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Regiones míticas

Anotaciones que están relacionadas con nuestra capacidad simbólica y el universo imaginativo.
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El son de tus alas (IV)

Dyss, sello general

Y así, el tiempo anduvo su propio camino.

Ella siempre está cerca, en todo momento a él le acompaña. Cromwall ya nunca está solo.

Ella siempre está presente, ella siempre está allí, en algún lugar; él nunca la puede ver, salvo por el rabillo del ojo. Tan sólo sus pálidas y diminutas manos de niña sobre él, en la alcoba, o alrededor de su cintura cuando monta a caballo. En ocasiones su mano está sobre la suya, cuando afligido pasa las tardes en el salón, frente a una chimenea que siempre permanece apagada, pues ya no hay motivo para encenderla, puesto que, el frío que siente habita ya siempre en su corazón. Cuando intenta comer la siente a su lado; cuando se adormila siente su manos rodear su torso, como la más cariñosa de las amantes. No hay en el mundo compañera más leal.

Sus perros hace tiempo que huyeron, aterrorizados ante la nueva señora del castillo. Ya Cromwall ni se molesta en ahuyentarla, en dar alaridos; no sirven de nada. Ella siempre está allí, silenciosa, contemplándole, pálida, como el ocaso de una vida de dolor, muerte y agonías.

Intenta mantener los ojos abiertos, pues si la intenta mirar fijamente, ésta, desaparece. Sólo la atisba por los lados, semejantes a los latigazos de un recuerdo, que pareciese fustigar con sus mortajas ondulantes, llevando escritas las palabras estrictas que nos recuerdan la vergüenza de los errores cometidos en la vida. Pero es inútil, ella siempre está allí; y cuando rendido, cabecea, al despertar lo primero que ve es la pálida y pequeña mano de niña, tomando la suya.

Entonces vuelven los alaridos, las maldiciones y los gritos, y de nuevo, las largas y eternas horas de madrugada, cuando uno no sabe si está muerto o vivo o anda entre ambos mundos. Y al final, cae rendido; para yacer, exánime...; como cada día, como siempre pues, siempre es igual, así, de forma perpetua junto a su niña-amante; cuya pequeña mano es lo primero que vislumbra al despertar, tras todas las largas horas de pesadillas, terror, sueños y pesares.

En su desgracia maldice ahora todas las horas del día, y de lo larga que es la vida cuando cuentas con cada instante de forma consciente; todos esos momentos resultan tan claros, tan ardientes, tan crueles..., en su memoria.

Entonces el señor recuerda el castillo, allí donde todo empezó. Solamente si quizás..., aquella flauta que tal vez, todo lo comenzara... Y una esperanza se abre ante él, ¡rápido!, ensilla un caballo, cruza la barbacana y toma el gran camino, reventando a la bestia durante su carrera, cabalga veloz hasta aquel extraño castillo donde hace ya meses estuvo con sus hombres. Aquel tormento que tras una tarde, hace meses, ya empezara y al que ahora el señor culpa de todas las desgracias que en su vida, a partir de entonces, le han sucedido.

Al lugar llegó antes de que cayera ya el sol y apresurado, anhelante por el brillo de la esperanza refulgiendo en su consciencia, buscó la habitación donde hallara aquella tarde el instrumento.

¡Allí estaba! Satisfecho corrió, gritando y maldiciendo; jurando a la ramera que por fin, de cualquier  lugar de donde hubiera salido, allí volvería a sumergirse en el infierno, junto a todos a los que, durante  su existencia, les había arrancado la vida con sus manos.

Encontró la flauta en el suelo que sin dudar tomó en sus manos; anhelando liberarse, con premura, un soplido corto le dio por la boquilla. Una sola nota aguda resonó en una estancia por la que no parecía haber pasado ni el tiempo ni el polvo o la suciedad. Todo, absolutamente todo, estaba tan perfectamente limpio como el mismo día que allí había llegado la primera vez con sus hombres.

Durante un rato Cromwall espera, y con la proximidad del caer de la tarde suspira aliviado que con su plan podría haber tenido éxito, poniendo un final a una pesadilla que quizás había ya dejado atrás.

Rendido se siente entonces y sobre la cama ahora se sienta, más tranquilo de lo que ha estado en muchos meses por vez primera. ¡Desea tanto descansar!, ¡tanto anhela el dormir!, al fin, sin pesadillas. Se siente tan agotado que allí, tumbándose, se queda dormido al fin, sin sueños, en un sueño tranquilo como la ribera de aquel rio tranquilo donde pasó su infancia.

Cuando Cromwall despierta ya está anocheciendo y una tenue luz rojiza ilumina la estancia, donde las vestiduras al compás de una brisa que entra por la ventana sisean todas juntas. Siente miedo entonces. En su mente vuelve a ser consciente de todos los sucesos y desea, con fervor autentico que toda aquella pesadilla haya por fin terminado.

Y en su pecho, allí estaba la pequeña mano de ella; tan pálida, que sobre él, ahora dulcemente descansa.
Dándose la vuelta, con un feroz alarido, fuera de sí, entre rizas y sollozos, entre chillidos de rabia, a ella por primera vez la atrapa; esta vez su compañera no se difumina ante sus ojos, ni desaparece para rondar por los lados, como un fantasma, como un viento inalcanzable. Ella, esta vez allí continúa, silenciosa, sin expresión, lejana y fría como un rayo de luna. ¡Es tan pequeña!, ¡tan pálida!, de ojos profundos como negro carbón pues negro es el pozo insondable de su mirada ya que de pupilas carece. Su cabello, también negro es como la noche, lacio y brillante que le alcanza la curvatura de sus nalgas, que él aprieta ahora, pues también le arranca el fino vestido que parece deshacerse como un soplido en sus manos.

Así, con feroz brutalidad, en su misma habitación, a su compañera, a su aparición, viola ahora con fiera determinación, y con rudeza.

Y así lo hace sin cesar, durante horas y horas, en las cuales ella nada dice, ni sonido alguno emite, pues ni siquiera parece que sus pequeños pechos blancos se muevan levemente al respirar; si es que respira alguna vez. Yace allí, ahora, bajo él, mientras el señor entra en ella una y otra vez, con tal salvajismo que desea romperla en pedazos.

Cuando termina, enloquecido, corre hacia fuera, toma su caballo y esta vez sí, consigue matar a la bestia que cae, reventada, a la vera del camino, muchas millas a lo lejos. Levantándose sobre el caballo muerto, sigue corriendo de todos modos, hasta que dos días después regresa a su fortaleza, donde finalmente se encierra.
Allí se queda durante meses, gritando, dando voces y profiriendo alaridos. Tiempo durante el cual, todos los que allí quedaban se marchan al fin, muy lejos de allí.

Aquella fue la última vez que a ella él la tocó, probablemente, por alguna perversa brujería al haber estado en la misma habitación de su dueña. Allí sigue ella pues, siempre una fiel compañera, velando a su señor, en un castillo en ruinas, todo cubierto ahora de hiedra.

En un frío y enorme salón, ante una chimenea que jamás prende fuego alguno, se escucha los delirios de un loco que horas chilla, perturbado, y horas ríe con histeria. Siempre está en su sillón, profiriendo maldiciones, alzando la voz y hablándole a su siempre leal compañera de las tierras que una vez, junto a sus hombres, entre sus manos tomó, pues hubo un tiempo en el que obtuvo siempre todo cuanto quiso, y que nunca habían conocido pues la miseria.

Siempre silenciosa, la chica entre sus brazos tiene siempre ahora a un bebé, de la misma piel tan pálida como la de la nieve; y ni una queja ni un lamento, la hermosa criatura, jamás profiere. Pues si en su niña-amante palabra alguna jamás se escuchó, menos iba a partir en un nuevo niño; el hijo de él, y el de ella, que en sus manos, un bebe ahora siempre junto a sí mantiene.

Pero ahora, ya los dientes de Cromwall han perdido su blancura, se fueron pudriendo unos tras otro y los que quedan, en su boca son una sombra de lo que una vez fue símbolo de toda su bravura. El señor de los dientes blancos Cromwall ya dejó de ser, pues en un viejo desdentado de podridos dientes, él se ha convertido. Por fortuna, no todo es tan malo pues, en el niño que ella siempre en sus brazos sostiene, el señor ya advirtió, la hermosa blancura de unos agudos dientes de invierno que, el bebé de forma reciente, en su boquita ahora han nacido.

Así termina la historia de Cromwall, el de los dientes de invierno.
Que jamás viera en Occidente homenaje alguno, gloria ni alabanzas.
Salvo en la memoria a través del recuerdo de un desgraciado destino.
Muestra, enseñando, los errores que condujeron a tantas desgracias.

El hombre pues a ser libre, nosotras decimos, ¡que está condenado!
Pues de la libre voluntad, de hacerse a sí mismos, poseen tal don.
Que cada día, tus elecciones te harán ser lo que eres, ¡ya han olvidado!
Y en su ciega ignorancia el necio optó por tomar, el de su perdición.

 Fin

 

***

Su tono había cambiado al comenzar la narración, quedándose como en éxtasis y haciendo unas muy leves oscilaciones con la parte superior de su cuerpo. Al terminar, pareció relajarse y volver a ser la misma de antes. El ambiente se dulcificó entonces y las gentes comenzaron a dispersarse, cuchicheando a la luz de los grandes fuegos que se habían encendido durante la caída del Jareth.

Aquella había sido una bella historia contada de un modo extraño que, una vez más, trataba de enseñar a las gentes aspectos de la vida, de la tierra y de los cielos; pues en ello consistía la labor de las narradoras de la vida, en instruir mediante el enxiemplo, mostrando los secretos del mundo a la consciencia de las gentes, dejando las viejas historias en el recuerdo de todos los oyentes para que perduraran a través de cada generación; enseñando y educando a los seres que, por lo general, eran analfabetos.

Por ello, las narradoras recorrían los caminos, haciendo un peregrinaje sobre el que cada una tenía asignada una región que abarcaban en unas cuantas estrofas, completando su recorrido una vez por estación. En los años de invierno, sin embargo, permanecían en sus refugios toda la estación, esperando el momento de poder realizar su peregrinaje en condiciones más favorables. Las narradoras por ello disfrutaban de libre tránsito a través de todos los territorios, e incluso, hasta muchas criaturas que podría catalogar de bestias, las respetaban.

A mí me pareció la de las narradoras entonces,  una gran labor;  y aquel hermoso cuento narrado con un lenguaje extraño hizo que se me estremecieran todas las fibras de mi ser al recordar, mediante aquellas viejas historias, el porqué en Dyss existen tantos matriarcados, y el porqué la fuerza de lo femenino es respetado, como forma de gobierno y cómo guía espiritual, resultando en algunos casos algo de carácter sagrado en muchos lugares del mundo, a lo largo de todos sus territorios.
Más tarde pude conocerla, pues me acerqué a hablar con ella al dispersarse el gentío; y en aquel momento, nunca pude haber imaginado los increíbles acontecimientos que surgirían de aquella nueva amistad que se forjó al comienzo de aquel nuevo año de primavera.

El trono de la reina Valaria
Libro de Edanna

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El son de tus alas (III)

Dyss, sello general

Nadie conoce mejor el castillo que su propio dueño, así que con gran habilidad se aproxima hasta la muralla, ocultándose, y que escala con facilidad. Al llegar a lo alto a un adormilado soldado sorprende al que, de un puñetazo, la mandíbula le rompe como escarmiento. Bajando por el torreón cruza los pasillos hasta el cruce de las galerías, donde una vieja y espantada criada da un grito al verlo, que el ahoga de forma brusca tapándole la boca, con tanta fuerza que por poco la mata. La mujer desmayada no puede ver como girando a la derecha, hacia los aposentos de la reina, Cromwall, ahora dirige sus pasos.

Ghost girlPero todo cuanto anhelaba encontrar no es lo que esperaba pues los jadeos a través de la puerta, sin dificultad, el señor percibe de forma clara, inconfundibles.

Entreabriendo la puerta allí ella está, recibiendo entre sus piernas al capitán del destacamento, con tal ardiente pasión que con él jamás recordara. Ni en sus manos ella gimió así de placer, sobre ella. Y él, en su pasión, la llegada del señor del castillo tampoco ha advertido, para su propia perdición.

Desprendiendo entonces una lanza de adorno en la pared, furioso, ¡fuera de sí!, con un terrible grito a los dos atraviesa; perforando hueso, carne, músculo, y pasión ¡con fiereza!

Con tanta fuerza que empala a los dos que allí, el uno en el otro, ahora en la pasión del amor así se reciben; atravesando las tablas de la cama y contra el frío y duro suelo; con la misma lanza que una vez usara para cazar su primer jabalí, que junto a todos sus trofeos, en el gran salón, allí se exhiben.

Perforando el piso de durísima piedra hasta enterrarse a un palmo del refuerzo, quedando allí clavada entonces, mientras él jadea por tal tremendo esfuerzo; empapándose cama, sábanas, cuerpo, piedra y lanza, quedando como un recuerdo, con el destilar de la sangre de los dos amantes que en su imprudencia, allí les diera caza.

Emitiendo un rugido corre entonces por los pasillos y mata a golpes a algunos criados que, presurosos, acuden a ver qué sucede; les rompe el cuello con sus manos en un acceso de cólera, haciendo crujir las vértebras en un sonido que hiela la sangre en las venas; y ordena, a voces, que sellen los accesos, puertas y ventanas ¡todo!, ¡todo maldita sea!, de la habitación de la reina, que con ladrillo y mortero la cieguen; y que nadie ose tocar los cuerpos, pues, tal como están así para siempre se han de quedar, si no quieren terminar todos igual, empalados como su señora.

Aquella habitación será ahora pues su ataúd, y sobre ella, su amante hará las veces de mortaja; el castillo, su monumento fúnebre, y como única plegaria, lo que tenga que venir mañana; para recuerdo de todos los que respiran bajo el sol, mientras él..., así lo permita.

El tiempo transcurrió entonces, tan lento; lento cuando saboreas todos sus versos; rápido cuando no eres consciente que la vida se escapa sin saberlo, a través de los resquicios de la aurora de tus pensamientos.
Cromwall se fue marchitando; él, que siempre fue el primero en reír y el que más alto siempre lo hacía; él, que había tomado siempre todo cuanto se puso en su camino; él, que siempre tomó cuantas mujeres quiso, y la hembra, no se trataba más que de un pasatiempo.

La femineidad no significó para él nada más que un higo que exprimir y al que sacarle todas las pipas pues nada más que un fruto era, de los muchos puestos allí para el hombre por la misma tierra.

El gran señor lánguido yace ahora, siempre solo, en el salón al que ni sus perros quieren acompañar por la extraña locura que aflige al rey desde aquel día siniestro.

Sus perros huyen espantados ante su apariencia, y de manera especial ante la otra presencia que perciben, que huelen, que sienten, que eriza sus lomos; pávidos de terror absoluto; un terror antiguo que recuerdan en los rincones de la memoria que han heredado de sus ancestros.

Sus hijos, espantados, se han marchado a lejanas tierras, a cuidar de sus propios asuntos y a su padre no quieren volver a verlo jamás.

Ahora Cromwall solitario siempre parece estar, hablando y maldiciendo; en las largas horas, en su salón al que ya ni sus perros visitan, se le escucha reñir con lo que todos creen es el fantasma de la reina que ha vuelto para torturarlo. Día y noche las pasa solo, sin ver a nadie, constantemente discutiendo consigo mismo o  hablando con el ánima que, muy probablemente, ahora siempre está junto a él para mortificarlo.

Pero la verdad única sólo él la conoce pues, la presencia siempre le acompaña desde aquel día que una sola nota le arrancara a aquel extraño e inútil instrumento.

Directamente a ella jamás la percibe; solamente por el rabillo del ojo, en muchas ocasiones, atisba lo que parece una hermosa mujer, muy joven, casi como una niña. No es muy alta y es extremadamente delgada, como un ánima; pálida, como una aurora de nubes de otoño. Pálida, como la vida de una mujer que perdió a todos sus hijos; pálida, como un campo gris bajo los cadáveres de un campo de batalla. Pálida como un mundo sin sol, en una noche de luna vestida de mortajas.

En las raras ocasiones en las que aún monta a caballo, las blanquísimas manos de ella rodean su cintura, que él siente apretándose junto a su cuerpo mientras percibe su perfume extraño y áspero como el jengibre; notando las manos delicadas, pequeñas y gráciles; unas manos de gorrión que podría aplastar con un puño.
Podría matarla con una sola mano cien veces seguidas.

Allí sus manos pálidas se aprietan a él, a su señor, unas manos de niña, blancas como los amantes empalados en la habitación de la reina, ya devorados por los gusanos en el dulce aroma de las largas estaciones de primavera, cuando los pétalos revolotean frente al reciente muro de ladrillos que tapian las ventanas, tras los cuales, la carne de ambos se pudre lentamente bajo las sedas, las vestiduras y las botellas de todos sus perfumes, en el transcurrir de todos aquellos tan hermosos días con sus noches.

Nunca habla, nunca dice nada, nunca se escucha el siseo de su respiración; sólo un frío gélido, como una larga estación de invierno que siempre, a su lado, le acompañase.

Cuando duerme la siente a su lado, apretándose junto a su torso, depositando aquella dulce y delicada mano, pequeña, blanca y fría sobre su pecho musculoso, buscando protección, buscando todo su amor con anhelo, con deleite; pero sin pasión.

Él entonces despierta dando un alarido, se retuerce, se agita, emitiendo un lastimoso gemido, como quién quiere quitarse una araña que recorriera su piel, con asco y repulsión; bañado en sudor, Cromwall, ya jamás descansa.
Por primera vez desde que era niño a veces solloza pues al despertar, a su lado, el siempre solitario espacio en donde no hay nada es cuanto le acompaña. Ella sólo aparece por su visión periférica, tan niña, tan hermosa y tan extinta, como una madrugada de frío invierno.

¡Ahora el señor gime!, grita en la noche, ahora solloza, y ahora ¡vuelve a gritar! Gimiendo maldice, jura mil veces matar a todo hombre y mujer que se cruce en su camino. Injuria a todas las maldiciones del mundo que por qué aquella se adueñó de él, convirtiéndose en su dueña.

Durante las largas horas en el castillo resuenan sus alaridos, en las largas horas de madrugada, durante todas las largas horas de la noche...

Los criados, asustados, se esconden en sus sórdidos huecos, bajo sus mantas y sus pulgas, y el miedo del terror es lo único cuanto ya florece en los antiguos jardines de la reina; ahora rodeados con el verdor de la naturaleza cuando se le desabrochan los leves cordones que encierran la blusa donde guarda los tesoros de toda aquella primavera.

En un lugar de terror a su castillo el señor ha convertido.

Algunos soldados comienzan a escapar y muchos hombres, antes leales, ahora prefieren poner tierra de por medio; a éstos le siguen los criados, pajes y artesanos de la gran casa del gran Cromwall “dientes blancos”. Así, ésta, comienza a corromperse como los cadáveres que yacen en la tumba de la reina. Él, dándose cuenta, a todo hombre maldice, y jura mil veces que como lo atrape, la vida le arranca de un sólo golpe, les dice. Pero el miedo se ha apoderado ya de todos los corazones en una gran desazón, así pues, no consigue evitar que a lo largo de aquellas semanas un enorme conjunto de hombres deserten, abandonando a su señor que, creen, ha perdido por completo la razón.

Continuará...

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna

 

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El son de tus alas (II)

Dyss, sello general

[...] No tardó en hallarlo. La narradora eligió un pequeño promontorio junto al cauce del río, con una gran piedra que las mujeres habían estado usando para golpear la ropa mientras lavaban. Resopló un poco el lugar donde iba a sentarse, sacudió con un gran pañuelo otro poco más —en un gesto de cuidadosa preocupación por la suciedad— y procedió a tomar asiento, cruzando las piernas, con la espalda recta, el cuello levantado y la mirada al frente, al fondo de la audiencia allí reunida. 

Dama fantasmaSe hizo entonces un completo silencio, quebrado en ocasiones por el graznido de unos cuervos distantes, el crepitar de los fuegos encendidos y un leve rumor de la brisa. Permaneció en espera unos instantes hasta el momento en el que, con un delicado gesto que hizo que la gente contuviese el aliento, posó la palma de la mano derecha sobre la roca mientras que con la izquierda se cubría el rostro. Según cuentan, las narradoras entran así en armonía con la consciencia del mundo —algo que requiere de una gran preparación—, escuchando y susurrándole a la vez a la tierra las historias que ésta siempre anhela escuchar pues, en Dyss, a la tierra se le rinde homenaje contándole historias. Por otra parte, con la mano izquierda ocultando el rostro, impide que los gestos y expresiones de su auditorio distorsionen las historias, depositadas en su memoria desde que son apenas unas niñas.
Había escuchado que muchas se solían pintar también el rostro, para separar aún más su propio “yo” del de su audiencia, pero ella parecía prescindir de aquella costumbre.

Así, mediante una voz algo grave pero bien modulada, una voz que parecía provenir de alguien de más edad que la que aparentaba aquella chica, la narradora de la vida comenzó a recitar:

Cromwall “Dientes Blancos”

¡Eran los tiempos de un señor de la guerra lo que esta historia nos muestra!
¡Por su  insensatez, los gobernantes siempre a su pueblo heridas le inflige!
¡Por la violencia, que le abandone la gloria por sí mismo él elige!
¡Y el porqué la codicia al hombre de razón lo privó, este cuento demuestra!

¡Cromwall, señor de la guerra, de fieros guerreros poseía una hueste!
¡Tras de sí sólo deja destrucción, pillaje, dolor, muerte y violaciones!
¡Que por aquel entonces toda la estación tuvo, aquí, en el oeste!
¡Ricas tierras se anexionaron, sin sufrir pérdidas ni hacer concesiones!

¡Ya asoló la región, y a su bien armado castillo a sus hombres dirige!
¡Portando todos los tesoros que los hombres por la violencia tomaron!
¡Tiaras de oro robadas a través del dolor, con piedras preciosas su tesoro refulge!
¡Tesoros teñidos con la sangre de todos aquellos que tras de sí dejaron!

¡Escuchad todos, la historia de Cromwall, el de los dientes de invierno!
¡Cuyas insensatas acciones privaron, por siempre, de su cordura!
¡A un hombre que todo cogió y por la fuerza tomó, durante su gobierno!
¡Que aquí en el oeste, su maldición, en la memoria aún perdura!

Treinta y cinco años Cromwall ya vivió, por su propia mano, un reino y diez castillos por aquel entonces ya había obtenido; por todo ello, satisfecho se sentía; cuatro hijos que la reina ya le ha dado, y seguro estaba de que todos en alta estima le tenían. Castillos de gruesos muros, amplias caballerizas y despensas que bien provistas siempre están.

Eran los tiempos del invasor y de su presa, cuando un único varón en estas tierras entonces siempre gobernaba. La mujer nada era entonces y vivía sometida a sus designios. Eran los tiempos en donde todos los pueblos al oeste del gran mar afligidos se hallaban, matándose los unos a los otros con hierro afilado.

No había perdón entonces, no había cuartel, pues sediento resulta el hombre de hartarse siempre de distinciones, mujeres y riquezas.

De la nada llegó Cromwall y en rey se convirtió, pues los ricos tesoros un trono compraron y mediante la punta de su espada los tratados, firmados con sangre, así quedaron.

Cromwall, “dientes blancos” lo llamaban pues, de todos, es el único que mantiene una dentadura perfecta, sin faltarle una pieza, blanca y brillante, tan raro resulta esto en nuestros días. Su blanca dentadura leyenda resulta en la región, símbolo de su bravura, y piensan que su poder allí guarda cuando ríe a la vista de todos.
Un hombre sano y fuerte es, pero más fuerte resulta su ambición, que a sus dos hermanos mató para asegurarse un señorío, un reino y diez castillos. Con mano de hierro Cromwall gobierna, y con sus propias manos a quién le ofende lo mata. Arrancándole la quijada y colgándola del tapiz a su derecha, en la sala de gobierno deja, como trofeo. Nadie osaba retar al más fuerte. ¡Cromwall es poderoso!

¡Oh¡ ¡Pero qué negro es su corazón!, que hombres y mujeres, en secreto, a sólo él maldicen en las noches oscuras; desde los más sórdidos rincones hasta las blancas sábanas de encaje de la más alta cuna.

El único amor que posee es para sus perros, si es que algo de eso habita en su corazón. A ellos destina las mejores piezas del festín en la sala del trono mientras, para divertirse, arroja inmundicias a los esclavos para que se maten entre ellos; a la vista jubilosa de todos en el gran salón donde juntos brindan, ¡a la salud de su señor!

Era un hombre de corazón negro, que vivía en un negro castillo, en el corazón de la tierra que mató a todos sus ancestros con el hierro forjado de sus parientes. A su propia madre estranguló en lo alto de la torre, arrojando su cuerpo al pie de la muralla; un crimen por el que aún habrá de pagar lo que por cien veces cien ya él por su mano ha tomado. Pues todo cuanto desea lo toma siempre sin dar, todo, a cambio de nada; olvidó que, todo cuanto despojaras de la tierra, a la tierra habrás de pagar, para devolvérselo, ¡y si de poder se trata!, ¡la deuda siempre será por triplicado!

—¡POR TRIPLICADO HABRÁS DE DEVOLVÉRSELO! —Corearon entonces todas las gentes que se encontraban allí reunidas.

Cromwall de los dientes de invierno y sus hombres, de hacer la guerra volvieron un día. Exultantes de júbilo a sus juglares obliga a contar sus hazañas mientras diez cuartos de buey a cada hombre promete. A lo lejos entonces, un castillo en el horizonte divisan cerca ya del ocaso. Extrañados, pues no recordaban que en la zona hubiese construcción de aquel tipo, ordena a sus hombres a hacer un alto, mientras que un grupo se acerca a explorar.

Un castillo que parece estar abandonado, como si de repente todas sus pertenencias los habitantes hubiesen allí dejado atrás, piensa, asustados ante la visión de los guerreros de su hueste.

Efectivamente, el castillo nadie lo habita, con signos de que todas las almas que allí había hubiesen, de repente, desaparecido. No se pueden creer tanta suerte y, con júbilo, allí exclaman: “¡Somos merecedores de los regalos de la fortuna!”, pues piensan, por ser los más bravos guerreros que la tierra jamás conociera, que por tal distinción los recompensa el destino.

Así saquean el castillo, llevándose buenos arreos, mucha plata, cueros bien trabajados, armas, y hasta oro que encuentran en los arcones junto a valiosas telas, traídas del este lejano.

Cromwall, ufano, con sus hombres el castillo por completo recorre, hasta dar con una habitación ricamente vestida de tejidos y tapices, vestiduras de adorno, como si a una mujer perteneciese.

Al entrar, un aroma lo embriaga a pesar de ser hombre rudo; un perfume destila el recuerdo en aquel dormitorio por una, su antigua dueña. La que allí habitaba, un día, cuando la remembranza de lo que significa la palabra esperanza aún existía.

Sobre la colcha de una hermosa cama con dosel, reposa una extraña y sencilla flauta que Cromwall, curioso, toma en sus manos. Se trata de un exquisito instrumento de un solo agujero y unas extrañas tallas a lo largo, de exquisita factura. Con un breve soplido una nota es cuanto el instrumento emite, lo que al rey le hace gracia pues inútil resulta una flauta de la que sólo una nota puede brotar. Una leve brisa estremece entonces los tapices y las telas que, livianas, penden de vigas, paredes y ventanas, y es en ese momento cuando el perfume se disipa.
Arrojando el pequeño instrumento, sale pues de la habitación, no sin sentir antes un escalofrío, como si ahora de forma repentina, una cercana presencia estuviera ahora siempre observándole.

Volviendo al camino a la mañana siguiente, la hueste, continúa su viaje. Ahora el señor perturbado parece estar siempre. La jornada transcurre con el rey algo nervioso; su caballo, intranquilo, no deja de dar coces. Tanto es así, que llega el momento en el que tiene que cambiar de caballo por tres veces. Una de ellas, por la furia, de un golpe casi deja muerto a la bestia en medio del camino. Nerviosos también ladran sus perros alrededor, incesantes.

Los hombres piensan que un mal presagio aguarda.

El señor los ignora, pero continúa incómodo pues, desde aquella habitación perfumada, la presencia que siente la nota constantemente alrededor. ¡Oh!, pero, durante un momento de duda y asombro —y sin que nadie lo note— se espanta al notar que unas delicadas, pequeñas y muy pálidas manos alrededor de su cintura siente como le rodean, estrechándose junto a él, a su espalda; aquella presencia es entonces cuando piensa que constantemente ahora le sigue pero, controlándose, a su hueste ordena avanzar, y su viaje prosigue.
Mantiene el ánimo bajo durante todo el camino; extrañado y de mal humor parece el rey al que, sin embargo, nadie osaría molestar. Pero su talante mejora al aproximarse al castillo donde ahora su mujer espera, ardiente, la llegada de su señor para así cumplir con sus obligaciones.

En la gran casa ya deben haber avistado la hueste y los calderos piensan que habrán puesto en el fuego con la carne a hervir, los ricos manjares en los asadores llameantes dando vueltas, para cuando así lleguen los hombres un festín poder celebrar, alabando así a su señor, por traerles tanta abundancia y el placer de poder tomar cuanto se les antoje.

El señor entonces tiene una idea; se aproximará al castillo a escondidas, para dar un buen susto a sus sirvientes y soldados, tomarlos desprevenidos y así darles un escarmiento en caso de no cumplir con sus obligaciones. Ver de primera mano cómo se van resolviendo sus asuntos mientras está ausente de sus posesiones y si todo se cumple como él ha ordenado. Le parece buena idea para a su mujer también sorprender pues esperándole, nerviosa, se la imagina, ordenando que todo esté bien dispuesto para la llegada de su señor. No desea hacerla esperar pues tras sólo haber andado entre criadas y campesinas, ya ansía de nuevo una piel clara y noble.

Continuará...

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna.

 

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El son de tus alas (I)

Dyss, sello general

            A Erynn la conocí, como no podía ser de otra manera, tras el comienzo de la primavera; a mediados de la primera estrofa, durante el mes de Kaleth “el grande”.

Aquella nueva estación prometía ser un año repleto de ilusiones por todas las cosas nuevas, y de buenos recuerdos por tantas otras cosas que ya quedaban atrás.

Mist womanFue esa una primavera anunciada de forma prematura por las aves de toda la región que, exhalando los aromas de la tierra, se percataron antes que nadie de la llegada de la buenaventura. Siempre mis preciosos pájaros, portadores de noticias, predecesores de lo que el viento se lleva consigo hacia las esquinas del mundo.

Tras dejar un año de codiciosos fríos y gélidas ventiscas, la fatiga se había extendido hasta los rincones más oscuros resguardados bajo las oquedades del mundo. Por todo aquello, la llegada de una “narradora de vida” significó en aquel momento un gran acontecimiento.

Yo había pasado todo aquel frío año en el refugio, al sur, allí donde las formidables esfinges vigilan el canal. Y sólo de forma reciente había comenzado a buscar mi fortuna por todos los puestos civilizados, mucho más allá del límite del país de los hombres-caballo.

El invierno había sido especialmente duro por todas las regiones, dejando su huella por todas partes. La población de los asentamientos había menguado en un dos de cada diez en algunos sitios y de manera especial en las localidades más pobladas. En estos casos la dispersión parecía favorecer las posibilidades de supervivencia.

Así pues pude percibir, mientras deambulaba con mi laúd ofreciendo mis canciones y poemas, lo que muchos demostraron como agradecimiento; unas veces de forma torpe y brusca, y otros en cambio, con una exquisita galantería que en alguna ocasión incluso resultó ser del todo sincera.

Recuerdo que estaba en un campamento frente a las murallas de Caer Cruachan, “la ciudad de los diez mil bastardos”...

A las gentes, en Dyss, les encanta fijar cantidades y así hacer montoncitos. Aparentemente, ello constituye una pista útil para saber a qué atenerse... Lo cierto es que yo no recordaba el porqué de la puntualización, más bien fruto de las manías, y no me apetecía mucho ni recordarlo ni indagar sobre el tema.

Por el campamento rondaba gente de la peor calaña con la que había que trazar una raya y ponerse a esperar, con un palo en la mano, a que la cruzaran; todo ello sin caer dormida durante la espera, porque si no, estabas muerta. En cualquier caso yo tenía siempre a mano las dos hojas afiladas que siempre llevo conmigo —baste decir que una es más corta que la otra—, y su visión servía para disuadir a la mayoría.

Pero, por desgracia, las minorías y los temerarios eran siempre el problema. Con éstos, el problema era siempre el instrumento musical y el sexo femenino —no sé muy bien en qué proporción—, que parecía hacerlos actuar como por resorte y anhelar la muerte tras pretender corregirles los malos modales. Sobre esto tengo que añadir que algunas hembras no eran mucho mejores.

Por todo esto no albergo ninguna alegría pues, detesto la visión de la sangre.

Aún así, no me encontré con serios problemas durante aquellos días. Incluso entablé amistad con una gran familia de campesinos que habían vendido sus tierras para marcharse al norte, a las regiones cálidas. A mí el proyecto me pareció una alternativa razonable. Sus hijos me tomaron cariño —y yo a ellos—, mientras las agujas del dolor volvieron a aflorar en mi corazón al volver a ser consciente de mi incapacidad de tener descendencia propia.

Por lo tanto, ya fuera en aquel entonces por el despiadado invierno que finalmente había quedado atrás, por las duras condiciones de vida en toda la región, o simplemente, por el debilitamiento de la fuerza de las ilusiones —en el siempre arduo propósito de salir adelante—, sucedió que la llegada de la narradora significó para aquella gente todo un acontecimiento. Un acontecimiento que fue recordado largo tiempo y que significó mucho para buena parte de los corazones que allí compartían las frías noches de todos sus temores.

Vino del oeste, no recuerdo de qué lugar en concreto y como ya comenté, se llamaba Erynn.

Alta y delgada, con una trenza larga y negra que le llegaba a la cintura, marcó un paso dueño de toda la elegancia que el mundo dispone sobre cada individuo para tomarlo o dejarlo. Ella, había optado por tomarla y hacerla suya;  inaudita en aquellos parajes y sentida, por muchos, como un don sobrenatural de la tierra. Un don que sólo se concede a unos pocos elegidos.  

He de decir que me impresionó profundamente la prestancia de aquel talante, y de la importancia de su cometido en el mundo que me rodea. La narradora de vida es un símbolo en Dyss, una esperanza y, siempre, un regalo de bienvenida.

Entre los miembros de su orden, la distinción era un rasgo muy característico, que las diferenciaba desde el primer instante en el que tomabas contacto con cualquiera de ellos. La narradora pertenecía a la orden de “Las hijas de Edith”, como se las conoce, en honor a la centinela dueña del conocimiento y de todas las historias que han de ser contadas. Hasta en los rincones más oscuros son las encargadas de llevar todo cuanto se conoce, a fin de no olvidar. Pues resulta que el olvido..., es esa pequeña y única muerte que existe en el mundo, si no se hace algo para remediarlo.

Mediante un semblante de aspecto serio, algo grave, y a través de unas facciones redondeadas, de finas cejas y boca pequeña, se revelaba un cutis delicado, resaltado por unos profundos ojos negros. En su mirada había reflexión, inteligencia y la templanza que caracteriza a las narradoras, grandes conocedoras de los caminos del alma de muchas criaturas.

Sus manos eran pequeñas y refinadas, tan finas como el conjunto de todas sus facciones y siempre, aquella mesura en todos sus gestos, en la exquisitez de todos sus movimientos. Tan importante era el control de su cuerpo que más que andar parecía estar danzando.

Portaba dos bolsas de cuero propias de la orden: una escarcela, donde llevan algunas de sus pertenencias, y la tabana, la funda para el arma tan característica que utilizan; una extraña cadena reforzada en forma de estrella que esgrimen con suma pericia.

Completaba su atuendo con un largo vestido de viaje de color azul —que en todos los lugares se asocia con el del conocimiento—, de larga falda y un corpiño sobre el que llevaba un capote de amplia capucha, ribeteada de piel de zorro. Negociaba los andares con unas largas botas que probablemente desaparecerían por encima de sus rodillas y de las cuales, por lo que pude apreciar, un serio desgaste me reveló que habían recibido un buen uso.

Tengo que admitir que me sentí torpe y poco agraciada si me empeñaba en compararme con ella.  Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde para eso; me sentía como una vulgar mujerzuela sin demasiadas luces y peores maneras, carente de las cualidades de una gran dama—lo que en parte era del todo cierto— y desprovista de atractivo; pues pese a que no me consideraba fea, tampoco es que deslumbrara por mi belleza. Pero me repuse, me reprendí durante un buen rato —más bien un rato bastante prolongado—, y acto seguido, aguardé a que encontrara el lugar adecuado para comenzar su labor.

Continuará...

 

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna

 

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Full Metal Jousting

Como ya está bien de tanta poesía, vamos a detenernos unos instantes en ese simbolismo humano que tan dulcemente le conduce a revestirse de armadura, montarse en una bestia de media tonelada y, con un palillo, intentar tumbar a un contrincante.

Nosotros, amantes de las corrientes que nos llevan a interpretar la realidad tal y como fue interpretada por otros, allá en el pasado de acuerdo con su concepción del mundo, vemos esto y asentimos satisfechos. Así como con un: “vio el hombre todo cuanto había hecho, y he aquí que estaba muy bien, contento y gozoso”.

El canal History Channel ha dado con un filón. Después de deleitarnos con los cazadores de caimanes de La Florida; de las decenas de programas de compra de “empeños” —pues tal es el afán del americano medio de vender por una millonada los calcetines de Elvis— y de repasar hasta la saciedad las batallitas del abuelo cebolleta ubicado en Detroit  que cobra la pensión de héroe de guerra, ha llegado el momento de cobrar de verdad y dirigir su mirada a la nueva ola “friki “ que asola toda Norteamérica.

En esta nueva generación se esconden los sueños de supervivencia de aquellos que capaces son de sobrevivir al apocalipsis descrito por McCarthy en su maravillosa novela: “The road”, La carretera. Novela que si no te has leído, tú orgulloso “Friki”, pues ya estás tardando. Por lo que parecería que el consumo de cultura popular nos acerca más a un estar adaptados a las duras condiciones de vida de un ambiente “el-que-sea” más que a dejar volar la imaginación y a ser creativo por encima de la media.

Por ello, más allá de la simple simulación histórica, que aquí queda a la altura del betún, el “Friki” de verdad se enfunda el traje de mallas —nunca mejor dicho— y cabalgando su corcel —que más le vale esté siendo destinado a ser comida para perros—, intentará desmontar con su bravura al oponente, rememorando las lanzadas de Lancelot defendiendo a la reina Ginebra o a Ivanhoe luchando por el corazón de su dama.

Lo cierto es que el éxito que está cosechando hace resonar la caja registradora, aunque lo más suculento es el premio, por lo que muchos son los que se apuntan a la nueva moda. Un “deporte” que aunque no sea tal, por ahora, lo será. Y que apuesto a que muy pronto va a rivalizar con “La estampida” de Calgary. Una nueva actividad en la que se ha de ser muy pero que muy bruto y en la que, para variar, hay que estar bastante loco: "¿Alguien dijo vértebras cervicales?"

Directamente para ti, te lo ha contado Edanna, en Lavondyss, retransmitiendo desde América del Norte para toda la comunidad que piensa, siente y sueña, con un mundo mejor.

Pd: Oye, que a mí me gusta eh...

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Poder y magia

Dyss, sello general

Hablar de los poderes y de la magia es emprender un viaje dentro de otro viaje. No es posible el mundo que conocemos, ni el que aguarda más allá de todas las cosas jamás soñadas, sin la magia y sin el poder que de ella emana.
No hay un sólo rincón en el universo donde no se halle la esencia del flujo de todas las cosas.  Es como la sangre de un ser vivo que, mediante sus mareas constantes, lleva el aliento de lo que “es” de lo que “fue” y de lo que “podría ser”, a todas partes.
Como discutir del poder y de la magia es otro asunto delicado que requiere sentarse y comenzar a leer detenidamente, dividiremos todos sus aspectos en diferentes apartados que iremos recorriendo uno por uno, sin prisa, deteniéndonos donde haga falta y aventurándonos a ir algo más rápido cuando se trate de cuestiones que no tienen más trascendencia que la que explican unas cuantas frases correctamente entretejidas.

Hablar de magia es hablar de poder, pues su conocimiento otorga la oportunidad de alterar la realidad, modificar el orden de la existencia y comprender cuál es el sonido de los suspiros del cosmos. La esencia de esa magia es difícil de explicar, por lo que pondré todo mi empeño en tratar de exponerlo de la mejor forma que sé hacerlo. No obstante, ya puedo irte adelantando que las mareas de la magia y su verdadera esencia están muy íntimamente relacionadas con la gran consciencia del mundo, con su capacidad creativa y a la vez —e igual de importante— con la fuerza creativa de todas las criaturas del cosmos.
A esa fuerza creativa de todos los seres, incluyendo —por supuesto— a la de la propia Dyss, desde ahora siempre la señalaremos como: Ellam Yua, la fuerza creativa del universo.

Pero hablar de poder es también discutir a su vez de todas aquellas criaturas que significan un poder mayor dentro de lo que resulta habitual, y que están por encima de las capacidades normales de la mayoría de los seres que habitan el mundo; además de tratar de comprender lo que estos poderes suponen para todo cuanto se halla bajo la bóveda celeste, y puede que más allá.
Dyss es una enorme entidad, un espíritu que abarca la totalidad de todas las cosas. Dyss no solamente da forma al mundo sino que su propia consciencia “es” el mundo. La consciencia le otorga la esencia del “ser”, pues como ser consciente permite que todo cuanto forma el mundo, exista.
Pero en Dyss existen otros seres que, en cierto modo, la “atienden”. Estos seres, al igual que el resto de las criaturas, deben su existencia a la gran consciencia. Sin embargo, han enfocado el sentido de sus vidas hacia una meta algo más concreta.
Esto no ha sido impuesto por la gran consciencia de ninguna manera pues Dyss sólo ha impuesto una sola norma, “la prohibición de Idrys”, que previene de rendirle culto. Esto no impidió que esas criaturas decidieran, cada una bajo sus propios motivos, servirla de alguna manera. Estos seres optaron por atender a todo cuanto Dyss es capaz de albergar en su consciencia y, por supuesto, atenderla a ella misma.
A estos seres los denominamos: “los poderes”. Éstos, se dividen a su vez entre los “exaltados y los “nómadas”.
Los poderes no es que surgieran al mismo tiempo  de la nada o que en algún momento fueran creados, tras lo cual, juntos terminaran la gran creación en un gran milagro de cósmico éxtasis divino: ¡nada de eso!
Cada uno debe su existencia a distintas razones, llegó bajo sus propios motivos y lleva su vida de acuerdo con sus propias particularidades. Los poderes son independientes; cada uno alberga la razón que lo inspira a continuar de forma individual. Las características únicas —y puede que algo subjetivas— de cada uno las conocemos como: “los aspectos”, que constituyen actitudes o filosofías discretas que plantean posturas determinadas ante la existencia y la vida de las criaturas del mundo.
Tales “aspectos” se pueden seguir a su vez como guías, o más bien modelos, y así dotar a la existencia de una forma de trazar una ruta de acción, de establecer una serie de filosofías y de mantener un conjunto de actitudes ante la vida, y ante la muerte...
En muchos rincones del cosmos se apresurarían a catalogarlos de “dioses”, cosa que resulta completamente inexacta. Los “poderes” no son dioses de ninguna forma.
Los poderes no otorgan favores, no conceden poder sobre los demás o dispensan bendiciones y gracias que proporcionen ventaja, inclinando la balanza de las posibilidades hacia uno u otro lado.
En Dyss, la única entidad que permite ese tipo de cosas es la gran consciencia; aunque sí que es cierto que la forma de conectar con la gran consciencia, aproximándose a su dominio sobre todas las cosas, se hace siguiendo el modelo único que sigue cada uno de los poderes y que constituye un aspecto de la existencia. Son pues las actitudes de los poderes y sus modelos de guía los que permiten dirigirse a la gran consciencia de acuerdo con cada una de sus formas de entender el mundo.
Por ello no hay que olvidar que los poderes son, en todo caso, guardianes y por tal nombre se les conoce, aunque su nombre más difundido es el de: “centinelas”, ya que esa expresión es la que mejor define sus maneras de ser y de actuar en términos generales.

Pero más allá de estos “centinelas”, o como prefieras llamarlos, hay otros aspectos que iremos detallando detenidamente, punto por punto, que describen todo cuanto hay de mágico y de maravilloso en Dyss y que supone el poder de darle aliento a lo que existe en el transcurrir de los días y las noches.

Además de los poderes del mundo nos detendremos en lo que significa la esencia que da substancia a la magia en la forma de la fuerza creativa, una fuerza que permite la existencia del ser más extraño de la realidad material; conoceremos, entre otras cosas, el flujo de energía formado por la fuerza vital de cuanto constituye la esencia viva del mundo, y además, estudiaremos con detalle el lenguaje que Dyss utiliza y con el que, mediante su alfabeto, traza las líneas que dibujan los vértices y las aristas de la realidad, definiendo mediante las palabras el concepto básico que define todas las cosas y que le permiten así el poder recordarlas.

 

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