Capítulo IV. El Arresto
Nadie podía esperar lo que estaba a punto de pasar. La terraza arrancó con un espontáneo aplauso justo al terminar la canción. Un silencio contiguo desató a uno de los chicos:
- Me encanta esa canción, Hotel California, ¿verdad?
- Sí, The Eagles – seco y mirando hacia la avenida-
- ¡Eso! Hotel California… se sale –insistió el chico cantando- me la bajaré en el Emule - risas cómplices.
- Sí, es un clásico, seguro que la consigues.
Los chicos de otra mesa, repetidas veces, le pidieron otra canción. El primero se esmeraba en escribir “Eagles” en una servilleta mientras reía entonando la letra. Reían todos menos el músico, que asentía y obsesivamente rebuscaba el paraguas rojo o el rastro de ella, como el que perdió algo o espera a alguien.
Sin más, se cortaron de golpe todas las conversaciones entrecruzadas de la terraza, las risas, el jolgorio creado apuntando un título imposible… él no dejó de mirar hacia la avenida.
Encontró la voz cada vez más ronca de un agente de la Guardia Urbana acercándose por la espalda y luciendo uno de esos “malos días”.
- Usted, el de la guitarra, enséñeme su documentación.
- Soy el único – sin girarse - que no hace ruido.
- Si no quiere que le multe, recoja y marcharse, inmediatamente.
Siguió en su posición sin hacer caso a la advertencia, sin tornar la vista para ver el peligro. El agente ya estaba colocado justo a su espalda, para poder oír al músico murmurar:
- Déjame en paz, ¡payaso!
El agente no dejó que rectificara la ofensa, siquiera le sugirió que la repitiera. De ahí hasta la comisaría fue un minuto de cruces, de frases acaloradas e impotencia. Finalmente, apareció la ira en una explosión manifestada con aspavientos del músico y un golpe a la mesa, que hizo justificar, aún más, la acción de reducir al músico por la fuerza.
Los clientes dejaron de dar consignas por el músico y lo dejaron a su suerte. Por tocar en la calle, normalmente, no lo detendrían. Su reacción violenta y, la predisposición del agente, le hizo terminar con sus huesos en el calabozo.
A la mañana siguiente intentó hablar con Carmen. Tarde para casi todo, no contestó.
El balance se saldó con una Multa de 300€ para recuperar el equipo y con un Requerimiento para determinar si le retiran la Licencia de Actividades Artísticas. El agente, por suerte, se conformó con que pasara la noche entre rejas.
Nadie de la terraza supo su nombre. Anónimo, golpeado y solo. Ese fue su último miércoles, entorno a las ocho y cuarto, justo antes de la cena.
***
Farhad Besharati - HOTEL CALIFORNIA
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