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Todas las cosas jamás soñadas...

Narraciones, textos literarios y anotaciones
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El señor Plimm

La primera vez que vi al señor Plimm fue paseando por el viejo puerto una fría tarde de abril. Deambulaba entre las abandonadas vías del tren con su paraguas azul a modo de sombrilla, siempre acompañado de su cabrita Petra.

Resultó difícil pasar por alto a un hombre como aquel, tan cargado de hombros, que paseaba a una pequeña cabra sujeta con un cordoncillo de cuero trenzado, envuelto en un gabán que pareciese haber sido llevado a través del tiempo en la máquina de los sueños, como si fuese una reliquia del pasado, hasta el momento presente. Un ejemplo viviente de pura excentricidad.

Lo vi detenerse entonces frente a la ruinosa estación de tren, permaneciendo inmóvil y con la mirada perdida entre los detalles de la destartalada oficina de correos, al otro lado de las vías, aguardando a que su cabrita, de un color tan blanco como el de la nieve en una noche de navidad, terminara de merendarse algunos matojos que crecían, felices, entre los abandonados raíles.

Paraguas y pájarosPercibo un tanto que de un pie cojea un poquito, mientras que con el otro de vez en cuando patea algunas piedrecillas al tiempo que parece andar murmurando asuntos indescifrables.

Al caer el sol suele llegarse hasta el malecón, donde unos gruesos pilares de madera de más de ochenta años soportan, sin inmutarse y día tras día, el embate de las olas. Allí permanece, tan imperturbable como los pilares, contemplando el horizonte; dándole siempre la espalda al sol y mucho más interesado en aguardar por la salida de la luna.

Siempre, siempre mirando hacia el Este.

Circula el rumor de que el Sr. Plimm perdió a su amor allí y allá; allí, en las lejanas distancias, y allá, donde el tiempo termina junto a la aurora.

Si algo de eso es cierto o si no lo es, yo no lo sé, pero a mí me parece que es un hombre encantador, aunque siempre parezca encontrarse tan triste. Es posible sí, ¿por qué no? Yo estoy segura de que si hay un motivo legítimo para estar triste en este mundo es por amor, ¿por qué no deberíamos sentirnos pues orgullosos de prestarle siempre la debida atención? Yo diría que un día tras otro nunca dejamos de contarnos historias de amor, y que nunca parece que nos cansemos de escucharlas.

Dicen las malas e incluso las buenas lenguas que el Sr. Plimm vive en un mundo inventado, pues por amor se volvió loco perdiendo así todo el juicio que le quedaba. Dicen que vive en un mundo de ficción para poder reencontrarse allí con su amor perdido.

Yo quisiera que otros fuesen capaces de inventar mundos imaginarios para mí sola, uno por cada día de la semana, y así poder viajar contigo hasta allí, alcanzando un lugar en donde podamos cruzar, de una vez, ese portal en donde lograremos al fin perdernos para siempre en busca de nuestros seres más queridos; viviendo felices en la utopía que a ti y a mí nos de la gana vivir, juntos, cada día de nuestra vida. Tan lejanos, tan ajenos a las cadenas de los demás, del mundo y del propio tiempo…

A mí me dijo una vez ―¡sí, a mí!, que ya no pudiendo más y de tan intrigada que estaba me acerqué al final a charlar con él― que si visita el puerto a diario no es más que para desearle siempre cada atardecer, al Este, las buenas noches...

Esto la verdad es que me pareció entonces muy extraño, ¿desearle cada día al Este las buenas noches?

Tan extraño como el que siempre que nos encontramos, llevándose la mano a la manga izquierda de su abrigo, como el más habilidoso de los ilusionistas, de la nada siempre surge, así, como por encanto…, una pera. Una pera con la que entonces, sonriente, siempre canturrea: “Sana, sana como una pera…, una pera limonera pim, pom, fuera…”.

También me dijo una vez así, bajito, bajito, que en su cocina cada mañana, cuando no hay nadie, revolotean las teteras. Durante la penumbra de la alborada les salen a todas unas pequeñas alitas y que, con coraje, comienzan a saltar de la alacena emitiendo grititos de alborozo.

Las grandes enseñan entonces a las pequeñas a dar sus primeras vueltecitas alrededor de la lámpara, preparándose para el día en el cual se aventurarán más allá del salón e incluso, ascender a través de las escaleras hacia los cielos en busca de algún sitio mejor donde, quién sabe, poder comenzar de nuevo una nueva vida.

Las teteras son los seres más valientes que habitan en nuestros hogares, me dijo entonces, pues mantienen siempre el aroma de la felicidad bien caliente para que todos nosotros podamos deleitarnos con ello; una labor que no todos los seres de este mundo están tan dispuestos a llevar a cabo a lo largo de sus vidas.

También me dijo que las pequeñas teteras, las que poseen alitas, en realidad son la manifestación de los antiguos dioses de la creatividad, una raza de ancianos dioses olvidados que comparten el mundo junto a todos nosotros.

No sé bien el porqué, pero yo le creí entonces, y aún hoy, le sigo creyendo.

Tras nuestro primer encuentro, durante toda aquella primavera y a lo largo del largo verano que siguió después, no dejé de encontrármelo muchas veces durante la semana, en ocasiones casi a diario. Reconozco que algunas veces, y por motivos que ahora te explicaré, no podía resistirme a seguirlo, aunque siempre tuve la sensación de que era capaz de advertir mi presencia pese a que nunca solía atisbar por encima del hombro, tan abstraído que parece siempre estar en sus pensamientos.

Descubrí a lo largo de aquellos paseos que lo que más le gustaba al Sr. Plimm era recibir correo, un hecho que después se convertiría en la mayor de todas las contradicciones.

Un día pude ver que una sonrisa de satisfacción cruzaba su rostro cuando, tras abrir el pequeño buzón frente a su casa, sacó un fajo de cartas que después fue ordenando cuidadosamente, mientras se marchaba paseando en dirección al viejo puerto.

Sin embargo, aquellas cartas nunca llegaron a descubrir el mar, ni siquiera a percibir el aroma de la sal ya que, a medio camino, deteniéndose junto a un roble que crece junto a la pequeña charca que hay en el parque, comenzó a romperlas una por una en pequeños, muy pequeños pedacitos. Muchos trocitos que luego fue arrojando a las aguas del estanque, lentamente; tomándose para ello todo el tiempo que hizo falta; rasgadas con tal celo y diligencia como nunca había visto antes; como una vestal en algún templo, a manos de un sacerdote que ofreciese algún tipo de sacrificio a un dios desconocido.

Aquello me resultó tan extraño que fue entonces cuando comencé a seguirlo algunas veces, intrigada por su conducta. Y es que no había un solo día en el cual el Sr. Plimm no dejase de realizar su misteriosa ceremonia. El ritual en el cual, cada tarde frente a las verdes aguas del estanque, junto al roble, un manojo de cartas sin abrir sucumbía sacrificado en sus manos.

En algunas ocasiones llegué a acercarme al borde del agua cuando él ya se había marchado. Motivada por una viva curiosidad ―y puede que por una gran necesidad de cotilleo― intenté rescatar alguno de aquellos trozos, sin embargo, resultó inútil.

hombre con paraguas contemplando un buqueDe una forma que aún hoy no consigo comprender, el papel ya se había desecho casi por completo, habiendo sido una buena parte reabsorbido por la mezcolanza de agua y barro, de una forma que me atrevería a asegurar resultaba del todo “antinatural”. Pero entonces, atribuí el suceso a que, con toda probabilidad, su cabrita habría sido la encargada de dar buena cuenta de aquel montoncito de cartas destrozadas.

Durante todos aquellos meses siguientes observé una y otra vez las sencillas rutinas de aquel misterioso personaje, lo que sólo produjo que avivara con ello mucho más mi curiosidad al descubrir, día tras día, semana tras semana, como el Sr. Plimm consumaba su mismo rito solemne destinado a hacer desaparecer tantos mensajes llegados desde quién sabe dónde en las aguas de aquel estanque, junto al roble.

Y no diré que, desde el principio, ya tales acciones me parecieron entonces incluso hasta ridículas, aunque siempre fuera consciente de que allí todavía se guardaba una muy profunda lección de dignidad. Acciones que después entraron a formar parte de unos muy distinguidos encantos, pues sería el motivo del mito de su leyenda, de su legado y del regalo de su presencia en esta nuestra tan, a veces…, en ocasiones…, aburrida existencia… Detalles que difícilmente pudiéramos comprender nosotros algún día pues todo, todo acerca del Sr. Plimm en cuanto a los motivos de sus pequeñas liturgias diarias permanecería siempre cubierto con un velo de misterioso silencio. Un misterio que aún hoy perdura en la memoria de esta tierra pues, si de dignidad se trata, es en esta su historia donde vas a encontrar una lección de ello, por mucho que otros presuman de estar colmados de estos detalles desde los pies hasta la cabeza.

Había en aquella discreta ceremonia tan suya una mezcolanza de otoño y un poco de aire invernal, aunque todo me pareciese recubierto así, como de una enorme hiedra pintada con los tonos del verano, esos matices tan de un melocotón que amarillea hacia un melón bien maduro. Es tan difícil de explicar, que no me extrañaría que ya anduvieses perdido en toda esta historia.

Sin embargo, pese a tanta excentricidad ―la suya y puede que también la mía―, quien jamás parecía perdido era el Sr. Plimm, que siempre daba la sensación de tener muy claro todo cuanto quería. Aunque ahora mismo recuerdo que, en cierta ocasión y durante algunas semanas, me dio la impresión de que tuvo serias dudas a la hora de llevar a cabo su acostumbrado protocolo en el momento de rasgar todos aquellos papelitos. Me pregunto qué tipo de cartas eran aquellas que le hacían detenerse durante unos instantes, haciéndole vacilar entonces, y si todo esto tuvo que ver con los increíbles acontecimientos que más tarde tuvieron lugar. Unas cartas que, desde la distancia de mi infame escondrijo, pude distinguir como recibía en el interior de unos bonitos sobres de tonos pastel que iban desde unos perfectos azules, pasando por unos gentiles tonos de rosa hasta alcanzar la perfección de unos lilas que, entonces pensé, sólo podían ir destinados a la mañana siguiente tras el día del juicio final. Todo esto fue algo que pude confirmar más tarde al acercarme al borde del estanque; aunque no fue posible averiguar mucho más sobre aquellos trozos empapados, aún pude distinguir aquel tono tan propio del papel y aquella textura tan especial.

¿Serían aquellas cartas de amor? ¿Había tenido el Sr. Plimm a un corazón anhelando compartir un cálido refugio bajo la sombra de su paraguas, junto a él? Sin duda, pues existe una intuición en todos nosotros para saber esas pequeñas cosas; y en los más callados escondrijos ocultos en los reinos de nuestra memoria, tenemos la mayoría de nosotros los mecanismos necesarios, y la debida intuición, para conocer cuando viene y cuando va esa brisa que a veces sonríe o que ahora llora en silencio; que suspira a escondidas y que es capaz de bailar sola hasta el amanecer; esa misma que algunos de nosotros nombramos como: el amor.

Fuesen lo que fuesen, como era de esperar, en algún momento dejó de recibirlas. El manojo de cartas volvió a su acostumbrada tonalidad blanquecina; ese tan cotidiano, tan de cada día y tan de todos esos mensajes que, por lo general, no interesan a nadie.

Ya habían entrado los primeros vientos del otoño cortando las mañanas como un cuchillo cuando, un día, dejaron de llegar cartas. El Sr. Plimm tenía su buzón, por primera vez, completamente vacío.

Pude distinguir su actitud de consternación al dejar de recibir correo; inmóvil frente al buzón, dudando, y tan vacío como cualquier otro por primera vez desde que le conocí. Allí me pareció verlo, apesadumbrado, más triste y más solo que nunca, siempre a la sombra de su paraguas azul, llevando de la mano, sujeta con un cordoncillo de cuero trenzado, a su blanca cabrita Petra.

Se marchó entonces, dirigiéndose hacia el viejo puerto, no sin antes detenerse junto al gran roble que crece junto al estanque, como cada día. Allí parecía haber comenzado aquel gran árbol a perder sus hojas, deleitándose cada una, durante el descenso de su caída, de un viaje que la llevaría a formar parte de un todo que reluce y de una especie de ensueño que vuelve a formar parte de todo cuanto nos rodea, tomando para ello todo el tiempo que haga falta.

Y allí, de nuevo, vi una vez más como contemplaba las aguas del estanque, aunque esta vez reparando en las hojas del roble, algunas rojizas, otras amarilleando ya por el ocaso de los días cálidos. Las miraba con asombro, consternación y una tal fascinación como jamás antes había observado en él. Ahí, siempre envuelta en mi escondrijo llegué a verle al fin sonreír; la dueña de un sentimiento que ya albergaba toda aquella ternura, un sentimiento que perdura y que jamás imaginó que pudiesen suceder muchas de las cosas que pasan en nuestro mundo, y de las que no somos ninguno de nosotros siquiera un poquito conscientes.

Pues ahí estuvo durante un prolongado lapso de tiempo, contemplando con atención las hojas caídas del roble y de manera más atenta todas las que aún permanecían entre sus ramas. Las observó con atención durante una media hora, puede que una hora completa, y hasta le ofreció alguna a su cabrita Petra, pero ésta rehusó tocarlas, como si de algún objeto sagrado se tratase.

Al final pude ver que con una sonrisa en el rostro abandonaba el lugar tomando la dirección de la vieja estación de tren, la que cruza el viejo puerto, mientras canturreaba algo por lo bajo al tiempo que su cabrita le acompañaba emitiendo un sonoro balido.

Por supuesto, como no podía ser de ninguna otra manera, llena de curiosidad me acerqué al borde del estanque para averiguar que era aquello que había mantenido ocupada la atención del Sr. Plimm de esa forma tan inusual. La causa me hizo cambiar de una forma tal mi manera de ver y comprender el mundo que aún hoy le debo toda esa transformación al Sr. Plimm y a su cabrita Petra, preguntándome muchas veces cómo habrían sido las cosas de haberme resistido a “curiosear” entre las rutinas de aquel personaje tan peculiar.

Yo no fui capaz de aceptar la realidad con tanta templanza como lo hizo él. Recuerdo que estuve allí una hora, puede que dos, consternada, contemplando aquellas hojas una y otra vez, examinándolas con atención y buscando razones a cuestiones que una parte de mí bien sabía ya que jamás iba a encontrar.

Fui muy consciente entonces de que las mayores respuestas a los misterios de nuestro mundo sólo se encuentran en la forma de sencillos sucesos como el que tuvo lugar aquel día; un día que siempre recordaré al borde de aquel estanque, junto al gran roble bajo el cual el Sr. Plimm y su cabrita siempre se detenían cada tarde para romper en pedazos todas sus cartas, arrojándolas después a las aguas.

Pues en cada una de las hojitas del árbol, por ese lado que se muestra siempre más hacia el sol, estaban escritos: su nombre y su dirección.


Edanna
30 de agosto de 2012

 

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El gran pez

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No había terminado de rezar aún sus oraciones cuando en el otro extremo de la caña de pescar de Monsieur Alain picó en el anzuelo la que entonces supuso sería, con toda probabilidad, la mayor carpa que había capturado alguna vez en toda su vida.
Esa por la que siempre había esperado, que al parecer nunca había llegado, que por siempre se le había escabullido de entre los dedos de manos y pies y que al final, de forma más que merecida, debía de conseguir apresar en estipendio por tanta devoción.

Persignándose apresuradamente, mientras con la zurda sostenía la carísima caña profesional de acción rápida, dio un tirón tan fuerte que el sonido de sus vértebras cervicales asustaron a unos cuantas perdices allá, en una lejana orilla, que alzando el vuelo se perdieron en algún lugar distante hacia el oeste.

Big fishYa se sabe que a las carpas se las conoce por peleonas, por cabezotas y por zalameras. Justa recompensa a la valentía de la que se sabe presa y no cesa de luchar antes que rendirse y al final, cobra fuerza aún más para pelear otro ratito, aun cuando lo cree todo ya perdido. La carpa es pues un pescadito singular, al ser uno de los últimos siempre en rendirse, dándote un buen susto si no te andas con cuidado.

Ésta en particular era de abuelo tozudo y madre nerviosa, padre tragón y longeva ascendencia por vía paterna, siendo prima hermana por parte de madre de una que escapó siete veces de bailar en la sartén con un tomate enano entre la quijada y el cielo del paladar, rodeada de cebollitas; una que escapó de unas cuantas y muchas más e incluso, llegó a dar un salto que de tan grande pudo contemplar un poco el paisaje circundante allá en las alturas, privilegio aquel sólo dado a los más fuertes y tenaces, dejando tras de sí una hermosa estela plateada de preciosas gotitas centelleantes, así, como a cámara lenta; tan hermosas como ese brillo tuyo que muy segura que estoy que anda siempre en el fondo de tu mirada.

Nada más salir del huevo se escurrió de un lucio que de tan gordo debía pensarse muy bien cuando dar la vuelta yendo rio arriba o rio abajo cada vez.  Y escapó siempre de milagro, de pura suerte o más bien debido a sus altas capacidades perceptivas; no lo tengo muy claro. Los que unos llaman olfato, para otros es simple cuestión de supervivencia.

Pero Monsieur Alain poco sabía de la filosofía de los seres que nadan en todas las aguas del mundo. Para él los peces eran algo que el Todopoderoso había puesto allí para que colgara de los anzuelos de sus caras cañas de fibra de carbono, para deleite y regocijo del hombre en sus largas y anchas horas de tedio fuera y durante la jornada laboral.

Una carpa como aquella no iba a rendirse tan fácilmente, por lo que comenzó a dar guerra; tanta que con sus piernas nuestro pescador tuvo que luchar por afianzarse en el bote, no fuese a suceder un desgraciado accidente.

Pero ese día estaba escrito en tinta china en alguna parte con caracteres Comic Sans que Monsieur Alain perdería el equilibrio o que reventaría la tablilla que recientemente había tratado de encolar en el fondo de su bote con total negligencia; alguna de las dos cosas. Lo de la tablilla en verdad no era del todo culpa suya pues siempre suspendió en el colegio la asignatura de trabajos manuales cuando era algo más chiquillo.

El destino eligió por él en la ruleta de la suerte. Entre todas las aspirantes resultó ganadora la tablilla que, calzada con algunos trapos en el fondo de la barca, recibió tan fuerte patadón que saltó despedida rebotando contra las cuadernas en la proa.

Un magnífico surtidor de agua se elevó entonces hasta, más o menos, la altura de su nariz; lo que produjo que en ese preciso instante Alain empezase a entender mejor el tópico ese de comenzar a ver tu vida pasar como quien lee la etiqueta de una lata de tomate, así como todo seguido y dando círculos; y que por experiencia te aseguro resulta completamente cierto.

La barca se hundió tan rápido que por unos instantes su sombrerito Québécois quedó suspendido en el aire antes de caer sobre las frías aguas del lago St. Anne. El mismo lago donde una especie de Madame Bovary local decidiera poner fin a los días de su vida en aquellas mismas aguas, entrando en ella con absoluta parsimonia sin dejar de lado toda una vida de estilo y elegancia en sus gestos y en todos sus movimientos; sin perder en lo más mínimo caros años de sensualidad. Pues si de morir se trata, más vale que sea al menos con algo de distinción.

El hundimiento de Monsieur Alain, sin embargo, estuvo muy lejos de ser elegante. La única distinción en todo aquello se encontraba en los ondulantes vaivenes de las aguas reflejando un cielo cuajado de nubes como en un cuadro Prerrafaelita. Pues ya se hundía agitando los brazos bajo la oscura superficie ―ya que de nadar ni tenía ni idea ni había tenido interés alguno en hacerlo alguna vez― cuando en su rostro se cruzó una expresión de absoluto horror e incomprensión ya que, en su mente cada vez más inundada, no alcanzaba a comprender cómo el creador podía hacerle aquello, a él, que siempre fue un devoto católico y un padre ejemplar. Que siempre asistió hasta el final de la misa sin la excusa de salir a medias para fumarse un pitillo y que a su querida esposa siempre mantuvo exenta de peligros cuando visitaba algún burdel, no fuese a pegarle alguna porquería de esas a la madre de sus hijos.

Que de tan horrible que resultaba todo aquello era incapaz de aceptar cómo era posible. Si él siempre pensó que tendría una vida larga y tranquila, sin hacer caso de nadie ni meterse en vidas ajenas, él siempre a lo suyo y ya está: sin molestar, sin ser molestado; y que más parecía todo aquel sin sentido una prueba para su fe o una broma sin gracia alguna, ni acertaba a entender ni concebía ni se sabía si se reía dios o qué o él o quién... El caso es que allí, "ni dios" sabía quién se reía de quién...

Viajar no es que hubiese viajado mucho, salvo aquella vez que recorrió en sandalias, pantalones cortos y camisa Hawaiana una Roma envuelta en un calor que de tan grande más se parecía a un baño Turco. Protestar había protestado siempre lo justo y bastante paciencia había tenido siempre en un mundo repleto de incompetentes e inútiles.

Y bueno, algún negocio que otro pero ya se sabe que en este mundo hay que andar listo y ser siempre el primero en todo “o te comerán”, como suele decirse. Si así no lo haces es que lo que eres es muy pero que muy tonto quieras o no quieras, algo muy común en todos los seres y él, en lo que eres, no se había de quedar atrás. “Anda siempre listo y adelántate, que los demás no van a velar por ti”, le repitió siempre su padre una y otra vez, una y otra vez, una y otra y otra, y otra…, hasta que lo memorizó que de tan bien que jamás le faltó aceite ligero para mantener siempre bien engrasadas cerraduras y candados, bien cerradas puertas y ventanas, y mandando a tomar viento a todos los indeseables.

Pero poco a poco, mientras se hundía en las aguas, comenzó a darse cuenta entonces de algunas cosas que hizo mal…, de otras que hizo bien…, y de alguna que estuvo más bien regular… Cayó en la cuenta entonces de que no tenía que haberse olvidado del cumpleaños de algunas de las personas a su alrededor; que habría sido mejor tener en cuenta los aniversarios con su esposa y que tenía que haberse detenido a escuchar mucho más a menudo; que en realidad no es tan difícil, y si te administras siempre hay tiempo para todo. Pues resulta que es aquí cuando entonces se comprende mejor que nunca el auténtico significado del modo subjuntivo.

Se dio cuenta entonces, tan humillado y tan indescriptiblemente inundado más que de agua, de pura e infinita tristeza, mientras el frío líquido penetraban a raudales entre sus cavidades pulmonares, que aquel amigo que siempre andaba en la familia, en realidad se había estado acostando desde hacía ya tiempo con su esposa y que él ni había sido capaz de verlo ni había sido capaz de hacer algo al respecto, pues ver no había querido ver nada más que a sí mismo y en algunos casos, era mejor ni saber ni estar en ninguna parte pues más fácil resulta estar siempre en otro lugar. Y que ella, no dejó de buscar siempre su felicidad, con o sin él.

Fue cuando comprendió entonces que lo que en realidad más deseaba era morir allí mismo, en aquel lago, en aquellas aguas y aquel mismo día, aquel minuto y bajo aquellas nubes, y que ya todo daba lo mismo; que daba igual una mañana que otra, una lluvia u otra, que ya allí jamás volvería a soplar la brisa ni a escuchar al viento entre los árboles, y que ya todas las estrellas del cielo le parecían iguales, y que daba igual donde fuese; en todo momento, ya siempre estaría perdido, ausente y completamente humillado por y de sí mismo.

Ya no había descanso. Ni lo hubo. Ni lo habría. Jamás. Jamás… Pues nadie merece más, el que lo tuvo todo, y no fue capaz de nada más que de sí mismo.

Amén de todas otras muchas cosas que mejor no mencionar pues cuando un barco se hunde lo más adecuado es mantener un respetuoso silencio. Así pues, mantengamos la compostura y guardemos respeto,  meditando al mismo tiempo  sobre todas las cosas buenas que nos ha dado la vida y por las que no debemos emitir ni una sola queja, no vaya a confundirse con que albergamos, “un talante negativo”. Habrá todavía quien piense que la culpa del ahogamiento del pobre y desdichado Alain es debido a la ya tan famosa “Ley de la atracción”, resultando la fortuna un producto entonces de tanta negatividad. Resulta que estupideces hay tantas como demasiadas, por lo que yo sostengo otra teoría. Teoría que no mencionaré aquí…, por el momento. Bien, para ser honesta contigo, en realidad no dejo de hacerlo.

No sé si sabrás, que las desgracias como la que hemos visto siempre visten un magnífico vestido de color burdeos, pues sólo fue ocurrencia de las criaturas del altísimo vestir de negro ante las penurias y las calamidades, singular rasgo de la humanidad que en su perenne simbolismo gusta de asociar la incertidumbre con la carencia de cualquier color. Y color burdeos fue el tono que adquirió una pequeña porción de las aguas pues, nuestra otra protagonista, mediante tesón, envergadura en ideas y talante luchador, consiguió desprenderse al final del anzuelo de la mejor forma que conoce un pez: dando tirones y aguantando lo que venga sin emitir ninguna queja. Algo que sólo sucede cuando cada minuto del día, cuenta.

Y nadó y nadó, furiosa, cruzando las aguas como un rayo atraviesa la atmósfera, dando bramidos de cólera en ese silencio suyo tan propio del reino de los peces, en tanto por el desconsuelo por haber sido apresada y humillada a su manera y en otro, por tanta felicidad de tener una segunda oportunidad. Es la ley del cazador, si juegas, atente a las consecuencias.

Tanta fue su felicidad que, moviendo la aleta con todas sus fuerzas, saltó sobre la superficie del lago dejando tras de sí una espléndida estela de gotitas centelleantes, así, como a cámara lenta; y de tan alto pudo contemplar cada una de las orillas en los extremos y hasta los bosques que se extendían más allá, en lejanas tierras que a buen seguro alguna vez cruzaría, empleando para ello todas las corrientes secretas y subterráneas que cruzan el mundo a lo largo y a lo ancho; algunas muy rectas y otras en zig-zag; algunas alegres y otras más tristes; pero siempre, vestidas también de color burdeos, el color de la aventura.

Azul pues para el conocimiento, burdeos para descubrir el mundo y tenemos un hermoso vestido para nuestra carpa; atuendo que se llevó consigo a partir de aquel día por todas las aguas del mundo. Pues aquella carpa ya jamás volvería a caer en anzuelo, red o trampa; recorriendo en soledad rincones que de tan hermosos algunos de los seres conscientes pierden el aliento, en ocasiones, para siempre. Pero aquella carpa en realidad era muy especial aunque ella no fuese consciente de ello; y más que un asunto de consciencia se trataba de un asunto de memoria ya que aquella carencia, en realidad, había sido su auténtica recompensa.

Pues, según cuentan los indios al norte de esta maravillosa parte del mundo, si un ser humano ha sido una gran persona, si fue capaz de amar, ayudar y cuidar de todos los suyos ganándose así todo su amor y todo su respeto, si ha sido capaz de ser una gran mujer o un gran hombre,  al llegar el momento de su muerte no tiene nada que temer pues, cuentan, al final de tu vida te transformarás en un enorme pez que, internándose en las aguas, será capaz de nadar libre por todos los ríos y lagos que existen, por todos los cursos de agua y por todos estanques de la tierra, inmortal, viviendo así libre y feliz, allí, donde jamás llega hombre alguno, hasta el final de los días del mundo...

El “Big Fish”, el gran pez, que los nativos respetan y protegen ―o que respetaban y protegían en un tiempo donde no nos habíamos vuelto aún todos locos―, no permitiendo que sea capturado jamás, pues saben que podría ser uno de ellos alguna vez o un antepasado o su prima hermana o su tío o lo que es peor, su abuelo o su padre mismo; ya que, sí, casi todos ellos aspiran o al menos aspiraban a ser amados, respetados y admirados como grandes seres, y no a ser valorados por la cantidad de objetos que guarden en la penumbra neblinosa, allí, bajo las oscuras lonas de sus tiendas.

Aquella carpa, en algún momento del distante pasado, había sido alguien que decidió no conformarse y seguir caminando, aprendiendo y lo más importante, no dejando nunca de buscar estímulos; pues algo muere en nosotros cuando nos rendimos, cuando nos abandonamos y dejamos que el sol cruce en espiral sobre nuestras cabezas de forma tan ridícula que parece escucharse, cada vez que lo hace, el pitido de un flautín en ascendente. Algo que siempre me recuerda a una de mis novelas más amadas, Dune, donde en la letanía contra el miedo se habla de “esa pequeña muerte que nos conduce a la extinción total”, producto del miedo en aquel caso, pero que yo entiendo se extiende mucho más allá, pues soy consciente que del miedo brotan muchos de los males del mundo, entre ellos quizás, la ira, el peor de todos ellos.

Pues no hay nada peor que estar muerta en vida; y lo que es peor aún, no ser consciente de ello.

Edanna
24 de julio

 

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La tempestad

“Tiene la felicidad el hábito y tal vez el compromiso de, al menos una vez en la vida, darle la oportunidad a todo hombre y toda mujer de encontrar el camino que le lleve a su propia utopía particular. Una, al parecer, justa oportunidad que en muchas ocasiones pasa inadvertida y que muchos piensan que no se corresponde con la realidad, pues la suerte no atiende a razones ni posee dueño ni soberano, habiéndose ganado el privilegio de no inclinarse ante ningún ser de este mundo.
Resulta la suerte de todos los seres, un ente huidizo, capaz de conceder las mayores alegrías o en contrapartida, arrebatarlas, dejando tras de sí tan solo el hálito de las penas más profundas…”.

“El trono de la reina Valaria”
Por Edanna

             Pasados trece minutos exactamente de las doce del mediodía, hora de la costa este, ―momento perfecto para andar rezando un Ángelus― la veleta en forma de gallo quirico en lo alto del campanario de Hawkesbury comenzó a girar tan alocadamente que algunos de sus viejos y oxidados tornillos salieron despedidos en todas direcciones, con tan mala suerte, que uno de ellos vino a parar el doble whisky con Ginger-ale que Monsieur Jean Claudette se estaba tomando sentado tranquilamente en el porche de su casa en el margen de la única carretera que cruza el pueblo, llena hasta arriba de socavones.

GalloAsí terminó la historia de uno de los tornillos más antiguos que existían sobre toda Norteamérica, pues aquel tornillito había formado parte, nada más y nada menos , que de uno de los soportes del pescante que pertenecía al carro que el general Albert Pike (A.P.), de los estados confederados, había empleado para poner pies en polvorosa ―lo que es un decir pues iba en carro― hacia Canadá, escapando de chiripa tras probar suerte de forma infructuosa en Nueva York; ciudad donde se dan bien los jamones, como bien sabes, pero que no destaca por su hospitalidad precisamente.

Cómo acabó aquel histórico tornillito coadyuvando a sujetar la dignidad del gallo en lo alto del campanario en su función de indicar a todas aquellas compasivas, regulares y diabólicas personas la dirección de donde sopla el viento, es un completo misterio; pero extrapolando en cuanto a las necesidades y a las motivaciones de las gentes de la época en su afán por aprovechar hasta la última migaja del pan de la mesa para hacer un puchero, se puede entender que las nociones de reciclado datan desde hace ya varias centurias, por mucho que nos lo quieran vender como una manía más de la era de Acuario.

Del Whisky pasó a un lugar donde, curiosamente, también se extienden las sombras en todo el sentido de la palabra ―expresión que, como habrás notado, resulta de mi entera satisfacción―. De allí la antiquísima piececilla de herrumbroso metal sufriría una suerte mucho peor pues, más tarde, se deslizaría a través de estrechas tuberías hasta los confines del mundo, allí donde se esconden y ocultan todas las cosas “indignas” del ser humano; no sin antes provocar una de las peores gastroenteritis en el “regular tirando a ahí-ahí”  de Jean Claudette.

Pero antes de que todos estos sucesos tuviesen lugar, esas mismas cañerías iban a soportar uno de las convulsiones más intensas en toda su historia de fatiga de materiales, lo que un par de años más tarde ocasionaría uno de las roturas más espectaculares, y con uno de los efectos más catastróficos, que se recuerdan en la región aunque sin daños personales ni víctimas que lamentar.

Pues sin avisar sobrevino La Tempestad, que removería los cimientos de la tierra en aquella región como nunca lo había hecho antes tormenta, borrasca o tornado alguno, y que la naturaleza dictamina ella solita cómo y de qué manera ha de suceder, sin necesidad de andar perdiendo el tiempo preguntando por ahí. La tempestad pues, a mi juicio, debe ser seguramente varón ya que los mapas los entiende todos y jamás osa interrogar a nadie con la intención de pedir indicaciones sobre esta o aquella dirección; no vaya a ser que la tomen por turista.

No se recuerda o tiene constancia de que hubiese antes una tormenta peor de los últimos setenta años y eso que muchos de los ancianos de la residencia para mayores Marie Carillon pusieron un gran entusiasmo en discutir acaloradamente hasta bien entrada la madrugada ―mientras el viento azotaba los cristales de forma salvaje― sobre si esta fue peor que la del 48, que si la del 56, que si aquella o la otra o la de más allá, o la del año bisiesto aquel en el que había ganado Nixon y el todopoderoso había desatado algo de su furia por todos aquellos acontecimientos tan vergonzosos para la historia de Norteamérica, “el Señor la tenga en su gloria”.

Pero, pese a su férrea sujeción a base de remaches de acero  ―y que llevó a la tumba con una sonrisa de satisfacción, “por una tarea bien hecha”, al bisabuelo de Phillipe, uno de los panaderos del pueblo y cuya madre hace unos “Avoine” que están de morirse―; a pesar de las firmemente clavadas planchas de estaño sobre las gruesas placas de madera de la torre en forma de lanza, y que sujetan a su vez la base del gallo de metal ―que una vez terminara de fundir la hija del herrero por aquel entonces pues, en ese momento, aquel pobre holgazán estaba completamente borracho durmiendo sobre un montón de sacos de nabos (una chica que más tarde se convertiría en una importantísima escultora y cuyas obras en fundición llegarían a recorrer el mundo)―; pese a los más artesanales avances en materia de sujeción de veletas en lo alto de campanarios, aquel gallo pudo experimentar por primera vez en su metálica y oxidada existencia la alegría, qué digo alegría ¡la absoluta felicidad! de poder revolotear sobre los tejados del pueblo, sobre los campos y sobre las aguas del turbulento río que siempre contemplara desde su atalaya de privilegios.

Pues por vez primera aquel gallo fue tan, tan, tan feliz, que pudo surcar los cielos para su deleite y satisfacción al igual que sus hermanas, todas y cada una de las aves del cielo, tomado en los brazos de los fuertes vientos que aquel día se desataron sobre el pueblo...; antes de ir a clavarse, con precisión quirúrgica, sobre la destartalada cabaña de herramientas en donde la vieja ―y casi siempre borracha― Madame Theress había enterrado, bajo las tablas del piso, un enorme tesoro en forma de monedas de plata que databan de La Guerra Civil Americana; la misma que le costó un serio disgusto al Señor Pike, haciéndole huir hacia el norte en aquel carro suyo tan bonito, con sus iniciales grabadas y todo en el pescante con letras doradas… y que ya he mencionado con anterioridad.

La cabaña, atravesada con exactitud justiciera, quedó completamente destrozada, mostrando tan solo a un enorme gallo de metal sobresaliendo por el tejadillo con las patas vueltas para arriba, y que para la vieja Theress tenía cierta semejanza con una enorme espadón portado por al arcángel Miguel que una vez viera al visitar una de las iglesias en la región católica, al otro lado del río. Tras estos sucesos, aterrada por tal certero designio divino, tan claro y evidente como un destello de magnesio en un pasillo a oscuras, la señora donaría posteriormente todo aquel buen montón de plata a la residencia de ancianos local y ya no dejaría de visitar de forma regular la iglesia hasta el día en el que, ya un poco más sobria, se despediría de este mundo… también un poquito más tranquila.

Mientras tanto, no muy lejos de allí, una preciosa vaca Ayrshire llamada Reina Victoria en honor a tan distinguida monarca (sin tener muy claro sobre quién recae el honor exactamente), de pelaje castaño y blanco y que pastaba tan feliz como una lechuga recién regada en los verdes campos del condado, sintió en la punta del rabo el advenimiento de los nuevos vientos que soplaban sobre la región y que en ese momento hacían reír de alborozo a un gallo eólico no mucho más allá de donde alcanzaba su vista. En su instinto milenario, transmitido en la enciclopedia secreta de toda su ascendencia materna y paterna, se iluminó la idea consciente de que algo bueno y valiente estaba a punto de suceder, lo que la hizo mugir de satisfacción pues, ¡caramba!, ¡ya era hora de que pasara algo! Viendo que todo estaba bien, asintió, pues se dio cuenta de que todo estaba siendo ordenado tal y como ella misma ―así constaba en su memoria genética― un día había decidido en el principio de los tiempos al crear el mundo, llenándolo de verdes pastos para todas y cada una de sus amigas y amigos. “Compartir es vivir”, se repitió a sí misma una vez más, satisfecha de su suerte y de la sabiduría de sus ancestros.

Pasó por allí una pequeña mofeta de pelaje negro y brillante, con su banda lisa y clara como un rayo de luna, y un amor desmedido por la fragancia de-todas-las-flores-de-todos-los-campos-de-todos-los-prados-de-este-mundo. Allí se deleitaba con el paisaje más  maravilloso de toda la tierra y en su rostro, resplandeciente, se adivinaban los primeros efectos de aquella nuestra, como veremos, ya algo mágica ventisca. Si no era pariente del de Bambi poco, realmente poco le faltaba.

Al escuchar el feliz mugido reparó en la preciosa Ayrshire ―cuyo bisabuelo por parte de madre, por cierto, había ganado un montón de premios y había engendrado a todo un rebaño enterito, moscas incluidas― nuestra preciosa mofeta descubrió que no hay en este mundo una mirada más dulce y enternecedora que la de una vaca pastando sola en un campo de más de 2.000 hectáreas. Y así, sentándose cómodamente sobre los tiernos tallos de hierba, se dispuso a contemplar a su nueva amiga y a tratar de cantarle canciones en su secreta y hermosa lengua. Yo no hablo de amor carnal ni mucho menos, mundo este empeñado en psicoanalizarlo todo y en retorcer mediante las crueles clavijas del cinismo el más simple de los gestos; yo hablo de pura y simple amistad, de cariño inmenso e incluso, de amor auténtico; aquel que permite que dos seres puedan estar el uno junto al otro sin preocuparse por lo que estén comentando en ese momento en ninguna red social, y no ese amor que venden desde hace ya bastante tiempo en todas partes como un producto más de consumo.

De todo aquel amor mutuo y de aquella amistad coqueteando con el murmullo apagado de un fuerte viento del nordeste, surgió una de las relaciones más extrañas que se recuerdan en mi extensa colección de mitos, y que ya detallaré en profundidad en alguna otra ocasión. Basta decir, que nuestra preciosa vaca empezó a producir más leche de lo habitual y con unas características un tanto “especiales”.

Un poco más al oeste, en el otro extremo del pueblo, Madame Lorraine se afeitaba las piernas con una Gillette a la vista de todo el mundo, pues tal era su costumbre, sentada en un sillón de mimbre en el porche de su casa; también junto a la carretera que atravesaba el pueblo, hasta arriba de socavones. Una costumbre que mantenía desde que se tiene recuerdos de sus, antaño, bonitas piernas. La señora lo vio venir como quien ve llegar a la estampida, no teniendo sin embargo, el suficiente tiempo para poder reaccionar. La fuerte brisa, cálida y seca, la envolvió por completo, manos, piernas y Guillette, haciéndola salir disparada en busca de su marido al enorme silo de grano donde sabía que podía encontrarlo en aquel momento. Allí lo encontró de hecho, un poco confuso y algo atontado por el súbito vendaval que se estaba ensañando sobre la parte superior del silo que se elevaba sobre los campos como el más orgulloso motor cohete del programa Apollo. Allí lo llamó una sola vez por el mote que le tenía desde antes de casados, que hace lustros que no empleaba, y allí yacieron sobre y entre un montón de mazorcas de maíz, toneladas de avena y montañas y montañas de tomates que se fueron espachurrando para deleite de los dos recién reunidos amantes pese a haber dormido juntos cada noche en la misma cama los últimos 33 años.

La noche de aquel mismo día, un muchacho de ojos tan negros como el fondo de una lata de café se encontró la ventana de la habitación de la hija de los Lefebvre abierta de par en par pese al vendaval, y una velita sobre el alféizar que, de forma inaudita, no se apagaba bajo ninguna circunstancia. A buen seguro que en ningún otro momento el chaval se hubiese atrevido a escalar como un gato por el rosal, arañándose hasta los límites de la realidad,  y a asomar la nariz por la ventana de la que, desde hace más de dos años, conseguía sacarle los colores con una sola y única mirada. Un destello que tenía lugar en cada momento que esto sucedía y que parecía atravesarlo como un hilo incandescente atraviesa el poliestireno. Desde aquel día sus miradas seguirían provocando el mismo efecto al cruzarse, aunque por razones más relacionadas con lo que se desarrolló a partir de aquella tarde. Un muchacho que nunca tuvo que buscar en ningún otro sitio al amor de su vida es un hombre con suerte.

En la residencia de ancianos Marie Carillón, la discusión se estaba prolongando hasta bien entrada la madrugada. Para Jean Louis no importaban demasiado las razones por las cuales no había llovido el año que ardió el ayuntamiento hasta no formar más que montoncitos de cenizas de no más de dos palmos, o de si el año que se cayó el árbol sobre la casa del alcalde por designio divino no se recogieron más de tres sacos de avena por hectárea y de si las vacas habían dejado de dar leche mientras el alcalde, escayolado de pies a cabeza, maldecía a todos los tabernáculos del mundo en donde se obrara el santo oficio.

Como autista que era, Jean Louis sólo atendía a sus propios asuntos hasta que, de la mano de otra residente que hasta el momento también había vivido sobre la árida superficie de la luna que formaba todo su pasado, allí donde las luces del atardecer se funden con las del amanecer en el despertar de un crepúsculo que danza junto a la aurora en un abrazo tan único como especial, subió las escaleras hasta sus vacías, y por muchas horas más tranquilas, habitaciones para entregarse a una danza desconocida pero sublime. Una danza que le ha dado al mundo su color y forma lo que es, lo que debería ser y todo lo que será alguna vez en un futuro distante.

Más tarde se desatarían otros acontecimientos que es muy digno de comentar, pero que por extensos, dejaré para otra ocasión. Baste decir que la leche que servían en aquellos humeantes tazones cada mañana provenía de la misma granja en la cual Reina Victoria pastaba alegremente mientras charlaba junto a su nuevo amigo. Y que el dinero de un tesoro escondido ayudó a restablecer antiguas costumbres y hasta lujos largo tiempo olvidados en aquel mismo lugar.
Pues aquella tempestad cubrió de horizonte a horizonte las praderas más verdes que jamás había visto en toda mi vida como un paraguas que describiese su propia sombra indistinta, una sombra que, sin ser ni demasiado amenazadora ni demasiado guardiana, oscureció cada rincón, iluminándolo al mismo tiempo de un nuevo influjo; el que sólo puede encontrarse en todo aquello que es producto de la pasión.

Porque aquel día tan especial, pocos días después de ese otro día en el cual los habitantes de la región se consagran en dar las gracias al todopoderoso ―algo a regañadientes eso sí― por los dones que éste hubiese concedido a lo largo de todo el año ―también a regañadientes, lo cual termina con el asunto en tablas por ambas partes―, sucedieron unos sucesos que de tan extraños algunos prefieren callar y otros más que callar lo que no consiguen es evitar ruborizarse al recordar algunos de ellos. Pero, mucho más que menos, por alguna extraña razón toda aquella furia producto de una tarde de tempestad, única rúbrica que le da al mundo la personalidad que necesita en cada instante, sólo trajo cosas buenas y hermosas que, flotando levemente, vinieron para depositarse de forma imperceptible sobre cada tallo de hierba, sobre cada ramita cubierta de escarcha y sobre los tejados de un buen montón de personas que sueñan tal y como hacen casi todas las personas de este mundo.

Aquella extraña tempestad trajo sobre aquel buen montón de tejados un buen montón de caos, un algo de locura, una pizca de deliciosa demencia y toneladas de delirantes pensamientos. En todo ello había también un poco de amor, bastante de hecho, aunque nunca parezca suficiente.

Pero lo que de verdad allí hubo aquel día fue, con gran diferencia, una insólita, inesperada y enorme cantidad de pasión. Una pasión que jamás se hubo visto antes. Que ni es tan amenazador como lo pintan algunos ni tan dañino si no se pierde el control, que siempre resulta tan delirante, amado compás que al viento ayuda a mecer este nuestro mundo dándole lo que lo sostiene y en todo esto…, en todo esto yo, por más que me esfuerzo, por más que lo intento, aún no consigo acostumbrarme a estar sin ti... Porque si es verdad lo que dicen de que el mundo tiene su propia banda sonora, resulta que en la pasión está la percusión, dándole ritmo a todo el conjunto; pues son sus latidos los únicos que la ayudan a respirar cada día; igual que a mí.

No es del todo cierto que no haya siempre una causa en lo que concierne a los asuntos de la naturaleza puesto que, en ocasiones, misteriosas fuerzas operan más allá del entendimiento y cuyo propósito no conseguimos imaginarnos siquiera. Lo más misterioso de este caso en concreto y que todos, excepto tú y yo, desconocen hasta ahora es que todo aquello tuvo un punto de origen.
Ya que, y no se lo cuentes a nadie, al caer el sol tras otro hermoso día, nuestra querida vaca Reina Victoria entró en el establo y se percató de que en una esquina estaba otra vez la hija del granjero jugando entre la paja, como solía ser habitual desde hacía ya algún tiempo. Allí, desde hace también algún tiempo la niña escondía su pequeño tesoro. Algo que mantenía oculto en un pequeño escondrijo del viejo establo, repleto de lugares maravillosos para que un niño encontrase allí todo lo necesario para dejar volar su imaginación.

La niña mantuvo la tapa ligeramente levantada hasta que el último jirón de niebla volvió a meterse en la cajita de madera. El rostro de mujer tallado sobre la tapa parecía sonreír levemente ahora, habiendo perdido parte de su característica seriedad junto a una pizca de cinismo y que le otorgaba un aire tan enigmático como extraordinario, pareciendo desprender por sí misma todo un mágico influjo que se transcribía en absoluta fascinación.

Pues la niña había encontrado hace días aquel pequeño objeto con el detalle de un rostro tan inexpresivo como enigmático tallado en su tapa, y cuya femineidad parecía contemplarte trasfiriendo un cierto aire de desdén, mientras jugaba entre los restos de un viejo carro de caballos que desde hace muchos años se mantenía bastante olvidado entre otro buen montón de trastos. Regalos del pasado que yacían, como tantos otros, en lugares olvidados del presente. Para su asombro, hurgando en lo que una vez fuese el pescante del carro ―y donde aún se podían leer las iniciales A. P. talladas en lo que tiempo atrás fueron unas bonitas letras doradas― descubrió que éste disponía de un doble fondo y que allí descansaba un pequeño tesoro olvidado envuelto en un gran pañuelo bordado con encaje sobre el que no parecía haber transcurrido el paso del tiempo.

Cada vez que la abría, ésta exhalaba un leve vaho que a los pocos segundos se transformaba en una vaporosa neblina la cual, bajando por sus piernas y extendiéndose sobre el suelo, parecía anhelar tanto como ella recorrer el mundo entero explorando cada uno de sus rincones. Pero lo mejor de todo es que desde que comenzó a abrirla empezaron una sucesión de cambios y una consecución de hechos inexplicables, con frecuencia bastante divertidos, que transformaron su vida en un camino del que jamás antes ningún otro niño o niña de este mundo tuvo siquiera oportunidad de experimentar.

La vaca Reina Victoria, viendo todo esto, asintió una vez más, satisfecha, mientras mugía de satisfacción rumiando al tiempo otro bocado que aprovechaba desde la merienda, repitiéndose a sí misma que todo iba viento en popa e iba saliendo como ella y sus antepasados habían planeado.

Tras el paso de la tempestad ya nada volvió a ser igual en el condado, y aunque su influjo no fue casualidad, sí es verdad que la misma naturaleza tuvo su propio libre albedrío para tomar unas cuantas decisiones por sí misma aquel día. Decisiones que, junto al imperceptible guiño de un pequeño dios olvidado, transformarían para siempre las vidas de las gentes marcando un nuevo destino a partir de aquel momento. Especialmente para una niña que más adelante sería consciente de que el norte magnético de su propia brújula estaba más allá, en un lugar mucho más especial y muchísimo más fascinante, que el del resto de sus semejantes.

Edanna
10 de julio

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