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Archive for April 2012

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El son de tus alas (II)

Dyss, sello general

[...] No tardó en hallarlo. La narradora eligió un pequeño promontorio junto al cauce del río, con una gran piedra que las mujeres habían estado usando para golpear la ropa mientras lavaban. Resopló un poco el lugar donde iba a sentarse, sacudió con un gran pañuelo otro poco más —en un gesto de cuidadosa preocupación por la suciedad— y procedió a tomar asiento, cruzando las piernas, con la espalda recta, el cuello levantado y la mirada al frente, al fondo de la audiencia allí reunida. 

Dama fantasmaSe hizo entonces un completo silencio, quebrado en ocasiones por el graznido de unos cuervos distantes, el crepitar de los fuegos encendidos y un leve rumor de la brisa. Permaneció en espera unos instantes hasta el momento en el que, con un delicado gesto que hizo que la gente contuviese el aliento, posó la palma de la mano derecha sobre la roca mientras que con la izquierda se cubría el rostro. Según cuentan, las narradoras entran así en armonía con la consciencia del mundo —algo que requiere de una gran preparación—, escuchando y susurrándole a la vez a la tierra las historias que ésta siempre anhela escuchar pues, en Dyss, a la tierra se le rinde homenaje contándole historias. Por otra parte, con la mano izquierda ocultando el rostro, impide que los gestos y expresiones de su auditorio distorsionen las historias, depositadas en su memoria desde que son apenas unas niñas.
Había escuchado que muchas se solían pintar también el rostro, para separar aún más su propio “yo” del de su audiencia, pero ella parecía prescindir de aquella costumbre.

Así, mediante una voz algo grave pero bien modulada, una voz que parecía provenir de alguien de más edad que la que aparentaba aquella chica, la narradora de la vida comenzó a recitar:

Cromwall “Dientes Blancos”

¡Eran los tiempos de un señor de la guerra lo que esta historia nos muestra!
¡Por su  insensatez, los gobernantes siempre a su pueblo heridas le inflige!
¡Por la violencia, que le abandone la gloria por sí mismo él elige!
¡Y el porqué la codicia al hombre de razón lo privó, este cuento demuestra!

¡Cromwall, señor de la guerra, de fieros guerreros poseía una hueste!
¡Tras de sí sólo deja destrucción, pillaje, dolor, muerte y violaciones!
¡Que por aquel entonces toda la estación tuvo, aquí, en el oeste!
¡Ricas tierras se anexionaron, sin sufrir pérdidas ni hacer concesiones!

¡Ya asoló la región, y a su bien armado castillo a sus hombres dirige!
¡Portando todos los tesoros que los hombres por la violencia tomaron!
¡Tiaras de oro robadas a través del dolor, con piedras preciosas su tesoro refulge!
¡Tesoros teñidos con la sangre de todos aquellos que tras de sí dejaron!

¡Escuchad todos, la historia de Cromwall, el de los dientes de invierno!
¡Cuyas insensatas acciones privaron, por siempre, de su cordura!
¡A un hombre que todo cogió y por la fuerza tomó, durante su gobierno!
¡Que aquí en el oeste, su maldición, en la memoria aún perdura!

Treinta y cinco años Cromwall ya vivió, por su propia mano, un reino y diez castillos por aquel entonces ya había obtenido; por todo ello, satisfecho se sentía; cuatro hijos que la reina ya le ha dado, y seguro estaba de que todos en alta estima le tenían. Castillos de gruesos muros, amplias caballerizas y despensas que bien provistas siempre están.

Eran los tiempos del invasor y de su presa, cuando un único varón en estas tierras entonces siempre gobernaba. La mujer nada era entonces y vivía sometida a sus designios. Eran los tiempos en donde todos los pueblos al oeste del gran mar afligidos se hallaban, matándose los unos a los otros con hierro afilado.

No había perdón entonces, no había cuartel, pues sediento resulta el hombre de hartarse siempre de distinciones, mujeres y riquezas.

De la nada llegó Cromwall y en rey se convirtió, pues los ricos tesoros un trono compraron y mediante la punta de su espada los tratados, firmados con sangre, así quedaron.

Cromwall, “dientes blancos” lo llamaban pues, de todos, es el único que mantiene una dentadura perfecta, sin faltarle una pieza, blanca y brillante, tan raro resulta esto en nuestros días. Su blanca dentadura leyenda resulta en la región, símbolo de su bravura, y piensan que su poder allí guarda cuando ríe a la vista de todos.
Un hombre sano y fuerte es, pero más fuerte resulta su ambición, que a sus dos hermanos mató para asegurarse un señorío, un reino y diez castillos. Con mano de hierro Cromwall gobierna, y con sus propias manos a quién le ofende lo mata. Arrancándole la quijada y colgándola del tapiz a su derecha, en la sala de gobierno deja, como trofeo. Nadie osaba retar al más fuerte. ¡Cromwall es poderoso!

¡Oh¡ ¡Pero qué negro es su corazón!, que hombres y mujeres, en secreto, a sólo él maldicen en las noches oscuras; desde los más sórdidos rincones hasta las blancas sábanas de encaje de la más alta cuna.

El único amor que posee es para sus perros, si es que algo de eso habita en su corazón. A ellos destina las mejores piezas del festín en la sala del trono mientras, para divertirse, arroja inmundicias a los esclavos para que se maten entre ellos; a la vista jubilosa de todos en el gran salón donde juntos brindan, ¡a la salud de su señor!

Era un hombre de corazón negro, que vivía en un negro castillo, en el corazón de la tierra que mató a todos sus ancestros con el hierro forjado de sus parientes. A su propia madre estranguló en lo alto de la torre, arrojando su cuerpo al pie de la muralla; un crimen por el que aún habrá de pagar lo que por cien veces cien ya él por su mano ha tomado. Pues todo cuanto desea lo toma siempre sin dar, todo, a cambio de nada; olvidó que, todo cuanto despojaras de la tierra, a la tierra habrás de pagar, para devolvérselo, ¡y si de poder se trata!, ¡la deuda siempre será por triplicado!

—¡POR TRIPLICADO HABRÁS DE DEVOLVÉRSELO! —Corearon entonces todas las gentes que se encontraban allí reunidas.

Cromwall de los dientes de invierno y sus hombres, de hacer la guerra volvieron un día. Exultantes de júbilo a sus juglares obliga a contar sus hazañas mientras diez cuartos de buey a cada hombre promete. A lo lejos entonces, un castillo en el horizonte divisan cerca ya del ocaso. Extrañados, pues no recordaban que en la zona hubiese construcción de aquel tipo, ordena a sus hombres a hacer un alto, mientras que un grupo se acerca a explorar.

Un castillo que parece estar abandonado, como si de repente todas sus pertenencias los habitantes hubiesen allí dejado atrás, piensa, asustados ante la visión de los guerreros de su hueste.

Efectivamente, el castillo nadie lo habita, con signos de que todas las almas que allí había hubiesen, de repente, desaparecido. No se pueden creer tanta suerte y, con júbilo, allí exclaman: “¡Somos merecedores de los regalos de la fortuna!”, pues piensan, por ser los más bravos guerreros que la tierra jamás conociera, que por tal distinción los recompensa el destino.

Así saquean el castillo, llevándose buenos arreos, mucha plata, cueros bien trabajados, armas, y hasta oro que encuentran en los arcones junto a valiosas telas, traídas del este lejano.

Cromwall, ufano, con sus hombres el castillo por completo recorre, hasta dar con una habitación ricamente vestida de tejidos y tapices, vestiduras de adorno, como si a una mujer perteneciese.

Al entrar, un aroma lo embriaga a pesar de ser hombre rudo; un perfume destila el recuerdo en aquel dormitorio por una, su antigua dueña. La que allí habitaba, un día, cuando la remembranza de lo que significa la palabra esperanza aún existía.

Sobre la colcha de una hermosa cama con dosel, reposa una extraña y sencilla flauta que Cromwall, curioso, toma en sus manos. Se trata de un exquisito instrumento de un solo agujero y unas extrañas tallas a lo largo, de exquisita factura. Con un breve soplido una nota es cuanto el instrumento emite, lo que al rey le hace gracia pues inútil resulta una flauta de la que sólo una nota puede brotar. Una leve brisa estremece entonces los tapices y las telas que, livianas, penden de vigas, paredes y ventanas, y es en ese momento cuando el perfume se disipa.
Arrojando el pequeño instrumento, sale pues de la habitación, no sin sentir antes un escalofrío, como si ahora de forma repentina, una cercana presencia estuviera ahora siempre observándole.

Volviendo al camino a la mañana siguiente, la hueste, continúa su viaje. Ahora el señor perturbado parece estar siempre. La jornada transcurre con el rey algo nervioso; su caballo, intranquilo, no deja de dar coces. Tanto es así, que llega el momento en el que tiene que cambiar de caballo por tres veces. Una de ellas, por la furia, de un golpe casi deja muerto a la bestia en medio del camino. Nerviosos también ladran sus perros alrededor, incesantes.

Los hombres piensan que un mal presagio aguarda.

El señor los ignora, pero continúa incómodo pues, desde aquella habitación perfumada, la presencia que siente la nota constantemente alrededor. ¡Oh!, pero, durante un momento de duda y asombro —y sin que nadie lo note— se espanta al notar que unas delicadas, pequeñas y muy pálidas manos alrededor de su cintura siente como le rodean, estrechándose junto a él, a su espalda; aquella presencia es entonces cuando piensa que constantemente ahora le sigue pero, controlándose, a su hueste ordena avanzar, y su viaje prosigue.
Mantiene el ánimo bajo durante todo el camino; extrañado y de mal humor parece el rey al que, sin embargo, nadie osaría molestar. Pero su talante mejora al aproximarse al castillo donde ahora su mujer espera, ardiente, la llegada de su señor para así cumplir con sus obligaciones.

En la gran casa ya deben haber avistado la hueste y los calderos piensan que habrán puesto en el fuego con la carne a hervir, los ricos manjares en los asadores llameantes dando vueltas, para cuando así lleguen los hombres un festín poder celebrar, alabando así a su señor, por traerles tanta abundancia y el placer de poder tomar cuanto se les antoje.

El señor entonces tiene una idea; se aproximará al castillo a escondidas, para dar un buen susto a sus sirvientes y soldados, tomarlos desprevenidos y así darles un escarmiento en caso de no cumplir con sus obligaciones. Ver de primera mano cómo se van resolviendo sus asuntos mientras está ausente de sus posesiones y si todo se cumple como él ha ordenado. Le parece buena idea para a su mujer también sorprender pues esperándole, nerviosa, se la imagina, ordenando que todo esté bien dispuesto para la llegada de su señor. No desea hacerla esperar pues tras sólo haber andado entre criadas y campesinas, ya ansía de nuevo una piel clara y noble.

Continuará...

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna.

 

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El son de tus alas (I)

Dyss, sello general

            A Erynn la conocí, como no podía ser de otra manera, tras el comienzo de la primavera; a mediados de la primera estrofa, durante el mes de Kaleth “el grande”.

Aquella nueva estación prometía ser un año repleto de ilusiones por todas las cosas nuevas, y de buenos recuerdos por tantas otras cosas que ya quedaban atrás.

Mist womanFue esa una primavera anunciada de forma prematura por las aves de toda la región que, exhalando los aromas de la tierra, se percataron antes que nadie de la llegada de la buenaventura. Siempre mis preciosos pájaros, portadores de noticias, predecesores de lo que el viento se lleva consigo hacia las esquinas del mundo.

Tras dejar un año de codiciosos fríos y gélidas ventiscas, la fatiga se había extendido hasta los rincones más oscuros resguardados bajo las oquedades del mundo. Por todo aquello, la llegada de una “narradora de vida” significó en aquel momento un gran acontecimiento.

Yo había pasado todo aquel frío año en el refugio, al sur, allí donde las formidables esfinges vigilan el canal. Y sólo de forma reciente había comenzado a buscar mi fortuna por todos los puestos civilizados, mucho más allá del límite del país de los hombres-caballo.

El invierno había sido especialmente duro por todas las regiones, dejando su huella por todas partes. La población de los asentamientos había menguado en un dos de cada diez en algunos sitios y de manera especial en las localidades más pobladas. En estos casos la dispersión parecía favorecer las posibilidades de supervivencia.

Así pues pude percibir, mientras deambulaba con mi laúd ofreciendo mis canciones y poemas, lo que muchos demostraron como agradecimiento; unas veces de forma torpe y brusca, y otros en cambio, con una exquisita galantería que en alguna ocasión incluso resultó ser del todo sincera.

Recuerdo que estaba en un campamento frente a las murallas de Caer Cruachan, “la ciudad de los diez mil bastardos”...

A las gentes, en Dyss, les encanta fijar cantidades y así hacer montoncitos. Aparentemente, ello constituye una pista útil para saber a qué atenerse... Lo cierto es que yo no recordaba el porqué de la puntualización, más bien fruto de las manías, y no me apetecía mucho ni recordarlo ni indagar sobre el tema.

Por el campamento rondaba gente de la peor calaña con la que había que trazar una raya y ponerse a esperar, con un palo en la mano, a que la cruzaran; todo ello sin caer dormida durante la espera, porque si no, estabas muerta. En cualquier caso yo tenía siempre a mano las dos hojas afiladas que siempre llevo conmigo —baste decir que una es más corta que la otra—, y su visión servía para disuadir a la mayoría.

Pero, por desgracia, las minorías y los temerarios eran siempre el problema. Con éstos, el problema era siempre el instrumento musical y el sexo femenino —no sé muy bien en qué proporción—, que parecía hacerlos actuar como por resorte y anhelar la muerte tras pretender corregirles los malos modales. Sobre esto tengo que añadir que algunas hembras no eran mucho mejores.

Por todo esto no albergo ninguna alegría pues, detesto la visión de la sangre.

Aún así, no me encontré con serios problemas durante aquellos días. Incluso entablé amistad con una gran familia de campesinos que habían vendido sus tierras para marcharse al norte, a las regiones cálidas. A mí el proyecto me pareció una alternativa razonable. Sus hijos me tomaron cariño —y yo a ellos—, mientras las agujas del dolor volvieron a aflorar en mi corazón al volver a ser consciente de mi incapacidad de tener descendencia propia.

Por lo tanto, ya fuera en aquel entonces por el despiadado invierno que finalmente había quedado atrás, por las duras condiciones de vida en toda la región, o simplemente, por el debilitamiento de la fuerza de las ilusiones —en el siempre arduo propósito de salir adelante—, sucedió que la llegada de la narradora significó para aquella gente todo un acontecimiento. Un acontecimiento que fue recordado largo tiempo y que significó mucho para buena parte de los corazones que allí compartían las frías noches de todos sus temores.

Vino del oeste, no recuerdo de qué lugar en concreto y como ya comenté, se llamaba Erynn.

Alta y delgada, con una trenza larga y negra que le llegaba a la cintura, marcó un paso dueño de toda la elegancia que el mundo dispone sobre cada individuo para tomarlo o dejarlo. Ella, había optado por tomarla y hacerla suya;  inaudita en aquellos parajes y sentida, por muchos, como un don sobrenatural de la tierra. Un don que sólo se concede a unos pocos elegidos.  

He de decir que me impresionó profundamente la prestancia de aquel talante, y de la importancia de su cometido en el mundo que me rodea. La narradora de vida es un símbolo en Dyss, una esperanza y, siempre, un regalo de bienvenida.

Entre los miembros de su orden, la distinción era un rasgo muy característico, que las diferenciaba desde el primer instante en el que tomabas contacto con cualquiera de ellos. La narradora pertenecía a la orden de “Las hijas de Edith”, como se las conoce, en honor a la centinela dueña del conocimiento y de todas las historias que han de ser contadas. Hasta en los rincones más oscuros son las encargadas de llevar todo cuanto se conoce, a fin de no olvidar. Pues resulta que el olvido..., es esa pequeña y única muerte que existe en el mundo, si no se hace algo para remediarlo.

Mediante un semblante de aspecto serio, algo grave, y a través de unas facciones redondeadas, de finas cejas y boca pequeña, se revelaba un cutis delicado, resaltado por unos profundos ojos negros. En su mirada había reflexión, inteligencia y la templanza que caracteriza a las narradoras, grandes conocedoras de los caminos del alma de muchas criaturas.

Sus manos eran pequeñas y refinadas, tan finas como el conjunto de todas sus facciones y siempre, aquella mesura en todos sus gestos, en la exquisitez de todos sus movimientos. Tan importante era el control de su cuerpo que más que andar parecía estar danzando.

Portaba dos bolsas de cuero propias de la orden: una escarcela, donde llevan algunas de sus pertenencias, y la tabana, la funda para el arma tan característica que utilizan; una extraña cadena reforzada en forma de estrella que esgrimen con suma pericia.

Completaba su atuendo con un largo vestido de viaje de color azul —que en todos los lugares se asocia con el del conocimiento—, de larga falda y un corpiño sobre el que llevaba un capote de amplia capucha, ribeteada de piel de zorro. Negociaba los andares con unas largas botas que probablemente desaparecerían por encima de sus rodillas y de las cuales, por lo que pude apreciar, un serio desgaste me reveló que habían recibido un buen uso.

Tengo que admitir que me sentí torpe y poco agraciada si me empeñaba en compararme con ella.  Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde para eso; me sentía como una vulgar mujerzuela sin demasiadas luces y peores maneras, carente de las cualidades de una gran dama—lo que en parte era del todo cierto— y desprovista de atractivo; pues pese a que no me consideraba fea, tampoco es que deslumbrara por mi belleza. Pero me repuse, me reprendí durante un buen rato —más bien un rato bastante prolongado—, y acto seguido, aguardé a que encontrara el lugar adecuado para comenzar su labor.

Continuará...

 

El trono de la reina Valaria. Libro de Edanna

 

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Full Metal Jousting

Como ya está bien de tanta poesía, vamos a detenernos unos instantes en ese simbolismo humano que tan dulcemente le conduce a revestirse de armadura, montarse en una bestia de media tonelada y, con un palillo, intentar tumbar a un contrincante.

Nosotros, amantes de las corrientes que nos llevan a interpretar la realidad tal y como fue interpretada por otros, allá en el pasado de acuerdo con su concepción del mundo, vemos esto y asentimos satisfechos. Así como con un: “vio el hombre todo cuanto había hecho, y he aquí que estaba muy bien, contento y gozoso”.

El canal History Channel ha dado con un filón. Después de deleitarnos con los cazadores de caimanes de La Florida; de las decenas de programas de compra de “empeños” —pues tal es el afán del americano medio de vender por una millonada los calcetines de Elvis— y de repasar hasta la saciedad las batallitas del abuelo cebolleta ubicado en Detroit  que cobra la pensión de héroe de guerra, ha llegado el momento de cobrar de verdad y dirigir su mirada a la nueva ola “friki “ que asola toda Norteamérica.

En esta nueva generación se esconden los sueños de supervivencia de aquellos que capaces son de sobrevivir al apocalipsis descrito por McCarthy en su maravillosa novela: “The road”, La carretera. Novela que si no te has leído, tú orgulloso “Friki”, pues ya estás tardando. Por lo que parecería que el consumo de cultura popular nos acerca más a un estar adaptados a las duras condiciones de vida de un ambiente “el-que-sea” más que a dejar volar la imaginación y a ser creativo por encima de la media.

Por ello, más allá de la simple simulación histórica, que aquí queda a la altura del betún, el “Friki” de verdad se enfunda el traje de mallas —nunca mejor dicho— y cabalgando su corcel —que más le vale esté siendo destinado a ser comida para perros—, intentará desmontar con su bravura al oponente, rememorando las lanzadas de Lancelot defendiendo a la reina Ginebra o a Ivanhoe luchando por el corazón de su dama.

Lo cierto es que el éxito que está cosechando hace resonar la caja registradora, aunque lo más suculento es el premio, por lo que muchos son los que se apuntan a la nueva moda. Un “deporte” que aunque no sea tal, por ahora, lo será. Y que apuesto a que muy pronto va a rivalizar con “La estampida” de Calgary. Una nueva actividad en la que se ha de ser muy pero que muy bruto y en la que, para variar, hay que estar bastante loco: "¿Alguien dijo vértebras cervicales?"

Directamente para ti, te lo ha contado Edanna, en Lavondyss, retransmitiendo desde América del Norte para toda la comunidad que piensa, siente y sueña, con un mundo mejor.

Pd: Oye, que a mí me gusta eh...

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