31 Diciembre, 2009

El viento entre los árboles

Hay un siseo entre tú y yo, con un firmamento allá abajo, esperando. Cuando extiendes los brazos lo puedo abrazar, en un esfuerzo que no es inútil, si sabes a qué me refiero. Es frío, es acogedor, es el viento entre los árboles. Y es la noche que me reflejan tus ojos.

Me dejo acunar, dulce, amargo y tan… benévolo…, que aquí deseo vivir hasta el fin de los días. Pues te deseo cielo estrellado. Ahí abajo, permaneces; mientras bajo la manta tú y yo tarareamos despacito, al compás de esta, nuestra brisa nocturna. Son arrullos todo esto que se llevan mis manos y las tuyas dentro de nuestros callejones; a darles patadas a los botes.

¡Qué Alisio tan sutil! Resonando tan fresco en tus labios sacados de aquel lugar donde nació el viento. De allí de donde nacieron todos los vientos del mundo. Y danza, se estremece; aquí, junto a nosotros. Entre tú y yo, bajo esta manta. Viene para quedarse, no piensa marcharse jamás. Viene junto a toda esta música, llegada desde las tierras frías, aquellas que asoman más allá de las distancias imposibles.

Aquí se mecen los árboles, es donde se arrullan sus ramas. La brisa que acaricia todos estos tesoros, enarbolando en majestuosos pedestales, delicias de esmeralda.

No deseo más que permanecer, echar raíces, dormir, acunarme en tu regazo. Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, sentir mi sangre tan suave del rocío en tus pestañas. Beber el agua de las profundidades de la tierra, convirtiéndome en aquel árbol que en todo instante a ti te regale su sombra.

Edanna Dhae a las 12:10 am

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25 Octubre, 2009

Los niños salvajes (revisado)

Entre un revoloteo de hojarasca y los últimos rayos de sol arrastrándose a través de los árboles, llegaron los niños salvajes.

Iban prácticamente desnudos, cubriéndose con lo que habían encontrado en sus vagabundeos y lo que ellos consideraron que podía servir de atuendo. El que fuera digno era el menor de sus problemas. Algunos llevaban una camisa, blusa o pantalón bastante raído. Otros se vestían apenas con una manta. Con suerte alguno llevaba algún zapato; muy pocos, aparentemente los más fuertes o corpulentos, los dos. Los más débiles, buenamente se cubrían de cintura para abajo con cualquier apaño. Parecía darles lo mismo, pero sabía que no era así. Para ellos, el atuendo debía de tener un valor que yo meramente acertaba a sospechar.

Apestaban como demonios, pude olerlos a muchos metros de distancia. No se atrevieron a cruzar el linde del bosque. Desde el camino polvoriento que bordeaba los primeros troncos permanecían en silencio, observándome.

muProbablemente yo les causaba miedo, pero eso no duraría siempre. Los observé, en silencio, muy quieta, mientras los rayos de sol que se escurrían en la arboleda cortejaban mi cabello y mi espalda lentamente.

Había muchas niñas, casi las dos terceras partes. Todos llevaban extraños objetos sacados de la vida cotidiana, ahora destinados a usos misteriosos, pero con la indudable intención de servir para algún tipo de simbología de orden tribal, de estatus social. Habían creado su propia cultura de la nada. Una cultura de remiendos.

Observé que probablemente habría uno o una serie establecida y jerárquica de líderes. Pude reconocer marcas en el rostro de una de las niñas, no tendría más de once años, de claro sentido espiritual. Llevaba suspendido de su atuendo multitud de pequeños objetos atados con cuerdecillas.

Una pequeña chamán en el grupo de los niños salvajes.

Ya han creado a su propio hechicero, en tan poco tiempo. – Pensé.

Los niños me observaron silenciosamente, intercambiando susurros bajos, que eran acallados bruscamente por el que parecía ostentar el rango de líder. Un chico alto, con los huesos de las costillas claramente visibles. Flaco y escuálido como un perro pero suficientemente vigoroso aún. Llevaba un collar lleno de objetos absurdos que le colgaba hasta la cintura. En la mano izquierda un objeto contundente y probablemente bastante peligroso manejado por las manos de alguien como él. Todos llevaban dibujos, marcas, e incluso la cara pintada con lo que me pareció se trataba probablemente de ceniza.

Creo que se asustaron cuando la luz del crepúsculo comenzó a rellenar el mundo a nuestro alrededor; la oscuridad avanzó paso a paso, creando sombras cada vez más monstruosas, pero no tan gigantescas como las que había entre ellos y yo.

Finalmente se marcharon, tan rápidamente como aparecieron. Escucharon el relincho del caballo enfermo que agonizaba más abajo en el valle, en la granja abandonada. Significó lo mismo para ellos que la llamada del cuerno o de la caracola.

Algo nuevo, sucediendo en algún otro lugar.

Hasta casi la medianoche, pude escuchar los relinchos de agonía del caballo.

Escuché claramente el entrechocar de las piedras, el crujido de los huesos rotos, los bramidos de sufrimiento del animal. Todos los ecos de aquello resonaban en el bosque, retumbando a su vez entre las colinas. Transportados por el viento, hasta lugares distantes. Se divirtieron con él como siempre ha jugado un gato con un ratón, un juego que enseña a pesar de toda la moral cosechada en la extinta historia de la humanidad. Jugaron tal y como lo hicieron sus ancestros; quemando, ahogando, mutilando y despedazando todo cuanto pudiese agonizar claramente ante sus ojos.

Allí encontró pues su propio sepulcro, y yo entonces le puse nombre: “El sepulcro del caballo”.

Lo mataron a pedradas; entre todos, lentamente, con cuidado para no acercarse al animal. El caballo bramó desesperado, repartiendo coces frenéticas. Se escuchaba claramente aunque los sonidos llegaran apagados por la distancia. Pero estaba enfermo, viejo y agotado.

Pedrada tras pedrada. Podía imaginármelo, podía imaginar la situación con toda claridad.

Finalmente, los relinchos cesaron.

Encendieron un fuego, pude ver la luminosidad en la lejanía, a través de los árboles. Ahora jugaban, gritaban, reñían, reían. Pude oler la madera quemada, la carne de caballo, el humo espeso, acre, dulce.

Comieron.

El olor penetró en el bosque, inundando el aroma de la hoja y del musgo, de la haya y del roble. Inicié un canturreo. Las hojas se agitaron. Cuidé de mi propio fuego. Cuidé todos los fuegos que permanecían encendidos en ese instante por todo el mundo. Permanecí despierta toda la noche. Pendiente, vigilante, ausente de todo cuanto habitara en mi interior. Celosa de todo lo que existía a mi alrededor, de cualquier sonido, de cualquier olor. Esperando.

Por la mañana, se habían marchado.

Fui hasta “El sepulcro del caballo”. Allí estaba aún una parte del animal, entregada ahora a moscas y gusanos. Huesos, maderos y restos yacían por todas partes. La hoguera humeaba, lanzando un humo negro y viscoso que se llevaba la brisa. Uno de los niños estaba allí tendido, muerto. Tendría unos seis años. Una horrible brecha en la cabeza y una piedra ensangrentada explicaba casi todo lo que había sucedido. La causa hasta me la podía imaginar. Debía suceder de manera frecuente. Tardé apenas tres cuartos de hora en enterrarlo y cubrir la tumba con un buen montón de piedras.

De poco serviría, muchos animales cavan mucho mejor que yo.

Pero volverían. Lo sabía claramente. Miré en todas direcciones, solo pude encontrar en los cielos a mis amigos los viejos pájaros negros. Les rogué que me avisaran. Ellos si decidieron considerarlo, no dieron ninguna muestra de ello.

Volví al bosque, volví a la piedra y la roca, al rio y a la cueva húmeda.

Esperé.

En los días que transcurrieron durante mi espera, en muchas ocasiones me pareció escuchar el sonido de la candente risa de aquellos niños. Siempre cerca, entre los árboles que ocasionalmente se agitaban, esperando darme una sorpresa, un saludo, y una bienvenida.

Por supuesto, regresaron.

Con la segunda luna menguando dos tercios sobre el firmamento, volvieron a rondar por la periferia de mi pequeño territorio. Reanudaron el ritual, acercándose lentamente, observando, expectantes, silenciosos… Ni las múltiples moscas que los atosigan de manera incesante, habitándolos, logran arrancarles un solo gesto. Permanecen todo el tiempo exánimes, aguardando.

Unos cincuenta pasos como mucho los separan de mi pequeño campamento en el claro, bajo la sombra de la roca grande. Es entonces en este preciso momento cuando me doy cuenta de que no tengo muchas posibilidades ya de escapar de ellos.

Uno de ellos le comenta algo a otro cercano. Hace un gesto señalándome. Ríen.

Se acerca la noche, entre árboles ya sin hojas. Un agua estancada mece dulcemente las hojas amarillentas. Escucho el aullido de los perros en la distancia; abajo, en el valle.

Algunas aves se alzan asustadas, parece que sea el mismísimo silencio el que las ahuyente. Levemente escucho el siseo acompasado de respiraciones, pequeñas toses, risitas, cuchicheos…

El fuego de mi campamento comienza a menguar. Le quedan tres horas como mucho. Después se acabó.

Cae la noche sobre mí, no puedo escapar, en este bosque guardé el lugar de nacimiento, hasta la llegada de los niños salvajes. Los mismos que derribaron las columnas que sujetaron los templos y grandes casas de los hombres. Aquellos niños, que sostenían el mundo, lo derribaron de sus pilares. Ahora yacen desparramados como la conciencia más pura. Como el mercurio en el lecho del lago. No hay futuro sin ellos. Con ellos tampoco. Futuros castrados desde el comienzo de su propio tiempo.

Inicio el canturreo de los días violeta. Los que habrán de llevarme con todos los míos. Ellos se relamen. Afilan sus uñas. Afilan sus dientes. Son hermosos en lo espantoso de su pureza. Me emociona saber que portan las esperanzas de todos los que los antecedieron sobre sus hombros.

Levantarán los pilares de la tierra, devorándose los unos a los otros. Como siempre ha sido desde el principio de los días. Como será hasta el último estertor de La Tierra. Así debe ser. Así ha sido siempre, así será.

Y en los días futuros, quedarán las cenizas de esta hoguera, mezclándose en el fango como sal para la tierra. En el río, cerca de la roca grande, en la cueva húmeda. Ellos mondarán los huesos y se afilarán los dientes, esparciendo las cenizas al viento de madrugada. Cantándole al viento, corriendo por los prados en las largas distancias. Sonriéndole al amanecer allí donde ya no queden sonrisas. Pues el día que no quede nadie en este mundo para sonreír al amanecer, ese día la tierra morirá.

Edanna Dhae a las 12:59 am

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12 Septiembre, 2009

El trono de la Reina Valaria

Hay ante el trono de La Reina Valaria, ochocientos ochenta y seis escalones. Los mismos que habitaciones hay en la morada del coleccionista, miles de millas más al este. Cada peldaño lleva esmaltado un sello en cuyo centro se haya circunscrito el ave de presa por medio de la serpiente, y podrían verse más claramente y con detalle, si uno no tuviese que retirar con cuidado la alfombra de huesos que yacen desparramados sobre la piedra.

banda-valariaBlancos como marfil llenan escaleras y descansillos, flanqueados cada diez pasos con enormes jarrones de lapislázuli repletos de flores siempre radiantes de lila, y cada veinte pasos con braseros de carbones encendidos de forma permanente. Más estos no irradian calor, sino un frio que causa con el tiempo,  un subrayada desesperación. El resultado es que a medida que transcurre el paso del tiempo, todos los huesos, tengan dueño o no,  aniden por la estancia, cantando junto a sus hermanos, la canción de un injusto y cruel sepulcro sin la bendición del manto de su oscuridad y bendecido con un frio lúgubre.

Es en el trono de la reina donde se esconden muchos de los secretos que sabios de todos los rincones se atreven a averiguar, con más perjuicio que recompensa, pues la mayor parte de tan representativa  alfombra está constituida por los que una vez en vida indagaron en los polvorientos tomos, rollos de saber atesorado, revestidos de enmarañados fajos de telarañas.

Es el trono de la reina Valaria un lugar de desesperación y finales inconclusos, más también tiene sus maravillas, pues los que consiguen desenmascarar sus trampas y evadir sus acertijos, es recompensado con la respuesta  a tres de todas aquellas incógnitas que el suplicante formulara, al que se añade algún obsequio, si dispuso de buena voluntad a pesar del injusto trato recibido durante la recepción.

“No hay castigo sin recompensa, si lo que te mueve es el conocimiento”.

Así está escrito, por supuesto, en el respaldo del gran trono de oro macizo. Al que muy pero que muy pocos, han llegado siquiera a acercarse  a menos de una braza.  Así está escrito desde los tiempos de Gedeón y su marcha a través de montañas, gargantas y cordilleras, a través de murallas derribadas como castillos de arena, y  a través de amplias llanuras de pastizales humeantes, tras el paso de sus famosas bestias de guerra de dos cabezas. Así fue escrito desde el primer alumbramiento de la consciencia de Dyss, un parto que casi todas las criaturas vivas en estos tiempos ya han olvidado.

Y así fue escrito dicen, por la mano directa de los dioses. Los mismos que sirven a la tierra, pues tal es su deber, cosa que a su vez es de común conocimiento de todas las criaturas, incluido tú, ¡y tú!  ¡Maldito seas! ¡Atiende al menos cuando te cuento esta historia, protervo asno!

Sabed que no hay más poder en la tierra que la voluntad y el pensamiento de la misma. Pues allí donde crece el Roble, el Nogal y el más insignificante rastrojo de Cilantro -hierba que nos resulta de suma importancia  como veremos más adelante-,  es deber de los dioses servir a la tierra ya que no son enviados, ni sirvientes, ni criaturas construidas con el soplo de las estrellas para honrar a su creador, no. Son los dioses refugiados y huéspedes. Así que en reconocimiento por tal privilegio, se han impuesto la tarea de servir en lo posible la magnificencia de todo lo que existe y de todo cuanto nos rodea. Más, y ¿nuestro papel? Pues aparentemente no tenemos ninguno, más que el de hacer el pan por las mañanas y comérnoslo contemplando las nubes del cielo.

¡Que no es poco!

Pero no deseo tomar otro rumbo más que la idea original que me mantuvo al comenzar este relato, pues como ya he dicho, es en el trono de La Reina Valaria, donde se sellaron con la mano y la pluma del tiempo y el destino, muchos de los sucesos que tuvieron lugar en nuestro mundo, cuya relevancia no puede ni debe permanecer ajena a nuestro conocimiento. Pues fue aquí y solo aquí, donde acudieron los más versados y los más audaces. Territorio este repleto de necios del mismo modo que de incautos, que terminaron sus días sin ver siquiera las joyas que adornan los gruesos pies de oro, tallados en la sublime mano del artesano con la forma de las patas de la mítica Jirafa, animal dotado de unos dones bastante peculiares, a la que nunca se le termina el alimento, pues lo busca hacia arriba y no a los lados como todas las demás criaturas. Algo muy a tener en cuenta.

Todos los sucesos que como venía diciendo aquí acontecieron, ya los iremos viendo a lo largo de los fríos meses del año invernal, pero no quiero despediros hoy sin subrayar algunos detalles que no pueden quedar empañados por la bruma de una explicación inconsistente, o algo difusa.

Se encuentra el trono de La Reina, como ya he dicho, precedido por una gran escalinata de mármol, más frio que las aguas del mar circundante, y más tenebrosas que los brumales que envuelven la oscuridad de la madrugada, aunque me parece más acertado decir que es más probablemente como; aquel muerto que con sus fríos dedos se aferra aún tozudamente a su bolsa.

Es necesario para llegar a ver siquiera el pie de tan monumental  ascensión, atravesar una suerte de estancias, salas y salones plagados de un mobiliario que supuestamente y según todas las observaciones, respira. Sí sí, que respira textualmente, y se mueve también de forma silenciosa, cambiando su disposición según quién sabe cómo o a la voluntad de quién… si al criterio de la propia reina, o del estado de ánimo del propio aderezo del lugar.

Una vez estuve allí, y fui prolongadamente perseguida a través de salones y estancias por las cuales a lo largo de mi tránsito, podía escuchar claramente; cuchicheos, jadeos, murmullos y susurros. Grandes estanterías de libros, mesas de por lo menos veinticuatro comensales y toda una serie de enormes asientos, armarios, butacas y sillones se lanzaron tras de mí en lo que se convirtió, mientras me hallaba presa del terror algo tensa, en una persecución que terminó de una forma, bastante inesperada. Pues, es la calma y el tino el único secreto para franquear todas esas estancias con éxito, pereciendo a la primera oportunidad, si es el pánico el que toma las riendas de tu destino.

Hay salas en lo que podríamos llamar -más no es muy acertada denominación-, “palacio” de la Reina Valaria, que esta ha ordenado llenar hasta tres pies de altura con tierra traída nada más y nada menos, que de las zonas cambiantes. Incluso se comenta que hay un enorme salón de baile al completo, colmado hasta los dinteles superiores de las altísimas puertas con esta misma tierra, traída desde las  mencionadas regiones, pero concretamente de las de occidente -por todos reconocidas como las más peligrosas- y de las cuales solo tres criaturas se conoce han regresado alguna vez, para contar lo que nadie, absolutamente nadie, ha podido jamás entender pese a sus ilustraciones.

La razón de estas estancias tan características y la circunstancia en ellas de la existencia de tierra de las zonas cambiantes, ha dotado al, llamaremos nuevamente con delicadeza; “palacio”, de un aura inexplicable de maravillosos portentos y de una sucesión de características bastante difíciles de explicar con palabras, más si sois aventureros tened cuidado,  pues allí nada es lo que parece. Y es precisamente esta última y categórica afirmación en lo que resulta este aparente nimio detalle. En el palacio que rodea al trono de La Reina Valaria, siempre sucede lo que no es, y lo que no es cierto allí resulta que es verdadero, de tal manera que nada de lo que acontece, es lo que nuestra razón o nuestro instinto nos aseguran que bien pudiera resultar acertado.  -Espero haberme explicado con claridad…

Tanto es así, que allí la expresión más utilizada suele tratarse de: ¡no puede ser…!

A mí sin embargo… lo que verdaderamente me intriga, no es el suceso ya de por si paradójico, de la existencia de una pequeña muestra de lo que conforma a nuestras zonas cambiantes, se encuentre en las estancias que anteceden al espléndido trono de la Reina Valaria. Y no quiero extenderme no.

No es este detalle lo que más me intriga…

Lo que conforma una verdadera incógnita, produciendo que hasta pierda el sueño envuelta en estos pensamientos, es el modo o la manera por la  cual, lograron transportar esa materia y de paso, quienes fueron  aquellos que realizaron tal hazaña, pues solo llevar una pizca de esta sustancia en la bolsa, puede enloquecer a la criatura más simple, arrastrándola a una serie de contingencias y acontecimientos por causa de tan extraño cargamento que, todas las historias más inverosímiles que conocemos, parecerían a su lado cuentos para niños.

Sin olvidar sin embargo que, en los cuentos para niños usualmente se suelen contar más verdades que en cualquier otro relato. Pues mantienen en esencia, la verdad más pura que subyacente, se esconde en la vida diaria de las gentes, perdiéndose en el corto y amargo sendero del crecimiento, y que paradójicamente, solemos denominar: la verdad.

Edanna

Edanna Dhae a las 1:17 am

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11 Mayo, 2009

Mifune

Mifune saltó fuera del guardarropa que hay bajo la escalera, con ese aire indolente que tanto la caracteriza. Envuelta en una nube de perfume de rosas, extrañas hojitas y plumas de diente de león adheridas a los bigotes. Pasó al lado de la niña, sin dignarse a dirigirle tan siquiera una mirada, perdiéndose escaleras arriba con aire satisfecho.

Mamá ya le había advertido varias veces que no dejara entrar a su gata en la fortaleza donde guarda la ropa de invierno. Pero ¿qué podía hacer?  Mifune tiene el don de atravesar cualquier resquicio secreto y pasar inadvertida, tomando siempre algún camino por donde la niña no pudiese verla. Lo cierto es que para ella, su madre era algo injusta y su gata demasiado lista.

dientes-de-leon

Con curiosidad, se subió al taburete para echarle una mirada al interior del ropero. Le encantaba meterse en aquel escondrijo de techo inclinado. Era como si de repente se le concediese el don de convertirse en una valiente exploradora capaz de adentrarse en lugares inhóspitos, sorteando todos los peligros con agilidad e ingenio, para descubrir la verdad que subyace oculta dentro de todos los armarios del mundo.  Este no puede ser menos pues ¿por qué si no, su gata iba y venía tantas veces al día, escondiéndose en sus rincones más profundos?

Acarició con las yemas de los dedos, los pétalos de rosa que su madre siempre colocaba en un pequeño cesto semana tras semana.  Al tacto parecían de jabón, tan suaves que realmente eran ellos los que sentía que la acariciaran, al rozarlos de manera tenue. El aroma de las rosas resultaba allí embriagador. No le extrañaba que se hubiese convertido en el escondrijo perfecto, lecho personal de una gata tan refinada.

Su gata tenía suerte. Ella misma en muchas ocasiones, cuando deseaba estar sola durante la clase, metía la cabeza dentro de la cartera de los libros. Dentro de la cartera, solo se escuchan murmullos al amortiguarse los sonidos del mundo a su alrededor. Era entonces cuando la inundaba una extraña paz, como si se hubiese retirado a lo más profundo de un jardín, quedándose completamente sola. Por desgracia el retiro íntimo duraba poco tiempo. Siempre había algún listo que se reía de ella inoportunamente, consiguiendo que la descubrieran demasiado pronto.

Pero allí, en el guardarropa, cuando se escondía podía estar tranquila. Aquella guarida suponía un mundo perfecto. Cuando ocasionalmente se deslizaba dentro con Mifune, podían pasar horas sin que la descubriesen. Tampoco entendía por qué extraña razón siempre se quedaba dormida, pues dentro la envolvía una calidez inusual. Además, lo más extraño de todo era que, algunas veces cuando estaba dentro, le parecía escuchar el siseo de la hierba mecida por la brisa.  Al despertar, casi siempre su gata ya se había marchado, dejándola a ella cargar con todo el peso de las culpas.

Por tanto, decidió desvelar algunos misterios. Recogiendo provisiones en la cocina, y tomando prestada la linterna del cajón del recibidor, fueron al ropero y se instalaron Mifune y ella, sobre las sábanas de franela una vez más, emplazando de nuevo su campamento.  En la penumbra de su guarida notó nuevamente aquel  aroma que siempre la adormecía, y pronto escuchó otra vez, el leve susurro que venía traído por una brisa muy lejana, desde alguna parte.

La gata se apropió del cesto de los pétalos, envolviéndose en ellos tras seis o siete vueltas, logrando así que se adaptaran perfectamente a los contornos de su cuerpo. Aunque algo molesta al principio por la presencia en su santuario,  comenzó a tolerar mejor a su dueña, después de que se pusiera la linterna bajo la barbilla y comenzara a hacerle muecas desagradables.

Permaneciendo erguida intentó por todos los medios permanecer despierta, y aunque al principio lo logró durante un buen rato, gradualmente  junto al brillo menguante de la linterna, se fue adormilando tomada de la mano por aquel minúsculo atardecer, en silencio, en el crepúsculo personal hacia la oscuridad, para finalmente quedarse las dos completamente dormidas en el interior de aquel guardarropa, único en el mundo.

Una fragancia inexplicable la envolvió entonces, pues fue algo que siempre recordaría muy bien. Unos cuerpos tibios retozaban no muy lejos de ella. Aromas que no pudo ni quiso olvidar, flotaron y la envolvieron entre alegrías. El deleite de la hierbabuena, la menta y la manzanilla donde flotaba una luz radiante, jugando entre un campo de lilas y bermellón. Más, una algarabía que no consiguió explicar. ¡Qué sueño tan dulce! La pared del fondo del ropero parecía resplandecer mientras una luz bañaba su escondrijo.

Allí a diez pasos, Mifune retozaba feliz junto a otros muchos gatos venidos de lugares distantes, de tierras lejanas, que jugaban bajo un sol cálido y amarillo a perseguir los dientes de león entre los tallos de hierba. Pero había más pues, a lo lejos se divisaba un enorme prado y árboles como telón de fondo, hasta perderse en las verdes distancias de un pedazo de mundo que, apenas comenzaba a dibujarse a partir del fondo de aquel guardarropa.

Llamó a Mifune en voz baja temerosa de molestar a los habitantes del prado muy a su pesar, pues no deseaba marcharse de un lugar al que sentía que de alguna manera, había accedido gracias a su gata. Ella la miró un instante, aproximándose seguidamente y ronroneando con un trotecillo alegre. Cuando atravesó aquella extraña pared del fondo del ropero,  la vio rodeada de un leve chisporroteo dorado, que duró un leve instante. Llegó hasta la niña acurrucándose finalmente  en su regazo, exhausta,  rodeándola con la fragancia que se había traído consigo de aquel jardín de recreos tan especial.

Eso fue todo cuanto pudo recordar, la despertó su madre, muy enfadada. Al parecer había estado llamándola desde hacía un buen rato sin obtener respuesta. No estaba nada contenta no, por haberse escondido en el guardarropa que estaba bajo la escalera y  haberse  dormido dentro.  Nada contenta por haberla tenido buscándola durante tanto tiempo sin dar señales de vida. Pero lo que de verdad no le hizo ninguna gracia a su madre,  fue que se hubiese metido la gata y ella en el guardarropa estando tan sucias, pues estaban  llenas de trocitos de hierbajos, flores, hojas y dientes de león y lo peor, es que no tenía ni idea, de dónde habían salido.

Para Bibi y Gabi

Edanna Dhae a las 12:10 am

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5 Noviembre, 2008

Visiones de una tierra distante

En aquel país, los granjeros siguieron trabajando como siempre durante el día, pero al anochecer cuchicheaban junto a las chimeneas y por las noches soñaban. Poco a poco, alimentados por esos cuchicheos y esos sueños, los árboles del bosque crecieron, las zarzas se espesaron y las verdes culebras anidaron en los troncos. Entonces el castillo se reconstruyó a sí mismo, las nubes se enroscaron en sus almenas y torres, y Ella regresó para proteger las casas y los campos de los granjeros, arrebatándoles a cambio a sus hijos; cuando llegaba la hora los enviaba a buscar, y los niños se internaban en el bosque y se perdían.

Nunca más volvió a nacer una niña tan hermosa como Fara, Ella, puso buen cuidado en que no volviera a suceder.

Peter Dickinson (Los Sueños de Merlín)

Los que conocen sus tierras y tienen la suerte de conocer sus mapas, dicen que Dyss se asemeja al gran dragón “Kalessin” luchando con el Pájaro Grifo de los territorios inferiores. Pues esa es la forma que recuerda la Tierra de Dyss contemplándola al igual que se contemplan las nubes del cielo, intentando descubrir formas fantásticas en ellas. Sean o no, dos bestias luchando, lo cierto es que más veces de las que resultan aceptables, la tierra se sacude en terroríficos temblores, como si las mismas fauces del mundo, pugnaran en su lucha por ocupar un lugar sobre todas las cosas, a la luz de las estrellas.

La Tierra de Dyss constituye una enorme masa de tierra cuyo nombre como habrás ya supuesto sencillamente es “Dyss”. Cada cultura, región, pueblo y aldea tiene su denominación para el mundo entero en sí, y al ser tantas las formas de calificar la totalidad que conforma todas las cosas, los estudiaremos en otro apartado. Sin embargo, Dyss es denominado por igual en todos los rincones de sus territorios.

Dyss es un territorio de vastas proporciones, ocupando más de diez mil millas de ancho aproximadamente, y unas ocho mil millas de norte a sur. Tanto en sus límites más orientales como occidentales, inmensas masas montañosas flanquean sus territorios interiores. Estas montañas son tan altas que apenas se logra divisar sus cumbres, existiendo literalmente otro mundo más allá de las alturas, en las cuales la mayor parte de las criaturas son incapaces de aventurarse. Civilizaciones, pueblos y lugares fantásticos existen en ese lugar donde la tierra toca las estrellas, y aunque se tiene la certeza de su existencia a través de narraciones de viajeros tanto de uno como del otro lado, son escasas las historias y noticias de estos lugares apartados, cayendo muchas veces en el olvido y convirtiéndose en viejos cuentos. Con mucha frecuencia esas inmensas montañas resuenan y logran con ello hacer resonar al mundo entero, llenando de pavor hasta el corazón más valiente y trayendo consigo cambios en el orden de las cosas.

Alrededor de La Tierra de Dyss el mar circundante rodea toda su periferia. En algunos lugares trozos de mar reciben nombres concretos denominando zonas o estableciendo límites. Archipiélagos, y trozos de tierra de mayor y menor tamaño salpican su perímetro. Las más importantes; “Las Tierras de Kalessin” al Oeste. “La Tierra de Ross” al Suroeste, y “Cadena Santuario” al Noroeste. Otras islas de interés se encuentran circunvalando Dyss, salpicando sus costas y albergando pueblos, gentes e historias de mares lejanos y que ya iremos explorando más detenidamente.

Al sur se abre el único mar que se adentra en Dyss de manera realmente importante. El estrecho de “Eterna” flanqueado por las gigantescas Esfinges de más de novecientos pies de alto vigilan el brazo de mar que penetra en la masa de tierra hasta el “Mar del Cristal” y más allá, rodeando en una suerte de espiral la península que una vez fuera la región más próspera de las razas conscientes y que ahora yace en el olvido de sus antepasados. El brazo de mar termina plácidamente en bahías y mares internos, lugares dónde muchas civilizaciones, se asentaron, crecieron y prosperaron, para llegado el momento, desaparecer, completando así su ciclo.

La Tierra de Dyss está dividida por una enorme grieta que con el paso de las eras, separa a esta en dos partes. Ya los mares y el agua de los cauces se han ido encargando de llenar este hueco en el eje del mundo. La cicatriz se extiende desde el norte remoto, y siguiendo una tenue “S” va a desembocar precisamente donde termina la espiral que conforma el brazo del mar interior. Muy posiblemente este mismísimo brazo de mar sea a su vez una parte mucho mayor de la enorme cicatriz. Con cada movimiento de las profundidades de la tierra, la cicatriz, que es como se denomina a la totalidad de la serie de fallas, aumenta y cambia rápidamente el paisaje con frecuencia.

De esta cicatriz resulta una de las regiones más espectaculares del mundo, “El rio del viento” hogar del “Pueblo del Viento”; Los Hacedores de Aves. “Rio del Viento” constituye un inmenso cañón de miles de millas de largo por cientos de millas de ancho y una profundidad en algunos puntos semejante a su propia anchura. Aquí se genera una enorme corriente de aire al verse atrapados los vientos del noroeste en este inmenso canal, constituyendo un sendero aéreo para los que habitan en él. Algunos pueblos se han adaptado a vivir en sus regiones y han aprendido de las aves los secretos para surcar las fuertes corrientes como si se trataran de marineros sobre las olas del mar. Sin embargo estas gentes son verdaderamente hostiles con los extraños, y las noticias de este lugar son realmente escasas por no decir, excepcionales.

Algunas zonas de Dyss son regiones cambiantes. Esto significa precisamente eso; cambiantes. La tierra es caprichosa sí, pero aquí no te puedes imaginar cómo de caprichosa puede llegar a ser. Muchas veces, regiones enteras desaparecen, y se transforman, para volver meses o años después a su concepción original. El por qué de estos cambios, son un completo misterio. La única verdad es que es la voluntad de Dyss. En cualquier caso, la tierra es todavía cartografiable, pues tiene una forma definida y generalizada, a la que vuelve normalmente tras un tiempo, como si ese fuera su estado nativo, además, estos cambios suelen ser a pequeña escala y en regiones pequeñas. Los cambios de morfología no funcionan así sin embargo en las regiones cambiantes. Se conoce una orografía básica en estos parajes, pero su forma ahora, antes o la próxima estación es una incógnita.

Las regiones cambiantes están sujetas a alteraciones morfológicas con mayor frecuencia, constituyendo allí los mapas una mera guía aproximada más con la idea de reconocer los cambios y guiarse por ellos que como mapa de orientación en sí. Las regiones cambiantes son a su vez las que mayores movimientos tienen de su tiempo, alterándose rápidamente el paso de los granos de arena en el reloj o por el contrario, ralentizándose de manera exasperante. Son estas pues, regiones a las que se debe tener un buen motivo para visitar y sería verdaderamente intrigante concoer, que asuntos puede llevar a cualquiera a adentrarse en las regiones cambiantes. El viajero ha de tener mucho cuidado en estas zonas que además, no son precisamente pequeñas en su extensión.–

Más allá del Mar Circundante, muy lejos de la costa, mar adentro, comienzan sin saber ni dónde ni cuándo, “Las Zonas Blandas”. Allí la realidad empieza a “desgastarse” convirtiéndose la hechura de las cosas en algo tenue y desmadejado. La realidad, un término, (motivo de importante discusión en Dyss por los que conocen y quieren saber más), empieza a convertirse en “una muñeca rota”.

El fin del mundo, lo llaman algunos, el límite de las cosas lo llaman otros. Lo que es cierto es que si existe la gigantesca catarata fantástica que delimita al mundo y de la que todo el mundo habla pero que nadie ha visto (excepto marineros con mucha imaginación) desde luego que se encontraría aquí. Porque sí, el mundo se acaba, y lo que no se sabe muy bien es si se acaba aquí o existen más masas de tierra como Dyss. Si existen más tierras, (cosa probable sostienen muchos), deben encontrarse más al sur pues no se han encontrado vestigios de zonas blandas por esas regiones, existiendo tan solo mar y más mar hasta que se agotan las provisiones, la paciencia y la cordura. Lo único seguro es que si hay más tierras, el mundo se terminará igualmente después de aquellas.

Y esto es una verdad que no tiene discusión. Tarde o temprano, en el mundo de La Tierra de Dyss, el mundo se termina. Ya sea desdibujándose la realidad, rompiéndose la existencia poco a poco en fragmentos más y más pequeños, ya sea volviéndose gradualmente más ténues para desmañarse totalmente como un borrón al final, o bien, concluyendo en una catarata ensordecedora y rutilante al borde mismo de las estrellas de la noche. Los espacios del mundo se terminan en algún momento .

Desde luego, nadie quiere indagar sobre ello, aunque ten la seguridad de que más de uno estaría dispuesto a averiguar la verdad, y a embarcarse en una aventura de tal magnitud, aún a riesgo, de disolverse en el olvido, desmadejarse como un ovillo o de precipitarse por el borde del mundo y caer infinitamente hacia las estrellas. Un final, muy al estilo de la atmósfera a la que aquí estamos acostumbrados.

Edanna Dhae a las 1:20 am

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9 Octubre, 2008

Sopa de Piedra

Una vez me preguntaron: -¿Y a tí, quién te inspira?

-Pues quién va a ser, los demás. -Respondí.

De vez en cuando, salgo a pasear, y en las regiones míticas, hay tantos y tantos rincones silenciosos, tan entrañables, que la lista se va alargando, y alargando…

¿Puedo?

Vía: El Árbol del Invierno: Sopa de Piedra

Este es un cuento que solía contarme mi padre…

Había una vez un mendigo que iba de pueblo en pueblo pidiendo un poco de comida. Sin embargo, los tiempos eran muy duros, y la gente encerrada en sus casas a penas tenía qué comer. Cuando el mendigo llegó a uno de los pueblos, nadie quiso abrirle la puerta. El mendigo se entristeció mucho; apenado por el egoísmo y el miedo de aquella pobre gente. De noche, con frío, alcanzó por fin la plaza del pueblo.

Por supuesto, desde sus casas todos le miraban. Era un mendigo, y además, extranjero. Iba gritando por la calle.

En la plaza, el mendigo recogió una piedra del suelo, y exclamó con alegría.

- ¡¡Oh, una piedra de sopa!!

Armó tal escándalo que pronto un hombre le gritó desde la ventana que dejara de hacer ruido, que nadie podía hacer sopa con una piedra.

- Eso no es cierto – Respondió el mendigo – Sólo necesito un poco de leña, una olla y agua.

La curiosidad picó al hombre de la ventana, que bajó con la olla y un poco de leña.

- ¿Dejarás que la pruebe?
- Más que eso – Dijo el mendigo – Prepararé suficiente para todo el pueblo. Esta piedra da para mucho.

Y dicho esto, puso a calentar agua del pilón bajo la atenta mirada del hombre y de algunos curiosos más desde sus ventanas, removiendo de vez en cuando, con la piedra al fondo de la marmita.

Al cabo de unos minutos, probó un sorbo.

- ¡Ah! – dijo – Excelente. Es una lástima que no tengamos un poco de sal; es justo lo que le falta.

Rapidamente uno de los curiosos bajó un poco de sal, que añadieron a la sopa. El mendigo removió un poco más, y al cabo de unos minutos volvió a probar el líquido.

- Mi madre preparaba esto con un pequeño chorro de aceite – se lamentó – Pero tendremos que conformarnos con esto.

Una mujer, que se había acercado a la puerta tapada con un mandil, dijo
- A mi me queda un poco de aceite. Podemos añadírselo

Y entrando en su casa, trajo el pequeño frasco del que el mendigo añadió unas gotas.

Así, poco a poco cada habitante del pueblo añadió algo a aquella sopa. Unas patatas, una cebolla, unas zanahorias. Finalmente alguien sugirió que cualquier sopa estaría más sabrosa con un trozo de jamón que él guardaba en su casa. El mendigo sonrió, y aceptó el ofrecimiento.

La pequeña marmita fue cambiada por una mayor, de modo que todo el pueblo, poniendo cada uno un poco de lo poco que tenía en sus casas, haciendo un gran guiso con el que todos se alimentaron.

Al acabar, el mendigo recogió la piedra, la limpió y la guardó. Nunca volvió a vérsele en el pueblo.

Edanna Dhae a las 1:39 pm

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27 Febrero, 2006

Morndum

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Había luchado contra su padre, y por ello fue desterrado a un lugar donde no había auténtica piedra. Estaba solo en la extraña tierra, a excepción de la caza. Cazaba con armas de hueso, y fresno, y obsidiana pulida. Cabalgaba a lomos de caballos salvajes. Le acompañaban sabuesos tan altos que llegaban al cuello de su montura. Sus lanzas con punta de hueso ensartaban salmones con escamas de plata. Cuando en este lugar enloquecido tenía que viajar lejos, lo hacía entre las garras de un búho.

La necesidad de volver al lugar donde había nacido se volvió acuciante. Pero, para él, no había camino de regreso, y aunque cabalgó hacia el norte y hacia el sur junto al gran desfiladero, aunque encontró cavernas y tumbas antiguas en las que soplaba un extraño viento, no pudo escapar del sueño. Su mundo estaba fuera de su alcance.

Anudó su estandarte blanco a las astas de un alce y cabalgó a lomos de la bestia. Pero, cuando llegó a las altas montañas, el animal se sacudió su peso de encima. Hizo una canoa con la corteza de un árbol y dejó que el río lo llevara, pero se quedó dormido durante la noche, y cuando despertó había embarrancado cerca del sendero empinado que llevaba a las puertas del castillo.

Decidió probar con la magia, y entró en un extraño bosque. Allí encontró la imagen de una mujer tallada en madera. A la luz de la luna, la mujer cobró vida, y se enamoró de ella. Se quedó allí, perdido de nuevo durante muchos años.

Pero fuera de la noche, fuera del sueño, su madre acudió a él. Le tomó de la mano y le guió hasta las aguas del desfiladero. Lo hizo entrar en su barcaza, donde se tendió con la cabeza apoyada en una almohada que eran las ropas de su madre. Ella invocó al espíritu de su padre, que apareció en la forma de un animal. La mujer le robó la magia e hizo navegar la barcaza, que bajó a la deriva con la corriente, y esta vez cruzó el río. Su madre lo vio partir.

Por fin, el viaje había empezado.

Edanna Dhae a las 10:23 pm

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