lo había presentido. Alarmada por una acuciante sensación de angustia, cruzó hacia el exterior por las ventanillas rotas que daban al tejado, abandonando de forma súbita su sereno estado de meditación bajo un rayo de sol. Nmone la vio pasar y sorprendida la siguió, llamándola insistente con sus maullidos.
Llegaron al borde del tejado, desde el que se divisaba la calle. Los tejados de las casas, se veían rojizos y de aspecto plomizo. El día había despertado nublado y amenazaba con llover pronto. Medea miró atentamente en todas direcciones sin encontrar lo que andaba buscando. Nmone la notaba nerviosa y preocupada, con una alarmante inquietud intentando localizar algo en el paisaje que se extendía ante ellas.
-¿Qué sucede? – le preguntó preocupada.
La gata no contestó inmediatamente. Al cabo de un rato le dijo:
-Ha llegado el momento en el que tendrás que recordar por todas nosotras hermana. – Le comentó con serenidad.
Siguió vigilante, buscando, esperando, con Nmone a su lado sin separarse de ella, mirando ansiosamente también, intentando ayudarla a divisar algo que no tenía ni idea de qué se trataba.
Entonces Medea lo vio.
Una enorme sombra, avanzaba por una de las calles, como una nube de oscuridad que se moviera a través de la pequeña ciudad. Con sus claros ojos de felino, advirtió su volumen, que abarcaba el tamaño de varias casas, sin que los habitantes al parecer se percataran de lo que rondaba alrededor de sus vidas. Se desplazaba con rapidez, devorando la luz, la imagen nítida se perdía cuando aquella sombra pasaba alrededor de todas las cosas, al deslizarse siempre en dirección al teatro.
-Allí viene, Nmone -Dijo Medea -. Lo que ha de poner fin a todas las cosas, o darnos otra oportunidad, viene hacia nosotras.
Nmone no lograba ver nada, visiblemente nerviosa, buscaba sin éxito.
-No te preocupes -Le dijo tranquilizadora Medea-. Vayamos a buscar a nuestra hermana, y esperaremos.
Un viento se levantó por las calles, haciendo girar alocadamente sobre sus casas las veletas con siluetas de gallos esbeltos, consiguiendo que decenas de sombreros salieran despedidos hacia las alturas. El cielo que durante toda la mañana se había mostrado cubierto, ahora presentaba un aspecto siniestro. Como si una fuerte tormenta estuviese a punto de desmoronarse sobre la ciudad. La gente se refugió en sus casas. Y su propio viento barrió las calles a su paso, levantando todo cuanto no estuviese amarrado o clavado en su sitio, cegando la vista y no permitiendo discernir si había algún origen oculto en aquella ventisca.
Ante tan molesta circunstancia, muchos optaron por desaparecer. El día se presentaba poco benigno. Pero aquel ventarrón, ya era sumamente incómodo. Al rato las calles quedaron vacías. La gente se sumió en sus actividades, olvidando el exterior. Protegidos del chaparrón que se avecinaba.
Un torbellino atravesó calles, dobló esquinas y se dirigió furioso hacia el teatro. Levantando hojas, polvo y tierra. Pañuelos y papeles revolotearon, describiendo círculos en graciosas espirales, para quedar abandonados a su suerte cuando se liberaban de aquella fuerza que traía su propia sombra, pero de la que nadie al parecer se percataba Una sombra que siempre había estado junto allí, por cierto. Una sombra que es difícil de apreciar si no hay luz que provoque contrastes no siempre por motivos cosméticos.
Las puertas rechinaron dolorosamente, y se abrieron dando un bandazo con tal estruendo que hizo retumbar al teatro hasta los cimientos. Los goznes crujieron, y algunos reventaron rendidos ante el tiempo y sus torturas.
No había nadie. Pero aquel viento sabía dónde buscar, podía olerlo, podía sentirlo. Persiguiendo a su presa, atravesó las salas, derribando estatuillas, jarrones y las pocas ventanas que habían sobrevivido, destrozando cortinajes y tapices. Derrumbando a manotazos cuanto era capaz de abarcar la furia incontenible a través de su camino.
Llegó a la parte superior, y olisqueando como un cazador, encontró el escondrijo largo tiempo perdido. Tan cerca y tan lejos. Allí había estado siempre. Más furioso aún por este nuevo hallazgo desahogó tantos años de infructuosa búsqueda reduciendo a astillas todo cuanto encontró.
Entonces fue cuando atravesó la pequeña puerta, arrancándola con furia de sus bisagras oxidadas.
-Ruggero… -Exclamó Couso con el rostro desencajado y algo sorprendido desde el quicio de la puerta.
-Ya me imaginaba yo, que tenía usted algo que ver en esto -Se limitó a decir Ruggero, aunque visiblemente extrañado por el aspecto de aquel hombre siniestro.
El señor Couso vestía un traje oscuro, con chaqueta y corbata, bastante arrugado a estas alturas. A su alrededor se disipaba lentamente la racha aullante que segundos atrás estremeció al teatro, retumbando y silbando, escuchándose hasta en el mismísimo jardín. Su rostro, que presentaba el aspecto de haber sufrido quemaduras, se deformó, como si se abandonara, al perder su dueño la voluntad de seguir manteniéndola íntegra.
Su semblante instantáneamente quedó totalmente deshilachado, deshaciéndose como una madeja desordenada. Un ovillo de formas retorcidas, que dejaban entrever lo que una vez fuera el rostro desquiciado de aquel hombre. Su boca, más allá de las comisuras de los labios que normalmente conforman la boca de un ser humano, ahora parecía llegar hasta detrás del cuello, dándole un aspecto aterrador. Al hablar, había mostrado multitud de dientes finísimos y pequeños, ordenados en dos hileras arriba y abajo. Era como un ovillo aplastado de lana, con una boca enorme y algo que parecían unos pozos profundos donde debían estar los ojos. Llevaba un sombrero que le daba un aspecto totalmente absurdo e irónico, quedando fuera de lugar, acentuando más aún su espantoso aspecto…
Extracto “Cuentos sobre tu tejado”
Edanna Dhae a las 2:54 am
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