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Dyss Mítica

Notas sobre Dyss
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A tu memoria...

Al caballero caído

Bajé por la empinada cuesta ensimismada en la cálida brisa de una juguetona brizna de viento. El lugar, me atraía. Era ese lugar viejo y antiguo en donde, si te quedas calladita y encogida, casi sin notar tu propia respiración, puedes llegar a escuchar susurrar a las rocas.

De todos aquellos lugares remotos, era aquel el que más recuerdos me traía de lejanos días, cuando la luz se bañaba aun en las fuentes de lo desconocido... Respiré aquella tarde los viejos aromas de la tierra como si fuesen lo últimos, y no muy lejos quedaba yo de la verdad pues... todo aquello desaparecería antes de lo que yo imaginaba...

Aquella brisa impregnada de recuerdos te trajeron a mi memoria, donde siempre habitas en un cálido rincón y, antes que el fin llegue a su cita, te guardo este bello momento en el cual nos sentamos a ver los plácidos atardeceres en los confines del mundo, donde tú y yo reíamos mientras las estrellas deambulaban por las lejanas distancias de nuestra imaginación.

De todos esos instantes..., tú me trajiste los más cálidos, y la fragancia de la risa suave de la auténtica amistad.

En un viejo lugar, este viejo lugar prohibido, este viejo país desconocido donde habitábamos en un tiempo fuera de toda dimensión humana, flotando libres entre un mundo y otro.

Habitamos la región periférica de nuestras visiones, las tierras del sueño, las tierras del espíritu del ave; fue el gran viaje a aquel viejo y querido lugar...

Tú, te quedaste, yo regresé...

Para Bel, donde quiera que estés...

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Niñoroto

Entonces comenzaron a llegar las primeras nieves, atraidas por la reina de los hielos, que les cantaba sobre el vaho de su aliento. Nubes espesas chocaban sobre las cumbres, derramándose al otro lado como espuma Bordeando las montañas se desliazaban perezosas en la otra vertiente. Mágicas formas que jugaban con la luz. Y entre los brotes jóvenes, de nuevo, con mis botas pesadas y mi abrigo gris, derribé los muros de mi casa, para ir al encuentro una vez más, del viejo, el más viejo si...el viejo lugar prohibido. El curso de agua del arroyo nacía en las laderas del nordeste, de donde ya comenzaba a soplar una brisa gélida. Una brisa embriagadora que me traía el viento desde lugares distantes, para hacerme cosquillas por toda mi piel. Colándose en mi abrigo por resquicios dejados a conciencia. DIsfruté durante unos instantes de uno de mis más preciados placeres, y me encaminé arroyo arriba. El retoño del roble quedaba ya muy atrás, millas hacia el suroeste, al pie del acantilado que nació el dia que Kalessin acudió a mi llamada. Pronto debía volver, y vigilar su crecimiento, pues de todo este mundo nacido de mi mente, ese era el lugar más preciado, y más importante. El espíritu del roble callaba ahora, y lo haría muchas lunas, pues lunas tardarían los acontecimientos que habrían de venir. Saltando entre el arroyuelo cruzé zonas profundas del bosque, que a medida que viajaba al norte, se tornaba más espeso, más oscuro quizás, cuando no se sabía mirar, o nada había que decir. paraba muchas veces, pero no sofocado, me demoraba para respirar aquel aire nuevo que venía frio desde muy lejos, y bien sabía yo, que, Kalessin tenía algo que ver en aquello. Sonreí al recordar al viejo dragón, con su estructura inmensa y sus alas de bronce bruñido, más viejo que el primero de los cuentos que habitaron la tierra. Pero hoy, tenía otra cita con un ser mucho más antiguo. Y a este, no podía llamarlo, había que ir a su encuentro si se sabía donde buscar. Me costó muchas horas de volver a poner el sol de nuevo en poniente para prolongar la tarde cuanto quisiera. Cinco o seis veces rodé el sol treinta grados sobre el horizonte, para disfrutar de mi puesta de sol, como siempre hacía cuando ella vivía en este mundo, en los lugares ocultos de mi mente. Y al fin, lo vislumbré, en un claro del bosque, ligeramente pendiente respecto a donde estaba yo, allá lejos a dos tiros de piedra. Niñoroto El gran ciervo me miró ladeando la cabeza, moviendo las orejas rapidamente. Detuve mis pasos para contemplarlo. Una vez más... Niñoroto, imponente. Un viejo ciervo macho, con una cornamenta de más de mil nudos, excepto uno de los astiles, que desde muy bajo en la base, hacía tiempo había perdido. El ciervo con el asta rota. De las encrucijadas de los astiles astillados, pendían jirones de tela antígua, raida por las eras, totalmente oscurecida, que solamente soportaba el paso del tiempo por la propia fuerza que mantiene vivos los mitos, y Niñoroto, era otro mito, y uno muy antiguo. Mi niñoroto lo traje de una novela, el viejo ciervo guía. El mito del ciervo se remonta a eras muy anteriores a la era cristiana y precéltica. En muchas culturas nace el mito de forma natural. El ciervo viejo que guía al virtuoso a una gran misión, a una gran recompensa, o como en carcasona, que los lleva a la búsqueda de una ciudad inexistente, hasta que fallecen por la edad y los peligros del viaje. Sí, niñoroto era muy antíguo, y aquel viejo e imponente ciervo de asta rota venía de páginas llenas de amor por el mito, esta versión de niñoroto era dulce, y se mantenía vivo y firme, pues la fuerza del mito se alimenta dia a dia. Me acerqué, con paso decidido pero atribulado por la belleza de aquel animal de poderosa osamenta. Era muy grande para su especie, en su lomos y costados se veían decenas de cicatrices de cortes profundos y astiles de lanza y flecha. Si, en muchas ocasiones el ciervo era herido y perseguido hasta rincones ignotos del bosque, donde cada hombre crea sus infiernos o sus paraisos perdidos. Le miré fijamente a las pupilas, él resopló, y bajó la cabeza, sin dejar de mirarme. Noble hasta el último resquicio de su esencia, valiente, y desconfiado, como todos los animales veloces. Me sentía atontado por su belleza, su pelo era casi rojizo, y brillante. Me asombraba ver la cantidad tan enorme de heridas que llevaba, de historia en historia, niñoroto, había huido muchas veces en su misión de guía. Niñoroto no hablaba, pues los ciervos no hablan, por lo menos así lo había decidido yo en aquel momento. Pero si comprendía, y de forma casi tan aguda como el dragón. -Aún busco mis tesoros perdidos, le dije. Ya Kalesin fue en busca de la creatividad dañada y de otras muchas cosas. Pero de tí necesito algo que solo tú conoces. Ya sabes que és. Él me miró como si no comprendiera, pero al cabo de unos instantes, acercó su hocico a mi mano, y lamió el terrón de sal que le había creado para él. Relamiéndose, giró su imponente cuerpo, y ladeando la cabeza me miró con una mirada de entendimiento. Dando un poderoso salto con sus patas traseras, emprendió la carrera y se perdió en la espesura del bosque. De él me quedó su olor intenso de animal, pero también el olor de las ramas, de las hojas húmedas y la tierra mojada. Vé Niñoroto, encuentra mi propia paz, para poder construir encima, todo lo que he de comenzar de nuevo...Suerte viejo amigo de los libros... Retorné por el arroyuelo, aquello solo estaba comenzando, el bosque crecía cada día más. Y aquel bosque, me era muy familiar, resolví que debía esperar a Kalessin al borde del acantilado y velando por el espíritu del roble. Y hacia allí dirigí mis pasos... Kalessin el dragón volaba lejos, Niñoroto, el ciervo de asta rota, se adentraba en lo profundo del bosque, y yo, debía vigilar el crecimiento del retoño del roble. Un roble, que al crecer, me abriría las puertas, hacia la región desconocida de aquel lugar, aquel bosque, que no era más que mi propia mente... Como siempre, recobré el sentido de la realidad en el lugar más insospechado, detrás de una taza de café, absorto mirando a cualquier punto de luz, a cualquier reflejo, esta vez en la propia taza que tenía delante, ya fria. La mirada extraña de la camarera, el murmullo de la gente, la calle, la ciudad...Los árboles no estaban, el arroyo había desaparecido, el mundo de nuevo se había formado ante mí, y ante mis ojos, prosiguió su marcha, ajeno, a todo cuanto pasaba en el lugar quizás más lejano que nadie pueda imaginar. Y ese, este, mi regalo, me hizo esbozar una sonrisa, cuando proseguí a tomarme aquella taza de café frio.
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El primer bosque

...Y regularmente visité el retoño del roble, en el bosque viejo. Siempre que podía, siempre que quería, que era...siempre.

Crecieron muchos árboles en los alrededores, y al poco tiempo se convirtió en un manto verdoso sobre la superficie de aquella tierra ennegrecida. Pero en el claro de aquel bosque, donde habitaba el espíritu del árbol, la tierra quedó llena de cicatrices oscuras. Manchas de ceniza en los lugares donde el dolor y la sangre aparecieron a la cita. Tierra quemada por el deseo, los sueños y la desesperanza. Y en aquellas cicatrices, habitaba el retoño, ya de diez pies de alto. Crecía rápido. Más rápido que lo que se puede aprender en la vida de un ser humano.

Le puse flores al retoño del roble, en el suelo, cerca del tronco, todavía estaban las manchas del fuego de la ira, y el tinte lila de las desilusiones. - Querida, descansa en paz. Pensé para mis adentros.

Sobrevino entonces el rumor de la brisa entre los árboles. El susurro que me trae paz las más de las veces. Y cerrando los ojos me dejé llevar por el canto de los siglos en la tarde amarillenta y dorada sobre aquella región remota.

―Por los amigos ausentes. ―Pensé―. Por los amores perdidos... Por los viejos dioses y por la estación de las Nieblas... ―Dije moviendo tan solo los labios.

La estación de las Nieblas... La estación de las nieblas es mi estación, está entre el otoño y el invierno. Mi estación la creé yo, como soy capaz de crear cualquier cosa.

―"Mi imaginación alimenta mi vida, mi vida, se va soñando..."

La estación de las nieblas tiene nevadas de copos de nieve y hojas de roble amarillas y rojas. Todo a la vez. El sol siempre es amarillo, es cálido y fresco, siempre sopla la brisa. Cuando llueve, llueven gotas ligeramente saladas si estoy triste, frescas y dulces si estoy contenta.

La estación de las nieblas, es la estación donde todos los recuerdos se unen con todos los conocimientos y nacen los libros, la música, las artes, el amor... El amor... ¡Kalessin! Grité, con toda la fuerza de mi cuerpo. Silencio. El rumor del viento se hizo intenso. Sé que estaba allí, viajaba de la costa más remota del mundo, en la orilla más lejana. Estaba allí. El dragón. Le vi llegar, no podía ser de otra forma. Siempre estaba en los rincones de mi mente.

Apareció broncíneo en el horizonte, sobre los robles del bosque viejo. Antiguo e imponente. De coraza metálica, lleno de agujas afiladas en su lomo, en su cola y cabeza. Metálico de oro viejo, y bronce. Maravilloso, elegante y cautivador. Cautivador...

―El hijo pródigo ha vuelto, dijo desde el aire.

Y batiendo sus alas, el polvo cubrió el aire, se posó delante de mí, a diez pasos. Sin rozar el brote del roble. Si lo hiciera, si le hiciera daño, una profunda herida le cruzaría el cuerpo. Si lo destruyese moriría en el acto y no por mi mano.

―Nunca me marché, yo te he llamado. ―Le contesté―.

―Nunca estamos muy lejos Kalessin.

Él plegó sus enormes alas brillantes al sol del ocaso. Se encontraba más viejo, surcado de cicatrices, algunos dientes mellados. Pero imponente en su elegancia.

― ¿La niña está bien? ―Me preguntó―.

―Sí, llora por las noches cuando nadie la ve, pero está bien. Le damos amor, le damos cariño. Y ese es el alimento de la razón de un niño. ―Y de todos nosotros, pensé...―.  Me ayuda ahora, siempre estamos juntos. Le cuento cuentos, le cuentos chistes, caminamos y adivinamos el color de las cosas ocultas.

―Escucha Kalessin, no tengo mucho tiempo para hablar contigo y te pido disculpas, a pesar de todos estos años de ausencia y distancia, pero necesito algo importante de ti.

Él asintió, esperando.

―Vuela alto, vuela lejos y tráeme todo lo que me he perdido. Quiero regresar a mi lugar de origen. Necesito encontrar todo lo que dejamos atrás. Vuela ahora, vuela lejos y regresa sin demora.

Él batió sus alas y entre el vaivén de la hierba y el baile de las ramas vecinas desapareció con el trueno, volando hacia el sol.
Y ahora a esperar...

Alguien zarandeó mi abrigo largo.

―Tengo hambre, me dijo Ainoha.

El bosque se desvaneció, el roble, el sol de la tarde. Desperté de mi ensueño. Estaba en mi nueva casa, de pié, mirando por la ventana. La niña a mi lado, me miraba con aspecto cansado.

― Por supuesto princesa, vamos a tomar un helado o meriendas ¿sí? ―le dije, saliendo de un estado casi hipnótico y familiar. Ella sonrió feliz, asintió con un sí muy largo, alegre y delicado. Pero antes le dije―. Siéntate al lado de la chimenea, que te hago una foto.

― ¡Con la botella! ―Me dijo riendo.

―Bueno, si no hay más remedio... ―Comenté, sin dejar de reír con ella.

Y nos perdimos calle abajo, bajo el amarillento sol de la tarde, bajo los laureles de indias. Juntos de la mano, cantando una canción que aprendió hace poco. Una hermosa canción, como el rumor del viento en el bosque viejo...

 

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