21 Mayo, 2008
Allí de donde trajiste mi nombre
Con las primeras flores de Mayo me hice volantes para el vestido nuevo de primavera. Caían sencillas, sin mucho entusiasmo, sin mucha iniciativa, pero con el carácter suficiente para que cada una alcanzara el lugar preciso, en el momento justo. Esa perfección tan simple, tan pulcra, a lo largo de la tela de raso. A mi gata le encantaron tanto, que la tuve que encerrar en el armario, donde tiene su escondrijo favorito, al que siempre me pide que la lleve todos los días después del café. Allí juega a dibujar animales en las paredes, muy parecidas por cierto a las que se ven pintadas en las cuevas por aquellos misteriosos hombres de las cavernas del paleolítico o del neolítico, no recuerdo. Le pediré a Creidne que me lo aclare entre uno o dos cafés.
Mi gata pinta muy bien, hace cuadros preciosos que hablan de cosas lindas. Entre los pétalos de rosa que hay allí para perfumar la ropa, se recuesta, duerme y sueña. Mi gata sueña con un mundo cálido con rayos de sol amarillentos, recovecos infinitos, escaleras que suben y bajan y una alfombra delante de la estufa negra de hierro fundido. Hasta que la llamo, para que me haga algún trabajo de diseño, me cante una canción, pinte un dibujo, o me escriba una historia y así yo, poder ganarme la vida honradamente.
Mi gata también escribe un diario y yo, un blog. Bueno a veces.
Lo cierto es que casi he olvidado lo que significaba tener un diario. Yo tuve muchos. Algunos conocidos tenían los suyos. Mi hermana tuvo uno que le ocasionó un disgusto. Los diarios eran o solían ser rosas o azules, no había mucha variedad y con; ositos, gatitos, perritos, guacamayos o salamandras de fuego dibujados en sus tapas.
Ahora, (aunque ya hace un tiempo que comienzo a notar que mengua), se pusieron tan de moda, que podemos reunir todo tipo de consejos para que nuestro diario se convirtiera en un bestseller. No sé, esto es lo de siempre. Querer salir en la tele, querer ser famoso, por querer…, queremos tantas cosas.
Yo no hubiese escrito jamás algo si no hubiese tenido al principio el total convencimiento de que esto no lo iba a leer nadie. Después al ver que no era así, me consolaba pensar que este majestuoso vertedero en el que se ha convertido la red, algo así pasaría desapercibido. Lo de vertedero, es ahora, claro. Antes defendía a capa y espada internet y sus maravillosas posibilidades. Lo que pasa que, de ser un bosquecillo íntimo, laberíntico y acogedor, pues se ha convertido en una enorme montaña de basura en la que hay de todo, tal y como sucede en todas las montañas de basura de este mundo, tanto si son montañas mágicas como si no lo son. Y más que una varita mágica necesitamos una buena pala para encontrar aquello que necesitamos. No es una crítica aunque lo parezca, es simplemente aceptación tras un largo y extenso suspiro.
Mi gata sueña ahora, con las flores de mi vestido. Rumia en sueños que ejércitos de flores marchan hacia ella, mientras las espera acorralada bajo el sofá del salón. Al fin, se arma de valor, baja las orejas, se pone en tensión y ataca.
Un aire perfumado refleja la luz rojiza de colores aterciopelados, cuando la embestida rompe las filas, deshaciendo los ejércitos de la reina de picas. Los pétalos caen, suavemente sobre mi vestido nuevo. Mi vestido para celebrar la primavera. Entonces, yo abro el libro por la página ochenta y siete. Una cola de gato se escabulle por las tapas en un abrir y cerrar de ojos. El libro brilla iluminando mi rostro.
-Aquí es, por aquí es por donde iba.
-¿Cómo he llegado a esto?
Cierro el libro. El vestido es tan cómodo. No siento que lleve nada encima. Es una brisa, un suspiro, es un beso. Y en él, amanece.
Mi gata maúlla desconsolada, quiere sus flores, las que soñó y con su sueño las trajo a la realidad. Tuvo el detalle de regalármelas para mi vestido, y claro, yo no la dejo jugar con ellas. Todo cuanto quiere, es jugar y perseguir ejércitos enteros de pétalos rosáceos. Ser una heroína de cuento.
Y cerrando el libro, con mi gata ronroneando dulcemente bajo el vuelo del satén, pienso en estas cosas. En que mi gata, quiere lo mismo que yo. Ser el héroe de un cuento, de su cuento, y salir al menos una o dos veces en él, para que me pida:
-¡Cuéntame de nuevo la parte en la que salgo yo!
Y la complazco, deseando que llegue la tarde y sentarme a escribir otro cuento para ella, mientras mi gata, con ese poder que tienen tan particular, atraviesa la pared limpiamente y se interna en el otro mundo del que me trae regalos. Flores a veces, una ramita otras, tres bellotas de dulce mirada, un ratón asustado que libero inmediatamente y que se marcha muy ofendido. En ocasiones una sardina con alas de mariposa, zapatos de cristal, besos dentro de una botella, el olor de la tierra que no ha pisado un ser humano o todos los deseos que contiene algún pozo. A veces, monedas con el rostro de bárbol grabados en una cara, y en la otra, quién sabe qué rayos será eso…
Pero ya me sucedía antes, mucho antes de encontrármela en un contenedor de basura y alimentarla, curarla y criarla como buenamente pude que, ya no me hacía falta abrir el libro. Ni este ni ninguno. Pues tan solo un brillo en la cucharilla, una ráfaga de viento o un olor me lleva lejos, lejos, tan lejos que no quiero volver. Allí a veces soy feliz, otras me persiguen demonios. Demonios que no me dejan en paz, los ahuyento con bandadas de pájaros, con aullidos de lobos y todo cuanto puedo sacar de las grietas del mundo para espantarlos. Pero en muchas ocasiones no basta.
A veces cuesta regresar. Aquí, con las voces estentóreas de la gente tengo fuertes dolores de cabeza. Quiero quedarme al otro lado pero es cada vez más difícil. Apenas salgo a la calle tampoco, y tengo que hacer un gran esfuerzo, obligarme a ello. Más allá de las tres calles empedradas, el mundo me parece tan espantoso…
¿Cómo he llegado a esto?
Ha llegado gente hasta aquí, a este borde del mundo. Francamente, no pensé que sucedería. Pues levanté en Lavondyss unos muros muy altos, y una única puerta. Los que han llegado y han logrado entrar, han sabido perfectamente que el secreto no consistía en intentar saltar el muro. Con querer llamar a la puerta bastaba.
Intento quedarme, pero me voy hacia el otro lado. Y mi mente no quiere regresar. Hago sufrir a los que me rodean. Eso es lo peor de todo.
Un vestido para la primavera se demora entre mi piel llenándome de caricias. Abro el libro del que nacen todas las luces y en el que se ve la aurora boreal. Lo vuelvo a cerrar. No consigo concentrarme esta noche, ni ninguna noche hace ya varias lunas. Los recuerdos, el tiempo, los hijos de mis amigos, la felicidad de mis amigos, su sonrisa, sus alabanzas. El amor que me rodea. Y yo, con mi gata siempre cruzando al otro lado, deseando quedarme. Permanecer.
Es allí de donde provengo pues las luces de estas calles se oscurecen, taciturnas, y el aire no es ya tan ligero, ni tan fresco. Ya no me roza las mejillas, al menos esta noche no. La noche pasada, no lo sé. La luna llena me atrae, quiero que dibuje rayos entre los árboles, y perseguirlos. Sin cesar. ¡Mira! ¿Qué es aquello? Un rayo de luna, hermoso e inalcanzable que roza la hojarasca de mis añorados bosques. Mi gata sale tras el rayo de luna como un borrón, me llama:
-¡Vamos!
¿Y cómo he llegado hasta dónde estoy? Lavondyss es gigantesca, es tan grande. Enorme en extensiones, en costas, en mares y montañas. ¡Hay tanto que ver!
Hay tanto que ver, que me aterra morir. Pues siempre hay una luz distante más allá, que me convence de cruzar aquella llanura, de atravesar aquellas montañas, y remar a través de lagos en los que no se divisa la otra orilla. Hay barcos, hay grandes naves que surcan los cielos que siempre tienen el color que yo deseo. Y por supuesto, los pájaros, dueños absolutos, señores del mundo más allá del primer escalón, del mundo dentro del armario, o a través de esa pequeña grieta, de ese escondrijo de ratoncitos.
En la canastilla de pétalos de rosa que hay dentro del armario, la que puso Edith con todo su amor, duerme ahora mi pequeña gata. Luchando contra mares tempestuosos, liderando sus tropas contra el batallón que asoma tras la colina, portando estandartes con sus símbolos de jardines del otro lado del mundo. Con fragancias tan delirantes, que me llevan a abrir el libro de nuevo.
Y allí está, las aventuras de una pequeña gatita al mando de un ejército de ratones, que libran batalla contra algún poderoso mal que asola este mundo del revés. Ella sueña, y yo, le leo todos los cuentos de mi libro mágico. En el que amanece siempre en la primera página, y va a ponerse el sol en la última. Un libro, que me trajo ella misma, desde ese mundo al que tan solo pueden ir los gatos cuando les viene en gana y del cual, me trajo, regalos tan maravillosos como este. Desde ese país desconocido, de ese mundo, más allá de las colinas centelleantes. De aquel lugar del cual trajiste mi nombre.
Edanna Dhae a las 3:32 am
14 Mayo, 2008
La tierra donde van los muertos
Se trataba de las riendas de un carro que el difunto rey Gordio había atado, formando un nudo que nadie podía deshacer.
Las riendas estaban hechas de cornejo, el cual se había encogido y compactado con el paso de los años. Estaban atadas formando lo que se denominaba un nudo turco, sin extremos visibles.
Cientos de hombres habían intentado deshacerlo sin éxito.
En el año 338 A.C., Alejandro de Macedonia llegó a Telmiso a la cabeza de un enorme ejército.
Conocía la leyenda que decía que aquel que deshiciera el nudo de Gordio conquistaría toda Asia.
La gente de la ciudad se apresuró a seguirlo.
Sabían quién era: El hijo favorito del rey Filippo, a quien, con solo 23 años, nadie había vencido en batalla y apodaban “El Grande”.
Se plantó delante del nudo, y enseguida se percató de que no se podía deshacer.
Si lo intentaba, quedaría en ridículo. La corteza se había apretado tanto que formaba una masa consistente en la que ningún dedo podía introducirse para intentar deshacer el nudo.
Así que lo cortó de un solo golpe con su espada.
Luego marchó hacia Tarso y Galigamela, donde barrió a todos aquellos que encontró a su paso.
Las fuentes de la época por cierto, guardan silencio al respecto. Solo Aristoboulos lo menciona… y era el mayor hagiógrafo de Alejandro.
-Has cambiado Edanna.
-¿En qué?
-En muchas cosas la verdad. –Le dije mientras buscaba un sitio cómodo en aquel suelo nudoso-. No sé, es difícil de explicar.
-Te noto ahora algo más socarrona. –Me atreví a decirle.
Ella se limitó a seguir sentada rodeando sus rodillas con los brazos, sonriendo mientras contemplaba el imponente abismo.
-Bueno. –Dijo-. Este es un lugar majestuoso e irónico a la vez ¿no te parece? Las raíces de Yggdrasil son el lugar perfecto para comentar las ironías de un mundo que se extiende allá arriba.
-Ya, pero no, no me refiero a eso. –Dije sin entusiasmo.
Y casi por lo bajo comentó. -Quizás sea porque ya no tengo una vara metida por el trasero, que por cierto la tenía, pero bueno, a nadie le importaba demasiado, evidentemente.
A mí me sorprendió escucharla hablar así, cuando siempre había sido tan cauta, tan extremadamente alejada de todo cuanto resultara vulgar.
-Lo único que ha cambiado es que todo eso dejó de importarme hace mucho tiempo. –Puntualizó-. Son diferentes aspectos nada más, que como las raíces, se extienden, aparecen y desaparecen. Todos esos aspectos soy tú, y tú eres yo. Al igual que todas estas raíces son partes del árbol del mundo.
Guardamos silencio unos minutos, yo escuchaba el aullido del viento.
-¿Por qué me has traído aquí? –Le pregunté finalmente.
Ella me miró fijamente con su sonrisa forjadora de mundos eterna en su rostro.
-Yo pensé que eras tú el que me invitó a pasar la tarde entre las raíces del mundo. –Me dijo entre risitas.
Finalmente pareció ceder.
-Bien, para contarte un cuento. ¿Te ha gustado?
-Mucho. –Dije de inmediato.
Mira estas raíces. Las raíces de Yggdrasil, el árbol sobre el que se sostiene el mundo. Un bello mito, antiguo como el rumor del viento, con sus personajes, sus héroes, sus antagonistas, sus jueces y entre ellos, tú y yo.
Las diferentes raíces, los diferentes aspectos. Tus aspectos, mis aspectos, lo mismo pues estamos más próximos que los mismos gemelos. Es algo más, es una cuestión de sangre.
-Sangre sobre las raíces de Yggdrasil. –Finalicé.
Ella guardó silencio unos segundos y finalmente dijo de forma contundente. –Así es. Cambiaremos la magia por la espada, Niño-roto.
-Si, eso lo veía venir. –Le dije con complicidad y devolviéndole una sonrisa socarrona.
– Ves, ya vas aprendiendo. – Me dijo riendo.
-Entonces, este es el momento de ahuyentar el miedo. –Proseguí-. Pero las emociones son caprichosas pues van y vienen. Quizás es el poder de la palabra la que nos mantiene unidos… mantiene nuestra existencia. El poder de la palabra es lo que permite que todo exista.
-Ella se limitaba a mirarme y asentía levemente.
-Pues que sean mis ejércitos las plantas, las bestias y las aves del cielo, y lo más importante. Qué todo lo que soy obedezca tan solo a mi propia voluntad, y a mi propia y única palabra, sin nada ni nadie que decida por mí. Que ni el destino, ni la divina providencia gobiernen mis actos. Solo yo, quiero decidir mi destino.
-Estupendo. –Dijo contenta-. No está nada mal para ser un comienzo.
-Sí, ya me he dado cuenta de que estamos aquí para pedir un deseo. Pero esto, ya me veo venir que es tan solo el principio ¿no? –Comenté.
-Por supuesto querido niño, por supuesto…Esto es solo el principio. Sin embargo, que bien se está aquí ¿no es cierto? En el final de los mundos, en la frontera de la tierra a donde van los muertos.
-Los muertos no van a ninguna parte. –Reclamé.
-Cierto. Pero de todo eso, ya hablaremos.
-Tras lo cual solo pude asentir levemente y perceptiblemente aliviado. Lo que a ella, le hizo soltar otra risita.
No hablamos muchos más, pues durante horas, nos entregamos a contemplar la noche infinita, sobre las raíces del mundo a nuestros pies.
Edanna Dhae a las 11:16 pm
9 Enero, 2008
El muro
Años después te encontré de nuevo. Te pude contemplar a través del agujero del muro, el que nunca terminaron de reparar por suerte, por tener aquella oportunidad.
Tú no me viste, ni sé si querías verme. La verdad es que lo desconozco. Siempre queda la curiosidad, que a veces nos da aliento y otras nos lo quita.
Tu rostro brillaba a la luz del sol de la tarde. Con esos tonos anaranjados que tanto me gustan. Cálidos, tibios, como dedos que te acarician. Parecías tener el aura de los héroes míticos. Los que crecen en los pequeños claros del bosque, en los arroyos, y en las copas de los árboles más viejos que nacen y respiran sobre la tierra.
Primero por el rabillo del ojo, cuando centré mi mirada, desapareciste. Tan solo aparecías cuando te sostenía sobre mi visión periférica.
Como todos los héroes míticos.
Y entonces supe que te amaría eternamente, que no habría perdón, ni sosiego, ni calma, ni concesiones a súplicas. No habría velas suficientes para peticiones, ni abejas para matarme a picotazos y liberarme. Aquella era la palabra escrita con la forja de la certeza y ribeteada de espinas sobre el muro. Aquel muro, atestado de rosas.
Y entre ellas, tú, y tu andar de gacela…
No me viste, entre todo aquel silencio de la muchedumbre nunca me viste, ni jamás volverías a verme de nuevo. Entonces lo supe.
Me invadió una pena tan profunda que tuve que respirar profundamente, para poder dar otro paso hacia delante.
¿Por qué me siento tan vieja?
¿Por qué tengo tanto frio? ¿Por qué tengo tanto frio?
Y bajo la luz anaranjada, las sombras se hicieron más y más largas. Me sentía morir de nuevo. En este largo invierno, el más largo que recuerdo. Ni la lluvia de los últimos días aclaró y refrescó los pensamientos clavados sobre la madera podrida. Desapareciste, en el claro del cerro. Te desvaneciste entre las almas que deambulaban de un lado para otro, sepultados bajo adornos navideños ya gastados con el paso de las heladas nocturnas. Allí se cerró la puerta a los mundos que existieron en lugares jamás soñados, donde tú y yo vivimos vidas que nunca vivimos, ni existieron. Pero aquel agujero en el muro, me enseñó lo que pudo ser, lo que jamás sucedió, mostrándome escenas de felicidad, largas noches de ternura, y miradas anhelantes un día tras otro, tras otro. En el mundo de las cosas jamás soñadas, todo es utópico, la felicidad nunca termina, y nada tiene un comienzo. Dios allí no existe, no dicta ni el principio ni el fin.
Una vez más me sobrevino aquel dolor, me sobrevino ese frio que ahora siempre siento, a todas horas…
¿Por qué tengo tanto frio?
Fue un momento hermoso, que desapareció con la niebla de la mañana. Se desvaneció en jirones vaporosos. Allí quedaban las calles, los robles, los fantasmas y el claro del bosque. Todo superpuesto uno sobre el otro, como una decena de acetatos apilados, formando paisajes imposibles.
Yo volví a los bosques, y me enterré bajo las hojas amarillentas. Dormí durante varias semanas. No tuve ningún sueño.
Hasta que volvió a salir la Luna.
Edanna Dhae a las 12:09 pm
31 Diciembre, 2007
Bavduin
“Un río corría cerca de Bavduin, y cada noche los muertos se acercaban a las aguas en su viaje de vuelta a la fría tierra de sus propios tiempos y países. Allí invocaban a los dioses y guardianes de los muertos de su pueblo, y los espíritus se mezclaban en el aire como bestias enloquecidas, luchando y destruyendo con ira ciega.
Todas las cosas de este mundo nacieron de las mentes de los hombres, y como todos los hombres estaban locos, las criaturas fueron locas, corrían locamente…”
¿Quién era yo? ¿Por qué me siento tan vieja? ¿Por qué me siento tan vieja, por qué tengo tanto frío?
“Un fuego arde en la Tierra del Espíritu del Ave,
en la Tierra del Espíritu del Ave yace mi amado.
Una tormenta azota la Tierra del Espíritu del Ave,
dispersaré a las negras aves carroñeras.
Velaré sobre los restos y cenizas de mi amado,
estaré con él en la Tierra del Espíritu del Ave.
Un fuego arde en la Tierra del Espíritu del Ave.
Mis huesos arden.
Allí debo ir.”
Las cenizas de mi amado se dispersan con los últimos vientos en la brisa de la tarde.
Sus huesos ardieron, su carne se dispersó en el aire. Dispersé a las negras aves carroñeras.
Y mis lágrimas apagaron al fin los fuegos de la tarde en la pira del último invierno.
Lloré sobre las cenizas de mi amado.
Todos mis recuerdos, toda la pasión que juntos compartimos.
¿Quién ordenó a este viento que secara mis lágrimas?
Yo no lo quise, él no tuvo tiempo de advertirlo.
Sobre la pira de mi amado pasé la última noche, iluminados juntos por la luz de las estrellas.
Agité los brazos, exhausta, y caí rendida, mientras los negros pájaros nos picoteaban.
Se llevaron al fin su alma, se llevaron mis recuerdos. Y toda la felicidad que juntos compartimos. Es esta tierra que me atrapa, y que requiere cuanto se le antoja.
Hoy se llevó las cenizas de mi amado, hacia el confín de la tierra marchita.
Hoy se llevó su espíritu muy lejos, al final de todas las cosas, donde los mundos colisionan y estallan en fuegos carmesíes.
Mi amor se extinguió en su pira, elevándose al cielo en una humareda fragante. Terciopelos en la brisa, ahuyentando la frescura de poniente. Caí rendida, ya no puedo más. Mi amor ardió en el último invierno, en el fuego que se llevó a mi amor.
Aquí yace mi amado, solo las cenizas recorren mis manos. Y de mis ojos olvidé la ternura que juntos compartimos, en su pira se separó del mundo para rondar hasta el fin de los días en la amargura de este invierno.
Ardió en la tierra del espíritu del ave.
Los pájaros, siempre están presentes. Esta tierra baldía y solitaria, tan solo visitada por los gélidos vientos de poniente.
Este fuego, tú y yo, y la luz de las estrellas.
Estoy bañada en tus cenizas. Ya no quiero volver a caminar.
En la tierra del espíritu del ave, perdí todo cuanto tuve.
Mi amor se consumió, los pájaros se llevaron nuestro corazón. Mi amor, mi amado, ardió hasta que salieron las estrellas. Y yo, sigo aquí mis días y mis noches, tendida entre sus cenizas… ya no puedo más.
Mi amor ardió, y en su pira yací tendida. No sé por cuánto tiempo. Todo cuanto tuve, se elevó a los cielos anegados de llanto. Todo se consumió, y el amanecer no volvió a visitarnos mientras sus cenizas no estuvieron frías.
Las aves finalmente se dispersaron llevándose sus tesoros. Yo no lo advertí, pues allí pasaron largas las horas. Interminables en un sueño inacabable. Los negros pájaros mensajeros se llevaron la razón, mi ira y mi llanto. Ellos me reclamaron lo que es suyo y me rogaban con sus graznidos que era mi obligación permitirles terminar su tarea. Pero los azoté con mis brazos, algunos cayeron dolidos, para sumarse nuevamente a la nube negra que revoloteaba sobre la pira de mi amado.
Cumplieron con su cometido, a pesar de mis gritos y mi llanto. Y negros se dispersaron cuando de mi amado no quedó más que un puñado de arena entre mis dedos, que el viento dispersó, siempre hacia poniente.
Y en este fuego, tú y yo, y la luz de las estrellas.
Bañada en tus cenizas, ya no quise volver a caminar.
En la tierra del espíritu del ave. Te perdí para siempre, te vi terminar.
Lloré sobre las cenizas de mi amado, dispersé a las negras aves carroñeras.
Y presencié finalmente, tal como predije así, tu final.
Quieran las luces del cielo darme una esperanza.
Y el ánimo para levantarme desde tus cenizas.
Pero hoy no, hoy déjame dormir, y no despertar jamás de toda esta ruina.
Edanna Dhae a las 5:13 pm
5 Septiembre, 2007
Primer cuento de Septiembre
Me gusta conducir de noche, por carreteras desconocidas, y tan solo con la tenue visión de esos cien metros que permiten los faros.
Lo peor de vivir rodeado de agua, es que esas carreteras siempre llevan al mismo sitio. Es como estar encerrado en un pequeño laberinto plácido y perfumado, pero laberinto al fin y al cabo.
Ya que difícilmente puedo caminar como una persona completa (lo cual me jode, ni asimilarlo ni nada no te hagas ilusiones, siempre jode y punto) el coche ha sido la salvación de un viajero frustrado. (Quizás la razón de mi interés por los mundos virtuales, es que permiten recorrer un atlas nuevo, del que no se conocen topónimos aún, y mucho espacio en los mapas permanece en blanco. Aunque es un consuelo pasajero). “Viajar es la cura contra los nacionalismos”, me decía una persona que conocí en Santiago, este verano, en la oscuridad de un bar repleto de humo, deliciosamente rodeado de piedras y cera de vela por todas partes, haciendo trucos de magia.
Y ese estremecimiento ante lo desconocido, esa penumbra más allá de la luz de los faros, es adictiva. La falta de seguridad, es adictiva, como la montaña rusa, como el tabaco de liar, como los gatos, como las sonrisas.
-Escribiremos sobre la banalidad…
-¿La banalidad? - Preguntó ella.
-¡Claro! La banalidad es el perfecto antagonista de nuestra historia. – Le contesté-. El más claro ejemplo del mítico y fiero enemigo. La banalidad es el enemigo del glamur, pero el glamur de antes, no el de ahora pues la palabra fue secuestrada y pervertida. Glamur no son “famosos” aunque ellos sí que quieran transformarse en esa palabra de manera patética, la mayor parte de las veces.
-¿Y el protagonista? –Preguntó.
-Pues será un gato, por supuesto. – Le contesté con seguridad.
Recorrimos tantos kilómetros que no consigo recordar cada momento, y eso me apena. Pues cada minuto fue apacible y sosegado. En aquel valle o en la más alta montaña, bajo el tórrido verano o con el frío cortante del paso de montaña. Fueron momentos de silencios tranquilos. Los que se llevan mejor que otra cosa. Lejos de banalidades. Cada minuto fue elegante…si, elegante.
Elegante…
Nos fuimos de copas con el rey del sueño. Y un deseo estaba detrás de todos los pasos, solemne y perturbador. Yo lo vi, o la vi muchas veces. Apoyada en este o aquel árbol. Sentada en la valla, bajo un roble. En lo más oscuro y en el claro más luminoso. Todo para permanecer rodeados a lo largo de muchas hectáreas por el hechizo más cautivador. El que espanta la banalidad, el que permite que permanezca la esperanzadora y adictiva incertidumbre, el afán de la sorpresa, la ilusión de lo inesperado. El que nos da la fuerza de hacer cada minuto de nuestra vida, elegante…
Sin tener nada seguro, sin tener nada sujeto de pies y manos. Sin anhelar que el tiempo sea nuestro esclavo y hacerle jurar a latigazos que nuestro futuro no es incierto. Al respirar el aire de aquella montaña, en un día que no recuerdo, esperé que todos los demás fueran como aquel, sin saber donde dormiría aquella noche, o la noche siguiente. Nunca más. Que todo fuera por siempre incierto, y que jamás bajo ningún concepto, me predijesen el futuro, ni el final de todas las cosas.
Pues, al final de todo, siempre y únicamente, sé muy bien que solo estaré yo.
Edanna Dhae a las 3:20 pm
26 Julio, 2007
Tres de Nit: entrevista a Lavondyss
Finalmente se convirtió en una noche muy hermosa. La entrevista pasó, y ahí queda en la estantería, como un regalo y otro momento mágico. Si lo quieres escuchar, aquí lo tienes. Escuchar “El perfume de tu silencio” con su música y la voz que lo narró es todo un regalo para mí. Gracias a todos por haber estado ahí, y por más, quién sabe. Lo que quedó de esta acogida, lo recordaré siempre.
Está en Castellano, aunque al comienzo no lo parezca, no te asustes.
<<Entrevista a Lavondyss en “Tres de Nit”>>
Edanna Dhae a las 7:26 am
13 Julio, 2007
Nulda Nyarna
Nulda Nyarna (Leyenda secreta)
Man tiruva ear falastala?
Man kenuva manel akúna ruksal’ ambonnar
Elen síla lúmenn’ Omentielvo
¿Quién verá alas brillando?
¿Quién vigilará el mar que se levanta?
¿Quién verá el cielo curvar sobre colinas desmoronantes?
Una estrella brilla sobre la hora de nuestro encuentro.
Edanna Dhae a las 1:33 pm
21 Mayo, 2007
La Casa del Viento
Cómo iba a sospechar yo, la pena tan grande que me llevaría el dejar aquellos muros. Que soportando en silencio con la mano enguantada en el hierro de mi orgullo, unas lágrimas desesperadas por ver la luz del mundo, caerían pesadas y rápidas al conseguir finalmente el escondrijo suficiente para derramarme en llanto. Y así fue, en efecto tal y como sucedieron las cosas. Pues tras ocho años en aquella casa de paredes blancas, me retiré finalmente, lejos de donde siempre sopla el viento del este. Y me llevé conmigo en silencio, muchas cosas, todas cercanas.
Aquella fue la primera marcha tras mucho tiempo suspendido en el plácido sueño. No supe donde ir, pero si hacia dónde dirigirme.
Pero aquel cariño, me quedó siempre, como las antiguas promesas, como el primer amor, que lo permite todo y que no niega nada. De allí salí sobrecogido y con el corazón desgarrado, tal y como me sucediese en pasadas ocasiones, al abandonar un amor, al negar un futuro posible al lado de alguien. Y así fue como, abandonar todo cuanto me acompañó durante esos años, me enseñó que, todo se asemejaba demasiado a negar una relación con otra persona, como si toda aquella gran casa, fuese por si sola una amante despechada.
Me fui de allí lleno de cariño, por todos cuanto quedaron tras de mí y a los que sus miradas estaban destinadas a formar parte ahora y siempre de mis sueños. No vieron mis lágrimas, no sé muy bien por qué, pero durante todo el largo camino de regreso a casa, yo no dejé de llorar con amargura, todo aquello que ahora quedaría en el recuerdo, junto a tantas cosas acumuladas y desnudas, que albergan los plácidos salones de mi memoria.
Edanna Dhae a las 10:24 am
30 Enero, 2007
La Tierra de Dyss
Y de ti tan solo me quedé con los pedazos. Trocitos menudos que guardé en una caja de recuerdos. El prisionero en el roble se encerró en sus telarañas de oro, un invierno donde una vez más guardé todos mis tesoros, bordados de lilas oscuros, dorados meticulosos y cadenas, que no adornaron más que las esquinas olvidadas del fondo de este arcón.
Donde ya no había ni arriba ni abajo, solo me llegaron rumores cuando aparecías por los lados, pinchándome el alma con los aguijones del recuerdo. Silenciosos golpes que acogía con cuidado, cuando me recordabas que añorarte era inevitable, y olvidaste tan pronto todo lo que escribimos juntos en aquel cuaderno de esos días de verano.
No sé cuanto tiempo pasó desde aquel otro invierno, en el que la lluvia nos dio tantos momentos de ternura. Qué intensos fueron los besos que cubrieron aquella tierra con tus versos. Y despojaron la hierba de sonrisas inútiles, de dolor y de pesares.
Peticiones inútiles, palabras apresuradas y versos que quedan en el silencio de una caja de roble. Dulce momento que no tiene quien lo lea, es papel mojado que discurre por la calle del adiós.
Yo no sé que tengo que sentir, para que los días sean de alegría. Por tener algo tengo el silencio, y las promesas de que no hubiese olvido ni tristeza. El tiempo es un enemigo largo y tendencioso, que nos supera en el examen más estricto. Si en los bosques no oigo tu sonido, desespero. Cuando no escucho más que el susurro de las horas lentas y los momentos que estuvieron bordeados con el rosal de tu triunfo.
Como empecé esto quiero abandonarlo. Con tanta ilusión como derrota de no existir más que en comentarios. Esta tristeza me mata, este dolor me desmorona. Por sentir no siento más que el silencio de mi deshonra.
Una vida herida y dolorosa, de cuerpos destrozados ante la ignorancia, la mente rota, la vista clavada, en esa araña que corretea por la pared de la memoria. Pintada de blanco, del azul y del violeta. El lila que fue mi pasión no es más que yeso desmañado. Por un sollozo tuyo entre mis brazos. Quiero terminar todo esto, y no me lo permito.
Te veo andar por los pasillos, y cierro los ojos por no ver, cuando, al cerrarlos veo más que en la vigilia. Coger tu mano, dejarme dormir. Soñar contigo, en el tacto de ese susurro. De aquel adiós. De los silencios. De la espesura de los recuerdos. La maleza de estos días, se funden con las sombras, trayendo pesadillas. Pesadillas y recuerdos. Olvidos y melancolías. No hay más lluvia que esta, no hay más. Y más no quiero contestar, no tengo respuestas más que de mi locura. De mis días y mis noches. De este abandono. De esta sustancia de la que me disuelvo. Me diluyo en los charcos de madrugada, soy la gota que resbala por el cristal. No quiero seguir pero quiero amar. Y sin la ayuda de mi otro viento, en todo esto no hay más, no consigo continuar.
Volvieron los brillos a llevarme de vuelta a mis tierras del sueño. Dyss bendito que no quiso nunca ni amo, ni dueño. Allí quiero morir, acurrucada en la llanura. De hierbas verdes y altas, con el viento del Oeste cantándome canciones de cuna. Las luces que surgieron de esa tierra me llevaron, de vuelta al lugar que nunca debí haber descuidado. La tierra de Dyss, me vio nacer, allí morí. Allí moriré. Y todo, sin haber logrado, no hacer más que amar y yacer desesperada por mis fracasos.
Quiero darle forma a mi país, para renacer en forma de árbol silencioso, ver pasar las estaciones y esperar, por una lluvia u otra, no tener más que raíces, hojas al viento y ramas para cubrirte.
Que mi sombra sea tu sereno reposo, que mis palabras sean tu descanso. Estas libreta está llena de esbozos de mí, pero hay más, que no he contado. Una tierra que no tiene ni dios ni mapas. No hay caminos, ni vallas. Ni hombres ni fronteras. Tan solo marcas en un horizonte al que llegar, lugares distantes que explorar. Desiertos inacabados, bosques frondosos y valles lejanos. Te ofrezco un río, un campo, un pueblo de hombres caballo. El vaivén de mis ramas, el rocío en tus pestañas.
Este mundo es tuyo, no le impongas leyes ni nombres. Yo te lo doy, pero no lo adores. Ni lo ames, ni lo odies.
Porque es todo cuanto queda de mí, y no ha hecho más que empezar. Está hecho de ti, y de ti. Está hecho de pedazos, que guardo en el fondo de una caja. Todo cuanto fuiste, está aquí. Gracias por haber estado ahí, pues le diste forma, a la tierra donde sembré el árbol que ahora te regala su sombra.
Edanna Dhae a las 11:53 am
21 Enero, 2007
El sueño de la razón produce monstruos
Lo cual, sigue vigente, aún mucho tiempo después de que Goya lo expresara una tarde de desesperación.
Vivir con nuestros monstruos. Deleitarnos en la pesadilla y revolcarnos en ella. Llega un día en el que no te apetece leer o escuchar más y tan solo dejar que la puerta entreabierta se decida. Por esa sombra que se acerca o esos pasos que se alejan. Los monstruos están ahí siempre, con nosotros.
No escapas a ellos. Quizás si te vas tres o cuatro años a un monasterio Tibetano te liberes. O lo que es lo mismo, unos diez o veinte mil Euros de terapia.
Algunos pasan de moda. Otros lo están ahora, como el hermoso Fauno, del que me considero muy amiga. Juntos vamos de la mano y paseamos por unos campos que ya no existen. Pero lamentarse solo se puede hacer en secreto pues a todos aburre y a nadie le importan los lamentos de otros. Así que si te quejas, procura hacerlo siempre en la intimidad de tu cuarto de baño.
Sin embargo hay uno que siempre nos acompaña, el monstruo de la estupidez que te obliga a atrancar puertas y ventanas con clavos de hierro negro y cabeza cuadrangular. No importa el agujero en el que te metas, vayas donde vayas, ahí estará.
Es el monstruo que te obliga a desconectar todos los aparatos electrónicos. A huir del periódico como de la peste o a asentir en cualquier momento de una conversación con un, ajá… casi ceremonioso.
Quizás tengamos que hacer todos como Earl, una lista de nuestras malas acciones y comprar unas doscientas cajas de bolígrafos para dedicarnos a tachar en un esfuerzo de enmienda y desahogo. Una penitencia en la que nos cargamos el elefante que todos llevamos a cuestas y caminamos libremente por estas ramblas infinitas del mundo de los hombres.
Nunca hubo época tan aconsejable para volver al cuento de hadas. Las hadas están de moda en las estanterías, al lado de los no-se-cuantos santos para limpiar la casa de todo mal o lo cristalitos de facetados colores que prometen conservar la energía, “esa” que nunca ha tenido magnitud alguna para medirla. Es tan ausente como la cordura que junto a la mencionada energía, nadie ha logrado sacar al menos una sola gráfica.
¿Y qué? La razón lucha con la imaginación desde el principio, y esa batalla estará a nuestro lado hasta el final. La razón no tiene miramientos, es como la naturaleza. Y la imaginación, bueno, la imaginación te concede todo cuanto sueñes. Supongo que todo, como siempre, y ya se ha dicho muchas veces, es cuestión de equilibrio.
Un montón de divagaciones porque sencillamente, muchos ya llegaron a la conclusión que se menciona en el título de todo esto.
Y es que, nuestra consciencia corta como el filo de un cuchillo de carnicero, y la necesidad de evadirse, contesta a muchas preguntas que leo y escucho diariamente.
La siguiente pregunta suele ser si la evasión es buena o mala, pero el que la necesidad de evasión sea bueno o malo, no tiene nada que ver con todo esto, de hecho no tiene que ver con nada de nada. Es una necesidad, como comer, el sexo o el territorio. El doble filo es la secuela de nuestro gran regalo, nuestra “brillante” y mortífera consciencia.
Puede que simplemente sea así, como bien aparece escrito en este viejo grabado. Nuestro afán en la búsqueda del sueño de la razón, es el que produce todas nuestras bestias y regiones míticas. Por tanto, una no es nada sin la otra.
Edanna Dhae a las 5:07 pm
1 Enero, 2007
Feliz año 2007
Te deseo un feliz año nuevo. Yo en Lavondyss seguiré, rebuscando en las Regiones Míticas, poniendo orden en este pequeño museo y limpiando la plata los jueves junto a la ventana que da al jardín.
Tú mientras tanto, procura ser feliz, que ya es tarea dura de por si. Y cuídate mucho, viajero.
Edanna Dhae a las 12:01 am
24 Diciembre, 2006
<<¿¡Hemos sido buenos...!?>>
¿La navidad? ¿A mí? Pues sí, me gusta. ¡Que sí! de verdad…
Y felicitarlas también. Eso es lo que más me gusta. (No me interesa su significado sino su ambientillo claro que, en eso ayuda mucho la ciudad donde vivo).
Pero este año, prefiero, no sé por qué, que lo haga mi querido Constantine… que en algunas cosas, especialmente en los cigarrillos y las gabardinas, nos damos un aire. Claro que él, tiene la suerte de ser un Mitago, y de los mejores.
Se feliz.
Edanna Dhae a las 5:00 pm













