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Archive for May 2012

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¿El juego de tus sueños?

Tomando en mis manos el borrador “Playtest” del nuevo Dungeons & Dragons, recién horneado en la impresora, me viene a la mente el tan cuestionado uso de la expresión: “Nueva iteración” que ha recibido por parte de Wizard el dichoso juego. Tengo la impresión, ahora más que nunca, que el D&D es ya un complejo sistema Mandelbrot; un monstruo fractal que ha demostrado que ni en el D&D hay una única verdad y que lo que vale para unos es cartón viejo para otros. Pero como los fractales, sus visiones y sus versiones son cambios sobre una idea base, una estructura sólida y una idea capaz de sostener mares que se desbordan.

Lo que hace cada uno con él, es hacerlo evolucionar a su modo.

Dungeons & Dragons puede ser ya muchas cosas, pero tantas como pueden serlo los experimentos que haces en una cocina o los colores con los que puedes querer pintar el techo de tu habitación. El sabor que tiene para cada uno es diferente y se basa en sus primeras experiencias con el juego, en sus gustos personales, en su propia personalidad y en cómo haya construido su propia realidad. La realidad de sus propias fantasías. ¡Qué irónico resulta!

Muchos construyeron esa realidad a partir del olor, el sabor y el tacto de la caja roja; otros, a partir de la edición llenita de errores de las traducciones al castellano. Aderezado con lo que encontrabas por ahí en cuanto a novelas, cómics y lecturas habidas y por haber y con una pizca de la sordidez televisiva, los cielos de la fantasía se abrieron para algunos..., con todas las consecuencias...

Allí estábamos entonces, unos suspirando con los pechos de las desnudas esclavas que Conan se iba tirando donde quiera que fuese; otras, —quizás las menos pues no era tan popular entre las damas—, se fijaban más en sus pectorales, por ponerme bien. Pero por aquel entonces era aquel brujo en su laberinto quién arrancaba más pasiones, a mi juicio. Algo más inteligente, elegante y diestro en saberes que en pesares. Lo “Smart” siempre ha sido sexy;  muchos lo aprendieron tarde hasta que vino “Big Bang Theory” para recordárnoslo.

Ayer, 24 de mayo, sobre las dos de la tarde se encontraban los servidores de Wizard colapsados ante el caudal de cientos de miles de aficionados que, como si no hubiese un mañana, se abalanzaron en su intención de poder descargar una copia del borrador. Todos, más con la esperanza de descubrir si este nuevo D&D se acerca más al juego de sus anhelos, sueños y entretelas. Yo no pude conseguir la mía hasta bien entrada la noche según el horario de la costa este de esta América de locos, pero que amo más que odio.

Con una sensación de estar leyendo un retroclón basado en OGL, de esquema sencillo y claro, de las decenas que han salido en los últimos años, hago eco de lo que ha comentado Velasco en su blog, y es que cómo él dice, parece haber salido tarde.

Bien, yo creo que ha salido cuando tenía que salir tras ver cómo han ido evolucionando las cosas, sentarse a observar, e incluso, asombrarse un tanto de lo que es capaz de hacer la comunidad de aficionados. Incluso cuando muchas veces la comunidad no sabe —esto es cosa mía— muy bien lo que quiere, algo demostrado en el mundo de los videojuegos.

Resumiendo, para que este D&D vea la luz, ha tenido que pasar todo lo anterior, si no, no se hubiese aprendido tanto en tan poco tiempo. Sí, cuatro años no es nada. Parece que en estos cuatro últimos años se haya quebrado un tanto el árbol blanco en los patios de Gondor y tenga que venir el rey ungido a restablecer la salud de un retoño moribundo.

Por lo tanto y reflexionando, parece que ahora mismo la gente sí que sabe lo que quiere y esto se parece mucho a lo que ha sido siempre el Dungeons & Dragons. Algo más en la línea de: “corro 10 pies (vale 3 metros, uff...) y le zurro al goblin. ¿Si rueda su cabeza por el suelo, puedo darle una patada? Había algo entre AD&D 2ed y 3ª edición que se quedó por el camino y que alguien se olvidó de pulir un tanto, encandilado con buscar el dorado del simulacionismo. Que no está mal si no te olvidas, eso sí, que lo importante es divertirse.

¿Puede que haya sido una bendición que Montecook se haya marchado? Es sólo una idea que se me ha cruzado por la mente.

Ahí está un playtest que ha de ser estudiado y juzgado, aunque yo le tengo algo de pánico a eso pues del juicio público pueden surgir las mejores historias de terror.

Sin embargo, hay muchas cosas familiares que me retraen a las versiones de todos los D&D anteriores. Hay un poco de todos y cada uno, lo suficiente para ver por dónde van los tiros y llevarme una gran alegría. Lo visto me gusta, trae lo que fue dejado atrás de vuelta y retorna esa sensación de familiaridad cuando leías que un hechizo tiene un alcance de 100 pies y que dura 10 minutos. Es como volver a casa, poner los pies en la mesa y tomarse finalmente una copa de vino. Como ya dije en una lista de comentarios por ahí, muchas veces leyendo el borrador he pensado en: ¿y por qué demonios no hicieron esto antes?

Se cogen buenas ideas de lo bueno y se traen de vuelta cosas que se echaban de menos del pasado. Hay un lugar para cada cosa de las muchas vistas hasta entonces pero es pronto para hacerse ilusiones.

Por ahora, para alguien a quien le gustan un poco todas las ediciones, que ha jugado a 4ª con alegría —pero con punzadas de dolor ante ciertos aspectos— y que anhelaba una evolución simplificada e inteligente de la 3.5, todo este montón de papeles es un remanso de esperanza.

Lástima que mi grupo se haya quedado en otro continente, ya nada será igual sin ellos. Y entonces... ¿Quién contemplará ahora las olas bramar sobre la mar centelleante? Todos sabemos que buscar un buen grupo de juego es mucho más difícil que encontrar pareja o terminar una carrera universitaria.

La quinta edición de Dungeons & Dragons sé que gustará, pero para llegar hasta aquí se ha tenido que aprender de un largo camino no siempre demasiado agradable. ¡Vaya!, qué casualidad, justo como nos suele pasar a todos en nuestra vida...

Edanna

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El son de tus alas (IV)

Dyss, sello general

Y así, el tiempo anduvo su propio camino.

Ella siempre está cerca, en todo momento a él le acompaña. Cromwall ya nunca está solo.

Ella siempre está presente, ella siempre está allí, en algún lugar; él nunca la puede ver, salvo por el rabillo del ojo. Tan sólo sus pálidas y diminutas manos de niña sobre él, en la alcoba, o alrededor de su cintura cuando monta a caballo. En ocasiones su mano está sobre la suya, cuando afligido pasa las tardes en el salón, frente a una chimenea que siempre permanece apagada, pues ya no hay motivo para encenderla, puesto que, el frío que siente habita ya siempre en su corazón. Cuando intenta comer la siente a su lado; cuando se adormila siente su manos rodear su torso, como la más cariñosa de las amantes. No hay en el mundo compañera más leal.

Sus perros hace tiempo que huyeron, aterrorizados ante la nueva señora del castillo. Ya Cromwall ni se molesta en ahuyentarla, en dar alaridos; no sirven de nada. Ella siempre está allí, silenciosa, contemplándole, pálida, como el ocaso de una vida de dolor, muerte y agonías.

Intenta mantener los ojos abiertos, pues si la intenta mirar fijamente, ésta, desaparece. Sólo la atisba por los lados, semejantes a los latigazos de un recuerdo, que pareciese fustigar con sus mortajas ondulantes, llevando escritas las palabras estrictas que nos recuerdan la vergüenza de los errores cometidos en la vida. Pero es inútil, ella siempre está allí; y cuando rendido, cabecea, al despertar lo primero que ve es la pálida y pequeña mano de niña, tomando la suya.

Entonces vuelven los alaridos, las maldiciones y los gritos, y de nuevo, las largas y eternas horas de madrugada, cuando uno no sabe si está muerto o vivo o anda entre ambos mundos. Y al final, cae rendido; para yacer, exánime...; como cada día, como siempre pues, siempre es igual, así, de forma perpetua junto a su niña-amante; cuya pequeña mano es lo primero que vislumbra al despertar, tras todas las largas horas de pesadillas, terror, sueños y pesares.

En su desgracia maldice ahora todas las horas del día, y de lo larga que es la vida cuando cuentas con cada instante de forma consciente; todos esos momentos resultan tan claros, tan ardientes, tan crueles..., en su memoria.

Entonces el señor recuerda el castillo, allí donde todo empezó. Solamente si quizás..., aquella flauta que tal vez, todo lo comenzara... Y una esperanza se abre ante él, ¡rápido!, ensilla un caballo, cruza la barbacana y toma el gran camino, reventando a la bestia durante su carrera, cabalga veloz hasta aquel extraño castillo donde hace ya meses estuvo con sus hombres. Aquel tormento que tras una tarde, hace meses, ya empezara y al que ahora el señor culpa de todas las desgracias que en su vida, a partir de entonces, le han sucedido.

Al lugar llegó antes de que cayera ya el sol y apresurado, anhelante por el brillo de la esperanza refulgiendo en su consciencia, buscó la habitación donde hallara aquella tarde el instrumento.

¡Allí estaba! Satisfecho corrió, gritando y maldiciendo; jurando a la ramera que por fin, de cualquier  lugar de donde hubiera salido, allí volvería a sumergirse en el infierno, junto a todos a los que, durante  su existencia, les había arrancado la vida con sus manos.

Encontró la flauta en el suelo que sin dudar tomó en sus manos; anhelando liberarse, con premura, un soplido corto le dio por la boquilla. Una sola nota aguda resonó en una estancia por la que no parecía haber pasado ni el tiempo ni el polvo o la suciedad. Todo, absolutamente todo, estaba tan perfectamente limpio como el mismo día que allí había llegado la primera vez con sus hombres.

Durante un rato Cromwall espera, y con la proximidad del caer de la tarde suspira aliviado que con su plan podría haber tenido éxito, poniendo un final a una pesadilla que quizás había ya dejado atrás.

Rendido se siente entonces y sobre la cama ahora se sienta, más tranquilo de lo que ha estado en muchos meses por vez primera. ¡Desea tanto descansar!, ¡tanto anhela el dormir!, al fin, sin pesadillas. Se siente tan agotado que allí, tumbándose, se queda dormido al fin, sin sueños, en un sueño tranquilo como la ribera de aquel rio tranquilo donde pasó su infancia.

Cuando Cromwall despierta ya está anocheciendo y una tenue luz rojiza ilumina la estancia, donde las vestiduras al compás de una brisa que entra por la ventana sisean todas juntas. Siente miedo entonces. En su mente vuelve a ser consciente de todos los sucesos y desea, con fervor autentico que toda aquella pesadilla haya por fin terminado.

Y en su pecho, allí estaba la pequeña mano de ella; tan pálida, que sobre él, ahora dulcemente descansa.
Dándose la vuelta, con un feroz alarido, fuera de sí, entre rizas y sollozos, entre chillidos de rabia, a ella por primera vez la atrapa; esta vez su compañera no se difumina ante sus ojos, ni desaparece para rondar por los lados, como un fantasma, como un viento inalcanzable. Ella, esta vez allí continúa, silenciosa, sin expresión, lejana y fría como un rayo de luna. ¡Es tan pequeña!, ¡tan pálida!, de ojos profundos como negro carbón pues negro es el pozo insondable de su mirada ya que de pupilas carece. Su cabello, también negro es como la noche, lacio y brillante que le alcanza la curvatura de sus nalgas, que él aprieta ahora, pues también le arranca el fino vestido que parece deshacerse como un soplido en sus manos.

Así, con feroz brutalidad, en su misma habitación, a su compañera, a su aparición, viola ahora con fiera determinación, y con rudeza.

Y así lo hace sin cesar, durante horas y horas, en las cuales ella nada dice, ni sonido alguno emite, pues ni siquiera parece que sus pequeños pechos blancos se muevan levemente al respirar; si es que respira alguna vez. Yace allí, ahora, bajo él, mientras el señor entra en ella una y otra vez, con tal salvajismo que desea romperla en pedazos.

Cuando termina, enloquecido, corre hacia fuera, toma su caballo y esta vez sí, consigue matar a la bestia que cae, reventada, a la vera del camino, muchas millas a lo lejos. Levantándose sobre el caballo muerto, sigue corriendo de todos modos, hasta que dos días después regresa a su fortaleza, donde finalmente se encierra.
Allí se queda durante meses, gritando, dando voces y profiriendo alaridos. Tiempo durante el cual, todos los que allí quedaban se marchan al fin, muy lejos de allí.

Aquella fue la última vez que a ella él la tocó, probablemente, por alguna perversa brujería al haber estado en la misma habitación de su dueña. Allí sigue ella pues, siempre una fiel compañera, velando a su señor, en un castillo en ruinas, todo cubierto ahora de hiedra.

En un frío y enorme salón, ante una chimenea que jamás prende fuego alguno, se escucha los delirios de un loco que horas chilla, perturbado, y horas ríe con histeria. Siempre está en su sillón, profiriendo maldiciones, alzando la voz y hablándole a su siempre leal compañera de las tierras que una vez, junto a sus hombres, entre sus manos tomó, pues hubo un tiempo en el que obtuvo siempre todo cuanto quiso, y que nunca habían conocido pues la miseria.

Siempre silenciosa, la chica entre sus brazos tiene siempre ahora a un bebé, de la misma piel tan pálida como la de la nieve; y ni una queja ni un lamento, la hermosa criatura, jamás profiere. Pues si en su niña-amante palabra alguna jamás se escuchó, menos iba a partir en un nuevo niño; el hijo de él, y el de ella, que en sus manos, un bebe ahora siempre junto a sí mantiene.

Pero ahora, ya los dientes de Cromwall han perdido su blancura, se fueron pudriendo unos tras otro y los que quedan, en su boca son una sombra de lo que una vez fue símbolo de toda su bravura. El señor de los dientes blancos Cromwall ya dejó de ser, pues en un viejo desdentado de podridos dientes, él se ha convertido. Por fortuna, no todo es tan malo pues, en el niño que ella siempre en sus brazos sostiene, el señor ya advirtió, la hermosa blancura de unos agudos dientes de invierno que, el bebé de forma reciente, en su boquita ahora han nacido.

Así termina la historia de Cromwall, el de los dientes de invierno.
Que jamás viera en Occidente homenaje alguno, gloria ni alabanzas.
Salvo en la memoria a través del recuerdo de un desgraciado destino.
Muestra, enseñando, los errores que condujeron a tantas desgracias.

El hombre pues a ser libre, nosotras decimos, ¡que está condenado!
Pues de la libre voluntad, de hacerse a sí mismos, poseen tal don.
Que cada día, tus elecciones te harán ser lo que eres, ¡ya han olvidado!
Y en su ciega ignorancia el necio optó por tomar, el de su perdición.

 Fin

 

***

Su tono había cambiado al comenzar la narración, quedándose como en éxtasis y haciendo unas muy leves oscilaciones con la parte superior de su cuerpo. Al terminar, pareció relajarse y volver a ser la misma de antes. El ambiente se dulcificó entonces y las gentes comenzaron a dispersarse, cuchicheando a la luz de los grandes fuegos que se habían encendido durante la caída del Jareth.

Aquella había sido una bella historia contada de un modo extraño que, una vez más, trataba de enseñar a las gentes aspectos de la vida, de la tierra y de los cielos; pues en ello consistía la labor de las narradoras de la vida, en instruir mediante el enxiemplo, mostrando los secretos del mundo a la consciencia de las gentes, dejando las viejas historias en el recuerdo de todos los oyentes para que perduraran a través de cada generación; enseñando y educando a los seres que, por lo general, eran analfabetos.

Por ello, las narradoras recorrían los caminos, haciendo un peregrinaje sobre el que cada una tenía asignada una región que abarcaban en unas cuantas estrofas, completando su recorrido una vez por estación. En los años de invierno, sin embargo, permanecían en sus refugios toda la estación, esperando el momento de poder realizar su peregrinaje en condiciones más favorables. Las narradoras por ello disfrutaban de libre tránsito a través de todos los territorios, e incluso, hasta muchas criaturas que podría catalogar de bestias, las respetaban.

A mí me pareció la de las narradoras entonces,  una gran labor;  y aquel hermoso cuento narrado con un lenguaje extraño hizo que se me estremecieran todas las fibras de mi ser al recordar, mediante aquellas viejas historias, el porqué en Dyss existen tantos matriarcados, y el porqué la fuerza de lo femenino es respetado, como forma de gobierno y cómo guía espiritual, resultando en algunos casos algo de carácter sagrado en muchos lugares del mundo, a lo largo de todos sus territorios.
Más tarde pude conocerla, pues me acerqué a hablar con ella al dispersarse el gentío; y en aquel momento, nunca pude haber imaginado los increíbles acontecimientos que surgirían de aquella nueva amistad que se forjó al comienzo de aquel nuevo año de primavera.

El trono de la reina Valaria
Libro de Edanna

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El son de tus alas (III)

Dyss, sello general

Nadie conoce mejor el castillo que su propio dueño, así que con gran habilidad se aproxima hasta la muralla, ocultándose, y que escala con facilidad. Al llegar a lo alto a un adormilado soldado sorprende al que, de un puñetazo, la mandíbula le rompe como escarmiento. Bajando por el torreón cruza los pasillos hasta el cruce de las galerías, donde una vieja y espantada criada da un grito al verlo, que el ahoga de forma brusca tapándole la boca, con tanta fuerza que por poco la mata. La mujer desmayada no puede ver como girando a la derecha, hacia los aposentos de la reina, Cromwall, ahora dirige sus pasos.

Ghost girlPero todo cuanto anhelaba encontrar no es lo que esperaba pues los jadeos a través de la puerta, sin dificultad, el señor percibe de forma clara, inconfundibles.

Entreabriendo la puerta allí ella está, recibiendo entre sus piernas al capitán del destacamento, con tal ardiente pasión que con él jamás recordara. Ni en sus manos ella gimió así de placer, sobre ella. Y él, en su pasión, la llegada del señor del castillo tampoco ha advertido, para su propia perdición.

Desprendiendo entonces una lanza de adorno en la pared, furioso, ¡fuera de sí!, con un terrible grito a los dos atraviesa; perforando hueso, carne, músculo, y pasión ¡con fiereza!

Con tanta fuerza que empala a los dos que allí, el uno en el otro, ahora en la pasión del amor así se reciben; atravesando las tablas de la cama y contra el frío y duro suelo; con la misma lanza que una vez usara para cazar su primer jabalí, que junto a todos sus trofeos, en el gran salón, allí se exhiben.

Perforando el piso de durísima piedra hasta enterrarse a un palmo del refuerzo, quedando allí clavada entonces, mientras él jadea por tal tremendo esfuerzo; empapándose cama, sábanas, cuerpo, piedra y lanza, quedando como un recuerdo, con el destilar de la sangre de los dos amantes que en su imprudencia, allí les diera caza.

Emitiendo un rugido corre entonces por los pasillos y mata a golpes a algunos criados que, presurosos, acuden a ver qué sucede; les rompe el cuello con sus manos en un acceso de cólera, haciendo crujir las vértebras en un sonido que hiela la sangre en las venas; y ordena, a voces, que sellen los accesos, puertas y ventanas ¡todo!, ¡todo maldita sea!, de la habitación de la reina, que con ladrillo y mortero la cieguen; y que nadie ose tocar los cuerpos, pues, tal como están así para siempre se han de quedar, si no quieren terminar todos igual, empalados como su señora.

Aquella habitación será ahora pues su ataúd, y sobre ella, su amante hará las veces de mortaja; el castillo, su monumento fúnebre, y como única plegaria, lo que tenga que venir mañana; para recuerdo de todos los que respiran bajo el sol, mientras él..., así lo permita.

El tiempo transcurrió entonces, tan lento; lento cuando saboreas todos sus versos; rápido cuando no eres consciente que la vida se escapa sin saberlo, a través de los resquicios de la aurora de tus pensamientos.
Cromwall se fue marchitando; él, que siempre fue el primero en reír y el que más alto siempre lo hacía; él, que había tomado siempre todo cuanto se puso en su camino; él, que siempre tomó cuantas mujeres quiso, y la hembra, no se trataba más que de un pasatiempo.

La femineidad no significó para él nada más que un higo que exprimir y al que sacarle todas las pipas pues nada más que un fruto era, de los muchos puestos allí para el hombre por la misma tierra.

El gran señor lánguido yace ahora, siempre solo, en el salón al que ni sus perros quieren acompañar por la extraña locura que aflige al rey desde aquel día siniestro.

Sus perros huyen espantados ante su apariencia, y de manera especial ante la otra presencia que perciben, que huelen, que sienten, que eriza sus lomos; pávidos de terror absoluto; un terror antiguo que recuerdan en los rincones de la memoria que han heredado de sus ancestros.

Sus hijos, espantados, se han marchado a lejanas tierras, a cuidar de sus propios asuntos y a su padre no quieren volver a verlo jamás.

Ahora Cromwall solitario siempre parece estar, hablando y maldiciendo; en las largas horas, en su salón al que ya ni sus perros visitan, se le escucha reñir con lo que todos creen es el fantasma de la reina que ha vuelto para torturarlo. Día y noche las pasa solo, sin ver a nadie, constantemente discutiendo consigo mismo o  hablando con el ánima que, muy probablemente, ahora siempre está junto a él para mortificarlo.

Pero la verdad única sólo él la conoce pues, la presencia siempre le acompaña desde aquel día que una sola nota le arrancara a aquel extraño e inútil instrumento.

Directamente a ella jamás la percibe; solamente por el rabillo del ojo, en muchas ocasiones, atisba lo que parece una hermosa mujer, muy joven, casi como una niña. No es muy alta y es extremadamente delgada, como un ánima; pálida, como una aurora de nubes de otoño. Pálida, como la vida de una mujer que perdió a todos sus hijos; pálida, como un campo gris bajo los cadáveres de un campo de batalla. Pálida como un mundo sin sol, en una noche de luna vestida de mortajas.

En las raras ocasiones en las que aún monta a caballo, las blanquísimas manos de ella rodean su cintura, que él siente apretándose junto a su cuerpo mientras percibe su perfume extraño y áspero como el jengibre; notando las manos delicadas, pequeñas y gráciles; unas manos de gorrión que podría aplastar con un puño.
Podría matarla con una sola mano cien veces seguidas.

Allí sus manos pálidas se aprietan a él, a su señor, unas manos de niña, blancas como los amantes empalados en la habitación de la reina, ya devorados por los gusanos en el dulce aroma de las largas estaciones de primavera, cuando los pétalos revolotean frente al reciente muro de ladrillos que tapian las ventanas, tras los cuales, la carne de ambos se pudre lentamente bajo las sedas, las vestiduras y las botellas de todos sus perfumes, en el transcurrir de todos aquellos tan hermosos días con sus noches.

Nunca habla, nunca dice nada, nunca se escucha el siseo de su respiración; sólo un frío gélido, como una larga estación de invierno que siempre, a su lado, le acompañase.

Cuando duerme la siente a su lado, apretándose junto a su torso, depositando aquella dulce y delicada mano, pequeña, blanca y fría sobre su pecho musculoso, buscando protección, buscando todo su amor con anhelo, con deleite; pero sin pasión.

Él entonces despierta dando un alarido, se retuerce, se agita, emitiendo un lastimoso gemido, como quién quiere quitarse una araña que recorriera su piel, con asco y repulsión; bañado en sudor, Cromwall, ya jamás descansa.
Por primera vez desde que era niño a veces solloza pues al despertar, a su lado, el siempre solitario espacio en donde no hay nada es cuanto le acompaña. Ella sólo aparece por su visión periférica, tan niña, tan hermosa y tan extinta, como una madrugada de frío invierno.

¡Ahora el señor gime!, grita en la noche, ahora solloza, y ahora ¡vuelve a gritar! Gimiendo maldice, jura mil veces matar a todo hombre y mujer que se cruce en su camino. Injuria a todas las maldiciones del mundo que por qué aquella se adueñó de él, convirtiéndose en su dueña.

Durante las largas horas en el castillo resuenan sus alaridos, en las largas horas de madrugada, durante todas las largas horas de la noche...

Los criados, asustados, se esconden en sus sórdidos huecos, bajo sus mantas y sus pulgas, y el miedo del terror es lo único cuanto ya florece en los antiguos jardines de la reina; ahora rodeados con el verdor de la naturaleza cuando se le desabrochan los leves cordones que encierran la blusa donde guarda los tesoros de toda aquella primavera.

En un lugar de terror a su castillo el señor ha convertido.

Algunos soldados comienzan a escapar y muchos hombres, antes leales, ahora prefieren poner tierra de por medio; a éstos le siguen los criados, pajes y artesanos de la gran casa del gran Cromwall “dientes blancos”. Así, ésta, comienza a corromperse como los cadáveres que yacen en la tumba de la reina. Él, dándose cuenta, a todo hombre maldice, y jura mil veces que como lo atrape, la vida le arranca de un sólo golpe, les dice. Pero el miedo se ha apoderado ya de todos los corazones en una gran desazón, así pues, no consigue evitar que a lo largo de aquellas semanas un enorme conjunto de hombres deserten, abandonando a su señor que, creen, ha perdido por completo la razón.

Continuará...

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna

 

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