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Libro de horas

Notas y diario personal.
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El alto coste de la vida

Quiero salir corriendo

Buscar donde llegan

Llegar a su sitio.

Me sobran las paredes

Las calles

Ya no miro las farolas.

Ruinas.

Como un ciego parece que olvido ver,

Vacío y lleno con poco.

A días

El reloj espera en la esquina

Y las espinas

Doblan el alma y clavan

La calma justo donde queda tu beso.

Por eso, espero el gesto y la magia.

Entonces hablo solo y en alto.

Maldigo cuanto toco

Coloco mi grito en el suelo

Y loco

Vuelvo a salir corriendo

Hay dias, que no puedo más. Otra pérdida, y lágrimas de un buen amigo por un ser querido. Un duelo, un entierro en el amanecer. Todo es volver a la tierra. Muerte, te vi de nuevo esta mañana, con tu eterna sonrisa, con tu vestido negro, el Ank en tu cuello. Tan bella. Paseabas entre los dolientes, invisible, hermosa. Me guiñaste el ojo y besaste la frente helada de la ausente. No dije nada cuando me sonreiste. Yo, te sonreí levemente. Ya nos conocemos. No discuto tus decisiones. Mi amor por tí me lo impide. No ví brillos auténticos para entrar en el bosque, la puerta estaba en brumas. Solo lo real, que tú decides, imperaba, en la fria sala de un lugar en el que no existe la comodidad, ni mantos, ni hojas, ni sauces. Solo el silencio. Tú gobiernas tu reino. Pero yo el mio. Hoy, no pude hablarte, sabrás disculpar mi silencio.

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De un tiempo sin nombre

Aquella noche, tuve sueños de gloria, y de batallas perdidas. Me perdí en el bosque buscando el origen de todos los mitos, y solo pude dar vueltas alrededor de mí mismo. En el cielo se desdibujaron las primeras estrellas y entre la brisa de la noche me llegaron los cánticos de los dioses dormidos de antaño. Fueron días de penumbra, cuando las brumas de la noche tapaban la luna, dejando aterrados a las criaturas en sus rincones, entre las raíces del bosque viejo. Tuve en verdad sueños de glorias perdidas, y de grandes pérdidas, con una espina en la pata llegué al río y mi alma se desmoronó cuando supe que no sabía vadearlo. Allí estabas tú para hacerme cruzar por los lugares menos profundos... Ahora hemos contemplado las estrellas muchas veces, y entre los susurros de la brisa de madrugada siento como me acaricias el pelaje, que un día llevara a reyes y reinas de antiguos reinos, príncipes y princesas que duermen el sueño de la abundancia. Aquella noche tuve dulces sueños, arropado y a salvo de la marea de la rabia humana, en este río que lleva a los días del futuro quiero pararme bajo el roble y escuchar tus risas, en medio de la noche. Cuando salga la luna recordaremos todo lo que está por hacer...tanto por hacer aún...pero, cuando salga la luna...
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A tu memoria...

Al caballero caído

Bajé por la empinada cuesta ensimismada en la cálida brisa de una juguetona brizna de viento. El lugar, me atraía. Era ese lugar viejo y antiguo en donde, si te quedas calladita y encogida, casi sin notar tu propia respiración, puedes llegar a escuchar susurrar a las rocas.

De todos aquellos lugares remotos, era aquel el que más recuerdos me traía de lejanos días, cuando la luz se bañaba aun en las fuentes de lo desconocido...

Respiré aquella tarde los viejos aromas de la tierra como si fuesen lo últimos, y no muy lejos quedaba yo de la verdad pues... todo aquello desaparecería antes de lo que yo imaginaba...

Aquella brisa impregnada de recuerdos, te trajeron a mi memoria, donde siempre habitas en un cálido rincón y, antes que el fin llegue a su cita, te guardo este bello momento en el cual nos sentamos a ver los plácidos atardeceres en los confines del mundo, donde tú y yo reíamos mientras las estrellas deambulaban por las lejanas distancias de nuestra imaginación.

De todos esos instantes..., tú me trajiste los más cálidos, y la fragancia de la risa suave de la autentica amistad.

En un viejo lugar, este viejo lugar prohibido, este viejo país desconocido donde habitábamos en un tiempo fuera de toda dimensión humana, flotando libres entre un mundo y otro...

Habitamos la región periférica de nuestras visiones, las tierras del sueño, las tierras del espíritu del ave; fue el gran viaje a aquel viejo y querido lugar...

Tú, te quedaste, yo regresé...

Para Bel, donde quiera que estés...

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Sin título

Un tiempo roto se tropezó en lo alto. Niebla de olvido y pérdida lo envolvían. Dile a la roca sin sombra Que me excluya de su viaje a través del tiempo. Dulces palabras llenan los jardines, y en los cántaros resplandece Un agua que enciende todos los fuegos del mundo. Una llama consumió los pastos de aquel mi viento gélido. El rumor de ese llanto anegaba los rincones. Las bestias se escondían en agujeros profundos cuajados de diamantes. Silencioso grito a través del viento. Airado rumor llevado por susurros de escarcha. Dile al viento que me consuma Dile al fuego que apague este momento. Dile al agua que me seque las lágrimas. Y en la tierra del confín del mundo No hay espacio para albergar toda esta locura. Locura de un mundo sin roca De un viento sin alba De una noche sin luna Y de una luna sin alma. En las aguas arrojé el manto a las olas. Mi llama ardió, devorándome. Y ese rumor eterno de un viento helado ahoga mis súplicas No hay descanso. Si tienes frío, me quemo Si ardo, te congelo Un tiempo roto me espera. Un instante y se me ha olvidado… Me dejaré llevar por el susurro de la fragancia de este tiempo En la sonrisa de una noche cálida Espero el rumor del viento de la costa más lejana. Edanna
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La casa de nunca jamás

Abrí la puerta lentamente. La última visita a aquel espacio siempre imaginé que sería especial. Para ello dejé una última cosa por llevarme, para llegar a una hora cualquiera y encontrarme a solas con aquellas paredes. Una grieta allí, una mancha en el fondo del rincón. Cuando nunca había recordado de qué y de cuándo, de repente recordaba cada arañazo, cada grieta y todas las pequeñas heridas que, cualquiera puede hacer a lo largo de los años en las paredes que uno habita. La casa estaba muda, en silencio. Es curioso que, al desalojarla de muebles y utensilios, aquel pequeño rincón que me había dado cobijo durante tantos años, y mi valiosa independencia, ahora se viera desnuda de emociones. Sin vida, sin alma... Me senté durante mucho tiempo en el frio suelo, quemé dos, tres, cuatro cigarrillos, y mi pequeña gata ronroneaba nerviosa, al estar en aquellas paredes mudas y sin escondrijos para sus fantasías de felino. Ya nos vamos pequeña, ya nos vamos... Muchas veces traté de imaginar como sería aquella despedida, y aparte de una desazón, no sentía nada. Todos los recuerdos, estaban en las zonas oscuras de mi mente. Y no acudían al ritual de despedida. Una mente en blanco, una paz inexplicable. Cuando aquellas paredes habían albergado un mar infinito de emociones, a veces en caudal que arrastró todo a su paso. Me vino a la memoria eso sí, la primera vez que la ví. Y me enamoré de aquel pequeño estudio, que me permitió despegaqr en cierto modo, a una vida en algunos casos quizás mejor. Tantas risas, tantas lágrimas y miles de momentos. Estaban absorbidos por aquellas paredes de color lila. Y sentí las grietas de repente venir sobre mí, con el crujido que hace un barco de madera al partirse, brusco e impresionante, vi venir lo que no esperaba. Cogí el transportín, y metí a mi pequeña gata negra en él. Ella, maulló de indignación. Le susurré palabras dulces para consolarla, y hablamos unos segundos. Unos breves minutos, depié en el marco de la puerta, me dijeron todo lo que necesitaba saber, aquel espacio, moría en aquel instante, y para siempre, con todo lo que dentro albergó. Me sentí quebrar, ahora sí, el corazón pareció partirse cuando escuché la puerta cerrarse con brusquedad. Y esperé... Cerré los ojos, para abrirlos un instante después, renovado de mi propia esencia, para oler el viento suave de la hierba. Allí estaba ahora. La puerta ante mis ojos crujió con violencia, se partió en cuatro pedazos y saltó de sus goznes, absorbida hacia el centro de la casa. Y con un crujido ensordecedor, paredes, marcos, ventanas y ladrillo, se vieron arrancados de sus lugares para ir a un centro invisible que todo lo absorbía... La vorágine aumentó en violencia, la casa se arrugó como un papel usado, se plegó sobre si misma, y poco a poco al principio, pero rápidamente al final, desapareció engullida en un torbellino de luces y escombros. Madera y cemento desaparecieron en una espiral elíptica, como si un centro de masa de proporciones astronómicas hubiese aparecido en el centro geométrico de la disposición de aquel pequeño estudio que fue mi casa durante muchos años. Al final, donde estaba la puerta del doscientos uno, del número cincuenta, solo existía una pared lisa. Con el alma estancada en algún meandro repleto de ramas, me dirigí al coche, con el transportín de mi gata en la mano. Arranqué el coche, y me fuí de allí. Pensé que derramaría lágrimas, pero me sorprendió comprobar, que solo fue Kiena, mi pequeña gata, la que no cesó de llorar durante todo el trayecto, hacia mi nueva casa.
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Lasiurus

Mis pasos me llevaron por el campo ensangrentado, hierbas altas cubrían mis botas salpicando de rojo el cuero viejo. El suelo estaba plagado de cadáveres, yacían en poses grotescas, heridos por saetas, heridos por el acero romano. Ninguno había sobrevivido. Los cuerpos tendidos eran visitados por la cortesía de los cuervos. Y en aquella calma, la divisé sin dificultad. Tendida, blancura de invierno. Herida mil veces. Yacía recostada sobre el único roble de la floresta. Su caballo abatido de lanzas y saetas, se hallaba a pocos pasos. Edanna -Edanna...¿ Qué te han hecho? Ella sonrió en silencio, un hilo rojo resbalaba por la comisura de su boca. - Esta era una guerra que no podíamos ganar, me contestó. No se pueden evitar los grandes cambios de la historia, pero si se les debe presentar batalla. Y esta, es la última batalla. Nuesta última batalla. Miré el sol rojo del ocaso, me sonaba familiar. Normal, todo esto lo estoy creando yo, y este atardecer era de la muerte de Arturo, de Malory. La tomé en mis brazos, ella tosió. - Edanna...edanna. No me dejes... -Tú has escrito este guión, y estoy aquí por tí, para liberarte... Las lágrimas de impedían ver con claridad, mi garganta se entrecortaba en llanto. Sentía que no podía respirar. Edanna, tan hermosa, del invierno era su cabello, sus ojos del cristal de los hielos del norte. Blancura envuelta en paños teñidos de púrpura. - Una vez fuí a leed Castle, te ví en un cuadro...le dije... -Blanca como el invierno, sonrió, si, lo sé cariño. Me creaste mientras dormías. Seis meses de sueño consciente. Me creaste para que estuviese contigo, y así tu locura medró en aquella pesadilla en vida. - Me creaste para soportar la soledad, para soportar aquel silencio. Y aquella noche eterna. - Para salir de tí, para tener una visión externa. Nadie puede entendernos verdad, cariño...nadie. -Corríamos por la pradera cogidos de la mano. Juntos nos sentábamos en la colina y mirábamos el ocaso. Aquel ocaso que no tenía fin...¿ te acuerdas? le dije ahogado en lágrimas. Ella volvió a toser, escupiendo sangre. - Cómo olvidar todo lo que me diste, todo lo que soy. Por eso ahora me llevo tu ira, tu miedo, tu desesperación. La llevo conmigo. - Es otro de tus trucos mentales, siempre sobrevives. Susurra. Mientras toda esa muerte que te ha rodeado se burla de tí como un juguete, yo estoy aquí para velar por tí. Pero ha llegado el fin de esta obra. Y tú lo sabes, porque tú eres el creador de esta metaficción. Soy un juguete del destino Edanna. No te mueras ahora. No mueras Edanna... Lloré amargamente, lloré sin tregua, lloré todas las lágrimas del mundo, y éstas, lavaron el vestido teñido de sangre. - Ella se ha ido, ha encontrado el camino. Sólo me quedas tú mi amada albina, no me abandones tú tampoco. Sollozé. -En la vida y en la muerte está la clave de todas las cosas, mi papel en esta obra es liberarte, y entregarte la paz que buscas, todo el odio por lo que te hicieron. Tus penas, tus amores perdidos y por los amigos que se fueron. Estoy aquí para limpiar tu alma. Para brindar...por la estación de las nieblas... Me sonríe con dulzura... - Ella se ha ido Edanna. Se ha ido para siempre...álguien la tomó de la mano y se marchó para siempre. Mis lágrimas me impedían tragar. La garganta me abrasaba. - No puedo soportarlo, no puedo dejar de pensar en eso... - Ella contestó: La alejaste de su lado para que tuviese una vida mejor. Ahora la tiene. Que haga de esa vida que se sienta orgullosa y sobretodo que los que la rodean se sientan orgullosos de ella. - Eso le he pedido, musité. -Ya no puedo más Edanna, quiero marcharme contigo. Me dá igual lo que suceda. Quiero marcharme. - Mi camino terminó en este mundo, me llevo tu dolor y parte de tu locura. Así lo has dispuesto, así debe ser, el orden de las cosas.- Me dijo sonriendo siempre. - Estoy aquí para liberarte, para que sobrelleves toda la locura de tu mundo. Pero ya no me necesitas cariño. Mi vida en este tiempo terminó. -Habrá un tiempo, en el que pasearemos por aquellos campos que juntos creamos, y nos sentaremos a mirar las nubes en la puesta de sol. Nos cogeremos de la mano. Y veremos mil atardeceres, cada uno será distinto, cada vez me dibujarás uno distinto. Es el tiempo, en el que me vuelvas a crear de carne y sangre y no como un fantasma. Volveré a tí. Mis palabras se convirtieron en un susurro mudo de lamento. Ya no deseaba nada. La acurruqué en mis brazos y la acuné, la acuné como hago siempre con todo lo que amo... Ella se relajó, y sonriéndome, expiró. Allí permanecimos, solo arropados por la brisa del ocaso. Una luz roja bañaba todo a mi alrededor. Edanna se marchó, su cuerpo brillaba, rojizo por la luz del atardecer. Poco a poco, su piel se agrietó, sus extremidades se tornaron nudosas y su cabello se hundió en la tierra. Edanna se transformó en hoja, en rama y raices, que se unieron al Roble. Y así el ser que creé del mito, volvió a su origen. A la tierra. Al árbol. Y sentado en el roble, con la esencia de edanna a mi alrededor, esperé, sin pensar en nada más, en el silencio y arrullado por la brisa de la tarde, aquella brisa fresca. Me mecía el cabello. Esperé, en silencio, que salieran las estrellas.
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