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Regiones míticas

Sobre lo intangible, real o irreal
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Morndum

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Había luchado contra su padre, y por ello fue desterrado a un lugar donde no había auténtica piedra. Estaba solo en la extraña tierra, a excepción de la caza. Cazaba con armas de hueso, y fresno, y obsidiana pulida. Cabalgaba a lomos de caballos salvajes. Le acompañaban sabuesos tan altos que llegaban al cuello de su montura. Sus lanzas con punta de hueso ensartaban salmones con escamas de plata. Cuando en este lugar enloquecido tenía que viajar lejos, lo hacía entre las garras de un búho.

La necesidad de volver al lugar donde había nacido se volvió acuciante. Pero, para él, no había camino de regreso, y aunque cabalgó hacia el norte y hacia el sur junto al gran desfiladero, aunque encontró cavernas y tumbas antiguas en las que soplaba un extraño viento, no pudo escapar del sueño. Su mundo estaba fuera de su alcance.

Anudó su estandarte blanco a las astas de un alce y cabalgó a lomos de la bestia. Pero, cuando llegó a las altas montañas, el animal se sacudió su peso de encima. Hizo una canoa con la corteza de un árbol y dejó que el río lo llevara, pero se quedó dormido durante la noche, y cuando despertó había embarrancado cerca del sendero empinado que llevaba a las puertas del castillo.

Decidió probar con la magia, y entró en un extraño bosque. Allí encontró la imagen de una mujer tallada en madera. A la luz de la luna, la mujer cobró vida, y se enamoró de ella. Se quedó allí, perdido de nuevo durante muchos años.

Pero fuera de la noche, fuera del sueño, su madre acudió a él. Le tomó de la mano y le guió hasta las aguas del desfiladero. Lo hizo entrar en su barcaza, donde se tendió con la cabeza apoyada en una almohada que eran las ropas de su madre. Ella invocó al espíritu de su padre, que apareció en la forma de un animal. La mujer le robó la magia e hizo navegar la barcaza, que bajó a la deriva con la corriente, y esta vez cruzó el río. Su madre lo vio partir.

Por fin, el viaje había empezado.

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El Espíritu en el Roble

...Fui al círculo de piedras, caminando en la noche, cuando la luna de la cosecha se hallaba baja en el firmamento y el aliento del cuarto invierno se enfriaba en vísperas del día de difuntos. Allí, envuelta en la capa, temblando, durante toda la noche, guardé la vigilia, ayunando; la nieve caía del cielo cuando me levanté para encaminar mis pasos hacia el castillo; pero al abandonar el círculo, mi pie tropezó con una piedra que no se encontraba allí a mi llegada, y, agachando la cabeza, vi una serie de blancas piedras colocadas, al parecer, en un orden premeditado. Me incliné y moví una piedra para formar la secuencia siguiente de números mágicos; las mareas se habían desplazado y ahora estábamos bajo las estrellas invernales. Luego volví a casa, tiritando, para contar la historia de que me había extraviado en las colinas y había dormido en la cabaña vacía de algún pastor. La nieve, que se había acumulado en las laderas de las montañas, me mantuvo encerrada gran parte del invierno; pero sabía que las tormentas iban a amainar y me arriesgaría a visitar el anillo de piedras en el equinoccio de Invierno, sabiendo que las piedras estarían a la vista... la nieve nunca caía dentro de los grandes círculos, e imaginé que ocurriría igual en los pequeños, donde la magia actuaba todavía. Y en el centro mismo del círculo vi un bulto diminuto, un trozo de cuero atado con un tendón. Mis dedos estaban recobrando su antígüa habilidad y no temblaron mientras lo desanudaba y vertía el contenido en la palma de mi mano. Parecían un par de semillas secas, mas eran los diminutos musgos que tan raramente crecían cerca de Avalon. No eran utilizados como alimento y la mayoría de la gente los consideraba venenosos, pues provocaban vómitos, purgaciones y la menstruación; aunque tomados en pequeña cantidad, an ayuno, abrían las puertas de la Visión... era éste un regalo más valioso que el oro. No crecían en esta región y sólo podía imaginarme cuán lejos habían ido los del pequeño pueblo en su busca. Les dejé la comida que traía, carne seca, frutas y un panal, pero no como pago; el presente no tenía precio. Me encerraría en mi cámara el dia del Solsticio de Invierno y buscaría allí la visión a la cual había renunciado. Con las puertas de la Visión abiertas podría atreverme a pretender la presencia de la Diosa, implorándole me permitiera volver a comprometerme con aquello que había traicionado. No temía ser rechazada. Era ella quien me enviaba este regalo para que pudiera buscar su presencia. Y me arrodillé en el suelo dando gracias, sabiendo que mis plegarias habían sido escuchadas y que mi penitencia había concluido. Morgana " Las Nieblas de Avalon"
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Guiwenneth

Eran los primeros días, después de que las legiones del este llegaran a estas tierras... Dos hermanas vivían en un fuerte de Dun Emrys: las hijas del señor guerrero Morthid, que era viejo, débil, y se había rendido en paz. Cada una de las hijas era tan bella como la otra. Las dos habían nacido el mismo día, el anterior a la fiesta de Lug, el dios sol. Era casi imposible distinguirlas, excepto porque Dierdrath llevaba un capullo de brezo sobre el seno derecho, y Rhiathan la flor de un rosal silvestre sobre el izquierdo. Rhiathan se enamoró de un comandante romano del fuerte cercano, Caerwent. Se fue a vivir al fuerte, y hubo un tiempo de armonía entre el invasor y la tribu de Dün Emrys. Pero Rhiathan era estéril, y sus celos y su odio fueron creciendo, hasta que su rostro se endureció como el hierro. Dierdrath amaba al hijo de un valiente guerrero, muerto en lucha contra los romanos. El nombre del hijo era Peredur, y había sido expulsado de la tribu porque se oponía al padre de Dierdrath. Ahora vivía en el bosque con nueve guerreros, en un desfiladero de rocas donde ni una liebre osaba adentrarse. Por las noches se acercaba a las afueras del bosque y llamaba a Dierdrath como una paloma. Dierdrath iba a él y, con el tiempo, concibió un hijo suyo. Cuando llegó la hora del parto, el druida, Cathabach, anunció que sería una niña, y se le dio nombre: Guiwenneth, que significa «hija de la tierra». Pero Rhiathan envió soldados a Dun, y Dierdrath fue arrebatada a su padre, y llevada contra su voluntad a las tiendas, dentro de la empalizada de madera del fuerte romano. También fueron llevados cuatro guerreros de Dun, y el mismo Morthid, que accedió a que la niña, cuando naciera, fuera adoptada por Rhiathan. Dierdrath estaba demasiado débil para gritar, y Rhiathan juró en silencio que, cuando naciera la niña, su hermana moriría. Peredur, desesperado, lo veía todo desde las afueras del bosque. Sus nueve estaban con él, y ninguno podía consolarle. Durante la noche, atacaron el fuerte dos veces, pero fueron repelidos por la fuerza de las armas... Y ambas veces oyó la voz de Dierdrath, que le gritaba: «De prisa, salva a mi hija». Más allá del desfiladero de piedra, donde los bosques eran más oscuros, había un lugar donde el árbol más viejo era más viejo que la tierra. Allí, Peredur lo sabía, vivía la Jagad, una entidad tan eterna como la roca que habitaba. La Jagad era su única esperanza, porque sólo ella controlaba el curso de la cosas, no sólo en los bosques, sino también en los mares y en el aire. Vivía desde los tiempos más antiguos, y ningún invasor podía acercarse a ella. Conocía los caminos de los hombres desde el tiempo de la Vigilancia, cuando los hombres no tenían lenguas con las que hablar. Así fue como Peredur encontró a la Jagad. Dio con un valle donde crecían cardos salvajes, y ningún brote le llegaba más allá del tobillo. A su alrededor, el bosque era alto y silencioso. Ningún árbol había caído y muerto para formar este claro. Sólo la Jagad lo había creado. Los nueve guerreros que estaban con él formaron un círculo, dando la espalda a Peredur, que se erguía entre ellos. Todos sostenían ramas de avellano, de ciruelo y de roble. Peredur mató un lobo y esparció su sangre sobre la tierra, alrededor de los nueve. Puso la cabeza del lobo mirando hacia el norte. Clavó su espada en la tierra, al oeste del círculo. Dejó su daga en el este. Él mismo se situó en el sur, dentro del anillo, y llamó a la entidad. Así eran las cosas en los días anteriores a los sacerdotes, y la más importante de todas era el círculo, que unía al invocante a su propio tiempo, a su propia tierra. Nueve veces llamó Peredur a la Jagad. En la primera llamada, sólo vio los pájaros que volaban de los árboles (pero qué pájaros eran, cuervos, gorriones, halcones, cada uno tan grande como un caballo). En la segunda llamada, las liebres y los zorros del bosque corrieron alrededor del círculo y huyeron hacia el oeste. En la tercera llamada, los jabalíes salvajes salieron de entre los arbustos. Cada uno era más alto que un hombre, pero el círculo los detuvo (aunque Oswry mató con su lanza al más pequeño para comerlo luego; en otro tiempo tendría que responder por este acto). En la cuarta llamada, los ciervos salieron de entre los matorrales, seguidos por los antílopes, y cada vez que sus cascos tocaban la tierra del bosque, el círculo se estremecía. Los ojos de los ciervos brillaban en la noche. Guillauc puso un torque en las astas de uno de ellos, para que llevara su marca, y en otro momento tendría que responder por lo que había hecho. En la quinta llamada, el claro quedó en silencio, aunque algunas figuras se movían más allá del límite de la visión. Entonces, hombres a caballo surgieron de entre los árboles y rodearon el claro. Los caballos eran negros como la noche, y a los pies de cada uno había una docena de perros grises, y un jinete a sus lomos,Un viento silencioso agitaba sus capas, y las antorchas ardían, y esta salvaje partida de caza dio veinte vueltas en torno a los nueve, gritando con los ojos brillantes. No eran hombres de las tierras de Peredur, sino cazadores de tiempos pasados y de tiempos venideros, reunidos allí para proteger a la Jagad. En la sexta y séptima llamadas, la Jagad vino, seguida de los jinetes y los perros. La tierra se abrió y las puertas del subsuelo se abrieron, y la Jagad surgió a través de ellas: una figura alta, sin rostro, con el cuerpo envuelto en túnicas oscuras , con plata y hierro en las muñecas y tobillos. La hija caída de la Tierra, la airada y vengativa niña de la Luna. La Jagad se alzó ante Peredur y, en el vacío que era su rostro, apareció una sonrisa, y una carcajada terrible asaltó los oídos del guerrero. Pero la Jagad no podía romper el círculo de Tiempo y Tierra, no podía arrastrar a Peredur lejos de aquel lugar y época, ni extraviarle en un lugar salvaje donde estuviera a su merced. Tres veces rodeó el círculo, deteniéndose sólo ante Oswry y Guillame, que supieron entonces que, al matar al jabalí y marcar al ciervo, se habían condenado. Pero su momento llegaría en otro tiempo, en otra historia. Entonces, Peredur le dijo a la Jagad lo que necesitaba. Le habló de su amor por Dierdrath, y de los celos de la hermana de su amada, y del peligro que corría su hija. Le pidió ayuda. -Entonces, me quedaré con la niña -dijo la Jagad. Y Peredur le respondió que no. -Entonces, me quedaré con la madre -dijo la Jagad. Y Peredur le respondió que no. -Entonces, me quedaré con uno de los diez -dijo la Jagad. Y llevó a Peredur y a sus guerreros una cesta de avellanas. Cada uno de los guerreros, incluido Peredur, tomó una avellana y se la comió, sin saber que así quedaban atados a la Jagad, Y dijo la Jagad: -Sois los cazadores de la larga noche. Ahora, uno de vosotros es mío, porque la magia que os entrego tiene un precio, un precio que sólo se puede pagar con una vida. Romped el círculo, porque el trato está cerrado. -No -dijo Peredur. Y la Jagad se rió. Entonces, la Jagad alzó los brazos hacia el cielo oscuro. A Peredur le pareció ver, en el vacío que era su cara, la forma de la hechicera que habitaba el cuerpo de la entidad. Era más vieja que el tiempo, y sólo los bosques salvaban a los hombres de su malvada mirada. -Te devolveré a tu Guiwenneth -gritó la Jagad.- Pero cada uno de los hombres que están aquí pagarán por su vida. Soy la cazadora de los primeros bosques, y de los bosques de hielo, y de los bosques de piedra, y de los altos caminos, y de los pantanos cenagosos. Soy la Jagad, hija de la Luna y de Saturno. Las hierbas amargas me curan, los jugos ácidos me sustentan, la plata brillante y el hierro frío me dan fuerza. Siempre he estado en la Tierra, y la Tierra siempre me alimentará, porque soy la cazadora eterna, y cuando te necesite, Peredur, a ti y a tus nueve cazadores, os llamaré. Y aquel al que llame, partirá. No hay tiempo tan remoto que no pueda enviaros a él en una misión, ni lugar demasiado grande, ni demasiado frío, ni demasiado ardiente, ni demasiado solitario. Sabed y aceptad pues que, cuando la niña conozca el amor, todos y cada uno de vosotros seréis míos... para responder a mi llamada, o para no hacerlo, eso dependerá de la naturaleza de las cosas. Y Peredur se entristeció. Pero, cuando todos sus amigos dieron su consentimiento, aceptó, y así quedó pactado. Y, desde entonces, se les llamó Jaguth, que quiere decir «cazadores de la noche».El día que nació la niña, diez águilas aparecieron en el cielo, volando en círculos sobre el fuerte romano. Nadie sabía cómo interpretar el presagio, porque las aves eran un buen agüero para todos los implicados, pero el número resultaba extraño. Guiwenneth nació en una tienda, y sólo la vieron su tía y el druida. Cuando el druida daba las gracias con humo y un pequeño sacrificio, Rhiathan presionó un cojín contra el rostro de su hermana y la mató. Nadie la vio hacerlo, y libró su muerte con tantos lamentos como todos los demás. Rhiathan tornó a la niña y salió del fuerte, y alzó a la niña sobre su cabeza, proclamándose madre adoptiva, y proclamando a su vez padre adoptivo a su amante romano. Las diez águilas se reunieron sobre el fuerte. El batir de sus alas parecía el sonido de una tormenta lejana. Eran tan grandes que, cuando se agruparon, ocultaron el sol, y proyectaron una gran sombra sobre el fuerte. De esa sombra surgió una de las águilas, que bajó en picado del cielo. Batió las alas sobre la cabeza de Rhiathan, atrapó a la niña entre sus enormes garras, y remontó el vuelo de nuevo. Rhiathan gritó de furia. Las águilas se dispersaron rápidamente sobre el campo, pero los arqueros romanos dispararon un millar de flechas, para dificultar su vuelo. El águila que llevaba a la niña era la más lenta de todas. En la legión había un soldado famoso por su habilidad con el arco, y la única flecha que disparó atravesó el corazón del águila, que dejó caer a la niña. Al ver esto, las otras volvieron rápidamente, y una de ellas detuvo la caída de la niña, recogiéndola sobre sus alas. Otras dos atraparon al águila muerta entre sus garras. Con el bebé y el ave muerta huyeron a los bosques, al desfiladero rocoso, y ya allí recuperaron la forma humana. Era Peredur el que había bajado por la niña, el mismo Peredur, su padre. Yacía allí, hermoso y pálido en la muerte, con la flecha todavía clavada en el corazón. Cerca del desfiladero, la risa de la Jagad era como el viento. Había prometido a Peredur que le entregaría a su Guiwenneth. Y, por unos momentos, la había tenido. El Jaguth llevó a Peredur al fondo del valle de piedras, donde más fuerte era el viento, y le enterró allí, bajo una roca de mármol blanco. Magidion era ahora el jefe del grupo. Criaron a Guiwenneth lo mejor que pudieron, estos cazadores del bosque, estos guerreros proscritos. Guiwenneth era feliz con ellos. La amamantaron con rocío de flores silvestres y leche de cierva. La abrigaron con pieles de zorro y algodón. Cuando tuvo medio año, ya sabía andar. Corría antes de cumplir cuatro estaciones de vida. Poco después de aprender a hablar, ya conocía los nombres de las cosas del bosque. Su única pena era que el espíritu de Peredur la llamaba, y muchas mañanas la encontraban de pie junto a la roca de mármol, en el desfiladero azotado por el viento, llorando. Un día, Magidion y el Jaguth cazaban al sur del valle, y la chica iba con ellos. Acamparon en un lugar secreto, y uno de ellos, Guillauc, se quedó con ella mientras los demás cazaban. Así fue corno Guiwenneth los perdió. Los romanos habían buscado incansablemente en las colinas, en los valles y en los bosques que rodeaban el fuerte. Ahora olfatearon el humo del fuego de campamento, y veinte hombres se acercaron al claro. Pero un cuervo delató su presencia, y Guiwenneth y el cazador Guillauc supieron que estaban perdidos. Rápidamente, Guillauc se ató a la chica a la espalda con tiras de cuero, apretando las ligaduras hasta hacerle daño. Entonces, invocó la magia de la Jagad, y se convirtió en un gran venado, y con esta forma huyó de los romanos.Pero los romanos tenían perros, y los perros persiguieron al venado durante todo el día. Cuando el venado estuvo exhausto, se dejó caer, y los perros lo despedazaron. Guiwenneth fue salvada y llevada al fuerte. El espíritu de Guillauc permaneció donde el venado había caído, y el año en que Guiwenneth conoció el amor, la Jagad fue por él. Durante dos años, Guiwenneth vivió en una tienda, dentro de los altos muros de la fortaleza romana. Siempre se la encontraba luchando para ver algo por encima de los muros del fuerte, gritando y sollozando, como si supiera que el Jaguth estaba allí fuera y la esperaba. No se vio niña más melancólica durante aquellos años, y no hubo ningún lazo de amor entre ella y su madre adoptiva. Pero Rhiathan no quería dejarla marchar. Así fue como el Jaguth la recuperó. A principios del verano, antes del amanecer, ocho palomas llamaron a Guiwenneth, y la niña despertó y las escuchó. A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, ocho búhos la llamaron. En la tercera mañana estuvo despierta antes de que sonara la llamada, y atravesó el campamento oscuro, hacia el muro, hasta el lugar desde donde veía las colinas que rodeaban el fuerte. Allí había ocho venados que la miraban. Tras un momento, corrieron rápidamente colina abajo, y sus cascos resonaron alrededor del fuerte, llamándola con fuertes bramidos antes de volver al valle. En la cuarta mañana, mientras Rhiathan dormía, Guiwenneth se levantó y salió de la tienda. Empezaba a amanecer. Todo estaba silencioso, envuelto en bruma. Oyó el murmullo de unas voces, los centinelas en sus torres. Era un día frío. De la niebla surgieron ocho enormes perros de caza. Cada uno más alto que la niña, todos tenían los ojos como pozos, mandíbulas como heridas rojas y lenguas colgantes. Pero Guiwenneth no tuvo miedo. Se tumbó, y dejó que el más grande de los perros la tomara entre sus mandíbulas y la levantara. Los perros se dirigieron en silencio hacia la puerta norte. Allí había un soldado, pero antes de que pudiera dar la alarma, le desgarraron la garganta. Aún no se había despejado la niebla, cuando se abrió la puerta, y una patrulla de soldados a pie salió del fuerte. Antes de que se cerrara de nuevo, los ocho perros y Guiwenneth se deslizaron fuera. Cabalgó con el Jaguth durante muchos años. Primero fueron hacia el norte, hacia los pantanos fríos, a través de las nieblas, refugiándose entre las tribus de caras pintadas. Guiwenneth era una chiquilla menuda a lomos de un gran caballo. Cuando llegaron al norte, encontraron monturas más pequeñas, pero igual de rápidas. Cabalgaron de nuevo hacia el sur, hacia el otro extremo de la región, atravesaron pantanos, ciénagas, bosques y valles, y cruzaron un gran río. Guiwenneth creció, se entrenó y adquirió habilidad. Por las noches, dormía en brazos del jefe del Jaguth. Así, pasaron muchos años. La niña era hermosa en todos los sentidos, y tenía el pelo largo y rojo, la piel blanca y suave. Dondequiera que se detuviesen, los guerreros jóvenes la deseaban, aunque durante años no conoció el amor. Pero sucedió que, en las tierras del este, se enamoró por primera vez del hijo de un jefe que estaba decidido a poseerla. El Jaguth comprendió que sus días con Guiwenneth tocaban a su fin. La llevaron de nuevo hacia el oeste, encontraron el valle y la piedra de su padre, y allí la dejaron, porque el que la amaba estaba muy cerca, y la risa de la Jagad resonaba más allá de las piedras. La entidad estaba a punto de reclamarlos. El valle era un lugar triste. La piedra que cubría el cuerpo de Peredur siempre brillaba, y mientras Guiwenneth esperaba allí, sola, sucedió que el espíritu de su padre surgió de la tierra, y ella le vio por primera vez, y él la vio a ella. -Eres la bellota que crecerá hasta convertirse en roble -le dijo.Pero ella no le entendió. Dijo Peredur: -Tu tristeza crecerá hasta convertirse en furia. Proscrita como yo, ocuparás mi lugar. No descansarás hasta que el invasor se vaya de estas tierras. Le perseguirás, le quemarás, le expulsarás de sus fuertes y de sus pueblos. -¿Cómo haré tal cosa? -preguntó Guiwenneth. Y, alrededor de Peredur, aparecieron las formas fantasmales de los grandes dioses y diosas. Porque el espíritu de Peredur estaba libre de las garras de la Jagad. Cumplido el trato, ella no le había reclamado, y en el mundo de los espíritus Peredur era renombrado, y guiaba a los caballeros que corrían con Cernunnos, el Señor de los Animales, el de las grandes astas. El dios astado levantó a Guiwennethdel suelo e insufló el fuego de la venganza en sus pulmones y la semilla del cambio, para que pudiera transformarse en cualquier animal del bosque. Epona le tocó los labios y los ojos con rocío de luna, para cegar las pasiones de los hombres. Taranis le dio fuerza y truenos, y así fue poderosa en todos los sentidos. Se convirtió en raposa y entró en el fuerte de Caerwent, donde su madrastra dormía con el romano. Cuando el hombre despertó, vio a la chica de pie junto a su camastro, y enloqueció de amor por ella. La siguió fuera del fuerte, en medio de la noche, hasta el río, donde se quitaron la ropa y se bañaron en las aguas frías. Pero Guiwenneth se convirtió en halcón y voló sobre su cabeza y le picoteó los ojos hasta dejarle ciego. El río le arrastró, y cuando Rhiathan vio el cadáver de su esposo, el corazón se le rompió, y saltó de los altos acantilados para estrellarse contra las rocas marinas. Así, la chica Guiwenneth volvió al lugar de su nacimiento. Historia de La Princesa "Guiwenneth" hija de Peredur. "Bosque Mitago" Robert Holdstock Para Madi con cariño.
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