Para tener una planta y regarla
cada dos días
y ver desde el balcón como llega el verde,
poco a poco,
la primavera.
Avanzo calle abajo,
la plaza enseña sus bancos viejos,
los niños presumen de juguetes en la tierra
y yo
miro las ventanas,
los portones,
los carteles color naranjo y negro,
SE ALQUILA.

Cambio dinero por un espacio
donde dejar mis búsquedas repetidas
y nunca silenciosas,
un espacio de paz
y cenas a deshora.
Como ahora no tengo casa,
busco piso en esta zona.
Mis carteles en la esquina,
en los postes,
por todos lados,
en las puertas, en las cabinas…
cualquier espacio es bueno para pregonar un sueño;
Busco piso en esta zona.
Nada que objetar a la espera
de las tiras numéricas con mi nombre
o el ritmo acelerado en cada timbre de teléfono.
La esperanza de ser arrancado del resto,
de ser encontrado
y encontrar a tiempo un piso en esta zona.

Ando atento, memorizo, escruto, escaneo,
enfoco directo al papel
hasta que doy con uno mío,
torcido
con tres tiras de menos,
con tres tiras en el bolsillo de alguien
esperando ser usados
y junto a otros cientos
de carteles de todos los tipos
de gente responsable que busca trabajo,
conciertos, pintores, portes para mudanzas…
Giro, tuerzo, cruzo,
recto por la inercia
sigo el camino.
Una luz tintineante
riega el suelo de piedra
y en el portón
una señora friega la acera
como si fuera el salón de su casa.
Escurre el agua enjabonada
mientras se forman burbujas multicolor
que escapan por el aire.

A veces habla, por mí, mi mirada.
Mira,
saluda entera de una sonrisa,
pregunta:
¿buscas piso en esta zona?
A veces habla, por mí, mi mirada
Sube al tercero
pregunta por Doña Ofelia.
Liado con el nudo en la garganta,
veo al fin mi casa.
Un mes y fianza,
exclama.
Mañana firmamos, si te parece bien,
te doy las llaves y me pagas.
Lástima que de tanto andar
ya cambié de calle, de barrio y de plaza.
Como la vida real,
no siempre el final
es lo que esperaba.