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Todas las cosas jamás soñadas...

Narraciones, textos literarios y anotaciones nacidas del proceso creativo.
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Los niños salvajes (revisado)

Entre un revoloteo de hojarasca y los últimos rayos de sol arrastrándose a través de los árboles, llegaron los niños salvajes.

Iban prácticamente desnudos, cubriéndose con lo que habían encontrado en sus vagabundeos y lo que ellos consideraron que podía servir de atuendo. El que fuera digno era el menor de sus problemas. Algunos llevaban una camisa, blusa o pantalón bastante raído. Otros se vestían apenas con una manta. Con suerte alguno llevaba algún zapato; muy pocos, aparentemente los más fuertes o corpulentos, los dos. Los más débiles, buenamente se cubrían de cintura para abajo con cualquier apaño. Parecía darles lo mismo, pero sabía que no era así. Para ellos, el atuendo debía de tener un valor que yo meramente acertaba a sospechar.

Apestaban como demonios, pude olerlos a muchos metros de distancia. No se atrevieron a cruzar el linde del bosque. Desde el camino polvoriento que bordeaba los primeros troncos permanecían en silencio, observándome.

muProbablemente yo les causaba miedo, pero eso no duraría siempre. Los observé, en silencio, muy quieta, mientras los rayos de sol que se escurrían en la arboleda cortejaban mi cabello y mi espalda lentamente.

Había muchas niñas, casi las dos terceras partes. Todos llevaban extraños objetos sacados de la vida cotidiana, ahora destinados a usos misteriosos, pero con la indudable intención de servir para algún tipo de simbología de orden tribal, de estatus social. Habían creado su propia cultura de la nada. Una cultura de remiendos.

Observé que probablemente habría uno o una serie establecida y jerárquica de líderes. Pude reconocer marcas en el rostro de una de las niñas, no tendría más de once años, de claro sentido espiritual. Llevaba suspendido de su atuendo multitud de pequeños objetos atados con cuerdecillas.

Una pequeña chamán en el grupo de los niños salvajes.

Ya han creado a su propio hechicero, en tan poco tiempo. – Pensé.

Los niños me observaron silenciosamente, intercambiando susurros bajos, que eran acallados bruscamente por el que parecía ostentar el rango de líder. Un chico alto, con los huesos de las costillas claramente visibles. Flaco y escuálido como un perro pero suficientemente vigoroso aún. Llevaba un collar lleno de objetos absurdos que le colgaba hasta la cintura. En la mano izquierda un objeto contundente y probablemente bastante peligroso manejado por las manos de alguien como él. Todos llevaban dibujos, marcas, e incluso la cara pintada con lo que me pareció se trataba probablemente de ceniza.

Creo que se asustaron cuando la luz del crepúsculo comenzó a rellenar el mundo a nuestro alrededor; la oscuridad avanzó paso a paso, creando sombras cada vez más monstruosas, pero no tan gigantescas como las que había entre ellos y yo.

Finalmente se marcharon, tan rápidamente como aparecieron. Escucharon el relincho del caballo enfermo que agonizaba más abajo en el valle, en la granja abandonada. Significó lo mismo para ellos que la llamada del cuerno o de la caracola.

Algo nuevo, sucediendo en algún otro lugar.

Hasta casi la medianoche, pude escuchar los relinchos de agonía del caballo.

Escuché claramente el entrechocar de las piedras, el crujido de los huesos rotos, los bramidos de sufrimiento del animal. Todos los ecos de aquello resonaban en el bosque, retumbando a su vez entre las colinas. Transportados por el viento, hasta lugares distantes. Se divirtieron con él como siempre ha jugado un gato con un ratón, un juego que enseña a pesar de toda la moral cosechada en la extinta historia de la humanidad. Jugaron tal y como lo hicieron sus ancestros; quemando, ahogando, mutilando y despedazando todo cuanto pudiese agonizar claramente ante sus ojos.

Allí encontró pues su propio sepulcro, y yo entonces le puse nombre: “El sepulcro del caballo”.

Lo mataron a pedradas; entre todos, lentamente, con cuidado para no acercarse al animal. El caballo bramó desesperado, repartiendo coces frenéticas. Se escuchaba claramente aunque los sonidos llegaran apagados por la distancia. Pero estaba enfermo, viejo y agotado.

Pedrada tras pedrada. Podía imaginármelo, podía imaginar la situación con toda claridad.

Finalmente, los relinchos cesaron.

Encendieron un fuego, pude ver la luminosidad en la lejanía, a través de los árboles. Ahora jugaban, gritaban, reñían, reían. Pude oler la madera quemada, la carne de caballo, el humo espeso, acre, dulce.

Comieron.

El olor penetró en el bosque, inundando el aroma de la hoja y del musgo, de la haya y del roble. Inicié un canturreo. Las hojas se agitaron. Cuidé de mi propio fuego. Cuidé todos los fuegos que permanecían encendidos en ese instante por todo el mundo. Permanecí despierta toda la noche. Pendiente, vigilante, ausente de todo cuanto habitara en mi interior. Celosa de todo lo que existía a mi alrededor, de cualquier sonido, de cualquier olor. Esperando.

Por la mañana, se habían marchado.

Fui hasta “El sepulcro del caballo”. Allí estaba aún una parte del animal, entregada ahora a moscas y gusanos. Huesos, maderos y restos yacían por todas partes. La hoguera humeaba, lanzando un humo negro y viscoso que se llevaba la brisa. Uno de los niños estaba allí tendido, muerto. Tendría unos seis años. Una horrible brecha en la cabeza y una piedra ensangrentada explicaba casi todo lo que había sucedido. La causa hasta me la podía imaginar. Debía suceder de manera frecuente. Tardé apenas tres cuartos de hora en enterrarlo y cubrir la tumba con un buen montón de piedras.

De poco serviría, muchos animales cavan mucho mejor que yo.

Pero volverían. Lo sabía claramente. Miré en todas direcciones, solo pude encontrar en los cielos a mis amigos los viejos pájaros negros. Les rogué que me avisaran. Ellos si decidieron considerarlo, no dieron ninguna muestra de ello.

Volví al bosque, volví a la piedra y la roca, al rio y a la cueva húmeda.

Esperé.

En los días que transcurrieron durante mi espera, en muchas ocasiones me pareció escuchar el sonido de la candente risa de aquellos niños. Siempre cerca, entre los árboles que ocasionalmente se agitaban, esperando darme una sorpresa, un saludo, y una bienvenida.

Por supuesto, regresaron.

Con la segunda luna menguando dos tercios sobre el firmamento, volvieron a rondar por la periferia de mi pequeño territorio. Reanudaron el ritual, acercándose lentamente, observando, expectantes, silenciosos... Ni las múltiples moscas que los atosigan de manera incesante, habitándolos, logran arrancarles un solo gesto. Permanecen todo el tiempo exánimes, aguardando.

Unos cincuenta pasos como mucho los separan de mi pequeño campamento en el claro, bajo la sombra de la roca grande. Es entonces en este preciso momento cuando me doy cuenta de que no tengo muchas posibilidades ya de escapar de ellos.

Uno de ellos le comenta algo a otro cercano. Hace un gesto señalándome. Ríen.

Se acerca la noche, entre árboles ya sin hojas. Un agua estancada mece dulcemente las hojas amarillentas. Escucho el aullido de los perros en la distancia; abajo, en el valle.

Algunas aves se alzan asustadas, parece que sea el mismísimo silencio el que las ahuyente. Levemente escucho el siseo acompasado de respiraciones, pequeñas toses, risitas, cuchicheos...

El fuego de mi campamento comienza a menguar. Le quedan tres horas como mucho. Después se acabó.

Cae la noche sobre mí, no puedo escapar, en este bosque guardé el lugar de nacimiento, hasta la llegada de los niños salvajes. Los mismos que derribaron las columnas que sujetaron los templos y grandes casas de los hombres. Aquellos niños, que sostenían el mundo, lo derribaron de sus pilares. Ahora yacen desparramados como la conciencia más pura. Como el mercurio en el lecho del lago. No hay futuro sin ellos. Con ellos tampoco. Futuros castrados desde el comienzo de su propio tiempo.

Inicio el canturreo de los días violeta. Los que habrán de llevarme con todos los míos. Ellos se relamen. Afilan sus uñas. Afilan sus dientes. Son hermosos en lo espantoso de su pureza. Me emociona saber que portan las esperanzas de todos los que los antecedieron sobre sus hombros.

Levantarán los pilares de la tierra, devorándose los unos a los otros. Como siempre ha sido desde el principio de los días. Como será hasta el último estertor de La Tierra. Así debe ser. Así ha sido siempre, así será.

Y en los días futuros, quedarán las cenizas de esta hoguera, mezclándose en el fango como sal para la tierra. En el río, cerca de la roca grande, en la cueva húmeda. Ellos mondarán los huesos y se afilarán los dientes, esparciendo las cenizas al viento de madrugada. Cantándole al viento, corriendo por los prados en las largas distancias. Sonriéndole al amanecer allí donde ya no queden sonrisas. Pues el día que no quede nadie en este mundo para sonreír al amanecer, ese día la tierra morirá.

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Sorry i'm late

Animación. Y lo he visto en Boing Boing.
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Mifune

Mifune saltó fuera del guardarropa que hay bajo la escalera, con ese aire indolente que tanto la caracteriza. Envuelta en una nube de perfume de rosas, extrañas hojitas y plumas de diente de león adheridas a los bigotes. Pasó al lado de la niña, sin dignarse a dirigirle tan siquiera una mirada, perdiéndose escaleras arriba con aire satisfecho.

Mamá ya le había advertido varias veces que no dejara entrar a su gata en la fortaleza donde guarda la ropa de invierno. Pero ¿qué podía hacer?  Mifune tiene el don de atravesar cualquier resquicio secreto y pasar inadvertida, tomando siempre algún camino por donde la niña no pudiese verla. Lo cierto es que para ella, su madre era algo injusta y su gata demasiado lista.

dientes-de-leon

Con curiosidad, se subió al taburete para echarle una mirada al interior del ropero. Le encantaba meterse en aquel escondrijo de techo inclinado. Era como si de repente se le concediese el don de convertirse en una valiente exploradora capaz de adentrarse en lugares inhóspitos, sorteando todos los peligros con agilidad e ingenio, para descubrir la verdad que subyace oculta dentro de todos los armarios del mundo.  Este no puede ser menos pues ¿por qué si no, su gata iba y venía tantas veces al día, escondiéndose en sus rincones más profundos?

Acarició con las yemas de los dedos, los pétalos de rosa que su madre siempre colocaba en un pequeño cesto semana tras semana.  Al tacto parecían de jabón, tan suaves que realmente eran ellos los que sentía que la acariciaran, al rozarlos de manera tenue. El aroma de las rosas resultaba allí embriagador. No le extrañaba que se hubiese convertido en el escondrijo perfecto, lecho personal de una gata tan refinada.

Su gata tenía suerte. Ella misma en muchas ocasiones, cuando deseaba estar sola durante la clase, metía la cabeza dentro de la cartera de los libros. Dentro de la cartera, solo se escuchan murmullos al amortiguarse los sonidos del mundo a su alrededor. Era entonces cuando la inundaba una extraña paz, como si se hubiese retirado a lo más profundo de un jardín, quedándose completamente sola. Por desgracia el retiro íntimo duraba poco tiempo. Siempre había algún listo que se reía de ella inoportunamente, consiguiendo que la descubrieran demasiado pronto.

Pero allí, en el guardarropa, cuando se escondía podía estar tranquila. Aquella guarida suponía un mundo perfecto. Cuando ocasionalmente se deslizaba dentro con Mifune, podían pasar horas sin que la descubriesen. Tampoco entendía por qué extraña razón siempre se quedaba dormida, pues dentro la envolvía una calidez inusual. Además, lo más extraño de todo era que, algunas veces cuando estaba dentro, le parecía escuchar el siseo de la hierba mecida por la brisa.  Al despertar, casi siempre su gata ya se había marchado, dejándola a ella cargar con todo el peso de las culpas.

Por tanto, decidió desvelar algunos misterios. Recogiendo provisiones en la cocina, y tomando prestada la linterna del cajón del recibidor, fueron al ropero y se instalaron Mifune y ella, sobre las sábanas de franela una vez más, emplazando de nuevo su campamento.  En la penumbra de su guarida notó nuevamente aquel  aroma que siempre la adormecía, y pronto escuchó otra vez, el leve susurro que venía traído por una brisa muy lejana, desde alguna parte.

La gata se apropió del cesto de los pétalos, envolviéndose en ellos tras seis o siete vueltas, logrando así que se adaptaran perfectamente a los contornos de su cuerpo. Aunque algo molesta al principio por la presencia en su santuario,  comenzó a tolerar mejor a su dueña, después de que se pusiera la linterna bajo la barbilla y comenzara a hacerle muecas desagradables.

Permaneciendo erguida intentó por todos los medios permanecer despierta, y aunque al principio lo logró durante un buen rato, gradualmente  junto al brillo menguante de la linterna, se fue adormilando tomada de la mano por aquel minúsculo atardecer, en silencio, en el crepúsculo personal hacia la oscuridad, para finalmente quedarse las dos completamente dormidas en el interior de aquel guardarropa, único en el mundo.

Una fragancia inexplicable la envolvió entonces, pues fue algo que siempre recordaría muy bien. Unos cuerpos tibios retozaban no muy lejos de ella. Aromas que no pudo ni quiso olvidar, flotaron y la envolvieron entre alegrías. El deleite de la hierbabuena, la menta y la manzanilla donde flotaba una luz radiante, jugando entre un campo de lilas y bermellón. Más, una algarabía que no consiguió explicar. ¡Qué sueño tan dulce! La pared del fondo del ropero parecía resplandecer mientras una luz bañaba su escondrijo.

Allí a diez pasos, Mifune retozaba feliz junto a otros muchos gatos venidos de lugares distantes, de tierras lejanas, que jugaban bajo un sol cálido y amarillo a perseguir los dientes de león entre los tallos de hierba. Pero había más pues, a lo lejos se divisaba un enorme prado y árboles como telón de fondo, hasta perderse en las verdes distancias de un pedazo de mundo que, apenas comenzaba a dibujarse a partir del fondo de aquel guardarropa.

Llamó a Mifune en voz baja temerosa de molestar a los habitantes del prado muy a su pesar, pues no deseaba marcharse de un lugar al que sentía que de alguna manera, había accedido gracias a su gata. Ella la miró un instante, aproximándose seguidamente y ronroneando con un trotecillo alegre. Cuando atravesó aquella extraña pared del fondo del ropero,  la vio rodeada de un leve chisporroteo dorado, que duró un leve instante. Llegó hasta la niña acurrucándose finalmente  en su regazo, exhausta,  rodeándola con la fragancia que se había traído consigo de aquel jardín de recreos tan especial.

Eso fue todo cuanto pudo recordar, la despertó su madre, muy enfadada. Al parecer había estado llamándola desde hacía un buen rato sin obtener respuesta. No estaba nada contenta no, por haberse escondido en el guardarropa que estaba bajo la escalera y  haberse  dormido dentro.  Nada contenta por haberla tenido buscándola durante tanto tiempo sin dar señales de vida. Pero lo que de verdad no le hizo ninguna gracia a su madre,  fue que se hubiese metido la gata y ella en el guardarropa estando tan sucias, pues estaban  llenas de trocitos de hierbajos, flores, hojas y dientes de león y lo peor, es que no tenía ni idea, de dónde habían salido.

Para Bibi y Gabi

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El mito poético

Mitología clásica, mito, poesía y lenguaje mágico.

La mitología clásica ha perdido últimamente tanto terreno en las escuelas y universidades que ya no se espera que una persona “culta” sepa quiénes pueden haber sido Orión, Ganímedes, Laocoonte o Antígona. El conocimiento actual se deriva principalmente de versiones de cuentos de hadas infantiles, y esto a primera vista no parece tener demasiada importancia, porque durante los dos últimos milenios los mitos han sido descartados por fantasías extrañas y quiméricas, un legado embaucador de la infancia de la cultura griega. La Iglesia, en un acto de suprema dicotomía para consigo misma, menosprecia los mitos para destacar la mayor importancia espiritual de la Biblia. Dicha colección de relatos locales semitas se debe, no obstante, a primitivos mitos indo-europeos comunes a decenas de movimientos espirituales.

dragon044ed Debemos aclarar desde un principio lo que entendemos por el término “mito”, pues sus acepciones en el lenguaje actual son muchas y diversas . El verdadero mito se puede definir como la reducción a taquigrafía narrativa de la pantomima ritual realizada en los festivales públicos y registrada gráficamente en muchos casos en las paredes de los templos , en jarrones , sellos , tazones, cofres, escudos, tapices, etc. Sus temas eran actos de magia arcaicos que promovían la fertilidad o la estabilidad del reino sagrado de una reina, originariamente, o un rey. Estos actos formaban parte de la vida de las sociedades primitivas más allá del mero acto simbólico que la religión supone hoy en día . La sociedad en sí misma giraba en torno a estas representaciones , y para una mayor comprensión de la situación planteada deberemos exponer las concepciones cosmológicas del hombre antiguo. Este hombre tuvo un concepto dramático de la Naturaleza, en la que lo divino y lo demoníaco , el orden y el caos , el bien y el mal se hallan en pugna constante y con una existencia ligada a la vida del hombre mismo . Cada elemento de la Naturaleza que nosotros estamos ya acostumbrados a considerar en abstracto como algo impersonal, indiferente y articulado, para el hombre primitivo era algo directo , emocional e inarticulado. Es un ser al que el hombre se dirige como en segunda persona , empleando un “tú” mayestático similar al empleado para hablar a Dios (esta comparación no debe llevarnos a pensar en la Naturaleza primitiva como una versión del elohim judío). Así, podemos decir que la Naturaleza formaba un todo con el hombre; no sólo en el ámbito religioso-espiritual , sino también en el socio-cultural . El verdadero mito deberá, pues, distinguirse de :

  • La alegoría filosófica , como la cosmogonía de Hesíodo .
  • La sátira o parodia , como el relato de Sileno sobre la Atlántida.
  • La fábula sentimental , como el relato de Narciso y Eco.
  • La propaganda política , como la Federalización del Ática por Teseo.
  • La leyenda moral , como la historia del collar de Erifile.
  • La anécdota humorística , como la farsa de Heracles , Ónfale y Pan en el dormitorio.
  • La saga heróica , como el argumento principal de la Ilíada.
  • La ficción realista , como la visita de Odiseo a los Feacios.

En todos estos casos podremos hablar de literatura pero no de mitología. Debe entenderse esta distinción, puesto que en estos ejemplos expuestos, muy posteriores al mito, el autor no posee esa concepción sobrenatural y mágica de la realidad. En contra de la idea generalmente aceptada, el mundo clásico griego no se caracterizaba por ser especialmente religioso. Las divinidades no eran sino una justificación para las construcciones arquitectónicas, las festividades rituales o una mera temática artístico-literaria. No queremos decir con esto que uno pudiera pública y libremente renegar de dicha religión politeísta, pero la vida del ciudadano griego helénico no se supeditaba ni giraba en torno a ninguna creencia mística.

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D&D Retro

Lo "retro" nos persigue, no podemos escapar. Va con la edad, con los años y con los cardos que crecen a lo largo del camino. Los cardos son como la tónica. Tienes que probarla unas cuantas veces para que te haga tilín. Pero con el tiempo, tragarás tónica.

A mí me sigue sin gustar la tónica, sin embargo los cardos cada vez me gustan más.

( Si no entiendes una sola palabra no importa, tu sigue con lo tuyo).

 

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Hambre

No tengo por qué dar explicaciones sobre ella. Julia tiene hambre y punto.

El hambre, según mi querido Constantine, fue uno de los primeros demonios en lograr la increíble hazaña de establecerse en nuestro mundo impunemente. (He buscado esta palabra en el diccionario y significa "quedando impune" sin castigo, sin explicaciones, incluso sin permiso.) ¿Quién le va a dar permiso al Hambre para ir y venir?

lagrimasLo que yo no esperaba es que este demonio, que siempre ha asolado la mitad de nuestro mundo, mientras la otra mitad busca continuamente cosas que hacer con tal de conseguir siempre mirar hacia otro lado, es que el hambre se manifiesta de muy diversas maneras.

Algunos devoran todo lo que encuentran, otros devoran la comida del de al lado, a veces al de al lado, otras veces a todos los que se hayan a su alrededor y por último, hay algunos que se devoran unos a otros, como sucedía con mi primera pandilla de amigos que se pudiera denominar; seria, formal y estable.

Esta pandilla, por cierto, era de lo más curiosa y abro un pequeño paréntesis pues resulta que el tema es interesante. En los casi 20 años que llevo dirigiendo y arbitrando partidas de juegos narrativos, o de rol, este fue el único grupo al que le dirigí una partida, en el que acabaron matándose todos unos a otros, con saña en un auténtico, desquiciante, sangriento, escatológico, repulsivo y  sádico baño de sangre.

Pero volvamos al asunto...

Por más que estemos aquí hablando de la naturaleza y pormenores del "hambre", nunca conocerán el otro rostro de lo que se denomina el mal más antiguo de la humanidad. Porque el hambre del  que yo hablo, no lo conocí hasta que conocí a Julia.

Julia es enorme. Obesidad mórbida, le dicen los entendidos y los que juegan a nutriciones y a decir que el Tofu es la doceava maravilla del mundo. Una chica joven, y hermosa. Pero gorda. Y la cuestión de todo esto es ese "pero".

Porque Julia es hermosa y gorda, tan hermosa que mucha gente la mira y sin que ella se dé cuenta, asienten unos a otros en susurrados comentarios, llegando siempre a la misma conclusión; lástima, si fuera más delgadita, estaría bien, sería preciosa.

Julia es redonda, y su hambre no conoce límites. Aunque no llega a esos volúmenes que impiden que las personas puedan levantarse de la cama y salir por la puerta, al mismo tiempo que los invita a participar en el que siempre denominaré; estúpido libro guinness.

No no, esta Julia es obesa, pero camina, trabaja, va de compras y sale con sus amigos como cualquiera. La cuestión de Julia, no son los detalles de su obesidad, se trata de "la naturaleza de su hambre".

Julia no devora comida o alimento tal y como lo entendemos, no, ella devora; llantos, devora penas, devora temores y congojas. Devora abatimientos y pesares. Devora depresiones, sonrisas forzadas, miradas nostálgicas, suspiros anhelantes no correspondidos, devora desesperación, humillaciones, olvido, burlas que se clavan en la carne y sangran, devora heridas y pústulas sangrantes ocasionadas por burlas individuales y burlas en grupo, que son las peores. Devora la pena de hombres y mujeres derrotados, devora infelicidad, melancolías, tristezas en todo su amplio espectro, Julia devora el dolor de hombres y mujeres ignorados, devora soledades injustas. Devora la injusticia, la burla, el llanto y el dolor. Julia tiene hambre, y no puede dejar de comer, y de engordar.

Si al menos, su hambre no la devorara a ella. Pero no, a Julia su hambre la consume, la aniquila, y poco a poco, la va matando.

Alrededor de Julia nadie pasa hambre. El demonio del hambre huye ante la magnitud de ese poder inmenso, del don de su "hambre". Ante ella, el viejo demonio, es derrotado antes de siquiera poder acercarse. El demonio del hambre, la teme mucho más que a toda una corte celestial de ángeles armados con espadas flamígeras.

Empezó de muy pequeña, devorando el llanto y la frustración de sus propio hermanos, de su padre y de su madre, con el tiempo, devoró el dolor de sus amigos más queridos, de sus conocidos, del vecino, del tendero de la frutería, la soledad de la peluquera, los pasos cansinos de la anciana sola que camina sin tener prisa por nada. Y finalmente por supuesto devoró las necedades de sus propias parejas, la mezquindad, las cobardías, y hasta las tremendas y enfermizas melancolías de su novio.

Y Julia así, atravesó de una forma peculiar los velos que separan la realidad del sueño, devorando los oscuros sueños de algunos, de unos más que de otros, con diferentes grados de éxito.

El hambre de Julia no tiene fin, su mayor deseo es devorar todos los males y la infelicidad del mundo. Solo ahora ha empezado a darse cuenta, de que son estos males los que la devoran a ella. Acabando poco a poco con todas sus ilusiones. Pues el hambre en el mundo es infinito, así como la desesperación, el llanto y todas sus agonías.

Yo la conocí hace ya algunos años, Julia siempre ríe, pero muchas veces cuando nadie la ve, llora amargamente, pues su hambre no tiene fin, no puede tener fin, y muchas veces las personas con las que se va encontrando, le dedican una condescendiente simpatía. Esperando, que pueda devorarles esa parte que no desean, a ellos también, si hay suerte. No es necesario darle nada a cambio, Julia es así. Para eso está.

Julia llora, en los rincones de su casa, en el cuarto de baño o en la cocina, por los males del mundo, y porque nadie ve nada más que aquello que la rodea. Su enorme fisonomía, es todo cuanto queda, pues no hay pie a ninguna oportunidad para ella más allá que la de limpiar los rincones del alma de la pena que ella misma se lleva ¿pues, acaso tú vas a cargar con los problemas de nadie?  Nadie espera nada más de ella que, devore, con su hambre, la culpa de quienes permanecen alrededor. Por lo demás Julia es, la chica gordita y simpática que está ahí para liberarte a ti de tus pecados. Pero para Julia, no hay nada más por parte de los demás, pues pobrecilla, es gorda, lástima de chica, tan guapa...y tan gorda.

A Julia no le dan ninguna oportunidad, más que la de hacerle esperar pacientemente a devorar la siguiente tanda de pesares. Se me ocurre que, si todos nosotros devoráramos un poquito de las penas del de al lado, quizás Julia podría llevar una vida más feliz. Una vida en la que su hambre no la consuma, pues que será de nosotros sin la devoradora del llanto de todas nuestras tristes congojas.

Pero siento que esto no va a suceder, será porque siempre me han llamado "pusilánime" y "derrotista", bueno, en realidad si creo en mis palabras es por puro instinto.

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