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radio television

Todas las cosas jamás soñadas...

Narraciones, textos literarios y anotaciones nacidas del proceso creativo.
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Último poema de primavera

Sé en mí,

como el rumor eterno de los vientos helados

Y no pases lo mismo que las cosas huidizas

como un júbilo de flores

 

Consérvame en la firme soledad de las costas

abruptas y sin sol

y de las aguas grises

 

Que dulcemente hablen de nosotros los dioses

en los días futuros

Y las sombrías flores

de oro te recuerden

Edanna

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El son de tus alas (I)

Dyss, sello general

            A Erynn la conocí, como no podía ser de otra manera, tras el comienzo de la primavera; a mediados de la primera estrofa, durante el mes de Kaleth “el grande”.

Aquella nueva estación prometía ser un año repleto de ilusiones por todas las cosas nuevas, y de buenos recuerdos por tantas otras cosas que ya quedaban atrás.

Mist womanFue esa una primavera anunciada de forma prematura por las aves de toda la región que, exhalando los aromas de la tierra, se percataron antes que nadie de la llegada de la buenaventura. Siempre mis preciosos pájaros, portadores de noticias, predecesores de lo que el viento se lleva consigo hacia las esquinas del mundo.

Tras dejar un año de codiciosos fríos y gélidas ventiscas, la fatiga se había extendido hasta los rincones más oscuros resguardados bajo las oquedades del mundo. Por todo aquello, la llegada de una “narradora de vida” significó en aquel momento un gran acontecimiento.

Yo había pasado todo aquel frío año en el refugio, al sur, allí donde las formidables esfinges vigilan el canal. Y sólo de forma reciente había comenzado a buscar mi fortuna por todos los puestos civilizados, mucho más allá del límite del país de los hombres-caballo.

El invierno había sido especialmente duro por todas las regiones, dejando su huella por todas partes. La población de los asentamientos había menguado en un dos de cada diez en algunos sitios y de manera especial en las localidades más pobladas. En estos casos la dispersión parecía favorecer las posibilidades de supervivencia.

Así pues pude percibir, mientras deambulaba con mi laúd ofreciendo mis canciones y poemas, lo que muchos demostraron como agradecimiento; unas veces de forma torpe y brusca, y otros en cambio, con una exquisita galantería que en alguna ocasión incluso resultó ser del todo sincera.

Recuerdo que estaba en un campamento frente a las murallas de Caer Cruachan, “la ciudad de los diez mil bastardos”...

A las gentes, en Dyss, les encanta fijar cantidades y así hacer montoncitos. Aparentemente, ello constituye una pista útil para saber a qué atenerse... Lo cierto es que yo no recordaba el porqué de la puntualización, más bien fruto de las manías, y no me apetecía mucho ni recordarlo ni indagar sobre el tema.

Por el campamento rondaba gente de la peor calaña con la que había que trazar una raya y ponerse a esperar, con un palo en la mano, a que la cruzaran; todo ello sin caer dormida durante la espera, porque si no, estabas muerta. En cualquier caso yo tenía siempre a mano las dos hojas afiladas que siempre llevo conmigo —baste decir que una es más corta que la otra—, y su visión servía para disuadir a la mayoría.

Pero, por desgracia, las minorías y los temerarios eran siempre el problema. Con éstos, el problema era siempre el instrumento musical y el sexo femenino —no sé muy bien en qué proporción—, que parecía hacerlos actuar como por resorte y anhelar la muerte tras pretender corregirles los malos modales. Sobre esto tengo que añadir que algunas hembras no eran mucho mejores.

Por todo esto no albergo ninguna alegría pues, detesto la visión de la sangre.

Aún así, no me encontré con serios problemas durante aquellos días. Incluso entablé amistad con una gran familia de campesinos que habían vendido sus tierras para marcharse al norte, a las regiones cálidas. A mí el proyecto me pareció una alternativa razonable. Sus hijos me tomaron cariño —y yo a ellos—, mientras las agujas del dolor volvieron a aflorar en mi corazón al volver a ser consciente de mi incapacidad de tener descendencia propia.

Por lo tanto, ya fuera en aquel entonces por el despiadado invierno que finalmente había quedado atrás, por las duras condiciones de vida en toda la región, o simplemente, por el debilitamiento de la fuerza de las ilusiones —en el siempre arduo propósito de salir adelante—, sucedió que la llegada de la narradora significó para aquella gente todo un acontecimiento. Un acontecimiento que fue recordado largo tiempo y que significó mucho para buena parte de los corazones que allí compartían las frías noches de todos sus temores.

Vino del oeste, no recuerdo de qué lugar en concreto y como ya comenté, se llamaba Erynn.

Alta y delgada, con una trenza larga y negra que le llegaba a la cintura, marcó un paso dueño de toda la elegancia que el mundo dispone sobre cada individuo para tomarlo o dejarlo. Ella, había optado por tomarla y hacerla suya;  inaudita en aquellos parajes y sentida, por muchos, como un don sobrenatural de la tierra. Un don que sólo se concede a unos pocos elegidos.  

He de decir que me impresionó profundamente la prestancia de aquel talante, y de la importancia de su cometido en el mundo que me rodea. La narradora de vida es un símbolo en Dyss, una esperanza y, siempre, un regalo de bienvenida.

Entre los miembros de su orden, la distinción era un rasgo muy característico, que las diferenciaba desde el primer instante en el que tomabas contacto con cualquiera de ellos. La narradora pertenecía a la orden de “Las hijas de Edith”, como se las conoce, en honor a la centinela dueña del conocimiento y de todas las historias que han de ser contadas. Hasta en los rincones más oscuros son las encargadas de llevar todo cuanto se conoce, a fin de no olvidar. Pues resulta que el olvido..., es esa pequeña y única muerte que existe en el mundo, si no se hace algo para remediarlo.

Mediante un semblante de aspecto serio, algo grave, y a través de unas facciones redondeadas, de finas cejas y boca pequeña, se revelaba un cutis delicado, resaltado por unos profundos ojos negros. En su mirada había reflexión, inteligencia y la templanza que caracteriza a las narradoras, grandes conocedoras de los caminos del alma de muchas criaturas.

Sus manos eran pequeñas y refinadas, tan finas como el conjunto de todas sus facciones y siempre, aquella mesura en todos sus gestos, en la exquisitez de todos sus movimientos. Tan importante era el control de su cuerpo que más que andar parecía estar danzando.

Portaba dos bolsas de cuero propias de la orden: una escarcela, donde llevan algunas de sus pertenencias, y la tabana, la funda para el arma tan característica que utilizan; una extraña cadena reforzada en forma de estrella que esgrimen con suma pericia.

Completaba su atuendo con un largo vestido de viaje de color azul —que en todos los lugares se asocia con el del conocimiento—, de larga falda y un corpiño sobre el que llevaba un capote de amplia capucha, ribeteada de piel de zorro. Negociaba los andares con unas largas botas que probablemente desaparecerían por encima de sus rodillas y de las cuales, por lo que pude apreciar, un serio desgaste me reveló que habían recibido un buen uso.

Tengo que admitir que me sentí torpe y poco agraciada si me empeñaba en compararme con ella.  Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde para eso; me sentía como una vulgar mujerzuela sin demasiadas luces y peores maneras, carente de las cualidades de una gran dama—lo que en parte era del todo cierto— y desprovista de atractivo; pues pese a que no me consideraba fea, tampoco es que deslumbrara por mi belleza. Pero me repuse, me reprendí durante un buen rato —más bien un rato bastante prolongado—, y acto seguido, aguardé a que encontrara el lugar adecuado para comenzar su labor.

Continuará...

 

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna

 

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Las tierras de Dyss (canción de amor)

Dyss, sello general

Canción de amor

(Versión íntegra revisada)

De ti tan solo me quedé con los pedazos. Trocitos menudos que guardé en una caja de recuerdos.
El prisionero en el roble se encerró en sus telarañas de oro, un invierno donde una vez más guardé todos mis tesoros, bordados de lilas oscuros, dorados meticulosos y cadenas, que no adornaron más que las esquinas olvidadas del fondo de este arcón.

Donde ya no había ni arriba ni abajo, sólo me llegaron rumores cuando aparecías por los lados, pinchándome el alma con los aguijones del recuerdo. Silenciosos golpes que acogía con cuidado, cuando me recordabas que añorarte era inevitable, y olvidaste tan pronto todo lo que escribimos juntos en aquel cuaderno de esos días de verano.

No sé cuánto tiempo pasó desde aquel otro invierno, en el que la lluvia nos dio tantos momentos de ternura. Qué intensos fueron los besos que cubrieron aquella tierra con tus versos, y despojaron la hierba de sonrisas inútiles, de dolor y de pesares... Peticiones inútiles, palabras apresuradas y versos que quedan en el silencio de una caja de roble. Dulce momento que no tiene quien lo lea, es papel mojado que discurre por la calle del adiós.

Yo no sé que tengo que sentir, para que mis días sean de alegría.  Por tener algo tengo el silencio, y las promesas de que no hubiese olvido ni tristeza.

El tiempo es un enemigo largo y tendencioso, que nos supera en el examen más estricto.

Si en los bosques no oigo tu sonido, desespero, cuando no escucho más que el susurro de las horas, lentas, y los momentos que estuvieron bordeados con el rosal de tu triunfo.

Como empecé esto quiero abandonarlo. Con tanta ilusión como derrota de no existir más que en comentarios. Esta tristeza me mata, este dolor me desmorona. Por sentir no siento más que el silencio de mi deshonra.

Una vida herida y dolorosa de cuerpos destrozados ante la ignorancia, la mente rota, la vista clavada en esa araña que corretea por la pared de la memoria; pintada de blanco, del azul y del violeta. El lila que fue mi pasión no es más que yeso desmañado. Por un sollozo tuyo entre mis brazos... Quiero terminar todo esto, y no me lo permito.

Te veo andar por los pasillos, y cierro los ojos por no ver cuando al cerrarlos, veo más que en la vigilia. Coger tu mano, dejarme dormir. Soñar contigo, en el tacto de ese susurro. De aquel adiós. De los silencios. De la espesura de los recuerdos.
La maleza de estos días se funde con las sombras, trayendo pesadillas. Pesadillas y recuerdos. Olvidos y melancolías.

No hay más lluvia que ésta, no hay más. Y más no quiero contestar, no tengo respuestas más que de mi locura. De mis días y mis noches. De este abandono. De esta sustancia de la que me disuelvo.
Me diluyo en los charcos de madrugada, soy la gota que resbala por el cristal.
No quiero seguir pero quiero amar.

Y sin la ayuda de mi otro viento, en todo esto no hay más, no consigo continuar...

***

Volvieron los brillos a llevarme de vuelta a mis tierras del sueño.
Dyss prodigiosa que no quiso nunca ni amo, ni dueño.
Allí quiero morir, acurrucada en la llanura. De hierbas verdes y altas.
Con el Viento del Oeste, cantándome canciones de cuna.

Las luces que surgieron de esa tierra me llevaron,
de vuelta al lugar que nunca debí haber descuidado,
pues Dyss fue la tierra que me vio nacer.
Allí morí, allí moriré. Y todo, sin haber logrado,
no hacer más que amar y yacer, desesperada por mis fracasos.

Quiero darle forma a mi país, para renacer en forma de árbol silencioso.
Ver pasar las estaciones y esperar, por una lluvia u otra, la llegada del ocaso.
Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, y estar allí, donde se arrullan sus ramas.
Y no tener más que raíces, hojas al viento y ramas, para cubrirte.

Que mi sombra sea tu sereno reposo, que mis palabras sean tu descanso.
Este cuaderno está lleno de esbozos de mí, pero hay más, que no he contado.

Una tierra que no tiene ni dios ni mapas. No hay caminos, ni vallas.
Ni hombres ni fronteras.
Tan solo marcas en un horizonte al que llegar, lugares distantes que explorar.
Desiertos inacabados, bosques frondosos y valles lejanos.

Yo te ofrezco un río, un campo, un pueblo de hombres caballo.
El vaivén de mis ramas, el rocío en tus pestañas.
Este mundo es tuyo, no le impongas leyes ni nombres.
Yo te lo doy, pero no lo adores, ni lo ames, ni lo odies...

Porque es todo cuanto queda de mí, y no ha hecho más que empezar.
Está hecho de ti, y de ti. Está hecho de pedazos, que guardo en el fondo de una caja.
Todo cuanto fuiste está aquí. Gracias por haber estado ahí, pues tú le diste forma,
a la tierra donde sembré el árbol, que ahora te regala su sombra... 

Edanna

 

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Tiempo roto (revisión)

(Canción fúnebre de La Tierra de los Mil Pájaros)

Por Edanna

 

Un tiempo roto se tropezó en lo alto
Niebla de olvido y pérdida lo envolvían
Dile a la roca sin sombra
Que me excluya de su viaje a través del tiempo
Dulces palabras llenan los jardines, y en los cántaros resplandece
Un agua que enciende todos los fuegos del mundo

Una llama consumió los pastos de aquel mi viento gélido
El rumor de ese llanto anegaba los rincones
Las bestias se escondían en agujeros profundos cuajados de diamantes
Silencioso grito a través del viento
Airado rumor llevado por susurros de escarcha

Dile al viento que me consuma
Dile al fuego que apague este momento
Dile al agua que me seque las lágrimas
Y en la  tierra del confín del mundo
No hay espacio para albergar toda esta locura

Locura de un mundo sin roca
De un viento sin alba
De una noche sin luna
Y de una luna sin alma

En  las aguas arrojé el manto a las olas
Mi llama ardió, devorándome
Y ese rumor eterno de un viento helado ahoga mis súplicas
No hay descanso
Si tienes frío, me quemo
Si ardo, te congelo

Un tiempo roto me espera
Un instante y se me ha olvidado…
Me dejaré llevar por el susurro de la fragancia de este tiempo
En la sonrisa de una noche cálida
Espero el rumor del viento de la costa más lejana...

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En el inicio...

Niñoroto…, pensé largo tiempo, mirando el espacio ya vacío. Y recordando al viejo y mítico ciervo del asta rota. La vieja leyenda del ciervo que te guía a una senda oculta, e inicia una leyenda, siempre pagándolo con el precio de su propia muerte.

Y fue cierto, que de aquel parto de pájaros de otoño, en el año segundo del hielo en los árboles, nació la tierra que ya conocíamos. Que una vez sólo viera en los brillos, en los trozos de hielo, en los reflejos dorados.

Todas aquellas veces que mi mente había volado; el brillo del hielo en un vaso, en un cubierto lustroso, en un pasamano pulido, provenía de aquel recuerdo. De aquel dulce momento bajo los árboles, donde amé más que nunca en todos los días de mi vida. Y comprendí que ese brillo fue, el que se quedó en mi retina y que me hacía volar, como un pájaro por las tierras de mis sueños. Aquel brillo en las agujas de los árboles. Y que siempre viera en todas partes. Evocaba y trasladaba mi imaginación, alentándola, expandiéndola, y creando cada día el mundo que me había propuesto dar forma.

Y que siempre se llamó y se llamaría: "La Tierra de los Mil Pájaros".

Yo desperté, una vez más, para encontrarme sentada, absorta, en la mirada de los reflejos luminosos de una ventana. Una ventana por la que se contemplaban las gotas de lluvia incesantes y que caían también en una tierra que se extendía más allá de todos los espejos, con un cielo siempre cubierto, de miles de aves...

 

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La espiga

Los días quince, dieciséis y diecisiete llovió sin parar.

Cuando la gente volvió a salir de sus casas un cielo azul asomó más allá de las montañas desde dondequiera que hubiese estado escondido, tras unos días de meditación que no le vinieron mal a unos cuantos, y que pusieron en orden las relaciones conyugales de no precisamente otros pocos; pero menos que los que, más que ordenarlas, las extraviaron.

Pero lo más sorprendente, lo más misterioso, lo más interesante..., fue que cuando salieron de nuevo al exterior, entre aromas de hierba fresca, las hojas de los árboles finalmente habían brotado para la nueva estación.

En tres días un universo euclidiano de esmeraldas como la palma de tu mano revistió la totalidad de las ramas tras unas lluvias de primavera algo erráticas, engarzadas a los troncos con aún humor de otoño, dejando el frío y largo invierno definitivamente atrás, hasta el advenimiento del fin del próximo verano.

espiga-edanna...Tres por cuatro como una pauta de ligero trote es el paso de las estaciones, cabalgando tan rítmico que no conozco hormiga alguna que no guste de seguir el compás. ¿Conoces tú alguna?

En la “AutoRoute 15 Nord”, alguien arrojó por la ventanilla un paquete de cocaína en un claro intento de preservar su supervivencia. Rebotó cuatro veces en la cuneta, entre latas de cerveza con sabor a escarabajos y empapada por los días de lluvia; rodó por el terraplén hasta el borde del arroyuelo donde una pequeña brecha en el plástico convirtió el paquetito infame en un divertido reloj de arena que comenzó a contar el tiempo hasta el final de su agonía.

Por allí pasó un mapache que, intrigado, olisqueó el suave polvillo dándole un toque invernal a su envidiado morro ideado en mejores días de carnaval. Se sintió tan feliz, que salió disparado dejando una humareda tras de sí, bailando al compás de algún carillón lejano que señalaba las dos menos cuarto. Cuando avanzaba a través de un campo de tonalidades expresionistas surgieron algunos incendios que posteriormente se adormecieron cuando al dar las "y diez" de cada hora, cayeron puntuales sus gotas de lluvia.

Cuando llegó al pequeño laguillo que bordea la granja de la familia Lefebvre, se fijó en una oscilante espiga recién nacida toda ella de primavera. Tan sinuosa, tan elegante, una cimbreante criatura de pura belleza que danza junto al otro viento que habrá de acariciar tu rostro alguna tarde, cuando menos te des cuenta, azuzado con el encanto de la misma distinción. Una espiga que retiene su nombre entre las intimidades de su tallo amarillo aún sin ser julio, por los sueños de algunos niños que juegan alrededor de ella bajo la luna.

Bajo la luna..., aquel mapache se enamoró. Alzando la voz, le comentó a unas nubes que pasaban que nada de aquello estaba del todo mal. Que si no era ahora, que fuese para noviembre, y que su traje de etiqueta nuevo de la tintorería para las noches de verano, podía esperar...

Pues... ¿qué prisa hay?, se preguntaba, mientras bailaba siguiendo los ondulantes vaivenes de la nueva compañera en lo que parecía la perspectiva de un prometedor y próspero largo verano.

Noviembre, mi noviembre..., de blanco invierno tendrá la dama que esperar pues, ¡ay! “Quién contemplará ahora las olas bramar, entre la mar centelleante...”

Aquel era un tallo patrón, de cuando la tierra conocía el silencio suficiente para que hablaran las piedras entre sí, escuchándose en paz y sin molestar demasiado a las bandadas de aves migratorias. Tan bien proporcionado y con todas sus aureoladas hojas recibiendo el sol de cada mañana como si fuese cada uno algún preciado secreto que salvaguardar entre los pliegues de un pañuelo bordado de seda.

La seda de la que están confeccionados todos nuestros recuerdos...

A pocas yardas hacia el sur, se recostaba lo que parecía un granero destartalado, de oscuros tablones a modo de paredes y sombrero oxidado de chapa algo despintada ya, por decirlo con cortesía. Dentro, habían pernoctado generaciones de caballos, algunos héroes de guerra con un hatillo como único equipaje, amantes, nobles, plebeyos, ¡y hasta una garza!, que una vez vino a parar aquí aquejada de dolores en las plumas dorsales y se quedó a pasar la noche, aunque sin poder cenar.

Allí fue a parar nuestro protagonista. Un mapache de talante incierto pero con buena voluntad, fue presto a dejarse llevar por la pasión y siempre amante de la más hermosa flor que crezca en un prado bordado en terciopelo.

La espiga, la que crece, la que danza en todos los prados, siempre hay un prado para cada uno de nosotros, aguardando, aguardándote, sí a ti, que no entiendes una sola palabra de lo que te estoy diciendo. Para ti hay también un prado, aguardándote, un lugar mejor. Siempre hay un lugar mejor.

Era cierto, no nos engañaron. No nos mintieron los cuentos. No nos engañaron las leyendas...

Porque Lavondyss... Lavondyss sí, Lavondyss..., existe, sí, existe..., está ahí, en algún lugar, en algún lugar, esperando por ti, esperando por todos nosotros...

Créeme, yo lo he visto... Yo lo he visto, yo he estado allí...

No es más que una cuestión de sacrificio...

...Aún te recuerdo, aún te recuerdo entre mis brazos..., cuando te acunaba para que el sueño se te llevara hasta nuestro nuevo amanecer.

Este cuento sucedió en algún lugar distante. Siente que lo que parece es verdadero si hay palabras que lo describan, y no olvides que en algún lugar, siempre hay un prado esperándote, donde puedes encontrar el sitio perfecto donde poner tu propio mantel, el que bordaste en tus días de junio, para depositar sobre él todos los dones que un día quiso bien regalarte el mundo a tu alrededor.

Yo desperté, todo había sido un sueño...

En algún momento de abril del 2011

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