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Dyss Mítica

Notas sobre Dyss, un mundo nacido de la imaginación.
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Las 886 habitaciones

Edanna cruzó a través de los pasillos pintados de cereza, volando en una carrera que traía consigo la urgencia inconfundible que reclama la supervivencia. Ya había cruzado decenas y decenas de puertas, a derecha e izquierda, cada una con un rostro diferente de rasgos femeninos grabados en sobre relieve sobre la madera oscura. Todo en los salones hablaba de la sinceridad de un final sin sentimentalismos. Cada rostro, definido e inconfundible el uno del otro te contaba oscuras historias de fracasos y finales despiadados.

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-No tiene mal gusto en la decoración. – Se comentó a si misma mientras corría.

Tras la cena había comenzado la cacería. La casa del coleccionista parecía eterna en todas direcciones. Robustas estatuas de ébano, intrincados y laberínticos pasillos forrados de maderas preciosas con hermosos tallados. Alfombras suntuosas, mesillas de factura impecable, rococó, estilo y arte por todos los rincones.

Una lástima que toda la casa exhalara un olor nauseabundo, mareante y enfermizo. Como si la misma casa se descompusiese lentamente.

De un solo manotazo a las paredes que en muchos lugares se encontraban forradas de terciopelos rojos como la sangre más oscura, manaban insectos de todas las especies que conocía la imaginación. Unos cimientos confeccionados a base de sabandijas, le daban el aspecto que la casa en efecto poseía. Una leve respiración que siempre estaba presente. La casa inhalaba y exhalaba, lentamente, como un enorme ser vivo. Mientras recorrieras sus entrañas eras ya pasto de su voraz deseo por todo lo que estuviese vivo y cayera en sus fauces.

Cruzó salas y más salas, cada una decorada con estampados e imágenes que torturaban la más remota idea que concibiese una imaginación a toda prueba. Pasillos que giraban a derecha e izquierda. Habitaciones cerradas, laberínticas salas repletas de cuadros, mesitas de pasillo que mostraban enormes ramos de flores, cada uno con ejemplares de cada flor torturada que existiese en cualquier clima del mundo. Desde la más alta montaña al desierto más profundo del confín de la tierra.

Edanna se detuvo un instante, intentando no tocar nada. Giró la cabeza en todas direcciones, confundida. Tres pasillos salían de la bifurcación, sin final visible, repleto de puertas a ambos lados, cada puerta con su peculiar e inquietante rostro tallado. Inconfundible y exclusivo cada uno. Puertas con rasgos característicos cada uno.

-Además de su significado siniestro, ¿me podrá ese detalle dar una pista? – Pensó detenidamente con la mirada perdida.

La sacó de sus pensamientos un enorme estruendo, cal blanca, insectos en todas direcciones, cascotes y trozos de pared que volaron en pedazos con sus jirones de forro aterciopelado. A unos escasos metros, la cabeza de Mudador asomó entre los cascotes y el agujero de la pared.

- Hola Albina. ¡Como corres! ¿Me haces un poema? - Me parece que no estoy para versos. – Replicó Edanna

Acto seguido reanudó la carrera. La angustia gritaba por dentro, luchando por salir en forma de terror y abandono. Le estaba costando mucho controlarse. Giró a la derecha por un pasillo y se adentró en una sala de techo elevado. Las enormes lámparas de araña, reflejaban con sus miles de diamantes la luz facetada en todas direcciones. Hermoso y mortal. Un bello lugar para terminar.

- Terminar de una vez. – Dijo murmurando para sí-. Tengo que terminar todo esto, que por un maldito descuido comencé. El descuido de una maldita ignorancia.

- ¡La ignorancia no tiene clemencia!. ¡La ignorancia no tiene perdón ni disculpa Albina! Se escuchó, resonando clamorosamente con un rugido que provenía de todas partes.

Escuchó el trote continuado y desesperante de su cazador a su espalda. Y lo más lamentable es que el corpiño le molestaba una barbaridad.

- Al menos los botines son cómodos. –murmuró sin detenerse.

Siguió corriendo, buscando inconsciente e intuitivamente una idea. Le costaba invocar en aquel lugar la magia de todas las cosas. Pues la magia necesita hilar lo que el universo por sí mismo desordena. La distopía generada por la universal ley de la entropía. Y la aguja para aquel bordado de magia era la creación de un solo orden. Un orden sencillo como un verso, una rima, un retazo de música, un dibujo… una creación.

Todo aquello invocaba la magia. Cualquier cosa que la mente ordenara, forzando al cosmos a colaborar, aunque fuese a regañadientes.

Se detuvo al comienzo de la siguiente bifurcación y entonó una llamada.

Por mis versos, mi culpa y mis besos a la nada La ley de tus deseos invoco con respeto Por el único deseo de lograr que lo oculto quede expuesto Pueda excluir la sombra y mostrar una verdad velada

El verso cobró forma aceptando el precio. El orden coherente en el tejido del universo le dio su recompensa y una luz brotó de uno de los pasillos indicándole el camino. Sin perder más tiempo se dirigió presurosa hacia la pista invocada con su magia, mientras detrás de ella un rugido ensordecedor la llamada desesperadamente. Impaciente, por triturar nuevos huesos para alfombrar los jardines de la casa.

Edanna sabía que no podría recurrir mucho más a la magia para resolver aquello, salvo librar el pellejo con el ingenio. En la casa del coleccionista no se adentran ni las leyes del universo, que confusas giraban y se perdían en el laberíntico quehacer de salas, pasillos, puertas y recodos. Ella misma empezaba a desfallecer y su ánimo se mantenía brevemente sostenido por hilos desgastados ya de confianza. Pero obtuvo su premio, al girar la segunda bifurcación tras haber recorrido ya cientos de puertas, se encontró con lo que andaba desde hace horas buscando.

-Al fin. La biblioteca. – Murmuró con nuevas esperanzas.

La sala era gigantesca, lo que la sumió en una nueva lluvia de preocupaciones. Tras quedarse absorta unos segundos ante el hallazgo, corrió a las estanterías. Una escalera de caracol subía a los diferentes pasillos elevados que recorrían todo el perímetro de la sala por tres veces. Formando tres pisos abalconados bajo el techo abovedado y en sombras, decorado al completo con frescos de aspecto terrorífico.

Los rugidos habían quedado amortiguados por la distancia. La magia le había dado algo de tiempo. Un breve respiro para buscar entre todos aquellos volúmenes una respuesta que enseñara un solo nombre.

Desesperada sacó un volumen tras otro de las estanterías, y sin contemplaciones los iba arrojando allí donde cayesen. Los volúmenes eran pesados tomos, con nombres imposibles. Temas absurdos que hablaban de incoherencias; un “Tratado sobre el baile de salón de las esperanzas”, “Metodologías y reflexiones de la angustiosa caridad”, “Asuntos de estado en un país de ciegos y soñadores”. El “Diccionario de lenguas muertas” parecía interesante, eso si.

Ella sabía que cualquier tomo, incluso el más inofensivo era una trampa mortal. Pues sus textos encadenaban al curioso para siempre, condenándole a buscar hasta el fin de los tiempos, la respuesta a una pregunta del tomo que hubiese tenido la mala fortuna de leer, en el siguiente tomo. Y así hasta el fin de los tiempos. En un infierno cuyo objetivo era simplemente llegar hasta el fin de la eternidad buscando la respuesta a un hecho planteado en el libro anterior. Así, sucesivamente, libro tras libro, volumen tras volumen, por y para siempre. En una búsqueda que no tenía fin ni propósito alguno.

Salvo el puro y placentero deleite, de ser colección del anfitrión.

Edanna miró desesperada los volúmenes que ya se hallaban esparcidos por el suelo de la biblioteca. Como referencia tan solo existían una serie de números romanos, que indicaban las estanterías, con la salvedad de que se encontraban totalmente desordenados, sin lógica alguna, quedando como única salida buscarlo al azar. Se preguntó si también los números cambiarían de lugar, lo que le pareció bastante probable. Los números, del tamaño de una herradura pequeña, forjados en bronce y sujetos sobre las estanterías sin orden alguno, brillaban bajo la mortecina luz de las lámparas suspendidas en la bóveda de la gran sala.

Y así pasaron preciosos minutos, envuelta en la sórdida atmósfera de aquellos salones, mientras un rugido de hambre resonaba en la distancia, aproximándose. Dejándola en la incertidumbre de aquella biblioteca que contenía la única salida del laberinto, con la angustiosa desesperanza de encontrar el camino correcto, en el lugar en el cual parece que nacen y vuelven para morir todos los senderos del mundo. Se encontraba simplemente, en el mítico cementerio de elefantes de todos los libros jamás soñados. No pudo evitar recordar a Las Siamesas, presas en su decorativo pedestal de la antesala, y se estremeció de desazón.

 

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Del ciervo

El viaje por aquella enorme grieta que arañaba el mundo lo realizamos con la constante presencia de unas sombras repletas de huecos fríos y una continua humedad en nuestras ropas. Las paredes se cerraban constantemente sobre nosotros, privándonos día y noche de la visión de un firmamento del que ya comenzaba al olvidar como era su semblante. Salvo en pequeños momentos que venían como regalos en los cuales un pequeño trozo de cielo asomaba por algún leve resquicio, fugaz, tímido y breve entre los recovecos olvidados de aquel camino sepultado por las montañas.

Por las noches tiritábamos con el aire glacial que habitaba en aquellas profundidades. Las zonas secas eran muy escasas, y ni todo el calor del gran ciervo lograba reconfortarnos. Edith estaba mejor preparada para aquello, pero en mi cuerpo miles de agujas de hielo me mortificaban impidiéndome dormir.

El vigésimo tercer día después de adentrarnos en el desfiladero, el cielo se encendió pocas horas antes del amanecer. Un estallido celeste de enormes proporciones que sacudió los cimientos de la tierra, al ser secundado por un estruendo ensordecedor. Aquel rugido proveniente de los cielos provocó copiosas cascadas de piedras que nos obligaron a buscar refugio en las oquedades que nos brindaban los torcidos salientes de aquellas gigantescas paredes gemelas. El desprendimiento duró algunos minutos que a mí se me antojaron eternos, mientras contemplaba como todo a nuestro alrededor se encendía con una luz naranja que iluminó la roca como si nos envolviera un mediodía soleado.

Edith gritó de puro terror, con el rostro oculto en sus brazos, en medio de la ensordecedora avalancha. Yo tan solo pude rodearla con mis brazos, mientras el ciervo de apretaba contra nosotros, protegiéndonos con su costado y soportando la embestida de un cielo que se caía a pedazos ante nuestra impotencia.

Cuando la cascada de pequeñas piedras cesó, levanté la vista, para escrutar el pequeño trozo de cielo al que teníamos acceso. Aquel pedazo de cielo se hallaba plagado de cientos de cometas que surcaban el firmamento partiendo desde un punto central. Trazos de una gigantesca explosión ribeteada de ríos de fuego, recorriendo los cielos bajo las estrellas parecían aletear mientras cruzaban las alturas. Las paredes enormes del desfiladero se combaban sobre nosotros vibrando y bailoteando como el ondular de un látigo, en medio de aquel terremoto descorazonador. Comenzaron a separarse, con los atronadores bramidos de la tierra y la piedra al quejarse y rechinar, como si los dientes del mundo castañetearan de terror.

Al separarse las paredes y con una suerte que no entendía y que nos había librado de aquel cataclismo, miré hacia los cielos.

-¡Mira! – Tan solo pude exclamarle a Edith.

Edith se descubrió el rostro y miró hacia lo alto. Juntos contemplamos el fenómeno. Maravilloso, aterrador, iluminaba los cielos con cientos de trazos rojizos y naranjas, bañándolo todo con aquella tenue luz anaranjada, cálida, inquietante pero reconfortante a la vez.

Y entonces, caí en la cuenta.

-¡Edanna! –Exclamé.

Algo está cambiando, algo grande que transformará Dyss para siempre, en un extraño nuevo nacimiento, dejando atrás tierras inacabadas, se completaba al mismo tiempo el parto de un mundo nuevo.

Y mientras contemplábamos los trazos luminosos en el cielo. Escuché la débil voz de Edith que desde su postura acuclillada susurró.

-Son ochocientos ochenta y seis. ¿Qué? – Pregunté sin comprender -Ochocientas ochenta y seis heridas en el cielo. La tierra de Dyss, está dando a luz.

Y en silencio, el ciervo, la chica y yo, no pudimos más que contemplar, un parto de ochocientas ochenta y seis aves de fuego, que surcando el firmamento, crearon algo esa noche que solo estábamos comenzando a comprender en ese preciso instante.

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Me olvidé del color de tu vestido

A través del ventanal se divisan desde la cafetería del hotel, los leones que desde siempre han vigilado un teatro ahora descongelado. Las personas que deambulan por la calle no parecen darse cuenta de la impertinencia de una cabeza pétrea que bosteza lentamente a la luz del sol algunos metros sobre sus cabezas. Los rostros se desperezan y mueven los inexistentes bigotes, arrugan la nariz y comentan por lo bajo, algún comentario sobre el rojo chillón de aquella señora con un abrigo a cuadros y el carrito de la compra a juego. Parecen divertidos y al mismo tiempo inadvertidos de mi presencia.

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Me protege el cristal cálido, la mesa fría y el arrullo de una melodía en mi cabeza.

Contemplo las cabezas de león, como se mueven ante los inadvertidos transeúntes. Normalmente ríen y a veces lloran, pero muy poquito eso si, como si temieran despertar a la gente que pasa. Quizás es así, y ese despertar, tuviese consecuencias terribles.
Al final una de ellas repara en mí, casi invisible por el reflejo del ventanal. Me mira durante un instante hasta que me doy cuenta de que algo le asusta, lo que lo lleva a su estado normal de inmutabilidad en su vida sostenida por una vieja fachada.
Al momento me doy cuenta del regusto del café amargo que tanto detesta Edith y que tengo ante mí. Vuelvo a la realidad. ¿A cual?
El café es el de siempre. Las mesas…todo está en su sitio.

           -Algo ha cambiado pero no sé que es…

 Entonces noto su olor.

           -No ha sido difícil encontrarte. – Crepita una voz de mujer joven.

Yo no vuelvo la cabeza. La noto a mi derecha, gritando interiormente en un mudo impulso porque no se me acerque más.

            -Siéntate Ángela. – Le digo sin querer decirlo, pero lleno de curiosidad.

Ella toma asiento despacio, delante de mí. Lo que debería ser una chica de unos veinticuatro años, es algo indescriptible envuelto en lo que una vez fue un ceñido vestido de un color que no recuerdo, creo que de color verde musgo. Su rostro, sus manos y todo lo que una vez significó una hermosa muchacha es ante mis ojos un amasijo carbonizado de detalles de los que mi instinto no desea nada más que huir. Un ser humano convertido en una ruina deshecha, por el fuego implacable.
Pero por primera vez, consigo quedarme y permanecer sereno.

Un rostro irreconocible me contempla. Algunos insectos corretean por su cuerpo, por lo que queda de aquel hermoso cabello. Salen de su boca esquelética y se pierden en los trapos que cubren el torso.

Y ese olor,  siempre presente. Ese olor nauseabundo.

Giro levemente la cabeza, nadie la ve. Nadie se da cuenta de su presencia. Claro…que estupidez.

Sonrío con cansancio.

            -¿Qué quieres Ángela? –Pregunto tranquilamente, mientras le doy un trago a este café detestable.
Lo que una vez fue la chica, guarda un silencio que me parece eterno. Yo espero tranquilamente, asombrado eso sí, de mi mismo.

           -Él quiere que vuelvas –dice finalmente-. Te está esperando
           -¿Volver? –respondo-. Creo que en este asunto ya no hay nada más que tratar.

Una cucaracha recorre su cuello, se pierde por la espalda invisible.

           -Quiere la tierra de Dyss. Te quiere a ti y a todo lo que amas. Te ha quitado siempre lo que más has querido. Lo consiguió, ¿o ya no quieres recordar? Es algo que va más allá de la muerte niño, es lo que ha logrado apartar siempre de tu lado de esa forma tan irreconocible, como yo misma, todo cuanto te hace feliz.

Yo pensé durante un instante en sus palabras. De repente, ese instinto por huir de aquella pesadilla se volvió más llevadero. Mi propio instinto que trataba de huir, me avisaba de la verdad de todo aquello.

           -¿Fue Mudador, quién me obligó? –Pregunté atónito.

Ella se limitó a asentir.

Y de repente lo vi tan claro. Aquella huída. Aquel destierro despiadado de todos cuanto me habían rodeado. Todo lo que una vez obligué y envié al exilio. Pensé en una maleta que se abría derramando su contenido, en la sangre de mi propio desgarro. La cordura que revienta hacia fuera y lo vacía todo sobre la alfombra.
Por un momento, el límite de mi aguante rebasa todo lo imaginable. Suspiro asqueado por el tiempo, por el aire y por el vino. Por mi olor, mi manos y mi pelo. Por todo cuanto se mueve y respira sobre la tierra.
El tiempo se paró, todo quedó en silencio, pues un grito surgió de algún lugar siniestro. Un resquicio en una zona oculta, había perdido sus cerrojos cayendo al suelo con estrépito.
Es un momento eterno, que no tiene final cuando el mismo tiempo se ha cansado de su marcha. Todo es quietud en un momento, para que al instante siguiente, se escuche el suave murmullo de un revoloteo de pájaros.

Su voz me rescata en el justo momento en el que la luz cegadora de la angustia lucha por resquebrajar lo que me queda de razón.

           -Vuelve a Dyss, deja de dar vueltas alrededor de un vestido convertido en harapos. – Me dice. Noto cariño en su voz.
 
            -¿Y tú? – Le pregunto.
            - Yo ya estoy allí, soy uno de tus amigos, pero aún no me has reconocido. – Me responde, y logro entender un pequeño atisbo de sonrisa.

Cojo su mano, ya no siento repugnancia. Al leve contacto, ella se deshace. Una fina niebla de polvo. Como las esporas finísimas de un hongo.

Miro por la ventana, lo leones me miran, asombrados. Ahora permanecen inexpresivos. Expectantes. Con las fauces entreabiertas. Esperando. Mudos, callados en la pared del viejo teatro.

Todo es a la vez siempre, tan hermoso, tan terrible. Reír… es tan fácil. ¿Verdad que lo es?

           -Hasta pronto Ángela… -susurro tan solo moviendo los labios-. Gracias por cuidar de la salud de mi razón.

Enfoco la mirada sobre el cristal. En un momento encuentro lo que busco a la vez que vuelvo a escuchar el rumor de la gente charlando en el café, las toses, los susurros discretos y las indiscretas conversaciones a mi lado. Levanto la mano levemente y le pido a la camarera algo que tenga mucho hielo. Hielo brillante, que me traiga pensamientos, brillos que abran puertas. Ventanales de sigilo, sigilosos de penumbra, distantes y maravillosos.

Entonces encuentro el punto discreto y deslumbrante en el cual, sin hacer ruido, me desliza suavemente, de vuelta a la tierra de los mil pájaros.

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El Coleccionista

Bajo el sol de capricornio descubrí la explanada que llegaba a la morada del coleccionista. Un jardín seco de osamentas que no recibía absolutamente a nada le servía de antesala. Tenue retazo de lo que sería la puerta del infierno más frío que pudiera imaginar. Hojas secas servían de lecho marchito y una alfombra de bienvenidas que huían desesperadamente en todas direcciones.

las Siamesas

Me acerqué a las puertas de la mansión con el esfuerzo añadido de tener que apartar un montón de huesos blanqueados en el dintel. La aldaba sonreía, maliciosa ante el temblor de mis pupilas que traicionaban mi aparente sosegado semblante. ¡Qué jardín tan despiadado contemplaban mis ojos! No había esperanza ni cuidado por la templanza. Allí no había nada más que muerte y sin embargo, muerte no estaba allí con sus ojos negros y fieros. La echaba de menos, aunque sabía que ella solo vendría si lo consideraba necesario. Y mucho menos, si en aquel lugar no hubiese motivo para reír.

Las puertas se abrieron, no silenciosas precisamente. Mil quejidos desparejos y arreglos descuidados de orquesta presa de una locura de todo menos azul. Todo lo demás, vino rápidamente.

Las Siamesas esperaban sirviendo de bienvenida en el centro de un salón. Con la quietud y la ausencia del movimiento de lo que eran, estatuas silenciosas. Blancas, heladas. En un beso infinito cubierto de escarcha. No había más, pues todo cuanto importase ya no sucedía en ningún otro lugar de aquel universo. Aquel hombre morsa estaba oculto y sé que me miraba. Me espiaba tras un espejo gigantesco, una esquina o una columna de mármol. Yo no lloré, ya Las Siamesas lo hacían por mí. En silencio, en su beso eterno. Lloraban envueltas en el regazo de su beso sosegado, ausente y aparentemente inconsciente. Pero un brillo de deleite, sujeto de un finísimo e inaudible grito de agonía flotaba entre los escasos centímetros de aquellas níveas pieles heladas como la oscuridad. Ellas lo saben y para ahuyentar el terror no piensan en nada si pueden. A escasos milímetros sus labios no llegan a rozarse siquiera. Condenadas a un vacío escaso pero infinito. A estar juntas en el salón de aquel terror, y convivir bajo una tutela disparatada. Mientras una acunaba a la otra y le rogaba con su pensamiento y la ayuda de una mirada entrecerrada que no cediera a la locura, al chantaje y la tortura.

El anfitrión de aquella casa, coleccionaba pasiones, creencias, temores, recuerdos, miradas y todo cuanto tuviese valor en nuestro mundo, y en cualquier otro que se le cruzara por delante del dintel. Una creencia, un mito, una esperanza, un anhelo. Llenaba vitrinas, y los jarrones servían con flores adornos en la amargura de todos aquellos sus deleites.

Acostumbrada a desmoronarme, acudí a mi fe en la buena gente. Y al viajero, que en algún lugar de La Tierra de Dyss había dejado huérfano de esperanza. Mis pensamientos se dirigieron al Ciervo guía, y le pedí que acudiera, me auxiliara y avisara en las fronteras, que una oscuridad se avecinaba a la tormenta, más fiera y con el granizo que cierra, que oculta encrucijadas, para devolver un sentido a los caminos, a las puertas y ventanas del vestido de mi tierra, de mi alma. Por surgir llena de fuerza y combatir, un monstruo que no había previsto, ocultándose un momento tras de mí, y otras tantas entre los espacios descubiertos de estas palabras.

La morada del ausente, en mi mente desde luego no la había olvidado. Una vez me destruyó y era consciente del dolor que provoca. Contemplar el espanto de aquellas estatuas gélidas resultaba descorazonador, Las Siamesas en su abrazo, condenadas al fracaso de un beso que jamás llega. Y a estar juntas, con distancias infinitas, en una cerrada y fría sala, oscura de día y de noche. Más, si había podido llegar hasta allí podría enfrentarme. El mentor, que enseña y descuida despiadado lo que le interesa a los soñadores, para otorgarles la maldición de los reyes y de los hombres que imaginan, describen y narran sus temores. Los anhelos, la esperanza y las ilusiones.

Y una voz tronó en la sala.

-¡Albina! – gritó. -Mudador, de nuevo te encuentro – repliqué sin entusiasmo-. - Has vuelto… -Nunca me he marchado, siempre estuve aquí, contigo. Para llevarte conmigo a mi jardín del Edén. – dijo con su habitual tono de soberbia.

Yo le miré con desgana, allí estaba, apoyado de la baranda pétrea de una enorme escalera, dándole las espalda a una enorme cristalera grabada de motivos en los que en esos momentos no deseaba fijarme. Iba vestido con una larga chaqueta Eduardiana, medias de algodón y zapatos de hebilla. Un bastón de marfil llevaba en una mano, aunque bien sabía yo que eso era desde luego accesorio.

-Vamos a charlar, tú y yo. Sobre tu colección, tus idas y venidas y esta casa. – le dije finalmente con tono paciente-. Tenemos algo que solucionar de una vez por todas.

-Bienvenida Edanna – dijo burlón-. Si te destruí una vez, bien puedo esperar y escucharte un instante antes de hacerlo de nuevo. A la albina, que cuida con esmero una tierra de nombre tan extraño, bien puedo invitarla a pasar, discutir cuanto desee. Sabes bien el placer que me produce prolongar sensaciones de agonía, hasta que estas se convierten en locura. Esa es la meta de mi colección y de mi interés por tí. Pasa, te invito a visitar este pequeño museo, del que pronto tú serás el exquisito trofeo, con una placa de cristal sobre el pedestal que quizás lleve tu nombre.

Miré la estatua cubierta de fina escarcha rutilante que era Las Siamesas, en su abrazo eterno y suspiré. Tragándome una respuesta avancé recogiendo el vuelo de mi vestido, decidida a no temer la casa del coleccionista aunque sí por la suerte de todos aquellos que una vez soñaron y lo pagaron con el olvido, la desilusión y el desamparo de aquel que coleccionaba desengaños.

Y todo lo que después sucedió, en alguna parte quedó escrito. No recuerdo bien si en todo momento salí libre de las retorcidas torturas que provocó en mi mente. Pero si logro recordar prometo dejarlo aquí guardado. Aunque si sé que de allí salimos Las Siamesas y yo, un día después, un mes, dos años, quizás tres. Ahora no quiero recordar más el dolor de aquellas Siamesas, que en su amor, pasaron a formar parte de un pedestal, para formar parte de la colección de un ser que no sé de donde vino, pero que sí supo aprovechar las grietas de la razón, para formar parte del mito. Y se convirtiera en el señor de las pesadillas, coleccionista de sueños y creencias, un oscuro ente que sin respirar dejaba cubierta de escarcha, el mismo corazón de las leyendas, sumiéndolas en el abandono. Siendo mito en sí mismo, sin estar en libro alguno, descrito tan solo en algún trazo en la pared de una solitaria mazmorra como: El Coleccionista.

Y mil veces sería mi enemigo, pues si revisas estas páginas lo encontrarás, oculto tras mil sombras. La más conocida alusión se la ubiqué yo, al que simplemente denominé: Mudador de los ensueños, en todas sus formas.

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El paso del río muerto

Atravesamos los vastos territorios de los dominios del Ciervo hasta que gradualmente fueron quedando atrás las extensas planicies, después de varias jornadas de camino siguiendo siempre el margen del río. La tierra, se tornó pardusca y grisácea, tornándose más y más áspera y arisca a medida que dejábamos atrás los densos pastos que se mecían suavemente al compás de la brisa, y que nos habían acompañado durante la totalidad de dos ciclos lunares. Un paisaje que echaría de menos a partir de ahora.

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La cuenca, con sus montañas grises por la lejanía, se fue cerrando poco a poco, hasta divisar un gigantesco farallón ante nosotros, una barrera natural de montañas tan altas como el cielo. Las lisas paredes ascendían en silencio, hasta llegar a la morada de las gigantescas águilas del ocaso. Guardianas de todos los accesos y pasos por el mundo. En lo alto volaban, diminutas por la distancia, a pesar de su envergadura de más de diez pies.

Siguiendo el camino ante nosotros, se entreveía un desfiladero, estrecho y temible. Desbordaba la vista, derramándose hacia las alturas. Sosteniéndose a cada lado por una cadena de montañas interminables con unos límites que escapaban por completo de nuestra visión, formando el recinto y la frontera de aquella tierra que ahora quedaba atrás.

La Cuenca de las Lágrimas del Ciervo, ahora comprendí, se trataba de una enorme caldera de cientos de kilómetros de diámetro, con unas fronteras tan lejanas unas de otras, que hacían pensar que las llanuras de su interior eran infinitas y llegaban realmente, como falsamente había creído, a unirse con el firmamento más allá del remoto horizonte, atravesando todo aquella tierra bendecida por el poder del Rey Ciervo.

El río fue menguando a medida que se adentraba en la dirección del desfiladero. Su caudal, antes abundante, ahora parecía amilanarse, confundido, azorado en una decena de meandros, como resistiéndose a sepultarse bajo el peso de la enorme muralla montañosa. Hasta que finalmente, desapareció su caudal, internándose bajo el subsuelo, eligiendo su propio camino a través de las entrañas de la tierra.

- Algo que quizás deberíamos hacer nosotros. -Comenté con Edith. - El río conoce su camino, nosotros adivinamos el nuestro. -Contestó.

Sentí temor por aquel momento, y una nostalgia difícil de describir, como todas las sensaciones que me producía el largo viaje en la búsqueda de los viejos lugares. Una pereza y una tristeza que desde hace días notaba, era común en todos nosotros pues la compartíamos, cortando nuestra respiración, y dejándonos pensativos la mayor parte del tiempo. Todas aquellas sensaciones, contrastaban con la sensación de paz que me habían producido aquellas tierras, de pastos interminables, de horas luminosas, sin la presencia de ningún frío venido de alguna esquina en sombras.

Fue difícil abandonar las tierras de Niñoroto, el ciervo se mostraba taciturno, y se alejaba, olfateando el aire, como esperando encontrar algo llegado de muy lejos. Permanecía en silencio, atisbando con sus penetrantes ojos las alturas rocosas, la entrada al desfiladero, o el horizonte que dejábamos atrás.

-A partir de aquí todo será diferente. –Le dije a Edith. -Todo lo que te aguarda es diferente –Contestó-. Pero en las distancias de esas murallas solo veo sombras, debemos avanzar un poco más.

Yo suspiré despacio. No sé como, el ánimo se había esfumado, como un penacho de humo de hoguera ante la brisa. La nube de sensaciones iba y venía a capricho, no así el zumbido de mis pensamientos, que me atormentaban con sus constantes giros y estridencias acompañándome a todas horas. Este era un giro inesperado. Jamás antes había visto esas montañas, aunque lo que habitaba en ellas me lo podía imaginar…

Un mundo en mi imaginación, repleto de escondrijos…Yo lo creé, y me era desconocido.

Edith pareció leer mis pensamientos, pues comentó:

–Vamos -Me dijo sonriendo-. Ya sabías que muchas de los caminos a las regiones desconocidas no los conocerías. Probablemente y a medida que avances irás cayendo en la cuenta de los porqués.

-¿Por eso estás tú aquí verdad? -Hay cosas que tú ni nadie podría ver en su interior. – Respondió-. Hacen falta algo más que ojos para el que tiene visión y no ve más allá que lo que cree llevar consigo. -¿Cómo es que viniste ahora? –Le pregunté. - Porque tú me llamaste en este preciso momento. -Comentó sonriente. Yo le sonreí con ternura, mientras mis ojos se perdían contemplando su pelo trenzado del color del trigo en verano. Su rostro tenía rastros de sus pinturas. Desde su baja estatura me miraba con una sonrisa traviesa.

-Venga, vamos. –Le pedí, invitándola a seguir. - Si, vamos. – Respondió.

Seguimos el camino hasta que el sol completó tres cuartos de su recorrido. Entonces Niñoroto se adelantó y se alejó al trote. Yo le llamé algo nervioso sin obtener resultado

Ver alejarse al animal me llenó de inquietud. Estaba demasiado acostumbrado por las largas jornadas en las llanuras a tenerlo cerca. Me resultaba familiar ya su fuerte olor y su poderosa respiración. Su cercanía me tranquilizaba y ahora, tras pasar todas aquellas horas en su compañía, ver como se alejaba me decía que todo estaba cambiando demasiado pronto.

Tras aquella larga marcha, la entrada al desfiladero se hallaba al fin justo frente a nosotros. Niñoroto nos esperaba justo allí donde las paredes comenzaban a contemplarse la una a la otra. El ciervo, orgulloso y esbelto nos miraba fijamente, aguardando.

Las paredes eran gigantescas, se perdían a ambos lados del paisaje dirigiéndose hacia el horizonte y no lográbamos divisar su altura, pues traspasaban la barrera de nubes. Y frente a nosotros, como una enorme grieta, una finísima rotura en aquel mausoleo de rocas, el camino se internaba por aquel angosto desfiladero.

Le eché una última mirada a las llanuras con algo de resignación. Del río no había ni rastro al ocultarse bajo el subsuelo en su viaje por aquellas montañas. Todo era inquietud.

Miré a mis compañeros unos instantes, en las que adiviné sonrisas silenciosas que me llenaron el espíritu con la paz que necesitaba. Así, en silencio, nos adentramos por aquel estrecho paso cuyos muros subían de tal forma que se curvaban en lo alto y ocultando por completo la vista del cielo. Y durante muchos días, ya no tuvimos oportunidad de volver a ver el sol, ni las estrellas del firmamento.

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Las Lágrimas del Ciervo

Los silenciosos cascos de Niñoroto, apenas se escuchaban a quince pasos. El viejo ciervo avanzaba silencioso, delante de nosotros. De vez en cuando giraba la cabeza buscándonos, expectante, paciente y sereno. Unos fijos ojos negros y relucientes te miraban en la corta distancia. Siempre con ese aire triste y melancólico. Unos ojos negros apenas visiblemente llorosos e inmensamente intensos, que taladraban con la mirada hasta los recónditos escondrijos del alma más protegida. Una melancolía revestida de orgullo, ante aquella cornamenta herida e incompleta. - ¿Por qué siempre esta melancolía, por todas partes?

lagrima_de_ciervo.jpg Me percaté de que los cimientos de la tierra que pisábamos, sus raíces más profundas, estaban hechas de melancolía. Esa tristeza era la esencia de cada retoño, de cada guijarro y de cada brizna de hierba. Una certeza que me vino tarde. ¿Tarde? ¿Tarde para qué? No sé cuando caí en la cuenta de toda esta melancolía. Pudo ser al recoger un terrón de tierra o bien al mirar los fijos ojos negros de aquel ciervo imponente. Un ciervo con su propio destino, y del que empezaba a sospechar que él mismo era muy consciente de su papel como mito viviente, del sentido de su propio mito y de su ciclo. ¿Podía ser que esa consciencia de su cometido lo llenara de amargura? Sus ojos había momentos que devolvían angustia, ligeramente humedecidos de lágrimas. Y cuando esto sucedía, hasta la propia tierra parecía triste. El paisaje seguía conformado principalmente por llanuras. `Planicies suaves, recubiertas de extensas praderas de corta hierba verde. Ocasionales montículos de piedra de eras remotas, salpicaban el paisaje aquí y allá, casi siempre en lo alto de pequeñas colinas. “El Valle del Caballo” lo habíamos dejado atrás hacía días. Estas tierras no las conocía, no tenían nombre. Al no poder nombrarlas, no tenía poder sobre ellas, para controlarlas, para apaciguarlas o enfurecerlas. Estas eran tierras independientes y libres de mi propia consciencia. Reflejos de mi psique, momentos residuales, probablemente campos que siempre inventaba para estar tranquilo o para esconderme del mundo. Lugares idílicos que había creado en algún momento, pero de los que no tenía recuerdo. Un viejo árbol crecía, en la quietud de la llanura. Me hizo gracia, pues el árbol solitario en las praderas salvajes era un icono que siempre aparecía. Todo un poderoso símbolo mítico. Un clásico recurso de mi mente que me acompañaba a todas partes repitiéndose muchas veces al ir creciendo la tierra a medida que subía el amarillento sol en el cielo. Era una tierra llena de belleza, plagada de praderas infinitas. Silenciosos árboles donde esconderse a mediodía, y terminar al abrigo de sus ramas todos los días de mi vida. El viejo roble, un compañero inseparable y solitario, en una vida solitaria. La vida del roble, del ciervo y de mi mismo. Niñoroto pateó con la pezuña una piedra plana, que previamente había relamido buscando algo salado. Al llegar hasta ella unos segundos después contemplé la marca de Niñoroto, la marca del ciervo en la piedra. Era sencillo, como los grabados paleolíticos en la oscuridad de las cuevas. Pero inmensamente hermoso. La firma, y el sello, del Señor de los Ciervos. ciervo.jpg Así, el viejo animal me mostró el nombre de aquel lugar. El ciervo de asta rota, el guía de todos los hombres embarcados en una búsqueda, nombró aquella tierra verde alfombrada de templanza. Así, aquel lugar pasó a llamarse, “La Cuenca de Las Lágrimas del Ciervo.” Estas tierras a él le pertenecían, y a nadie más. Ni siquiera a mí. El ciervo era ya un mito que poseía sus propios dominios, y su propia tierra. Nada ni nadie podía arrebatársela. Como efectivamente, así fue siempre. El ciervo del asta rota, me enseñó ese día, que todo cuanto creas, no tiene poder si no es nombrado. Solo recuerdo lo que tiene nombre, pues es el nombre, lo que dota a todas las cosas de un alma propia, y se guarda en los refugios de la mente. Es allí donde persiste para siempre, aún cuando la existencia llega a su fin, ese nombre perdura hasta el fin de los tiempos. Niñoroto, lo nombró, y así yo siempre lo recordé. Pero lo más importante de ese día fue que los propios mitos poseen el don de realizar sus propias creaciones. Como ya había aprendido con Edanna, y ahora, con el ciervo. Una tierra nacida de él mismo, nacida y creada por el propio mito del animal, puede que a través de mí, pero Niñoroto era su dueño y señor indiscutible, su creador absoluto. Una vez levanté la cabeza del sencillo grabado en la piedra, pude percatarme por vez primera de un ancho río que corría de este a oeste a lo lejos hacia el norte, casi en el límite del horizonte visible. Así pude comprender de donde venía aquel nombre. Estaba seguro, que aquel río, cruzaba todas las regiones y llegaba directamente al corazón de todas ellas, un corazón que era ni más ni menos que mi meta en este viaje extraño. Era además, un río formado por todas las lágrimas derramadas por Niñoroto en sus idas y venidas a este mundo. A lo largo de todas las edades, un río de lágrimas innumerables vertidas en cada uno de sus ciclos. Los ciclos infinitos de niñoroto como mito y como guía, llevando a los personajes de las historias a su destino, y destruyéndose en el proceso. Un río de infinitas lágrimas, lágrimas innumerables. - Un río de lágrimas de ciervo. Ese río, lo afligía. Niñoroto, a medida que nos acercábamos a su propio río, lloraba en silencio, y sus nuevas lágrimas iban a reunirse en el curso de agua, que transcurría con lentitud, siempre en dirección a poniente. Momentos después de andar lentamente, llegamos a una distancia que permitía contemplar el río en todo su esplendor, con sus aguas doradas deslizándose suavemente hacia el oeste. La llanura le otorgaba el marco de un cuadro perfecto. La estampa idílica de un lugar de tránsito, antes de adentrarnos en las regiones remotas del interior, donde la tierra es más salvaje, y las propias plantas carecen de serenidad. Ese interior en el cual siempre existe un largo invierno y donde se ubican los dioses antiguos y las más feroces de las bestias de la imaginación. Lágrimas de Ciervo era una antesala, ese lugar apacible y tranquilo que existe en todas las narraciones y que sirve de preámbulo, de portal hacia las más terribles regiones en todos los mitos del hombre. Aún aquí pudimos divisar animales terribles, que deambulaban a lo lejos en la distancia. Al nordeste divisé una torre de piedra, en cuya cima se podía divisar el nido de unos pájaros extraños, con cabeza de perro. Ellos nos contemplaban, vigilantes, como pendientes por si nos salíamos del camino. En sus ojos, y aún en la lejanía de dos o tres colinas pude apreciar miedo, temor, rabia y peligro. En el nido los más pequeños devoraban lo que me parecían llamaradas, lenguas de fuego, que desaparecían en unas fauces repletas de pequeños dientes brillantes, extinguiéndose en volutas de humo. Unos seres parecidos a hienas, con un único cuerno muy fino y largo, parecido al de los unicornios, deambulaban vigilándonos muchas veces cerca del camino. Si levantabas una mano o hacías un ademán brusco corrían unos cuantos pies, pero al cabo de unos instantes se detenían y volvían a rondar cerca, intentando siempre colocarse a nuestra espalda. Me pareció que eran bastante peligrosos, especialmente de nuevo por su mirada, cargada de recelo y astucia. Muchas veces daba la impresión de que hablaban entre ellos, trazando planes misteriosos sobre su suerte, o la de ellos, escrita con nuestra presencia. Pero a medida que nos acercamos al río, fueron quedándose atrás, hasta desaparecer completamente de la vista, cosa que tampoco me tranquilizaba demasiado. - Mi propio mundo, siempre me ha sido hostil, algunas veces. - Pensé - ¿Y quién no ha sido muchas veces enemigo de sí mismo, y así, su peor enemigo? Edith se acuclilló, puso en su cuenco algo de tierra que mezcló con un polvillo metálico, lo aplastó pacientemente con una pequeña piedra roma y acto seguido comenzó a pintarse la cara con la mezcla, ahora de color bronce con matices verdosos. Al pintarse de esa forma el rostro y gracias a los motivos en forma de espiral de los que tan solo ella conocía su significado, se abrieron a su visión formas y figuras que antes estaban veladas. Colinas invisibles, viejos túmulos, sombras con forma de hombre y de bestia que deambulaban a lo lejos. Así como espíritus benévolos, que vivían sus vidas a través del velo, entre un mundo y otro. Donde el ser humano imagina sus cuentos, y en el cual permanecen mientras no son contados, donde habitan en el silencio, o donde mueren si no hay otra cosa que el olvido. En la distancia divisó casi hacia el sur un viejo castillo, o las ruinas de lo que fue una vieja fortaleza ¿quién sabe de qué época, mito o narración? Ella lo señaló, y gracias a que lo nombró ahora pude verlo yo. Distante, casi en el lejano y grisáceo horizonte. Una vieja ruina nacida de algún cuento de Andersen quizás. ¿El castillo de Rapunzel, o quizás una vieja gloria tras la caída de Roma? Sus muros ahora permanecían, cantando con el viento la muerte del olvido. Mientras todas las piedras que una vez le dieron forma, volvían lentamente a la tierra de donde habían sido arrancadas. -¿Qué ves, Edith? – Le pregunté. - Muchas cosas de este mundo que nos son ajenas. – Me respondió despacio. – Pero hay un camino velado, al lado del río, que discurre junto a él hacia poniente. Y muchas bestias, que no quisiera presentarte. - Dejémoslas donde están, que nada quiero de ellas, sino que existan tranquilas. – Le respondí. Y pensé que, si en esta región ya existían formas y sombras que no podía ver, que habría de habitar en las regiones del interior, en los remotos paisajes hacia donde dirigía mis pasos, ¿qué bestias fabulosas podrían surgir allí, y que yo ni siquiera podía sospechar? Me estremecí pensando estas cosas, mientras contemplaba a la chica. Edith limpió su cuenco con las manos y unas briznas de hierba seca, guardándolo meticulosamente después en su bolsa de cuero. Acto seguido se quedó quieta unos segundos, esperando mi decisión. Con un gesto de mi cabeza y mi mano la invité a proseguir el camino. Ella me sonrió, y en silencio reanudamos el camino, con Niñoroto delante, dirigiendo la marcha, lentamente, al compás de nuestro paso. Al cabo de unas horas, llegamos a la ribera del río. Esta vez, Niñoroto no ocultó su llanto, y un surco de lágrimas se deslizaron por su testa hasta las aguas, fundiéndose una vez más con aquel curso de lágrimas infinitas. Con las patas ligeramente sumergidas en la ribera, Niñoroto lloraba en silencio, todos sus pesares, su miedo, su desdicha, y la angustia de su destino. Lloraba también en el nombre de la tierra herida por el hombre, por la rabia y la impotencia. Niñoroto lloró en su río de Lágrimas de Ciervo todas las lágrimas que nosotros no pudimos, no nos atrevimos o no quisimos llorar. Allí lo contemplé, sumidos en el silencio roto por las pequeñas ráfagas de viento. Por los tallos adormecidos y susurrantes. El siseo de las aguas al deslizarse por aquel curso tan extraño de circunstancias. Lo contemplé y lo amé como nunca. Aquel Ciervo llevaba las culpas y las penas de la humanidad, y había roto una vez su cornamenta por ello. Pues Niñoroto era, la esperanza que viene para guiar al héroe a su meta y así, traerle esperanza al mundo. Aquel ciervo era ni más ni menos que el espíritu que es enviado para iniciar o mostrar el camino a los héroes, a los personajes míticos en la búsqueda de su propio mito. Una misión que en cada ciclo, le destruía, una y otra vez. No me extrañaba pues, que el ciervo tuviese el poder de crear el mismo sus propios dominios. Algunas horas después proseguimos el camino, hasta que el sol nos bañó de crepúsculo, invitándonos a descansar y pasar la noche. Por alguna razón, el río de Lágrimas de Ciervo nos convenció en nuestro interior, que no debíamos temer nada esa noche, y que ningún peligro nos acecharía en aquella ribera. Pudimos pues descansar los tres tranquilamente y sin temores, el cansancio acumulado tras tantos días extraños, preparándonos para los que estaban aún por llegar. Todas aquellas aguas nacidas de las lágrimas de Niñoroto, misteriosamente nos trajeron paz y serenidad. Pues con las lágrimas siempre viene el consuelo. Y con el consuelo nace siempre, la esperanza. Una esperanza que sirve siempre de guía, al igual que la estrella más brillante, en el firmamento de nuestros sueños.

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El perfume del silencio

Aún quedaban flores azules por los derruidos muros del refugio. Y a pesar de mi ausencia, en los suelos tallados y bailando entre las filigranas, los tallos serpenteaban sumisos a lo largo y ancho de aquel embaldosado. Un suelo frío, salpicado por algún charco ausente, siempre presente, ya que el lugar de mi nacimiento siempre careció de techo alguno pues, no recuerdo que le hiciese falta.

azul_medio.jpg

Los arcos de medio punto y lo que quedaba de aquellos muros se mantenían en silencio, rodeados de una luz entre azulada y lila la mayor parte del tiempo. Unos muros vestidos totalmente, recubiertos de pétalos, tallos y flores que permanecían, mudas, tensas a veces, incómodas bajo la fina lluvia. Estas se movían, crecían y serpenteaban, deslizándose suavemente, a través de sus tallos, por la piedra. Se asomaban al reflejo de los charcos y se contemplaban, intercambiando risas apenas audibles.

Miraras donde miraras, muro, piedra y portal se cubría de azul y violeta. Pequeñas flores que se abrían y cerraban como canturreando por lo bajo. Incluso los arruinados divanes, el brasero volcado, hasta el cuerpo que aún yacía en el centro, bajo las estrellas. El cuerpo de un viejo dragón, totalmente recubierto de flores diminutas.

Fuera, como era común, reinaba el viento, aullando veloz. Y más allá, el mar circundante, límite de todas las cosas jamás soñadas, levantaba sus muros infranqueables.

En el silencioso espacio perfumado de luces, unos seres menudos tomaron el lugar como refugio. Radiantes y con pequeñas alas casi imperceptibles, revoloteaban brillando bajo una luz que se filtraba distraída.

Y así, con la llegada de las pequeñas hadas, los silencios se fundieron con el alfombrado manto, llenándolo todo con su fragancia. Elegantes azules, lilas perfectos... aromas de tí. Viviendo sus horas, silenciosas, canturreando viejas canciones. Cuentos de hadas erguidos en su propio sonido y caminando lentamente, uno tras otro por aquellas estancias. Majestuosos y elegantes, los sonidos de las viejas historias se hicieron con el espacio perfecto, habitando, jugando a juegos olvidados ya, pero que tu conoces, aunque no lo sepas. Naciste con ellos, en algún arcón oscuro, los guardas, los vigilas. Son lo que importa, aunque no lo necesites.

Suaves voces hacían vibrar el aire, completándolo. Leve, sutil e informe pero necesario, se hizo allí, en ningún otro lugar. No había otro lugar. Solo existió por un momento, aquella vieja ruina y el viejo pueblo. Nada más existió. Y todo aquello, por un aleteo de mariposa con trazos azulados.

Mientras cerré mis ojos, lo vi, y anhelaba aquel lugar, vacío y tan lleno a la vez. Al viejo refugio, el comienzo de todo lo que una vez divisara las estrellas por vez primera. Y sin saber nada más, fuera feliz solo con aquello pues, qué más necesita el hombre, sino una vieja ruina alfombrada de miles de flores, y el manto del firmamento como techo.

Todo aquello lo vi, mientras caminábamos, en un corto instante, y me llenó de alegría recibir noticias del ya lejano refugio, lugar de donde partieran mis deseos y mis viajes. Todos los sueños nacían de aquel viejo edificio en ruinas recubierto de azules fríos. Los colores que más me gustan.

Yo no sé cuanto duró aquel ensueño, pero si sé, que no me hizo falta quedarme absorto en ningún brillo ni reflejo. Tan solo el deseo, constante, de soñar vestido en tus propios sueños, y de llenar el espacio, con la música de unos trazos que te hablaban una y otra vez, de cuentos de hadas.

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