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Regiones míticas

Anotaciones que están relacionadas con nuestra capacidad simbólica y el universo imaginativo.
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Las tierras de Dyss (canción de amor)

Dyss, sello general

Canción de amor

(Versión íntegra revisada)

De ti tan solo me quedé con los pedazos. Trocitos menudos que guardé en una caja de recuerdos.
El prisionero en el roble se encerró en sus telarañas de oro, un invierno donde una vez más guardé todos mis tesoros, bordados de lilas oscuros, dorados meticulosos y cadenas, que no adornaron más que las esquinas olvidadas del fondo de este arcón.

Donde ya no había ni arriba ni abajo, sólo me llegaron rumores cuando aparecías por los lados, pinchándome el alma con los aguijones del recuerdo. Silenciosos golpes que acogía con cuidado, cuando me recordabas que añorarte era inevitable, y olvidaste tan pronto todo lo que escribimos juntos en aquel cuaderno de esos días de verano.

No sé cuánto tiempo pasó desde aquel otro invierno, en el que la lluvia nos dio tantos momentos de ternura. Qué intensos fueron los besos que cubrieron aquella tierra con tus versos, y despojaron la hierba de sonrisas inútiles, de dolor y de pesares... Peticiones inútiles, palabras apresuradas y versos que quedan en el silencio de una caja de roble. Dulce momento que no tiene quien lo lea, es papel mojado que discurre por la calle del adiós.

Yo no sé que tengo que sentir, para que mis días sean de alegría.  Por tener algo tengo el silencio, y las promesas de que no hubiese olvido ni tristeza.

El tiempo es un enemigo largo y tendencioso, que nos supera en el examen más estricto.

Si en los bosques no oigo tu sonido, desespero, cuando no escucho más que el susurro de las horas, lentas, y los momentos que estuvieron bordeados con el rosal de tu triunfo.

Como empecé esto quiero abandonarlo. Con tanta ilusión como derrota de no existir más que en comentarios. Esta tristeza me mata, este dolor me desmorona. Por sentir no siento más que el silencio de mi deshonra.

Una vida herida y dolorosa de cuerpos destrozados ante la ignorancia, la mente rota, la vista clavada en esa araña que corretea por la pared de la memoria; pintada de blanco, del azul y del violeta. El lila que fue mi pasión no es más que yeso desmañado. Por un sollozo tuyo entre mis brazos... Quiero terminar todo esto, y no me lo permito.

Te veo andar por los pasillos, y cierro los ojos por no ver cuando al cerrarlos, veo más que en la vigilia. Coger tu mano, dejarme dormir. Soñar contigo, en el tacto de ese susurro. De aquel adiós. De los silencios. De la espesura de los recuerdos.
La maleza de estos días se funde con las sombras, trayendo pesadillas. Pesadillas y recuerdos. Olvidos y melancolías.

No hay más lluvia que ésta, no hay más. Y más no quiero contestar, no tengo respuestas más que de mi locura. De mis días y mis noches. De este abandono. De esta sustancia de la que me disuelvo.
Me diluyo en los charcos de madrugada, soy la gota que resbala por el cristal.
No quiero seguir pero quiero amar.

Y sin la ayuda de mi otro viento, en todo esto no hay más, no consigo continuar...

***

Volvieron los brillos a llevarme de vuelta a mis tierras del sueño.
Dyss prodigiosa que no quiso nunca ni amo, ni dueño.
Allí quiero morir, acurrucada en la llanura. De hierbas verdes y altas.
Con el Viento del Oeste, cantándome canciones de cuna.

Las luces que surgieron de esa tierra me llevaron,
de vuelta al lugar que nunca debí haber descuidado,
pues Dyss fue la tierra que me vio nacer.
Allí morí, allí moriré. Y todo, sin haber logrado,
no hacer más que amar y yacer, desesperada por mis fracasos.

Quiero darle forma a mi país, para renacer en forma de árbol silencioso.
Ver pasar las estaciones y esperar, por una lluvia u otra, la llegada del ocaso.
Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, y estar allí, donde se arrullan sus ramas.
Y no tener más que raíces, hojas al viento y ramas, para cubrirte.

Que mi sombra sea tu sereno reposo, que mis palabras sean tu descanso.
Este cuaderno está lleno de esbozos de mí, pero hay más, que no he contado.

Una tierra que no tiene ni dios ni mapas. No hay caminos, ni vallas.
Ni hombres ni fronteras.
Tan solo marcas en un horizonte al que llegar, lugares distantes que explorar.
Desiertos inacabados, bosques frondosos y valles lejanos.

Yo te ofrezco un río, un campo, un pueblo de hombres caballo.
El vaivén de mis ramas, el rocío en tus pestañas.
Este mundo es tuyo, no le impongas leyes ni nombres.
Yo te lo doy, pero no lo adores, ni lo ames, ni lo odies...

Porque es todo cuanto queda de mí, y no ha hecho más que empezar.
Está hecho de ti, y de ti. Está hecho de pedazos, que guardo en el fondo de una caja.
Todo cuanto fuiste está aquí. Gracias por haber estado ahí, pues tú le diste forma,
a la tierra donde sembré el árbol, que ahora te regala su sombra... 

Edanna

 

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Mi pequeño prisionero (revisado)

Cada día, hace tiempo, subía siempre al desván donde, sujeto a una cadenilla de plata, mantuve a mi ánimo encadenado. Hace tiempo que lo tenía prisionero, no tenía más remedio.

Él, adoraba tumbarse dentro del cálido cuadradito luminoso que un rayito de sol arroja sobre las tablas, siempre alrededor de la media tarde. Mi ánimo es muy singular pues viene y va donde y cuando se le antoja, y eso, no lo puedo consentir.

Cuando subía allí, a visitarle, solía hacerse el dormido. Me sentaba, próximo a él, y escuchaba su respiración lenta, sosegada, como un viento entre los árboles. Como mi propio viento entre los árboles.

Mientras allí me sentaba, siempre me gustó contemplar las partículas de polvo en suspensión, bailando al ritmo de su respiración, subiendo y bajando, haciendo cabriolas y girando en alocados molinetes al compás de un apenas perceptible ronquidito. Las luminosas motitas, parecen nadar en un mar centelleante y encrespado; navegando en su cáscara de nuez con los nervios templados, hacia orillas más allá de la segura línea que marca la frontera de un rayo de sol.

Apreciaba allí siempre una luminiscencia alrededor de su imagen, desvaneciéndose cuando la luz atenúa su intensidad y llegando a su cénit cuando el día es cálido y acogedor. A él le gustaron siempre los lugares luminosos, y son los pequeños rayos que entran a través de las ventanas estrechas, los lugares de su predilección.

Siempre fue mi ánimo un inquilino caprichoso, al que a menudo he tenido que conservar enclaustrado, manteniendo cerradas puertas y ventanas; y que revolotea, dándose golpes contra el techo cuando alguna vez fui descuidada y sin darme cuenta, en un tris-tras se me escapara. Como un canario fugado de su jaula despedía pequeñas bolitas de pelo, mechones emplumados que recuerdan a las plumas desprendidas de un ave desesperada en las mismas circunstancias, mientras intentaba, enojado, encontrar la fina línea que separa su encierro de la libertad.

Por las tardes le cantaba canciones con mi guitarra, más, como yo no sé tocar nada bien, sus bostezos abrían oscuras bocas de pozo en la negra realidad de mis habilidades.
Aun así, en algunas ocasiones, se sentía animado; y era entonces cuando, para mi satisfacción, daba cabriolas, danzaba, saltaba, bailaba, y juntos, nos reíamos hasta bien pasada la hora de la cena. Era en esos momentos cuando me gustaba abrazarlo y cantarle canciones que ya entonces lograba atinar con algo más de pericia, sólo con alguna nota defectuosa, o dos, poco más.

Una vez lo sujeté a la chimenea, consciente de su delicia por el rincón más cálido y acogedor; pero sus tirones desesperados me obligaron a confinarlo de nuevo en el aislado altillo de esta vieja casa, rodeada de bosques infinitos.

Si me sentaba en la estera donde mi propia abuela me cantaba cancioncillas, él venía siempre a acurrucarse en mi regazo. Era entonces cuando, tirándole miguitas de pan, le hacía dar dos vueltas y media en el aire, al compás del tarareo de una vieja tonadilla.

Antes de ponerse el sol, solía ofrecerle licor de melocotón y le canturreaba una nana que aprendí cuando todavía sabía escuchar canciones. Él se ponía muy contento y saboreaba el delicado manjar con una fruición sólo digna de algún rey capaz de rodearse de un ejército de guerreros de terracota.

Pero hoy todo cambió. Hoy sentí frío. Hoy la nieve penetró en la casa del bosque.Casas nevadas en Canadá

Una gélida ventisca se adentró en el interior de la casa, recorriendo las estancias y posándose en cada resquicio. Helando cada mota de polvo.

Cuando subí al desván, la nieve entraba por una ventana rota, cubriendo de blancos copos todos los rincones. Trayendo un invierno antiguo sobre el cálido verano, haciendo huir a la primavera allí donde mi ánimo habitaba hasta aquel mismo día. A través del ventanuco había escapado, tras roer cuidadosamente la cadenilla y escapar por una estrecha abertura en el cristal.
El otoño se había apoderado entonces de la casa del bosque. Un preso que se fugó de su prisión, y se marchó, sin dejarme ni siquiera una nota...

Miré por la ventana, sentada sobre la vieja alfombra, contemplando las motitas de polvo en suspensión; observando como ejecutan molinetes al compás de mi respiración. Sola, sin más lamento que el de mi propio silencio. Sin más verano que el viento gélido a través de un roto cristal.

Finalmente, decidí que prefiero que sea así entonces.

Que vuele aquel que gusta de ir y venir; que no está para dar ni tomar, ni ofrece dones ni brinda servicios. Nada le debemos, nada él pues nos debe.
Y que todas las cosas del altillo, tal como quedaron, conserven el recuerdo de un inquilino que siempre fue algo nervioso; menos cuando adormilado contemplaba, soñador, la forma de las nubes en el cielo, a través de la ventana...

Edanna

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La huida (ed. revisada)

Dyss, sello general

En su carrera, el ciervo volaba por el bosque.

Sus pezuñas dejaban rastros pares en el húmedo manto de hojas podridas. Huellas distantes en su alocada carrera por la vida. De sus hollares goteaba la saliva caliente, y un vaho desesperado se mezclaba con las claras nubecillas de vapor del suelo y las hondonadas.

El astil de una flecha corta le sobresalía de su cuarto trasero, bañando de púrpura su costado, dejando tras de sí un rastro claro y diáfano, como una luz guía para la jauría. El bramido de los perros y los gritos de los hombres resonaban detrás, siempre cercanos, y por más que corriera con toda la fuerza de su poderosa musculatura, no apreciaba que ganara distancia entre la jauría y él.

El ciervo cruzaba a través de las ramas que siempre se interponían; hojas molestas que le daban latigazos en el pecho fuerte y blanco, surcado de cicatrices del pasado. Sus astas se erguían como una corona, una de ellas rota desde antaño; jirones de tela enredados en ellas cimbreaban al viento con la veloz carrera.

El ciclo del Niñoroto, como lo llamaban, se completaba una vez más. La última cacería: la caza del venado del asta rota.

La jauría no daba tregua; lebreles de blancos dientes arrojaban brillos que el ciervo veía a través de su visión periférica, presagio de la caída, aviso de que esa carrera era la más importante de su vida. Muchos hombres corrían trae él, y corrían como hacían los hombres de antaño, veloces y tan feroces como sus perros hambrientos. Llevaban pieles sin curtir, barbas sucias con cabellos sucios, lanzas, arcos y flechas toscas, pero mortales. Hablaban un extraño dialecto, y sus narices chatas olisqueaban al igual que los perros la sangre del venado.

Pero desconocían, que estaban escribiendo su propia historia.

El jefe del grupo de cazadores era el más fuerte, llevaba un collar de molares de ciervo, de pequeños astiles de venado y colmillos de lobo. Todos aquellos hombres apestaban, y Niñoroto los olía cada vez más cerca, tan diferentes, tan astutos, como sus perros.

Del arco del jefe voló la flecha que lo cogió desprevenido; no pudo olerlo, no pudo pues estaban untados de grasa de ciervo y excrementos de animales para disimular el olor a hombre, tan inconfundible. La muerte voló con un zumbido bajo para clavarse en su costado.

La carrera se llevaba consigo más de una hora y el bosque se volvía cada vez más oscuro. La historia se repetía una vez más; el mito del ciervo guía y de una nueva muerte en el bosque; el descubrimiento del claro y el hallazgo de la fuente que habla.

Y aquel hombre, llevaría su propia historia a otro lugar del bosque. Aunque esa historia no cabía en esta carrera pues le era ajena, y otro ciclo estaba a punto de comenzar.

Atravesó los arroyos, salpicando las ramas bajas con el brillo de pequeñas gotas que parecían detenerse en el tiempo, en un instante de terror absoluto, centelleando a un sol que se entreabría en rayos claros por las hojas de la techumbre espesa del bosque. Sus patas hincaban la tierra, dejando agujeros profundos; el sudor bañaba todo su lomo y su pecho. Estaba agotado; la herida le dolía mucho; se mareaba por la pérdida de sangre; en su pecho, los pulmones le ardían como el fuego.

Llegó al claro, allí donde habitaba la fuente que habla. No se demoró, aunque sabía lo que vendría pronto. El penúltimo proceso de su persecución, se consumaba.

Niñoroto escuchó como los hombres se demoraban, atónitos por lo que habían descubierto, y parte de su propio mito comenzó allí. El jefe del grupo perdería el interés por el ciervo al ver la fuente en el bosque, que le hablaría, llevándole a cumplir su propio destino. Como el destino del ciervo guía envuelto a su vez en otro mito.  Niñoroto ahora cumplía, pero su historia no había terminado.

Los lebreles de brillantes dientes al sol y fauces de espuma blanca no fueron llamados por sus amos, y si tal cosa hubiese ocurrido su mismo deseo los habría hecho desobedecer. En sus mentes de cazadores solo había una imagen: el dulce olor de la sangre de venado.

Tropezó, y con un chasquido semejante a una rama al romperse, su pata quedó quebrada. El dolor fue lacerante, bramó de angustia. Los perros aumentaron sus ladridos, excitados por  saberse conocedores de su propia victoria. Niñoroto se levantó, renqueante y cojo, dándose la vuelta enfrentó, con una cornamenta de más de cien años, al enemigo del colmillo largo.

El primero embistió en un salto directo a su cabeza, le atravesó con el asta desde el vientre hasta el lomo, quebrándole la columna limpiamente y lanzándolo contra un roble donde, con un chasquido de huesos rotos, quedó exánime con una mueca de rabia en sus fauces.

El segundo lo atacó de costado, el ciervo se giró y le quebró el cuello con sus pezuñas en una coz bien aprendida en los primeros días de su larga vida. El perro, dando un aullido, quedó inmóvil.

El viejo ciervo jadeaba, con el pecho a punto de estallar de agotamiento; rememoró la imagen de la cierva de su última camada, sus vástagos trotando junto a él, cuando guiaba a la manada donde la hierba creciera tierna y firme, donde el agua fuera clara y el sol abundante. Los pequeños cervatos jugaban a huir, brincar, correr y perseguirse; a salir corriendo de repente ante un ruido o un siseo; a escudriñar la maleza buscando depredadores mientras los demás bebían en el arrollo, aprendiendo, como aprenden todos los animales su propio papel en el ciclo de la vida.

Unos colmillos se le clavaron en el pecho; le desgarró la piel con las mandíbulas una perra hembra muy bien adiestrada, la más vieja del grupo que, astutamente, usó un ángulo en el tercer cuarto de su visión periférica; allí donde las imágenes eran confusas si giraba mucho la cabeza. Lo había conseguido aprovechando la caída de su otro compañero de caza, una caída necesaria para poder acercarse lo suficiente al ciervo y conseguir herirle.
El ciervo bramó una vez más de dolor; trató de pisotear a la perra, que rápida, se liberó de sus peligrosas extremidades y retrocediendo unos pasos, buscó su oportunidad para un segundo ataque. Los amenazó con la cornamenta; los perros conocían el peligro; debían actuar juntos y asediar a la bestia, hiriéndola una y otra vez.

El ciervo recordó sus carreras por los prados, la visita al Refugio y las mansas aguas del lago donde dormitaba muchas veces bajo las estrellas del firmamento, atento y vigilante por sus vástagos y por la manada. Recordó cuantas veces había vencido a los machos jóvenes que intentaban usurparle el cargo de líder y del berreo de las hembras ante sus victorias, excitadas por su fuerza y su poder. Recordó muchas cosas hermosas, mientras se le nublaba la vista e iba desfalleciendo. Recordó su propio nacimiento, el olor de su madre, el sabor de la leche caliente de su cuerpo, y cuando le lamía tiernamente la cabeza para limpiarle.

No percibió el dolor cuando el resto de los ocho perros se abalanzó sobre él, desgarrando por todas partes su cuerpo, llenando con su sangre el rincón del bosque, donde volvería a la tierra. Para renacer. Para cumplir de nuevo su cometido en su propia historia.

Los perros lo despedazaron; el sonido de sus mandíbulas y gruñidos de satisfacción resonó en el bosque, ajenos a sus dueños que ya no pensaban en la caza sino en su propio destino, al ser guiados hasta allí por el ciervo del asta rota para poder cumplir así con su destino.

Niñoroto cayó con un estruendo sobre una hojarasca que exhaló un revoloteo de despedida, expelida bajo su peso. La tierra tembló, y con los ojos ya vidriosos, exhaló su último bramido, expirando.

Los perros aullaron y se arremolinaron sobre él, destrozando el resto de su cuerpo mientras se daban dentelladas los unos a los otros, jadeando de júbilo.

...Y en otro rincón del bosque, en ese preciso instante sucedió que, de un agujero en un roble viejo hubo un parto de pájaros. Pequeños pájaros negros que, como golondrinas, emergieron veloces del tocón podrido, alzando sus alas curvas al cielo entre miles de sonidos agudos.

El aire en aquel rincón del bosque se llenó de pájaros nacidos de la tierra; el milagro que volvía a renacer en un lugar perdido en el corazón del bosque. El suelo al pie del roble se removió y las hojas secas volaron en una erupción violenta bajo el silencioso grito, inaudible, de la propia tierra; ésta se removió lanzando trozos de barro en todas direcciones.

Un parto en el bosque; el dolor de la tierra invisible. Sólo animales y plantas pudieron sentirla. Los gritos de la madre dando a luz.

Del barro y las hojas, de la tierra y el agua surgió una cornamenta, y más tarde, el cuerpo mojado de un ciervo surcado de cicatrices; envuelto en el barro, recubierto de nervaduras, con un intenso olor a hojas, a tierra mojada, a ramas podridas, a hierba húmeda.

Del parto de la tierra resurgió, para volver a iniciar su propia historia, siempre una vez más, el ciervo. El ciervo que resurgía de la tierra; que tenía un asta rota envuelta en jirones raidos, un sudario de viejos trapos de tela grisácea.

Empapado por su propio nacimiento cortó con sus dientes el umbilical hecho de fibras vegetales que le unían al suelo cubierto de hojas del bosque. En pocos minutos aprendió a andar de nuevo poniendo entonces rumbo hacia la periferia.

Niñoroto renació una vez más, como tantas veces. Una más, en un ciclo continuo e interminable. El ciclo de su propio mito.

Edanna

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De las estrellas y sus constelaciones

Dyss, sello general

En cuanto a las estrellas que cubren los cielos durante las horas nocturnas es necesario centrarse en las constelaciones que integran y que, por medio de la imaginación, dibujan formas fantásticas en la oscura bóveda celeste. Esas constelaciones son de vital importancia para la vida en Dyss, y en ocasiones, también para la misma muerte.

Pero antes de proseguir a citar las constelaciones, sus formas y sus características, es necesario mencionar un espectáculo de gran importancia y que tiene una enorme repercusión en la vida de éste nuestro mundo.

El Sendero de Rheya

Se trata de una banda luminosa muy brillante, de color entre verdoso y azulado que, al llegar el crepúsculo, durante el ocaso y también durante el alba, se tiñe de rojizos matices y de naranjas perfectos. Esta banda, una constante en Dyss tanto de día como de noche, se conoce como: el Flujo de Almas o La Corriente Vital.

Ambos, términos que definen muy claramente su naturaleza. No obstante, en Dyss, la gran corriente luminosa que cruza los cielos es mejor conocida como: “El Sendero de Rheya”.

Esta banda de brillante luz clara, que incluso puede avistarse a la luz del día, describe un arco que partiendo del nordeste surge desde su horizonte y que, cruzando el cénit, vuelve a caer sobre el límite entre el cielo y la tierra que corresponde al suroeste. El Sendero de Rheya es un término conocido en todos los rincones del mundo y, aunque cada región puede tener otros nombres para designar a esta banda centelleante, la denominación es reconocida en todas partes por igual.

No hay ninguna duda de que su belleza es inigualable, su centelleo perturbador y su naturaleza... Bien, su naturaleza es un asunto delicado pues, en Dyss, todas las criaturas saben que la centelleante banda luminosa que cruza los cielos constituye la corriente vital de todas las criaturas del mundo. Cada ser viviente; cada suspiro proveniente del aliento de una roca; esa chispa que decide el momento en el cual una hoja toma la decisión de tornarse verde, amarillo o castaño rojizo...; en suma, todo cuanto en Dyss supone un aliento vital que permite la existencia, entra a formar parte del Flujo de Almas al terminar su vida sobre el mundo. Allí, y sólo allí, se unen las almas de todas las cosas que una vez existieron sobre la faz de la tierra y que pudieron respirar su aire. El Sendero de Rheya se trata pues de la Corriente de Fuerza Vital, de todas las cosas vivas, que rodea a Dyss. Como un cinturón la circunscribe, manteniéndose siempre junto a ella; tan cerca, como una madre cuida de su retoño.

El espíritu de cada ser vivo en Dyss, ya sea un ave, una planta, un animal o una bestia aterradora proviene de la banda que rodea al mundo. Al morir, todo espíritu que le dio el aliento de la vida vuelve al Sendero de Rheya para formar parte una vez más del todo que conforma el flujo de fuerza vital. En ocasiones existen excepciones que se deben, por lo general, al tipo de especie o a la raza de la criatura; pero estos son detalles que se explican mejor en el capítulo sobre Razas y Culturas, en su sección correspondiente.

Son muchas las preguntas que se hacen los seres dotados de razón, conscientes de la vida y la muerte, sobre los detalles del Sendero de Rheya. Algunas de estas preguntas se conocen, otras permanecen aún por contestar; y aunque algunas las resolveremos en otros capítulos, cuanto has de conocer del Flujo de Almas es que es una región en la cual la fuerza vital de todas las criaturas se une a la fuerza vital del mundo, perdiendo parte de su individualidad, para conformar una única fuerza o aliento del mundo, que lo rodea. Allí, el espíritu de todas las cosas forma parte de un todo que aguarda su retorno al mundo en la forma de un nuevo ser viviente, o bien, trascender más allá del tiempo abandonando las regiones del mundo, por alguna de sus esquinas más recónditas, para entrar a formar parte de algo que desconocemos y que, francamente, no debería importarnos demasiado. Es de sobra conocido que, hay una vida antes de la muerte, siendo eso pues lo que realmente importa.

Las constelaciones y sus arquetipos

En lo que respecta a las estrellas y a las constelaciones que forman entre ellas, debes saber que existe un total de 78 constelaciones que se dividen en 22 constelaciones mayores y 56 menores.

Las constelaciones mayores forman lo que se llaman los 22 arquetipos. Símbolos cargados de significado y muy trascendentes para la existencia en Dyss. Cada constelación rige un rasgo, una virtud o un elemento constante en la existencia de todas las criaturas. Juntas forman una familia que posee un lenguaje que define, o más bien “describe”, el  orden de todas las cosas. Las constelaciones menores, aunque dotadas de significado, no mantienen el simbolismo de sus hermanas mayores, teniendo una trascendencia orientada a servir de inspiración en el desarrollo de las artes.

Aunque hay muchos que se empeñan en definir ese “orden” como el destino de todos los seres, eso es algo del todo inexacto pues, el destino de las criaturas NO está descrito en ninguna parte. Las criaturas deben su existencia a su mayor don, el de su libre albedrío. No obstante, éste es un detalle que con demasiada frecuencia muchos, por no decir muchísimos, se olvidan.

Así pues, como ya he dicho, las constelaciones describen entre ellas el orden de las cosas, de cómo éstas están dispuestas y ordenadas en el mundo. Constituyen un mapa completo del orden de la existencia, de lo que sucede y de lo que podría pasar si las cosas se desenvuelven de una forma o de otra, como las fichas de un juego sobre el tablero... Con el conocimiento, la perspicacia y algo de inteligencia se pueden prever las consecuencias de ciertos actos, conociendo las posiciones de las piezas de interés y así, anticiparse. Por otro lado, el conocimiento de cómo se ordenan las cosas del mundo es de gran utilidad para entender el comportamiento de éste, o de al menos una pequeña parte.

En cualquier caso, los veintidós arquetipos que componen las constelaciones conforman un lenguaje único, un lenguaje universal que sólo Dyss conoce. Bueno..., Dyss, y algunas criaturas más.

A continuación paso a enumerar de forma pormenorizada las 22 constelaciones y sus arquetipos:

Veintidós mayores

I. El Sabio. Una constelación pequeña de 11 estrellas muy juntas que también recuerdan a una hoz.Su arquetipo representa el control sobre todas las cosas y el conocimiento de los seres conscientes sobre la naturaleza.

II. La Hechicera. Una constelación que abarca una porción del firmamento bastante grande. Está formada por 22 estrellas de diferentes brillos y diferentes tonalidades.Su arquetipo representa la sabiduría femenina y el saber de la tríada: doncella, madre y anciana.

III. La Reina. Similar a la hechicera pero con 27 estrellas, de las que 3 en fuga dibujan su báculo. Se trata de la constelación que ocupa un mayor espacio en los cielos. Si la hechicera es el conocimiento femenino, La Reina simboliza el poder de la femineidad sobre el mundo.

IV. El Rey. Consta de 12 estrellas, 3 para la corona y 9 para la figura corporal.Constituye el todo o la totalidad que, mediante las cuatro esquinas, forma un juicio que lo define todo. Representa el ciclo completo, la crónica terminada.

V. El Profeta. Por medio de sus 10 estrellas se forma el mediador.Representa al que media entre los que es mundano y lo que está más allá, que es divino e inalcanzable. También representa el compromiso.

VI. El Trovador. Una constelación pequeña en extensión, constituida por 18 estrellas, que es visible durante toda la estación. El Trovador errante es símbolo del amor cortés, pero principalmente representa la elección de un camino en el lugar de otro al tomar decisiones. El trovador no tiene residencia fija y constantemente viaja por el mundo encontrando cosas nuevas y dejando otras atrás.

VII. El Caballo. Una hermosa constelación de 14 estrellas brillantes, de las cuales 3 son de un tono rojizo. Simboliza el control de la mente sobre el instinto, pero también el del poder de la guerra. El caballo, aunque dotado de gran fuerza, es noble y hermoso y el jinete es capaz de dominarlo.

VIII. La Espada. La constelación más pequeña, formada por 4 estrellas. La estrella que dibuja la punta es de tono anaranjado y señala hacia la estrella del norte, que se encuentra próxima. Representa la equidad, la integridad y la sensatez, pero a su vez el perjuicio, el abuso y la injusticia.

IX. El Farol. Es una pequeña constelación de 9 estrellas. Representa la introspección, la búsqueda espiritual  y la meditación.

X. El Pozo. También llamado, la Fuente.El brocal del pozo y la polea para subir el agua se representan con 5 estrellas muy brillantes. El pozo o la fuente representa el destino y los vaivenes de la vida, así como la fortuna.

XI. El Centauro. Una admirable constelación de 22 estrellas. Representa el autocontrol y el dominio sobre la bestia interior que, si se usa bien, es una enorme fuente de potencial.

XII. El Patíbulo. Sin duda una inquietante constelación cuya forma recuerda claramente tal instrumento por medio de sus 12 estrellas, aunque está dotada de un mensaje positivo. Lejos de simbolizar el castigo, representa el auto-sacrificio y la paciencia ante las adversidades o por un bien superior.

XIII. Môrndum, la niña. La niña Môrndum es la muerte que camina junto a las criaturas, pero también la vida que les otorga su aliento vital. Sin morada fija, comparte los pesares de todas las criaturas, acompañándolas en todo momento y aparentando inocencia.Su constelación consta de 26 estrellas; dos muy brillantes forman sus ojos. Según los dichos populares, “los ojos de Môrndum te acompañan allí donde vayas y de ellos jamás podrás escapar”. La niña Môrndum representa el cambio, el ciclo del principio y del fin de todas las cosas.

XIV. La Copa. Definida con 7 estrellas perfectamente alineadas. Representa el alcance de la espiritualidad y el sosiego de haber alcanzado la trascendencia. El deseo de paz de toda criatura.

XV. La Gorgona o la Medusa. Una inquietante constelación de 15 estrellas.Aunque se asocia a la maldad, representa más bien el apego por lo material y la obcecación por los deseos mundanos, los vicios y la degradación. Por esa relación con la materia, el arquetipo recuerda que, “en piedra habrás de convertirte”.

XVI. El Árbol del Mundo. Las 8 estrellas forman la imagen de un árbol que simboliza la casa del mundo. Este arquetipo se asocia a la imagen de un árbol destrozado por un rayo que se encuentra ardiendo. Aunque está asociado con el caos y la destrucción, también simboliza el progreso, el crecimiento y la evolución. A su vez representa la arrogancia castigada.

XVII. La Estrella del Norte.La estrella del Norte es una estrella única, solitaria y brillante que señala el norte del mundo. A su lado hay dos más pequeñas que, juntas, forman un triángulo, aunque no se ha definido constelación con ellas.La constelación de la espada apunta hacia esta estrella que se encuentra un poco más adelante siguiendo la misma dirección. Representa a la esperanza y a la revelación de la verdadera esencia del ser y del yo.

XVIII. El Unicornio. Con 27 estrellas forma claramente las patas y su centelleante cuerno. El unicornio simboliza las pruebas del héroe, el camino de éste a través del umbral para enfrentarse a los desafíos. El unicornio es adentrarse en uno mismo, a través de los entresijos del alma, para poder superar las pruebas y salir victorioso.

XIX. El Fénix. El ave Fénix custodia 19 estrellas que forman sus alas y su llameante cola. Representa al renacimiento pero también a la calidez y a la alegría.

XX. La Esfinge. Otra gran constelación, donde 10 estrellas definen el cuerpo y la cabeza de la esfinge. En Dyss simboliza a demás del enigma, el juicio. Representa al triunfo sobre las dificultades, la transformación que produce superar el pasado para planificar el futuro.

XXI. El Dragón. El dragón que representa al mundo y el final de todas las cosas se define por 21 estrellas en el acto de morderse la cola. Representa la culminación y el final, allí donde al fin se encuentra la paz, el resurgimiento del héroe victorioso y la victoria final sobre lo mundano. Esto a su vez simboliza un cierre y una vuelta a empezar.

XXII. El Carnero. Sin duda asociada con Dierdrath, la deliciosa locura del mundo. Las 11 estrellas se reparten definiendo de forma esencial los cuernos, la cabeza y las patas. El Carnero viaja errante por el mundo, vagando de un lugar a otro sin rumbo fijo. Representa a la anarquía del cosmos. Y aunque simboliza a lo errante, también representa a la fuerza creativa, la aventura y la espontaneidad.

Estos han sido pues los 22 arquetipos. Símbolos que representan la disposición de todas las cosas y cuyo magisterio desvela los secretos de cómo está descrito el mundo. Constelaciones también, desde luego, que cubren la bóveda celeste de representaciones simbólicas que explican el mundo para unos, y de luces titilantes de gran belleza para muchos otros.

Las 56 constelaciones menores reciben nombres muy diversos, por lo general referidos a criaturas míticas, animales, bestias y criaturas del mundo. Descubrirlas y clasificarlas es un entretenimiento muy popular en Dyss, además de un hermoso arte muy corriente entre poetas, músicos y artistas de diferentes disciplinas. Muchos de ellos dedican sus esfuerzos a describir la belleza de la bóveda celeste y a crear historias en donde las estrellas, junto a todas las criaturas que surgen de ellas, son las principales protagonistas.

 

Muchos son los que se hacen preguntas constantes acerca de la bóveda celeste, ¿existe acaso algo más allá que se oculte lejos, en la penumbra de las enormes distancias?

Es posible sí pues la bóveda celeste, esa gran corona que se ciñe en los cielos, no es más que otra de las fronteras que conducen a remotos rincones de un cosmos lleno de universos que visitar, regiones distantes que explorar y, puede que también, senderos que conduzcan de nuevo a ese lugar perfecto que todos andamos buscando, aunque tengamos la certeza de que exista ya un acceso a través de nuestro propio mundo.

En un cosmos infinito, más allá siempre surgen caminos a lugares que atraviesan el Etéreo, hacia los rincones imposibles del Cosmos, donde habitan las cosas más elementales provenientes de todos los múltiples universos. Allí también se descubren las orillas desde donde podemos partir, navegando por las rutas que conducen a través del Mar Astral. Ese lugar por el cual, tras escapar por los rincones del mundo, viajan las almas hacia lugares tan distantes que el tiempo no puede alcanzarlos, para comenzar quizás una nueva y muy diferente existencia.

Y de todos esos rincones distantes del cosmos, hay al menos uno, del que incluso la mismísima Dyss proviene.

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El día del luto

El bramido de un cuerno resonó por tres veces durante el ocaso, abajo, en el valle.

Inmediatamente las mujeres dejaron sus útiles de labranza en los campos, abandonaron los lavaderos, tan perfumados con las lilas recubriendo los muros por donde sobresalían los caños de agua,  y cerraron sus puestos cuajados de todo tipo de bálsamos para, de forma apresurada, encerrarse en sus casas junto a los hombres, cansados de la dura jornada de trabajo en las murallas.

Antes, más con prisa que con ceremonia, prendieron fuego a las grandes piras funerarias que habían sido ya dispuestas días antes, donde el rito sí había tenido el tiempo suficiente para deleitarse en todos sus delicados detalles. Sábanas de encaje, mortajas tejidas con hilo fino de poniente, perfumes, brezo, vainilla y espino, recubrían las carcasas de arcilla que habían preservado los cadáveres durante semanas, hasta la llegada del Día del Luto. En su víspera, se llevaban a cabo los ritos funerarios de todas las seis novenas consecutivas, antes y después de ese día.

Sobrevino entonces la temida jornada que yo esperaba desde hacía horas sin pronunciar palabra, aturdida de un dolor tan grande en el corazón que jamás había conocido hasta aquel momento; un instante que maldije para siempre.

Llegó la noche y un frío se enseñoreó de toda la tierra. Durante toda aquella noche y toda la jornada del día siguiente, el mundo permanecería a oscuras toda una jornada. Era entonces cuando las gentes, atemorizadas, se refugiaban en sus casas, temerosas del día en honor al único mandato que la tierra había impuesto sobre el mundo, al principio de los tiempos, y que había sido quebrantado una y otra vez.

Sentada en una esquina y apartada de nosotras, en la pequeña cabaña, Erynn entonó un canto en la lengua antigua, un canto que hablaba de historias de héroes del pasado. Mientras que con su mano derecha se cubría el rostro, con la izquierda tocaba el suelo, escuchando a la tierra y cantándole cuentos a través del delicado sonido de sus susurros.

En sus palabras hizo referencia a su madre; pero yo sabía que su madre ya jamás nos escucharía.

La mujer carnero dormía plácidamente en un jergón de paja, emitiendo ronquiditos que me hicieron esbozar una sonrisa. Se atusaba las orejas en sueños y murmuraba incoherencias, con una enorme sonrisa en sus labios. ¡Cómo envidiaba a Deegan!, siempre tan feliz, tan divertida, tan despreocupada y muy probablemente, siempre soñando con zanahorias...

Envuelta ya en las tinieblas, escuché el rumor del fuego avivado por el viento y el seco estruendo de la arcilla, medio húmeda, al reventar por el calor de las llamas, allá, sobre las piras funerarias. El fuego lamía los cadáveres putrefactos en sus mortajas de arcilla y el aire se estremeció desde el nordeste, quejándose por no haber recibido la frescura de la tierra, a la caída de Lugh y su Jareth.

La cicatriz de mi rostro latía lentamente, recordándome con cada sonido amortiguado, el seco dolor de mi garganta abrasada. Aún hoy siento el olor dulzón en mi rostro, al traerme alguna brisa cruel la esencia de las cenizas de mi amado. Pues allí ardió el que fue mi esposo, amante, amigo y el señor de todo mi corazón durante muchos años; el que iluminó con su semblante al sonreír, las oscuras oquedades de mi vida.

Y la noche en la cual el viento dispersó sus cenizas, en la pira funeraria, lo recordaría cada día como si hubiese sucedido siempre aquella misma mañana, pues sentí como mis propios huesos ardían con él, trayéndome el recuerdo de un viejo cántico funerario, tan antiguo como el tiempo, tan antiguo como el mundo, y que aún se recuerda en el oeste.

“Un fuego arde en la Tierra del Espíritu del Ave,
en la Tierra del Espíritu del Ave yace mi amado.
Una tormenta azota la Tierra del Espíritu del Ave,
dispersaré a las negras aves carroñeras.
Velaré sobre los restos y cenizas de mi amado,
estaré con él en la Tierra del Espíritu del Ave.
Un fuego arde en la Tierra del Espíritu del Ave.
Mis huesos arden.
Allí debo ir.”

Yo no podía imaginarlo entonces pero, ya en mi corazón nada volvió a ser igual y, ya jamás volvería a casarme.

 

“El trono de la reina Valaria”
Edanna

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De las fronteras

Dyss, sello general

En algunos puntos, la tierra de Dyss se solapa con otros mundos y con sus realidades. Estos lugares de unión crean lo que se denomina, las Fronteras. Áreas de ambos mundos que se superponen la una con la otra, permitiendo el tránsito entre ellos.

Las regiones de contacto suelen ser muy pequeñas en cuanto a su extensión, y el tiempo durante el cual se mantiene esa relación es algo limitado, resultando un evento más bien cíclico aunque dotado de una periodicidad estable. No obstante, la ubicación de fronteras definidas en un mismo emplazamiento de forma permanente suele tratarse de un fenómeno que se da con frecuencia, manteniéndose éstas por lo general en un mismo emplazamiento. Esto permite mantener un conocimiento de su localización aproximada a lo largo del territorio.

En Dyss, la región fronteriza de mayor extensión e intensidad, y con la mejor precisión en cuanto a su periodicidad, se da en la región conocida como, Bosques de Samâel.

La periodicidad con la que se producen las zonas de contacto obedece a varios factores como: la época, la posición de los astros y, sobre todo, el estado de la gran consciencia.

Durante los momentos en los que se establecen regiones de contacto estables, es posible realizar un tránsito entre ambos mundos; momento que Dyss aprovecha para captar todo cuanto es capaz de percibir de aquel lugar distante. Este tránsito es similar al que permiten las encrucijadas, con la diferencia de que si una encrucijada es un tipo de portal único o un acceso de pequeño tamaño, una frontera es una zona entera o una región de pequeña extensión que se solapa con otra zona de igual proporción perteneciente a un mundo ajeno a Dyss.

Es muy difícil apreciar la presencia de una región donde se ha definido una frontera. Requiere instinto, habilidad y mucha percepción. Con la suficiente habilidad se puede encontrar el sendero que conduce de un lugar a otro. Por el contrario, si no se tiene éxito, la propia fuerza de auto-conservación de cada mundo envía de vuelta al curioso al lugar de donde proviene, haciéndolo deambular perdido y confundido, dando vueltas en círculo y conduciéndolo al mismo punto del que partió. En este aspecto, Faerie o Arcadia se comporta en algunos casos de forma parecida a Dyss, a no ser, que lo que pretenda es facilitar el tránsito..., un rasgo que en ocasiones caracteriza a la Tierra Salvaje de las Hadas.

Este instinto de auto-conservación del territorio es sin duda algo muy común de cada mundo y una constante en la naturaleza del cosmos, pero en Dyss, es su propia consciencia la que establece un control exhaustivo y muy férreo. Resulta muy difícil pues efectuar el tránsito, requiriendo a veces años y años de observación, sin tener garantía de éxito alguna en un empeño demostrado a lo largo de una vida entera.

Una criatura curiosa y aventurera de otro mundo, al igual que su contrapartida en Dyss, puede adentrarse en una región fronteriza y no percibir en principio nada anormal. Si es capaz de hacerlo, aún requiere de la fina pericia que da la experiencia y de buena parte del talento innato en cada ser, que le permite abrir un sendero viable para poder transitar entre un mundo y otro. Nunca mejor dicho es  “cuando los mundos chocan” ese momento en el que algunos no dudan en apreciar la magnitud de tal oportunidad y adentrarse así en un nuevo mundo, completo y diferente, repleto de sorpresas insólitas y de deliciosos infortunios. Afinar las capacidades para encontrar las pistas, percibir los detalles, y así, hallar esos senderos, es algo que se gana con el tiempo y la práctica, variando tal habilidad de una criatura a otra, de una raza a otra, además de lo que cada una lleva consigo en su corazón.

Existen diversas maneras de abrir los senderos y algunos sistemas difieren bastante entre uno y otro. Puede recurrirse a las pistas que muestra la naturaleza de manera imperceptible, a las oscilaciones de la fuerza vital de los lugares, o bien, recurrir al “yo” interior y al instinto para dejarse llevar. Otras veces se puede tener éxito recurriendo a la ayuda de criaturas “del otro lado” que haciendo de guías faciliten el tránsito. En cualquier caso, lo normal es que adaptarse a la nueva forma de percibir la realidad, con el fin de encontrar los accesos que conducen entre ambos mundos, casi siempre requiere de mucho trabajo, de tiempo y de mucha paciencia.

Según mi opinión, es la propia Dyss la que desea fervorosamente crear esos nexos de unión, pues su insaciable curiosidad la conduce a explorar todos los rincones del cosmos para así poder aprender cuanto le es posible de todas las criaturas dotadas de razón que se extienden, sin saber cómo ni por qué, por todo el multiverso.

Los nexos o fronteras son pues conexiones creadas por Dyss con otras realidades que le permiten percibir cuanto puede de otros rincones lejanos. La periodicidad de esas conexiones obedece a los límites impuestos por la misma naturaleza del cosmos y por las capacidades de la propia Dyss a la hora de conseguir extender esos puentes, precisar su estabilidad y conseguir mantenerlos durante el tiempo que crea necesario.

Si existen otras razones para que se produzca el fenómeno del solapamiento de otros mundos con Dyss, yo las desconozco, resultando un completo misterio.  En realidad no conozco a nadie que tenga algún conocimiento de ello, siendo pues este tipo de incógnitas un terreno que se adentra en el campo de la especulación.

Reglas

Para percibir la existencia de regiones fronterizas y encontrar los senderos puedes emplear como soporte narrativo los chequeos de habilidad de tu sistema de reglas.

En el caso de D&D se precisan chequeos de inteligencia y sabiduría para las primeras versiones; o de habilidades de  percepción en general, además de “detectar magia”, de versiones posteriores.

En 4ª edición lo adecuado es efectuar un desafío de habilidad difícil, en donde intervengan la percepción, la perspicacia, las habilidades de rastreo y las habilidades arcanas.

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